jueves

Una abuela especial.

Pintura de Jorge Frasca, argentino, pintor contemporáneo.




Miraba a su abuela, ir y venir por el patio de tierra y dándole de comer a las gallinas  y se preguntaba: ¿Por qué su madre la había obligado a pasar las vacaciones de verano en semejante pocilga?
“Tu abuela es muy sabia —le había dicho— te enseñará a vivir con la naturaleza”. 
¿Qué podía aprender  en un pueblo  encallado  en medio del desierto y junto a una mujer que apenas hablaba?  

El día que llegó, al bajar del micro, se le acercó un paisano y le dijo:
—Señorita, la están esperando en el sulky.
Se acercó y por primera vez vio a doña Josefina Faquires,  su abuela, ni una sonrisa, ni un beso, sólo le regaló un frío y áspero ¡Hola!
Después de casi una hora de viaje, llegaron a lo que sería su hogar, creyó morir de angustia. La vejez y el abandono,  junto  al olor a humedad, reinaban en el interior. Una sensación extraña flotaba  en las habitaciones, algo que no lograba  descifrar, sería el desorden o los ojos de la vieja que parecidos a los de un búho, la seguían en cada movimiento.

El argumento de su madre  había sido la edad de la anciana, “pronto partirá al otro mundo y es necesario que la conozcas,” le había dicho. Había olvidado decir que era un ser carente de ternura y palabras amables. ¿Qué podía aprender de ella?
En los pocos días que llevaba en la casa apenas si  habían cambiado unas palabras, o alguna frase sin  importancia. Tenerla cerca la estremecía, llevaba puesto un vestido sobre otro,  a cual más viejo y rotoso,  su pelo gris era un nido de pájaros abandonado, que cada mañana sujetaba en su nuca con un rodete  y que por las noches dejaba suelto, dándole una apariencia que le recordaba a las hadas malas de los cuentos infantiles.

Un mediodía al regresar del río, que era su único entretenimiento, la encontró hurgando en su mochila. Le preguntó qué buscaba y ella agitando en su mano su documento, había exclamado:
—¡Vas a cumplir quince años!
—Vaya novedad —había respondido— el veinte de marzo… ¿y qué?
—Que tenemos que hablar de algo muy serio, serás mi heredera.
La empujó tan bruscamente, que la  hizo caer sobre una silla, que crujió con intenciones de quebrarse.
—¡Vieja bruja!—le gritó con rabia.
—Justamente de eso te quería hablar…—le dijo, mientras se elevaba  hasta  el techo, hacia piruetas en el aire y por primera vez sonreía, ante los ojos asombrados de su nieta.

 .

miércoles

Dejarla ir.





El portón se cerró con  sonido a vejez y  oxido.
Él se acercó a la ventana, abrió las cortinas y se quedó prendido de  la mujer que cruzaba la calle.  En la esquina, como un suspiro en el aire, la vio diluirse, niebla blanca que entre sus manos había sido piel húmeda de amor.  Lloró, sabiendo que con ella se iba  su mejor sueño de amor.
La  comprensión de Claudia había dicho  basta, él había escalado todos los límites de su paciencia,  provocando su agotamiento y al fin lo había logrado.  Ella se había ido, sin saber la verdad. Se fue frágil como una mariposa y él había quedado solo, entre la añeja oscuridad de los pesados cortinados  y los muebles tan viejos como el olvido. La había perdido, se fue sin entender  sus desplantes ni su egoísmo.  Al menos el dolor de este desengaño la obligaría a olvidar e  intentar  una nueva vida. 
Era mejor así,  los próximos meses no serían un placer y él la amaba demasiado para condenarla a padecer la angustia de su enfermedad.
Se acercó al espejo, se vio tan demacrado que se estremeció.  ¿Y yo?  Se preguntó. ¿Qué será de mí?
Regresaría al pueblo  de su infancia, a la casa familiar,  sólo quedaban en el pueblo algunos amigos y una tía tan vieja que ya ni la recordaba.
Arreglaría la casa, eso ocupará sus días por un tiempo y  cuando resonaran los  estragos de la enfermedad y los  lobos del dolor mordieran sin piedad su carne,  pensaría  en ella y sería feliz, al menos con su recuerdo.





martes

Historia de un collar ruso.



