sábado

Solo dormir.





Apareces en el parpadeo del sueño, te presiento cercano, te desvaneces con la primera luz del día y la soledad en mi habitación me dice que nada es real. El espejo me pregunta cómo logro crear situaciones en las que tu presencia deambula por la casa, si eso es imposible.
Ayer surgiste por la tarde, vestías aquella vieja camisa de color indefinido —nunca supe si era blanca, amarilla o si el sol le había gastado su color—, tu flaca figura se perdía dentro de ella. Fuiste a la cocina, te escuché abrir y cerrar las puertas de la alacena, buscabas algo y no me acerqué a preguntarte qué necesitabas. Te ignoré y vos hiciste lo mismo. Fue la primera vez que te vi preparar un té.
Abrí el refrigerador buscando una cerveza o un vino helado con que calmar mi sed y no había nada más que agua, maldito seas, quiero mis botellas, grité. No respondiste, llevabas la taza a tu boca y mirabas por la ventana el cielo oscuro que amenazaba lluvia.
Durante el día los estados permanentes de sueño caminaban conmigo y me transformaban en un zombi sin voluntad, mis párpados se cerraban y al entrar a mi dormitorio, la cama era el refugio y perdía la noción del tiempo. Por momentos me despertaba el ruido de tus manos torpes, manipulando cacerolas, sartenes y vos tratando de cocinar, ¿quién sabe qué? eras lo suficientemente molesto para arrancarme de mi descanso.
Mi mente se confunde, algo sucede en ella, cabalgan en mi memoria nuestros diálogos, que siempre iban por diferentes caminos y terminaban en discusiones y, en esos momentos, tu voz que siempre fue fría como el hielo, se acaloraba y se volvía violenta. Recuerdo mis temblores y aquella frase de mi madre que siempre rondaba mi cabeza: “Algún día, ese hombre te va a matar;” yo respondía que seguramente sería yo quien te mandaría al infierno.
Creo que descubrí lo que sucedió. Las imágenes de un altercado se presentan y se desvanecen por momentos, no sé cuál fue la causa, seguramente alguna tontería; pero lo suficientemente importante como para hacerte enfurecer y tus gritos: ¡Cómo me trastornaban tus gritos!
Estábamos en la cocina, me había sentado y te observaba dar vueltas y gritar, yo también gritaba. Allí todo se cubre de bruma, debe ser el olvido que me niega la verdad. Mis miembros piden descanso y no quiero obedecerlos, necesito saber, me obligo a volver atrás y entender por qué tu figura me persigue, si estás muerto, qué venganza absurda estás buscando con tu presencia silenciosa y permanente.
Por momentos me falta el aire, debe ser que vivo recluida, que voy de mi cuarto a la cocina y no quiero o no puedo quebrar ese círculo que me encierra.
Volvieron las imágenes de aquel día, son flashes sin color: yo había comenzado con una cerveza y ya iba por la tercera, ese fue el desencadenante de tu furia, ahora lo recuerdo. Alzabas los brazos y dabas vueltas cerca de mí, tu cara se había convertido en una máscara intimidante, estabas alterado y me insultabas. Recuerdo que me puse de pie y abrí el cajón de los cubiertos, agarré la cuchilla y llevándola en alto me lancé contra tu pecho. Tu fuerza era superior a la mía y, ante ella, caí al suelo como una bolsa pesada, y sólo tengo memoria de tu mano empujando mi brazo y el cuchillo penetrando en mi garganta y la vida escapando a borbotones. La niebla se va despejando, debió haber sido el alcohol que nubló mi mente y me hundió en este estado de ceguera con mi realidad y sólo quiero dormir.


jueves

El Círculo.








Los últimos rayos del sol atravesaban el ventanal,  la habitación cobraba  tonos dorados y un beso de sombra acariciaba los muebles.
En una mecedora, la anciana bordaba. Sus manos ligeras, sabedoras de giros y enlaces iban dibujando figuras en la tela. Envueltos como ovillos, sus gatos, dos negros y uno blanco, dormían a sus pies. Cada tanto,  uno de ellos alzaban la cabeza y la miraba, luego continuaba con su celebración del descanso.
La vieja detenía su tarea y recordaba.  Su pensamiento volaba a los tiempos juveniles donde el dolor era algo desconocido para ella, palabra que sólo los mayores pronunciaban. Épocas donde el baile, los amigos y la alegría ocupaban su vida.
Se cansa de bordar  y deja el sillón. Recorre la habitación.  Va acomodando  los libros del estante, recorre los retratos de la familia: papá, mamá, los va nombrado suavemente, como si los llamara.
Se detiene frente a la ventana, apoya la frente en el cristal y observa las sombras que van tragando el paisaje y se llevan los tonos rojizos del horizonte.

