viernes

¿Quién dijo asesinos?


 

Se conocieron  en  uno de los tantos lugares de citas que pululan por Internet, dudaban en verse, el miedo al desengaño, a no ser lo que esperaba el uno del otro los hacía prolongar el encuentro.

Él se llamaba Pedro, trabajaba como reportero en un diario y ella, Nene, empleada en una veterinaria.

A medida que chateaban, fueron surgiendo  dudas, él temía que fuera una   asesina en potencia, esas que él descubría a diario en las noticias policiales del periódico en que trabajaba. Ella reía ante sus temores y le decía: yo también leo muchas novelas de terror y sin embargo te imagino una buena persona, solo temo no ser tan bonita, como para despertar tu corazón.

Entre dudas e indecisiones pasaron tres meses. Concretaron al fin encontrarse el último viernes de marzo, en la  plaza San Martín, poblada de niños y cubierta de hojas otoñales. Se citaron a las cinco de la tarde y en el tercer banco de la izquierda. Ella llevaría un vestido rojo, y él, campera a cuadros y jean azul.

Él llegó temprano y se sentó a leer el diario, desde allí observaría la llegada de Nene. Sonrió al verla, era tal cual la había imaginado, treintañera, elegante y bonita, no se acercó, espero, a ver qué sucedía, notó, que al transcurrir el tiempo se iba poniendo nerviosa. Se sentaba en el banco, se levantaba, caminaba, era una pila de nervios moviéndose inquieta. No lograba disimular un temblor histérico, que Pedro notó con solo mirarla.

Ella creyó que él le había jugado una broma pesada. ¿Por qué no me llama? El celular de él estaba apagado. Espero hasta las 17:45 hs y  decidió irse. Abrió su bolso, buscó un espejo y el rouge, se retocó los labios y se dijo: otro fracaso, debí  de darme cuenta que era un tipo desconfiado, siempre hablando de mujeres que asesinan  a sus amantes. ¡Un estúpido!

Buscó en el fondo del bolso y sacó un pequeño frasco, le habló como a un amigo: mí querido deberás esperar a otro candidato, este nos engaño. La etiqueta decía: “Veneno”.

Pedro la contempló al irse, sonrió mientras  retiraba la navaja que escondía bajo su campera, la envolvió con el diario y dijo en voz baja: Era demasiado histérica,  ya encontraré otra mujercita más normal.

 



jueves

La chica del subte B


 

La chica del subte B

La pequeña tenía unos diez u once años, subía al subte B en la estación Medrano, sonreía con carita angelical vendiendo ramitos de flores, todos los días entonaba su cantito: “Flores, florcitas, para las chicas bonitas”. Era simpática, miraba a todos y seguía…

Un día al llegar a Malabia, no llevaba ramitos de flores, seguramente las había vendido, se sentó a mi lado y comenzó a hablar, tenía en los ojos y en la voz, la viveza de los chicos de la calle, que parecen no tener miedo a nada. Cada tanto se recostaba a mi lado como si estuviera cansada, me dijo que su mamá cosía ropa para los negocios de la calle Avellaneda, que sus dos hermanitos eran pequeños y llorones, y de cómo les costaba pagar el alquiler de la pieza en que vivián, no paraba de hablar, las palabras salían de su boca como mariposas abriéndose en primavera hasta que llegamos a la estación Echeverría, allí bajó.

Al llegar a Rosas, bajé, salí a la calle y fui a comprar unas golosinas, allí me di cuenta; no tenía la billetera que guardaba en el bolsillo de mi abrigo, primero me dio rabia, luego sonreí, la muy picara se recostaba con los vaivenes del vagón para sacarme la billetera, se llevó algo de dinero, no era mucho y rápidamente con el celular di de baja la tarjeta de débito, fue justo a tiempo, un rato más y hubiera vaciado mi cuenta.  

No la vi más en el subte B, pero la casualidad nos volvió a encontrar meses después, fue un domingo, necesitaba unos recibos, me acerqué hasta mi negocio, me reconoció, fui hasta ella; intentó bajar, la tomé del brazo y le dije:

—Es muy bueno que ayudes a tu mamá vendiendo flores, pero robar es muy feo, a tu mamá no le gustaría.

Se encogió de hombros y me respondió:

—Ella está presa, no se va a enterar.

Se abrieron las puertas del vagón y se alejó corriendo.

