jueves

Casa de regalos.


 

 

Mi trabajo en una casa  de regalos me lleva a conocer personas y personajes que llegan a ser sorprendentes.

Hace unos días, René, mi compañera de tarea  había salido, me encontraba  sola y en un horario en que el sol otoñal que se asomaba por los cristales me hacía sentir prisionera y mis ganas de cerrar el negocio y escapar a recorrer las calles de la ciudad era un llamado, al que no podía responder.

 

Sumida en mis pensamientos no vi que había entrado una mujer. Silenciosamente recorrió el local, tal vez quería comprar algo, pero parecía indecisa, yo la seguía sin perder sus movimientos. Su perfume intenso  me resultó conocido. Ella era elegante, pero dentro de su finura descubrí un toque arcaico, como salida de una revista de modas del siglo pasado.

Al fin se acercó y me pidió un par de guantes de seda, le ofrecí lo que teníamos, al verla de cerca descubrí que su peinado y el rojo de sus labios confirmaban mi primera impresión, eran de años atrás y reconocí el perfume  que usaba mi madre.

Le entregué su compra, y en ese momento entró René. La mujer, sin preguntarme el valor de sus guantes, dejó su dinero sobre el mostrador y se alejó, fue tan rápida que no atiné a decirle nada. La vi abrir la puerta de cristal y esfumarse en el aire  como un puñado de humo, dejándome con la boca abierta y sin poder reaccionar.

René se acercó y me preguntó qué me pasaba, le conté y entre risas respondió que el cansancio me había hecho imaginar  fantasías.

“Cuando entré, no había nadie en el local, me dijo.”

Un temblor se apoderó de mi cuerpo, estaba segura que la mujer estuvo allí y me pidió guantes y que al salir se desvaneció como un fantasma. “Sería un fantasma”, exclamó René riendo y  sin darle importancia a mi temor, se acercó y tomó el dinero que la mujer había dejado sobre el mostrador, sin controlar su risa me dijo: “Era un fantasma de verdad, estos son Australes, dinero del año 90” que ya no circula más…”

Me aferré al mueble, creí que me iba  a desmayar, mientras René me contemplaba con sus ojitos divertidos y sin controlar su risa burlona.

viernes

La isla de los tigres 3


 

3 parte.

 

Mientras filmaba  la escena,  una de las ramas se agitó sobre él, intentó cortarla, las otras la defendieron y se lanzaron sobre él en un ataque  feroz,  con finas espinas que marcaron su cara y brazos,  lo envolvieron con una flexibilidad de liana,  le arrancaron la cámara. Volvió a escuchar el latido, era el sonido de un corazón acelerado que lo aturdía. Utilizando la navaja, liberó su cuerpo del abrazo mortal que ya comenzaba a ahogarlo, cayó al suelo, rápidamente se puso de pie y se alejó trastabillando sobre la hojarasca húmeda. Lo seguía el latido, ahora parecía salir de la tierra, rebotaba en su cabeza, lo atontaba. Los árboles y la cámara quedaron  allí entre el barro y las ramas que él había cortado con su navaja. Encontró el camino por el que había llegado y nada quedaba de las flores blancas ni su perfume.

El  guía  seguía durmiendo, lo zamarreo hasta que  se despertó.

—Debemos regresar, al atardecer pasa la lancha a buscarnos —le dijo.

—¿Y su cámara? —preguntó el Chúcaro.

—Caí en un zanjón y la perdí.

No comentó la experiencia vivida, pensaría que estaba loco.

Llegaron al muelle y esperaron. Los latidos  se hicieron más nítidos,   llegaban desde lejos, del  centro de la isla. El chúcaro se arrodilló y puso el oído y las manos en la tierra y dijo:

—La isla  late, tiene vida, es un demonio…

Bruman se estremeció, el frío de sus ropas húmedas se calaba hasta sus huesos y  el miedo vivido le cerraba la garganta, no podía hablar, quedaron en el muelle esperando la lancha que llegó una hora más tarde.  