Como todas las noches, llegan las voces. Voces sin rostro. Las reconoce; una es su madre que regresa desde el fondo del tiempo y le dice;
—La cena está lista Nene.
Se dirige lenta hacía la cocina, sobre la mesa, la sopa humeante la espera.
Los gatos la siguen, trepan a una silla y esperan.
La anciana come, les cuenta de sus dolores y los mininos escuchan. Regresan las voces. Ahora es su padre quien habla. Voz firme, clara:
—Apaga las luces y vete a dormir.
Ella obedece igual que en la infancia. Deja el plato sobre la mesa, le da de comer a los felinos y camina lentamente hacía su cuarto.
—Padre —dice alzando la voz— cierre las puertas y las ventanas. Nadie responde. Sólo se escucha el sonido de las llaves al girar.

Al día siguiente, la vieja entrará en la cocina, preparará el mate y tostará el pan. Con paso lento, como cada mañana, abrirá las ventanas. Los gatos la seguirán pegados a sus piernas.
Correrá las cortinas y la luz de un nuevo día entrará en la habitación y el círculo se iniciara de nuevo.






domingo

Prosa en verde.






Fue una tarde.
La lluvia se hizo dueña del espacio e invadió la fronda con su  humedad. A medida que disminuía su ímpetu vi, en la altura, un arco iris de distintos tonos de verde que  parecían subir desde los  árboles en líneas ascendentes y pintaban el cielo de un verde increíble.
Verde que te quiero verde, era la voz de Lorca y el corazón verde  tatuado  de Alejandra brilló en el aire y el escrito con tinta verde de Octavio Paz onduló en el cielo y fue  el color de los celos y de la hierba en primavera, del  mar y de la hoja que despierta, de la retama  que  mantiene su color, a pesar del invierno y el viento helado.
Y fue verde en las hojas agitadas por la brisa, en el pequeño capullo  anunciando la flor. Luego, jilguero y semilla. La lluvia con su bendición elevó el arco iris hasta hacerlo  desaparecer  y el brote de la vida se abrió y la historia  volvió a comenzar.





El corazón verde tatuado se refiere a un poema de Alejandra Pizarnik.

lunes

Magia








Recuerdo  aquella noche, llovía y la ruta anegada por la furia del agua me provocaba temor. Ansiaba llegar,  faltaban más de doscientos kilómetros y bajo la luz de los faros el asfalto era una cinta indefinida.  
De pronto, como salido de la nada, apareció a un costado del camino, un pequeño restaurante en una zona que siempre había estado rodeada de pampa y algunos árboles.
Me detuve para esperar que aliviara el diluvio y comer algo. Creo que allí comenzó el juego mágico.
Pedí algo, no recuerdo qué y te descubrí, vos y yo los únicos pasajeros; no fue casual, sólo que en ese momento no lo entendí.
Te miré y me recordaste a alguien, cerré los ojos tratando de identificarte, mientras escuchaba el ruido de la lluvia en la ventana y, al abrirlos, estabas de pie frente a mí, sonriente y con tu bandeja en la mano preguntando si podíamos cenar juntos. Y yo que soy  desconfiada, perdí mi recelo natural y te dije que sí.
A partir de ese momento, hablamos como si nos conociéramos de siempre. Tal vez fue el vino blanco y dulzón el que apuró nuestras confidencias, el café nos regaló un sol madrugador y nos anunció que estaba amaneciendo y había dejado de llover. Me dijiste que con el reflejo de los rayos dorados que entraba confianzudo por el ventanal, mis ojos    se volvían del mismo color y me reí y reímos juntos.
Debíamos despedirnos y ninguno de los dos tomaba la iniciativa. “Creo que cuando llegue a mi casa   y  recuerde esta noche creeré que fue un sueño nuestro encuentro.” Fueron tus palabras al despedirnos.
A los dos nos esperaban.

