jueves

El estanque.

"El estanque de los nenúfares", Claude Monet.



Mi hermana Lili decía que en el fondo del estaque, jugaban  ángeles, algunos  blancos, otros negros, todos  muy bellos. Lili  los veía y juraba que  sonreían cuando ella  les hablaba. Siempre pensé que mi hermana  estaba  loca, a pesar que mi madre no me permitía decirlo, yo lo sabía y mi hermano Luis también se había dado cuenta.

Los ángeles la esperaban por la tarde, así decía ella, les llevaba caramelos y chocolatines, yo la miraba desde la  ventana de la cocina. Arrojaba las golosinas sobre el agua, una a una,  algún truco realizaba; ya que cuando ella se iba, yo bajaba y no encontraba  ningún dulce. Sólo los papeles del envoltorio en el agua. Lili bailaba sobre el borde del estanque, parecía flotar, elevaba los brazos y su figura se mecía en un vals imaginario.

Un día mi hermana Lili, desapareció. Mi madre en su ignorancia nos  negó explicación sobre su paradero. El primo Sebastián, me dijo que la habían internado. Meses después mi madre se vistió de negro, durante  años fue una sombra oscura deslizándose por la casa. Nunca nos dijo que Lili había muerto. Fue Sebastián quien  confirmó lo que  imaginábamos mi hermano y yo.

Mi madre se volvió  callada, sólo la mujer que nos llevaba a la escuela y nos asistía, conversaba con nosotros. Fuimos niños tristes, casi no jugábamos ni reíamos, cuando lo hacíamos mi madre se asomaba al ventanal y pedía silencio. Mi hermano ingresó  en un colegio militar,  sólo venía los viernes por la tarde, se iba el domingo  por la noche; mi aburrimiento crecía durante la semana.

Una tarde, sin nada que hacer, me asomé al estanque y allí estaba ella. Era Lili  y sus ángeles que me saludaban.  Reclamaba caramelos para ella y sus amigos. Corrí al comedor, alcancé el frasco de golosinas. Llené mis bolsillos  y volé hasta el estanque.

Desde ese día juego con ellos. Lili me aconsejó que nadie debe saberlo, que debe ser  nuestro secreto, no sea cosa que me internen como a ella.

 


 

domingo

Siempre había estado allí.


 

 

     Siempre había estado allí, con la comida lista, la ropa limpia, la caricia volando como un pájaro con el pico cargado de miel. De tanto verla olvidaron quién era. Ellos eran así, seres apurados, sordos  al murmullo que dejaban oír sus lágrimas al caer  en el piso de la cocina, sus labios olvidaron las palabras amables, que se fueron durmiendo en sus gargantas como niñas caprichosas.  

     Un día  el destino sopló fuerte, elevó las caricias y el murmullo cantarín de las mañanas desapareció.  La casa fue hielo, el aroma a sopa, a cebolla y torta de vainilla se esfumó como un suspiro, la mesa quedó huérfana de platos, la canasta de pan almacenó restos secos y el viento circuló helado por las habitaciones.

     Pasaban los días y la quinta silla de la mesa familiar, permanecía vacía. Allí se dieron cuenta de la ausencia, pero ya era tarde, el silencio se había anidado en sus corazones y la soledad los fue cubriendo con una ceniza gris y una mañana la casa había desaparecido.

     Un nuevo terreno baldío apareció en el barrio, los vecinos circulaban ante el sin notar la novedad, es que eran seres apurados, sordos al canto de los pájaros que desde los paraísos y los aromos, intentan decirles algo.

 

lunes

Ladrones.

 


Creo que la sorpresa fue mutua. Nos quedamos frente a frente,  sin palabras y debo haber sido la imagen de la desolación. 

—Te creía en Brasil… —dijiste con un hilo de voz.

—Y yo estaba segura que habías escapado a Francia con tu hermano Claudio.

Sonreímos. Nos abrazamos.

Nos fuimos aflojando, caminamos juntos sin dejar de mirarnos.

—Estuve unos años en  Río Gallegos —dijiste— viviendo con Claudio, pero él ya tiene su familia…. Yo era una molestia, así que viaje a Salta, allí  tengo una agencia de turismo y bueno… voy tirando.

—Y con la pandemia cómo te fue…

—Mal, ¿y a vos?

—Todos estos años escondida en  un pueblo costero, vivo de la venta de polirubro para el hogar y regalos.

Quedamos en silencio, llegamos a una plaza, nos sentamos  sobre el césped, nos costaba hablar, hasta que dije:

—Quiere decir que ninguno de los dos salió del país, pensé tantas cosas, no podía buscarte, hacerlo era ponerme en evidencia… ¿cómo lo pasaste…?

—Mal, pasando necesidades y pensando que esos hijos de mala madre estarían felices disfrutando a costa nuestra.

Me causó risa su enojo.

—Te equivocas, ni Lole ni Juan disfrutaron la plata del robo, murieron en un enfrentamiento con la policía, Solo quedamos vos y yo.