La señora Ema Woodman se abrazaba a su esposo Tomás, sin dejar de llorar. El detective Garmendia buscaba las palabras  para tranquilizarla y  solo lograba gestos que no decían nada, le resultaba fastidioso el llanto de la mujer, notó que al esposo le sucedía lo mismo, trataba de desprenderse de su abrazo y ella no lo soltaba. Garmendia estaba inquieto.
Su superior lo había llamado para que solucionase el robo de un costoso collar, y el estado acongojado de la mujer, no lo ayudaba, los  invitados a la cena y posibles sospechosos se movían impacientes e inseguros ante la presencia de los representantes de la ley.  Todos ellos habían participado esa noche del cumpleaños de la señora Ema. Eran amigos  de la familia y       durante la cena, la anfitriona  lució el collar que había   heredado de su bisabuela  Ekaterina, lo significativo era su procedencia.  Ekaterina   en su juventud,  había sido amante del zar Nicolás, y  él  se lo había regalado,  pertenecía  a la corona Rusa. Al caer el zar en 1917 la joven huyó de su país con la valiosa joya.
El valor era incalculable, Garmendia pensó que había sido robado con la idea de desmontar las esmeraldas y brillantes, y venderlos por separado.
Los  presentes, el padre del dueño de casa; Isaac Woodman y socio de su hijo Tomás en  la Inmobiliaria, las invitadas una joven monja, Ana María, tan blanca como su hábito, miraba y escuchaba  a Pedro Garmendia con sumo interés. La secretaria del señor Woodman, Elisa Fuentes, muy bella,  seria y rígida en sus gestos, daba a entender que la situación la fastidiaba y el quinto invitado, Sebastián Woodman, hijo del primer matrimonio del dueño de casa, sonreía abrazado a su guitarra, mientras a un costado una oficial colaboraba en revisar efectos personales y a las señoras presentes.
La señora Woodman entre sollozos dijo que durante el almuerzo, el collar estuvo en su cuello, luego pasaron al living a escuchar a Sebastián  tocar la guitarra y a tomar café, allí notó su falta, buscaron por el piso, fue lo primero que se le ocurrió pensar; que se había desprendido el cierre y había caído en los sillones. Recorrieron el comedor, cada rincón de la casa, pero el collar no apareció.
La señorita Fuentes se puso de pie y caminaba  de un lado a otro, expresó que se encontraba  incómoda  al verse retenida para un interrogatorio, que ella no era una ladrona y que aquella situación la molestaba y mucho. Carmona el ayudante del detective, le explicó que la comprendía, pero que era su deber hacerle preguntas a todos, ella incluida, y encontrar la alhaja perdida.
Carmona miraba burlón a Garmendia y le dijo por lo bajo:
—No le encuentro salida a este interrogatorio, creo que  desconfían de todos.
Dejaron ir a la bella secretaria del señor Woodman y a la hermana Ana María, luego al anciano Woodman y les aclararon que ante alguna novedad que surgiese en la investigación, los volverían a llamar, el matrimonio Woodman también se retiro. Pedro Garmendia y Carmona quedaron solos.
Decidieron irse ellos también, al cruzar el jardín rumbo a la salida, encontraron a Sebastián sentado sobre unos troncos, que a modo de bancos adornaban el parque, estaba abrazado a su guitarra, mirando quién sabe qué punto del cielo, ellos se acercaron y tomaron asiento.
—¿A qué se dedica Sebastián? —la voz del detective sonó amable.
—Trabajo con mi madre, ella tiene un taller de prêt-a-porte, administro la parte comercial y estudio guitarra.
—¿Cómo es la relación con su padre y su madrastra?
—Normal, casi es mejor con Ema que con mi padre, él siempre se queja de mí.
—¿Por qué?
—Pregúntele a él, nunca me habla sino es para lamentarse de algo que hice, yo trato de vivir y dejar vivir, no le hago caso.
Se despidieron y Sebastián siguió tranquilamente abrazado su guitarra y mirando distraído a su alrededor.