Me había preguntado muchas veces si existía  la magia o lo que llamamos magia,  esos momentos maravillosos que aparecen de pronto y provocan un efecto de encantamiento, que llegan y se van  sin explicación.
Y sucedieron en mi vida situaciones inesperadas, que borraron  los planes que creí serían mi futuro. La soledad se adentró en mis horas, un torbellino de  viento huracanado barrió proyectos y  quebró esperanzas.
Y en esa búsqueda de la  felicidad perdida, reapareció tu imagen en  mis sueños y te busqué, caminando por la costanera en las tardes de verano. Entre un ir y venir de turistas, muchas veces creí verte, pero era mi imaginación la que forjaba tu imagen, la realidad era otra; no estabas. Cómo encontrarte si sólo sabía tu nombre; Lucas.
Una tarde de puro aburrida, entré a un bar y me senté frente al ventanal que daba a la playa, abril había serenado a los visitantes y la ciudad retomaba su ritmo habitual de tranquilidad. Y volvió a asomar  la magia. Apareciste frente a mí, como aquel día, con una bandeja en las manos y cerré los ojos, creí que deliraba, y al abrirlos, preguntaste: “Me puedo sentar”.

Dos años atrás nos había sorprendido el sol amaneciendo en la ruta 2 y frente a una taza de café, esta vez fue la noche la que se fue dibujando en los cristales, mientras la luna se reflejaba en el océano como la varilla de un abanico. Dijiste que habías soñado este encuentro, que me buscabas desde hacía tiempo y al escucharte me di cuenta de que habíamos vivido el mismo anhelo y que  ese deseo apuró la magia de volver a vernos.

Amanecimos juntos, un sol sin fuerzas vestido de otoño entró por la ventana, mientras la llovizna plateaba las calles; pero no nos importó, la magia seguía viva.



(Esta historia, como otras escritas en primera persona, no es personal ni real)







viernes

Un trabajo dificil.






Le faltaba el aire, el esfuerzo de pedalear  en su vieja bicicleta, le costaba cada día más. La calle iba cuesta arriba y el aire se negaba a llegar a sus pulmones.  Escuchaba  su pecho repiquetear como un tambor enloquecido.
“Y pensar que hay gente que dice que no tengo corazón, murmuro entre dientes”.
La herramienta de trabajo que llevaba en su espalda, le pasaba, la ropa se le enredaba en los pedales. Frenó. Se arremango el vestido y trató de apurarse, su cita era a la medianoche. Y debía ser puntual. La oscuridad no le  permitía ver  el nombre de las calles, eso no la preocupaba demasiado, se guiaba por su olfato.
El hombre que buscaba visitaba la playa, todos los días a la misma hora, acostumbraba a  nadar y luego se tiraba en la arena a contemplar las estrellas. Era su diaria rutina, ella lo sabía y debía apurarse, no sea cosa que se le escapara otra vez.
Ayer  por la tarde lo había ido a buscar a su casa y no lo encontró.   Recorrió el barrio, los bares y nada. Hoy no se le iba a escapar.
¡Como cuestan las calles en subida!  Tendrían que pagarle el doble, es agotador semejante esfuerzo, pensó.
¡Al fin, la playa!  —dijo en voz alta.
Dejó la bicicleta a un costado y bajó la escalinata. Intentaba apurarse y sus pies huesudos se hundían  y el borde de su vestido se arrastraba dejando su filigrana sobre la arena.  La playa estaba desierta.
¿Y el tipo, dónde está? preguntó a las sombras. Nadie respondió.
Al borde del mar, donde la espuma muere besando la arena, encontró un envoltorio de ropa. Lo revisó y encontró  documentos. ¡Eran del hombre que buscaba!
Se había internado en el océano. No encontró ni una señal de su presencia en las aguas quietas.
¡¡Ay… me ganó de mano!! ­
Sólo el mar y la noche presenciaban su furia.
¡Qué mala persona no me dejo intervenir, lo hizo solo!  
¿Y  ahora?… ¡Un sueldo menos…!
Cargo la hoz en su espalda nuevamente, se arremango el vestido y ascendió por la escalera. Subió a su  bicicleta y comenzó a pedalear.
¿Cuándo me regalaran un coche para realizar mis servicios? dijo entre dientes.
Está vez, al menos, sería más suave, iba en bajada.