—¿Y nuestra parte?

—En una caja de seguridad, ellos repartieron tal como lo habíamos organizado, mi parte y la tuya, las puse a buen recaudo, en seguida desaparecí, ni a  mis hermanas les di mi dirección, solo mi amiga Ana sabía dónde estaba y fue una tumba.

—¿Ni a tus hermanas…?

—Me iban a delatar, yo te esperaba, nunca pensé que ibas a tardar tanto, diez años son demasiados.

Claudio se dejo caer en el pasto y se agarró la cabeza.

—El miedo nos mantuvo ocultos, no nacimos para ser ladrones.

—Sé que la policía nos buscó, mi amiga Ana  corrió la voz que nos habíamos fugado fuera del país, pero la realidad era otra, yo vivía en la costa  sur, en un pueblo  chico que ni siquiera se le puede  llamar pueblo, viviendo de la caza y de la pesca, por así decir… y de vos no sabía nada.

—¿Y ahora que vas a hacer?

—Entregarte tu parte del botín y regresar al pueblito costero.

Me miraste hondo, después de varios años, todavía existía entre los dos esa química que nos estremecía de solo mirarnos a los ojos.

—¿Qué hacemos, bajamos al sur o subimos a Salta, pero juntos?—preguntaste.

—Tiramos una moneda, cara o cruz…

La suerte dijo Salta.

 


miércoles

La del espejo.


 

 

 

El espejo reflejó su imagen, se miró largamente, como quien busca en un viejo cajón, algún tesoro olvidado, que lo rescate del aburrimiento.

Le sorprendió la sonrisa de la mujer en el cristal y sus ojos pequeños, era ella y a la vez era otra. ¿Y la que yo tengo en mi mente dónde está? Preguntó.

La mujer del espejo, se llevó la mano al rostro y arrancó una máscara. Nuevamente era su imagen, pero  de hace varios años atrás, menos arrugas, las primeras canas se asomaban curiosas, no es la que recuerdo, le dijo.

La imagen repitió el gesto y volvió a quitar otra máscara. Apareció una mujer de pelo oscuro y sin tintes, el ovalo de su rostro era otro, la piel fresca, sin embargo no era la que ella esperaba.

Realizó un movimiento negativo  y la mujer del espejo quedó pensativa, de pronto sonrió y renovó el gesto anterior. Un juego de colores como un calidoscopio apareció en el espejo, ella dio un paso atrás y ante su asombro, apareció la que ella recordaba.

La que creía que la vida era un juego y que recorría el patio a los saltos en un solo pie, la que le contaba sueños a la luna, para que  los hiciera realidad, aquella a las que las mariposas le caminaban por la mano, la que imaginaba que el fondo de su casa era una selva y los conejos leones y los gorriones,  cóndores al acecho. La del flequillo y la melena corta, la de los ojos grandes y los dientes torcidos. ¿Dónde estás?, le preguntó. No respondió, pero antes de esfumarse como una voluta de humo, sonrió fresca y feliz y la señaló.



Cuento  corregido y reeditado.


Cosas de la vida y el amor.

Pintura de  Natasha Milashevich 

 


En la casa de la abuela, el alboroto había comenzado con la visita de una señora desconocida. 

Yo atendí la puerta. 

—Abuela, hay una señora que te busca, dice llamarse María Elisa…

La abuela me incrustó  una mirada que me sacudió,  por unos instantes quedó rígida, luego se puso roja.

—Repetí el nombre —exclamó, como si yo tuviera la culpa de algo.

—María Elisa.

Dejó el pincel y sin quitarse el delantal manchado de pintura, fue directo a la puerta, conocía muy bien a mi abuela y supe que la impulsaba una furia loca, capaz de quitar a empellones a quien se colocara en su camino. La seguí. Sin que me viera y traté de escuchar la conversación, fue imposible, La abuela Betina hablaba muy rápido y entrecortado  y la otra mujer;  muy bajo. La abuela la hizo pasar. Entraron y cerraron la puerta.

 

A partir de ese momento, y en los días siguientes, el ambiente  de la casa fue otro. El teléfono que sonaba continuamente, llamadas de larga distancia, discusiones, unos tíos protestaban, otros lloraban y la abuela discutiendo con todos sus hijos,  hasta que en un momento pareció cansarse y elevando la voz dijo:

—¡Es mi casa y es  mi decisión, basta! Él que quiere venir a verlo, viene y el que no, es dueño de hacer lo que le da la gana.

 

Acondicionaron una habitación con una cama ortopédica, quitaron muebles, cambiaron las cortinas grises por otras blancas. Yo no entendía nada y cuando preguntaba que estaba sucediendo me mandaban a callar.

Un martes por la tarde se detuvo una ambulancia en la puerta de calle, bajaron una camilla con un hombre y lo llevaron al cuarto remozado. Luego me enteré que era mi abuelo Ignacio, él que yo creía muerto. Yo me había hecho la película de su muerte al ver que no lo nombraban, ni una fotografía suya  circulaba por los  cajones de los añejos muebles de la casa.

