Regresaste sin que nadie te hubiera llamado. Regresaste sola,
como te fuiste. La verja semiabierta te estaba esperando, solo ella, los demás
ya se habían ido.
¿Qué viniste a buscar? Te preguntan los rosales que han
trepado hasta cubrir las ventanas. No los escuchás, pero ellos sí, oyen tus
pasos, te observan. Desde el limonero te miran los azahares, los mismos que
cada primavera prendías en tu pelo.
Recorrés el pasillo y la galería te abre los brazos, con sus
viejos sillones de mimbre. Todo está igual, abandonado, pero igual, un velo de
polvo cubre cada recuerdo, un viento desconocido surge desde el fondo del
tiempo y gime, agita tu pelo y al cerrar los ojos, volvés a escuchar las voces
lejanas que te hablan, te rodean los besos que no diste, los abrazos que
negaste, el amor que dejaste arrumbado en un rincón. Cuantas cosas perdiste.
¿Habrá valido la pena? Sólo vos, tenés
la respuesta.
Abrís la puerta, suena a oxido la llave, huele a humedad y
abandono la casa, te estremece el frío de años, que reina en los ambientes.
¿Por qué nos abandonaste Raquel? Te preguntan los fantasmas
del ayer, que abren la puerta, te van empujando y te llevan sobre una alfombra
de hojas acumuladas, y te dejan en la puerta de calle, y la verja se cierra y
el sonido enmohecido de una llave invisible, te dice que ya, ya no volverás a
entrar.

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