sábado

La Bohéme.


 

     

 

Es escuchar  “La Bohéme” y regresas desde tu mundo oscuro, vuelves a cantar junto a mi oído con la magia de tu voz ronca que tanto me fascinaba.

Es increíble como el tiempo se pierde, se diluye ante una música  que carga emociones y vivencias, viaja en su pentagrama de tardes y noches de encontrarnos, regresa tu apuro por quitarme el vestido, mi risa ante tu torpeza, el sabor de una copa de vino compartida, las estrellas y aquella luna curiosa que entraba por la ventana del quinto piso y la música, siempre la música.

Me regalabas una rosa roja que prendías en mi pelo, es tu mejor vestido, me decías.

Todo el encantamiento dura lo que dura la canción, de pronto el recuerdo se confunde, se desgarra, se pierde, te lleva la noche y me quedó sola con una rosa roja que misteriosamente apareció en mi mano y el sonido lejano que entra  por la ventana, es un saxo que desentraña viejas canciones de amor y se desliza hasta mi sillón y me arrulla hasta llevarme más allá del tiempo y la nostalgia.

 



miércoles

Entre talismanes y una máquina de escribir.


 

 

 

No lo conocía, había escuchado a mi madre hablar de él, como de un ser anti sociable y de mal carácter.

Hace unas semanas llegó la noticia que el abuelo Tito había muerto. Murió solo, como él quiso vivir, sin cariño, ni familia, ni amigos.

¿Qué fue que lo volvió tan ogro? Según conjeturaba la familia, fue la muerte de la mujer que había sido su amante desde que eran muy jóvenes, y al quedar viudo de mi abuela, pasó a ser su esposa.

El abuelo había sido periodista  y cuando cerraron el diario en el que trabajaba se convirtió en escritor. Según contaba mi madre  escribió varios libros que fueron éxito, luego su estilo fue pasando de moda y quedando  en el olvido y se dedicó a escribir colaboraciones en revistas y diarios,  trabajos que le aportaban algún dinero,  junto con su jubilación. 

Días después de su muerte recibí una carta suya. Una carta  a mí, que no lo conocía, curioso y extraño, en ella me decía que me regalaba su máquina de escribir, nada más, ninguna palabra de afecto o el por qué me la dejaba, nada.

La máquina la trajo un escribano, era encargado de la venta de la casa y  pertenencias del abuelo Tito.

¿Por qué a mí? Pregunté y me respondió que el abuelo Tito leía mis cuentos que aparecían publicados en el diario zonal. ¿Le gustaban? Pregunté: “Nunca me lo dijo —respondió— pero si la leía debe ser que sí.” El escribano se fue y yo quedé mirando la máquina de escribir como si fuera un bicho raro. En este tiempo en que todos escribimos en una notbook, escribir con una Olivetti 82, no iba a ser fácil.

Intenté escribir y resultó sencillo, pero nada se me ocurrió, pasé horas intentando plasmar alguna idea y fue en vano, al fin cansada me fui a dormir y la hoja quedó en blanco.

Me despertó el sonido de las teclas con su música rápida de tic tac, me levanté y allí donde la había dejado la encontré, la hoja seguía limpia de letras, seguramente fue un  sueño, me dije.

Por la mañana, descubrí que el papel ya no estaba en blanco. Apareció escrita media carilla  con una historia de amor sin final. Me asaltaron las dudas; ¿Seré sonámbula?

No era sonámbula. Era la máquina del abuelo Tito que parecía embrujada. Leí  el cuento, desarrollé un argumento y le di un final. En los días siguientes aparecieron tres  nuevos relatos a medio escribir, historias misteriosas que me encantaban y a las que yo continuaba hasta  darle forma y conclusión. No creo en fantasmas, pero la maquina escribía sola.

Fui al estudio del escribano y le pedí ver la casa del abuelo, antes de que se vendiera. Me acompañó, me entregó la llave y me dijo que al terminar mi visita se la  acercara nuevamente.

La casa olía a humedad, a viejo  y el desorden era rey y señor en cada cuarto. En el escritorio de Tito, encontré hojas  garabateadas con frases ininteligibles y en las paredes colgaban algunos talismanes extraños que de solo verlos, intimidaban.