 

El viejo Cedrón los estaba esperando en el muelle preocupado por la tardanza. La cara ensangrentada de Bruman y su ropa  hecha  jirones no lo sorprendieron, gritó, preguntando qué había sucedido, pero el alemán no habló y el chúcaro respeto ese silencio.

Durante la noche Leandro Bruman no durmió, estuvo de pie mirando tras la ventana la arboleda oscura, en un momento,  fue hasta el río, se sentó en el muelle mirando el agua que apenas se movía, ni un pájaro nocturno,  ni el sonido  de los animales  que salen por la noche a comer se escuchaba, lo rodeaba una inmensa quietud, demasiada,  se dijo. Necesitaba pensar, encontrar una explicación  y su mente era un papel en blanco, el miedo vivido no lo dejaba razonar. Regresó a la cabaña.

Mientras guardaba su ropa manchada de sangre en una mochila, pensaba: ¿habría imaginado a esos árboles que caminaban sobre el fango? Como si fuera una respuesta a su pensamiento, al doblar la camisa, del bolsillo cayó un puñado de largas espinas y flores blancas, las levantó, eran las mismas que llovieron sobre él y marcaron el camino, lo habían conducido a ver los árboles. De nuevo el aroma dulce con resabios de limón, invadió su cabeza, cubrió el cuarto. Juntó las flores temblando y fue a arrojarlas al río, que las fue llevando en su cauce hasta que se perdieron en la noche. Se quedó sentado en el muelle, intentando razonar cómo era posible que los árboles caminaran y… ese latido lo escucharon los dos, el chúcaro y él, esa isla era un ente vivo. Tal vez con el paso de los meses y en la tranquilidad de su país y su casa, lograría remontar en su memoria aquel espanto y escribir lo que vivió.

Por la mañana fue a la casa del viejo, lo encontró tomando mate en la pequeña cocina, se sentó frente a él, quiso hablar de la isla de los tigres y fue imposible, no encontraba palabras.  Puso el arma sobre la mesa, le dio gracias a Cedrón y le dijo que esa misma tarde regresaba a la capital y de allí a su país. El viejo miraba  los profundos  cortes en los brazos del alemán, en su cara; marcas que llevaría de por vida, se puso de pie, lo abrazó y le dijo:

—No diga que no le avisé, en esa isla hay algo demasiado maligno para nuestro entendimiento.

Bruman intentó decir algo y las voz se le ahogó en la garganta.

—No intente explicarme, sé que no hay palabras que expresen el terror vivido, hace muchos años, yo era un adolescente, estuve allí con una expedición, fui el único en salir con vida, hoy somos usted, el chúcaro y yo, los que podemos afirmar que  la isla de los tigres es el infierno y en ella,  el mal vive.

 

Mientras viajaba de regreso a la capital, Bruman intentaba dormir, el  tren se bamboleaba y se le hacía imposible cerrar los ojos, de pronto, algo lo estremeció, era un perfume penetrante, dulce, alimonado. Buscó en el vagón del tren, solo dos pasajeros le hacían compañía, un anciano que leía tranquilamente el diario y un joven policía, medio dormido. ¿De dónde había salido ese aroma?  ¿De su imaginación?

Seguro que no.

Las palabras del viejo Cedrón volvieron a su memoria y confirmaron lo que él presentía: “En esa isla hay algo demasiado maligno para nuestro entendimiento.”


FIN.

 

 

 

        

 

 


miércoles

La isla de los tigres. 2


2 parte.

 

Durante la primera hora de  marcha  sólo encontraron; sauces,  espinillos y lianas.  Más adelante comenzaron a aparecer parches de agua estancada con nenúfares de extraño color oscuro, juncos y helechos gigantes y un verde profundo que daba a las especies la impresión de haber salido de la sinfonía verde  de Monet.  Leandro filmaba y anotaba en un cuaderno todo lo que llamaba su atención.

