domingo

Aquella paloma.



Durante  la noche, se  quedaba en el alfeizar de la ventana. Buscaba con su pico sobre el cemento, no sé qué, allí solo había tierra o tal vez alguna miguita que caía de los pisos superiores.
Adriana me decía:
—Pobre paloma, dale algo de comer…
—Imposible Adri, la ventana está cerrada y fija, no hay forma de abrirla.
La paloma era gris, algunas plumas blancas se asomaban cuando abría las alas para volar. Caminaba  a los saltos, apoyada sobre la pata izquierda, la otra la había perdido, iba de un lado a otro, por momentos se emplumaba, y sentada, se convertía en una  pelota, cerraba los ojos, y así se quedaba por ratos. ¿Cómo podía vivir con una sola patita? No lo sé, pero sus alas eran su fuerza, con ellas se movía de un lado a otro. Por la mañana muy temprano, echaba a volar, y antes que los médicos hicieran su recorrida, regresaba y desde allí miraba a Adriana a través del cristal, ella le hablaba y el ave parecía comprender, inclinaba su cabeza a un lado y a otro, fijos sus ojos en ella.
Adriana decía que cuando saliera del hospital se la iba a llevar a su casa: la pondré en  una caja y allí estará cómoda y caliente, le daré semillas y migas de pan.
Pero Adriana se fue muy lejos, a un país donde no se pueden llevar   palomas.
Cuando voy al cementerio a visitarla, buscó a ver si la paloma gris aparece.  No sé, tal vez son ideas mías, pero por momentos,  creo verla sobre una de las ramas de un ciprés cercano, no veo sus patas, pero una paloma gris, sale del tupido follaje, vuela  y gira en círculos sobre mí, y regresa al ciprés.
Debe ser mi imaginación, hay tantas palomas de ese color.
Creo que la paloma entendía cuanto la amaba Adriana, era su símbolo de la libertad, esa que  ella no disfrutaba, sujeta a una cama, con tubos y cables. Si la paloma vive con una patita —decía— yo viviré de cualquier forma.
 No fue posible.


jueves

Hermanos.