De pronto un aroma a azufre se filtró, me ahogaba, debí cubrir mi boca con un pañuelo a forma de barbijo, no pude descubrir de dónde llegaba ese olor. En lo que había sido su dormitorio, hallé fotos de personajes ataviados como los brujos que vemos en las películas, rodeados de una densa selva de  quien sabe que remoto lugar de África.  Por lo que veía, el abuelo Tito gustaba y creía en brujos. Volví al escritorio y al mirar los talismanes, estos comenzaron a moverse y mi cuerpo a temblar y la sensación de que un sudor helado bajaba por mi espalda me paralizaron. Intenté escapar pero la curiosidad fue más fuerte.

Atardecía y el sol otoñal que  entraba por la ventana daba al lugar un aire de misterio, en un costado descansaba un sillón desvencijado que alguna vez había sido de pana marrón y al que la luz le daba un reflejo dorado.

En una carpeta encontré varios folios y en cada uno de ellos, relatos sin título. El olor a azufre crecía, me secaba la garganta, pero la intención de fisgonear era más fuerte que el miedo. Leí el primero de los relatos y  fue tal mi asombro que caí sentada en el sillón, eran cuatro folios con sus respectivas hojas. Al leerlos descubrí los cuentos que habían aparecido en la máquina de escribir a medio terminar. Pero lo que me hizo temblar fue que todos ellos, los cuatro, escritos por el abuelo Tito, estaban desarrollados  con el mismo argumento y final que yo había escrito en la  Olivetti.

Escapé de la casa, salí tan apurada que casi me caigo al tropezar con una maceta sin plantas, sólo contenía lo que parecían huevos negros. Busqué la salida de forma atropellada, llegué a la calle y respiré hondo el olor a azufre se fue borrando, llegué a una plaza y me deje caer en el pasto, el contacto con la tierra fue un alivio.

Recordé la llave, otro día se la alcanzaría al escribano.

Me quedó la duda, ¿esos talismanes qué significado tenían?

Fue demasiado evidente que en esa casa sucedía algo secreto a lo que yo no lograba darle explicación; el movimiento de los talismanes, el olor a azufre y mi temblor inexplicable, todo era un misterio.

Y por último:

¿Había escrito yo el final de los cuentos o el espíritu del abuelo seguía en la máquina?



El mundo es un pañuelo.


 

El mundo es un pañuelo.

 

Emma daba vueltas por el comedor, era  casi medianoche y su esposo no llegaba. Escuchó  el portón del garaje que se abría y comprendió que él ya estaba en casa.

Claudio reconoció en la cara de su esposa; el enojo, era lógico se le había pasado el tiempo sin darse cuenta y como para disculparse, le dijo:

—No te preocupes que ya cené, en la oficina pedimos un delivery —dijo mientras arrojaba el abrigo sobre una silla.

—Tenemos que hablar—dijo Emma y tomó asiento, Claudio suspiro, comprendió  que el tema daba para rato.

—¿Qué sucede?

—Me quiero  separar, esto no funciona.

Claudio la miró sonriendo, creyó que era una broma o un enojo del momento, pero el rostro crispado de Emma,  demostraban que la cosa iba en serio. Él respiró hondo,  se sentó frente a ella y le dijo:

—Hace un mes hablábamos de tener un hijo y mudarnos a una casa más grande y hoy me pedís el divorcio, sino es una broma, merezco una explicación, estoy cansado y quiero ir a bañarme y acostarme, así que por favor,  habla…

—Yo también estoy cansada, un salón de belleza no es un kiosco, hace falta conversar, trabajar y ser amable y en esos lugares una escucha historias y entre esas historias, escuché la de Erika Von Esthein, una joven hermosa, muy hermosa…

Claudio se fue poniendo pálido, mientras Emma iba hablando de la joven clienta, después de escucharla, quiso explicar que lo de Erika fue una pavada y que él no tenía la culpa que la chica se tomara en serio su amabilidad.

—Entre nosotros no hubo nada, ella se presentó en la oficina con sus papeles para solicitar trabajo.   fui amable, pero ninguna otra cosa sucedió, no sé qué te contaron, pero te juro que nada hubo entre nosotros, te lo juro.

—No me mientas, que el mundo es un pañuelo y esa joven llegó a mi Salón de belleza y mientras la atendía no paraba de hablar del amoroso hombre que había conocido, yo la escuchaba sin imaginar que ese personaje era mi esposo.

Claudio intentó detenerla.

