martes

Un hombre incomprendido.(Historias con humor)




Me tenés que entender, vos fuiste y sos el amor de mi vida, la única mujer que con una sonrisa me ilumina. Necesito llegar a casa y encontrarme con tu beso, tu voz preguntando cómo estoy, mientras prepara el mejor café del mundo.
Necesito tu cuerpo cada noche a mi lado, esa caricia blanda de tus manos sobre mi espalda, pero… siempre existe un pero…

Desde que conocí a Ana comprendí que las necesito a las dos para ser feliz.
Ana es el desborde, no se si es amor, te lo digo a ver si me podes entender. Ella es la pasión, la llama que se enciende cada vez que nos encontramos, a veces paso días sin verla, de pronto algo me la recuerda, una canción, un aroma, no sé, entonces la llamó, nos encontramos y allí surge la locura que me ata a su piel; debe ser su juventud que me envuelve y me hace perder la razón.
No me mires así. Comprende,  no es mi culpa, es el instinto  que me lleva hasta sus brazos.
A muchas personas le sucede lo mismo, aman a dos al mismo tiempo, es un sentimiento que no se puede manejar. Es algo muy fuerte.
¿Por qué te enojas? No me digas que no…estás enojada.
Se nota en los ojos que estás furiosa,  creí que me ibas a entender, yo no busqué este sentimiento, surgió solo.
¡No grites!
¿Dónde quedaron tus promesas de amor y comprensión?
¿Me estás diciendo que te vas? Me juraste que me ibas a amar toda la vida ¿te olvidaste?
Sos cruel, yo he intentado ser sincero, te hablé con el corazón en la mano y me respondes con un insulto, no puedo creerlo.
¿Y la cena?  ¿Te vas y no preparaste nada para comer?
¿Qué me vaya a dónde...?
Nunca me dijiste una grosería así, yo sólo quise ser sincero y no me comprendiste… ¡¡No tenés corazón!!




Un poco de humor nos hace bien.

Las ruinas.




Las  ruinas  se erguían recortadas contra el  gris del anochecer.  Las palabras de la dueña de la pensión,  volvieron a su memoria:
—No vaya a las ruinas del faro,  “algo” maléfico  habita  allí…
En aquel momento un gesto irónico se había dibujado en su cara.
—Llevó mi navaja —había respondido.

Y ahora entre las primeras sombras, aquella recomendación tomaba  otro significado. El paisaje impresionaba. En las paredes de ladrillos oscuros un musgo negro  crecía formando figuras que parecían moverse  bajo una cortina de lianas, que daba a la imagen fases de terror.
—No intente  entrar  —fue el consejo de la mujer—  es peligroso. 
Desoyó  sus palabras. Entró.   Era difícil caminar entre  la trepadora.  Cuanto más las arrancaba,  otras se aferraban a sus piernas,  lo  retenían.  Desesperó tratando de escapar. Intentó gritar y la voz se le ahogó en un gemido sin fuerza,  recordó la navaja, con ella fue cortando la hiedra y se abrió paso,  logró llegar a  la salida.
Pero no duró mucho su tranquilidad.
Un aleteo  cercano le advirtió otro peligro: un cuervo.  Con el pico abierto,  se lanzó sobre él, tratando  de atacar su cabeza. En el cielo comenzaron a bramar  los primeros truenos.
A su costado apareció un anciano, vestido con un gabán negro y  un gorro calado hasta las orejas, levantó  su bastón y amenazó  al pajarraco,  luego gruñó imitando su grito.  El ave al verlo comenzó a volar en círculos,  al fin se alejó.
—¡Estás no son zonas para que un tonto  ande husmeando donde no debe! —exclamó el viejo.
No respondió, no  había reaccionado aún del espanto vivido. El hombre siguió:
—Es mejor que se mande a mudar y no regrese, puede que la próxima vez no tenga tanta suerte.
El viejo  giró y en pocos segundos había desaparecido.
Un rayo pareció partir el cielo, la lluvia arrasaba cuanto hallaba a su paso, los pinos  y cipreses se inclinaban  ante la  fuerza del viento. Él miraba sin entender, con el corazón latiendo enloquecido y un temblor que lo recorría y no le permitía moverse.
De pronto, todo se desvaneció,  el color del cielo trocó a  un azul claro y una luna de lluvia le señaló el sendero.