Al día siguiente muy temprano, los detectives, recibieron en su oficina de trabajo, a la hermana  Ana María.
La joven desarrolló  una teoría sobre el robo y les dijo algo en lo que no habían pensado. La escucharon respetuosamente y respondieron que tendían en cuenta su hipótesis. La acompañaron hasta la puerta y mientras ella se alejaba, se  miraron sorprendidos, la presunción de la hermana  tenía lógica, ¿cómo ellos no lo habían pensado?
Carmona se dedicó a investigar las sospechas de la monja y Pedro Garmendia hurgó más profundamente en la historia de los otros invitados.

La sorpresa fue la señorita Elisa Fuentes, la poco amable secretaria, llevaba una relación amorosa con el señor Woodman desde hacía años. Uno de los empleados de la Inmobiliaria, fue quien le contó a Garmendia, previo sobre con dinero, el romance y hasta la dirección del departamento, donde acostumbraban a encontrarse. Elisa no tenía antecedentes ni por exceso de velocidad.

Carmona bebía lentamente su cerveza y de pronto dijo:
—¿Y si la hermana Ana María con su teoría nos quiere desviar la investigación? Averigüé que su congregación tiene  un hogar de chicos de la calle y  según me dijo un vecino del lugar, estuvieron con serios problemas económicos, no habrá sido ella…
—Es una religiosa…—respondió Pedro.
Carmona se encogió de hombros y pidió otra cerveza.
El calor de febrero no lo dejaba  pensar a Garmendia, después de un día de trabajo agotador sólo quería beber su cerveza y mandar al diablo la investigación, el collar y también al zar ruso.
—Mañana será otro día Carmona, basta, no puedo pensar en nada, sólo deseo una bebida helada, llegar a mi casa, bañarme y dormir.
Y así fue, luego de varias cervezas, cada uno se fue caminando por calles diferentes.

Pedro despertó con la pregunta de Carmona resonando en sus oídos. ¿Qué interés podría tener la monja para intentar confundirlos o realmente sus sospecha era bien intencionada? A él le pareció lógica su reflexión. Les había dejado picando la duda; ¿No será un auto robo?
Podría ser, no era la primera vez, ni sería la última que alguien  hace un auto robo para cobrar el seguro y luego vender la joya, tal vez en el exterior.
Tendría que hablar con un entendido en la materia, eso lo podría ayudar a aclarar sus pensamientos y luego visitaría a la Hermana, ya que Carmona no encontró nada raro al investigarla.

El viejo Lombardi no sólo era un buen joyero, también se ocupaba de comprar piezas robadas, desmontarlas y venderlas. Con su cara de inocente, convencía que era un buen tipo, pocos conocían sus trueques con el hampa. Garmendia lo visitó y le preguntó si alguien había intentado venderle un collar, o alguno de sus amigotes sabía algo de un importante  robo.
Las palabras de Lombardi aclararon un poco el panorama que el detective tenía entre manos. Según le dijo, una joya con semejante historial; revolución bolchevique, amores prohibidos, un zar y una esposa engañada, coronando la leyenda, puede ser vendido en el mercado internacional con un valor elevadísimo, ya que seguramente debe haber fotos de la época donde la Zarina lucia el collar,  nunca en esos casos conviene desmontar las piedras preciosas.