—Por favor, estas equivocada…

Emma lo interrumpió:

—Deja que te cuente y después hablas vos. Hace unos quince días encontré en tu coche un pendiente, no le di mayor importancia y lo guardé. Aparece Erika en  el salón de belleza y me pide un presupuesto, acepta conforme y me cuenta que su novio le había regalado el dinero para que se atendiera en Giordano, como el presupuesto  fue muy alto  y sin decirle a él, vino a mi local —Emma respiró hondo, hizo unos segundos de silencio y prosiguió— me hablo de su enamorado, de lo generoso que era, me llamó la atención que llevaba un solo aro, le pregunté por el par y dijo que lo había perdido, pero que le resultaba original usar uno solo…

Claudio se puso de pie y mientras Emma hablaba, él daba vueltas, ya había perdido la palidez, estaba rojo.

—… era el mismo aro que encontré en tu coche, aparte comentó ciertos detalles sobre cómo pensabas separarte luego de que entraras en la sociedad del salón, ya que de separarte ahora sería quedar con las manos vacías, ya que todo lo que tenemos está a mi nombre y fue logrado mientras fui soltera, como vez la nena estaba enterada de todo, menos de que hablaba con la esposa de su amorcito.

Claudio la amenazó con el índice:

—Si  pensás que me vas a dejar en la calle, estás equivocada,  mis abogados ya están trabajando para estudiar nuestra separación.

La risa de Emma lo enfureció más y Claudio, alzando la voz exclamó:

—Hace siete años que te aguanto, sólo por interés me quedé a tu lado.

La sonrisa de Emma se desvaneció, su cara era el reflejo de la tristeza.

—Desde esta noche vas a ir a dormir a un hotel, en el garaje están tus valijas.

—¡Es mi casa y me voy a quedar, desde ya te digo que la voy a reclamar!

—Esta casa es de mis padres, tan vieja como ellos, para qué la querés, no podes reclamar nada.

Emma fue hasta la puerta, la abrió y con un gesto le pidió que salga.

Claudio agarró el abrigo y se retiró maldiciendo.

Emma escuchó el auto que salió  a toda velocidad y desde la ventana quedó mirando la calle desierta, tan desierta como su vida, se dejó caer en una silla y entonces sí, dio rienda suelta a las lagrimas y dejó que aliviaran tantos días de angustia y dolor.

 

domingo

El abuelo Juan.


 

 

Llegamos al bañado con la esperanza de conocer aquel mundo fantástico del que siempre hablaba el abuelo Juan, pero encontramos que todo era diferente, quedamos desilusionados, buscando reconocer en aquel pequeño bosque lo que los mayores, mi abuelo y el señor  Balvanera nos habían relatado tantas veces.

Creo que ellos también se sorprendieron.

El lugar había sido rellenado de tierra y una plantación de sauces, espinillos y otros árboles desconocidos para mí, formaban un bosque que temblaba, acunados por un suave viento otoñal.

¿Cuántos años habían  pasado desde que el abuelo visitaba lo antes fue un bañado?

Calculé que unos setenta, claro que nada podía ser igual, solo en la memoria de ellos, quedaron grabados aquellos  paisajes de pantanos y arroyos que ya no estaban.  De aquella  zona de tierras  bajas, cubierta de agua donde  cazaban ranas, que después vendían al cocinero de la fonda del pueblo; no quedaba nada, o sí; sólo un añejo ombú se reconocía como el patriarca del lugar. A su sombra nos sentamos los chicos, el señor Balvanera y el abuelo desplegaron unas sillas que trajeron colgadas de la espalda como mochilas, eran de plástico y en ellas depositaron su osamenta. Comimos en silencio, los dos viejos estaban taciturnos, alejados de la realidad que los sumergía  en una tristeza al ver perdido su mundo feliz de otrora, de pronto el abuelo se puso de pie y señalando a su derecha, dijo:

—Allí comenzaba el arroyo, era un zanjón enorme. ¿Te acordás Pepe?

Balvanera se acercó y juró que comenzaba más hacía el este. Discutían, mientras, Cacho, mi primo Luis y yo; los mirábamos entre sonrientes y aburridos. Se fueron alejando, señalaban a un lado, al otro y reían de las cosas que iban recordando. Algo había en ellos que nos obligaba a seguirlos con la mirada, eran felices, yo no quise comentarlo, pero en un momento, me pareció que volvían a ser dos chiquilines disfrutando un día de campo.

La mañana parecía flotar, se fue convirtiendo en tarde, un cielo sereno nos cubría y mientras nosotros sentado en el pasto jugábamos al truco, ellos decidieron salir a caminar, se alejaron, en un momento los perdimos de vista. El sol era una caricia y el silencio nos fue arrullando,  nos quedamos dormidos.