El esposo pródigo había regresado al hogar. ¿Qué había sucedido en todos estos años en los que crecí sin saber de él?

 

Todas las mañanas llegaba María Elisa, ayudaba a Betina a curar al abuelo, preparaba su comida y luego se iba. La casa era un  ir y venir de hijos, nueras  y yernos, susurros, conversaciones en voz baja y yo sin entender nada.

 

Una de mis primas, con algunos años más,  me aclaró la situación:

“El abuelo había abandonado a Betina, hacía   quince años. Se enamoró de María Elisa, perdió la cabeza y se fue con ella a vivir a Viedma. Los primeros tiempos creímos que la abuela se iba a morir de tristeza, pero salió adelante con ayuda de una psicóloga, fue aceptando la realidad; el abuelo Ignacio se había enamorado  de otra mujer y contra eso no hay nada que hacerle. Ahora está enfermo, ha sido  operado varias veces, pero no hay cura. Está en su fase terminal, se muere y quiere hacerlo entre sus hijos.

María Elisa vino a pedirle a la abuela, que lo dejara cumplir su última voluntad. Al principio Betina no quería saber nada, fue a verlo al hospital para cantarle unas cuantas, pero al verlo tan mal, no se animó y aceptó que se quedara en la casa. María Elisa no lo quería dejar, venía y ayudaba a la abuela, así que ahora tenemos un abuelo con dos mujeres”.

Esto último lo dijo riendo, a mi no me causó gracia.

 

Cuando el abuelo Ignacio murió, vi algo que me hizo crecer de golpe, mi abuela y María Elisa se abrazaron llorando como dos criaturas. Al principio no pude entender, luego,  intuí que las dos lo habían amado mucho y  olvidaron los celos, las angustias, eran dos mujeres a las que se les había muerto el corazón y un tiempo de vida.

Cosas de la vida y del amor.

 

 

 

jueves

Una desconocida. 6º y 7º Final.


 

  y 7º parte. Final.

 

La mañana siguiente, Garmendia se despertó pensando en Ariel. ¿Qué ocultaba?

¿Puede ser que en un matrimonio de veinte años, él nunca haya descubierto los enredos amorosos de su mujer? Le costaba creerlo. O era un crédulo inocente, o era un boludo.

Fue de nuevo a la casa de modas, pero antes le aviso a Carla de su visita, ella no podía ocultar el fastidio que la presencia del detective le producía, y Garmendia que no era tonto ya lo había descubierto.

Dejó su coche en un estacionamiento, caminó las dos cuadras que lo separaban de la casa de modas.  Al pasar por el salón de ventas, notó que las empleadas lo observaban curiosas, se acercó  y se presentó, conversó con ellas e hizo algunas preguntas y luego subió a ver a Carla, ella lo hizo pasar a una pequeña oficina, un joven trabajaba en una computadora, Carla le pidió que se retirara.

Tomaron asiento.

—¿Señora usted conocía la relación de Laura con  Sergio Sandoval?

Ella  quedó en silencio,  luego titubeo, estuvo a punto de negarlo y al fin dijo:

—Si, lo sabía.

—¿Y de los otros amoríos?

Carla enrojeció, nuevamente dudo, pero comprendió que le convenía decir la verdad:

—A ella le gustaba contar sobre sus romances, todas las empleadas sabían esas historias, era mala persona, yo no los conocía por nombre, eran tipos que a veces la venían a buscar y los veía salir con ella, pero no los reconocería si los encontrara nuevamente, muchas veces me encontré en un dilema  con Ariel, él venía a buscarla y ella ya se había retirado con uno de esos fulanos…

—Sin quererlo usted era su cómplice…

—Lo sé, pero qué podía hacer, el negocio funcionaba por ella y su relación con  gente  de la alta sociedad era  nuestra salvación, ella resultaba nuestra mejor vendedora, todos la admiraban, hombres y mujeres, ella decía: este vestido te queda bien y las clientas aceptaban sus palabras. Pero en su vida privada, no tenía escrúpulos, Ariel nunca la conoció en verdad, él vivía para  su trabajo  en el hospital…y como todos; adoraba a Laura… ella usaba máscaras que muy pocos conocían.

—Su discurso de hoy es diferente a lo que me dijo el otro día, ¿es porque no está su marido presente?

Nuevamente enrojeció, apretó los labios con fastidio:

—Él como todos la adoraba. Ella era especial, no sé cómo definirla, hablaba, se movía  y todo era perfecto, ¿quién no se iba a deslumbrar con una mujer así..?

—¡Usted!

—A mi no me convencía ni me manipulaba, tal vez al principio de nuestra sociedad me convencía fácilmente, pero luego, cuando descubrí su personalidad, su juego, comencé a odiarla, hablábamos lo necesario, éramos amables delante de las clientas, pero al quedar a solas, evitaba  conversar con ella.