En un momento el alemán se detuvo, quedó en silencio, el chúcaro lo imitó.

—¿Escuchas algo así como un latido? —preguntó el alemán, el guía asintió.

—Seguramente algún animal nos está siguiendo —dijo el chúcaro observando alrededor— mientras no se acerque estamos tranquilos, seguramente tiene miedo.

Siguieron su camino.

Al medio día encontraron un claro rodeado de grandes piedras,  se sentaron en ellas a comer, estaban cansados,  se hacía difícil caminar sobre un piso  acolchonado de hojas y agua que se hundía al andar.

Después de descansar, continuaron la marcha, ningún animal salvaje les había salido al paso, sólo que cada tanto el  latido volvía  a escucharse. Los anuncios de fieras salvajes  de don Cedrón no se concretaron.

La selva se iba cerrando  entre raíces y lianas.  Algunos gatos salvajes cruzaron ante ellos, tan asustados como los exploradores.  La cámara del alemán los tomaba en el aire. Árboles altos, muy juntos  y  cubiertos de flores blancas, surgieron de pronto ante ellos, se detuvieron,  el alemán  guardaba muestras  e imágenes. Un raro aroma  colmaba el ambiente; dulce y con resabios de limón,  un letargo profundo los fue aquietando.  Por primera vez el alemán se sintió inseguro. No era una sensación placentera esa somnolencia que flotaba del aire y  les cerraba los ojos,  Chúcaro se dejó caer sobre unas raíces, se acomodó con su mochila y en pocos minutos quedó dormido. De nada sirvieron los gritos del alemán tratando de mantenerlo despierto, al fin se cansó de protestar y se dejo dominar por el cansancio.

Entre sueños, vio  una lluvia blanca  de flores que formaban un camino, que  al igual que una alfombra invitaba a seguirla. Dejó atrás a Chúcaro  y avanzó, el perfume lo mareaba. El  sendero se hacía difícil, la selva  cambiaba  ante su asombró, la fronda parecía agrandarse. Lapachos, urunday y  árboles desconocidos, gigantes a los que filmaba, le iban cerrando el paso.  Se perdían en la altura ocultando el cielo, el piso  se hundía por la humedad de las hojas  acumuladas durante años, y una fina garúa lo iba empapando. Algo se movió a su costado, se detuvo, vio a lo lejos deslizarse un árbol, creyó que el aroma de las flores lo había  drogado y estaba viendo visiones. Sin embargo era real, el árbol se movía apoyando sus raíces  en el suelo y avanzaba lentamente. No reconoció la especie, el tronco grueso y oscuro era flexible al movimiento.  Fascinado  por la imagen, contemplaba la escena, más árboles fueron desfilando ante su asombro,  el silencio era total, ni un pájaro se escuchaba. Tomó la cámara y filmó.  La hilera verde se detuvo a orillas de un  río. No había visto ningún cauce en los mapas sin embargo allí estaba, angosto y ondulado, sus aguas, guardaba una quietud de estanque.  El grupo  de arboles se detuvo, las raíces se enterraron  en la tierra fangosa. En pocos minutos fueron parte del paisaje, como si siempre  hubieran estado allí. 

Continua el sábado....




 

domingo

La isla de los tigres.


 Les presento un cuento en tres capítulos, espero les guste.


Primera parte.

 

En el bar del puerto, unos pocos hombres rodeaban  al recién llegado. Había alquilado una cabaña cerca del río y su extraño acento  llamaba la atención entre los vecinos. El viejo Cedrón intentaba persuadirlo, sus argumentos  eran imposibles de rebatir, él siempre tenía razón y a pesar de que Leandro Bruman lo escuchaba muy atento, sus palabras le importaban  poco o nada.

El alemán había llegado para identificar y catalogar la flora  de la isla de los tigres, que se había extendido sin intervención del hombre y que por lo que se veía desde el helicóptero,  era diferente a lo conocido, pero imposible de abordar por aire.

