miércoles

Imposible de entender.


Fu Manchú.



El viejo se reía de mí. Descubrí en sus ojos el brillo burlón del que sabe y tiene frente a si, a un ignorante, sobre un tema que él manejaba a la perfección.
Llegué  a la casa de Karl, el mago, con la intención de hacerle un reportaje para mi blog. Había sido un mago famoso, y reconocido mundialmente por su estilo. Según me había referido mi padre que lo vio actuar, sus trucos siempre eran diferentes al común de los artistas como él; deslumbraba. Hoy con más de ochenta años estaba retirado, me recibió en su casa de San Isidro.
Encendí el grabador y le di libertad para que comenzara:
—La magia tiene sus secretos —dijo— sólo los que la profundizan, logran adentrarse en ellos y deslumbrar al  público.
—Creo que son  trucos y que un buen mago sabe presentarlos  como reales ante los ojos del espectador —hice el comentario para aportar algo, en seguida comprendí que no le había gustado.
Sonrió  achinando los ojos, luego esa sonrisa se transformó en carcajada, lo que no imaginé en ese momento, fue que esa risa, me iba a acompañar en todo el reportaje.
—No mi’jita, la cosa no es tan simple, yo lograba  trasladar objetos y seres de un lado a otro y mucho más….
Se puso de pie y sin esperar respuesta, pareció esfumarse, regresó minutos después con una bandeja y un servicio de té. Quería decir que el tema iba a ser para largo.
—A medida que crecían mis conocimientos— me dijo — descubrí que había algo más que simples trucos y engañifas. Me convertí en un estudioso del tema y  al hacerlo fui entrando en un mundo fantástico. En esa tarea de ir más allá de lo que se ve a simple vista,  llegué a conocer misterios de lo que hay entre el cielo y la tierra, pero otros me ayudaron. Conocí  a Fuman Chan, un sabio  Chino, él me enseñó una magia incomparable, me abrió los ojos y las puertas a una sociedad secreta de magos.
Mientras servía el té, lo hacía sin mirar la taza, sus ojos estaban clavados en los míos.
—Esos hombres resultaron ser grandes estudiosos y conocedores de la metafísica…
Allí lo interrumpí.
—¿Qué tiene que ver la metafísica con la magia?
—Más de lo que usted cree, yo le aseguro que  va más allá de las capacidades cognitivas del hombre.
Me dejó muda. No sabía el tema, y comprendí que lo mejor era callar y escuchar, él se puso de pie y mientras daba vueltas, continuó su relato:
—En la magia comencé por simple entretenimiento, profundizar en ella despertó mis sentidos y el trato con los magos de la sociedad secreta me introdujo en un mundo diferente. Cada uno de ellos, era conocedor de la sabiduría  de su país de origen. Un arcano que otros  profundizaron por medio de la alquimia.
Creí que el viejo deliraba. Se sentó nuevamente, se sirvió otro té y prosiguió:
— Algunos alquimistas querían llegar a la piedra filosofal y otros como; Nicolas Flamel, buscaban el elixir de la inmortalidad, algunos dicen que lo encontró.
