viernes

La oferta.



Esa tarde, después de escribir una carta
a su apoderado y discutir con el mayordomo
una cuestión de aparcerías,
volvió al libro en la tranquilidad del estudio
que miraba hacia el parque de los robles.

“La continuidad de los parques”. Julio Cortázar.


La oferta.

La cabeza blanca se inclina sobre el libro, hace meses que Octavio lee una novela que parece no tener fin. Nada lo perturba, ni el paso insinuante de su mujer circulando por la habitación, ni su perfume, ni sus pechos que ondean dibujados  bajo la fina blusa y mientras hace tintinear sus pulseras provocando un llamado  que  no obtiene respuesta.  Ella lo provoca, intenta regalarle su savia de ámbar, ser su húmedo panal de abejas, pero él no ve o no quiere verla.

Octavio  es un león embalsamado escapando de la lujuriosa oferta, se reclina en el respaldo del sillón, la mira alejarse y respira aliviado. Regresa a la lectura donde la protagonista, deseable y sensual,  juega al amor con un joven jardinero, mientras su esposo lee una interminable novela de amor.



martes

Separación.






A veces las separaciones de las parejas suelen ser amables, otras dramáticas y las menos; cómicas.
Teresita Zabaleta, se encontró una mañana con su marido sentado en una silla de la cocina, tomando  café y rodeado por tres valijas. Lo miró con la pregunta en sus ojos y antes que ella  abriera la boca, él dijo:
—Me voy.
Ella no entendía, se dejo caer en una silla y nuevamente inquirió con  la mirada.
—Me enamoré de la Choly —dijo Carlos, como si ella supiera quién era la Choly— ella es soltera, vive en un departamento amplio, así que me voy a vivir con ella.
La crudeza de la respuesta dejo a Teresa muda, no lograba articular alguna palabra que la ayudase a expresar su malestar. Su cara era un incendio y las chispas que brotaban de sus ojos querían quemar a Carlos, comenzando por la camisa que la tarde anterior había planchado con tanto esmero. Él terminó su café, agarró las valijas y dijo:
—No te quiero más Teresa, el tiempo nos gastó a los dos. En la Choly, encontré la pasión perdida, no te imaginas es una fiera y tiene veinte años…
Tere creyó que se atragantaba con la saliva, respiró hondo y  dijo.
—Pero vos tenés cincuenta y tres…
—¿Y?
—Demasiada diferencia. Cuando se te termine la plata te va a dejar…
—Vos no sabes nada, te voy a demostrar que la Choly y yo somos para toda la vida.
Y se fue.
Ella quedó sumida en una angustia que le cerraba la garganta y le provocaba un llanto de impotencia.

Teresa intentaba cambiar de vida y  olvidar, se anotaba en cursos, sobre pintura, maquillaje. Hacia lo posible por salir de su casa que le traía tantos recuerdos. Volvió a ver cine, teatro, ir a almuerzos, cenas, pero siempre sola.
Surgieron situaciones inesperadas que lograron inquietarla, su ex y su nuevo amor, tan joven y bella que le dolían los ojos de solo mirarla, comenzaron a acosarla. Los dos aparecían en cada  restaurante que visitaba, la saludaban  efusivamante,  demostrando con sus sonrisas, lo felices que eran.
El tema se fue complicando, por más que Teresa cambiaba de confitería o restaurante, ellos aparecían.
¿Cómo podía ser?
Solo su amiga Lola conocía sus salidas. Seguramente, ella era la cómplice de esos dos pájaros, optó por no decirle de sus salidas.
Carlos cambió de táctica; la llamaba por teléfono todos los días, le enviaba email, con fotos  de él y la rubia, la invitaban a salir. Le dijo que la dejara tranquila, pero su ex seguía en sus actitudes.
Decidió que tenía que hacer algo. Ideó un plan.
Llamó lola y le comentó que el sábado, iría a comer a un nuevo local Chino de comidas rápidas.
El  sábado entró con tranquilidad al restorán, se sentó en el fondo, calculando poder ver la vidriera. Llamó al mozo, le entregó su nueva cámara de fotos y una buena propina y le explicó que debía hacer.
A los pocos minutos entraron ellos, Carlos y su dorada mujercita.
Comenzaron a saludarla efusiva mente, repitiendo la misma ceremonia de cada encuentro.
—Hola Teresa, te extrañábamos – dijo Carlos.
—Que linda que estás –dijo la blonda- ese vestido rojo te hace más joven.
Las risas coronaron las palabras.
Teresa, abrió su cartera, lentamente saco una Bersa 22 que había comprado la semana anterior y se puso  de pie, y recordando las lecciones de tiro que su padre la había dado en su juventud; apuntó y divertida ante la cara de espanto de Carlos y la Choly; disparó. Ellos salieron corriendo, mientras el cristal de la ventana caía hecho añicos y con un estruendo terrible.
No le importó pagar los daños causados, ni el agregado que le tuvo que dar al Chino para que no hiciera la denuncia. La satisfacción de ver las caras de espanto de su ex y la rubia y luego volver a verlas en las fotos, era un deleite sin precio. Pero sacarlos de  su vida para siempre, fue su mayor placer, imposible de olvidar.