La dueña de la pensión al verlo llegar  con la ropa hecha jirones,  se cubrió la cara con las manos.
—¡Fue al faro…! —le dijo.
—No se asuste, no  paso nada, sólo un par  de rasguños y algún que otro picotazo.
Ella lo miraba  temblando.
—Un hombre me ayudó —le dijo— un cuervo intentó atacarme y él lo alejó a bastonazos.  No le di las gracias, se fue antes de  que pudiera reaccionar.
La  mujer lo obligó a recostarse en un sillón y curó sus heridas.
—Le dije que no fuera, ese faro está  maldito.
—Bah… son leyendas de la gente.
—No son leyendas —dijo elevando la voz —Ese hombre que lo ayudó es el dueño del faro.
—¿Dueño de qué? Ese faro está en ruinas, no sirve para nada.
La mirada de la mujer lo impresionó,  movió la cabeza y le dijo:
—Usted no entiende nada, ese hombre no era real… es  el fantasma del viejo farero…





 Reeditado y corregido.


Hechos de vida.



Hablaba pausadamente, como eligiendo las palabras. Me miraba a los ojos esperando mi aprobación.  Estábamos sentados en la sala de espera  de la clínica, era la hora de la siesta y nos llegaba un apagado susurro de las visitas que comenzaban a llegar.
—Su padre duerme mucho…— dijo— mejor, así podemos hablar, él tiene suerte, usted y su hermano siempre lo acompañan. A mí nadie me visita.
Iba a preguntar si tenía familia, pero como leyendo mi pensamiento dijo:
—Tengo dos hijas, pero están enojadas  conmigo, creo que me odian.
No respondí.
Se levantó y se acercó al ventanal que desde el primer piso,  al igual que una pantalla de cine reflejaba la copa de los arboles recortados sobre un cielo azul de verano, mientras las palomas curiosas se acercaban revoloteando hasta el borde del  alfeizar.  Las salas fueron cambiando su olor  a desinfectante  por el aroma a  perfume,  que las visitas  dejaban  como una  estela. Él seguía de pie buscando en la calle, algo o alguien, que tal vez ni él mismo sabía qué era.
Se volvió a sentar a mi lado, los ojos le brillaban.
—Me gusta hablar y el único amigo que viene es sordo, tengo que gritar para que me entienda —sonrió— a mi edad, ya casi no me quedan amigos, se me fueron muriendo. Yo fui cantor de tango sabe, me llamaba Rogelio Morel, tal vez me escuchó nombrar… estuve en muchas orquestas, hice giras por todo el mundo y creo que eso es lo que no me perdonan mis hijas, que nunca estuve con ellas…
Miré el reloj, era la hora de las nebulizaciones  de mi padre.

Llegué a la sala junto con la enfermera, mi padre abrió los ojos y me hizo  señas  para  que  abriera la ventana, un aroma dulce  a tilos y jazmines  irrumpió con el desparpajo del verano.
Después de cenar, mi padre se durmió. El cantor de tangos aún luchaba con la comida, sus manos no tenían firmeza, me acerqué a darle de comer. Lentamente fue tomando la sopa.
—Mis hijas son rencorosas como fue la madre —me dijo mientras jugaba con la servilleta de papel—. Reconozco que no fui un buen esposo, siempre viajando, pero había que trabajar y en el extranjero pagaban en dólares. A ella le gustaba cuando le entregaba los sobres repletos de plata….le brillaban los ojos.
—¿Ella no viene a verlo?
—Falleció hace mucho. Yo ya había dejado de cantar, la vida del cantor es corta, algunos llegan a los cincuenta con buena voz, yo no tuve esa suerte.
No quiso seguir comiendo, se reclinó en la almohada.
—Si vienen mis hijas que me despierten —dijo antes de cerrar los ojos.
Ellas nunca vinieron y él no despertó.



miércoles

En carne propia




Orlando revolvió el café, dibujaba círculos infinitos, intentando comprender; ¿qué hacía allí?  Un sol sin fuerza se filtraba por los ventanales del bar e iluminaba las mesas vacías. Movió la cabeza y sonrió estúpidamente.  Sentada  frente a él, Verónica lo miraba con tristeza.
—Que tonto fui —dijo sin mirarla— me engañaste como a un adolescente. Creí en vos, no descubrí que estabas mintiendo. Hasta pensé que vivir juntos sería una linda oportunidad  de  sonreírle a la vida.
Veronica hace un gesto con la mano intentando explicar algo, no lo consigue, sólo dice:
—No hables así. Yo creí estar enamorada, imaginé que lo nuestro sería para siempre, pero me equivoqué.
—Sí parece la letra de un tango, mejor no sigas. Siempre fui yo el que se iba, el que abandonaba y repetía las  palabras que vos estás diciendo.  Esta situación la viví muchas veces,  estando del otro lado y ahora estoy recibiendo en carne propia lo  que hice tantas veces. Me dijiste que no amabas a tu marido, que no eras feliz, ¿no fue así? Y  ahora te despertaste con el cuento de la culpa —levantó la voz y exclamó— ¡Lo amaste siempre!  ¿Y yo qué? Un año que me venias jurando amor…tus palabras eran una grabación gastada y yo un tonto que se enamoró, debe ser que me estoy poniendo viejo. ¿Será eso?  ¿Te pesan mis cincuenta  años?
—No, te juro que no…
—Basta, no mientas más. Comprendo, fui un tiempo de recreo en tu aburrida vida de pareja, pero mira si seré infeliz, tanta cama, tantas mujeres y pierdo el corazón con la mujer equivocada.
—Es que nuestra relación me da culpa, no puedo seguir viviendo así…
—¿Culpa? ¿Después de un año te agarró la culpa? Pone las cartas sobre la mesa…sincérate;  de tu parte nunca hubo amor. Disfrutaste metiéndole  los cuernos a tu marido, esa adrenalina de la trampa; es placentera. Te comprendo, si yo lo viví. También lo disfrutaba, sólo que ahora se dieron vuelta los papeles y, me toca perder.
—No quiero despedirme así, estás mal.
—Y cómo voy a estar, si te quiero…
Orlando se puso de pie, tomó el abrigo y sin mirarla le dijo:
—Me voy, el café está frío… —su última mirada fue una caricia— que seas feliz.
—Orlando, no te vayas así.
Él se volvió  y le dijo:
—No te preocupes, es la primera vez que me pasa, es seguro que no me va a durar mucho el dolor…eso espero.
Se fue.       