martes

Amor prohibido






La ruta Panamericana se había convertido en  un gusano  de colores, moviéndose sin apuro, tal vez era el horario, o que la ciudad resultaba un mundo desconocido para él, acostumbrado a la paz de su pueblo provinciano. Las señales le avisaron que la próxima bajada era la calle Uruguay, tal cual su padre le había marcado en el  mapa, tomó la salida y dobló a la izquierda, vio el nombre: Cementerio Parque. Entró y  se quedó en el coche bajo la sombra de una hilera de cipreses, el calor era un abrazo que lo ahogaba.
Notó que había poca gente caminando  por los senderos.
Había transcurrido apenas un mes desde el día en que su padre lo llamó a su celular, había angustia en su voz consumida por el cáncer, le rogaba que viajara a la ciudad, que era urgente y debía hablar con él. Y en esos treinta días, él  viejo se había confesado; le quedaba poco tiempo de vida y él, como hijo debía cumplir una misión. Su padre fue desgranado la historia, asombrado, creyó que no era real, la angustia  en la voz le confirmo que era la vida de su padre y no pudo evitar la pregunta:
—¿Y mamá nunca lo supo?
—Jamás hablamos del tema, creo que lo presintió…
—¿Esa mujer tenía hijos?
 Su padre cerró los párpados intentando contener las lágrimas.
—No digas, esa mujer, está muerta y se llamaba Carolina, ni ella ni yo, a pesar de lo mucho que nos amábamos, fuimos capaces de abandonar nuestras familias.
—Papá me estás pidiendo una locura. ¿Y si me ven?
—Al medio día hay muy poca visita, no te van a ver.

Durante veinte años, su padre, había vivido con Carolina,  un amor prohibido y ninguno de los dos, enfrentó  la situación por miedo de perder a sus hijos, por no avergonzarlos. ¿Quién sabe por qué? Amor trampa, con encuentros furtivos en un bar, donde aferrarse las manos y confesarse las noches en vela o  el encuentro secreto en el departamento de algún amigo.

¿Cómo negarle a su padre lo que le pedía? Una locura. ¿Y si lo descubrían?
Lo había prometido y debía hacerlo.
Tomó el ramo de flores, tanteó su bolsillo, allí estaba la navaja, y la bolsa de plástico. Bajó del coche y fue recorriendo el camino, el sol le daba de frente y lo cegaba, de la misma manera que el amor  había cegado a su padre.  
Las parcelas estaban señaladas por letras y números, era un parque sin cruces ni lápidas, sólo un mármol con un nombre. Encontró el lugar y gravado a cincel; Carolina María Saborío. Era ella. Se arrodilló y observó a su alrededor, a unos metros, una pareja se abrazaban sumidos tal vez en una oración, algo alejada, una joven,  de rodillas se agitaba en un sollozo mudo.  Levantó el césped con cuidado y cavó un  pozo, dejo caer las cenizas y lo cubrió, acomodó  la gramilla y todo quedó en orden. Observó que ninguno de los visitantes, le prestaba atención.  Terminó su tarea y se puso de pie. Se fue alejando, se contenía para no correr.
Locura cumplida papá, tus cenizas descansan con ella en su tumba, ya estás para siempre con tu amor, dijo en voz baja.
Algo  lo empujaba a escapar, sería su miedo o los fantasmas del lugar que lo consideraban un maldito intruso, un profanador del descanso de los muertos. Entró al auto y no pudo contenerse más; lloró hasta desahogar  la angustia que le pesaba en el pecho. No recordaba haber llorado tanto y comprendió que no era por la pena de haber perdido a su viejo, era por la vida desgraciada que habían padecido su padre, su madre y también Carolina.
Un amor prohibido y tan fuerte que ni la muerte los lograba separar.






Entre la maraña.








La ruta estaba imposible.
Las últimas lluvias habían dejado profundos lodazales. A duras penas, la camioneta salía adelante.
Según los datos que me habían dado, me faltaba poco para llegar.
Un rancherío salió a mi encuentro. Algunos niños color de tierra me miraban curiosos. Seguramente mi ropa me denunciaba como capitalino, pantalón y camisa les parecieron raros. En esa zona todos los hombres vestían bombachas y camisas de trabajo, boina negra y la faja en la cintura. Les pregunté cómo llegar hasta la casa de los Asturdillo. Me indicaron con un gesto y se alejaron corriendo.
Tuve la sensación de haber preguntado algo malo.

