jueves

Volvió una tarde.


 

 

Regresaste sin que nadie te hubiera llamado. Regresaste sola, como te fuiste. La verja semiabierta te estaba esperando, solo ella, los demás ya se habían ido.

¿Qué viniste a buscar? Te preguntan los rosales que han trepado hasta cubrir las ventanas. No los escuchas, pero ellos sí, oyen tus pasos, te observan. Desde el limonero te miran los azahares, los mismos que cada primavera prendías en tu pelo.

Recorres el pasillo y la galería te abre los brazos, con sus viejos sillones de mimbre. Todo está igual, abandonado, pero igual, un velo de polvo cubre cada recuerdo, un viento desconocido surge desde el fondo del tiempo y solloza, agita tu pelo y al cerrar los ojos, escuchas voces lejanas que te hablan, te rodean los besos que no diste, los abrazos que negaste, el amor que dejaste arrumbado en un rincón. ¡Cuántas cosas perdiste! ¿Habrá valido la pena?  Sólo vos, tenés la respuesta.

Intentas abrís la puerta, la misma que golpeaste con rabia al irte, suena a oxido la llave, pero permanece cerrada.

¿Por qué nos abandonaste Raquel? Te preguntan los espectros del ayer, ellos abren la puerta y ella gime, te tiene lastima, los fantasmas no te perdonan, huele a humedad  la casa, te estremece el frío de años, que reina en los ambientes, ellos disfrutan tu angustia, no te quieren, te van empujando y te llevan sobre una alfombra de hojas acumuladas, quieren que te vayas, te obligan a cruzar nuevamente la puerta, esta vez se cierra sola y el sonido enmohecido de una llave invisible, te dice que ya, ya no volverás a entrar.

 

 

 

 

Vodka y cupido.




  

Dejó  atrás  el inquilinato y ese olor a humo tan peculiar de las paredes en los antiguos edificios. 

Solo, sin esperanzas, el alcohol era su único amigo.  Se ahogaba en las profundidades  de su sopor y olvidaba  aquel mundo ideal, que desbarrancó  por su  propia desidia.

Vino,  vodka, daba igual. Son amigos que  no  preguntan, y  a cambio,  regalan  horas de paz, donde  la mejor quimera se puede convertir en realidad.

Entró al  boliche con la garganta seca, buscando una mesa vacía donde anclar  su osamenta. El mozo ya lo conocía y entendió su gesto, le acercó una botella y un vaso.  Lo acompañaban las risas de esas máscaras humanas que se engañaban por una noche, creyendo que se puede ser feliz a través de un mundo irreal, que desaparece con el amanecer de un nuevo día.

Iba por el  tercer vaso cuando la vio. Conversaba con una amiga, apoyada en la barra. Ella lo miró  y él quedó  prendido de sus ojos claros. Era alta, morena,  llevaba un sello que la hacía diferente a las mujeres que acostumbraban entrar a ese  bar.  Lo atraía. Con paso inseguro se puso de pie y se acercó a ella.  La invitó a su mesa y la amiga con rudeza le sugirió que se alejara. La de los ojos claros lo agarró del brazo y lo acompañó. Se sentaron  y comenzaron a hablar, ella no bebía, él dejo a un lado la botella. Se  olvidaron de la amiga y de los que festejaban  el gozo de una noche de sábado. Le dijo su nombre: Sandra. Era hermosa,  su voz suave, lo serenaba. Reía de sus bromas, Santiago le fue contando su vida como quien deshila un tejido, ella lo escuchaba y sus ojos le ofrecían un manto de paz que lo hacía hablar lento y sin dejar de mirarla.  .

En un momento Sandra se puso de pie y le dijo: me voy. Buscó a su amiga y ya se había ido, seguramente cansada de esperar. La acompañó, caminaron por las calles húmedas de bruma. 