El convento en que vivía la Hermana Ana María estaba en la zona norte del gran Buenos Aires.
Los recibió la hermana superiora, una anciana de cara sonriente, muy alta y delgada que los hizo pasar a un salón pequeño, amueblado con  tres sillones, una mesita y de pie a un costado, una bella cruz de madera tallada.
Garmendia y Carmona quedaron a solas con la hermana Ana María, el detective preguntó por qué desconfiaba de la señora Ema, la respuesta  dejó a Garmendia sin palabras.”El señor Woodman ofreció una donación para nuestro Hogar de chicos de la calle, él nos habló de una apreciable cantidad de dinero mensual, para descontarlo de sus impuestos. Muy feliz fui a retirar la colaboración, a su casa, la señora Woodman me entregó un sobre que agradecí y entregué a la Superiora. Cada tres o cuatro meses la señora Ema nos llamaba y nosotros retirábamos de su casa la donación, con la cantidad escrita en cada sobre, yo firmaba un recibo y regresaba al hogar.
Un día el Señor Woodman nos pidió un comprobante de sus donaciones  para descontarlo en ganancias. Lo preparamos y yo llevé para que él lo verificara, los sobres, escritos de puño y letra de la esposa, allí  estaban las cantidades y los meses en que habíamos recibido el aporte. Los miró y se puso muy serio, sus ojos iban de los sobres a mí, lo hizo dos o tres veces, entendí que algo no estaba bien.  Me dijo: “He donado mucho más…”  Me debo haber puesto pálida, mis piernas comenzaron a temblar, Woodman se dio cuenta y me sostuvo de un brazo y me dijo:
“Tranquila, comprendo que debe ser un error, Ema no entendió cuando le dije las cantidades. Desde ahora mi secretaria le llevara todos los meses las donaciones”.
 La hermana Ana María, se puso de pie y dijo:
—Así sucede hasta hoy, no sé qué sucedió con el dinero anterior y que nunca llegó a la fundación.
—Sin pecar de curioso ¿de cuánto son los aportes actuales?
—De $30.000.-

Salieron del convento con la extraña sensación de que la señora Ema Woodman se estaba riendo de ellos, ahora había que  comprobarlo.
Con qué intenciones y cómo, la señora Ema había logrado hacer desaparecer el collar,  ya no tenían  dudas, había sido ella. A partir de ese momento se dedicarían a investigarla.
Descubrieron por información de un vecino muy curioso,  que cada viernes a la tarde, la señora salía en su coche y regresaba de madrugada.
Era el momento de volver a la Inmobiliaria e intentar que el esposo, aclarara esas salidas. “No sé  adónde va, ella hace su vida y yo la mía,”. Le solicitaron la dirección del negocio de modas de la ex esposa, les entregó una tarjeta y los miró con desconfianza, pero nada preguntó.
El interés de los detectives  era hablar con Sebastián, él había hablado de su buena relación con Ema, seguramente, les podría dar un hilo para desenredar la complicada madeja  que tenían entre manos, luego sería tiempo de hablar con la dueña del collar.
El taller de la ex esposa del señor Woodman, funcionaba en una casa del bajo Flores. Los recibió Sebastián, se notaba inquieto, miraba de reojo a su madre que colocaba telas sobre un maniquí y que en ningún momento se acercó a ellos. Pasaron a una oficina y tomaron asiento.
—Tenemos la seguridad que la señora Woodman  tiene el collar —dijo Carmona— y que todo el robo a sido una pantomima creada por ella.
Sebastián se frotaba las manos, sus ojos iban de uno a otro, no sabía que decir.
—¿Y por qué me preguntan a mí, qué puedo saber?
—Nos dijiste que tenias buena relación con ella, tal vez te dijo algo; si tenía deudas o problemas económicos.
—Sólo sé que le gusta mucho jugar en las maquinitas  y se la pasa en los bingos hasta cualquier hora, allí pierde la cabeza y muchos miles.
Se  puso de pie, apurado por finalizar la conversación e invitándolos a irse.
—Te dejo mi tarjeta Sebastián, tal vez puedas recordar  algo más…
Los acompañó a la puerta y al pasar por el taller la mirada de la ex señora Woodman los atravesó como un plomo.
Mientras regresaban a su oficina conversaban y Garmendia comentó:
—¿No te parece que es demasiado fácil, que ella se hubiera robado? Hay algo que se nos está escapando y no sé qué es. Si necesitaba dinero por tener deudas de juego, lo hubiera vendido  por una buena cantidad que le alcanzaría para saldar varias deudas, Lombardi me dijo que hay un mercado que se encarga de vender  en Europa, los coleccionistas pagan mucho dinero por ese tipo de joyas.
—¿Y entonces?
—Entonces, vamos a volver a insistir con Sebastián, huelo que ese niño bien, sabe más de lo que dice.