—¿Qué tiene qué ver la magia con el elixir de la inmortalidad?
—Ya vamos a llegar. Según algunos escritos encontrados, otros sabios que conocían las investigaciones de Flamel, lo persiguieron durante años, para que les entregara la formula. Se escondió en un pueblo perdido al sur de Francia, con los años enfermó, avisaron a sus familiares y a su muerte; allí lo enterraron. Lo raro fue, que al abrir su tumba, muchos años después, la hallaron vacía.
Quedó es silencio  esperando que yo dijera algo, pero guardé silencio.
—¿Le parece difícil de creer…? —Me dijo— Buscando un camino que lo llevara a encontrar la fórmula de la inmortalidad, Flamel logró controlar la materia y la naturaleza y se topo con  un poder superior que lo instruyó en una disciplina secreta que él transmitió a dos de sus discípulos. Desde aquellos alquimistas a nuestros magos, ha pasado cientos de años y aquellos secretos están en poder de unos pocos hombres y mujeres....
Bebía su té y me observaba, yo no sabía qué decirle.
—¿Quiere más té? —preguntó.
—No gracias.
Comprendí que era hora de irme. No había sacado nada en limpio y el tema se estaba yendo por un camino que no lograba entender.
Me puse de pie, con intención de despedirme Me invitó a que lo siguiera, entramos a un corredor amplio. Sus paredes lucían retratos de sus actuaciones por el mundo. Se lo veía muy joven y siempre acompañado de la misma partenaire, una joven hermosa, de negra y abundante cabellera,  esbelta y tal alta como él. No pude evitar decirle:
—Qué bonita mujer y por lo que veo en tantos años siempre estuvo a su lado.
—Es mi esposa, llevamos cincuenta  años de casados, pero ya hace varios años que dejamos  la actuación, decidimos que era tiempo de descansar.
Seguí admirando los cuadros, de pronto, en uno, las figuras comenzaron a moverse, era como estar viendo una película. No lograba quitar mis ojos de la imagen.
—¿Qué es esto Karl, un truco de magia?
Él largó la risa y dijo que si, de pronto la imagen se detuvo, quité el cuadro de la pared y lo analicé por cada lado, no había nada extraño.
—Desármelo para quedar convencida —me dijo.
Volví al salón, lo apoyé sobre un mueble y con sumo cuidado desarmé la parte de atrás, era un cuadro como todos. Lo miré desconcertada.
—¿Cómo lo hizo?
—Si analiza todo lo que hablamos esta tarde tal vez lo entienda…
En ese momento una joven de melena oscura se acercó a nosotros, me saludó y desapareció tras una puerta.
—Su hija es igual a la madre—comenté.
—No es mi hija, es mi esposa — y volvió a reír con tantas ganas que me sentí una tonta— .No todos elegimos ser inmortales mi querido amigo, el proceso del tiempo es una sucesión de causas y efectos, cada persona elige vivirlos como quiere.
Confundida como un tonta, lo miraba sin entender qué estaba sucediendo.
La risa de Karl me acompañó hasta la puerta de calle.