Ni premio ni castigo.






La cara de la anciana se perdía entre  las sábanas y la almohada del hospital, era una arruga más sobre la blancura del algodón. Una cicatriz sobre el ojo derecho, y el nombre que figuraba en el registro de entrada, confirmaban que era ella: Catalina Ganceda, no había ninguna duda.
Entró una mujer  de la misma edad que la enferma.
—¿Usted es la doctora? ¿Cómo está Catalina? —preguntó, aferrándose a los barrotes de la cama.
—Me llamo Claudia, la encontré muy débil, llegó deshidratada y necesita que la vea el cardióogo. ¿Usted es familiar?
—No, somos compañeras de cuarto, alquilamos en una pensión.
—¿La señora Ganceda no tiene familia?
—Si, un hijo pero hace tiempo que lo perdió de vista.
La respuesta estremeció a la doctora, que con una sonrisa consiguió disimularlo.
—Le acabo de dar un calmante, déjela descansar, voy a pasar más tarde, ante cualquier novedad me llama.
Señaló el timbre y salió.
Le temblaban las piernas mientras recorría el pasillo. Que absurdo es todo esto, murmuró. Ahora que había archivado los miedos y comenzaba a olvidar, aparece esta mujer a renovar el dolor que  guardó por años.
No quería recordar, pero las imágenes del pasado, son  escenas, iguales al  anuncio de una mala película. Fue hasta el bar y pidió una gaseosa fría, su lengua era un papel secante pegado al paladar, la presencia del mozo la sacó de ese mundo de recuerdos y al quedar a solas, ellos retornaron igual que ladrones a robar su paz.


“Doña Catalina y su voz autoritaria,  le había destrozado las ilusiones más puras que puede tener una mujer.
Diez y siete  años florecientes de vida y un solo pecado; enamorarse de Javier Ganceda, el hijo de la familia más rica del pueblo. Recordaba el día que Javier la presentó a su madre, él, orgulloso la llevaba de la mano y al entrar a la casa, Catalina les salió al encuentro, mirándola de arriba abajo y le dijo:
—¿Así que vos sos Claudia, la hija de Braulio y la María?
—Si señora.
—Es mi novia mamá —la voz de Javier tembló.
—¿Novia? —Respondió con esa altivez tan de ella—, a los veinte años no hay novia, hay amiguitas para pasar el rato, a tu edad hay que estudiar— y recalcó las últimas palabras con rabia.
—La quiero mamá —fue la primera y única  vez que escuchó a Javier hablar así.
Salieron a la calle llorando.
A partir de esa tarde todo fue diferente, Javier dejó de ir a la puerta del comercial a esperarla. Se encontraban algunas veces en el club y después de un tiempo, él dejó de ir. Claudia se enteró por sus amigos, que los Ganceda, le había prohibido su relación con ella. Su mundo comenzaba a desmoronarse, intentó hablar con Javier y fue imposible, no respondía el teléfono ni  aparecía por la plaza donde  se reunían.

