lunes

El secreto de los caracoles.


 

Cada tarde llegaba a la playa, quedaba de pie frente al horizonte y miraba enamorado esa línea recta que separaba el mar del cielo, a veces, cuando amenazaba tormenta y los colores se fundían entre el rosa y el gris,  y él quedaba allí, sin entender dónde terminaba uno y otro comenzaba.

Esperaba detenido en un mismo punto, no sabía qué, pero permanecía quieto dejando que el viento jugara con su pelo y su camisa, mientras las olas cavando en la arena lo hundían en ella.
Algo llegaría desde las entrañas del océano para él, sólo para él, se lo habían dicho los caracoles que su abuela le enseñó a leer con un secreto movimiento entre sus dedos, los hacía bailar como un trompo y ellos formaban mensajes que siempre se cumplían, esta vez solo dijeron que debía quedarse allí, por eso esperaba, día tras día; esperaba.
Una tarde que el mar embravecido no se conformó con verlo flamear cual bandera, comprendió el peligro, ya no eran sus pies tragados por la arena, fueron sus piernas, quedó inmóvil, no pudo gritar, movió sus brazos intentando salir del abrazo, hasta que un remolino de mar, elevó las olas, lo cercó, lo envolvió y desde la espuma brotó una cabellera oscura un torso desnudo y una cola de sirena elevándose sobre las aguas y asiendo sus manos con una fuerza insospechada en un ser tan delicado y lo llevó, se dejó llevar.

En las noches de luna llena, los pescadores juran haberlo visto nadar junto a una sirena y jugar con ella en el océano, otros dicen que son una pareja de delfines, nadie sabe la verdad, solo la luna, pero ella no habla.



Corregida y editada.

domingo

Conjuro.



 



Conjuro

 

Desde la ventana del primer piso, observé el río y el monte, eran el recuerdo de aquella infancia.

Al regresar a la vivienda que había sido de mis padres, presentí mi niñez viva en los rincones, el tiempo se había detenido en esa casa. Tras la ventana, a lo lejos, se elevaba el monte y en él, la pirámide, que siempre me resultó un misterio.

Mirando la serenidad de la noche, caí en un estado de viaje al pasado y regresó la voz de Joaquina y su imagen fue real, tan real que su piel negra brilló al acercarse para besar mi mejilla, y su voz me acunó como en la infancia:

“En ese monte mis antepasados que llegaron desde Angola realizaban sus conjuros que a veces cambiaban realidades.”

Era pequeña en ese entonces y no entendía el significado de la palabra conjuro. Yo seguía la dirección de sus ojos que miraban fijamente el monte, allí el reflejo del fuego, lenguas rojas y amarillas, abriéndose alrededor de la pirámide que se alzaba como una pintura perfecta. Las sombras danzaban, dando cabriolas en el aire. Joaquina de pie frente a la ventana, miraba y cantaba, casi susurrando, y en mi memoria quedó el estribillo; “Dios del fuego dame eternidad, dios del fuego, fuego, fuego, fuego…”

 

Pero el viento del tiempo sopla y remonta en su vuelo momentos que se creen perdidos. Hace unas noches vi una luna enorme que dejaba caer su luz como un beso sobre el monte de la pirámide y volví a ver las lenguas de fuego que pintaban la escena de un rojo sangre.

Decidí que debía saber qué era aquello.

La noche era fresca. Subí el escarpado sendero que lleva al monte, las piedras dificultaban mi andar, un aroma indefinido, cercano al sándalo, perfumaba el aire, mi corazón latía excitado por la emoción que provoca lo ignoto, mis pies me llevaban en un andar lento y torpe. Escuché la canción de Joaquina, como si ella regresara del pasado, las voces me guiaron.

Al llegar, el monte estaba desnudo, la brisa era helada. No encontré rastros de personas, ni huellas de fuego, apoyé mis manos sobre la pirámide; quemaba. Era una brasa sin llama y desde su interior, la voz del tiempo susurró: “Dios del fuego dame eternidad, dios del fuego, fuego, fuego, fuego…”.