Días después fueron a buscar a Sebastián, en la puerta del taller de su madre, estaba la moto del joven. Esperaron.
Lo llevaron hasta un bar cercano y ocuparon una mesa cerca de la puerta, pidieron tres cervezas.
—¿Ayudaste a tu madrastra en el robo del collar?
—Usted está loco, yo no robe nada.
—¡¡Nosotros creemos que si…!!
—Ustedes son un par de granujas que quieren complicarme en algo que no hice.
Intentó levantarse y Garmendia le dijo mirándolo a los ojos:
—Ese día diste un  concierto con tu guitarra… luego en todo momento te vimos abrazado a ella como un enamorado. ¿Por qué?
—No sé de qué me habla, no recuerdo cómo agarré la guitarra, ustedes inventan historias y si no tienen nada más que decir, me voy, tengo trabajo que terminar.
Salió apurado y  subió a su moto que arrancó a toda velocidad.
—Lo pusimos nervioso  —dijo Carmona.
—Eso es lo que quería, creo que es un perejil que otro utilizó y hay que descubrir quién es.
A partir de ese momento, vigilaron a Sebastián a toda hora y sin que él lo advirtiera.   

Luego de varios días de seguir al joven, no habían hallado nada extraño, trabajaba en el taller o salía con su abuelo, el viejo Woodman, lo llevaba en auto al banco, a su casa, nada sospechoso, hasta el quinto día de vigilancia en que lo acompañó al centro, y fueron directo a la joyería Prieto de la calle Libertad, una casa especializada en compra venta de alhajas de calidad. Los detectives quedaron en su coche, esperaron largo rato para velos salir y hablar con ellos, pero los Woodman, no aparecieron.
—Vayamos a ver Carmona, me resulta sospechoso que estén tanto tiempo en el negocio.
Los atendió un señor mayor, quien muy amablemente  negó la presencia de los Woodman. Garmendia mostró sus credenciales.
—Señor Prieto, comprendo que debe guardar en secreto la compra y venta de sus clientes, nosotros estamos siguiendo el robo de un collar y sospechamos que los Woodman tengan interés en venderlo.
Los ojos del señor Prieto se abrieron, sus manos se sujetaron al cristal de la mesa para disimular el temblor.
—¿Robo…?
—Sí señor, tratamos de encontrar un collar robado.
Prieto retomó su compostura y aclarando la voz dijo:
—Nadie  me ha ofrecido un collar señores.
—¿Y dónde están los Woodman, abuelo y nieto, que entraron y no volvieron a salir?
—Están equivocados.
—Basta de pamplinas señor Prieto, colabore con nosotros o varios amigos míos del AFIP le van a hacer una visita.
Nuevamente la compostura del señor Prieto voló por el aire, respiro hondo y dijo:
—Ellos salieron por la puerta de atrás que da al estacionamiento, dijeron que los estaban siguiendo, temían que fueran ladrones, me trajeron un collar la semana pasada  y según relataron, pertenece a la madre del joven, es una joya finísima y con un historial que despertó gran interés en varios coleccionistas europeos, yo les hice un contacto con un  francés, que fue quien ofertó mayor valor, tengo mi ganancia en el trato, pero ellos nunca me dijeron que era robado.
—Pues sí, es robado, así que conviene que nos escuché y colabore.
Mientras  el señor Prieto cerraba con llave el negocio, una empleada los hizo pasar a un cuarto, tras ellos entró  el joyero y cerró la puerta.

