En el whasap
entró un mensaje, era un comprobante de pago, su hija Carla había depositado los
20,000. - $ que cada mes le entregaba, mañana seguramente llegaría el otro
comprobante de Nahuel, miró el día gris desde su ventanal, sus hijos aliviaban
su conciencia con ese dinero, ella comprendía que vivían en la capital y ella
en la provincia, pero al menos una llamada, sería más reconfortante que ese
dinero.
La depresión
de verse tan sola se adentraba en su vida, no quería enfermarse de soledad. A
los sesenta y seis años Eliana era una mujer triste, por eso cuando su amiga Ana,
le dijo:
—Debes
invertir tu tiempo el algo que te guste y no te haga pensar siempre en tus
hijos, un negocio por ejemplo… tal vez una casa de modas, tenés buen gusto y
sabes de telas, aunque sea pequeña, vas a tener éxito y en el barrio no hay
ninguna.
Primero
pensó que Ana estaba loca con semejante propuesta, luego lo fue meditando hasta
creer que no era tan descabellada la idea.
Una
mañana se levantó decidida, salió a la calle caminó bajo una garúa fina sin
importarle el viento que parecía frenarla, y fue al banco a pedir un crédito.
En pocos
días la respuesta del banco fue afirmativa, y con los ahorros de varios años,
la locura fue tomando forma.
Hay que
estudiar qué calle con movimiento de gente te conviene, le dijo Ana, luego ver dónde
comprar ropa de buen diseño y original. En pocos meses el local estaba en
marcha.
Abrieron
un sábado, Ana había cruzado invitaciones a medio barrio y fueron muchos los
que participaron de la inauguración, Eliana irradiaba una felicidad que
brillaba en sus ojos.
Comprendió
que su amiga había tenido razón, ya no le inquietaba el abandono de sus hijos,
algo diferente había en su vida y lograba que sus preocupaciones por ellos
pasaran a segundo plano, ahora lo importante era ella y su negocio.
El
comienzo fue lento, Ana era quien le daba ánimo en los días difíciles, los
meses pasaron y fue ganado clientela por recomendaciones y por el trato amable.
Las
noticias de que Eliana y su local de modas era un éxito llegó a sus hijos, siempre
algún vecino o pariente cuenta cosas….
Viajaron inmediatamente.
Eliana se sorprendió al verlos y ellos quedaron admirados, nunca hubieran
creído a su madre tan emprendedora y creativa.
Mientras
almorzaban en un restorán, Carla le dijo:
—Mamá vos
sola no podés, necesitas que alguien administre tu negocio, yo sé del tema y
puedo ocuparme.
—Yo puedo
encargarme de la contaduría —exclamó Nahuel.
Eliana
dejó los cubiertos al costado del plato, meditó las palabras de sus hijos, los
miró y muy segura respondió:
—Les
agradezco, durante años no se preocuparon por mí, calmaban su consciencia con
una transferencia mensual que no alcanzaba para nada y ahora cuando ven que su madre
tiene éxito con un pequeño proyecto los dos quieren una tajada de este, es
cruel su proceder, si he llegado hasta aquí sola, seguiré sola.
Fue
Nahuel quien dijo:
—Pero
mamá no entendés, queremos verte crecer y ayudarte.
—No
necesito crecer, estoy bien así, disfruto comprando telas, diseñando y viendo
la cara de satisfacción de mis clientas, les agradezco, pero desde ya les digo
que no.
Terminaron
el almuerzo en silencio, al día siguiente los dos viajaron a la capital. Los
primeros días Eliana estuvo triste, la duda daba vueltas en su cabeza: ¿había
procedido bien? Fue su amiga Ana quien le dijo:
—No te preocupes,
obraste correctamente, este negocio te cambió la vida, no puedes dejar que
ellos te la arruinen, trabajaste sola y si te va bien es por el esfuerzo, tú
esfuerzo...
Sonrieron
entre lágrimas.
—Andá a
maquillarte —dijo Ana— pronto llega una nueva clienta y con esa cara no le
vendés ni un pañuelo…