—¿La odiaba, como para matarla?

—Basta detective, tengo mucho trabajo y usted me saca de mis casillas con sus preguntas.

Garmendia comprendió que Carla estaba muy nerviosa e intuyó era mejor retirarse.

Entró a un barcito a tomar un café. Al rato, el marido de Carla con un hombre joven, se sentaron cerca de la puerta, el muchacho,  era el mismo que atendía la computadora en la oficina de la socia de Laura. Hablaban y reían con mucha confianza, Garmendia no pudo evitarlo; se acercó a ellos.

—Hola, cómo están, ¿me invitan a un café?

Lo miraron sorprendidos. Sin esperar respuesta Garmendia tomó asiento.

Lucas y su acompañante estaban mudos, el joven intentaba sonreír, le resultaba difícil, el detective hizo un gesto al mozo, pidiendo otro  café, el suyo había quedado en su mesa y ya estaba frío.

—Espero no molestarlos…

—¿Qué busca? —la voz de Lucas sonó dura, no disimulaba el fastidio, Garmendia no hizo caso y preguntó:

—Quién es el muchacho, creo haberlo visto en la oficina de su esposa…

—Es mi hijo, trabaja en la empresa.

—¿Y se llama…?

El joven respondió:

—Soy Martín Foressi.

—Aja… usted conoció a la señora Laura.

Martín asintió con un gesto.

—¿ Qué me puede decir de ella?

Miró a su padre y titubeó al hablar, Garmendia notó que le temblaban las manos, el mozo sirvió el café.

—Nada especial, yo trabajaba en la oficina y ella estaba casi siempre en el salón, no hablábamos y sólo se acercaba para pedir alguna factura o un documento, no teníamos demasiado trato.

—Sin embargo me dijeron que eran muy buenos amigos.

—¿Quién dijo eso? La gente habla de lo que no sabe, y solo  imagina —dijo Lucas, enrojeció y su voz sonó furiosa.

—No se moleste señor Foressi, mi obligación es preguntar a todos los que conocieron a la señora y aclarar su muerte —dirigiéndose a Martín, prosiguió— Ustedes acostumbraban a salir algunos viernes a tomar algo, ¿verdad?

—Bueno… si, pero eso qué tiene de malo, era mi jefa y yo el hijo de su socia —pareció envalentonarse— nunca invité a las empleadas, tal vez por eso hablan de más.

—Perdón… yo no nombre a ninguna empleada,  ¿por qué supone que fueron ellas?

—Porque las conozco, en especial a  Martina, confundió mi amabilidad con interés personal…

—Mire que casualidad, no fueron las empleadas y si hubieran sido, si usted no tiene nada que ocultar, no debería molestarse. ¿Por qué omitió su acercamiento con la socia de su madre?

—No me pareció importante.

El detective bebió el último sorbo de café y dijo:

—Estamos tratando de aclarar un crimen y todo es importante,  es un crimen donde todos y cada uno oculta algo.

Garmendia se puso de pie, saludo con un gesto y se fue.

 

Era casi medio día, regresó a la casa de modas, entró y preguntó por Martina, una de las empleadas le dijo que había ido a almorzar, le dio la dirección y decidió ir caminando.

La reconoció, era la misma que le había pasado el dato de las salidas de Martín y Laura. Martina almorzaba sola, se acercó y sin pedir permiso se sentó frente a ella. La joven lo miraba perpleja, era hermosa, su cabello oscuro hacía resaltar sus ojos claros, vestía con elegancia, era lo que se dice una mujer fina.

—Hola Martina.

—¿Qué sucede?

—Nada, usted sabe, estoy investigando la muerte de la señora Laura,  necesito hacerle algunas preguntas, ¿me permite?

—Si —respondió casi en un susurro.

—¿Martín Foressi y usted tuvieron alguna relación?

—Si, salimos durante casi un año, luego, me dijo que no sentía nada por mí y sin otra explicación; me plantó.

—¿Fue la señora Laura el motivo del abandono?

—No lo sé con seguridad, pero sospecho que si, los vi salir varias veces y después ella contó a una de mis compañeras que se habían ido juntos a Carilo a pasar un fin de semana —Martina retiró el plato que apenas había tocado— .Es así la vida, ella era muy atractiva y según escuché decir al señor Lucas; una amante muy ardiente.

—Quiere decir que no tenía perjuicios, se acostaba con los dos, con el  padre y el hijo…

—Así parece.

Garmendia le dio una ojeada al plato de comida y le dijo;

—Lamentó haberle quitado el apetito, pero, por  un tipo como Martín, no vale la pena perder un almuerzo ¿No le parece?

Le respondió con una sonrisa triste, Garmendia se fue pensando que debía hablar con Ariel.

 

No había almorzado y su estómago le estaba pasando factura, estacionó frente al hospital donde trabajaba Ariel.