Los puso en conocimiento de que el coleccionista francés  llegaría en una semana y que ya habían alquilado para el jueves 15, un box de un banco  importante para hacer la entrega del collar  que estaba en una caja de seguridad, pagarían a Prieto y el resto lo dejarían en esa caja, hablaban de un millón de dólares. Un negocio redondo.
Los detectives dejaron de seguir a Sebastián para que abuelo y nieto, tomaran confianza de que nada había averiguado, ahora sólo les quedaba  ir ante el fiscal y presentarle las pruebas del caso y obtener una orden del juez para presentarse en el banco.

¿Pero quién fue el cerebro del robo, el viejo Woodman o Sebastián? Ninguno de los dos, fue la bella secretaria  señorita Elisa Fuentes. Hay amores que despiertan pasiones muy fuertes, ella estaba enamorada de Tomás  Woodman, desde hacía años y odiaba a Ema. Tomas le juraba amor, pero no se separaba de su esposa y buscó perjudicarla, robando el tesoro más preciado de Ema, el collar de su abuela Ekaterina y así  obtener una ganancia que la hiciera vivir por el resto de su vida sin problemas económicos, cuando Woodman la abandonara por otra más joven. Planearon el robo con Sebastián, que buscaba demostrar a su padre que no era un tonto como él pensaba y el viejo  Woodman, ambicioso, colaboró con sus contactos, para obtener una buena parte  en el robo.

Durante la fiesta del cumpleaños, Elisa, acompañó a Ema a su cuarto y mientras le arreglaba el peinado abrió el cierre del collar, al ponerse Ema de pie y caminar a la puerta el collar se deslizó y cayó sobre la alfombra, fue un juego peligroso que pudo resultar mal, pero los hados  acompañaron  a Elisa,  envolvió la joya en un pañuelo y lo entregó discretamente  a  Sebastián, quien lo escondió dentro de su guitarra, por eso el joven llevaba a la guitarra, en todo momento abrazada a su pecho.
La suerte de Elisa terminó el jueves 15, al llegar policías de civil con una orden del juez para revisar el box 30,  donde se estaba tramitando la venta del collar. Ni los clientes, ni los empleados del banco comprendieron  lo que estaba sucediendo, Elisa salió acompañada de dos señores, lo mismo sucedió con Sebastián y su abuelo. El coleccionista francés no se salvo de ir detenido, hasta que sus abogados aclararan su situación. El collar para desconsuelo de Ema Woodman, fue devuelto a sus verdaderos dueños y hoy está en la bóveda de un banco  y forma parte del tesoro nacional ruso.








AFIP:  Administración Federal de Ingresos Brutos.



lunes

Ceguera.




Anochecía y los tres amigos caminaban juntos hacía la puerta de calle.
—Llegó el momento de despedirnos —dijo Raúl— que disfrutes en Italia, te deseo suerte.
—Gracias, no va a ser fácil, tengo que dejar en Buenos Aires mis amigos y mi familia —la voz de Marcos se quebró, no dejaba  de mirar a Camila.
Raúl  trató de inventar una sonrisa, de pronto exclamó:       
—Tengo frío, que tengas un buen viaje Marcos — estrechó la mano del amigo y se marchó golpeando las paredes del pasillo con su bastón blanco.
Quedaron solos. Camila soltó el llanto contenido, Marcos la tomó de la cintura y la besó con el dolor de saber que sería la última vez. Quedaron abrazados hasta que ella, suavemente se separó.
—No puedo Marcos, a veces, sus ojos vacios  me siguen y presiento que me está mirando.
Él le acarició la cara.
—No sé si Raúl hubiera hecho lo mismo por mí, te amo y porque  él que es mi amigo; te dejo a su lado.
Marcos se fue, como una garganta lo fue tragando la noche y Camila quedó sola, intentando calmar el dolor que la agitaba por dentro, no quería que Raúl descubriera que había llorado.  
Entró.
—Hace frió Raúl, voy a cerrar la ventana.

—Déjala así, me gusta la brisa y esa luna enorme, tan blanca,  parece una ventana en el cielo.