Al despertar, debió haber  transcurrido menos de una hora, el abuelo y el señor Balvanera; no estaban. Nos asustamos. Dimos vuelta entre los árboles, nos subimos al ombú, gritando sus nombres, de pronto, escuchamos sus risas y los vimos aparecer… las zapatillas embarradas, las camisas fuera del pantalón, despeinados, un desastre. Pensé en mi abuela y en que diría al verlo aparecer así, el abuelo era un chico sucio después de jugar en un zanjón. El señor Balvanera sujetaba  en la mano una bolsa de plástico con varias ranas saltando dentro de un agua oscura. Ellos se sentaron en el pasto y nos relataron de un pequeño arroyo repleto de ranas y de la alegría que fue volver a cazarlas.

Mi primo me miró y entendí en sus ojos la pregunta y la respuesta: ¿Pequeño arroyo? Si no quedaba ninguno.

Guardamos silencio, para qué quebrarles ese momento de felicidad. Las hojas del ombú empujadas por la brisa producían un sonido musical que unido a sus risas nos transportaba a un disfrute que jamás olvidaríamos.

Retomamos el camino del regreso, el señor Balvanera y mi abuelo marchaban adelante sin demostrar cansancio después de tan agitado día, iban discutiendo, si se dice: ¿cazar o pescar ranas? Ese era por el momento su problema, el otro llegaría cuando mi abuela lo viera aparecer.

 

 


jueves

Dos seres insomnes.


 

 

No ganaba nada con preguntarse qué hacía allí, durmiendo junto a un hombre desconocido. Se levantó sin hacer ruido y se vistió. La habitación estaba a oscuras, sin embargo por el costado de la gruesa cortina una línea suave de claridad se filtraba curiosa. Iba a abrir la puerta cuando una voz la detuvo:

—¿Por qué te vas?

No respondió, no sabía que decir.

—Te invito a desayunar…—insistió la misma voz.

—No, fue una locura lo que hice… no te conozco, me porté como una cualquiera…

Quiso agregar algo más y no pudo, la voz se le ahogo en la garganta.

—Te portaste como una mujer que  estaba sola, y yo, como un hombre solo y triste, dos corazones dolidos, caminando bajo una garua que nos calaba hasta los huesos.

—Ni tu nombre sé…

—¿Importa?

No respondió. Se puso la campera y salió de la habitación, no quería escuchar nada más. La recibió el frío de la calle, al cruzar la plaza recordó la madrugada anterior.

 

Había salido  angustiada por el encierro y la soledad, era pasada la medianoche, garuaba fina y suavemente. Las hojas de los árboles y de los arbustos brillaban bajo la luz de los faroles. Ni un alma circulaba por la plaza, de pronto una voz la detuvo:

—¿Eres sonámbula y o insomne?

—Puede que las dos cosas ¿y vos?

El hombre que estaba frente a ella, respondió sonriendo:

—Un hombre aburrido del encierro y la soledad.

—Somos dos —dijo y siguieron caminando juntos.

Hablaron como si se conocieran, olvidados de la garua y del frío de esa madrugada otoñal que se agitaba entre los plátanos  de las viejas calles del barrio.

—Vivo cerca —dijo él— te invito a un café.

Ella se detuvo.

—¿Y si sos un asesino?

Él rio y respondió con voz misteriosa…

—¿Y si sos una viuda negra?

La tomó de la mano, la llevaba como si fuera de algodón, caminaron en silencio, se detuvieron en un edificio de piedras blancas. Subieron al 8 piso, atravesaron  la puerta del 10 C.

 Primero fue el café, luego una caricia y no recordaba más, no quería recordar. ¿Por qué era tan tonta? De qué se avergonzaba de haber sido feliz al menos un poco, ni que fuera una chiquilina.

 

Seguía el tiempo destemplado. La calle era un torbellino de  viento y agua. Llegó hasta su casa y al entrar la recibió el silente ambiente frío que era su vida.

Las campanas de la Iglesia le recordaron que era domingo. Se dijo que no se iba a quedar velando su soledad. Cerró la casa y salió a la calle. Llegó al edificio de piedras blancas, subió hasta el 8 piso, temblaba como una estrella en el agua del río, golpeó  en el 10 C, él abrió y por unos segundos la miró hondo hasta que dijo:

-Te estaba esperando, preparé un  desayuno, desde ahora nada de  preguntas, ni tristezas.

 La tomó de la mano y la llevó al comedor, donde el aroma a café y a tostadas, jugaban en el aire.

Afuera el domingo se desmayaba  entre el frío y la llovizna.

 

miércoles

Voces en la noche.


