miércoles

El churrero.


 

Cuando era pequeña los vendedores de churros solían pasar por mi barrio con un grito especial; ¡¡Chuuuurroooosssss, Churreroooooo!!! Y el silbato que los identificaba.

Pero hoy, eso ya no existe, los churros se venden en panaderías o churrerías que los preparan de diferentes y sabrosas formas, con dulce de leche, con crema pastelera, redondos o simples con azúcar.

¿Todo esto a qué viene?

A que hace unos días volví a escuchar el grito del churrero de mis años infantiles, mi imaginación tomó vuelo y me asomé al balcón, una soledad de árboles desteñidos y veredas opacas fue lo que contemplaron mis ojos, era domingo y todos dormían, esperé un rato y nada, sólo el viento de otoño murmuraba su canción y se llevaba las hojas secas.

No lo comenté. Días después lo volví a escuchar, esta vez salí a la calle y el churrero que guardaba en mi memoria, con su bata blanca y su canasta; no apareció. El tema me perturbaba, estaba segura de lo que había escuchado, ya no era una vez, habían sido dos, lo comenté con el encargado del edificio en que vivo.

¿Pasa algún churrero por las mañanas? Sonrió y me dijo: No, es el señor de la esquina, el padre de los García, tiene Alzheimer y cada tanto se asoma al balcón y anuncia su grito de venta, fue vendedor callejero  y de aquel ayer lo ha olvidado todo, menos ese grito. Sonreí tranquila, no estaba delirando.

Qué cosas tiene nuestra imaginación, escuchar ese llamado que anunciaba la presencia del churrero, me remontó  a la infancia y a la alegría de esperarlo y llegó su imagen con la frescura nítida de aquellos años, no recuerdo su nombre, pero sí su cara redonda, sus mejillas rojas y su pelo bien peinado a la gomina, pensar que un simple llamado, ¡¡Churreroooo…!!  Lo regresó  a mí memoria con aquel grito del vecino, también él reviviría a través de ese grito, sus años felices.




Estilo de mujer.


 

 

 

Fue una misteriosa historia que nunca logre descifrar. Comenzó mientras visitaba los puestos de la feria de San Telmo.

Me habían invitado a participar  en una exposición de dibujos a lápiz sobre moda y estilos de la década del 70 y buscaba en viejas publicaciones, de las que hay muchas en la feria, la idea que me dieran inspiración para una  cara, estilo y moda de aquellos años. Una revista llamó mi atención y la compré. En sus páginas la moda de esa década,  lucia bellas modelos, fotos de una época donde los peinados,  los zapatos LuisXV, marcaban un ritmo, era todo un combo que me daría inspiración para dibujar temas de esa época. De todas esas bellas jóvenes fui copiando algo hasta lograr una cara que simbolizara según mí idea, esos años. Hice diferentes dibujos, pero siempre con la misma mujer ideada por mi imaginación. El día de la inauguración  se acercaba y llegué al último día con la terminación de mis cuadros. Mis profesores me felicitaron, había logrado dar el efecto, estilo del setenta.

La exposición fue un éxito, los cuadros fueron admirados y algunos vendidos a buen precio.

Una tarde se acercó un señor mayor preguntándome quién había sido mi modelo, le dije que no hubo modelo que la joven de los cuadros eran producto de mi imaginación.

-No puede ser -me dijo- dígame la verdad, quién fue su modelo.

Volví a explicarle y decirle que de un catálogo de modas de 1970 había sacado y copiado peinados, modas, sonrisas, miradas, hasta lograr una cara que diera según mi parecer con el carácter de esos años. No dijo nada más y se fue.

Al día siguiente regresó, traía algo envuelto en papel madera, me pidió pasar a una oficina y allí desenvolvió lo que era un cuadro. La pintura de una joven apareció ante mis ojos y me dejó sin aire.

Era la misma cara que yo había pintado, sonrisa, mirada, color de cabello, hasta el estilo de sus aros, era igual. No supe que decir. El que habló fue el señor:

-Fue mi esposa, murió en 1974 en un accidente, tenía 24 años. ¿Me puede explicar cómo hizo usted para lograr en sus cuadros tal parecido de imagen…  ¡Es ella...!