Se detuvo frente a un carrito de Perritos calientes y pidió uno.

 

Encontró a Ariel a punto de salir. Caminaron por el amplió parque que rodeaba el hospital.

—Cada nueva investigación encuentro un nuevo amante de la señora Laura.

Montillo no respondió, Garmendia siguió hablando.

—No puedo creer que usted no se diera cuenta de que lo engañaba tan vilmente…

—Yo tampoco,  no puedo dormir, desde que encontré las cartas, mi vida es un drama, hasta he tenido problemas en el trabajo —se detuvo y miró al detective a los ojos— usted debe pensar que le estoy mintiendo o que soy un boludo, yo me lo digo a cada rato, le juro que sueño que la ahogo entre mis manos, me despierto llorando y empapado en transpiración y ya no logro volver a dormirme.  

—Va a tener que buscar una ayuda psicológica.

Garmendia le fue explicando los datos que había recogido en la casa de modas, Montillo lo escuchaba, pero parecía muy lejos de allí.

Al fin le dijo:

—Ya pedí licencia en el hospital, no puedo trabajar así, no sé que voy a hacer, seguramente esperaré que el caso se resuelva y luego veré que hago con mi vida, discúlpeme, ahora lo dejo, tengo pacientes en mi consultorio y no me gusta llegar tarde.

Garmendia lo miró alejarse, desde la primera vez que lo vio, había cambiado, se lo veía depresivo, sin ganas de vivir,  que extraño personaje resultaba Ariel Montillo.

 

Al día siguiente visito a Sandoval tratando de que el editor le diera alguna pista sobre los amores de Laura, alguno de ellos podía ser conocido o tal vez Sandoval recordará el nombre o datos de ellos. La conversación  fue inútil,  lo único que recordaba, y según Laura, sus amoríos eran chicos jóvenes, para viejos ya lo tenía a él y a su esposo, solía decirle.

 

Centró su investigación en la casa de modas, su olfato le decía que allí estaba  la trama principal del crimen.

Llamó a Molinari, un detective  retirado, que aparte de ser su amigo y sabueso impecable, sabía muy bien su oficio y comenzó a buscar datos.

¿Quién había alterado los frenos? Cualquiera que entendiera algo de motores, pero había sido un trabajo muy fino, que solo pudo notarlo un especialista policial.

Carla  Zurriaga: desde la adolescencia, su trabajo, fue siempre la moda y diseños, nada que ver con motores. Su hijo Martín estudiaba abogacía y llevaba su coche a un taller cercano a la casa de modas. Molinari habló con los mecánicos y  no saco nada en limpio, sólo que Martín era poco amable y muy soberbio con el personal del taller, a ninguno le caía bien, por lógica, no se iban  a involucrar en semejante  compromiso de alterar los frenos de un coche, para hacerle un favor al joven.

Molinari nada dejaba en el aire, alterar los frenos de un coche no se podía hacer en la calle, llamaría la atención de muchas personas, pero si se podía hacer en un parking.

Laura Estrada dejaba su coche en el estacionamiento cercano a su trabajo y muchas veces cuando regresaban  de hacer compras, Lucas  se encargaba de llevar el coche al garaje. Uno de los empleados declaró que unas semanas atrás, lo vio dejar el auto, levantar el capot y quedarse allí, el cuidador se acercó pensando que necesitaba ayuda y fue despedido por Lucas de manera grosera, el joven no le dio importancia y no lo comentó con su jefe.

Molinari siguió investigando. Era su tarea hurgar en el pasado de los sospechosos, hasta ese momento nada había encontrado. Fue más fondo, recorrió el barrio en  que Lucas nació y vivió hasta su juventud. De adolescente  había trabajado en el taller de un famoso corredor de autos, que lo habían despedido  por robo de repuestos y herramientas.

Eran demasiadas coincidencias para dejarlas pasar.

Lucas Foressi  fue citado a la dependencia policial, una vez allí, la soberbia de la que se jactaba; desapareció. Con la declaración del empleado del parking, no encontró una explicación lógica, dijo que el coche perdía agua y pretendía  arreglarlo. No le creyeron, la presión de Garmendia y Molinari lo puso muy nervioso y comprendió que le convenía hacer silencio, pidió por su abogado y por su esposa. Carla llegó primero que el abogado y el viejo truco policial de poner a los sospechosos en oficinas separadas tuvo sus frutos. Carla dijo no saber nada del romance de su esposo con Laura y que  desconocía las escapadas de Laura y Martín.  Se la vio tan sorprendida que casi, le creyeron.

—Sin embargo, su esposo ha dicho que la idea de alterar los frenos del coche de su socia, fue suya —.Dijo Molinari, mirando muy serio a Carla.

—Eso es mentira, me quieren embaucar para que yo diga lo que ustedes quieren oír.

Se cruzó de brazos y quedó muda, era muy inteligente. Molinari fue a la oficina en que Lucas Foressi esperaba a su abogado.