— La isla de los tigres es impenetrable –le dijo el viejo— y aunque ya no hay tigres, antes se los veía asomados  por el borde del río, queda algo peor, jabalíes salvajes, le puedo asegurar que los intrépidos  que entraron allí,  no regresaron y fueron  muchos.

El alemán quedó en silencio y el viejo insistió:

—Yo le aconsejaría que no se meta en esa isla —bajó el tono de voz— algo misterioso habita en ella…

Leandro Bruman levantó sus ojos y se quedó mirando  a  Cedrón sin decir palabra, el alemán era duro de entender y sólo le importaba el dinero que recibiría por abordar esa isla. 

—¿Y esa flora  a quién le importa? —Insistió el viejo y agregó—  los ceibos,  los sauces y  el lapacho van a seguir estando allí por más que usted los ponga en una lista certificada.

—Tiene razón —respondió  Bruman con paciencia—  pero mi trabajo es estudiar la biodiversidad, al menos, comenzar con el tema y si resulta interesante otros seguirán  mis pasos. Debo ir mañana —y agrego en voz alta— ¿alguien me puede guiar?   Puedo pagar el día y muy bien…

—¿Y quién paga ese trabajo?— el asunto pareció interesarle al viejo.

—Una empresa inglesa que se dedica a investigar y filmar en zonas que aún figuran inhóspitas y  vírgenes.

—Ahhh…

Sólo el chúcaro aceptó la invitación. Era un guía experto y serio, hablaba poco y conocía las islas.

Se pusieron de acuerdo y a las seis de la mañana se encontrarían en el  muelle del Carapachay, de allí, tal vez en una hora, llegarían a la isla de los tigres.

El chúcaro llegó  antes de las seis, el viejo Cedrón lo acompañaba, recién comenzaba a clarear  y un cielo bañado de nubes anaranjadas anunciaba que iba a ser un día bello y caluroso. Cargaron sus mochilas, el viejo los despidió, pero antes de que partieran le entregó a Leandro un arma. 

—Tengo mi navaja —dijo Bruman observando la Bersa 22 que le ofrecía don Cedrón.

—Guárdela en su mochila, esta es más  eficaz –le dijo—  nunca se sabe que puede suceder en esa isla…

Subieron a la lancha que los llevaría  hasta el muelle donde comenzaba  la selva. 

La lancha cortaba en dos el río, generando  una espuma que se abría a ambos lados y lograba que el alemán no pudiera quitar sus ojos de ella. En poco más de una hora llegaron  a la isla de los tigres. Desembarcaron en un muelle  deteriorado por el abandono y los años.

Continua el miércoles…

 


martes

Doña Ana 2


Ya que a mi vecina Ana, se le da por analizar todo lo que sucede cerca de ella, intente ver hasta dónde llega con su manera de ver la vida.

Le dije::

—Ana, a vos que te gusta investigar ¿Qué pensás de las mujeres que se enamoran de hombres más jóvenes?

—Me parece bien, el amor no tiene edad. Siempre que no haya interés monetario en el medio. Dos personas pueden convivir bien sin que la edad sea un impedimento. ¡Déjame que lo estudie y después te cuento! —respondió mientras degustaba un helado de frutilla y naranja al agua, ya que los de crema le hacen mal.

De la heladería salimos a recorrer locales de ropa, debía elegir su regalo, ese día había amanecido con ochenta y un años.

Se detuvo en un negocio del Shopping  y me llevó de cabeza a comprar. Se enamoró de una blusa blanca que pasaba los tres mil pesos, mi tarjeta resistió el embate.

—Ana, sos como esas minas que le hacen comprar al novio la ropa más cara, yo soy tu amiga, no tu novio...

—Un momentito —me dijo levantado el dedo índice— sos mi mejor amiga y te conozco desde que eras chica y tenés la obligación de ser amable, aparte, no es una ropa cara, elegí la más barata.

No discutí, total con ella siempre pierdo. La llevé hasta su casa y al despedirse me dijo:

—Cuando tenga el informe te llamó.