Quedé muda, no supe que decir, ni explicar que había sucedido, el señor mayor me miraba tratando de descubrir en mí una verdad que yo desconocía, no encontré palabras, mis ojos iban del cuadro a la persona que tenía delante. Al fin me dijo:

-Le creo, veo que está tan desorientada como yo, le agradezco haber vivido gracias a sus dibujos una felicidad, que tal vez, será la más importante de mis últimos años.

 



lunes

"Himno nacional argentino" (con letra)


  • Letra: Vicente López y Planes
  • Música: Blas Parera.

9 de julio día de la Independencia de Argentina.

Les dejo el  Himno Nacional Argentino.
Amo la música y la letra de nuestro Himno.

Recuerdo en la escuela primaria con cuanto amor la profesora de música nos enseñó  a cantarlo, ese amor y respeto me dura hasta hoy.

María Rosa.


jueves

Los gatos.


 


 Cada vez que visitaba a la tía Jacinta, se repetía en mí la misma sensación. Era entrar en la casona y un estremecimiento me recorría la espalda; serían esos recintos  enormes, de techos altos que daban a los ambientes una frialdad de escarcha o esa manía de estar  a oscuras  que tanto me deprimía. Nunca supe  el motivo de que no encendiera la luz, creo que era otra de sus tantas manías. Los ventanales cerrados y los muebles oscuros cumplían su misión de abatir mi espíritu.

Jacinta no tenía vecinos. Su vivienda, encallada,  lejos de la zona comercial y poblada de Pilar, era un paraje rodeado de pinos y eucaliptus; solitario y misterioso a la vez.

Sus  amigas, las pocas que recuerdo haber visto en su casa, ya habían pasado a mejor vida  y la tía  feliz  en sus noventa y cinco, seguía encaprichada en no dejar este mundo.

Pero lo peor, eran los gatos, esos bichos que circulaban por los cuartos y  sembraban a su paso un olor nauseabundo y de los que nunca llegué a saber  cuántos eran, siempre aparecía uno nuevo. Los ojos de esos animales destellaban con una luz anaranjada  que por momentos se tornaba rojiza y los hacía diferentes a otros de su misma especie. Cuando  sus miradas se fijaban en mí, resultaban turbadoras.

La tía solía pasar sus días sentada en un sillón de respaldo alto y mullido, en el que parecía una emperadora obesa y desde donde vigilaba el movimiento de sus felinos. Dos de ellos eran sus preferidos, macho y hembra, negros como la noche más oscura y los había bautizado: “Rey y Reina”. Cada uno llevaba un collar dorado que los diferenciaba del resto, eran los emperadores de la casa.

Quien se encargaba de la abuela, de atenderla y organizar la casa: era Babar. Un hindú  alto y delgado, de piel color de tierra y mirada acerada y penetrante, que solía aparecer de pronto como brotado de las paredes y formaba parte del conjunto de rarezas que rodeaban a Jacinta. Cuidaba de los gatos con el mismo detalle que ponía en la abuela.

A Babar lo encontraba siempre  prolijamente vestido con un dhoti blanco, su barba enrulada y grisácea le daba un aire de santón.  Vivía atento  de que a  Jacinta nada le faltara, creo que la veía como a una madre sagrada, y con ese amor y respeto la cuidaba.                                                                                                         Se deslizaba silencioso, su presencia  imponía respeto a los  animales, quienes ante un gesto suyo desaparecían. Rey y Reina, no, ellos eran su propia autoridad.

Cuando Jacinta enfermó, sólo admitía la presencia de Babar a su lado  y el único alimento que aceptaba,  era un potaje a base de leche y semillas. Con su paciencia, conseguía  que ella se alimentara. A pesar de que no me caía simpático, debí agradecerle al hindú, el amor con que  trataba a Jacinta.

La tía falleció una tarde de marzo y, antes de morir, decidió  que Babar  se hiciera cargo  de su cremación,  de llevar  sus cenizas a Camet y dejarlas caer en el mar, ese sería su  reposo final.