Prometieron verse al otro día. La esperaría  en la plaza, frente al bar. La luna fue centinela curiosa del beso más apasionado que él había recibido en su vida. Luego ella se perdió en la oscuridad, no  dejo que la acompañara, y él quedó de pie, con los ojos fijos en la calle vacía sin darse cuenta que el tiempo pasaba, la luz amarilla del amanecer lo trajo a la realidad, con el corazón apretado y deseando que ya fuera domingo por la tarde.

 

Llegó a la cita  antes de la hora. Dio  vueltas, yendo y viniendo.  Sandra no aparecía.

Tal vez algo le sucedió —se dijo— y  regresó al bar. Ocupó la misma mesa y esperó. No quiso beber. Las horas pasaban lentas, vio desfilar a la misma humanidad  de cada noche. Ya iban a cerrar cuando se acercó a la barra y preguntó al mozo, si conocía a la mujer que la noche anterior estuvo con él en la mesa: 

—La de los ojos claros y el pelo negro. ¿La recuerda?” 

—¿Anoche?  —Dijo el joven—  anoche no hubo nadie en su mesa, es más,  me llamó la atención verlo hablar solo, como si alguien lo acompañara…

Salió a la calle. ¡Maldita bebida! dijo entre dientes. Dirigió sus pasos hasta la plaza dónde se habían despedido la noche anterior, meditaba y hablaba en voz baja: ¿Cómo me puede suceder una cosa así, estaré loco?

De pronto la vio llegar.

Hoy no he bebido —se dijo— es ella…

Sandra se acercó, creía que iba a volverse loco, la emoción le humedecía los ojos.

—Perdón, he llegado tarde —dijo con un mohín de disculpa.

Santiago escuchó que su corazón latía como un viejo reloj.

La tomó de la mano y sin decir una palabra se fueron caminando, hasta perderse calle abajo.

Desde la última rama del viejo aromo de la plaza, un cupido travieso, guardaba sus flechas y disfrutaba mirándolos.

 

 

 

 Cuento corregido y reeditado 

miércoles

Adonis.

 

 

Vivo en el tercer piso de un viejo edificio de departamentos, frente a una plaza cuyo mayor encanto son sus estatuas.

Una en especial está frente a mi balcón, es un adonis tan bello que no me canso de observar su cuerpo tan bien torneado y si no fuera por el blanco del mármol pensaría que es humano.

No sólo yo lo admiro, cada tarde llega una joven, carpeta de dibujo y lápiz en mano. Puedo apreciar que es muy joven, no debe pasar los veinte años, lleva el pelo oscuro sujeto con una trenza  suelta en su espalda. Llega a esa hora de la siesta en que el sol se recuesta sobre los paraísos y les da un tono dorado a sus hojas y en la que nadie molesta su trabajo. Mira al adonis y dibuja, por momentos se detiene y parece hablarle, luego queda en silencio contemplándolo, la he bautizado “La enamorada”. Cuando comienzan a llegar los niños con sus bicicletas y pelotas; ella se va.

Cada tarde  repite la misma ceremonia, y yo dejo a un lado mi computadora para mirarlos, son un cuadro perfecto, que he admirado por meses.

Un sábado al abrir el ventanal,  el bello adonis no estaba. Salí del departamento y sin esperar el ascensor, bajé las escaleras corriendo, crucé la calle y lentamente me acerqué, no estaba, recorrí la plaza sin hallarlo, mi adonis admirado había desaparecido.

Esperé  por la tarde a “La enamorada”, tal vez ella supiera algo; no llegó.

Pregunté a los vecinos, al portero, nadie supo decirme algo, noté que me miraban burlones y no me entendían. ¿Qué importancia puede tener una estatua? Respondían, ya pondrán otra.

 

El lunes al alba, cuando el sol dibujaba con un pincel de luz la copa de los árboles, apareció el adonis. Bajé a la plaza para verlo mejor, no estaba solo, una bella mujer lo acompañaba, él la abrazaba y su cabeza se inclinaba para besarla. Eran hermosos, ella lucía una trenza que bajaba por su espalda y sujetaba en su mano derecha un lápiz y en la otra una carpeta de dibujo; no podía creelo, era  ella, “La enamorada”.

