martes

Con poco y nada.

 

He vuelto a pasar por la casa de la calle Machain, aquella de mi infancia. Está transformada. Más moderna, otro color, sus líneas cambiaron, la reja del balcón desapareció, era mi puerta de escape a la calle para ir a jugar mientras las tías dormían la siesta, tiempos en que los chicos corríamos por esas veredas de baldosas con vainillas, dibujando rayuelas, sin celulares, ni las Tablet actuales.

Recuerdo que por las noches, trepaba la escalera que daba a la terraza, me sentaba en el último escalón, escuchaba las voces de los tíos, subiendo y bajando sobre las macetas del patio, hablaban de futbol, carreras y la fija del domingo que casi nunca se realizaba.   

Yo miraba el barrio, las ventanas a lo lejos se vestían de un color amarillo en la oscuridad y desde esa altura parecían brillar, la lámpara de la esquina colgaba de un poste inclinado y se hamacaba con el viento, la luz y la sombra jugaban dibujando fantasmas bailando en la calle, el grito de la tía Juana me sacaba de mi ensueño: ¡A dormir…!

Aquella casa chorizo quedó en mi memoria sin olvido, un pasillo, el patio de enormes macetas con helechos y begonias verdes como un jardín entre cemento, las habitaciones de techos altos y puertas con persianas, todo cambió, como cambia el mundo, como he cambiado yo.

A veces me pregunto si aquella casa habrá sido así como recuerdo, tan cargada de felicidad o mi imaginación la eleva a una perfección que no era tal, son simulacros de mi memoria que extraña esa niñez sin preocupaciones, donde era feliz con poco y nada.

 




lunes

Misterios humanos.


 

Miré la hoja de hierba y me acordé de Whitman, filósofo y viejo sabio, cada frase de él lleva a la meditación; “No dejes de pensar que las palabras y la poesía pueden cambiar el mundo”

¿Puede el hombre cambiar el mundo?

Si quisiera, sí. Pero los intereses de unos son más fuertes que los sueños de libertad y paz de otros.

La naturaleza toda es bella, cada flor nace sin pretensiones, embellece cumple su ciclo y se va, deja el recuerdo y su imagen en la memoria. Nos deslumbra, color y tersura son la muestra de que es única. Nada se le parece ni otra flor de la misma especie; es perfecta. No tiene inteligencia ni razonamiento, solo cumple su tiempo.

El ser humano nace inteligente, único y casi perfecto. luego la vida con manos invisibles va sembrando virtudes… o sombras. A veces por el contrario ambas habitan juntas.

Intentando entender el porqué de las guerras y la maldad, terminé perdida en un laberinto que no me llevó a ningún lado, solo me quedó claro que mi razonamiento es muy humilde para embarcarse en tanta filosofía.

Y, sin embargo, el mismo ser humano: que descubre, perfecciona formas de hacer la vida más cómoda; el que, tras estudios sistemáticos, logra curar enfermedades que antes lo llevaban a la muerte, es también quien por ambición y egoísmo destruye naciones e incendia la tierra.

Cuesta entender que un mismo ser salva vidas y crea guerras. Un humano que se deja caer en la oscuridad creyendo que es inmortal y solo es   un ser incapaz de salvarse por sí mismo.

El mayor de todos los misterios es el hombre

Sócrates.




 

 

Volvió una tarde.


 


 

Regresaste sin que nadie te hubiera llamado. Regresaste sola, como te fuiste. La verja semiabierta te estaba esperando, solo ella, los demás ya se habían ido.

¿Qué viniste a buscar? Te preguntan los rosales que han trepado hasta cubrir las ventanas. No los escuchás, pero ellos sí, oyen tus pasos, te observan. Desde el limonero te miran los azahares, los mismos que cada primavera prendías en tu pelo.