El otro






 Amanecía. Un sol pálido se reflejaba en el río. Santino masticaba su bronca junto con el tabaco que ya no sabía a nada. Se dijo que la vida del pescador es muy desgraciada, toda la noche y  ni una miserable mojarra.
Los otros había pasado hacía más de dos horas,  con sus canoas repletas de peces, él los miró con envidia y los ojos cargados de sueño.
Parece una maldición, se dijo.
Decidió volver al rancho. La Juana, aún no se habría levantado. Pensó en su piel oscura, en la curva mórbida de sus caderas y la necesidad por llegar a su lado fue una urgencia.
La Juana, el nombre se le hizo miel en la boca, esa mujer valía cualquier sufrimiento, hasta el mismísimo infierno.

Un soplo helado encrespó la corriente. La canoa se dejaba llevar de un lado a otro, intentó acercarla a la orilla cuando un remolino traicionero  lo sacó de su rumbo y lo arrojó contra las raíces de un tronco seco que saliendo de la costa se metían en el cauce. Una rama quebrada se incrustó destruyendo el costado de la chalupa. Se aferró a las ramas, trepo por ellas y  llegó a  tierra firme. El agua   se llevó la barca como si fuera un pañuelo, jugando sobre la piel del río y a merced del viento frenético.
No lograba entender, en segundos el río había enloquecido. El agua surgía furiosa desde el fondo, en olas sin destino, hacía un lado y otro, como si un animal enorme se revolcara en el lecho fangoso. Había perdido la canoa y él se había salvado por milagro.
Nubes oscuras cubrieron el sol, el día se hizo noche.
Cruzó la selva buscando el camino de regreso, las enredaderas le cerraban el paso. Estaba perdido, no reconocía ni los árboles, ni un triste camino que le dijera: es por acá.
Un olor ha podrido, a carne descompuesta le llegó hasta la garganta, le produjo arcadas.
De pronto,  vio esa cosa parada frente a él, se detuvo paralizado, no era un hombre, tal vez lo había sido. Quiso correr, las piernas se le negaron, estaban clavadas en la tierra musgosa, el otro se acercó, su olor inmundo le revolvió el estomago y lo hizo vomitar.
—¿Quién sos? ¿Qué mierda querés?
Retrocedió resbalando, cayó, recién se dio cuenta que había perdido las alpargatas.
Por las ropas raídas del otro, asomaban restos putrefactos de carne, las manos eran huesos descarnados al igual que lo que veía bajo el sombrero negro.
—¿Ánima bendita, que buscas?
No obtuvo respuesta. Le temblaban las piernas, un sudor helado recorría su espalda. El chillido de un búho sobre su cabeza, lo hizo saltar, lo vio levantar vuelo con un aleteo ruidoso. Intento correr, a los pocos metros cayó nuevamente. Esa cosa se acercaba, flotaba, no hacía pie. Al tenerlo tan cerca, las nauseas le retorcieron las tripas. Cuando el mareo y los vómitos pasaron, notó que esa cosa había desaparecido. El cielo seguía oscuro, ya no había viento. Una quietud  de muerte flotaba entre las hojas  ni el vuelo de un pájaro se oía.
Se secó la cara con la camisa. Ahí estaba el olor nuevamente y eso frente a él. En lo que había sido el pecho del otro y entre los jirones de  la ropa, vio la cadena y la cruz. La reconoció: era la cruz del Mingo, la que Juana le había regalado.
¡El Mingo!
No podía ser, estaba muerto. Bien muerto.
—¿Mingo?
El gruñido intento ser un grito. Se estremeció.
No podía ser el Mingo. Él lo había enterrado. Él, con sus propias manos. Él, le contó a la Juana, que lo vio irse con una de las alemanas del recreo. Él la acompañó, a preguntar en todos los puestos de la isla y fue su paño de lágrimas. Al fin, cansada de esperar, se refugió en sus brazos buscando consuelo. Y ahora después de casi un año…
                     —¿Qué querés?
El otro lo señaló.
Quiso escapar y no pudo. Estaba paralizado.
Se metió en el río tratando de escapar, de ganar la otra orilla.
Lo último que escuchó fue el canto agorero del búho. Las aguas se abrieron como una boca y una mano de barro lo llevó hasta el fondo.