Quedé muda y sin poder quitar mis ojos de ellos, mi corazón latía y en mi espalda subía y bajaba  un frío estremecedor, no sé cuánto tiempo estuve allí, hasta que reaccioné y volví a mi departamento.

 

Nadie me cree, ni el portero, ni mi madre, que me sugirió ir a un psicólogo,  yo ignoro sus palabras y disfruto cada día al abrir la ventana y los veo tan bellos y enamorados, son el símbolo del amor.

 

Nuevo caso de Garmendia.


 

 

 

El inspector Garmendia entró en la casa, recorrió la planta baja, salió al pequeño parque, las luces con sensor de movimiento se encendieron y pudo apreciar; un limonero y algunas flores,  nada que llamara su atención.

Volvió a la vivienda, subió las escaleras y se encontró con un pasillo, varios dormitorios, al final un baño, una casa normal, al menos lo parecía, sin embargo había sucedido un crimen.

En una de las habitaciones, una joven, demasiado joven, pensó Garmendia, se estremecía entre sollozos entrecortados, Sánchez, la mujer policía trataba de calmarla con palabras suaves; pero había sido demasiado shockeante el momento vivido por la chica.

Haber  entrado al cuarto de su hermano y tropezar con su cuerpo  fue un momento difícil de superar para una joven ciega. Ella llamó al 911 y luego a sus  hermanos.

Garmendia no quiso preguntarle nada, hasta que se tranquilizara, se acercó al cuarto continuo, la policía científica todavía trabajaba en los detalles. El médico forense se acerco al inspector y le dijo:

—Cinco puñaladas, una sola mortal.

—¿Está el arma?

—No. Parece una daga de lamina aplanada… debe haber muerto entre las 18hs y 20hs, me voy, mañana te confirmo y paso el informe.

Garmendia levantó la sábana que cubría el cuerpo. Era joven, no tenía más de veinticinco años, de pie un muchacho de casi la misma edad  lo miraba, se parecían.

—¿El hermano? —preguntó Garmendia.

—Sí, soy Lucas Marines, nos aviso Clarita, mi hermano mayor y yo trabajamos en un local de antigüedades.

—¿Cómo maneja su hermana el celular?

—Está preparado para ella, tiene botones de memoria.

—¿El fallecido a que se dedicaba?

Pareció dudar al responder.

—Federico… estudia por la noche  en la Usam y durante el día se encargaba de mi hermana ciega, ella se desenvuelve bien, pero, hace dos años intentaron entrar a robar y desde entonces él queda durante el día y cuando cerramos el local, nosotros acompañamos a Clarita  y él va a la facultad.

Lucas Marines se dejo caer en un sillón, miró el cuerpo cubierto y la cara se le congestiono de dolor.

—Mejor vaya afuera, en el parque el aire fresco le va a hacer bien—le dijo Garmendia.

Volvió al otro cuarto, la joven se notaba más serena, miró a la agente y esta le dijo con un gesto que la chica estaba mejor.

—Clara, soy el inspector Pedro Garmendia, estoy encargado de resolver qué sucedió con su hermano. ¿Usted, cómo está?

Con un hilo de voz, la joven, respondió que podía hablar, se puso de pie fue a buscar una guitarra, regresó con ella a la silla y dijo:

—Estudio guitarra, lo hago sola, de oído, escuché el timbre, a pesar de la música, luego la puerta de calle, mi hermano le abrió desde adentro, alguien subía las escaleras, sus zapatos sonaban fuerte, debía ser pesado, escuché que hablaba con Fede, luego discutían, deje de practicar y puse el oído en la pared…

Quedó en silencio, acariciaba la guitarra, la abrazaba y suspiraba, en ese silencio entró Lucas, se sentó a su lado y la abrazó.