Babar cumplió el pedido y regresó diferente del viaje, su mirada enrojecida demostraba lo triste que estaba y unos meses después,  desapareció sin dejar rastro. No lograba entender qué había sucedido. Buscando algún detalle que me diera una idea sobre su ausencia, entré en su habitación, no hallé carta ni mensaje, me sorprendió el desorden. La cama deshecha, sillas caídas, y ropa dispersa por el piso, pensé que allí se había desatado una batalla.  A un costado de la cama, encontré la camisa de su dhoti; al levantarla, vi que la tela estaba hecha jirones y cubierta de sangre, demasiada sangre para pensar en un accidente  hogareño. Llamé a la policía.  Llegaron varios uniformados, quienes  dieron vuelta la casa buscando alguna prueba que aclarara qué  le había sucedido a Babar y sólo encontraron más manchas de sangre  en el patio de atrás, a Babar no lo hallaron. Lo buscaron fuera de la casa,  se rastrilló la zona y  el arroyo Burgueños que corre cercano  y nada encontraron. La policía dudaba de que estuviera muerto, ya que nada confirmaba esa teoría. Seguramente  —dijeron— se fue por su voluntad. Sobre la camisa, nadie  me daba una explicación. Mi teoría era otra; pero cómo decírsela  a la policía, sin que me creyeran loca.  Estaba segura, de  que los dos gatos del collar dorado y sus amigos, habían dado muerte a Babar.  

La disputa por el territorio, a partir de la muerte de  Jacinta,  había sido  el motivo. ¿Qué lazo se había quebrado entre ellos, para que asesinaran a Babar? ¿Y  el cuerpo?

                                                       


Pasaron varios meses y no me olvidé de Babar, cada tanto volvía a visitar al fiscal  para pedirle  que no abandonara el caso. Contraté a un investigador privado y nada encontró.  El hindú terminó siendo un misterio que se cerraba en su propia oscuridad.

Una tarde en que caminaba por el angosto  sendero que bordea el Burgueños, descubrí  sobre la tierra  algo que brillaba, era un anillo, lo tomé en mis manos y lo reconocí;  era  de Babar. Estaba impecable, como si alguien recién lo hubiera  dejado en ese camino. ¿Sería una señal, señal  de qué?  Miré al alrededor,  me acompañaba  una inmensa soledad y silencio. Tuve miedo. ¿Quién se estaba burlando de mí, o me estaba amenazando, dejando una muestra de lo que se puede hacer sin ser descubierto?

 

Asustada de ver que los gatos en la vieja casona se multiplicaban al punto de que ya no podía entrar, los muy malditos me rodeaban  amenazantes cada vez que abría la puerta, decidí terminar con ellos.

Vendí la casona  a una inmobiliaria, tiempo después me enteré de que la habían tirado  abajo, levantarían allí un supermercado.

El tiempo pasó, los felinos desaparecieron; pero cada vez que veo un gato, no puedo evitar el mismo estremecimiento que  recorría mi espalda al entrar en la casa de la tía Jacinta.

Debe ser mi imaginación, pero aquellos gatos sembraron el terror en mi vida,  por las noches,  escucho sus maullidos,  sé que son ellos y veo sus ojos  entre naranja y rojo que aparecen en una ventana, luego en otra, es una amenaza que parpadea y luego desaparece. Por las noches no consigo dormir, los huelo, los escucho, me están volviendo loca… o ya lo consiguieron…

 

 Reeditado.

 

 

 

martes

La jefa.


 

                                                                             

En la heladera no encontró nada para desayunar, Federico salió de su casa con el estómago vacío y paso ligero. El tren arrancó saturado de personas que se empujaban unas a otras, tratando de llegar a horario a su trabajo.  Bajó en  Retito con la ropa arrugada, la camisa fuera del pantalón y el pelo cayendo sobre la cara como un plumero barato.

En la oficina, Dolores lo esperaba con  cara de furia, los brazos en jara y su voz de trueno:

—Como siempre, quince minutos tarde —le dijo.

—Perdí un tren.

Colgó el bolso y sentó en su box, ella siguió de pie y rezongando en voz alta.

Llegó Benavidez y Dolores le preguntó:

—¿Qué te pasó que llegás tarde?

