miércoles

Planta bruja.


 

 

La lluvia era una cortina espesa y por más que el limpiaparabrisas girara como una media luna enloquecida, la visión de la ruta era dificultosa.  Apenas pudo distinguir el cartel que anunciaba “Los laureles. 2km”.

Suspiró aliviado, ya estaba cerca.

Salió de la ruta y entró en el camino de tierra que llevaba al pueblo. En “Los laureles” vivía su abuela Nina y ahora ella reclamaba por él.

Los últimos diez años, Damián había trabajado como asesor de arte en el Vaticano. Se carteaba con Nina, le mandaba fotos, pero a ella no le alcanzaba y al enterarse de su regreso a Buenos Aires; lo llamó y le urgió que la visitara. “” Estoy en las últimas y sólo contigo me confesaré” le había dicho por teléfono.

Había dejado de llover mientras entraba por la avenida principal.

Bajó del coche y Graciela, la mujer que asistía a Nina le abrió la puerta.

—¡Oh cuántas canas Damián! — dijo al abrazarlo.

—Vaya saludo, vos también envejeciste Graciela —respondió sonriendo.

Volvió a abrazarlo. Lo llevó de la mano hasta la cocina.

—¿Café o un té?

—No gracias, quiero ver a la abuela.

—Duerme. El médico le dio un calmante, hay que dejarla descansar.

—¿Está muy mal?

—Sí Damián, casi no come, vive a leche y caldo, dice que no puede tragar, quizá al verte se anime un poco. Vamos arriba, al menos la vas a ver dormida

Subieron al primer piso, Graciela iba adelante hablando en voz baja de la salud de Nina y él, sólo veía los detalles de ese pasillo, el mismo cuadro con un velero en alta mar, luego, las dos habitaciones; la primera era la de Nina, la segunda había sido su cuarto a partir de la separación de sus padres. Ellos formaron nuevas parejas y se olvidaron de él. Quedó con la abuela hasta terminar el secundario y luego siguió el seminario.

Nina dormía plácidamente, Damián retiró el mechón de pelo blanco que caía sobre la frente de la abuela, y la besó.  Quedó mirándola, tan diferente a la mujer que recordaba, la enfermedad la estaba consumiendo.

Esa noche, Damián durmió como hacía tiempo no lo hacía, el silencio del campo era un bálsamo para su cansancio.

El canto de los gallos lo despertó muy temprano. Bajó a la cocina, Graciela lo esperaba con el desayuno; café con leche, pan tostado y mermelada casera.

—No me digas que la abuela todavía hace mermeladas —dijo sonriendo.

—No. Ahora soy yo la que hace todo, hasta hace poco ella me dirigía, ahora ya no dice nada, me deja que haga lo que quiera.

Damián recordó que su abuela había sido un torbellino trabajador.

Después de desayunar Graciela le dijo:

—Nina está esperando.

Subió las escaleras y antes de abrir la puerta, dibujó en su cara la mejor sonrisa posible.

—¡Hola abuela!

Se abrazaron entre mimos y lágrimas.

—Demasiados años sin verte mi querido, por dónde anduviste…

Le relató su estadía en el Vaticano, su viaje a África como rector de un colegio español. El tiempo pasó sin que se dieran cuenta, en un momento la notó agitada.

Entró Graciela con los remedios.

—Me parece que es hora de descansar abuela.

—Quiero confesarme, sé que tengo los días contados y quiero morir en paz.

—Primero una taza de leche y después seguimos.

Fue a su cuarto, se puso la estola y regresó con Nina.

La abuela hablaba en voz baja, por momentos se agitaba, él le hacía un gesto para que descansara. En un momento Damián se incorporó de la silla y le dijo:

—Abuela estás delirando.

—No mi querido, es verdad… me casé muy joven, pasé años encerrada en este pueblo, me aburría, entonces comencé a leer libros de ocultismo; cada vez que íbamos a Buenos Aires compraba nuevos textos. Entretenía mis horas investigando y estudiando todos los misterios posibles.  Una tarde en una librería de la calle Serrano y mientras buscaba nuevas obras, alguien se acercó, me dijo que era de Brasil y que el poder del bien y del mal estaba en las plantas, sólo había que conocerlas.