Cuando habló con sus padres, sobre lo que  estaba sucediendo, las palabras se le congelaron en los labios, le costaba articular una frase coherente, su padre quedó mudo y María gritó hasta agotarse. Claudia estaba embarazada.
La pregunta se hizo hielo en el aire.
—¿Hablaste con Javier?
—Desde que lo supe lo estoy llamando y no me atiende, he ido a buscarlo a su casa y siempre me dicen que no está, ayer salió doña Catalina a pedirme que lo dejara tranquilo, que en unos días viajaba a España y no puede atenderme, le hablé de mi estado, me dijo que abortara o me hiciera cargo, que ellos no tenía seguridad que mi niño fuera de Javier.
María cambió de color, su cara era un incendio.
—¿Querés tener ese hijo? —preguntó.
—Sí.
Sin más palabras, María salió de la habitación, buscó  bolsos y fue guardando  ropa, Claudia no entendía.
—¿Mamá qué estás haciendo?
—Nos vamos a Buenos Aires, a la casa de mi hermana Sara, te vas a vivir con ella que siempre se queja de que está sola, vas a renovar su vida de solterona, no quiero que en este pueblo  ensucien tu nombre, sos más digna que ellos y doña Catalina, esa vieja bruja va a pagar caro, la vida le va a devolver gota a gota la hiel de este momento.
—¿Y el colegio?
—¡Lo terminas allá!

Vivir con la tía Sara, era la paz que necesitaba, era tan diferente a su madre que con sus gritos no le permitía olvidar y en cada visita a la tía, le repetía la misma frase: la vida le va cobrar a Catalina, muy  caro el mal que te hizo. Claudia terminó la secundaria y al año  siguiente comenzó la facultad.


Se acercó a la cama, todavía dormía, el pulso seguía muy débil.  Por la ventana el aroma del jardín entraba con el sonido de una voz apagada, sería su imaginación o el parque que rodeaba el edificio tomaba vida y hablaba.
La compañera de cuarto permanecía al lado de la enferma, ella la quitó de su ensoñación.
—¿Está mal verdad?
—Sí, estamos haciendo lo posible. Entró muy descompensada…
Quería hablar, explicarle a la mujer qué sucedía con su amiga y las imágenes del pasado no la dejaban  pensar con claridad; el llanto de su padre, aquel viaje en tren a Buenos Aires y esa cicatriz sobre el ojo derecho, no la dejaban pensar con claridad.
—Catalina ha sufrido mucho —dijo la mujer— hace años murió  su marido, el hijo la abandonó y perdió todo, ella fue muy rica y ahora está tan sola, que cosas que tiene la vida…
La amiga se secaba las lágrimas y seguía hablando, pero Claudia no la escuchaba,  la voz de su madre  retumbaba en su cabeza: ¡La vida le va a cobrar a Catalina, muy caro el mal que  hizo!












lunes

En la penumbra.





Recuerdo un pasillo oscuro y el estremecimiento que me producía entrar en tu habitación, no alcanzaba a ver tu cara en la penumbra, solo escuchaba mi nombre en tu voz.
Que misterio es la memoria, a la que los años cubren de acontecimientos y de imágenes de vida y de pronto, algo;  una música, un aroma, un color,  rescata de su arcano una evocación y aparece tu nombre: Rosario, mientras tu cara permanece en la penumbra de mis tres años.

Fuiste mi abuela italiana, la que no conocí porque no le gustaban las fotos, la que no me llevó a la escuela, la que no me enseño canciones de su pueblo, la que partió mucho antes de que pudiera decirle: te quiero.



La senda.








Su padre le había hablado sobre el misterio de la muerte. Será un largo andar a oscura –le decía.  Encontrarás  caminos que se abren, ignóralos, no son los verdaderos y aunque  percibas que te acechan ojos indiscretos; sigue adelante. Al final hallaras una gran piedra  y al apoyar tus manos sobre ella, la oscuridad te abrazará, hasta entender que te ahogan esos brazos de bruma y todo terminará para ti.
Era el presagio de un hombre que vivió acorralado por la amargura y la fue transmitiendo a cada uno de sus hijos.
Y ahora, que se acercaba el final, otra voz brotaba sin saber desde donde, si desde su mente o desde la brisa azul que entraba  por la ventana entreabierta; era su madre que le hablaba. Ella  fue diferente a todas las personas que rodearon su vida, pero tan débil ante el carácter de su padre. Había sido clara en sus enseñanzas, rezadas en voz baja y a escondidas, la muerte, según su madre era una senda hacía la luz y ella lo estaría esperando.