Afuera llovía. Clara y Marta jugaban a las cartas sobre la mesa de la cocina, en el comedor Juan leía el diario del día anterior con el mismo aburrimiento con que sus hermanas jugaban al truco. Era domingo y el frío del invierno los envolvía como una caricia a pesar del  calefactor.
—Me dijeron que tu amigo Beto viajó de nuevo a Alemania —la que hablaba era Clara la mayor.
Juan no respondió.
—Se enteró algo tarde que su mujer lo engañaba…¿no?—insistió Clara.
—¿Qué te importa? —Respondió Juan con rabia dejando el periódico a un costado.
—Yo me di cuenta hace años,  cuando se fue a Europa por un contrato con el Colegio Alemán y se quedó casi un año, y ella quedó embarazada, hay que ser tonto para no darse cuenta.
Juan no respondió.
—Déjalo tranquilo —dijo Marta, mientras  se levantaba a preparar el té.
—Estoy aburrida con este encierro, van tres meses y todavía no se sabe cuándo  va a terminar la mal llamada cuarentena.
—Y como estás cansada de ver las paredes de tu casa, intentas revolver la mierda ajena para pasarla mejor… — dijo Juan y retomó la lectura.
—Es que Beto es tu amigo, ¿no te importa que su mujer le haya metido los cuernos?
—¡Ustedes que saben! —nuevamente dejó el diario, no lograba concentrarse en la lectura.
—Sabemos lo que hemos visto por años, dos hijos y ninguno se parece a él y siempre quedaba embarazada cuando Beto se iba por trabajo —Está vez fue Marta la que habló, su hermano respondió con fastidio:
—Ustedes son dos brujas, que hablan por hablar, han estado toda su vida encerradas cosiendo para sus clientas, escuchando sus secretos de vida y sin haber formado una familia, sólo saben criticar a medio mundo.
—¿Por qué nos atacas, vos tampoco te casaste?
—Ustedes ni saben  por qué no me casé, y Ana ya murió, déjenla en paz.
Clara notó emoción en la voz de  Juan, se acercó a él y se sentó a su lado.
—Vos estás raro desde la muerte de Ana y cuando viene Beto, se encierran a hablar y terminar llorando.
Juan se levantó furioso, se paró frente a su hermana y abrió los brazos como intentando abarcar con ellos la rabia que le brotaba del pecho.
—Lo que faltaba, ¿nos estaban vigilando, escuchando?
—No Juan, con verles la cara al salir, cualquiera se daba cuenta…
Marta se acercó e intentó abrazar a Juan, el se desprendió de su gesto de cariño, y se acercó a la puerta, la abrió y quedó mirando el jardín.
—Sigue lloviendo, lluvia y cuarentena, ya perdí la cuenta de los días que estamos encerrados.
Ni Clara, ni Marta respondieron. La lluvia  caía con más fuerza, ellas miraban a su hermano esperando algo que ni ellas mismas sabían qué era.
Juan se volvió y sin que le preguntaran, comenzó a hablar:
—Yo fui siempre un tipo muy reservado, sólo Beto, Ana y yo sabíamos la verdad. Ella y yo fuimos pareja desde adolecentes, pero sus padres no me querían, yo era un mecánico de barrio, un don nadie. Entonces apareció Beto, un profesor reconocido, familia  importante y los padres vieron en él al gran candidato ideal para su hija, ustedes lo sospechaban… ¿verdad?
—Algo sospechamos desde el día que ella murió, y te vimos llorar, no se llora así por una amiga.
—¿Beto lo sabía? —Pregunto Marta.
—Desde el principio.
Marta se cubrió la cara con las manos, se dejó caer en el sillón.
—No lo puedo creer, un cornudo consciente.
—¡Basta! —Juan las miraba con furia, golpeó la pared con los puños y les dijo:
—Ustedes no saben nada, la verdad es difícil de entender.
Las lágrimas le quemaban los ojos.
—¿Cuál es la verdad?—Preguntó Clara.
—Que fuimos tres desgraciados viviendo de a sorbos la vida, con miedo y metidos en una trampa indecible, que nadie  podría entender.
Juan daba vueltas, quedaron en silencio, ellas esperando y él sin saber por dónde continuar.
—Los padres de Ana formalizaron el noviazgo, ni Beto supo como lo hicieron, de pronto se encontró comprometido sin haberlo buscado. Ana habló con él y le dijo la verdad; que me amaba y esperaba un hijo mío.
—¿Qué? —la voz de Clara fue un grito —¿Qué pasó con ese embarazo?
—Lo perdió en el quinto mes…—dijo Juan— ya estaban casados.
—Por eso fue todo tan apurado —comentó Marta— .No entiendo cómo Beto aceptó tal situación…
—Por qué a él le convenía, él también llevaba sobre sus hombros una historia de vida difícil, Beto es Gay, y su familia vivía de pura apariencia y, él, en cada viaje que hacía, se iba con su pareja de toda la vida, no se olviden que hace treinta años atrás nadie se animaba a declarar que era Gay, sin ser despreciado por su entorno. Se casaron para librarse de las familias.
—¡Todo esto es una locura! —dijo Marta— Parece el argumento una novela.
Juan simulo una triste sonrisa y asintió con la cabeza.
—La situaciones que nos toca vivir, son peor que una ficción.
Clara cerró la puerta de calle y quedó mirando la lluvia por la ventana, ahora era ella la que no lograba contener el llanto.
—Es la vida Clara, no todos la disfrutan color de rosa, algunos nos conformamos a vivirla de a poco y como viene.
Juan se acercó a Clara, la abrazó y quedaron en silencio.
—Te dije que no se puede hablar sobre la vida ajena, cada uno carga su cruz y avanza en la vida como puede.
—¿Los hijos saben la verdad? —preguntó Clara.
—Si, después de la muerte de Ana, Beto habló con ellos, al principio, se enojaron, pero son adultos y con el tiempo entendieron.
Clara seguía llorando.
—Bueno, basta de llanto, —le dijo Juan— que entre la lluvia y las lágrimas nos vamos humedecer hasta el alma. Marta se unió a los dos y protestando les dijo:
—Vamos a jugar un partido de truco, como cuando éramos chicos, y luego pedimos unas pizzas para olvidar tantas tristezas.
—Vos lo arreglas todo comiendo —la voz de Juan intentaba ser amable.
—Es la vida hermano, una de cal y otra de arena…






martes

Las tizas de Yani.