He escuchado varias veces la grabación del reportaje,  pero no encuentro lógica a lo que sucedió con el cuadro y con su esposa. He llegado a pensar que me hipnotizó. ¿Y si en el té puso algún alucinógeno…?
No sé. No encuentro  explicación. Tal vez allí está mi error, tratar de entender lo imposible y que realmente; aquello fue magia.




Humilde homenaje a "Fu Manchú" el gran mago que me deslumbraba con sus  trucos y magia en mi niñez.

mariarosa

sábado

La leyenda del faro.






Dicen los antiguos del pueblo que fue una historia que se hizo leyenda, o tal vez fue una leyenda que de tanto contarla se convirtió en realidad, no lo sé.
La llamaban Luna, porque  era  blanca y solitaria. Nunca sonreía, a veces sus ojos color aceituna se achicaban en un gesto que hubiera podido ser una sonrisa, pero sus labios no se enteraban.
Todos los jóvenes de aquel pueblo costero la amaban, como no hacerlo si era tan hermosa,  hasta se decía que en noches de luna llena, al llegar la medianoche, el mar gritaba su nombre al golpear contra los acantilados. Ella no tenía conciencia  de las pasiones que despertaba y estaba más allá de los románticos juegos de la piel y del deseo.
Pero la vida en su ir y venir, marcó tiempos diferentes para Luna. La muerte de su padre, el encargado del faro, cambió su mundo y sus sueños.
Luna  había crecido contemplando, desde la garita vidriada del balcón superior, como jugaban los delfines saltando sobre las olas, admirando los cambios de color del mar. Subiendo y bajando los interminables escalones y ahora la realidad  caía sobre ella como una escarcha fría, que cambiaba su mundo tranquilo.
Había ayudado a su padre en el faro,  conocía su mecanismo como la palma de su mano. A partir de allí, entró en un mundo que nunca había soñado; ser  la encargada del faro.
Se  fue alejando de las pocas reuniones a las que asistía, algún cumpleaños, una fiesta del pueblo, su imagen se fue perdiendo de las calles y comenzó a ser; la misteriosa mujer del faro. Los habitantes del pueblo llegaron a pensar que Luna no tenía  corazón, nadie concebía que viviera tan sola. Las chismosas se preguntaban: ¿Por qué Luna no desea enamorarse?, ¿Será de mármol?
Se equivocaban.
Una noche,  la peor tormenta que asolara el mar del sur, hizo encallar en la costa a un barco americano, ni la luz del faro lo ayudó y quedó cerca de los acantilados.  Pasaron semanas hasta que llegaron los remolcadores y lograron ponerlo al mar nuevamente.
El capitán tan rubio y sonriente, logró estremecer el corazón de Luna y consiguió que una sonrisa iluminara su cara. Algo sucedió entre ellos, que  los pescadores y los vecinos descubrieron al verlos abrazados, pasear por la playa y, que la cara de Luna les dio a entender.
Una vez que el barco volvió al mar, el marino se fue y ella quedó sola y sonriente. No la entendían. Si se había  enamorado y su capitán se había ido. ¿Por qué estaba tan feliz?
Las murmuraciones volaban como flechas, las ancianas sin nada que hacer, vigilaban a Luna y comentaban; ¡Qué mujer extraña, cuando otras lloran, ella sonríe!
Llegó el invierno, la nieve  cubrió las calles del pueblo y pasó, luego si hizo presente  la primavera y cuando el verano se adornaba entre arbustos y flores, el capitán regresó. Él no hablaba español, ella no entendía inglés y en  la maravilla de las manos y los ojos conocieron el idioma del amor.
Y la historia que nació por un barco encallado, hoy la relatan  las ancianas a sus nietos y los pescadores  tan rudos, se siguen emocionando al recordarla.
La vida de Luna y su amor con un capitán americano, quedó para siempre en la memoria de un pueblo perdido, en el sur de la provincia de Buenos Aires.





Debo ser sincera, este cuento no me pertenece totalmente, es una historia que me contaba mi padre y creo que es la letra de un vals muy antiguo. Sólo armé el cuento con los recuerdos de aquella canción y mi imaginación agregó un poco de romance.


miércoles

Fuimos.



El lugar de encuentro  era la confitería del Socorro. Juncal y Suipacha,  hoy ya no existe, la piqueta de la vida se la llevó, como los ideales que se bordaron en sus mesas con los colores de la juventud y las quimeras de los tiempos felices.
Era el comienzo de los años vehementes, donde  el peso escaseaba y el hambre se calmaba con  café con leche y un tostado compartido.
Leíamos a Cortázar, discutíamos a  Borges y amábamos a Silvina Ocampo. Tiempos de bohemia, entre café y cigarrillos, donde La Maga y Horacio escapaban de “Rayuela” y danzaban con “El Hombre de la Esquina Rosada” y nosotros hacíamos el amor con la locura de los veinte años, libres y sin pensar en el mañana.
¿Qué nos pasó?
¿Qué tren loco nos siguió de largo  y  barrió los sueños?
Creíamos que nuestro amor era verdadero. Lo fue. Pero todo cambia y nosotros también. Nos prodigamos tanto, que terminamos como ese pulóver viejo que de tan gastado ya no abriga  y lo vamos dejando al fondo de un cajón, lo olvidamos y de pronto un día lo volvemos a ver, y recordamos las salidas, los viajes con ese pulóver flamante y cálido y si intentamos regresar a aquellos momentos, comprendemos que  es imposible.  
En qué dimensión de las ilusiones nos volveremos a encontrar. Te he buscado y es como si te hubiera llevado una alfombra voladora al país de las quimeras perdidas.
Existe la magia y sé, que una etapa feliz no muere, queda en un túnel del tiempo; esperando el clic necesario para hacerse realidad. En qué mundo fantástico veremos la luz, y regresaremos al hechizo de amarnos nuevamente como esos personajes de novela, ocultos entre las páginas de un libro, que apenas un nuevo lector  lo abre, vuelan a la vida y renuevan su historia de amor.



sábado

El Velorio de Funes.