Y ahora que el sueño lo vencía, no lograba abrir los ojos, se dejó llevar por esa suerte de vuelo sin destino. Nadie lo acompañaba, ya todos habían partido y él era el último de esa familia,  donde la soledad fue aceptada por todos, sin una queja. Gravitaba alrededor de su cama, el canto indefinido de un pájaro le llegó  cercano, tal vez, el sería su acompañante en esa senda desconocida; el momento había llegado.

Se halló en un pasillo brumoso, a medida que avanzaba pudo distinguir  la vía principal y los caminos que se dividían  a izquierda y derecha. El miedo que había intuido al pensar en ese momento, no existía. Un viento invisible agitaba su ropa y lo empujaba hacia adelante. Se encontró frente a una piedra que, al apoyar sus manos, se abrió de par en par para darle paso y cuando esperaba lo peor, una luz intensa  lo recibió. Había llegado.



El Zonda.

 Imágenes del viento Zonda en Mendoza

A don Juan de Dios Souza no le ha sido fácil llegar a los sesenta años, viviendo  solo  en  ese rincón  perdido de la provincia de Mendoza,  donde   tres casas y restos de un pueblo perdido imitan  el fin del mundo.
Tres casas con la propia incluida.  En una de ellas  vive Roque,  que fuera sacerdote en el sur, allá por Cañadón Seco  y  que renunció a sus votos  por una mujer;  pero  convivir con ella  fue difícil  y ahora  prefiere la soledad, el frío y las montañas mendocinas.   Cada viernes,  Roque va a San Rafael a comerciar su cosecha y la de Juan de Dios, frutas y verduras  que varían  según la estación. Con ese mísero cobro apenas les alcanza para adquirir los alimentos  que reparten  al  regresar. Es el  día que se encuentran y conversan,  luego cada uno regresa a su mundo solitario.
En la otra casa, la tercera, habita el silencio,  la dueña falleció  y nadie la ocupa desde entonces.
Juan de Dios cree que lejos de la ciudad  desvía  el  miedo, ese  que habita  en su conciencia.  No quiere pensar en él.  Después de tantos años lo ha domesticado. Sin diarios, ni libros, ni visitas que cuenten historias,  él existe más o menos en paz. Es que hay días en los  que algo sucede y le parece escuchar de nuevo los gritos, sabe que es su imaginación y se pregunta si terminará loco como su padre, no,  lo de su padre era demencia senil y él está lejos de ese final. ¿O no?
El viento Zonda tiene la culpa  de su fastidio, cuando llega, gime y arrasa todo  lo que encuentra. Y él se pregunta,  cuál será la misión de estas tres casas que a pesar de tantos años, el Zonda las deja en pie.  El viento trae gritos,  voces que lo perturban, Juan de Dios las reconoce, no las ha olvidado. ¿Cuántos años pasaron?  Veinte  o más, la memoria suele ser algo anacrónica, pero en el viento están ellas, prendidas como abrojos.  De dónde llega  el muy maldito, si aquello sucedió en el sur del Río Negro. ¿Cómo es posible que  el viento las guarde y,  cada vez que pasa,  él rememora aquel día?  Fue cerca del arroyo Los Berros, en ese tiempo era tierra de nadie y el descubrió que los muchachitos, dos pobres mapuches, habían hallado  oro.
Los muy tontos cambiaron las pepitas en el pueblo y la noticia corrió ligera entre los vecinos. Más rápido fue él que los siguió y les exigió que le dijeran de dónde las sacaban, no  hablaron, estaban asustados. Lo reconocieron y se vio en la obligación de dispararles.  Habían recibido una bala cada uno  y el arma se le trabó y los  muy hijos de perra aullaban suplicando piedad,  no  querían morir.  Se arrastraron  buscando ayuda y los descubrió. Los ató a un lapacho  y los dejó abandonados a su suerte. Les arrancó  la bolsa de  oro y se fue. Después de varios meses llegó a Mendoza.
¿De qué le sirvió el oro?
Nunca lo vendió,  por miedo a que la noticia corriera de boca en boca y asociaran su oro con la muerte de los chicos. Las pepitas siguen  en su casa,  en la misma bolsa y escondidas bajo las tablas del piso de la pieza.
Cuando llega el viento, lo hace acompañado de los gritos, él los reconoce.  Juan de Dios corre a su cuarto  y ve que las maderas del piso se mueven, dan la sensación de que  quieren levantarse, nadie las toca y él sabe que es su imaginación, pero las ve moverse, las oye crujir y  se estremece. Pasa el Zonda y el silencio vuelve a ser su compañía.
El viernes  don Roque fue al pueblo y no regresó.  Pasaron los días y  nadie ha llegado para avisar qué le ha sucedido al viejo cura, sólo el viento Zonda lo visita, con su queja de aullidos y gemidos.
Las paredes  de la casa tiemblan, en la puerta se escuchan golpes. ¿Será el viento? Juan de Dios sabe que son los muchachos que vienen a buscar su oro.  
Afuera  el Zonda ha enloquecido, arranca los árboles de cuajo y vuela la tranquera. Desde la ventana ve chapas y arbustos  que pasan ondulando  en el aire. El viejo se esconde detrás de unos muebles. Una tabla cae sobre sus  piernas  y queda preso, no puede moverse.
Al amanecer el viento calmó  su furia, pero no se va. Al fin logra quitar el peso  y se arrastra  tratando de salir. En  la pieza,  el piso fue levantado y la bolsa con el oro no está.  Juan de Dios busca en todos los rincones,  nada ha quedado en pie. La casa se va desarmando,  una viga cae a su costado, debe alejarse antes que las paredes lo aplasten.
Sólo le interesa encontrar su oro. No está. El zonda se lo  ha llevado. Intenta salir y esta vez  otra tabla cae sobre su espalda, ahora sí que será imposible moverse. Tal vez,  Don Roque regrese y lo ayude. Don Roque ha quedado en la ciudad por culpa del Zonda.  Y las horas  pasan y el ventarrón sigue. El hambre y la sed lo agobian; Juan de Dios  delira, escucha risas, grita pidiendo ayuda.  
Y allí los ve, son ellos: los muchachos que  festejan y le muestran la bolsa con el oro. Ruega, llora y presiente que la muerte está cerca.
Una pared cae y, como en un escenario, los ve irse.  Son ellos,  que se toman de la mano y vuelan. 
El zonda se los lleva….