A pesar de sus pocos años, Yani entendía que la palabra, odio, era demasiado sucia, dura, no le gustaba. La había escuchado muchas veces, cuando su padre llegaba enojado y borracho, y hablaba de sus problemas  con el dueño de la curtiembre. Ahora su padre ya no estaba, la bebida se lo había llevado a quien sabe qué mundo. Ella y su madre estaban solas. Su padre antes de morir  se jugó hasta la última moneda y las había dejado sin recursos.
Su mamá salvaba la situación trabajando todo el día en la casa de la señora Parker, una dama rica y mala, tan mala que Yani, de solo verla temblaba, y regresaba a su mente la palabra odio y una furia oscura le subía por la garganta y la ahogaba. Cada vez que la escuchaba insultar a su mamá y veía los moretones de sus brazos comprendía; que  la señora Parker era violenta.
Comenzó a acompañar a su madre al trabajo, ella se quedaba en el patio del fondo dibujando sobre el piso de cemento, una rara habilidad le hacía crear  figuras, mientras las tizas de colores jugaban entre sus dedos y recreaban paisajes de ensueño, lagos, flores, pájaros...
—La tonta de tu hija se pasa las horas dibujando pavadas —decía la señora.
—Mi hija no es tonta, sólo le gusta dibujar.
Un medio día, Yani encontró a su madre llorando, un hilo de sangre bajaba de su nariz  y preguntó qué le había sucedido, Parker agitó los brazos y le dijo:
—Vete pequeño demonio, es un problema entre tu  madre y yo, acaba de romper  dos platos del juego de porcelana Limoges.
—¡No la lastime! —gritó la niña.
—La próxima vez que haga  otro desastre la dejo en la calle y  se van a morir de hambre…
Las cejas de Yani se fruncieron y en su mirada brillaron chispas doradas y rojas. El pueblo era pobre, sólo la señora Parker podía ofrecer trabajo a una mujer con una niña pequeña, y se abusaba de ello.

A la mañana siguiente, antes de salir, Yani, juntó todas sus tizas, las puso en su mochila y salió aferrada de la mano de su mamá.

Por la tarde un viento helado cruzó por el jardín de los Parker, luego fue una nieve fina que sorprendió a la señora y la hizo bajar las escaleras, asombrada ante semejante espectáculo, giraba entre los árboles y se detuvo frente a Yani que ignorando lo que sucedía, seguía dibujando con sus tizas. Llamó la atención de la mujer, que sobre el piso de cemento y sobre la niña, no caía nieve; reinaba el verano. Sobre el lago celeste dibujado en tiza, el sol se reflejaba y sus rayos pintaban de dorado el paisaje.
—¿Qué diablos estás haciendo? —La voz de la señora Parker fue un chillido.
Yani no respondió. Ignoró a la mujer, que helada y cubierta de nieve, gritaba su nombre, empujó a la pequeña y con furia pisoteó el dibujo, intentando  borrarlo; era imposible. Los ojos de Yani fueron un mar de lágrimas, y nuevamente surgieron las chispas rojas y doradas, y el paisaje extendió brazos, y envolvió  a la señora Parker que se retorcía, intentando escapar a medida que el lago la iba devorando. Yani espantada echó a correr, trepó las escaleras y se abrazó a su mamá que la alzó en sus brazos sin entender que le sucedía.

En el pueblo las vecinas comentaban:
“Que suerte que han tenido Yani y su mamá, la señora Parker se ha ido  a Europa y las ha dejado encargadas de su casa y sus tierras.”





domingo

La ciudad y yo.







 Hoy a  Buenos Aires lo habita un otoño gris y frío, con agujas que no respetan los abrigos, y  llegan hasta los huesos.  El sol duerme y las calles transpiran humedad, no hay brillo, ni belleza, ni misterio, hoy es una ciudad fantasma, muy pocos se animan a salir, no hay nada para ver, ni con lo qué deslumbrarse.
La pandemia se oculta en cada esquina esperando al distraído a quién pueda  hacerle compañía, es como una chica de la vida que intenta abrazar al primero que pasa cerca, e irse con él amarradita de su brazo.
Observo a mi ciudad y me parece  patética, tediosa o seré yo la que carga esas malas virtudes, no sé. Anunciaron que iba a salir el sol, es que el clima, como los políticos; nos prometen y no cumplen.

Encontré un bar abierto, mesas separadas, pocos clientes y mientras elijo donde sentarme,  llegan suaves, los acordes de un tango: “Por una cabeza.”
Y me acuerdo de Al Pacino en “Perfume de mujer,” bailado  como un verdadero porteño, y canto  en voz baja, la letra tan conocida, mientras el mozo se acerca y canta conmigo y de una mesa del fondo, otro se une y somos un coro de nostálgicos, evocando, algún momento  vivido en los acordes de ese tango.
Me olvidé el mal humor, de la humedad y del covid19.

