lunes

El espejo.








El espejo reflejó su imagen, se miró largamente, como quien busca en un viejo cajón, algún tesoro olvidado, que lo rescate del aburrimiento.
Le sorprendió la sonrisa de la mujer en el cristal y  sus ojos pequeños, era ella, pero era otra. ¿Y la que yo tengo en mi mente dónde está? Preguntó. La mujer del espejo, lentamente, llevó su mano al rostro y quitó una piel, una máscara. Nuevamente era su imagen, pero  de hace varios años, menos arrugas, las primeras canas se asomaban curiosas, no es la que recuerdo, le dijo. La mujer repitió el gesto y volvió a quitar otra máscara. Apareció otra cara,  pelo oscuro y sin tintes, el ovalo de su rostro era otro, la piel fresca, sin embargo no era la que ella esperaba. Realizó un movimiento negativo con la cabeza  y la mujer del espejo quedó pensativa, de pronto sonrió y 
renovó el gesto anterior. Un juego de colores como un calidoscopio apareció en el espejo, ella dio un paso atrás y ante su asombro, apareció la que ella  recordaba,  la que fue el principio de la que es hoy.
La que creía que la vida era un juego y  recorría el patio a los saltos en un solo pie, la que le contaba  sueños a la luna, para que  los hiciera realidad, aquella a las que las mariposas le caminaban por la mano, la que imaginaba que el parque de su casa era una selva y los conejos leones y los gorriones,  cóndores al acecho. La del flequillo y la melena corta, la de los ojos grandes y los dientes torcidos. ¿Dónde estás?, le preguntó. No respondió, pero antes de esfumarse como una voluta de humo, sonrió fresca y feliz y la señaló.


martes

Cordura.










Se abrió la puerta  y una mujer sonriente salió a recibirla, la abrazó y emocionada le dijo:
—Mi querida Ana cuanto me alegra verla de vuelta, se la ve muy bien. Abrí la casa para que el sol alegre los ambientes.
La tomó del brazo y entraron juntas, recorrieron las habitaciones, todo estaba igual, minutos después la mujer dijo:
—Vendré todas las mañanas para ayudarla en los quehaceres…
Le entregó las llaves y continúo hablando, pero Ana no la escuchaba. Al fin se fue.
Fue hasta su cuarto y al entrar, el espejo le devolvió una imagen desconocida, la de una mujer extremadamente delgada, con ojos tristes y demasiadas arrugas.
Se sentó en el borde de la cama y recién allí se dio cuenta que la mujer de la limpieza se había retirado. Estaba sola.
Fue a la cocina y se preparó un té, no tenía apetito. El ruido de una silla, la obligó a mirar detrás de ella, dibujo una sonrisa y dijo:
—¡Cuánto los extrañé!  Un año es demasiado tiempo. No saben que frío hace por las noches en ese hospital, los gritos de los internados retumban en el silencio. Me alojaron en una celda con paredes acolchadas, varias veces al día me inyectaban, los psiquiatras hacían preguntas y me daban pastillas, siempre pastillas, verde a la mañana, roja por la tarde y dos rosas por la noche.
Se largó a llorar, una mano suave como de nieve, le acarició el pelo. Continúo hablando:
—Fue un infierno, hasta que comprendí cuál era la solución para salir de allí; ¡Debía mentir!   Decir la verdad ofendía lo que ellos consideraban normales patrones de conducta,   que ellos crearon y a lo que llaman cordura. Comencé a responder  lo ellos querían escuchar, por eso estoy aquí. Han aceptado que viva sola, vendrán a visitarme y seguiré repitiendo las mismas respuestas. Los negaré, no lloren,  es la única forma de poder estar juntos. ¡No lloren! ¡Yo los amo!  Pero, los psiquiatras nunca van a entender, que  dos fantasmas sean mis amigas…






viernes

Sandro.

Roberto Sánchez, apodado Sandro, y luego llamado también Sandro de América  fue un cantautoractormúsico y compositor argentino de canción melódica, música rock and roll y pop en castellano. Incursionó varias veces en el cine, como actor e incluso como director.

Con todo respeto, este cuento intenta recordar con una sonrisa al que fue un gran cantante y dueño de un sano humor y buen caracter..