 




 

 

Fue un eco lejano, desgarrando la quietud de la noche; lamento, queja, sollozo, no lo sé, palpitaba en la calle vacía, me estremecí y apuré el paso, y antes de llegar a la esquina, nuevamente lo escuché.  Estaba en el aire, no lograba identificar desde dónde llegaba.

—Nadie gime de esa forma si no le sucede algo grave —murmure en voz baja, pero el miedo ante lo desconocido hizo que apurara mi andar, un silencio pesado cubría  las calles vacías y fue mi compañía hasta llegar a mi casa.

Durante el día siguiente no lograba olvidar ese lamento, creía escucharlo en la oficina, en las calles al regresar del trabajo. Comprendía que era una ilusión, no podía ser verdad, es que me había impactado tanto, que se quedó prendido a mi piel.

 

Obsesionada y luego de unos días regresé  a esa calle y a la misma hora. Caminé lento, repetí cada paso y nada sucedió. Me detuve en una esquina, esperando aquel sollozo, creo que perdí la noción del tiempo.

Una patrulla policial se detuvo, bajó un uniformado y me pidió documentos. Todo estaba en orden.  Pero algo descubrió en mis ojos o me notó aturdida, no lo sé, ya que me preguntó:

—¿Quiere que la alcancemos hasta su casa?

—Bueno, vivo a pocas cuadras —les agradecí, ya que mis piernas parecían de cartón piedra.

Los dos policías me observaban por el espejo, el que manejaba comentó:

—Los vecinos reportaron que una mujer  desconocida estaba parada en la esquina, daba vueltas y según dijeron, estuvo más de una hora. ¿Qué esperaba?

Les conté mi experiencia de la vez anterior, y como me había perturbado, me escucharon en silencio.

—No me crean loca —les dije.

—Hemos recibido muchas quejas con ese tema. No se asombre, hay noches que se escucha ese gemido y no sabemos de dónde viene. Algunos dicen que comenzaron a escucharse cuando murió la hija de don Villalba, el farmacéutico, se comenta en el barrio; que el novio la abandono y ella se dejó morir de tristeza...

—¿Murió de amor?

—Algo así. Eso opinan algunos los vecinos, otros dicen que es algún gracioso que juega tratando de asustar a la gente. ¿Usted que lo escuchó qué opina?

—No sé, fue algo fuera de lo normal, regresé para intentar descubrir  que era ese gemido, pero como ve, después de lo que ustedes me cuentan, estoy más confundida que antes.

Quedamos en silencio. Ya habíamos llegado a mi casa. Bajé y les agradecí la amabilidad de traerme.

Entré a mi casa temblando, no sé si por el frío de esa noche de otoño o por lo que habíamos conversado con los policías.   Mientras me preparaba un café, me pregunté en voz baja:

—¿Morir de amor en estos tiempos?                                             

Suspiré…

—¡Seguro algún bromista! No lo pienso averiguar.



Espero les haya gustado el cuento.

Voy a tomar un tiempo de descanso, algunos problemas familiares requieren de mi tiempo y presencia.

Ya regresaré. Les dejó mi cariño y bendiciones.


María Rosa.

 

 


viernes

La barca y el pescador.


 

Duerme la barca  a un costado de la playa, huele a pescado su madera vieja, la visitan las gaviotas que le cuentan historias que traen de otros lares  y entre el murmullo, y el picoteo de las aves buscando restos de peces y  el rumor  de  sus alas,  se va quedando dormida.

Al anochecer,  las rudas manos del pescador la quitan de su ensueño. Hay que trabajar, le dice, mientras acomoda las redes y le canta en un dialecto extraño, que ella no entiende, pero le gusta  oír,  mientras van entrando  al mar. El vaivén del océano la mece, revive su cuerpo  sumado de años donde la vida y el mar dejaron sus huellas.

A veces intenta recordar  aquel bosque donde nació, cuando era un árbol alto y fuerte, y pretendía crecer  para llegar al sol, las imágenes se pierden, vienen y se van, son siempre las misma, las que han quedado retratadas en su memoria frágil de barca vieja.

Es feliz, sabe que es útil, que renace cuando mira de soslayo el dorado del amanecer que anuncia que la tarea fue cumplida.  Al regresar cargada de peces, el pescador le habla, le agradece mientras va llenando los cajones que luego partirán al mercado, cuando se cansa de hablar, comienza    la misma canción que sólo él entiende, mientras ella se duerme abrazada por el sol.

La Bohéme.

          Es escuchar   “La Bohéme” y regresas desde tu mundo oscuro, vuelves a cantar junto a mi oído con la magia de tu voz ronca que ...