—Me asusté, no sabía qué hacer, gritaban, escuché golpes, algo que  caía, algo pesado, me asuste más, luego Fede gemía de dolor, me dije que debía llamar al 911, los llamé y también a mis hermanos. Fui al cuarto de Fede y al entrar, alguien que salía me llevó por delante, caí al suelo y el hombre bajó la escalera corriendo, me puse de pie y al entrar tropecé con el cuerpo de mi hermano, le dije; ¡¡Fede!! ¡¡Fede!! y no me respondió…me quedé a su lado, hasta que llegó la policía, la puerta de abajo estaba abierta… subieron… y  nada…eso es todo.

Clara y Lucas se abrazaron, eran dos criaturas llorando desesperados, Carmona, el ayudante de Garmendia se acercó y le hizo un gesto para que lo siguiera. Sobre el piso del cuarto de Fede la científica extendió varios ravioles de Cocaína y tres bolsas  grandes. Garmendia se agarró la cabeza.

—Demasiado para consumo propio —murmuro Carmona.

—En que mafia estaba este pendejo…llama al hermano.

Lucas entró y su mirada fue rápida a las pruebas que desde el suelo se ofrecían como joyas, el joven abrió los ojos, miró uno por uno, al inspector, al ayudante a los de la científica.

—¿Qué es esto?—la voz se le ahogaba en la garganta por la emoción y el sollozo.

—Cocaína —respondió Garmendia.

—Nunca lo vi drogado, no lo puedo creer, tal vez es de otra persona…

—Puede que sea dealer, vendedor, algunos no consumen.

Lucas daba vueltas, gemía, era una fiera herida. Carmona trato de calmarlo.

—Tranquilícese,  ahora los de la científica se van y se llevan el cuerpo y las drogas, le teníamos que mostrar lo que hallaron.

—¿Dónde estaba eso? —preguntó Lucas.

—Escondido en un hueco bajo las tablas del piso, la cama cubría los detalles.

Entró un joven alto y delgado, parecido a Lucas, quedó de pie  mirando la escena, el cuerpo de su hermano menor, la desesperación de Lucas y las bolsas de cocaína en el piso, quedó mudo con la boca abierta a la nada. Se apoyó en el marco de la puerta, su cara fue tomando una palidez de luna, miró a Garmendia y preguntó:

—¿Qué es esto? Soy Marcos, el hermano  mayor, recién llego de la central de policía,  me tuvieron casi dos horas haciendo preguntas, ya no me sostenían las piernas y esos desgraciados me trataban como si yo hubiera sido el asesino —avanzó hasta el cuerpo de su hermano que ya estaba tomando una rigidez post mortem, le quitó la manta que cubría el rostro y lo acarició y le dijo con cariño— ¿En qué te metiste boludo?

Los de la científica se llevaron el cuerpo, solo quedaron acompañando a los hermanos, Garmendia, la oficial Sánchez y Carmona.

—Vamos a la cocina le dijo Carmona a Marcos, Garmendia los siguió. Como un autómata Marcos preparó café.

—¿Quiere que avisemos a alguien?—preguntó el inspector.

La respuesta cargada de tristeza tardó en llegar…

—No tenemos familia, mis padres murieron hace varios años…

Bebieron el café en silencio.

 

Ya en la oficina, Carmona consultó:

—¿Voy a preguntar  en la Universidad?

—Sí. Hay que moverse rápido, creo que este pendejo se quiso pasar de vivo, yo voy a averiguar con “salitre”, él conoce a todos los dealer de la zona.

 

“Salitre” lo miraba por encima de sus anteojos negros, no estaba conforme con los mil pesos que disimuladamente Garmendia le paso sobre la mesa, al fin, agregó uno más y el gesto del buchón continuaba fruncido, recién al quinto; habló:

—El pibe Marines vendía en el bar de Carmelo, al salir de la facultad se sentaba, con una cerveza y esperaba, los clientes eran  pibes, a las doce se iba, sé que a veces vendía en la casa y por la calle.