Aparecía en mis sueños. Su fantasma se corporizaba y  avasallante de alegría, me invitaba a cantar  y bailar con él.
—Esto no es para mí — le explicaba, pero él no se detenía.
Cuando se cansaba de saltar por toda la casa con su júbilo exuberante, se recostaba en el sillón del living y se quedaba dormido, era el momento en que yo me iba a la cama, agotada de tanto baile. Por las mañanas, Sandro, había desaparecido.
Una noche,  le dije:
—Gitano, no vengas más.
Me miro ofendido.
—Yo la considero  una amiga, una de mis nenas, pero si  molesto, me voy.
—No te enojes,  prefiero  la música lenta.
Me miró muy serio, asintió con la cabeza y se disolvió en el aire como la bruma bajo el sol.
No volvió. Al fin volví dormir todas las noches.
Duro poco mi descanso.
Una madrugada, escuché música y risas, me levanté y me acerqué en puntas de pie.
Un grupo de personas cantaba un bolero antiguo;  “Ansiedad.”
Al verme, uno de ellos me dijo:
—Venimos de parte de Sandro.
Me desplomé sobre una silla, sin saber que decir, ellos parecían tan felices... Reconocí a varios fantasmas conocidos;  Nat King Cole, a Javier Solis, al trio Los Panchos…hasta me pareció ver a Sinatra…
Me puse de pie y sin que se dieran cuenta, estaban tan entretenidos cantando, que no me vieron escapar por la ventana.
Corrí por las calles mojadas de rocío, el sol comenzaba a reflejarse en los edificios altos.  Agotada, me senté en el cordón de la vereda,  me faltaba el aire. Un móvil policial que estaba de ronda, se acercó  y les relaté que me había sucedido. Me llevaron a mi casa y para mi seguridad, entraron conmigo. Cuando vieron el desorden que allí reinaba, botellas vacías, vasos sucios, algunas guitarras y hasta la bata roja de Sandro, arrumbada en un sillón. Me preguntaron:
—¿Señora qué sucedió en esta casa?
Les expliqué y no me creyeron. Consideraron que era mejor llevarme a un hospital.
A partir de ese momento, nadie ha creído mi relato, ni los médicos, ni las enfermeras.
Y acá estoy, como el protagonista de aquella canción de Serrat, encerrada entre cuatro paredes blancas, donde los únicos que me visitan son Sandro y sus amigos, que  llegan de mes en mes, de dos en dos y de seis a siete.



https://www.youtube.com/watch?v=fRMY-L0JmOE




domingo

La curandera.



Entre el humo del incienso, la voz de Jacinta parecía llegar del más allá, sus palabras tomaban forma, eran figuras indefinidas, cayendo en mágico movimiento.
Todos en el pueblo decían  que  Jacinta era algo más que una curandera, comentaban que tenía trato con los espíritus…
El Roco le explicaba por qué estaba allí;  un año atrás, se había caído del caballo y con tal mala suerte, que debieron amputarle el brazo, y  a pesar de no tenerlo,  le picaba la mano  y  en el codo un dolor agudo le quitaba el sueño por las noches. ¿Cómo podía ser?
Jacinta lo escuchaba en silencio, sus ojos negros se metían en los de Roco, lo penetraban, hurgaba en su cerebro, esa mirada le producía al hombre un miedo húmedo que bajaba por su espalda y lo hacía temblar.
—¿Qué hiciste con esa mano? —le preguntó.
Roco no entendía o no quería entender. Ella prosiguió, mientras por la ventana abierta, el frío del atardecer sembraba una niebla espesa entre los dos; las imágenes habían desaparecido.
—Nada —respondió— sólo he trabajado con ellas.
—¿Mataste?
—¡Está loca! A quién voy a matar, soy un pobre gaucho encargado de la limpieza de los galpones.
Ella extrajo de su pecho un trapo rojo, lo abrió y aparecieron unas hojas secas, comenzó a hablar con ellas. Por momentos la brisa helada  le llegaba al Roco hasta el tuétano. Perdió la noción del tiempo, la Jacinta movía las hojas automáticamente, luego lo observaba, esos ojos eran un idioma difícil de entender, comprendió que estaba en trance, su pecho subía y bajaba emitiendo  un sonido gutural.
—¡Algo hiciste! —volvió a insistir.       
—Le juro que no.
—Entonces te vas, no te puedo curar, hay algo en vos que me rechaza.
Él no se movió de la silla, el brazo ausente le causaba tanto dolor que no pudo evitar las lágrimas. Fue un ramalazo de debilidad que ella aprovechó para doblegar su resistencia y entrar en su mente. Daba vueltas por su cabeza,   recorría sus venas, estrujaba su corazón con una fuerza que creyó que se  moría.  
—¿Por qué me mira así…? —le preguntó.
Jacinta se dejó caer contra el respaldo de la silla, cerró los párpados y respiró hondo durante algunos minutos. Volvió a mirarlo.
Desde sus acuosos ojos negros, la Jacinta leía sus pensamientos, él se rebelaba; pero  ya no había nada que pudiera ocultarle,  el desprecio en su mirada, lo confirmo, al decirle: 
—No tengo nada que te cure… ándate…