Cuento ganador del 1º premio en el concurso; Criptonomikon 5. Festival Relatos de Terror 2011. España.





                                                                                                                  

El cuadro.



El cuadro ya estaba allí, cuando mis padres compraron la casa del doctor  Haustein.
Era un antiguo departamento sobre la calle Tucumán,  al abrir el portón, alto y oscuro,  nos recibía un pequeño hall y dos puertas, una daba a la planta baja, era  el estudio de  los abogados Hafler y Maier.  La de la derecha daba a  la escalera que  llevaba a nuestra vivienda y en el descanso, sobre la pared, el cuadro. Mi madre decía que era una pintura  de valor y que la dejaría allí porque le daba  importancia a la casa. 
El hombre de la pintura  parecía  mirar con ojos  tristes  quien sabe que recordaría mientras lo pintaban y en  esa  evocación su   sonrisa serena  era  una mueca apenas perceptible. A mí me impresionaba la sombra a su espalda, ese perfil que se elevaba sobre su cabeza,  esa mano  que intentaba  demostrar algo que mi corta edad no comprendía, pero despertaba   mi temor y la admiración de los mayores.

La pintura quedó siempre en ese lugar, tal como lo había decidido mi madre.  A pesar del tiempo el cuadro  se mantuvo en perfecto estado, menos la sombra,  que se fue desdibujando, hasta desaparecer totalmente y sin explicación.

Años después, alguien del barrio me comentó,  que el hombre del cuadro había sido un médico reconocido y  había fallecido a mediados de 1980,  extrañamente, la misma época en que desapareció en el cuadro, la sombra a la espalda  del protagonista.



El cuadro es de Christian Schad. Año 1928.                    





martes

La planta.




Todo comenzó con un montículo de tierra que dejaron abandonado en la vereda de don Carlos, al viejo le pareció buena tierra para rellenar una maceta, y plantó un jazmín.
Días  después las hojas y las ramas del jazmín estaban secas, totalmente secas.
Al día siguiente, los ojos del anciano se abrieron asombrados; en la maceta crecía un arbusto de hojas verdes y brillantes, era tan deslumbrante su color que don Carlos pasaba horas admirándolo y recordando las habichuelas mágicas, ese cuento que le leía a sus nietos,
Pero está planta era real y misteriosamente se elevaba sujetándose a las paredes de la casa como hiedra, no dejaba espacio sin cubrir.
Asustado por la dimensión que cobraba y pensando que quebraría el techo, intentó cortarla desde la raíz y no lo logró. La corteza era una barrera que el hacha no lograba penetrar.
Una mañana le fue imposible salir de su casa. La vivienda había sido cubierta por las ramas que sellaron cada abertura firmemente. Don Carlos golpeó puertas, ventanas, gritó hasta quedar afónico. Nadie lo escuchó.
El follaje ahogaba su voz.
Intentó llamar a Lola, su vecina, imposible, la línea telefónica había sido cortada por  las ramas de la planta y su celular no tenía crédito.

Lola extrañada de ver la hiedra que cubría la casa y notando la ausencia del  anciano, se acercó y tocó el timbre, nadie respondió. Al día siguiente, sucedió lo mismo, decidida, llamó a la policía, ellos arrancaron las ramas que cubrían la puerta; abrieron y entraron.
Encontraron a don Carlos sin vida, todo parecía normal en el interior, sólo que, la piel de don Carlos   resplandecía con un extraño color verde.

Lola   no lograba contener su llanto por la pérdida de su buen vecino. Buscó la soledad  del jardín para desahogar de tanta pena y mientras lo recorría, sus ojos descubrieron una planta desconocida que crecía bajo un rosal, la deslumbró  el brillo de sus hojas verdes.  Con cuidado la arrancó y se la llevó.
Don Carlos ya no la necesita, pensó, y en mi parque lucirá muy bien.





Una abuela especial.

Pintura de Jorge Frasca, argentino, pintor contemporáneo. Miraba a su abuela, ir y venir por el patio de tierra y dándole de co...