Lo miraba con ojos tiernos. El se sentó sin responder. Ella se inclinó en el escritorio y le susurró algo por lo bajo, él sonrió comprador. Siguieron conversando,  Federico se moría de ganas por saber de qué hablaban. Ella había pasado los cuarenta hacía rato y Benavidez  había cumplido veintiseis unas semanas atrás y la relación demostraba que iban más allá de un amable trato laboral.

 

El día fue largo. Apuros, legajos sin terminar y Dolores gritando por cualquier cosa a todos, menos a uno.

A las seis apagó la computadora y se  levantó para salir. La jefa lo llamó.

—Federico faltan los legajos de la empresa de Miranda y Martí y  de Moreno Fuentes.

—Me los entregaron a las cinco de la tarde, imposible completarlos.

—No me interesa. Mañana a primera hora los quiero en mi escritorio.

—¿Me tengo que quedar?

—Usted sabrá que debe hacer.

Se quedó.

 

Terminados los legajos, los dejó en el escritorio de la jefatura, y salió eran las 20hs. En el ascensor se  encontró con un compañero de rentas.

—¿Querés que te alcance a tu casa, vivimos cerca? —le preguntó.

Respondió que sí, ya era tarde.

Bajaron al estacionamiento. Estaba oscuro. El sollozo de una mujer los detuvo. El sonido de lo que pareció un golpe y un grito, les puso la piel de gallina. Quiso intervenir pero su compañero le hizo señas que podrían estar armados.

 La voz de un hombre se elevó insultando, la mujer rogaba que no la dejara. Era una pelea de pareja. La voz masculina  les pareció conocida. La de ella, era demasiado histérica. Un coche entró al estacionamiento, las luces los iluminaron y vieron asombrados a Dolores y a Benavidez que seguían discutiendo. El coche dobló y todo quedó a oscuras.

—No me dejes acá, por favor —rogó ella.

—Ándate al diablo —respondió él—. Pedí un Uber.

Benavidez subió a su moto y salió a toda velocidad. Ella pidió un coche.

Habían visto a Dolores, siempre fuerte, dueña de si misma y ahora contemplarla tan frágil ante un joven, que sin preámbulos  la menospreciaba; parecía imposible.

Al otro día ella no vino a trabajar.

Avisaron que la internaron con un cuadro de intoxicación con pastillas. Había intentado matarse, pero  estaba fuera de peligro.

Federico recordó el mal trato que  Dolores asumía con todos, intentaba armar el rompecabezas de sus acciones y le fue imposible entenderla, seguramente ni ella se entendía. Cuando a la semana Benavidez fue despedido,  se dio cuenta que su jefa había reaccionando y que pronto volvería a ser la misma.

 

 

Con el último aliento.


 

 

 

La botella de vino en una mano y en la otra el látigo, Paco se tambalea hasta que consigue apoyarse contra los barrotes. El vino caliente le revuelve las tripas y se le hace reflujo ácido en la boca. El domador empuja la puerta, que se abre con chirrido a óxido. Y entra en la jaula. El león, el último que queda en el circo, levanta la cabeza, lo mira.

¡Puta madre!, piensa Paco. Y sí: aquel gato roñoso estaba peor que el día anterior.

Hace días que Sansón no quiere comer. Paco da vueltas alrededor del león. Deja la botella a un costado.

— ¡Arriba, mierda!

Hay odio en los ojos de la fiera. El  látigo chasquea en el aire, marca el techo de la jaula.

— ¡Arriba! ¡Vamos!

A Sansón el látigo le roza el lomo, intenta incorporarse.

— ¡Sólo con golpes entendés!

El animal cae. Sus patas no pueden más. Paco intenta otro golpe.

Y Kathy, que ha mirado desde lejos la escena, ahora se acerca.

Se agarra a los barrotes tratando de detener a su padre.

— ¡No lo castiges, papá!

—A la mierda, pendeja —mira al león—. ¡Y vos, subí al banco!

 Sansón trata de impedir los latigazos alzando la pata.

— ¡Basta, papá, por favor!

La voz de Kathy detiene el brazo, él la mira con fastidio.

— ¡Cállate!

— ¡No ves que está enfermo!

Ella intenta entrar. Paco cierra la puerta de una patada.

—Sansón, viejo mañero…

Vuelve a castigar con rabia. Ya no quedan fieras en el circo, sólo Sansón. Sin él, su vida de domador termina.