Le dolían los pies. La arena del camino penetraban en sus alpargatas y le hacía ver las estrellas.  El sol caía como un manto caliente.
La blusa se pegaba a su espalda y cada tanto, gotas de sudor, bajaban por su cuello y rodaban por la curva de  sus senos produciéndole un cosquilleo.
Pobre compadre Funes, dijo en voz baja, venir a morirse en pleno febrero.
La calle de tierra no tenía ni un miserable árbol donde guarecerse.  A los costados sólo  alambrados, y más allá, campos y más campos sembrados.
Un carro, pasó destartalándose en el surco de la senda polvorienta,  la voz de don Natalio, el carbonero, surgió ronca:
—Buenas tardes doña Sabrina.
—Buenas tardes —respondió.
Él siguió sin ofrecerle llevarla hasta el pueblo, negro bruto, dijo entre dientes.
Ya estaba cerca de las primeras casas, las veredas ofrecían la sombra de una hilera de sauces y por momentos la brisa suave dejaba llegar su alivio con aromas de menta y lavanda. El cielo había cambiado, las nubes tapaban la furia de ese verano tórrido.
Al fin llegó a la casa  de Funes. Un grupo de paisanos conversaban en la puerta de calle. Le dieron paso respetuosamente.
Entró.  Fue  a saludar a la viuda. Doña Remigia  se derramó en lágrimas al verla,  el escote del vestido de la  mujer era demasiado provocativo para ese momento, los pechos  se le escapaban sin pudor. Sabrina la abrazó y luego se acercó al finado. Hizo la señal de la cruz.
Del Funes  que conoció, no quedaba nada; era una bolsa de huesos. La impresionó la blancura de la piel y el pelo. ¡Cuánto había cambiado!
Sobre una mesita varias imágenes religiosas presidian una asamblea de santos.  No sabía que el compadre fuera tan creyente, se dijo.  Varias velas rojas  de diferente tamaño daban al ambiente un olor a cera e incienso,  que mareaba.  A un costado del cajón dos cirios de pie flameaban su llama amarillenta.
Rezó un ave María.
Funes pareció mover las manos. Ella se inquietó. Sumida en una alucinación lo vio revolverse en la caja y luego elevarse.  Sabrina se apoyó en una silla y buscó a la viuda con  los ojos y no estaba, quería gritar y no podía, se le cerraba la garganta. Los vecinos seguían en la puerta.  Retrocedió, el olor de  los cirios era más potente  ahora. El finado,  de pie, se elevó hasta una ventanita que estaba en lo alto de la pared, algo vio que lo hizo  estremecerse. Maldijo en voz baja.
Las velas se apagaron, dejando caer lagrimones de cera contra el piso de cemento, sólo las rojas permanecían encendidas. Un espesor de niebla invadió la habitación. Sabrina quiso escapar y sus piernas no respondieron. Transpiraba y no era culpa del calor. Estiró el brazo y con un pañuelo apagó las velas rojas.
Don Funes se agitó y descendió lentamente. Se acomodó en el cajón. Le sonrió con su boca desdentada, se acostó y quedó con un rictus amargo en la cara.  La niebla escapó por la ventana. Sabrina tiritaba.  Estaba sola frente al finado que cruzó las manos sobre el pecho y así quedó.
Sabrina fue a la habitación de al lado, la puerta estaba apenas entreabierta. ¿Qué había visto el finado por la ventanita? Se asomó, se tapó la boca para no gritar: la viuda y el capataz de los Martínez, estaban abrazados, se tocaban, se besaban con tantas ganas que no advirtieron su presencia.
Cerró y  fue a la cocina. Dos vecinas preparaban el mate, les quiso hablar, contarles lo que le había sucedido y no pudo, su lengua era un trozo de cartón.
Entró doña Remigia arreglándose el pelo. Un resto de sonrisa le bailaba en la boca, se sentó y rompió a llorar.  Sabrina no aguantó la actuación de la viuda  y sin decir palabra salió de la cocina, llevándose una silla por delante y ante los ojos asombrados de la viuda que seguía gimiendo su pena.