 


miércoles

La pintura

                                                                       Jan Griffier

copiado del blog.
https://angelesyrosas.blogspot.com/2026/06/arte-bajo-cero-durante-la-pequena-edad.html
 


No sé si los que leen esta historia la van a creer, ya que también a mí se me hace difícil de entender.

Todo comenzó un sábado, visitábamos con mi amiga Elvira, el Museo de Arte decorativo, mientras la guía nos conducía por los diferentes salones, yo me detuve frente a un cuadro que llamó mi atención por la realidad que expresaba. El autor Jan Griffier. La escena un grupo de personas caminando en una ciudad cubierta de hielo con un cielo oscuro que amenazaba tormenta, quedé abstraída mirando, la sensación que me invadió en ese momento fue de estar allí, patinando junto a esos niños y adultos a los que el frío no parecía afectarlos y disfrutaban de un día normal de paseo.

El río, estaba congelado, los árboles que rodeaban el paisaje eran fantasmas que extendían sus brazos al cielo. Toda la escena impresionaba por su realidad, los niños jugando, los mayores deslizándose por la piel del rio convertida en pista de patinaje y otros caminando y disfrutando el momento.

De pronto me vi allí, bajé la escalinata y comencé a deslizarme sobre el hielo con la mayor naturalidad, sin temor, nadie me prestaba atención, cada uno estaba en su mundo disfrutando y yo respiraba hondo tratando que el frío no me afectara. Me acerqué a un grupo de niños uno de ellos me tomó de la mano y me hizo girar, perdí estabilidad, caí sentada y resbalé sobre el hielo entre mi risa y la del pequeño.

Algo me arrancó de mi momento feliz.

Fue una voz; 

-Señora, no se aleje del grupo por favor. 

Era la guía del museo que desde una puerta me hacía señas. Tarde unos minutos en volver a la realidad. ¿Qué me había sucedido?

¿Había dejado volar mi imaginación a tal punto que me eleve a otro lugar?

¿O fue solo una ilusión?

No lo supe a ciencia cierta, me alejé unos pasos, volví a mirar la pintura, y ya no era un cuadro, era una realidad, había estado allí, estaba segura, pero ¿quién me iba a creer, si yo misma dudaba?

Mientras abandonaba el salón y las dudas me asaltaban creyendo que lo vivido había sido un delirio, sentí el frío húmedo de mi vestido en mi espalda, en mis piernas, la caída en el hielo había sido real, me convencí que no fue una alucinación, pero tampoco pude darle nombre a lo vivido.

 



martes

La visita.



 

Don Severo acomodó los almohadones del sillón y se dedicó a esperar, la noche de verano regalaba el frescor del césped recién regado y entraba curiosa por la ventana.

El dolor en el pecho por momentos lo ahogaba, en especial por la noche, ella lo sabía. La presentía, igual que se presiente una tormenta por el aroma en el ambiente, por el viento que arremolina las hojas en los rincones, ella no era tormenta, pero era oscura y olía igual.

Fue a la cocina a prepararse un té. Mientras disponía la vajilla en la bandeja, le llegó un ruido suave, eran pasos sobre algodón. Colocó el agua en la tetera, la tapó y fue hasta el living. Allí estaba ella, sentada muy oronda en su sillón. Sin hablar, volvió a la cocina, sacó masitas de un frasco, las colocó en la bandeja junto a las tazas y regresó al living.

—¿Quiere un tecito? —ofreció con una sonrisa.

—No —la voz era áspera.

Severo se sirvió. La miraba esperando alguna palabra, la mujer yacía muda y con el ceño fruncido. Él se levantó a cerrar las ventanas, corrió las cortinas y la claridad del farol de la calle quedó oculta, encendió la luz. Desde la puerta llegó un sonido de uñas, era Felipe que quería entrar. Severo abrió la puerta y el gato entró tranquilo, se detuvo y miró a la visita, erizó su pelaje, levantó el lomo y pegó un aullido de terror, digno de una novela de Poe. Viró y volvió a salir por la puerta que había quedado entreabierta. El viejo cerró y se sentó a disfrutar su té. Ella seguía muda. Severo le preguntó:

—¿Está bien?

—Sí, necesito que se apure, a las once debo estar en Floresta.

—Usted siempre está apurada.

—Hoy estoy apurada y nos vamos a ir juntos, no me va a engañar como la vez anterior, ya me cansé de sus juegos.

Don Severo no respondió, tomaba su té con la mayor calma, disfrutando cada sorbo, sin darse por enterado de las palabras de la mujer. La observaba de reojo, ella mantenía su gesto hosco, al fin se levantó, giró en la habitación, observando las fotos que descansaban amontonadas sobre un mueble. Imágenes antiguas de don Severo en la Torre Eiffel, caminando a orilla del Sena.

