Dejó
atrás el pueblo. Fue bordeando el río con una rabia que le salía por los ojos,
iba hablando solo, la escena donde la Rosina lo había despreciado y la madre de
ella repetía cada frase de la hija asintiendo con la cabeza, lo perseguía.
¡Qué les
había hecho él para que lo despreciaran de tal forma!
—No me
voy a casar con un gringo muerto de hambre como vos — había dicho Rosina con
desdén, tenía las manos en la cintura y al hablar adelantaba la cabeza como
queriendo que sus palabras le llegaran rápido a Samuel.
Y ahora, Samuel
iba trastabillando, entre los restos que el río va dejando en la orilla, amargado
y con ganas de llorar a los gritos no sabía que una casualidad puede cambiar
una vida en un instante, inesperadamente el destino lo puede llevar a un futuro
que nunca imaginó.
Caminaba
buscando la parte angosta para cruzar al otro margen, se detuvo y mientras
observaba, un paisano viejo que imaginó lo que iba a hacer le dijo:
—Oiga
mozo, no se le ocurra cruzar nadando que la correntada esta brava y se lo va a
llevar…
Lo miró
de costado, por encima del hombro y no le respondió. El viejo siguió su camino,
sin repetir la advertencia. La tristeza se mezclaba con el dolor de sentirse
despreciado por la mujer que amaba, pero hoy fue demasiado, el insulto se le
metió en la piel y llegó a lo más hondo de su corazón; “Gringo muerto de
hambre”.
Encontró
el lugar justo para cruzar, entró caminando, el agua le subía a cada paso ya
casi la tenía en el pecho, comenzó a nadar, tres o cuatro brazadas y algo
extraño lo obligó a mirar la corriente, llegaba con más fuerza, recordó las
palabras del viejo, la fuerza del río se hizo remolino, rodó entre las ramas
que bajaban del norte, la correntada lo subía y bajaba hasta el fondo, creyó
que era su final. Perdió el sentido, de pronto todo fue silencio.
Al abrir
los ojos se encontró en la orilla, enredado entre las raíces de un seibo que
había quedado mitad en tierra y mitad en el río, ellas le habían salvado la
vida. Pudo liberar una pierna, la otra estaba clavada entre el barro y las
finas raíces que actuaban como sogas atándolo, quiso apoyarse en el fondo
barroso y su pie se encontró con algo duro; ¿una chapa? Era una caja, se
inclinó y trató de levantarla, estaba clavada en el fondo fangoso, con la poca
energía que le quedaba logró elevarla hacía él, era una caja de lata, pesada,
la arrojó sobre la tierra y volvió a ocuparse de su pie, después de mucho
esfuerzo pudo quitar las raíces, agitado y sin aliento se dejó caer sobre la margen.
No supo cuánto
tiempo estuvo allí, por momentos perdía la noción creía entrar en un sueño que
lo agitaba, que seguía entre la furia del agua. El canto de un pájaro lo trajo
a la realidad. Se sentó, le dolía todo el cuerpo, las piernas mostraban las
marcas de su lucha entre las raíces y el río.
El sol de
la tarde comenzaba a declinar, con ese reflejo se animó un poco y a duras penas
se puso de pie, casi arrastrándose comenzó la marcha, al fin divisó la torre de
la curtiembre, su casa estaba a pocas cuadras de esa fábrica y enfiló hacia
ella, llevaba la caja bajo el brazo, en un momento se sentó, estaba agotado,
quiso abrirla, era imposible estaba cerrada a presión.
Ya en su
casa apoyó la caja sobre la mesa y se dejó caer sobre su cama.
Abrió los
ojos con el sol del nuevo día, había dormido desde la tarde anterior hasta la
mañana ya avanzada.
Buscó un analgésico,
tal vez le ayudaría a calmar el dolor de su cuerpo. La caja seguía sobre la
mesa, oxidada, seguramente llevaba mucho tiempo en el río. Buscó herramientas
para abrirla, con un destornillador forzó la tapa y se abrió. Quedó sin
palabras. Eran piezas de oro, o al menos lo parecían, la permanencia en el río
las había oscurecido. Cadenas, anillos, medallones, pulseras, tanteo en su mano
una de las medallas y resultó pesada. ¿De quién sería ese tesoro? Nadie en ese
pueblo podría tener tal riqueza, seguramente el agua la había arrastrado del
norte. ¿De Brasil, de Paraguay? No lo sabía. Debía averiguar si eran piezas de
valor o simples chucherías y para eso debía ir a la ciudad, solo en Paraná
encontraría quién le diera su verdadero valor.
Recorrió
varias joyerías, compradores de oro, los precios variaban enormemente, encontró
uno que le ofreció un valor superior a los otros, vendió unas pocas cadenas,
con dinero en el bolsillo fue a un banco abrió una cuenta y pidió una caja de
seguridad, en ella dejó las demás joyas. Comenzó por comprarse ropa. Dejo atrás
al gringo muerto de hambre, se convirtió en otro hombre.
¡¡Puta lo
que hace la plata!! Dijo al mirarse en el espejo.
Se quedó
en Paraná. Abrió un local de novedades y regalos para turistas. Su vida fue
cambiando lentamente, los amigos curiosos preguntaban de dónde le había llovido
tanto dinero para cambiar así su vida, Samuel nada respondía.
Invertía
cada peso que el banco le pagaba por sus intereses y su avance económico llegó
a oídos de Rosina y su madre. Como era de esperar, ellas llegaron a su local. Al
verla la cara de Samuel se convirtió en piedra, pasaron por su cabeza sus
palabras despreciativas, sus gestos y la cara de la madre lo obligó a crispar los
puños.
—Hola
Samy ¿cómo estás? —Rosina sonó tan falsa como una moneda de trapo.
—Me llamó
Samuel, no Samy.
La madre
sonreía mientras miraba los regalos en exposición.
—Es un término
cariñoso —dijo con un gesto coqueto.
—Muy bien.
¿Qué necesitas?
Se paró
frente a ella con los brazos cruzados. mirándola directo a los ojos.
—Necesito
un osito de peluche… —respondió con voz melosa.
—Lo
siento no hay, se vendieron todos.
—Pero en
la vidriera hay dos, quiero uno.
—No puedo
desarmar la vidriera por un osito de peluche.
Rosina
titubeo.
—¿Estás
enojado conmigo? Aquel día no tenía ganas de hablar y te traté mal, perdón…
—Aquel
día me salvaste la vida.
—¿Yo? ¿Cómo
que te salve la vida?
—Lo
siento, hoy soy yo quién no tiene ganas de hablar.
Samuel giró para atender a otro cliente, hizo un gesto a un vendedor y dejó a las dos
mujeres con la boca abierta, mientras el empleado las acompañaba cortésmente
hacia la calle.