Damián la notó agitada y le pidió silencio, dio vueltas por la habitación y después de varios minutos se acercó a la enferma, ella prosiguió:

—Era un Chamán, y había llegado a la ciudad a visitar amigos, me recomendó algunas ediciones dedicadas a la magia negra. Hablamos y me prometió una planta de ayahuasca que había traído de la selva colombiana, me explicó que la usaban los indígenas por sus poderes mágicos y porque no deja residuos en la sangre. Esa misma noche la dejó en la recepción del hotel.

La abuela se detuvo, su pecho se agitaba y en su cara se había acentuado la palidez.

Nina sacó de debajo de su almohada unos papeles y se los entregó.

—¿Qué es abuela? —preguntó Damián.

—Un secreto que he guardado por años —comenzó a ahogarse— quiero que los destruyas, ya no tienen sentido.

Sus manos se aferraron a las sábanas en un acceso de tos. Damián le acercó un vaso de agua y llamó a Graciela.

—No, no te vayas querido.

—Basta por ahora, si estás mejor seguimos a la tarde.

Graciela quedó con la abuela y Damián buscó la calle para despejarse.

Salió a recorrer el pueblo y a meditar las palabras de su abuela, su confesión lo perturbaba, seguramente estaba desvariando.

Regresó a la casa. Se acercó a Graciela y le preguntó:

—¿Mi abuela esta senil?

Graciela lo miró extrañada.

—Que yo sepa, no. Su médico dice que por sus noventa años tiene una lucidez envidiable, el problema está en su corazón y en sus arterias. ¿Por qué me lo preguntas?

—No sé, me pareció…

No dijo nada más y subió a su cuarto.

Mientras volvía a repasar las palabras de la abuela, escuchó la voz de Graciela:

—Nina te llama.

La encontró mejor, había un suave color en sus mejillas.

—Tienes que perdonarme.

—No te preocupes abuela, te veo mejor.

—Sí y quiero continuar la confesión.

Una hora después Damián regresó a su cuarto, cerró la puerta, buscó los papeles que le había dado su abuela.  La letra alargada y elegante de Nina iba describiendo lo que rezaba en el título: “Maleficio”.

Luego fue al final del parque y buscó la planta, ya era un arbusto, sus ramas se retorcían contra otros árboles. Con la ayuda de una pala la arrancó de raíz, sus lianas eran fuertes, le costó trabajo cortarlas, luego la dejó al sol, una vez seca le prendería fuego. Ni rastros debería quedar de ella.

Mientras Nina descansaba fue a la cocina.

—Graciela ¿vive el Padre Gaspar en el pueblo?

—Sí, está retirado, vive con su sobrina, frente a la Municipalidad, es una casa de tejas rojas, hay un gran pino en el jardín.

Tocó timbre, minutos después se acercó una señora mayor. Damián se presentó y preguntó por el padre Gaspar. La mujer amablemente lo hizo pasar a una salita pequeña, con apenas dos sillones y una mesa baja. El padre seguía tan menudo y delgado como antes, lo reconoció sin que dijera una palabra, se abrazaron. Fueron recordando la niñez de Damián, sus travesuras y cuando las evocaciones se agotaron Damián preguntó.

—¿Gaspar de que murió mi abuelo?

Los ojos del padre se achinaron.

—¿A qué viene tu pregunta?

—Pura curiosidad.

—Hace tanto tiempo, pero creo que fue un paro cardiaco.

—¿Ese día falleció alguien más en el pueblo…?

Gaspar frunció el entrecejo y quedó pensando.

—¿No recuerdo, debería hacer memoria, ¿qué buscas averiguar?

—Es que estuve hablando con mi abuela y a medida que quería recordar, se perdía.

—Qué raro, siempre tuvo muy buena memoria.