—¿Ha viajado por Francia? —preguntó la mujer.

—He estudiado en Francia, soy Maestro pastelero.

Ella se acercó a la mesa, estiró su mano huesuda y tomó una masita de la bandeja, luego otra. Las comía con fruición, se deleitaba en cada bocado.

—Que ricas ¿cómo se llaman? —preguntó con la boca llena.

—Canestrelli —dijo el viejo.

En pocos minutos las comió todas. Comenzó a dar vueltas por la habitación. El viejo bebía más lentamente.

—¡Apúrese por favor!

—Usted sabe que no debe apurarme, su deber es ser amable.

Ella se sentó y comenzó a moverse inquieta en su asiento, se llevó las manos al vientre.

—¿Qué les puso a las masitas?

—Nada —respondió Severo— será que comió apurada…

El viejo disfrutaba viéndola retorcerse. En un momento, ella se puso de pie, abrió la puerta y salió corriendo.

Severo salió tras ella, observó el jardín, el foco callejero iluminaba la soledad de la calle, no había nadie. Sonrió y dijo en voz alta:

—La dama se ha esfumado otra vez. Hasta la vista Madame la mort.

 

 

 

 

 

 


 

lunes

Aquel bolero.


 


 

Hay momentos que el olvido abre sus puertas y se remonta con imágenes de personas que pasaron por nuestra vida y ya no están, las perdimos por que partieron a otro país, a otra ciudad y la comunicación se cortó como un hilo frágil de algodón, pero quedaron en nosotros sus confidencias, su vida desgranada en los momentos de tranquilidad que puede producir un trabajo o un café compartido.

Se llamaba Conce, en esos años rondaba los cuarenta y cinco o cincuenta años, nunca decía su edad. Me había elegido de confidente. Por tu edad podés ser mi hija, me decía, y sin embargo sos la única que me entiende y escucha. Es que, eran interesantes sus confidencias, hablaba despacio, con un dejo español que había heredado de sus padres madrileños, ella era argentina, sin embargo, esa forma de hablar era natural en ella.

Todo comenzó cuando me escuchó susurrar el bolero; “Nosotros”. ¿Lo conoces? Me preguntó sonriendo. Es parte de mi vida, dijo suspirando y me acompañó cantando suavecito.

“Por ese bolero me enamoré —me dijo— lo conocí en esas tardes de viernes que íbamos con las chicas de la casa de modas a tomar algo al hotel Crillón que estaba sobre la Av. Santa Fe, en ese entonces se bailaba y él vino a la mesa a invitarme, era amable y esa música fue lo que selló primero una amistad, luego fue algo más”.

Quedó callada, como recordando, luego su voz se hizo más suave:

“Él era casado, comenzamos con confidencias, así pronto nos dimos cuenta de que éramos afines en muchas cosas, nos gustaba bailar, leer a Cortazar y los poemas de Alejandra Pizarnik. Cada viernes, yo iba con el deseo de verlo, entre tantas revelaciones, me habló de su esposa, enferma psiquiátrica, internada en una clínica y que esos encuentros de los viernes eran su vía de escape a tantos problemas. Yo me enamoré. Él no lo sé, pero cada viernes nos encontrábamos, parece una locura, pero fue real”.

¿Y el bolero qué tuvo que ver? —pregunté.

“Era nuestra historia, en esa letra estábamos los dos viviendo un amor destinado al fracaso, cada viernes lo pedíamos y bailábamos muy abrazados”

 

 

Nunca más habló de ese tema y cuando le pregunté si se habían vuelto a ver, me dijo que no, que duraron apenas dos años, luego cartas, hasta que ella le pidió que no le escribiera más, pero cada vez que escuchaba ese bolero la herida volvía a abrirse. Ella me dijo que dejó de ir al Crillón, cuando volvió tiempo después, él ya no estaba.

Historias de vida, personas que pasaron y dejaron su impronta de amores que hoy al recordar me siguen emocionando.

 

 



domingo

Estafadora, estafada.







—Es amable, encantador, creo que Charlie va a ser el amor de mi vida…—Sandra hablaba revoleando los ojos.

Laura miró a su amiga, su sonrisa fue un gesto que no llegó a sus ojos. Era lunes y el ambiente en la confitería era tranquilo apenas cinco o seis personas, cada cual en su mundo, afuera llovía y el viento de otoño amenazaba llevarse los árboles.

