martes

Con poco y nada.

 

He vuelto a pasar por la casa de la calle Machain, aquella de mi infancia. Está transformada. Más moderna, otro color, sus líneas cambiaron, la reja del balcón desapareció, era mi puerta de escape a la calle para ir a jugar mientras las tías dormían la siesta, tiempos en que los chicos corríamos por esas veredas de baldosas con vainillas, dibujando rayuelas, sin celulares, ni las Tablet actuales.

Recuerdo que por las noches, trepaba la escalera que daba a la terraza, me sentaba en el último escalón, escuchaba las voces de los tíos, subiendo y bajando sobre las macetas del patio, hablaban de futbol, carreras y la fija del domingo que casi nunca se realizaba.   

Yo miraba el barrio, las ventanas a lo lejos se vestían de un color amarillo en la oscuridad y desde esa altura parecían brillar, la lámpara de la esquina colgaba de un poste inclinado y se hamacaba con el viento, la luz y la sombra jugaban dibujando fantasmas bailando en la calle, el grito de la tía Juana me sacaba de mi ensueño: ¡A dormir…!

Aquella casa chorizo quedó en mi memoria sin olvido, un pasillo, el patio de enormes macetas con helechos y begonias verdes como un jardín entre cemento, las habitaciones de techos altos y puertas con persianas, todo cambió, como cambia el mundo, como he cambiado yo.

A veces me pregunto si aquella casa habrá sido así como recuerdo, tan cargada de felicidad o mi imaginación la eleva a una perfección que no era tal, son simulacros de mi memoria que extraña esa niñez sin preocupaciones, donde se era feliz con poco y nada.

 




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