Hablaron de la abuela y la memoria del viejo sacerdote se fue aclarando…

Después de un abrazo se despidieron. Damián fue a la iglesia y de rodillas fue repasando en su mente las palabras de Nina:

“Tu abuelo fue muy violento y me engañó con cuanta mujer cruzaba por su vida. La última fue un ser despreciable, era la esposa del Doctor Terrada, la traía a casa y se burlaban de mí.  Quería que yo lo abandonara, que dejara la casa libre, varías veces intentó echarme. Pero adónde ir con una niña pequeña, y sin dinero. Sus golpes eran insoportables, hasta que un día y por el exceso de alcohol, castigó a tu madre que era una criatura, le quebró un bracito, y eso yo no lo iba a tolerar. No quiero excusarme, quiero pedir el perdón de Dios, no encontraba otra forma de liberarme, eran tiempos en los que una mujer no tenía protección de la justicia, ni derechos, no había otra salida…”

 

Sumando las palabras de su abuela y los recuerdos del Padre Gaspar, la verdad se presentaba ante sus ojos sin velos  ni tapujos. La garganta se le cerraba y un dolor en el pecho lo ahogaba, le costaba respirar. Lloró hasta quedar agotado y fue su alivio.

 

“Ahora qué lo recuerdo —había dicho el padre Gaspar— el mismo día que murió tu abuelo, falleció la mujer de Carlos Terrada, el médico del pueblo, también de un paro cardiaco y sin explicación aparente, parecía muy sana…pobre Terrada, era una mujer que no lo respetaba”

 

Días después la abuela Nina falleció.

 

Damián regresó a Buenos Aires, no lograba dejar de pensar en su abuela y su terrible forma de escapar de una vida atroz.  ¿Y si estaba arrepentida —murmuraba una y otra vez— por qué no había destruido la formula y la planta asesina mucho antes…?

Muchas respuestas cruzaron por su mente, produciéndole una gran angustia. ¿La verdad?

Nunca la sabría.

martes

Rubia y sensual.


 

 

 

 

Dina era para sus compañeros de trabajo; un misterio. Federico descubrió en ella un ser extraño, le recordaba a alguien, no lograba dilucidar a quién. Algo había en Dina que despertaba pasión y temor a la vez.

Vestida siempre de negro, rubia, sensual, trajes ajustados que realzaban sus curvas, era hermosa, solo mirarla enamoraba.

 

Federico perdía la concentración cada vez que Dina lo miraba, sutilmente se fue acercando a ella, la invitaba a una exposición, a ver una película y cada noche la dejaba en la puerta de su casa, un beso en la mejilla y cada uno a su hogar. No encontraba las palabras para romper el cerco de su timidez.

Cuando ella lo invitó a cenar, creyó tocar el cielo con las manos.

Esa noche Federico llegó con un ramo de flores y una cara de baboso total.

Cenaron, luego el café, música, bailaron y se fueron poniendo románticos. Descubrió que los ojos de Dina cobraban un destello azulado al mirarlo.

Ella fue a ponerse algo liviano y Federico, nervioso dio vueltas por el cuarto, escuchó un canto… ¿Un pájaro, a esa hora…?  Se sentó en un sillón de pana negro. Era cómodo, demasiado cómodo, tan placentero que comenzó a hundirse en los mullidos almohadones, se hundía más y más. Intentó salir, no pudo, intentó gritar fue imposible, llamaba a Dina y la voz se ahogaba en su garganta, la pana lo abrazó hasta quitarle el aire. No entendía que pasaba, un aleteo le llegó cercano, luchaba por desprenderse del abrazo del sillón, transpiraba, el aire no llegaba a sus pulmones y como en un sueño la vio…

Allí comprendió Federico el misterio de Dina, lo último que escuchó fue el canto de aquel pájaro, que no lograba recordar, hasta que se hizo la luz y la reconoció, ante sus ojos aterrorizados, estaba ella; Black Canary.

 



 

Migajas.


 

 


Me alegró volver a verte y descubrir la emoción que brilló en tus ojos.