—Sandra eso lo decís cada vez que conocés a un tipo nuevo, en lo que va del año te enamoraste tres veces y eso que estamos en mayo.

—No me comprendés, está vez es real, tiene un departamento en Palermo y el domingo me llevó a conocer su casa de fin de semana en Pilar, quedé deslumbrada, tiene todo lo que me hace feliz.

Laura se encogió de hombros y no dijo nada, miraba tras el ventanal las hojas que caían sobre la vereda mojada.

—¿Estás celosa? —la voz de Sandra sonó chillona y la trajo a la realidad— es eso, los celos te corroen.

No merecía esas palabras, le dolieron.

—Sabes que me pasa, me dan lástima los tipos, los desplumas como gallina para puchero y luego te mandas a mudar… ¿qué puedo envidiar? Sos una estafadora con cara de ángel, ¿o no te das cuenta de que tu comportamiento es de mala persona?

La risa de Sandra sonó como burla, se acomodó en la silla y dijo:

—Esta vez no, él me mira arrobado, se nota que le gusto de verdad. No me ve como una aventura, es algo serio.

—¿Y vos cómo lo ves? Un tipo en esa posición no es un tonto como los que vos engatusas y le sacas los ahorros, ten cuidado… —Laura tomó un sorbo de café y le dijo— no quisiera verte presa.

La risa de Sandra está vez fue estridente hizo que todos en la confitería la miraran.

Se despidieron, Laura se fue caminando y volvió a su trabajo en la oficina, Sandra subió a un taxi y se perdió entre la hilera de coches que surcaban la avenida.

El viernes siguiente Sandra la llamó, su voz era pura emoción.

—Laura, estoy muy feliz, Charlie me preguntó si quería casarme con él, que podría ser en enero o febrero según como cerrarán unos negocios que tiene entre manos… ¿qué me decís?

—Me parece bien, ¿estás segura de lo que vas a hacer?

—Claro que sí, estoy loca de amor.

 

Por varias semanas se comunicaron solo por WhatsApp, Sandra viajó con su amorcito a Pinamar y según dijo en un mensaje se preparaban para radicarse en Miami.

Pasó más de un mes sin tener noticias de Sandra, pensó que el viaje a Miami la debía tener ocupada.

En un WhatsApp breve Sandra la citó en la confitería de siempre. Cuando Laura la vio entrar creyó que era el fantasma de aquella que meses atrás resplandecía de emoción y romance. Tomó asiento y pidió café, Laura no hablaba solo la miraba.

—Todo terminó —dijo en un susurro— Charlie no era Charlie, es Ramón, y es un hijo de mala madre, me robó.

Se largó a llorar, una angustia contenida salió enronquecida de su pecho, las palabras fueron un torrente que Laura escuchó en silencio.

—Me dijo que las inversiones que tenía entre manos lo habían dejado sin dinero, que debíamos viajar a Miami para cobrar allí el paquete mayor y que luego le pasarían el resto por transferencias —se secó los ojos y siguió contando— le entregué mis ahorros, para que arreglara desde aquí los detalles, el alquiler de un departamento, viajes, quedamos que él sacaría los pasajes y nos encontraríamos en el aeropuerto de Ezeiza para partir a Miami en el vuelo del lunes a la mañana, hace una semana.

Quedó en silencio, Laura también.

—Quedé esperando en el aeropuerto como una tonta, él desapareció, el celular no responde esta fuera de servicio, el departamento de Palermo cerrado, la casa de Pilar cerrada, me estafó…¡¡Me estafó!!

Las últimas palabras las dijo gritando, nuevamente como la vez anterior, todas en las miradas se volvieron hacía ella.

—Hice la denuncia y me dijo el oficial a cargo, que lo conocen, se llama Ramón Cardenas, se dedica a engatusar y robar a mujeres tontas, tontas me dijo el policía, su elegancia y su labia pulida lo favorecen, vive de eso es un estafador.

Laura no hablaba, la noticia le dolió en el cuerpo, era algo que tarde o temprano iba a suceder, por ahora lo mejor era callar, no mortificarla más, pero por dentro, pensaba; te dieron a tomar de tu misma medicina mi querida amiga, ya llegará el momento en que se lo iba a decir clarito y sin dramas; fuiste siempre una estafadora, hoy te llegó tu karma.

 

 

 


 

sábado

Los trigales.