Luego de veinte minutos de marcha, vi la casa. Parecía salida de una película de misterio.
Entre la maraña de cinacina, de arbustos salvajes y algunos sauces, lucía fantasmal.
Me acerqué, daba la apariencia de estar abandonada, y que en algún momento los árboles y la vegetación se iban a tragar la casa. En la entrada vi el nombre: “La escondida”. Era el lugar.
Un aroma a pan recién horneado me dio la seguridad de que alguien la habitaba.
Usé un llamador. En pocos minutos, un hombre alto y muy delgado, vistiendo ropas de paisano, salió a mi encuentro.
Me miró desconfiando, me presenté:
—Soy Diego Martínez, del semanario “El misterio”.
—¡Ah sí, pase! El patrón me avisó que iba a venir un periodista.
El interior de la casa era antiguo, se notaba bien conservado.
El hombre trataba de ser amable, algo en él no me gustaba, sería su cara angulosa y tan pálida. Tendría unos cincuenta años,  se presentó:
— Me llamo Samuel Amarilla —extendió su mano que me resultó fría y blanda, raro en un hombre de campo, pensé— Soy el administrador de “La escondida”.
Me invitó con un café y me sirvió pan casero. Hablamos del viaje, y luego de las preguntas comunes fui al grano:
—Samuel, me han dicho que este lugar está embrujado. ¿Qué hay de cierto?
Sonrió y me contestó:
—Son invenciones de los habitantes del lugar. Es una zona de mucho viento, la casa está rodeada de árboles, las hojas agitadas por el viento producen sonidos que a los lugareños les parecen voces. En las noches de luna llena dicen ver sombras en movimiento, y son las ramas que iluminadas por el reflejo producen imágenes que se agrandan con la imaginación. Hasta ahí, parecía lógico.
—¿Puedo quedarme unos días en la casa? —pregunté. Don Samuel largó una risotada y asintió con la cabeza.
—Quédese el tiempo que usted quiera, el patrón le ha dado permiso… —fue su respuesta y se encogió de hombros.

El administrador me acompañó a recorrer la casa, la planta baja estaba compuesta de una gran sala, la cocina y dos salones. Arriba estaban los tres dormitorios, uno de ellos lo ocupaba mi anfitrión, y el más pequeño sería el mío. Samuel quedó preparando la habitación y yo bajé a recorrer el lugar.
Al salir de la cocina, en la parte de atrás, me encontré con un pequeño jardín. El perfume de jazmines y rosas me reconfortó, el lugar era un pequeño paraíso verde y colorido.
Seguí andando y me hallé ante una senda bordeada de árboles que llamaron mi atención, eran una especie desconocida para mí, sus troncos tenían forma humana. Eran horribles, su corteza blanca me produjo repulsión. Regresé a la vivienda y consulté con don Samuel:
—¿De qué origen son los árboles que bordean la calle? —pregunté.
—De origen desconocido —respondió con un dejo burlón—. El padre del actual dueño los trajo de Brasil, hace más de cuarenta años. Se refieren muchas historias sobre ellos, aunque no se ha podido confirmar nada—. Quedé intrigado:
—¿Qué quiere decir?
—Hace algunos años se hicieron denuncias, decían que eran árboles endemoniados.
—¿Quiénes hicieron las denuncias?
—Los vecinos del lugar. Una comisión integrada por médicos de la policía científica  hizo un sondeo, y nada se sacó en claro. Luego las personas que hicieron la denuncia, misteriosamente desaparecieron. Uno de ellos se ahogó en el río. Otro regresaba una noche de visitar a un amigo y no llegó a su hogar. El tercero salió como todas las mañanas y no se volvió a saber de él.
Escuchaba en silencio su relato, hasta que le dije:
— Suena todo muy extraño, ¿por qué piensan que los árboles son endemoniados?
—No sé, son los comentarios de la gente. Cuentan que los árboles atacan a las personas.
— ¿Y usted, viviendo aquí, ¿nunca vio nada?
— Nunca. Dicen que los árboles se dejan ver en acción cuando  quieren. En la época que los trajeron yo era un niño, mi padre era el jardinero del señor Astudillo, y a mí me dieron la tarea de cuidarlos y regarlos diariamente. Los del poblado comentan que soy su protegido —y al decir esto se alejó riendo, noté en su pelo mechones de un extraño color naranja, parecía formar parte de su melena, me recordaba algo…
La risa del encargado no me gustó, algo en él me fastidiaba. Sus ojos eran como puñales oscuros y su palidez me recordaba la piel de los muertos.