El inspector pidió dos cafés y volvió a preguntar:

—¿Hay algún comentario de quién lo liquido?

—De los conocidos, ninguno, el pibe no afanaba, cumplía con la entrega, era respetado —“Salitre” movió la cabeza intentado decir algo, pero quedó en el intento— dudo  de que haya sido algunos de los vendedores o capos de la zona, yo que vos, averiguaría… sobre los padres de los chicos que compraban.

Garmendia se sorprendió, más que un dato, la frase fue una seguridad.

—¿Hay alguna noticia en el barrio que yo no sé…?

—Hace un mes murió un pibe que era cliente de Marines, dicen que se le fue la mano entre la droga y el alcohol y el padre andaba enloquecido averiguando quién le vendía al mocoso, es lo último que escuche…

 

Carmona regresó de la universidad sin novedades, regresó al barrio y se encargó de investigar quién fue el pibe que murió.

Resultó ser el hijo de un abogado; Gaspar Caminos, profesor de la facultad, el hijo tenía quince años, no tuvo control y  el corazón no le aguantó.

Investigador y ayudante visitaron a Caminos.

El abogado resultó un tipo joven no llegaba a los cincuenta, corpulento y muy elegante, los recibió en su estudio, con amabilidad.

El día que mataron a Fede, él estaba dando clases, la coartada fue controlada y cierta. Garmendia y Carmona quedaron en un laberinto sin salida. Hasta que a Carmona se le ocurrió:

—El tal Caminos es abogado criminalista, ¿quién te dice que entre tantos mafiosos conocidos, no contrató alguno para el trabajo sucio…?

Averiguaron entre los casos del Doctor Caminos y los que tenían antecedentes de ser asesinos por encargo  eran dos y estaban en libertad; el chino Sandoval y Manuel Ardiles.

Sandoval presentó pruebas de haber viajado y estar en esos días en  Río Negro junto a su familia. Ardiles aseguró y lo confirmó su esposa de estar alejado de la mafia, se había retirado a un pueblo en las afueras de Pilar, vivía muy humildemente y se dedicaban a las artesanías que vendían en las plazas y en locales del centro. Carmona confirmó que era cierto.

Mientras tomaban un café Garmendia  meditaba, hasta que en voz baja preguntó a Carmona:

—No te parece extraño que un tipo como Ardiles que siempre tuvo un muy buen pasar económico, que era casi un dandi, se haya dedicado a ser artesano y vivir en un barrio de medio pelo…

—¿Te parece una pantalla para despistar?

—Me resulta extraño… pedí que lo vigilen y otra cosa; ¿Clarita es ciega y según dicen los médicos, los ciegos tiene desarrollado los otros sentidos, habrá notado algún detalle en el asesino…algo tal vez sutil, pero que puede ser una pista?

Carmona asintió.

—Es cuestión de preguntar.

 

 

Pasaban los días y no encontraban pistas posibles. Volvieron a la casa de los Marines, Lucas les abrió la puerta.

—¿Alguna novedad Inspector? —preguntó a modo de saludo.

—Nada por el momento, quería hablar con su hermana, ¿es posible?

Quedaron en la planta baja esperando y a los pocos minutos bajaron Clarita y Lucas. Pasaron a un cuarto pequeño con una mesa y varias sillas, tomaron asiento y Garmendia no dejaba de observar a Lucas, que se movía en su asiento y sujetaba la mano de su hermana sentada a su lado.

Carmona comenzó a preguntar.

Garmendia observaba en silencio.

—Quería preguntarle Clarita, ¿notó algún detalle en la voz del hombre que discutió con su hermano?

La chica no respondió, pensaba…

—Parecía muy enojado, se atropellaba con las palabras, Fede trataba de calmarlo, pero era inútil, el tipo lo insultaba con palabrotas.

Clarita quedó en silencio otra vez. Lucas intervino.

—¿Es necesario que la presionen tanto?