 

 

El tren fue aminorando la marcha, entró en la estación y pude leer; Los Trigales, era mi lugar de llegada. Cargué la mochila y descendí.

Quedé en el andén mirando el tren que como un gusano ondeante se fue perdiendo en la distancia, viento, polvo y algunos plumerillos fueron mi compañía, hacía calor, miré a un lado y a otro, la soledad era total, la tía Calixta se había olvidado de venir a buscarme. Caminé unos metros y solo campo seco rodeaba la estación, algunos eucaliptus altos y de generoso follaje, ofrecían sombra al bajar del andén, fui hasta ellos y en un tronco caído me senté. El cansancio y el hambre me pusieron de mal humor.

La tía Calixta no aparecía y yo no sabía para donde arrancar, una hora después, una polvareda a lo lejos me avisaba que alguien se acercaba. Un coche, un Fiat 1500 de la década del 60, cubierto de polvo, pero fuerte para andar en semejante ruta de tierra se detuvo a mi lado. Era Calixta. De un salto bajó y sin que pudiera reponerme de la sorpresa, me abrazó riendo a carcajadas.

 

 Durante el viaje mi imaginación volaba, creyendo que un rancho de adobe me estaría esperando, no fue así, una casa de apariencia agradable, de paredes blancas, apareció encallada en medio del campo.

Atardecía, el frescor de la vivienda y mi cansancio, lograron que después de una cena liviana, me quedara dormida en un sillón. Amanecí cubierta con una manta suave y abrigada.

La tía dormía, recorrí la casa, un extraño ambiente flotaba en el aire, me di cuenta que poco y nada sabía de Calixta, mi padre, nunca hablaba de ella y para mí, resultaba una desconocida. ¿Por qué me había invitado a su casa? Mirando cuadros con fotos del paisaje que nos rodeaba, me recorrió la sensación de haber llegado a un lugar lleno de preguntas y misterio.

Días después, llamó mi atención una araucaria, rodeada de una reja formando un cuadrado perfecto, los demás árboles no tenían ese resguardo, le pregunté el motivo:

-Tiempo al tiempo – fue su respuesta.

Nada más. Demasiado secreto rodeaba la vida de Calixta, por las noches la casa se estremecía, cuando le preguntaba el motivo, su respuesta era ambigua, respondía que era una zona con fallas geológicas, eso producía movimientos de tierra. Una noche comenzó el movimiento y varios cuadros cayeron al suelo, luego todo fue paz, pero no pude dormir, ella nunca me daba una explicación lógica a mis insistentes preguntas.

Una mañana en que la lluvia se desató con fuerza y nos obligó a quedarnos en la casa, sin televisión, ni internet, mi teléfono mudo de nada servía en ese contexto, aburrida, intenté buscar un libro en su biblioteca, pero nada atrajo mi atención.

Viendo mi cara que delataba fastidio, la tía se sentó en una silla de la cocina, apoyó los brazos sobre la mesa, me invitó con un café y comenzó a contarme su vida:

-Tu padre nunca perdonó que me haya casado con un extranjero – me dijo- no sabíamos de dónde venía y no conocía su origen.

- ¿Cómo que no conocías su origen, no tenía documentos?

-No. -bajó la cabeza en silencio.

-Pero… pudo ser un asesino, escapando de algún grave problema en su país.

-Diste en el clavo -dijo con tranquilidad y mirándome burlona, pero en el fondo de sus ojos una tristeza enorme la mostraba diferente.

- ¿Qué querés decir? -pregunté.

Se removió en su silla, afuera la tormenta había calmado, solo el viento seguía como un lamento golpeando las ventanas, la tía intentó sonreír, pero no pudo, solo dijo:

-Era un asesino, Jael era su nombre, escapó de un país de medio oriente y llegó acá en algún barco de carga, polizonte o esclavo, no sé, pero llegó.

-¿De qué forma te conectaste con semejante personaje?

Ella se encogió de hombros, sonrió con tristeza y dijo:

-Me gustaba participar en ciertas reuniones políticas, me creía inteligente, él me resultó atractivo, hablaba un español raro y me pareció que sería importante ayudarlo a conocer mejor el idioma y así comenzamos.

-¿Cómo te enteraste que era un asesino?

-Él intentó matarme varias veces… pero yo lo maté a él.

Su voz era fría, pausada, tranquila, como si rezara una oración.

-En una discusión de las muchas que tuvimos, Jael sacó su cuchillo, siempre lo llevaba en la cintura, intentó atacarme -Calixta se levantó la camisa y me mostro las marcas en el costado de su cuerpo, en la espalda, en el muslo…-esa noche él estaba fuera de si, como siempre que algo lo contradecía.