Sonó el  celular, ella  atendió:
-Si querido,  voy para allá, me detuve en una zapatería… no, no compre nada,  era un calzado bonito pero demasiado caro. En casa te cuento…un beso…




martes

El mar de Manuel.





Perdido en la Pampa, sembrado de trigo y magia, existía un pueblo llamado Malacara, en el perdía su furia el viento pampero, ondulaba el verde del trigo y lo hacía semejante  al mar.
Allí vivían Manuel y Delia. Se habían conocido en su juventud y no se separaron más.
Se alargaban  las tardes hablando de sus sueños y habitando mundos de fantasía que sólo ellos conocían. Delia hablaba del mar,  relataba la furia de las olas, cuando  rompían estruendosas contra los acantilados y Manuel escuchaba, enamorándose de las palabras  que lo hacían viajar  con la imaginación, escuchaba con los párpados cerrados y grabando en ellos las imágenes que ella dibujaba con  palabras.
Abrigaba la  ilusión de  conocer   playas  doradas, cubiertas de espuma y el aire salado que besaba la cara.

Pero Delia se cansó de vivir y una mañana se fue, escalando nubes hasta llegar al cielo, y  los viajes de Manuel quedaron truncos.
 No volvió a sonreír. Sus vecinos le aconsejaron que buscara alguna tarea que lo alejará de tanto dolor.
Comprendió que era imposible volver atrás, debería aprender a vivir el presente y guiado por  sus amigos tomó la decisión de crear un nuevo sueño. Cada amanecer, sentado en el pescante de su carro, cruzaba el arroyo, y lentamente se perdía tras el bosque de acacias.
Curiosos los vecinos, decidieron seguirlo.  Lo encontraron en la cima de un cerro pintando.
En un lienzo, sujeto entre cuatro listones de madera, plasmaba en la tela un paisaje.
Los paisanos daban vueltas a su alrededor, no entendían esas curvas azules y verdes, ondulantes bajo cielos cargados de nubes. Hasta que uno de ellos, le preguntó:
—¿Qué  estás pintando Manuel?
—El océano  —respondió sin dejar su tarea y observando las líneas sinuosas que el viento dibujaba sobre el trigal, continuaba su trabajo. Los vecinos quedaron asombrados, nadie conocía esa veta artística de Manuel, él tampoco.

 El mar crecía, las olas, los acantilados, el amanecer en la playa y las noches de tormenta; llegaban de lejos y los pinceles de Manuel los reflejaban en la tela.

Una mañana decidió que era tiempo de viajar.  Regaló sus pinturas a sus amigos.
Las preguntas cayeron sobre él.
—¿Dónde vas a ir?  ¿Qué vas a hacer?
—Voy a buscar a Delia.
Creyeron que Manuel había enloquecido, trataron de explicarle que ese viaje era inútil, que nunca la iba a encontrar. Él los miraba con pena, como si conociera un secreto que los demás ignoraban.
Llegó el día de la partida, todos los amigos salieron a despedirlo. Lo vieron irse por la calle de tierra, a paso lento y sin valija. En un momento se volvió, agitó las manos, saludando a todos  y ante el sombro de sus paisanos, se disolvió en el aire.

Días después, hubo  conmoción en el pueblo,  corrían los vecinos de una casa a la otra. Primero sucedió un cuadro, luego en otro, hasta que en todos, afloraba el  encantamiento de ver  a Manuel y Delia, caminando por  playas desconocidas, sobre las olas, sobre un risco, sólo ellos, felices junto al mar.