—Nadie la está presionando —respondió Carmona—su hermana tiene los sentidos más sensibles que cualquiera de nosotros, puede captar detalles de la voz u otra cosa…y ayudarnos en dar con el asesino.

—La voz, si la voz, al gritar no, pero al hablar tenía un acento diferente a la mayoria, era como si estirara las palabras… al chocar conmigo me hizo caer de espaldas, era alto y corpulento y otro detalle tenía barba, al levantar mis manos como defensa, lo note…

Garmendia y Carmona se miraron, inmediatamente se pusieron de pie.

—¿Les ayudó lo que les dije? —preguntó la joven.

—Si Clarita, ha sido de gran ayuda —dijo Garmendia.

 

Mientras viajaban de regreso fueron conversando de los detalles que observó la chica y que pintaban de cuerpo entero al abogado Caminos, alto, fuerte y santiagueño, de ahí ese acento que como un cantito estirador de vocales descubrió Clarita,  ahora había que buscar como echar abajo su estrategia de que estuvo en la facultad dando clase.

 

Tendrían que investigar entre los estudiantes y sin levantar sospecha. El abogado Caminos ya conocía a Garmendia y a Carmona, él que se hiciera pasar por estudiante debía ser joven y  una cara desconocida para él.

 

La agente Sánchez se unió al grupo en la hora de clase de Caminos, entre tantos jóvenes su figura paso desapercibida, era una más, con Jean, campera, mochila, anteojos y una carpeta de apuntes.

Entabló charla con uno de los alumnos y le pidió los apuntes del martes anterior, conversando y preguntando se enteró que no hubo entrega de apuntes, que Caminos llegó tarde, después de las 19hs y que solo habló de política y del gobierno, que se trababa con las palabras y que no se le entendía que quería decir, estaba pasado de nervios.

De ahí en más, el abogado fue visitado nuevamente por Garmendia y su ayudante, con una orden judicial, revisaron la casa, escondido entre las toallas del baño encontraron la daga, lo detuvieron.

Fue difícil hacerlo hablar, pero todo estaba en su contra, las pruebas de Clarita, su llegada tarde a la facultad y el nerviosismo que confirmaron otros de sus alumnos, la daga y la muerte de Fede cercana a las 18hs. En la indagatoria se quebró. La muerte de su hijo fue para él un golpe del que nunca se iba a reponer fueron sus palabras, para él, matar a Marines era una forma de librar a otros chicos de una muerte segura, se creyó un justiciero y tomó venganza por mano propia. Quedó detenido y a la orden del juez.

 

Algo le había quedado  en el tintero a Garmendia, el nerviosismo de Lucas Marines. Fue a la casa de antigüedades, Marcos no estaba, así que le pidió a Lucas, conversar tranquilo en un bar, el joven cerró el negocio y se fueron caminando hasta un barcito a pocas cuadras.

Garmendia indagó que había sucedido para que estuviera tan inquieto y molesto con las preguntas de los policías, el día que hablaron con Clarita. Primero negó toda molestia, al fin y viendo que el inspector no le creía nada de las explicaciones que daba; habló.

—Yo sabía que mi hermano vendía droga en casa, hasta me daba una parte de sus ganancias para que yo ocultara la verdad a Marcos, es más,  le mandaba clientes… nunca esperé que fuera una acción tan peligrosa, al pensar que el tipo estaba loco de dolor y también hubiera matado a Clarita, me vuelve loco de pensarlo, me siento culpable de la muerte de mi hermano.

No pudo contener las lágrimas, Lucas parecía una criatura, se lo veía desesperado, Garmendia lo dejo desahogarse y después le dijo.

—Las decisiones las tomo Fede, que el asunto estaba mal, si lo estaba, pero bueno, él sabía en donde se metía, y usted también, ahora trate de cuidar a su hermana y mirar adelante, la vida de su hermano no la va a recuperar por más que llore.

Garmendia llamó al mozo, pagó la consumición, y se fue. Lucas quedó bebiendo su café frío y llorando lo que ya no tenía solución.