 Un antiguo cuento ya publicado, pero como los lectores se renuevan, espero que les guste.
Gracias por pasar.

María Rosa.

domingo

Una gitana.








Busqué tinta roja y una lapicera con pluma cucharita, tal como me había dicho la gitana (fue difícil encontrarla en las librerías de mi barrio, ya nadie escribe con esas plumas, era la respuesta, hasta que en un viejo negocio del Once, la hallé) y en un pequeño papel, escribí el nombre, lo doble varias veces,  y lo guardé en el fondo del frízer.
Me sentí una tonta, cómo iba a creer semejante pavada…
Pasé todo el día abriendo el frízer y mirando esa real muestra de mi estupidez, que desde un cúmulo de hielo permanecía intacta. No sé que esperaba ver, al fin, me dije,  lo mejor es tirarlo a la basura. Pretendí quitarlo  y ya se había congelado, consideré que era una confirmación de que debía seguir allí.

Mi drama había comenzado un año atrás cuando el contador de nuestra casa de modas, nos había dicho:
—En cuanto me jubile me voy a vivir al campo.
¿Quién reemplazaría a  don Curtis?
Carla llegó a nosotros por recomendación de mi cuñado. Resultó ser una luz con los números.

Meses más tarde comencé a notar demasiada cordialidad entre mi esposo  y Carla. Al principio creí que era mi imaginación, la que me hacía ver detalles muy sutiles de gestos y miradas.
No me había equivocado. Encontrarlos abrazados, me aseguró que estaban viviendo un romance.
Todo sucedió muy rápido, fue un viento que arrasó con mi matrimonio y mis sueños. Claudio aceptó que estaba enamorado de Carla y que debíamos separarnos, accedí sin protestas. Qué podía hacer  si ya no me amaba, abrí la puerta de mi corazón y lo dejé marchar.
Seguí trabajando en el taller de nuestra casa de modas, si Carla era necesaria en la contaduría, mis diseños, mantenían el interés de los clientes y eso Claudio lo sabía, me rogó que siguiera como socia.

A medida que pasaban los meses, el poder de Carla aumentaba, mandaba, exigía, sin la menor delicadeza, ni el personal ni yo la soportábamos. Cuando ya pensaba en un retiro digno, surgió aquel encuentro.
Me había sentado en la plaza San Martín tratando de distraerme y tomar aire. Almorzaba un emparedado y miraba el ir y venir de la gente. Una gitana se acercó y me dijo:
—Te adivino el porvenir por 100 pesos…
Mientras recorría las líneas de mi mano, sonreía,  de pronto, fijó en mí sus ojos, vi en ellos una fuerza que me estremeció, y con  voz ronca de fumadora, me dijo:
—Tú marido te abandono por otra mujer y estás muy triste, pero no todo está perdido…
No respondí, la sorpresa me ahogaba la voz. Ella seguía con los ojos fijos en la palma de mi mano, de pronto, cerró mis dedos y exclamó:
—Es una mala mujer, lo va a destruir como destruyó tu matrimonio, solo le interesa el dinero.
Viendo que yo permanecía muda, creyó que daba por ciertas  sus palabras y continuó con la historia de la lapicera, la tinta roja y el nombre escrito en un papel guardado en el frízer. Me pidió los 100$ y se fue, su figura se fue perdiendo entre el movimiento humano de ese mediodía.  Regresé al taller, aturdida y  temerosa que aquella gitana apareciera de pronto a mi lado, nada de eso sucedió y nunca más la volví a ver.