Mientras hablaba, la tía comenzó a transpirar, su respiración era entrecortada, creí que iba a perder el conocimiento, pero continúo diciendo:

-Era un ser endemoniado, Jael no era normal, había jurado que me mataría antes de fin de año, se quedaría con todo mi dinero, tu padre me dio parte de la herencia familiar, con ella, compré esta casa lo demás lo guardé en un lugar secreto.

Calixta quedó en silencio, se puso de pie y comenzó a dar vueltas por la cocina, se sentó nuevamente y noté su respiración entrecortada y su cara estaba roja.

-No sigas -le dije- en otro momento me terminas de contar, tengo miedo que te de un ataque.

-Sobreviví a esa fiera -exclamó- nada me va a pasar, debo contarte toda la verdad, estoy enferma, tengo poco tiempo de vida y ahora es tiempo de que sepas cuál es tu misión. Jael esta enterrado en el patio, yo misma cave la fosa, a los que preguntaban por él, les decía que estaba en Entre Ríos por tramites, pronto se olvidaron y se corrió la voz que me había abandonado por otra mujer, yo guardaba silencio.

Calixta fue hasta un mueble, sacó una botella de vino tinto y sirvió dos vasos, le agradecí, me estaba haciendo falta algo fuerte.

-Creo que Jael era un ser poseído – dijo con voz temblorosa-

-¿Poseído por quién?

-Por fuerzas oscuras, era pura maldad, así que es necesario que cuando yo muera, debes dejar mi cuerpo en mi habitación y prender fuego a esta casa, con cuidado, no debe quedar nada en pie… ¿entendido?

La escuchaba con terror, miedo y sin entender del todo sus palabras.

-¿Por qué el fuego?-pregunté.

-Es la única forma de purificar, de quitar tanta maldad, algo de Jael sigue habitando en la casa, él está enterrado bajo la araucaria, que es un árbol sagrado y la reja es el símbolo de su cárcel, de ahí no puede escapar, los temblores de la tierra bajo la casa son la prueba de que algo o alguien sigue aquí.

Toda su explicación me resultaba parte de una novela de Alan Poe.  Tenía ganas de salir corriendo, por mis venas corría una sensación extraña de no saber si estaba frente a una loca o toda su historia era real. Me quedé, algo vi en sus ojos que me hizo creerle aún sin entenderla.

Semanas después y según me había dicho, ella murió, se sintió mal, se acostó y sin una queja; expiró. Su corazón ya no daba más ella lo sabía y por eso me había llamado.

Cumplí con su pedido, el fuego dominó la casa con llamas altas que chispeaban en la oscuridad de la noche, pero antes resguarde el Fiat 1500, sería la única forma de regresar al mundo casi normal, luego me senté en la tierra mirando el espectáculo que duro varias horas, a dos kilómetros estaba el pueblo más cercano y extrañamente nadie se acercó, mirando el espectáculo me quedé dormida sobre la tierra.

Al despertar, el sol estaba alto, me dolía todo el cuerpo, era bien avanzada la mañana, me acerqué y para mi sorpresa, encontré la tierra limpia sin rastros de madera quemada ni hollín, solo se mantenía en pie el árbol sagrado de araucaria y la reja que lo contenía, como fiel testigo de lo acontecido.

¿Qué había sucedido?

Nada quedaba que diera fe de la casa y su habitante, nada de su mundo, su sufrimiento o su locura, en un momento dudé que lo vivido fue real, pero allí estaba el árbol sagrado, de pie, custodiando que la maldad no volviera a la vida y el viejo auto que lentamente pero seguro me devolvería a la civilización. Mientras trataba de escapar de ese pueblo y sus demonios, busqué en el coche un mapa, lo encontré y al fondo de la guantera hallé un sobre de papel madera con lo que seguramente la tía había dicho era su tesoro. Un fajo de dólares y una carta, en ella, me decía:

“Querida sobrina:

Imagino que si estás leyendo esta carta, ya saliste del pueblo y que como mujer inteligente resguardaste el Fiat del fuego, perdón por haberte dejado semejante tarea, eras la única que podría cumplirla, gracias.” Calixta.

 

 

 

 

 

 

¿Quién dijo asesinos?

  Se conocieron   en   uno de los tantos lugares de citas que pululan por Internet, dudaban en verse, el miedo al desengaño, a no ser lo que...