Ante Foressi, El detective  cambió el discurso, dijo que Carla lo acusaba a él, de ser el ideólogo de  alterar los frenos.

Pero la sorpresa fue que Foressi, se alteró al escuchar que su esposa lo culpaba, la seriedad de Molinari,  fue la presión que dejó a Lucas, al borde de un ataque de nervios, perdió los estribos e involucro a su esposa, dijo que  ella había sido la cabeza pensante  del crimen y Lucas la mano que lo consumo. Los motivos no fueron solo las trampas amorosas que Laura le gastaba a su socia, sino que Carla descubrió que la cuenta en dólares, que ambas tenían en Uruguay había sido vaciada. Y por lo que Carla Zurriaga manifestó el monto era elevado.

Cuando encaró a su socia, ella lo negó, pero al fin, Laura aceptó haber vaciado la cuenta y sin darle una explicación, se encogió de hombros y se retiró. La furia de Carla al declarar lo sucedido todavía se notaba en sus puños crispados y la ira de su voz.

 

Una vez que Carla y Lucas, fueron acusados, la declaración del motivo, sorprendió a Garmendia; celos y robo. Que poco vale una vida para dos asesinos. La íntima relación de Martín y Laura, hizo que la madre  explotara de furia y celos contra su socia y que el padre no soportará verse desplazado por un hombre joven, aunque ese hombre fuera su hijo y si a eso le agregamos la defraudación del depósito en un banco  de Uruguay, el círculo cerraba solito.

Sin embargo algo quedó sin resolver. ¿Dónde quedó el dinero que desfalcó Laura?   

 

Sandoval siguió su vida como pudo, añorando a Laura y envejeciendo de dolor. Según Garmendia fue el único hombre que amó a Laura, como era, sin máscaras de esposa amable, ni gentil amante, sabiendo de sus engaños y deslices, todo lo perdonaba con tal de tenerla cerca.

 

Ariel Montillo  se fue del país en búsqueda de paz y a diferencia de Sandoval, se negaba hablar de su ex mujer, ni siquiera nombrarla. Tal vez con los años y lejos de los lugares que se la recordaran, volvería a ser feliz.

Laura Estrada fue un ser que arrasó con la vida y la felicidad de muchas personas, tal vez ella, haya logrado algunos momentos de dicha y placer, pero en su camino destruyó más, de lo que consiguió.

 

Un año después.

Sorprendió a Garmendia  una noticia, esas que suelen darse sin que se las busque.

Fue Molinari el que trajo un recorte del diario El País de España; “El Médico y empresario argentino don Ariel  Montillo declaró inaugurada en Madrid, la clínica  que se dedicara a Cirugía  Estética, actualizada con nuevas tendencias y procedimientos de alta  tecnología”

La nota seguía y explicaba los modernos métodos traídos desde los EEUU.

Garmendia y Molinari se miraron, sin palabras el detective rompió la hoja del diario y dijo:

—Parece que alguien encontró el famoso depósito de la cuenta uruguaya, así que el señor Montillo no era tan tonto como parecía…

_Tal vez se cansó de ser tonto…  y es lógico, por herencia de su esposa le corresponde ese dinero,  la socia esta presa por quién sabe cuantos años,  el señor Montillo se vengó de  los que se rieron de él por  décadas... vamos Garmendia, olvidemos todo,  creo que ya es hora de ir por una cerveza, yo invito…


 

martes

Una desconocida 3, 4 y 5 parte.


 

3º parte.

Salcedo cambio el gesto amable y la palidez se fue adueñando de su cara. Ariel dio vueltas por la oficina, buscaba las mejores palabras y no las encontraba, Sergio estaba mudo, se lo veía demacrado.

—Me enteré de lo de ustedes por casualidad, Laura falleció hace una semana en un accidente automovilístico.

—Lo sé. —dijo Sergio con un hilo de voz, ya no era el hombre seguro  que lo había recibido minutos antes. Ariel se sorprendió de que estuviera enterado.

—Carla la amiga de Laura me aviso, creí que me moría con la noticia.

La amiga sabía de su engaño y ¿cuántos más?  Guardó silencio. Seguramente el esposo de Carla también estaba enterado, que papel de cornudo consciente era el suyo.

—Usted se moría, vos te morías —lo tuteó— ¿y yo qué…?  Saber que mi esposa me engaño durante más de veinte años.

—Es que nos amábamos, yo la amaba con locura, no sé si ella me amó de la misma forma, con la misma intensidad que yo lo hice.

Sergio apoyó los codos  en el escritorio, y se sostuvo la cabeza entre las manos, ocultando la cara.

Ariel se acercó y con rabia le dijo:

—¿Por qué mantener una relación  clandestina si de verdad se amaban? Separarse hubiera sido mejor para todos, y no jugar al gato y al ratón enamorado durante tanto tiempo, yo me siento estafado. 

—Mi esposa no me daba el divorcio y Laura no quiso separarse.