Samuel me acompañó al caserío cercano. Mi intención era conversar con los familiares de los hombres desaparecidos. Sabía que luego de ser atacados por primera vez, ellos denunciaron el ataque y la desaparición había ocurrido tiempo después, era seguro que relataron a sus familiares lo que vieron.
Cuando llegamos al pueblo, las personas nos miraron con desconfianza, en especial a Samuel.
El encargado me dejó con la gente de la aldea y se fue, dos mujeres se acercaron y comenzaron a hablar.
—Mi esposo —comentó una de ellas— me contó que los árboles lo atacaron una noche que pasó por el camino cercano a la casa. Las ramas cobraron vida y lo agredieron. Había luna llena.
La otra mujer asintió, a ella su hijo le había referido lo mismo.
—¿Ustedes creen qué la luna llena tiene algo que ver? —pregunté.
—Mi esposo decía que en esos días los árboles se convertían en demonios.
Al decirlo se estremeció, un sudor corrió por mi espalda. Comprendí que me estaban contagiando sus supersticiones.
Al despedirme me llevé el recuerdo de sus ojos, eran la imagen de la desolación.

El encargado pasó a buscarme, regresamos a La escondida, y en el viaje de regreso me preguntó:
—¿Le dijeron algo interesante? —Sin saber por qué le mentí.
—No. Dicen que no saben nada, es raro que esos hombres no hayan relatado a su familia una experiencia semejante.
Samuel manejaba su camioneta a los saltos, me arrepentí de no haber viajado en mi vehículo. Él iba pensativo, de pronto me preguntó:
—¿Diego cómo se enteró de esta historia?
—Una persona envió todos los datos al semanario, sobre árboles endemoniados. Despertó mi curiosidad y…acá estoy.
— ¿Quién hizo la denuncia? —preguntó Samuel.
— No lo sé. Era un anónimo.
— ¿Ustedes siempre confían en mensajes sin firma?
—No. Pero algo despertó mi olfato —respondí sonriendo—en mis veinte años de trabajo periodístico, pocos anónimos han despertado mi curiosidad y en esas pocas veces no me equivoqué. Terminaron siendo éxitos periodísticos.