Presentí una mirada, me sobresalté, no había nadie a mi lado, dirigí mis ojos a la casa y a la distancia las vi; una niña y una mujer de piel negra sonreían desde la ventana del primer piso.

 

 

 

 

 


martes

Entre la aguja y el dedal.


 

 


 

Duermen los gorriones a la hora de la siesta, todo el jardín enmudece con ellos.

Hace calor, pero en mi corazón reina el frío desde aquella mañana  que te alejaste buscando una utopía. Fue mejor así, tus palabras eran de cristal, traslucían tus engaños y ya nada nos unía, ni el deseo, que se fue perdiendo abrazado al silencio y a la orfandad del amor, la mentira fue ahuecando la ilusión que un día nos unió.

 

Me hundo en mi sillón y evito pensar; frente a mí, tu madre cose e hilvana un ilusorio vestido entre un revoltijo de trapos que intentan parecerse a la seda, es lo único que me ha quedado de vos, la pobre es un manojito de suspiros que nada entiende y me mira con sus ojos acuosos esperando que le diga algo y yo no sé qué decirle, le sonrió y ella suspira. Ante cada sonido que llega de la calle, levanta los ojos y mira hacia la puerta, espera y al ver que nada sucede; continúa cosiendo. Ella no pierde la esperanza de verte regresar, observa una imagen religiosa que está sobre un mueble, mueve los labios en un rezo mudo y regresa a la aguja y al dedal.

 

El claroscuro del atardecer avanza entre los rosales y dibuja reflejos sobre el piso de largas maderas opacas. Una sombra, quizá una cortina, se desliza por el comedor y mueve el aire, debe ser el aliento del verano que deambula por los rincones.

 

Ya es  hora de cenar; pero no tengo hambre, sólo sed y en mi vaso, el vino juega con las notas musicales de un saxo lejano. Tu madre sigue cosiendo el mismo vestido que intenta parecerse a la seda y ya está húmedo de sal.




El hombre y su amigo.

 


Los veía pasar todas las tardes, recorrían la plaza, luego el hombre se sentaba en el bar de la esquina y pedía un aperitivo, pasaban horas, hasta que hombre y perro se retiraban.

Cierta tarde estábamos en mesas cercanas, me animé y le comenté al señor:

—Siempre los veo pasear, hombre y perro se hacen buena compañía.

—Este pichicho me salvó la vida —dijo con una sonrisa apenas esbozada— yo no quería vivir más desde la muerte de mi esposa, había caído en una tristeza, que me ahogaba, cuando uno de mis nietos apareció con un regalo, así me dijo, era un perro abandonado, protesté, me enojé y ya ve, al llevarlo a caminar, camino yo, al cocinar para él, cocino para mí, la rutina de mi vida hoy tiene un motivo, y tengo con quien hablar...nos salvamos mutuamente.

Se levantó, hombre y perro se alejaron a paso tranquilo, se fueron perdiendo de mis ojos hasta ser apenas dos sombras al final de la avenida.


Foto de Robert Doisneau.

 

 


Con poco y nada.

 

He vuelto a pasar por la casa de la calle Machain, aquella de mi infancia. Está transformada. Más moderna, otro color, sus líneas cambiaron, la reja del balcón desapareció, era mi puerta de escape a la calle para ir a jugar mientras las tías dormían la siesta, tiempos en que los chicos corríamos por esas veredas de baldosas con vainillas, dibujando rayuelas, sin celulares, ni las Tablet actuales.

Recuerdo que por las noches, trepaba la escalera que daba a la terraza, me sentaba en el último escalón, escuchaba las voces de los tíos, subiendo y bajando sobre las macetas del patio, hablaban de futbol, carreras y la fija del domingo que casi nunca se realizaba.   

Yo miraba el barrio, las ventanas a lo lejos se vestían de un color amarillo en la oscuridad y desde esa altura parecían brillar, la lámpara de la esquina colgaba de un poste inclinado y se hamacaba con el viento, la luz y la sombra jugaban dibujando fantasmas bailando en la calle, el grito de la tía Juana me sacaba de mi ensueño: ¡A dormir…!