Se reavivaron las migajas de ternura que habían quedado dormidas en algún rincón de nuestra memoria. Y fuimos repasando aquellos días, sin ver que la tarde agonizaba en las calles y mi té y tu café estaban helados, nuestras manos, se unían tratando aferrar el ayer perdido.  

De pronto, despertamos a la realidad, justo para darnos cuenta de que los dos habíamos cambiado, nuestra vida era diferente y en ella, los sueños blandos de nuestra juventud no cabían. ¿No cabían…?

Nos despedimos con un beso profundo, nos costaba separarnos. Al fin me besaste las manos y me dijiste un adiós ronco, sin fuerzas. Caminé unos pasos y al volverme a saludarte, seguías de pie, mirándome con una angustia que me congeló el alma y despertó en mí una pequeña esperanza y no sé qué me sucedió, volví sobre mis pasos y olvidando todo lo que habíamos dicho, llegué a tu lado y nos abrazamos, habíamos perdido años, por miedo, por inseguridad, era tiempo de arriesgar y comprobar hasta donde éramos capaces de renovar nuestro amor.



 

 

domingo

Mi casa vieja.


 


 

Están por llegar esos jóvenes que se van hacer dueños de mi casa, y porque tienen dinero se van a apoderar de mi jardín, mi cocina, mi sillón de pana azul, ese que he cuidado con tanto amor y en el que mi padre leía el diario todas las mañanas.

Cada detalle de esta casa tiene su historia, fue de mis abuelos, ellos la construyeron, de mis padres y ahora solo quedó yo; Barbarita Fuentes, pobre y vieja, y como no puedo pagar los impuestos atrasados, la municipalidad les ha entregado a esos dos prepotentes mi casa, parece mentira cuantas cosas se compran con dinero. Prepotentes, si, eso son, llegaron con sus amigos a mostrarles cada detalle, se enamoraron de las cortinas de terciopelo, dijeron que era algo raro de ver, pero que les encantaba y mientras recorrían  los cuartos, me observaban de reojo, hablaban en voz baja y comentaban entre risas. ¿Qué tiene de gracioso una mujer de noventa y dos años?

Les gustó mi cama, se subieron y saltaron sobre ella sin respeto a mi presencia.

¡Mal educados…!

¡Mira la cocina, es antigua y como brilla!

Dijeron mientras pasaban sus manos por la mesada, en ella mi abuela me enseñó a preparar la torta de manzanas y amasé mi primer pan, ellos no sabrán nunca cuánto amor sembraron las mujeres de esta casa en cada detalle de esta cocina, en la mesa, sillas, el mantel de hule y en los platos de loza con florcitas azules.

Mañana tomarán posesión de la casa y está noche viajaré a Olavarria, mi prima Jacinta me espera y se alegró de que viviré con ella. Seremos dos viejas juntas, anulando la tristeza y la soledad.

 

Era de noche cuando doña Barbarita cerró la puerta y salió caminando despacio, la calle era una boca oscura, no le dio miedo, cargaba un bolso con poca ropa. El micro para Olavarria saldría en una hora. No volvió la vista atrás, no hacía falta, sabía que las lenguas rojas y amarillas en pocos minutos consumirían toda su historia, pero la verdadera, esa la llevaba guardada en su memoria y en su corazón.



viernes

La Muñeca.


 

El móvil vibró en el bolsillo de su abrigo, lo había programado para que anunciara minutos antes la media noche. La luna se ocultaba por momentos. El pueblo era todo silencio, una luz plateada vestía las veredas. Hacía frío, un frío que se metía como aguja entre la ropa y llegaba a los huesos.

Apretó el paquete contra su pecho. Le había puesto tanto papel que había duplicado su volumen. Cada tanto creía escuchar pasos, giraba la cabeza presintiendo que alguien la seguía y comprobaba que era su imaginación.  Al cruzar una calle, vio una sombra que se acercaba.  Era un hombre que caminaba pegado a la pared y silbaba, cruzó frente a ella y siguió de largo sin mirarla. Respiró aliviada. 

El paquete era liviano, pero los brazos le dolían, era la tensión con que lo estrujaba.