Recorrés el pasillo y la galería te abre los brazos, con sus viejos sillones de mimbre. Todo está igual, abandonado, pero igual, un velo de polvo cubre cada recuerdo, un viento desconocido surge desde el fondo del tiempo y gime, agita tu pelo y al cerrar los ojos, volvés a escuchar las voces lejanas que te hablan, te rodean los besos que no diste, los abrazos que negaste, el amor que dejaste arrumbado en un rincón. Cuantas cosas perdiste. ¿Habrá valido la pena?  Sólo vos, tenés la respuesta.

Abrís la puerta, suena a oxido la llave, huele a humedad y abandono la casa, te estremece el frío de años, que reina en los ambientes.

¿Por qué nos abandonaste Raquel? Te preguntan los fantasmas del ayer, que abren la puerta, te van empujando y te llevan sobre una alfombra de hojas acumuladas, y te dejan en la puerta de calle, y la verja se cierra y el sonido enmohecido de una llave invisible, te dice que ya, ya no volverás a entrar.

 


Reeditado.

domingo

Vida Nueva.


 


En el whasap entró un mensaje, era un comprobante de pago, su hija Carla había depositado los 20,000. - $ que cada mes le entregaba, mañana seguramente llegaría el otro comprobante de Nahuel, miró el día gris desde su ventanal, sus hijos aliviaban su conciencia con ese dinero, ella comprendía que vivían en la capital y ella en la provincia, pero al menos una llamada, sería más reconfortante que ese dinero.

La depresión de verse tan sola se adentraba en su vida, no quería enfermarse de soledad. A los sesenta y seis años Eliana era una mujer triste, por eso cuando su amiga Ana, le dijo:

—Debes invertir tu tiempo el algo que te guste y no te haga pensar siempre en tus hijos, un negocio por ejemplo… tal vez una casa de modas, tenés buen gusto y sabes de telas, aunque sea pequeña, vas a tener éxito y en el barrio no hay ninguna.

Primero pensó que Ana estaba loca con semejante propuesta, luego lo fue meditando hasta creer que no era tan descabellada la idea.

Una mañana se levantó decidida, salió a la calle caminó bajo una garúa fina sin importarle el viento que parecía frenarla, y fue al banco a pedir un crédito.

En pocos días la respuesta del banco fue afirmativa, y con los ahorros de varios años, la locura fue tomando forma.

Hay que estudiar qué calle con movimiento de gente te conviene, le dijo Ana, luego ver dónde comprar ropa de buen diseño y original. En pocos meses el local estaba en marcha.

Abrieron un sábado, Ana había cruzado invitaciones a medio barrio y fueron muchos los que participaron de la inauguración, Eliana irradiaba una felicidad que brillaba en sus ojos.

Comprendió que su amiga había tenido razón, ya no le inquietaba el abandono de sus hijos, algo diferente había en su vida y lograba que sus preocupaciones por ellos pasaran a segundo plano, ahora lo importante era ella y su negocio.

El comienzo fue lento, Ana era quien le daba ánimo en los días difíciles, los meses pasaron y fue ganado clientela por recomendaciones y por el trato amable.

Las noticias de que Eliana y su local de modas era un éxito llegó a sus hijos, siempre algún vecino o pariente cuenta cosas….

Viajaron inmediatamente. Eliana se sorprendió al verlos y ellos quedaron admirados, nunca hubieran creído a su madre tan emprendedora y creativa.

Mientras almorzaban en un restorán, Carla le dijo:

—Mamá vos sola no podés, necesitas que alguien administre tu negocio, yo sé del tema y puedo ocuparme.

—Yo puedo encargarme de la contaduría —exclamó Nahuel.

Eliana dejó los cubiertos al costado del plato, meditó las palabras de sus hijos, los miró y muy segura respondió:

—Les agradezco, durante años no se preocuparon por mí, calmaban su consciencia con una transferencia mensual que no alcanzaba para nada y ahora cuando ven que su madre tiene éxito con un pequeño proyecto los dos quieren una tajada de este, es cruel su proceder, si he llegado hasta aquí sola, seguiré sola.