 

 

 



 

Pueblo fantasma.


 

 

 

Hay un pueblo fantasma  dormido entre nubes, silente espera el canto de un ave que no ha de llegar, en sus calles vacías no hay huellas humanas, sólo la nieve, y yuyales secos, en matas se extienden, precoz nacimiento de un cercano final.

Pueblo abandonado, sin niños ni flores, hasta los árboles de belleza estéril se fueron secando, los mató la nieve, el viento helado de tu ambiente gris.

Cuantos recuerdos guarda la nostalgia en tus casas solitarias, puertas y ventanas cerradas a la luz,  quedaron guardados, nombres y risas, besos y caricias, cadencia de palabras que ya no están más.

Hoy sólo queda el camino que sale del pueblo y lleva a la nada,  dibujado quién sabe por quién, se pierde a lo lejos, no lleva ni trae presencias humanas, viento y hojas secas sobre la aridez.

Tal vez algún genio o un duende  se apiade del pueblo  y lo lleve lejos en un viaje sideral,  al eterno  país de los sueños perdidos, donde todo es posible, también renacer.





Últimamente mis cuentos y poesía van naciendo desde fotos viejas, pinturas e imágenes que por algún extraño motivo me impactan, me llegan al corazón, espero les gusten.


María Rosa.

martes

El solitario.

Pintura De Claude Monet.



 

 

El hombre solitario  espera, simula leer el periódico. La tarde soleada lo acompaña. El estío es una caricia.

Las flores  se abrazan mirando al solitario caballero, que parece salido de un tiempo lejano. El suspira, su amor no llega, la tristeza lo envuelve, va perdiendo la esperanza como un árbol otoñal que deja caer sus hojas.

A lo lejos los cipreses, estiran sus ramas para verlo mejor, ellos también esperan el encuentro, se han encariñado con ese personaje que cada tarde los visita. El hombre solitario suspira.

Otra tarde que ella no llega, lo devora el amor, el deseo cosquillea en su imaginación, recuerda su boca y aquel beso, solo uno y alcanza para soñar.

La tarde se va apagando, el parque silencioso lo acompaña, las flores, los cipreses apagan su brillo y forman un cortejo de penas atesoradas.

Cada espera es una cicatriz que su corazón guarda. ¡Pobre solitario enamorado del amor! Cansado de esperar se aleja, lo asiste una escolta de sombras con el uniforme color de la desilusión, su figura se pierde queda flotando en el aire su voz que murmura: “Mañana volveré”.


 

 

La playa de las palmeras.



 

 Llegué a la playa y me estabas esperando, como siempre, embelesado mirando las palmeras. Me senté a tu lado, sobre la arena, rodeaste mis hombros con tu brazo y me besaste.

Contemplamos el mar que con su suave ir y venir,  serenaba el alma y el cuerpo y volviste los ojos a las palmeras, tan altas, elegantes y recitaste aquellos versos de Silvina Ocampo:

”Palmera, añoras el desierto,

el río, el mar, la iridiscencia  de las mariposas,

para una imagen de tarjeta postal”

 

El cielo era un manto celeste salpicado  de nubes, la brisa nos acompañaba calmando el calor del sol.

Me dijiste que debíamos volver, que ya era tarde, nos pusimos de pie y nos fuimos caminando abrazados como dos adolescentes.

Al pasar frente a un grupo jóvenes, escuché decir a uno de ellos:

—Qué extraña esa mujer, camina sola con el brazo extendido al aire como si abrazara la nada…

Me volví y le dije:

—Extraño eres tú, que no ve más allá que  brazos vacios.

—No la entiendo —me dijo.

—Con los años, ya me entenderás…—respondí y me fui abrazando  a mi amor.



 

Volvió una tarde.

    Regresaste sin que nadie te hubiera llamado. Regresaste sola, como te fuiste. La verja semiabierta te estaba esperando, solo ella, l...