Otro antiguo cuento premiado por la editorial “Mis escritos” publicado años atrás en mi blog, hoy regresa remozado.

mariarosa






                                                             






domingo

La chiquita René.







La casa pareció reconocerme, se abrió sola la puerta, el viento y la lluvia,  me dieron paso.
Los años habían dejado su sello descolorido en las paredes, la marca de los cuadros que alguna vez la alegraron, confirmaban, de que hubo tiempos mejores en sus habitaciones.

Te vi llegar.
Entraste  con temor, dejaste el paragua a un costado y le diste paso a un señor desconocido que te acompañaba, era alto, muy delgado y miraba los ambientes con un dejo de desprecio y vos, siempre elegante y tratando de ignorar su gesto, lo fuiste  guiando, señalando los metros de cada cuarto. Comprendí que tu acompañante  era el tasador de una inmobiliaria, ibas a vender la casa de los viejos, nuestra casa de la infancia, los vi salir al parque y los seguí.

Había un olor peculiar en el aire, es el que deja la lluvia después de abandonarse sobre la tierra,  una mezcla de humedad y madera, tal vez,  de los hongos que aparecen cubriendo restos de troncos y paredes descascaradas,  donde los ladrillos  sudan olores añejos de vida y misterio.
El hombre alto y delgado se fue, quedó en llamarte y te quedaste sola, tu coraza de mujer dura se aflojó y  te vi llorar, dejaste que tu cuerpo se abandonara sobre una desvencijada silla y diste rienda suelta a quien sabe cuántas evocaciones, que habían quedado en tu memoria. Lloraste hermana, lloraste y me estremecí al verte tan desconsolada, hubiera querido dejar de ser un fantasma y abrazarte, pero no pude.

 De pronto te pusiste de pie, te arreglaste el maquillaje y saliste muy erguida, volvías a ser la señora de Ruiz Valente, sobre la silla, un soplo de brisa deshizo  el recuerdo de mi hermana René, la chiquita René.



La oferta.

Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro e...