Al llegar quise observar de cerca los árboles.
Tenían una corteza semejante a una piel y me recordó por su brillo y vetas al cuero de las ranas, sólo que su color era casi blanco. A sus ramas ni un pájaro se acercaba. Sus hojas tenían forma de corazón, eran grandes como mi mano y colgando en las ramas más altas y tupidas observé; líquenes color naranja, los reconocí, los había estudiado en mis épocas del colegio secundario: las barbas de capuchino se llamaban. Caían como una cabellera sin forma.
Luego de dar vueltas contemplándolos decidí regresar a la casa. Allí me encontré con Samuel. Tenía la sensación de que me vigilaba.
— ¿Y descubrió algo? —me preguntó curioso.
—No —fue mi escueta respuesta.
El encargado solía mirarme con una sonrisa socarrona que me fastidiaba. Se burlaba de mí, eso era notorio.
Mientras entrábamos en la casa me dijo:
— Tenga cuidado, está noche hay luna llena.
— ¿Qué quiere decir? —pregunté.
— Cuentan que en noches de luna llena, se escuchan voces y se ven figuras fantasmales.
— Yo creo que usted sabe más de lo que expresa sobre el misterio de los árboles.
— ¿De dónde sacó eso?
— Resulta raro que esté viviendo junto a ellos y no haya visto nada. Los aldeanos no hablan por miedo. No entiendo ¿A qué tienen temor? Yo creo que usted sabe y no habla.
No respondió.
Se dirigió a la cocina. Algo había en sus ojos cuando hablábamos del tema, una cierta burla.
Esa noche no bajé a cenar, me dediqué a preparar el informe para el semanario.
Era casi media noche cuando me acosté. Estaba cansado, por mi cabeza daban vueltas las imágenes del día. Por momentos mis nervios me hacían saltar en la cama y despertaba sobresaltado.
Un  sonido me puso en alerta.
Me levanté y observé por la ventana. Un fuerte viento movía los árboles de un lado a otro, al mirar hacia la calle de tierra me sorprendí.
Los árboles se inclinaban, las ramas eran enormes figuras que bailaban con el sonido de las hojas una danza frenética. Se escuchaba un murmullo musical. Creí soñar.
Comenzó a llover. Cerré las ventanas. Las ramas se desprendían de los árboles, sus hojas unidas formaban un manto que giraba entre la lluvia y el viento. Por momentos quedaban suspendidas en el aire. Yo miraba la escena con espanto. Mis manos estaban húmedas, mi corazón golpeteaba  como una marimba y una transpiración helada cubrió mi espalda.
En un instante, varias ramas se acercaron a mi ventana detuvieron su baile. Desde la oscuridad de sus siluetas, unos ojos me miraban, el terror me paralizó…se arrojaron contra los cristales una y otra vez, hasta que un fuerte ruido, casi una explosión me sobresaltó, y desperté empapado en sudor y temblando…
¡Había sido un sueño!
¡¿Un sueño?¡
Me puse de pie, no podía comprender qué había sucedido en la habitación.
Los cristales estaban rotos, dispersos y yo paralizado por el terror. Salí de allí desesperado.
Bajé la escalera de dos en dos. Grité llamando al encargado, que apareció ante mí, venia de la calle, estaba  empapado
—¿Qué le sucede? —preguntó.
—¡Los árboles! ¡Los vi! Sus ramas parecían danzar suspendidas en el aire —reaccionando me di cuenta que él, recién llegaba, chorreaba agua por los cuatro costados— ¿De dónde viene así mojado?
— Del caserío, fui a visitar a una amiga, y me agarró la lluvia. Venga a tomar algo caliente, está muerto de frío —me dijo.
—¡No es frío! Es miedo. Lo que cuentan los aldeanos es verdad, lo he visto está noche—. Le relaté paso a paso lo que había contemplado desde mi ventana, pero comprendí que no me creía. Acepté el café, y soporté su mirada irónica.
Le pedí que me acompañara a mi cuarto. Abrí la puerta con temor; sobre el piso, los vidrios rotos  y una alfombra de hojas eran la prueba de lo sucedido. Señalando los cristales le dije:
—Observe que los golpes y las hojas llegaron desde afuera.
— Es una locura —me respondió, mientras miraba la habitación.
— ¿Ahora me cree? —pregunté.
Samuel no respondió, daba vueltas buscando una explicación que no encontraba.

Noté que de la mesa que oficiaba de escritorio, había desaparecido el informe en el que había estado trabajando. Me asomé a la ventana, y los vi diseminados en el parque. Miré a Samuel y me pareció descubrir un brillo de maliciosa felicidad en sus ojos. Furioso bajé a buscar los papeles, pero fue inútil, la lluvia había borrado todo mi trabajo.
¡No quería quedarme un minuto más en la casa!

Esperé que amaneciera, en esas pocas horas el encargado desapareció nuevamente, no lo volví a ver hasta el momento en que subía los bolsos en mi camioneta.
Al despedirme de él, me preguntó:
— ¿Va a publicar algo de lo que vivió aquí?
— Seguro que no —respondí.

Pero mientras regresaba a la ciudad, y los árboles se transformaban en recuerdo, algo pareció despertar en mi recuerdo: los líquenes y el pelo de Samuel, eran una misma cosa… una certeza y una duda rondaron mi cabeza.
La certeza era que iba a publicar el informe, no me iba a costar mucho volver a realizarlo, haría la denuncia orrespondiente y al fin llegaría  una verdadera investigación  en el lugar.
Y la duda que rondaba mi cabeza era: ¿Quién o qué, era en realidad Samuel?





Solo dormir.

Apareces en el parpadeo del sueño, te presiento cercano, te desvaneces con la primera luz del día y la soledad en mi habitación me ...