Dos semanas después, me mandó un mensajito de texto:”informe listo”

La invité a comer y mientras esperábamos, me dijo:

—Consultamos con Charito varias parejas donde la mujer es mayor. Un veinte por ciento, la mujer tienen mucha plata, significa que puede ser que haya interés de por medio. El otro cincuenta, ellas y ellos están en igual balanza económica. El otro treinta, a ellas no les importa ni la plata ni el qué dirán, según ellas, están  porque la pasan bomba y cuando se termine el romance —nos dijeron— van a buscar otro amor joven.

La miraba desconcertada, mientras ella ojeaba el papelerío que tenía entre las manos.

—¿Cómo hicieron el estudio?

—Primero en el barrio, luego telefónicamente.

—¿Cómo?  —Exclamé— ¿Telefónicamente?  ¿Cómo sabías si ella mayor o menor?

—Preguntamos a medio barrio si tenían conocidos en esas condiciones, en su familia, dentro de sus amigos. Conseguimos el número de veintidós  parejas.

La miraba asombrada, no podía creer que me hablaba en serio.

—Es más consultamos a varias parejas a la salida de los cines. Nos pusimos un logo de la revista “Caras” y todos nos atendían con amabilidad. Aquí está el informe —me puso todo los papeles sobre la mesa y me soltó muy suelta de cuerpo— .Yo también me enamoré de un hombre más joven. Cuando quedé viuda, tenía cuarenta y nueve años, pasado el tiempo del luto, me sentía muy sola y conocí a un hombre quince años menor y lo amé, no sé, si tanto como a mi primer marido, era otro sentimiento, lo necesitaba como el agua, fuimos muy felices durante doce años.

—¡Cómo nunca lo supe!

—Esas cosas no se cuentan, tu mamá estaba enterada y siempre me apoyó.

— ¿Por qué se separaron?

—Él viajó a Italia por su trabajo y el miedo frenó mis decisiones, no me anime a seguirlo. Al año, conoció a una romana que lo enamoró y se quedó.

—Fuiste tonta.

—Sí, lo sé, tu madre siempre me lo decía. Él, todavía me escribe y me manda fotos, engordó y perdió el pelo, pero no perdió su linda sonrisa…es más, me pidió varias veces que vaya a visitarlo.

—¿Vas a ir?

—No,  yo también cambie y mucho… seria desilusionarlo…

Se le llenaron los ojitos de lágrimas.

Quedé sin palabras, había descubierto otra Ana, más mujer, más real.

 

 

 

 

 

 




 

sábado

Doña Ana 1

 

Doña Ana es un personaje de mi barrio, y como ya ha llegado a los ochenta, tiene derecho a curiosear la vida de la gente, eso dice ella,  en especial a sus vecinos a los que persigue detrás de su ventana, pero no es sólo eso lo que le interesa…

Estábamos en una confitería, y Ana, miraba con total desparpajo a una pareja que bebía su café cerca de nosotros. Salir con Ana es siempre una aventura, tiene esa naturalidad que dan los años y le permite decir lo que piensa, sin reparar a quién molesta.

Está vez su tema eran las parejas con diferencia de edad.

—Ana estás mirando a esa gente como una chusma de feria — exclamé por lo bajo.

-—¡Cállate! estoy haciendo un estudio sociológico —me respondió, casi me atraganté con su respuesta.

—¿De qué hablás?

—Hace un tiempo, con mi amiga Charito, observamos que las parejas entre hombres mayores y mujeres jóvenes, abundan —y  señaló con la cabeza a un señor de unos sesenta años y a una mujer que no llegaba a los treinta.

—Eso existió siempre, no veo nada raro. ¿Cuál es tu problema? –le pregunté:

—Ninguno. Queremos averiguar ¿por qué se atraen con tanta diferencia de edad? Seguramente tienen diferentes gustos, se han criado en épocas distintas, con claros contrastes, ni de música pueden conversar, mientras él se encanta con Charlie García, a ella le debe gustar Abel Pintos....