jueves

Palabras.






Me siguen a todos lados, hay momentos que me aturden, y sé que lo hacen para llamar mi atención,  trato de ignorarlas, pero es imposible.
Una tarde viajando en el subte, me entretenía con las luces que titilaban en el techo, por momentos quedábamos a oscuras y al instante la luz regresaba, en ese ir y venir, las palabras de dos hombres que conversaban suavemente,  flotaron frente a mis ojos. Ellas me descubrieron y se apuraron por llegar a mi lado, cerré mis parpados para no verlas y fue inútil, se movían y me hacían cosquillas en la cara.
Cansada de ellas me bajé una estación antes.
El diarero anunciaba sus diarios y resonaba su grito en el túnel. La gente se amontonaba tratando de llegar a los molinetes, yo también buscaba evitar de ese rum rum que se metía en mi cabeza. Cuando creí que las había perdido de vista, las vi a mi lado, trepando a los saltos la escalera.
Ya en la calle, el aire fresco fue un placer, crucé la avenida  corriendo entre los bocinazos de choferes tan locos como yo,  y al llegar a una plaza, aparecieron de nuevo, habían salido de un diario olvidado en un banco, se agitaban, yo evitaba mirarlas y ellas reían a carcajadas. Me aturdían.
Escapé tan rápido como mis piernas me lo permitieron, no quería oírlas ni verlas y la gente pasaba y hablaba y las muy descaradas se prendían a mi ropa,  penetraban en mi oído, me acosaban.


Ayer, al verlas llegar, me dije que era el momento de enfrentarlas, busqué un bar, me acomodé en una silla y sobre la mesa coloqué mi cuaderno y las fui alineando en la hoja, una tras otra, las frases se hilvanaban y la idea iba creciendo. El comienzo, el conflicto y el final, las palabras se calmaron, se durmieron en el cuento y al fin, me libre de ellas.


sábado

Solo dormir.