Fue Nahuel quien dijo:

—Pero mamá no entendés, queremos verte crecer y ayudarte.

—No necesito crecer, estoy bien así, disfruto comprando telas, diseñando y viendo la cara de satisfacción de mis clientas, les agradezco, pero desde ya les digo que no.

Terminaron el almuerzo en silencio, al día siguiente los dos viajaron a la capital. Los primeros días Eliana estuvo triste, la duda daba vueltas en su cabeza: ¿había procedido bien? Fue su amiga Ana quien le dijo:

—No te preocupes, obraste correctamente, este negocio te cambió la vida, no puedes dejar que ellos te la arruinen, trabajaste sola y si te va bien es por el esfuerzo, tú esfuerzo...

Sonrieron entre lágrimas.

—Andá a maquillarte —dijo Ana— pronto llega una nueva clienta y con esa cara no le vendés ni un pañuelo…

 

 

 

 

viernes

¿Quién dijo asesinos?


 

Se conocieron  en  uno de los tantos lugares de citas que pululan por Internet, dudaban en verse, el miedo al desengaño, a no ser lo que esperaba el uno del otro los hacía prolongar el encuentro.

Él se llamaba Pedro, trabajaba como reportero en un diario y ella, Nene, empleada en una veterinaria.

A medida que chateaban, fueron surgiendo  dudas, él temía que fuera una   asesina en potencia, esas que él descubría a diario en las noticias policiales del periódico en que trabajaba. Ella reía ante sus temores y le decía: yo también leo muchas novelas de terror y sin embargo te imagino una buena persona, solo temo no ser tan bonita, como para despertar tu corazón.

Entre dudas e indecisiones pasaron tres meses. Concretaron al fin encontrarse el último viernes de marzo, en la  plaza San Martín, poblada de niños y cubierta de hojas otoñales. Se citaron a las cinco de la tarde y en el tercer banco de la izquierda. Ella llevaría un vestido rojo, y él, campera a cuadros y jean azul.

Él llegó temprano y se sentó a leer el diario, desde allí observaría la llegada de Nene. Sonrió al verla, era tal cual la había imaginado, treintañera, elegante y bonita, no se acercó, espero, a ver qué sucedía, notó, que al transcurrir el tiempo se iba poniendo nerviosa. Se sentaba en el banco, se levantaba, caminaba, era una pila de nervios moviéndose inquieta. No lograba disimular un temblor histérico, que Pedro notó con solo mirarla.

Ella creyó que él le había jugado una broma pesada. ¿Por qué no me llama? El celular de él estaba apagado. Espero hasta las 17:45 hs y  decidió irse. Abrió su bolso, buscó un espejo y el rouge, se retocó los labios y se dijo: otro fracaso, debí  de darme cuenta que era un tipo desconfiado, siempre hablando de mujeres que asesinan  a sus amantes. ¡Un estúpido!

Buscó en el fondo del bolso y sacó un pequeño frasco, le habló como a un amigo: mí querido deberás esperar a otro candidato, este nos engaño. La etiqueta decía: “Veneno”.

Pedro la contempló al irse, sonrió mientras  retiraba la navaja que escondía bajo su campera, la envolvió con el diario y dijo en voz baja: Era demasiado histérica,  ya encontraré otra mujercita más normal.

 



jueves

La chica del subte B


 

La chica del subte B

La pequeña tenía unos diez u once años, subía al subte B en la estación Medrano, sonreía con carita angelical vendiendo ramitos de flores, todos los días entonaba su cantito: “Flores, florcitas, para las chicas bonitas”. Era simpática, miraba a todos y seguía…

Un día al llegar a Malabia, no llevaba ramitos de flores, seguramente las había vendido, se sentó a mi lado y comenzó a hablar, tenía en los ojos y en la voz, la viveza de los chicos de la calle, que parecen no tener miedo a nada. Cada tanto se recostaba a mi lado como si estuviera cansada, me dijo que su mamá cosía ropa para los negocios de la calle Avellaneda, que sus dos hermanitos eran pequeños y llorones, y de cómo les costaba pagar el alquiler de la pieza en que vivián, no paraba de hablar, las palabras salían de su boca como mariposas abriéndose en primavera hasta que llegamos a la estación Echeverría, allí bajó.