  — ¿Por qué sos tan malo?

El látigo se detiene.

Otra vez el gusto ácido le sube a la boca. Se marea, pierde el equilibrio. Agarra la botella y sale  de la jaula maldiciendo.

Camina unos pasos, se vuelve y señala a su hija con  gesto amenazador. Intenta decir algo. Se va.

Kathy respira aliviada.

La jaula  no tiene  llave, entra.  El león se tira sobre un fardo de heno.

— ¿Qué te pasa?  Te traje carne picada. 

   La pequeña se arrodilla, le habla con suavidad y acaricia la melena descolorida. Sansón acepta sus cariños, se adormece.

 

La tarde incendia los desvencijados tráilers. Llegan, lejanos, los acordes de una guitarra.

En chancletas y ruleros, las dos trapecistas y la Mujer Barbuda matean y fuman a la sombra de la carpa.

Paco entra en el carromato. Tira sobre la silla su camisa y putea por enésima vez. Se acerca al cajón que le sirve de mesa. Aparta los restos del pollo del día anterior, manda al centro la botella de vino y cuelga el látigo de un gancho fijo al marco de la ventana. Con cuidado lo cuelga, con devota confianza: conoce de sobra el poder que le da ese instrumento de terror. Se quita las botas y las lanza a un costado.

La cama es un revoltijo. La borrachera lo vence.

 

Anochece. Por la ventanilla entra olor a pescado frito, todo el mundo cocina afuera o adentro de los remolques, y a Paco el hambre le retuerce las tripas. Quiere salir de la cucheta, pero cae sentado.

— ¡Kathy!

No hay respuesta.

 — ¡Tengo hambre!

Logra levantarse, se asoma a la puerta del carromato.

 — ¡Quiero comer, la puta madre! —Paco se sienta en los escalones, su voz es un ladrido—: ¡Kathy!

Tres o cuatro pendejos cruzan pateando una pelota. A él le fastidia esa alegría y entra.

Kathy llega corriendo. Ha estado jugando, y las trenzas le caen  deshechas sobre la espalda. La recibe el hedor a vino y abandono. Su padre espera, con los codos apoyados en el cajón y la mirada perdida. 

Ella enciende la  hornalla, calienta lo que quedó del mediodía. Le hierven las mejillas, sus manos tiemblan. Sabe que el horno no está para bollos. Paco tamborilea sobre la madera y pregunta:

— ¿Para cuándo?

—Ya va.

Kathy sirve la comida. No se sienta. Espera la aprobación. La cara de Paco se transforma.

— ¿Qué le pasó al arroz?

— ¿Qué arroz, papá, son fideos? ¿Qué decís?

Paco empuja el plato, que cae al suelo. Kathy, agachada, junta los fideos con un trapo. Él intenta hablar: tiene la boca pastosa y la voz se le hace nudo en la lengua.

—Te dije que no me gusta el arroz.

Kathy se levanta y tira con rabia los restos a la basura.

Él la amenaza con el puño.

— ¡Mierda! ¡Sos una mierda! —Y el cajón se viene en banda con botella y vaso incluido.

La zamarrea de un brazo y la desparrama contra una silla desvencijada, que cede al impulso y se quiebra.

Paco golpea y golpea, la chica ni grita. Él se apoya en el tabique que sostiene una cortina… y todo se viene en banda. Pierde el equilibrio, se tambalea. Y en ese segundo Kathy salta por sobre los peldaños y escapa. 

Corre, corre con el ángel de la guarda a su lado. Los insultos  quedan atrás. La noche se cierra tras ella.

Kathy llega ante la jaula de Sansón. Empuja la puerta, se tira en el piso y se pega al animal, que levanta la cabeza y la mira.

Paco  se acerca.

— ¡Te voy a moler a palos! 

Se le ahoga la voz en otro reflujo agrio. Enfurecido, patea los grandes canastos: la pendeja de mierda ha desaparecido.

— ¡Cuando te agarre, vas a ver!

En la noche, Paco es un espectro al que la luna blanquea desde su cuarto menguante. La mujer barbuda, el malabarista, los payasos del circo lo conocen de sobra. Nadie piensa asomarse.