Apareces en el parpadeo del sueño, te presiento cercano, te desvaneces con la primera luz del día y la soledad en mi habitación me dice que nada es real. El espejo me pregunta cómo logro crear situaciones en las que tu presencia deambula por la casa, si eso es imposible.
Ayer surgiste por la tarde, vestías aquella vieja camisa de color indefinido —nunca supe si era blanca, amarilla o si el sol le había gastado su color—, tu flaca figura se perdía dentro de ella. Fuiste a la cocina, te escuché abrir y cerrar las puertas de la alacena, buscabas algo y no me acerqué a preguntarte qué necesitabas. Te ignoré y vos hiciste lo mismo. Fue la primera vez que te vi preparar un té.
Abrí el refrigerador buscando una cerveza o un vino helado con que calmar mi sed y no había nada más que agua, maldito seas, quiero mis botellas, grité. No respondiste, llevabas la taza a tu boca y mirabas por la ventana el cielo oscuro que amenazaba lluvia.
Durante el día los estados permanentes de sueño caminaban conmigo y me transformaban en un zombi sin voluntad, mis párpados se cerraban y al entrar a mi dormitorio, la cama era el refugio y perdía la noción del tiempo. Por momentos me despertaba el ruido de tus manos torpes, manipulando cacerolas, sartenes y vos tratando de cocinar, ¿quién sabe qué? eras lo suficientemente molesto para arrancarme de mi descanso.
Mi mente se confunde, algo sucede en ella, cabalgan en mi memoria nuestros diálogos, que siempre iban por diferentes caminos y terminaban en discusiones y, en esos momentos, tu voz que siempre fue fría como el hielo, se acaloraba y se volvía violenta. Recuerdo mis temblores y aquella frase de mi madre que siempre rondaba mi cabeza: “Algún día, ese hombre te va a matar;” yo respondía que seguramente sería yo quien te mandaría al infierno.
Creo que descubrí lo que sucedió. Las imágenes de un altercado se presentan y se desvanecen por momentos, no sé cuál fue la causa, seguramente alguna tontería; pero lo suficientemente importante como para hacerte enfurecer y tus gritos: ¡Cómo me trastornaban tus gritos!
Estábamos en la cocina, me había sentado y te observaba dar vueltas y gritar, yo también gritaba. Allí todo se cubre de bruma, debe ser el olvido que me niega la verdad. Mis miembros piden descanso y no quiero obedecerlos, necesito saber, me obligo a volver atrás y entender por qué tu figura me persigue, si estás muerto, qué venganza absurda estás buscando con tu presencia silenciosa y permanente.
Por momentos me falta el aire, debe ser que vivo recluida, que voy de mi cuarto a la cocina y no quiero o no puedo quebrar ese círculo que me encierra.
Volvieron las imágenes de aquel día, son flashes sin color: yo había comenzado con una cerveza y ya iba por la tercera, ese fue el desencadenante de tu furia, ahora lo recuerdo. Alzabas los brazos y dabas vueltas cerca de mí, tu cara se había convertido en una máscara intimidante, estabas alterado y me insultabas. Recuerdo que me puse de pie y abrí el cajón de los cubiertos, agarré la cuchilla y llevándola en alto me lancé contra tu pecho. Tu fuerza era superior a la mía y, ante ella, caí al suelo como una bolsa pesada, y sólo tengo memoria de tu mano empujando mi brazo y el cuchillo penetrando en mi garganta y la vida escapando a borbotones. La niebla se va despejando, debió haber sido el alcohol que nubló mi mente y me hundió en este estado de ceguera con mi realidad y sólo quiero dormir.


jueves

El Círculo.








Los últimos rayos del sol atravesaban el ventanal,  la habitación cobraba  tonos dorados y un beso de sombra acariciaba los muebles.
En una mecedora, la anciana bordaba. Sus manos ligeras, sabedoras de giros y enlaces iban dibujando figuras en la tela. Envueltos como ovillos, sus gatos, dos negros y uno blanco, dormían a sus pies. Cada tanto,  uno de ellos alzaban la cabeza y la miraba, luego continuaba con su celebración del descanso.
La vieja detenía su tarea y recordaba.  Su pensamiento volaba a los tiempos juveniles donde el dolor era algo desconocido para ella, palabra que sólo los mayores pronunciaban. Épocas donde el baile, los amigos y la alegría ocupaban su vida.
Se cansa de bordar  y deja el sillón. Recorre la habitación.  Va acomodando  los libros del estante, recorre los retratos de la familia: papá, mamá, los va nombrado suavemente, como si los llamara.
Se detiene frente a la ventana, apoya la frente en el cristal y observa las sombras que van tragando el paisaje y se llevan los tonos rojizos del horizonte.

Como todas las noches, llegan las voces. Voces sin rostro. Las reconoce; una es su madre que regresa desde el fondo del tiempo y le dice;
—La cena está lista Nene.
Se dirige lenta hacía la cocina, sobre la mesa, la sopa humeante la espera.
Los gatos la siguen, trepan a una silla y esperan.
La anciana come, les cuenta de sus dolores y los mininos escuchan. Regresan las voces. Ahora es su padre quien habla. Voz firme, clara:
—Apaga las luces y vete a dormir.
Ella obedece igual que en la infancia. Deja el plato sobre la mesa, le da de comer a los felinos y camina lentamente hacía su cuarto.
—Padre —dice alzando la voz— cierre las puertas y las ventanas. Nadie responde. Sólo se escucha el sonido de las llaves al girar.

Al día siguiente, la vieja entrará en la cocina, preparará el mate y tostará el pan. Con paso lento, como cada mañana, abrirá las ventanas. Los gatos la seguirán pegados a sus piernas.
Correrá las cortinas y la luz de un nuevo día entrará en la habitación y el círculo se iniciara de nuevo.






El espejo.

El espejo reflejó su imagen, se miró largamente, como quien busca en un viejo cajón, algún tesoro olvidado, que lo rescate del ...