—¿Y a qué deducción llegaron? —pregunté.

—Todavía a ninguna, la otra tarde Charito se plantó en el estacionamiento de un centro comercial importante, y comprobó que llegaban siempre en coches o camionetas importadas, generalmente último modelo. Mientras tanto yo me ocupaba de seguirlos al entrar en los locales: ¡Ellas compraban en los negocios más caros y ellos pagaban! Ese día. Seguimos siete parejas, y nos quedamos con la conclusión de que las mujeres  jóvenes buscan tipos mayores y con plata.

—¡Ustedes están locas!

—No lo creas, la dupla que está cerca   —señaló con un revoleo de ojos— él lleva ropa de marca importada, tiene un reloj de la puta madre y acaba de pagar con una tarjeta dorada. En conclusión: ¿Vos viste a un verdulero, taxista, carpintero, que ronde los sesenta, conviviendo con una chica de treinta?

Comencé a titubear, no se me ocurría ningún ejemplo.

—No sé… tal vez yo me enamoraría de un carpintero o un taxista… –dije poniendo cara de tonta.

—Quédate tranquila, vos no tenés treinta y ellos no te van a dar bolilla.

Como siempre me dejó sin palabras. Mientras yo tomaba mi café, ella seguía con interés a otra pareja que entraba al local.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


domingo

El ilusionista.


 

EL ILUSIONISTA.

 

Giraud era  un ilusionista que recorría provincias, pueblos y después de meses regresaba a su hogar. Su esposa no lo acompañaba, nadie sabía si ella no quería hacerlo o él prefería la soledad para concentrarse en su magia.

Un día al regresar de uno de sus viajes halló la casa vacía.

Cuentan los vecinos que lo escucharon llorar durante semanas, el agua mansa de sus ojos,  corría por el piso de la cocina y llegaba hasta el jardín. 

Cansado de penar en vano, dejó  las valijas de mago en un rincón, cargó una mochila y se marchó. La casa quedó abandonada.

 

Algunos chicos del barrio, observaban tras los cristales el interior de la vivienda, sólo veían las valijas del ilusionista. Curiosos por conocer los misterios que guardaban, planearon entrar  en la casa.

Tony y Carlitos fueron los únicos en animarse. Lo primero que  sorprendió  sus instintos de exploradores de lo ajeno; fue un hilo de agua que salía por debajo de la puerta de la cocina.

¿Una canilla abierta o un caño roto? Dudaron. Poco les duró el titubeo, con una palanca abrieron la puerta.

Los recibió un olor a humedad y algunos ratones que asustados se escondieron bajo los zócalos de madera.

Una percha sostenía en el aire  el frac  del mago. En su solapa, un clavel rojo,  lloraba cuentas de cristal, que caían y formaban un hilo de agua, que como una senda de hormigas llegaba hasta el jardín.

Arrumbadas en un rincón, estaban las maletas del ilusionista, cerradas con llave.

¿Quién las abre?

Yo, respondió Carlitos. Comprobó que eran de cuero, sacó su navaja y con sumo cuidado, el filo fue penetrando el borde del rectángulo, al terminar, fue a la otra y repitió el sistema y una vez que terminó, lentamente, para dar suspenso al momento, levantó el cuero, al unisonó y gritó: ¡¡Wuala!!

¡Vaya sorpresa!

Un viento huracanado surgió desde las destrozadas valijas, arrastrando con él; palomas, conejos, pañuelos de colores y flores de papel, la fuerza interior que brotaba, abrazó a los chicos que sorprendidos  se elevaron, asidos a las gasas coloridas y a enormes barajas que los convirtieron en dos cometas, cruzando las nubes y buscando la infinitud del universo; que los recibió con los brazos abiertos…

Nunca los encontraron.




 


Casa de regalos.

    Mi trabajo en una casa   de regalos me lleva a conocer personas y personajes que llegan a ser sorprendentes. Hace unos días, René, m...