Aquella casa chorizo quedó en mi memoria sin olvido, un pasillo, el patio de enormes macetas con helechos y begonias verdes como un jardín entre cemento, las habitaciones de techos altos y puertas con persianas, todo cambió, como cambia el mundo, como he cambiado yo.

A veces me pregunto si aquella casa habrá sido así como recuerdo, tan cargada de felicidad o mi imaginación la eleva a una perfección que no era tal, son simulacros de mi memoria que extraña esa niñez sin preocupaciones, donde era feliz con poco y nada.

 




lunes

Misterios humanos.


 

Miré la hoja de hierba y me acordé de Whitman, filósofo y viejo sabio, cada frase de él lleva a la meditación; “No dejes de pensar que las palabras y la poesía pueden cambiar el mundo”

¿Puede el hombre cambiar el mundo?

Si quisiera, sí. Pero los intereses de unos son más fuertes que los sueños de libertad y paz de otros.

La naturaleza toda es bella, cada flor nace sin pretensiones, embellece cumple su ciclo y se va, deja el recuerdo y su imagen en la memoria. Nos deslumbra, color y tersura son la muestra de que es única. Nada se le parece ni otra flor de la misma especie; es perfecta. No tiene inteligencia ni razonamiento, solo cumple su tiempo.

El ser humano nace inteligente, único y casi perfecto. luego la vida con manos invisibles va sembrando virtudes… o sombras. A veces por el contrario ambas habitan juntas.

Intentando entender el porqué de las guerras y la maldad, terminé perdida en un laberinto que no me llevó a ningún lado, solo me quedó claro que mi razonamiento es muy humilde para embarcarse en tanta filosofía.

Y, sin embargo, el mismo ser humano: que descubre, perfecciona formas de hacer la vida más cómoda; el que, tras estudios sistemáticos, logra curar enfermedades que antes lo llevaban a la muerte, es también quien por ambición y egoísmo destruye naciones e incendia la tierra.

Cuesta entender que un mismo ser salva vidas y crea guerras. Un humano que se deja caer en la oscuridad creyendo que es inmortal y solo es   un ser incapaz de salvarse por sí mismo.

“El mayor de todos los misterios es el hombre”

Sócrates.




 

 

Volvió una tarde.


 


 

Regresaste sin que nadie te hubiera llamado. Regresaste sola, como te fuiste. La verja semiabierta te estaba esperando, solo ella, los demás ya se habían ido.

¿Qué viniste a buscar? Te preguntan los rosales que han trepado hasta cubrir las ventanas. No los escuchás, pero ellos sí, oyen tus pasos, te observan. Desde el limonero te miran los azahares, los mismos que cada primavera prendías en tu pelo.

Recorrés el pasillo y la galería te abre los brazos, con sus viejos sillones de mimbre. Todo está igual, abandonado, pero igual, un velo de polvo cubre cada recuerdo, un viento desconocido surge desde el fondo del tiempo y gime, agita tu pelo y al cerrar los ojos, volvés a escuchar las voces lejanas que te hablan, te rodean los besos que no diste, los abrazos que negaste, el amor que dejaste arrumbado en un rincón. Cuantas cosas perdiste. ¿Habrá valido la pena?  Sólo vos, tenés la respuesta.

Abrís la puerta, suena a oxido la llave, huele a humedad y abandono la casa, te estremece el frío de años, que reina en los ambientes.

¿Por qué nos abandonaste Raquel? Te preguntan los fantasmas del ayer, que abren la puerta, te van empujando y te llevan sobre una alfombra de hojas acumuladas, y te dejan en la puerta de calle, y la verja se cierra y el sonido enmohecido de una llave invisible, te dice que ya, ya no volverás a entrar.

 


Reeditado.

El secreto de los caracoles.

  Cada tarde llegaba a la playa, quedaba de pie frente al horizonte y miraba enamorado esa línea recta que separaba el mar del cielo, a ve...