Una mañana al cruzar Arenales vi demasiado alboroto en la puerta de la casa de modas, tres coches policiales y  el personal  del taller, se hallaba en la vereda. Apuré el paso y pregunté:
—¿Qué pasa, por qué no entran?
—El señor Claudio cerró con llave y dijo que no podemos entrar, que ha sucedido una desgracia.
Una de las planchadoras exclamó:
—Dicen que murió la señorita Carla.
—¡¿Qué?!
Abrí con mi llave y entré.
Encontré a Claudio rodeado de policías, caminaba como un zombi y repetía una y otra vez:
—Llegamos como todos los días, tranquilos y ella estaba bien, fue a la oficina y allí la encontré diez minutos más tarde... estaba muerta, dura … congelada…
Creo que me desmayé.








martes

El poeta.





A veces me pregunto si la historia de aquel hombre fue real, si  lo imaginé o fue un demente al que  le creí sus  delirios de insano.
El bar de la calle Triunvirato, solía reunir a poetas y escritores,  desconocidos idealistas que nunca editaron un libro. Abundaban las discusiones que no llegaban a nada, iban de Cervantes a Cortázar intentando destruir o exaltar sus obras. ¿Pero quién les negaba el derecho de analizar y criticar a los grandes literatos, frente a un pocillo de café?
Hubo un personaje entre ellos, al que no he podido olvidar, y que participaba de esas reuniones, era un ser extraño; desde el mostrador yo lo observaba; delgado, muy pálido, resultaba atrayente y su figura trascendía una imagen romántica.
Era el retrato de un caballero antiguo, no tenía nombre o al menos no me enteré. Los escritores lo respetaban y decían de él que era un poeta visionario. La blancura de su piel y el rojo de sus párpados eran producto de noches sin dormir, germen  tal vez de sus delirios, en la búsqueda de rimas y metáforas.
Una vez al acercarme con la bandeja del café, lo escuché hablar; su voz era suave, melodiosa como una caricia y cuando hablaba,  todos guardaban silencio, las palabras se iban durmiendo sobre los pocillos,  como embrujadas por la melodía de su voz. Y llegaron días en que sólo el poeta exponía sus sueños, dejando  entrever un terror acosando en la oscuridad.
A partir de los cambios políticos de la década del 70, los escritores comenzaron a faltar a su cita, el miedo se extendía por la ciudad como una enredadera  maligna y pronto, cada uno de ellos se fue retirando a invernar, hasta que llegaran nuevos estados de paz. La mesa fue quedando vacía y un  lenguaje diferente comenzó a flotar en el café.

Años después, no recuerdo cuántos, el poeta regresó. Sus amigos ya no estaban. Ocupó la misma mesa y se dedicó a mirar por el ventanal y esperar. Estaba más delgado, sus mejillas hundidas le daban un aspecto enfermizo. Me acerqué y él intentó una sonrisa que traspasó mis ojos y  quedó grabada en mi memoria. Miré sus manos, nunca antes me había detenido en ellas, eran delgadas y finas, tan quietas que  parecían dibujadas sobre el libro  del poeta Gelman que descansaba sobre la mesa.
—A veces creo  —me dijo— que soy un arcano, que mi vida es parte de los sueños y fantasías de un poeta, tengo miedo que él despierte y me desvanezca en el aire.
No supe que  responder.
Él se puso de pie y, al llegar a la puerta, me confesó:
—Seguiré buscando quién soy en realidad, volveré otro día por un café, ya nos veremos.
No lo volví a ver y a veces me pregunto: ¿Habrá descifrado el enigma o al despertar el poeta regresó a su mundo irreal?






Imposible de entender.

Fu Manchú. El viejo se reía de mí. Descubrí en sus ojos el brillo burlón del que sabe y tiene frente a si, a un ignorante, sobre...