Mareado, vuelve al carromato y se desploma en los escalones. Apoya los brazos en las rodillas y baja la cabeza.

—Soy tu padre… maldita seas.

Oleadas de nubes oscuras multiplican el horizonte, y un viento caliente se desprende del cielo y arrastra en remolino papeles y hojas y cuanta mugre encuentra. Se van apagando los sonidos, el campamento se duerme.

 

  El primero que madruga es el equilibrista. Sale a caminar. Y algo, algo que no logra definir —un amasijo de ropa o una bolsa de basura—, le llama la atención. Al verlo de más cerca, pega un alarido y despierta a todo el campamento. Uno a uno van llegando.

Allí está Paco. Desde la garganta, un surco y otro, lo desgarran hasta el pecho. El pelo le cae sobre el lado destrozado de la cara, dándole el aspecto de una máscara de carnaval. La tierra se ha tragado la sangre, es sólo una mancha oscura donde quedaron pegados papeles y hojas que arrojó el viento.

Ellos se miran, hablan a gritos. Alguien dice que llamará a la policía. Todos corren hacia la jaula.

Y ahí adentro están los dos, Kathy acaricia la melena y llora, abrazada al cuerpo sin vida de Sansón.

 

 (Este cuento recibio el primer premio en el concurso de la la Biblioteca Juan María  Gutierrez de Berazateguí)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles

El celular.


 

El viento que llegaba del río, hizo que cruzara la Avenida Libertador, casi sin mirar el semáforo, entre en la estación de Retiro buscando el calor humano, que el ir y venir de tanta gente me podía ofrecer.

Estaba fastidiada con mi visita a mi psiquiatra, nuevamente había cambiado mi medicación y yo sabía el malestar en el que iba a entrar cuando comenzara con los nuevos fármacos.

Mi tren saldría en diez minutos. Cruce los molinetes y me apoyé en una columna esperando. Un hombre mayor se acercó y con voz de misterio me dijo:

-Tengo un celular maravilloso para venderle…

Sonreí, las ofertas de los vendedores callejeros en las estaciones de trenes son siempre grandes oportunidades según ellos.

-Mire que maravilla, usted le pide algo y en seguida se lo consigue, quiere saber precios de departamentos, le pregunta, le dice el lugar preferido y aparece la imagen y el precio. Ve aquella chica que viene caminando, usted le saca una foto y en seguida le da nombre, dirección y edad… si le interesa saber en que piensa, con tocar la tecla verde le aparece en la pantalla.

Reí ante las palabras del vendedor, era un mentiroso increíble. De pronto me sacó una foto y en la pantalla mi nombre, dirección y edad aparecieron ante mis ojos, apretó la tecla verde y mis pensamientos de asombro se dibujaron rápidamente.

Di unos pasos hacia atrás con temor, el hombre comenzó a reír y me alejé del andén casi corriendo, siguió detrás mío riendo, no podía evitar el temblor que recorría mi espalda ante su risa,  salí a la calle y me perdí entre la gente que entraba y salía de la estación. Vi un colectivo detenido y sin saber adónde iba, con el loco miedo que me invadía, subí y recién al sentarme, respire hondo y descanse.

No volví a la estación de Retiro por temor, cambie mi rutina de viaje diario, pero no he podido olvidar al vendedor, y cada tanto creo escuchar su risa sarcástica a mi espalda…y en mi celular, si en mi celular, el tono de aviso de llamada es su risa, cansada  y en un momento de furia arrojé el teléfono a la calle.

Compré otro celular y para mi asombro el tono de llamada era la risa del viejo, fui a devolverlo, el joven vendedor me dijo que podía cambiar los tonos. Le expliqué que al hacerlo, la risa se repite en todos. Tomó el celular fue cambiando por música diferente y me dijo:

—Señora el teléfono está bien no hay tono de llamada con risa.

Me sentí una tonta, salí a la calle y para mi asombro volvió la risa a sonar en  una llamada.

¿Estaré volviéndome loca?

 

 

 

El churrero.

  Cuando era pequeña los vendedores de churros solían pasar por mi barrio con un grito especial; ¡¡Chuuuurroooosssss, Churreroooooo!!! Y e...