—Si me hubiera hablado con sinceridad, diciendo  que amaba a otro… con todo el dolor del alma… me separaba, la dejaba en libertad.

—Era ella la que no quería separarse,  le dije que yo la amaba con locura, pero nunca supe si ella me amó igual.

Ariel quedó sorprendido.

—Qué querés decir, ¿qué me amaba a mí y se acostaba con vos? —No pudo contener la risa—.Por favor… de que me querés convencer: ¡Que vos eras un amante perfecto y yo un papa frita!

—No dije eso, creo que te amaba y que yo era un pasatiempo.

—¡¡Un pasatiempo que duro veinte años!! No lo creo.

Se abrió la puerta y apareció el secretario con una bandeja de café.

Ariel volvió a sentarse y con voz dolida dijo:

—Me parece que vos y yo, fuimos dos marionetas en manos de Laura.

—Yo estoy seguro de que lo fui. Mi esposa no me daba el divorcio, pero me abandono, mis hijos me hicieron a un lado, solo me vienen a ver cuando necesitan plata y ahora con la muerte de Laura, he perdido todo, hasta  las ganas de vivir.

Sergio se recostó en su silla y miró a Ariel a los ojos y le dijo:

—Perdón. Lo que al principio me resultó un placer y una forma de colmar mi vida de felicidad, con los años se transformo en una desesperación por verla, por escucharla, a veces la llamaba a cualquier hora del día, de la noche…últimamente estaba enloqueciendo.

—¿Así que la llamabas de noche? Varias veces la descubrí  hablando en la madrugada, y ella me decía que era su psicólogo, me pareció una locura llamar a un profesional a esa hora, pero, lo creí… que iluso he sido…

En ese momento  el celular de Ariel, lo interrumpió. Atendió. Escuchaba en silencio, los colores se agolpaban en su cara, sólo dijo:

—Está bien, voy para allá.

—¿Alguna mala noticia? —dijo Sergio al ver su cara.

—El detective Garmendia me dice que el accidente de Laura fue provocado.

—¿Qué?

Ariel se levantó para irse y dijo:

—Seguiremos la conversación otro día.

—¿Puedo acompañarte? 

—No, sólo una pregunta más: ¿Por qué en el inició del romance se comunicaban por carta?

—Capricho romántico de Laura, decía que era más emocionante esperar cada correo...

Ariel movió la cabeza, nunca hubiera pensado que su esposa era romántica.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             

Salió apurado y dejando  a Salcedo con una cara de estupor y angustia que lo demacraba más aún, pero no le importó. Presentía un nuevo problema. Iría primero a su casa y luego al departamento de policía.

 



4º Parte

Lo que menos esperaba era encontrar al detective Garmendia esperándolo  en la puerta de su casa. Al verlo llegar, el detective bajo de su coche, se acercó y extendió la mano.

—¿Qué tal Montillo?

—Bien Detective ¿Qué novedades tiene?

Al ver que Ariel, quedaba frente a él, sin intención de hacerlo pasar a su casa, le dijo:

—Que le parece si me invita con un café, y mientras le cuento las últimas noticias…

Entraron. Garmendia miró detalle por detalle la sala. Ariel le dijo:

—Vamos a la cocina, que le preparó el café… ¿Qué sucedió con el coche de Laura?

—Encontramos que los frenos fueron manipulados, la manguera tenía un corte provocado, no fue casual, alguien quería ver muerta a su esposa.

Ariel sirvió el café, no sentía furia, ni pena, era como estar hablando de una desconocida, se sentó  y quedó mirando al detective, esperando sus palabras. Sólo dijo:

—¿Quién y por qué?

—Eso es lo que vamos a averiguar. Por ahora, le voy a pedir nombres y direcciones de la gente con la que se conectaba la señora Laura, dígame; ¿tenía enemigos?

—No, que yo sepa…

Garmendia quedó en silencio, bebía su café despacio, saboreando cada sorbo.

—Montillo, piense, su esposa se dedicaba a la moda, en su negocio puede que  hubiera competencia, deudas, venganzas… algo que ella haya comentado y que usted no le dio importancia en su momento…

Ariel movía la cabeza negando, volvieron a su mente las palabras de Sergio: “Yo la amaba con locura, ella no” ¿Habrá sido él? No se animaba a contarle la historia al detective, también podía creer que él era un marido celoso y un sospechoso.

—¿En qué piensa Montillo? Desembuche, que en estos casos el primer sospechoso es el marido.

Comprendió que era mejor decir la verdad, volvió a servir café y le relató paso a paso la odisea de encontrar las cartas y conocer a Sergio Sandoval. Garmendia no parecía sorprendido, Ariel se lo comentó:

—No Montillo, ya nada de estas cosas me sorprende, son muchos los inocentes personajes, en apariencias,  que los policías encontramos en nuestro rodar buscando aclarar crímenes,  su esposa no es un caso único, lo debe ser para usted que no sabía nada del engaño, pero a mí, me resulta un caso más.