Así es Buenos Aires. De pronto sin que nos demos cuenta, alguien  nos ofrece una sonrisa y la tristeza se escapa por la ventana de los ojos y hasta el sol se unió al cambio y salta sobre una nube, nos regala su calor, y nos baña  con sus reflejos  dorados. Es domingo y hay permiso de salir a ver la vida.




miércoles

El espejo.





Según Clarita, me estaba regalando una joya, yo no lo dudaba, el tema era dónde colocar semejante espejo con pie. Mi departamento es pequeño y en el living apenas caben dos sillones y una mesa ratona.

Luego de correr muebles, limpiar y una vez acomodado en una esquina, el efecto del espejo, resultó agradable, era antiguo y se notaba su finura. El calor y el trabajo me agotaron, las piernas ya no me respondían, así que me acomodé en un sillón y me dispuse a contemplar mi obra concluida. Me gustó. Mi ensueño comenzó a volar: ¿Cuántas personas se habrán reflejado en su luna perfecta?
El espejo era francés— dijo Clarita— y tenía más de cien años. Jóvenes, ancianos, niños, damas elegantes, cada cual, con la moda del momento, habían desfilado frente a él. ¿Serían todos de una misma familia o habría sido vendido muchas veces….? Quién sabe cuál sería su historia, que seguramente fue buena, eso pensé, al verlo tan bien cuidado a pesar de sus años, hoy me pertenecía, sería parte de mi vida.
No sé cómo apareció, era una mujer joven elegante, estaba preparada para una fiesta, su vestido negro le sentaba de maravillas y en la cintura, lucía una gran camelia blanca con una cinta roja.
—¿Qué te parece?—me preguntó mientras volteaba de un lado a otro, haciendo volar su amplia falda.
—Hermosa —dije, estremecida por la sorpresa. Ella se dejó llevar por una música imaginaria que solo ella escuchaba y siguió girando, llevándose por delante los sillones y la pequeña mesa.
Otra mujer emergió del cristal, rubia y envuelta en un traje sastre tan elegante como ella, sorprendida por mi presencia, preguntó:
—¿Dónde estoy?
—En mi casa. ¿Y usted quién es?
—Soy Amelia, estoy perdida…
Miraba hacía todos lados, buscando algo que no hallaba, y daba vueltas por el living. Yo no daba crédito a mis ojos, me acerqué a la ventana corrí las cortinas dejando que  entrara el sol y que me aclarará un poco las ideas, las hojas del ficus brillaban extrañamente iluminadas por las luz solar; la rubia seguía curioseando y la otra bailaba, mientras que yo las miraba sin entender que sucedía, habían invadido mi casa dos desconocidas.
—Usted salió de mi espejo —dije, ella giró a mirarlo y respondió:
—¡Es mi espejo!
La del vestido negro se acercó y exclamó casi vociferando:
—Están equivocadas, es mío, me lo regaló mi marido el día que cumplí treinta años.
Comenzaron a discutir a los gritos, me retire a un costado dejando que aclararan sus ideas, estaban furiosas, llegaron a tirarse del pelo como dos vulgares matronas callejeras, hasta que fastidiada, alcé la voz, las amenacé con un  plumero y les dije:
—Váyanse, no quiero escucharlas más.
Y señalando el espejo, las miré con toda la furia de la que soy capaz, asustadas, desaparecieron por la enorme luna de plata. Tras el ventanal, y ante mi sorpresa, se desató  un viento encrespado que retorcía el ficus a su antojo, agotada y confundida, me dejé caer en el sillón, de pronto apareció Clarita y exclamó:
—¡Qué bonito quedó el espejo!
Le relaté lo sucedido, sus ojos se agrandaban ante mi relato, de pronto, no pudo contener la risa y dijo:
—Lo soñaste, estabas cansada o tomaste mucho vino con el almuerzo; fue un sueño.
Al fin me convencí, no encontré otra explicación, sólo un sueño, que me llevó a convertir en realidad, lo que había estado pensando.
—Vamos a tomar un café, que te va a hacer bien, estás pálida —dijo Clarita-  yo lo preparo.
Mientras hablaba acariciaba entre sus manos una camelia blanca con una cinta roja.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunté, mi pecho comenzó a latir locamente.
—No sé, la encontré sobre la mesita ratona…




domingo

Amor en otoño.