Al llegar a Rosas, bajé, salí a la calle y fui a comprar unas golosinas, allí me di cuenta; no tenía la billetera que guardaba en el bolsillo de mi abrigo, primero me dio rabia, luego sonreí, la muy picara se recostaba con los vaivenes del vagón para sacarme la billetera, se llevó algo de dinero, no era mucho y rápidamente con el celular di de baja la tarjeta de débito, fue justo a tiempo, un rato más y hubiera vaciado mi cuenta.  

No la vi más en el subte B, pero la casualidad nos volvió a encontrar meses después, fue un domingo, necesitaba unos recibos, me acerqué hasta mi negocio, me reconoció, fui hasta ella; intentó bajar, la tomé del brazo y le dije:

—Es muy bueno que ayudes a tu mamá vendiendo flores, pero robar es muy feo, a tu mamá no le gustaría.

Se encogió de hombros y me respondió:

—Ella está presa, no se va a enterar.

Se abrieron las puertas del vagón y se alejó corriendo.

 


miércoles

La pintura

                                                                       Jan Griffier

copiado del blog.
https://angelesyrosas.blogspot.com/2026/06/arte-bajo-cero-durante-la-pequena-edad.html
 


No sé si los que leen esta historia la van a creer, ya que también a mí se me hace difícil de entender.

Todo comenzó un sábado, visitábamos con mi amiga Elvira, el Museo de Arte decorativo, mientras la guía nos conducía por los diferentes salones, yo me detuve frente a un cuadro que llamó mi atención por la realidad que expresaba. El autor Jan Griffier. La escena un grupo de personas caminando en una ciudad cubierta de hielo con un cielo oscuro que amenazaba tormenta, quedé abstraída mirando, la sensación que me invadió en ese momento fue de estar allí, patinando junto a esos niños y adultos a los que el frío no parecía afectarlos y disfrutaban de un día normal de paseo.

El río, estaba congelado, los árboles que rodeaban el paisaje eran fantasmas que extendían sus brazos al cielo. Toda la escena impresionaba por su realidad, los niños jugando, los mayores deslizándose por la piel del rio convertida en pista de patinaje y otros caminando y disfrutando el momento.

De pronto me vi allí, bajé la escalinata y comencé a deslizarme sobre el hielo con la mayor naturalidad, sin temor, nadie me prestaba atención, cada uno estaba en su mundo disfrutando y yo respiraba hondo tratando que el frío no me afectara. Me acerqué a un grupo de niños uno de ellos me tomó de la mano y me hizo girar, perdí estabilidad, caí sentada y resbalé sobre el hielo entre mi risa y la del pequeño.

Algo me arrancó de mi momento feliz.

Fue una voz; 

-Señora, no se aleje del grupo por favor. 

Era la guía del museo que desde una puerta me hacía señas. Tarde unos minutos en volver a la realidad. ¿Qué me había sucedido?

¿Había dejado volar mi imaginación a tal punto que me eleve a otro lugar?

¿O fue solo una ilusión?

No lo supe a ciencia cierta, me alejé unos pasos, volví a mirar la pintura, y ya no era un cuadro, era una realidad, había estado allí, estaba segura, pero ¿quién me iba a creer, si yo misma dudaba?

Mientras abandonaba el salón y las dudas me asaltaban creyendo que lo vivido había sido un delirio, sentí el frío húmedo de mi vestido en mi espalda, en mis piernas, la caída en el hielo había sido real, me convencí que no fue una alucinación, pero tampoco pude darle nombre a lo vivido.

 



Con poco y nada.

  He vuelto a pasar por la casa de la calle Machain, aquella de mi infancia. Está transformada. Más moderna, otro color, sus líneas cambiaro...