Faltaba poco para llegar. El cielo se fue cubriendo de nubarrones, la luna quedó oculta y las calles se perdieron tras una bruma gris.  Dios quiera que no llueva, dijo entre dientes. Cruzó la avenida del puerto.  No había nadie en la costanera, caminó por el muelle que se adentraba entre olas furiosas. Gotas finas le mojaron la cara.  En su celular, faltaban cinco minutos para la medianoche. Espero. Un minuto más… otro…ya era la hora. Respiró hondo. Alzó el paquete y con fuerza lo arrojó, las aguas se abrieron con un chapoteo apenas visible. Lo vio flotar hasta que las olas lo envolvieron y desapareció de su vista. Un alivio infinito le aflojó el cuerpo.

Retomó las mismas calles, sin apuro. La tensión había dejado sus miembros doloridos, sin explicarse por qué, comenzó a llorar. ¡Qué tonta que era!  ¿Por qué lo hacía?  Si al fin se había librado de ella y sus maleficios. Demasiadas desgracias para tan corto tiempo.  Un sonido agudo le llegó lejano, luego más cerca, se detuvo. Lo volvió a oír, ¿una risa? Miró a todos lados. Nada. Una sombra se elevó en una esquina. Seguro son las ramas de los árboles que se agitan, se dijo, y la luz de la calle les da formas inquietantes.

Su madre decía que ella era muy imaginativa. Pobre mamá, pensó, es tan inocente nunca se da cuenta de nada.

Ella sabía que las extrañas vivencias del último año, los robos en la casa, la muerte sin motivo de su esposo y esa risa que escuchaba por las noches, tenían una sola dueña no fueron obra de su imaginación. Su mundo pequeño, esa familia de juguete que eran su madre y ella, había cambiado desde que esa muñeca de trapo entró en la casa. Intentó apurar el paso, el viento era helado y una llovizna fina comenzó a caer, se arrebujó en el abrigo. 

Abrió la puerta de calle, el pasillo estaba a oscuras.  De su habitación se filtraba un rayo de luz por la puerta entreabierta.  Encontró a su madre sentada en su mecedora, se movía rítmicamente.

—¿Mamá qué haces levantada?

—Escuché llorar a Pepona y vine a acunarla, no sé qué le pasó, esta mojada… —dijo mientras levantaba en sus brazos a la muñeca de trapo.

Un frío le corrió por la espalda cuando los ojos de la Pepona la miraron, mientras su boca sonreía maléficamente…

 

 

 

 

 

 

jueves

Hasta pronto.


 

Hola a todos.

Debido a un problema de salud, he dejado mi blog en descanso.

Si mi corazón se porta bien, en febrero del 26, retornaré.

Les deseo unas Felices Fiestas y un generoso año 2026.

Cariño y bendiciones.

 

Maria Rosa


domingo

La mentira.


 

 

Cerré de un portazo y me fui a trabajar. Últimamente no soportaba a mi hermana, Carla siempre encontraba un motivo para alterarme. Se consideraba la perfecta casada y creía que, por ser soltera a mis cuarenta años, yo era una infeliz.

¿Por qué no te teñís de rubia, tal vez alguien se fije en vos?

Fue su broma al verme salir.

No respondí.

 

La habitación de la señora Carmen estaba en penumbras. Su respiración sonaba como un ahogo, le conecté el cipap y se fue tranquilizando, cuando se serenó la dejé descansar y fui a otra habitación.  La vieja había amontonado los muebles y no se podía caminar sin tropezar con ellos. Me había pedido que pusiera orden y descartara lo inservible que encontrara en los cajones. En un antiguo chifonier, hallé fotos de sus padres, sus hermanos y en un sobre, un manojo de cartas atadas con una cinta celeste y más fotografías, en todas estaba Carmen, abrazaba un hombre desconocido. ¿Su pareja?  Se los veía felices y se miraban enamorados. Por la ropa, el corte de pelo y la fisonomía que iba cambiando, entendí que era un romance que había durado años.  Los sobres abiertos dejaban ver sus mensajes, no pude con la tentación de leerlos. Escritos con una ternura y sensualidad que me emocionó, descubrí una vida desconocida de la señora Carmen.  En ninguna carta el remitente la nombraba por su nombre de pila, simplemente le decía; “mi tesoro”. Firmaba; “yo, tu único amor”. Qué extraño, me dije, cuál sería el motivo del romance a escondidas, ella quedó viuda muy joven y seguramente él era casado. Si al menos supiera dónde vive, me dije, le avisaría que ella está muy enferma. Tal vez, ya no exista, las últimas misivas llevaban fecha de ocho años atrás y nunca un remitente.