Dejé atrás la oficina y el malhumor de mi jefe, que como todos los lunes no encontraba nada bien y se desahogaba con sus empleados, quién sabe qué frustración  lo acosaba  y nosotros pagábamos  su cuenta de vida.
Al llegar  a la esquina de Juncal, vi a Javier. Me acerqué y él, abriendo los brazos e iluminado por una sonrisa me dijo:
—Te estaba esperando, no sabía tu horario de salida, hace media hora  que doy vueltas, ya gasté las baldosas.
Él sonreía y yo muda.
—Vamos a tomar un café —invitó tomándome del brazo.
Me dejé llevar. ¿Qué hacía este chico esperándome?
Caminamos muy juntos, un viento otoñal nos empujó hasta un barcito tranquilo.
—¿Quién te dio la dirección de mi trabajo? —Pregunté mientras buscábamos una mesa.
No me respondió.
—Tenemos que hablar —me dijo.
Yo no entendía nada, nos sentamos y pedimos  el café.
Con voz serena fue recordando nuestro encuentro del sábado en el cumpleaños de Ana, ella es mi amiga desde la infancia.
—Me enamoré de vos —dijo con toda naturalidad y siguió— estoy loco de amor y sin dormir pensando en esa noche.
—Estás loco… pero no de amor —respondí— hace menos de cuarenta y ocho horas no me conocías y ahora morís de amor.
—Me alcanzó para darme cuenta que no puedo vivir sin vos.
Creí que era una broma, intenté levantarme e irme, me miró suplicante y rogó que lo escuchara. Volví a sentarme, nos sirvieron el café.
—Tenemos que volver a vernos —dijo tomando mi mano y en un gesto que me resultó cómico; la beso. Yo miraba la calle, trataba de no mirarlo a los ojos, algo en ellos me turbaba.
—Por favor, vos no entendés cuando te dicen que no, pareces un chiquilín  caprichoso — le dije,  el bar estaba casi vacío, afuera, el otoño elevaba las hojas en un baile de colores amarillos y ocres. En la mesa de al lado una mujer mayor no dejaba de mirarnos, descubrí desaprobación en sus ojos, quién sabe qué estaría pensando de nosotros.
—No soy caprichoso, soy un hombre enamorado y sé que te gustó, el sábado estabas encendida, me besabas y bailabas apretada a mí, me volviste loco.
—También a quién se le ocurre poner boleros en un cumpleaños, las fiestas son para divertirse con Cumbia o Rycky Martin y no con boleros… aparte te tendrías que haber dado cuenta que estaba borracha y no sabía lo que hacía.
Nos habíamos conocido en el cumpleaños de  mi amiga Ana y lo que imaginé, una reunión  sencilla, resultó una fiesta  con más de cincuenta invitados que bebían, comían a lo loco y bailaban música romántica. Yo no comí; bebí de más.
—Me besabas como loca —dijo achinando los ojos  y apretando mi mano, mientras la mujer de la mesa de al lado curioseaba e intentaba escuchar sus palabras.
—Vos estás equivocado Javier —susurré, mientras jugaba con el sobrecito del azúcar para no mirarlo a los ojos.
Javier sonreía y en la mejilla derecha se le formaba un hoyuelo pequeño.
— No podemos continuar con semejante locura, te doblo la edad.
—Y a mí que me importa tu edad, si lo que sentí al besarte, nunca lo había vivido, me diste vuelta la cabeza, dame una oportunidad.
—¡Tenés veinte años y yo cuarenta!
—Veinticuatro. La edad no importa cuando la pasión nos desborda…desde el sábado mi mundo sos vos y tiene tu nombre: Nina.
—¿Pasión? Solo fueron unos besos con una mujer alcoholizada y que seguramente se puso romanticona con la letra de algún bolero.
Bebí el café frío, necesitaba  algo  que humedeciera mi garganta seca.
Él hablaba y sus palabras me llegaban a través de sus ojos tan claros como el agua. Aquella noche el vino se me había subido a la cabeza, fueron momentos raros, estaba feliz sin saber por qué y recuerdo que acepté su travesura de besos y caricias, caminábamos por el parque y en cada espacio oscuro nos volvíamos a besar, creo que vivimos un sueño y ahora no lograba hacerle entender que seguir con ese  juego era peligroso.
—Escúchame  Javier… tomas con naturalidad lo que para mí es un paso difícil de realizar, sos un tipo atractivo y lo sabes y yo vengo de demasiados desengaños en mi legajo de vida amorosa, este romance que me propones, es un fracaso cantado… en tu mundo todo está claro, en el mío…no.
—¿Por qué?
No encontré palabras para responder, con una angustia que se hacía río en mis ojos me puse de pie, al salir, me llevé por delante una silla de la señora mayor y tiré al suelo su cartera y su saco, no me detuve a levantarlo, la escuché murmurar con rabia, algo que no entendí y que no me importó, y solo me quedó prendida en el alma la mirada triste de Javier, que era un reproche.
Llegué a la esquina y escuché su voz:
—Tus explicaciones no me conforman, voy a insistir una y otra vez hasta que entiendas…
Sonreí, le dije adiós con la mano y me fui caminando  por Arenales rumbo a Retiro. ¿Debía repensar  todo de nuevo? Nunca me había arriesgado en cuestiones amorosas, tal vez por eso fracasé tantas veces, tampoco nadie me besó y me hablo de amor como Javier, me sigue pareciendo una locura,  quién puede saber lo que dura la felicidad; un día, dos meses, un año… ¿Será  mejor vivir el momento y no quedarme en la duda de lo que no fue?
Está noche no voy a poder dormir, pensando qué voy a hacer… es seguro…