Garmendia se puso de pie y le dijo:

—Necesito nombres y direcciones de ese tal Sergio y de los integrantes de la empresa de modas.

—Le doy la dirección de la casa de modas, allí puede pedir la información que necesite, y de Sandoval, ya le doy los detalles.

 

Carla Zurriaga era la socia de Laura, lo recibió muy amablemente  y  a poco de estar hablando entró un tipo muy elegante, que se detuvo sorprendido al ver al detective.

—Perdón, no sabía que estabas ocupada.

—Adelante, es Lucas, mi esposo, Lucas Foressi —le dijo  Carla a Garmendia.

El detective se puso de pie para estrechar la mano del recién llegado y le dijo:

—Es bueno que si los dos conocieron  a la señora Laura y trabajaron con ella, me puedan dar datos que  aclare su muerte, el accidente no fue casual, fue provocado, alguien alteró los frenos.

Carla y su esposo abrieron los ojos, fingido o natural; demostraron sorpresa, ella comentó.

—Pero, quién pudo hacer algo así, Laura era una persona muy estimada…

Lucas tomó asiento a un costado de Garmendia y este le dijo:

—Siéntese frente a mí, me gusta verle la cara a la gente cuando hablo con ella.

Lucas cambió de lugar, se lo advertía nervioso. Garmendia lo notó y no dejaba de observarlo, él preguntaba  y siempre era Carla la que respondía, según ella Laura fue buena persona, generosa y jamás hubo discusiones por dinero, ni por las clientas. Garmendia viendo a Lucas callado le preguntó:

—Y usted qué opina ¿Qué le parecía Laura?

 

Lucas abrió la boca para decir algo pero fue Carla la que respondió:

—Mi esposo no estaba en todo el día en el negocio, él se ocupa de la contaduría, del personal, de las compras de telas y accesorios y a veces del mantenimiento del salón.

—Señora le estoy preguntando a él…

Las palabras de Garmendia sonaron lentas y mordaces. Lucas carraspeó y dijo:

—La veía por la mañana, luego me ocupaba de ir al banco, y los tramites que hiciera falta, a veces íbamos juntos a Once a comprar telas y  me resultaba una mujer atenta y siempre amable, no sé qué más decirle.

—Usted era el contador de la empresa, ¿nunca hubo discusiones por falta de dinero o alguna compra que realizó y la señora no estuvo conforme?

—No. Ya le dije, las compras en la mayoría de las veces las hacíamos juntos.

—¿Y quién se relacionaba con la clientela?

—Las dos —respondió Carla— había clientas que preferían que ella las atendiera, otras me querían a mí, nos repartíamos  ese trabajo.

Garmendia se puso de pie.

—Bueno parece que por aquí todo ha funcionado bien, tal vez regrese en unos días.

Saludó y se fue, no sin antes darse cuenta de la cara de alivio que pusieron los dos al darle la mano y saludarlo.

 

Llegó a Pilar cerca de las tres de la tarde, Sergio lo esperaba en el salón de entrada de la editorial, se saludaron y fueron directo a la oficina de Salcedo.

Garmendia no necesito hacer preguntas, Sergio fue soltando toda su vida con Laura,  la había amado con locura y la seguía amando a pesar de haberla perdido, con lágrimas le relató su desesperación, al enterarse por Carla, de la muerte de su querida.

Entre las confesiones dijo algo que sorprendió al detective: “En tantos años de amantes, nunca  se había dado cuenta de que Laura tenía  otros amoríos, de corto tiempo,  pero engaños al fin. Hoy al  recordarlos seguían doliendo como fue en su momento. Siempre la perdono por miedo  de perderla, pero últimamente, ella lo estaba dejando de lado, sabía que cuando eso pasaba… alguien  la estaba robando y descubrió que debía ser muy importante para ella, esta vez estaba verdaderamente enamorada.”

 

Mientras regresaba por la Panamericana no dejaba de pensar en Salcedo, sabía que ella lo engañaba y continuaba la relación. ¿Y el esposo, puede ser que nunca se dio cuenta que ella le era infiel? Tal vez si lo sabía, y fingía ¿Habrá sido Sandoval quién provocó el accidente para librarse al fin de Laura?

Qué tontos podemos ser los hombres cuando nos enamoramos, dijo mirando la ruta  y recordando sus locuras por amor.

Mientras manejaba razonaba:

Carla debía saber de las andanzas de  su socia, si ella le avisó a Sergio del accidente, significaba que sabía de su existencia y  celular y seguro conocía los otros amores de Laura. ¿Por qué no le había hablado del tema?

El caso de Laura Estrada ya lo estaba mareando, todos ocultaban algo…

 

Continuará…

El estanque.

"El estanque de los nenúfares", Claude Monet. Mi hermana Lili decía que en el fondo del estaque, jugaban  ángeles, algunos  blanco...