 

Al llegar a casa, Carla se puso pesada con sus bromas. “¿Cuántos hombres han pasado por tu vida, mi querida Loli?”  ¿Te presento algún tío soltero y tonto?

Nuevamente no respondí.

Debo escarmentarla, pero no sé cómo.

 

Murió doña Carmen. En un momento me tomó la mano, me sonrió y se durmió en paz.

Por la tarde llegaron sus primos, antes de ocuparse de ella y sin derramar una lágrima, me preguntaron por los papeles del banco, les entregué varias carpetas que ella había preparado. ¿Y qué hago con lo demás? Pregunté, señalando los muebles llenos de fotos y papeles. Le dieron una ojeada y exclamaron:

—Queme todo.

Fuego al pasado, en la vieja parrilla las fotos retorcían sus siluetas, las caras intentaban hablar en un último gesto, todo se fue con las llamas, por la chimenea el humo de recuerdos se fue perdiendo entre las nubes, menos las misivas de “Yo, tu único amor” Había en ellas demasiada pasión para convertirla en cenizas. Las acomodé por año y las guardé en un sobre de papel madera y con ellas en mi cartera me fui a mi casa. Quise salvarlas de la muerte, del olvido final.

No sé porque lo hice.

 

La idea surgió sola, sabía que mi encantadora hermana acostumbraba a revisar mi cuarto. Le haría una broma.

Preparé una trampa.

Días después, regresaba del banco y encontré a Carla y a mi cuñado esperándome. La primera en hablar fue ella:

—¿Me podés explicar esto?

Dijo arrojando sobre la mesa las cartas de “Yo tu único amor”

Me mantuve seria, aunque por dentro me divertía.

—Son cartas —dije— ¿qué tengo que explicar?

—¿De quién?

Me largué a reír, había resultado de perillas. Mi cuñado no hablaba me miraba con sonrisa cómplice.

—¿Qué te importa?

—¿Y vos no eras la pacata que se horrorizaba de mis palabras e inocentes bromas? —dijo mi hermana agitando los brazos — me has desilusionado. ¿Quién es este tipo? seguro es un hombre casado, por eso lo has mantenido a escondidas… ¡Qué vergüenza!

No podía creer lo que escuchaba. Sus ojos enormes que se le salían de las orbitas, verla con las manos en la cintura, me enfrentaba como una actriz de zarzuela, faltaba que cantara. Una imagen patética. Estuve punto de confesar la verdad, pero me controlé.

—Siempre te tuve lástima —dijo Carla— te pensaba sola, y vos te divertías de lo lindo con ese fulano. ¿Quién es?

No respondí.

—Pero estuviste con él muchos años… ¿Y nosotros sin saber nada?

—Era un hombre muy importante de la política, debíamos mantener en secreto nuestro amor.

No sé, cómo inventé semejante ridiculez.

Los ojos de mi hermana y mi cuñado se abrieron como monedas.

—¿Quién era?  —preguntó él.

No respondí.

Junté las cartas y con la cabeza en alto salí de la habitación.

A partir de ese día nuestra relación cambió. No más bromas pesadas y puedo decir que desde entonces he notado algo de envidia en los ojos de mi hermana Carla.

 

 

 

 

 

 

 

 

Planta bruja.

    La lluvia era una cortina espesa y por más que el limpiaparabrisas girara como una media luna enloquecida, la visión de la ruta era ...