jueves

El escarmiento.


¿Cómo no se había dado cuenta?
Era cierto que últimamente él estaba frío, algo distraído,  pero lo atribuyó a sus problemas de trabajo en el banco. Juliana no logró evitar la sorpresa ante las palabras de Raúl: “Estoy enamorado de otra, me voy de casa”
Quedó muda. La seriedad de él, confirmó que sus palabras no eran broma. Raúl fue a preparar una maleta y ella quedó de pie sin poder moverse, con los brazos pesándole como plomo y escuchando el eco final de las palabras de Raúl…”Me voy de casa.”
Luego fueron llegando las noticias que viajaron de boca en boca de sus amigas.
“La amante es una compañera de trabajo.”
“Tiene veinticinco años.”
“Es rubia y muy bonita.”
Una vez terminados los papeleos del divorcio, Juliana cambió la cerradura de la casa, sería mejor no verlo, él se comunicaría con su abogado y ella quedaría libre de su presencia.
Pero no fue así. Raúl y la rubia, aparecían en el restaurante, el cine, el shopping. No lograba explicarse cómo, pero  ella llegaba a un lugar y al momento entraban ellos dos; su ex y la hermosa. Lo peor eran sus risas, la saludaban y agitaban sus manos en un saludo burlón,  con total descaro. Cambió de Restaurante, ellos también. La invitaban a una fiesta, ellos aparecían allí, risueños y felices vendiendo sus arrumacos lo más cerca posible de ella. Juliana comenzó a dudar de las casualidades. Descubrió que sólo comentaba sus salidas con su amiga Lola, allí estaba el fin del misterio. El esposo de Lola era amigo de Raúl.
Comprendió que todo era un plan armado por los dos, su ex y la rubia. ¿Por qué? No lo sabía. Seguramente intentaban gritarle su felicidad…
Debía hacer algo para librase de ellos. Les iba a dar un escarmiento.
Un domingo le comentó a Lola que al medio día, iba  conocer un nuevo lugar de comida China, que llegaría temprano para luego ir al cine, lo comentó al pasar y dejó la semilla sembrada.
A las doce llegó al local Chino y tomó asiento cerca de una ventana que daba a la calle, era temprano, había pocos comensales. Diez minutos después los vio llegar, bellos y radiantes, tomaron asiento a pocas mesas de distancia. Al verla repitieron la ceremonia de siempre, risas saludos;
“¡Hola Juliana!”
“¡Cómo estás!”
Juliana abrió la cartera, saco una Bersa 22, se puso de pie  y con una sonrisa desquiciada, apuntó hacia la mesa de Raúl y disparó dos veces.
Tomó la precaución de dar en el espejo que adornaba la pared, los trozos cayeron al suelo con un tintinear  de cristales; por un momento todos quedaron quietos en una escena suspendida por el asombro. Las caras de Raúl y la rubia se pintaron de una palidez cercana a la transparencia, los ojos como monedas y las bocas abiertas al espanto.  Tan mudas y tan lejanas de aquellas sonrisas de unos minutos atrás.
Guardó el arma en la cartera, saco la tarjeta de crédito y le dijo al mozo que aun temblaba mirando el desastre
“No se asuste, era un problema familiar que ya quedó solucionado. ¿Cuánto les debo?





Aquella paloma.

Durante   la noche, se   quedaba en el alfeizar de la ventana. Buscaba con su pico sobre el cemento, no sé qué, allí solo había tierra ...