Cuento ya editado y hoy corregido.






miércoles

La viuda de Gardel.






En todo barrio existen leyendas, historias de vida verdaderas o nacidas del glosario popular, donde la fantasía  juega con la realidad y en las que los años y la imaginación agregan  nuevas etiquetas que agrandan al argumento.

Tendría yo unos ocho años cuando el rusito  cruzó corriendo el patio de casa  y entró  en   la cocina, en ese tiempo las casas  no llevaban llave y mi puerta como todas las del barrio eran brazos abiertos para  los vecinos.
-Murió la viuda de Gardel —dijo jadeando.
Salimos corriendo, bebiendo el aroma de los malvones y llegamos a la esquina, donde un grupo de vecinos reunidos en la vereda denunciaban con sus caras compungidas el momento que se vivía.

Entramos.  Me escabullí y entré a la pieza de la viuda. Me sorprendió ver en la habitación muchas fotos de Gardel,  con  amigos, con su guitarra, con sus músicos, era un empapelado en las paredes. Un señor alto me descubrió, me tomó de un brazo y me sacó de un tirón diciendo que ese no era lugar para niños.

El rusito y yo nos sentamos en el cordón de la vereda. Hablábamos de Rosario, de la historia que en torno a ella tejían los vecinos. El rusito, con sus once años,  me decía que el amor nos puede elevar o hundir según los sentimientos que pongamos en él.

En realidad nadie sabía si verdaderamente había sido novia de Gardel. La  mayoría de los vecinos la consideraba una ilusa, una tonta  que imaginó por años ser la amada del cantor y que al final terminó creyéndolo. Mi madre hacía cálculos  y encontraba que al morir el cantor en el año treinta y cinco, Rosario tendría más o menos veinte años, muy pocos para ser novia  de alguien de cuarenta y cinco.

Rosario siempre hablaba de  Carlos, de su buen carácter y de cómo le cantaba  al oído canciones de amor. Relataba sus cuitas con las vecinas y ellas luego lo comentaban entre mate y mate, asegurando que la pobre  desvariaba. Rosario vivió   para venerar a Gardel, abrazada a sus anécdotas  y fotos. Verdad o mentira,  ella envejeció fiel a su recuerdo.

Por  la tarde  los vecinos llegaron a dar el pésame a la familia, en el salón comedor un coro de voces grises  rezaba el ángelus; el rusito y yo nos metimos en el cuarto de Rosario, no había nadie.  Él curioseaba en su mesa de noche, sacó un libro de oraciones y al abrirlo cayeron varias fotos, los ojos se nos abrieron como monedas: Eran imágenes de Rosario muy joven, abrazada a un  sonriente Carlos Gardel que la miraba embobado. Quedamos mudos.
—Entonces era cierto —dije  sin dejar de mirar las imágenes— ¿Y si se las mostramos a los que dicen que estaba loca?
—No —dijo el rusito— si ella las ocultó por algo habrá sido. Con  fotos o sin  fotos, ella siempre va  a ser la viuda de Gardel.







martes

Domingo de lluvia.





La lluvia sobre el parque crea una fusión  de aromas a humedad, a tierra, madera y pinos, me embriaga su frescor, me eleva y me hace traspasar  los límites de la realidad, y en esa sensación, llega lejano un nombre. Es como si los arboles en su vaivén de hojas armaran las letras y le dieran sonido: Juan Alejandro. Fue mi abuelo.
Sobre que fatiga de mi alma, llega ese ser al que no conocí y que perdura su esencia en mis venas.

Ningún retrato rescata su figura, sólo los recuerdos que mi padre atesoró, logran darme una idea de su imagen. Era delgado, de cabello rojo y ojos azules, amigo del vino, la guitarra y el canto. Inmigrante Austriaco a principio del 1900. Murió joven, demasiado joven, apenas el tiempo para engendrar dos hijos y dejar en ellos sus rasgos y en ninguno su amor  por el canto y la música.

A veces lo sueño, intento llegar hacia él y se desvanece como la bruma. Los relatos que escuchamos de pequeños quedan en nuestra memoria, los sueños los rescatan y de la misma forma en que un mago saca un conejo de su galera y luego lo hace  desaparecer, así misteriosamente la fantasía se esfuma.

El lejano canto de un ave me rescata de mi ensoñación. Está bajando el sol y el olor de la tierra mojada es más penetrante.
Ha dejado de llover, el viento frío, infrecuente en este mes de febrero que recién comienza, me estremece o serán los recuerdos, no lo sé.
Las evocaciones se van desvaneciendo, como las flores de un día, como la vida misma en este universo inagotable. La realidad es lo único cierto, al igual que mis manos heladas  y el sol que se está ocultando, mientras va dejando su rastro rojo en el cielo.




Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé, que me han contado o que escuché el un micro de viaje y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa