lunes

Su mejor novela.



Algo se movía en el fondo de la librería, debe ser el viejo Françoise que anda dando vueltas pensó Mariana mientras acomodaba  varios libros  de Abelardo Castillo.
Era empleada de Françoise, hacía años que trabajaba con él  y admiraba ese conocimiento del viejo cuando hablaba de escritores  y estilos. Los conocía a todos, los literatos actuales y a los  que ya habían pasado a la historia, Françoise relataba las  andanzas de aquellos hombres que fueron sus amigos, y muchos de ellos, ya ancianos, acostumbraban a visitarlo en la librería y sus charlas enriquecían a Mariana y a veces la divertían.
La joven se obsesionaba con los antiguos  relatos hasta creerlos parte de la realidad actual  y  crecían en su mente con ribetes de fantasía que ella creaba. Ciertas tardes, la conversación se repetía:
—Don Françoise, recién vi una sombra deslizarse por los estantes del fondo…
La voz de Mariana era un susurro. El viejo no respondía.
—Françoise, ayer también la vi… y no me diga que es el gato.
—Si te digo la verdad, no me vas a creer.
Y sin hacerle caso, Françoise subía la escalera con una sonrisa y una mirada pícara que dejaba a Mariana confundida. A cierta hora del día necesitaba   descansar y la joven quedaba sola en el local.
Aquella mañana había llegado una gran caja con viejas ediciones. Novelas, ensayos, biografías. Luego de archivar sus nombres, los fue acomodando en los estantes. Absorta en la tarea, no vio al hombre que de pie en un rincón, leía. Una risa burlona, la obligó a volverse, el temor la paralizó, un sudor helado recorrió  su espalda, no logró hilvanar ni un grito, ni una palabra. Él levantó la vista, y dirigiéndose a ella, le dijo:
—Que ridícula presentación han escrito sobre mi novela.
Mariana parpadeó. ¿Cómo había entrado si las puertas del local estaban cerradas? Pensó en llamar a Françoise, que en ese momento debería estar durmiendo en su cálido sillón, pero su garganta seca no logró hilvanar un grito. El desconocido dejó el libro y caminó por los pasillos, Mariana lo miraba hablar solo,  muy enojado, vestía un traje oscuro de tela fina, pero pasado de moda,  y olía a un perfume penetrante, a sándalo tal vez. Él se aceró, era un señor de mediana edad, muy buen mozo y señalando el libro con su dedo índice, le dijo:
—¿Usted leyó “La invención de Morel”? Es mi mejor obra y este tilingo que ni sé cómo se llama,  escribió el prólogo, comentando mi amistad con Borges. ¿Y mi novela? Apenas si habla de ella.
Tomó el libro y lo arrojó con rabia contra uno de los estantes, algunas páginas saltaron por el aire.
—Voy a hablar con el editor y me va a tener que oír.
La figura del hombre se fue haciendo borrosa, durante unos segundos fue simplemente una nube oscura, hasta que desapareció, dejando a Mariana temblorosa y con la extraña sensación de estar a punto de desmayarse.
Respiró hondo y murmuró en voz baja:
—¿Habrá sido un juego de mi fantasía?
“La invención de Morel” con sus hojas sembradas sobre el piso y el perfume sin nombre que seguía flotando en el ambiente la convencieron de que no había sido su imaginación.




(Adolfo Bioy Casares fue un gran escritor Argentino y autor de “La invención de Morel” una de sus mejores novelas, traducida a varios idiomas.)




  

miércoles

Una nueva historia.



Eugenia fue acomodando  las fotos, todavía no había decidido que  hacer con ellas,  eran el espejo de un mundo lejano, en el que Agustín y ella se  habían amado. Evocaban con sus imágenes las caminatas por la playa, el brazo de Agustín  rodeando sus hombros y en ese simple gesto, ella recibía más amor, de lo que le decía con palabras.
Mientras observaba las fotos, en el fondo de la caja  descubrió el anillo. Era de oro, con un agua marina, lo había creído perdido hacía tiempo, sin embargo allí estaba, como la memoria de tiempos mejores. Ella lo había elegido en una joyería de la calle Rivadavia, Agustín, lo consideraba  antiguo y muy simple y fue esa simpleza lo que a ella le gustó. Lo compró igual, pese a las protestas de él, luego se había evaporado y ahora, casi como por encanto, había reaparecido; en el fondo de una caja con fotos.

Le costaba aceptar la separación, por momentos, una garra invisible le cerraba la garganta y la tristeza  bajaba  en gotas saladas, que bebía con rabia. ¿Por qué tanta congoja?  Sí ya no sentían nada, el uno por el otro,  era una rutina y vivir así no era bueno.
Él fue  sincero; “te quiero, pero como se quiere a una amiga, a una hermana, no hay pasión entre nosotros” ¿Qué les quedaba? La costumbre  de estar juntos y  hasta eso se fue convirtiendo con los años en un rito aburrido.
Agustín había preparado sus maletas y se había ido, un beso frío en su  mejilla, fue su despedida.

Eugenia se acercó a la ventana y la abrió, dejó que  el bullicio callejero de los turistas que caminaban rumbo a la playa, le llenara los oídos con su música  de risas y gritos, allí estaba la vida, coqueteando con el aroma de las acacias y los colores de la tarde.
Eugenia sabe que debe  buscar otro departamento, en este, hay demasiados recuerdos que ella quiere desatar, arrancar de una vez, porque  desnudan momentos felices y ella no va a quedarse a vivir llorando.
Imagina otra casa, con ambientes iluminados, donde el sol mañanero la despierte, donde los sueños vuelvan a erizarle la piel de mujer, que hace tanto está dormida.  ¿Volveré a desear y amar, con las mismas ganas?
Camina por las habitaciones, va desatando hilos y más hilos, abre los brazos y respira hondo intentando liberarse de todo lo que la sujeta al ayer. 
Se puso el anillo, movió la mano y la conmovió el reflejo, el brillo de la piedra era diferente a lo que recordaba, le anunciaba una vida nueva  de ahora en adelante.
Debía recomenzar desde otro espacio, darle un zarpazo  a la vida, despertar de ese punto muerto en que parecía haberse paralizado  y escribir en el libro de su presente una nueva historia, el  anterior ya era libro cerrado,

lunes

Mis vecinos.







No me sentía bien. Había pasado la noche dando vueltas, caminando de una habitación a otra y con la sensación de que el techo bajaba sobre mi cabeza y me aturdía con extraños ruidos.
El culpable  era  el maldito vecino que durante las veinticuatro horas emitía un sonido igual a un aullido. Nunca se calmaba, ni se cansaba. ¿No dormía? Mi trabajo necesitaba concentración y en semejante condiciones, era imposible. La impresora se movía y las letras saltaban ante mis ojos, jugaban a la rayuela y se burlaban de mí en un idioma  desconocido y con una risa estridente.
Llamé al 911 y me respondieron que tenían cosas más importantes que hacer y que aullar no era un delito. Por momentos cerraba los ojos e intentaba imaginar que era música lo que escuchaba, me resultaba imposible.
Estaba enloqueciendo. Era necesario que enfrentar el problema.
Fui a la casa de mi vecino, decidida a hablar con él. Toqué timbre y no obtuve respuesta. Atravesé el jardín, decidida a entrar. Las ventanas cerradas igual que la puerta cancel, demostraron que por allí sería imposible. Di la vuelta por el pasillo. La puerta de la cocina, o lo que imaginé era una cocina, estaba sin llave, entré.
Mi vecino, no era mi vecino, eran mis vecinos.
Los trillizos, adultos mayores, sentados cada uno en un sillón, frente a frente, alternaban sus aullidos con la mayor amabilidad. Mi presencia no los inquietó. Me miraron y continuaron su tarea de desquiciar mis nervios. Les pedí silencio, les supliqué, dos de ellos me miraron y el tercero siguió aullando. Busqué en la cocina un jarro y lo llené de agua y lo fui vertiendo por sus cabezas, el agua caía por sus hombros y rodaba hasta sus manos y ellos jugaban con ella, cual inocentes criaturas.
El dolor en mi cabeza, era una tenaza que apretaba mi cerebro, inflamaba mis ojos y resbalaba por mí columna. Volví a llamar al 911 y recibí la misma respuesta. Sólo me quedaba una solución, los haría callar por las malas, ya que por las buenas no me registraron.
Busqué en mi casa una botella de alcohol, regresé y volví a gritar que se callaran. No hicieron caso. Como ya estaban mojados, rocié sus sillones uno por uno y encendí un fósforo lo acerqué al que estaba a mi lado y el fuego se propago de uno a otro. Las llamas treparon entre sus aullidos, cubrieron las paredes, explotaron en las ventanas y los cristales salieron disparados como pelotas de pin pon. Escapé de esa locura. Un  humo negro se elevó en la noche. Me senté en la vereda de enfrente a mirar, me llegó lejano un último aullido que se fue perdiendo como una queja.
Llegaron los bomberos, el 911 y todos se afanaron por apagar el incendio. Escuché a un sargento de policía que hablaba por radio con la central y decía:
— Todo en orden señor, apagamos el fuego, por suerte no encontramos victimas, la casa estaba vacía.
Salté de mi asiento improvisado y pregunté:
—¿La casa estaba vacía, y los trillizos que vivían allí?
—Me dijeron los vecinos que los había internado en un psiquiátrico y al morir uno de ellos, los otros siguieron el mismo camino…
Me fui con los ojos húmedos por el humo del incendio, yo no creo en los fantasmas, pero por las dudas voy a visitar a un terapeuta y tomarme unas vacaciones lo antes posible.


viernes

Pedro, el cartonero.








Caminaba lento, empujando un carro de supermercado cargado con cartones, botellas y trapos. Cubierto en pleno enero, por lo que había sido un sobretodo militar y debajo varios sweaters deshilachados como el ruedo de sus pantalones. Pedro, el cartonero, era un personaje  del barrio, como las palmeras de la plaza o la casa abandonada del que había sido el intendente y al que habían dado muerte nunca se supo quién.
Algunos vecinos le preparaban bandejas con comida y le regalaban ropa que nunca usaba, la guardaba, según decía, para ciertas ocasiones importantes.
Aferraba en su mano izquierda una cadena fina que arrastraba por el suelo y cuyo último eslabón terminaba en una lata vacía de duraznos. Pedro caminaba y cadena y chapa, esparcían un sonido molesto por las calles tranquilas del barrio. Cuando algún vecino se quejaba del ruido, la levantaba y la llevaba apretada contra su pecho. ¿Cuál era el sentido de esa lata, compañera importante de sus recorridos por las calles?
Pedro era parte del paisaje y de tanto verlo a  ninguno le llamaba la atención, consideraban que era otra de sus rarezas de viejo loco.
Una tarde que cruzaba la Avenida más lento que de costumbre, un colectivo evitó arrollarlo y aplastó la lata de duraznos, que quedó convertida en un montoncito de  chatarra sin forma. Al verla, el grito de Pedro fue un alarido que le desgarró el pecho y que se alzó sobre las casas, agitó las palmeras y  detuvo el tiempo en ese instante. Corrí hacía él pensando que estaba herido, lo encontré sentado en el cordón de la vereda, abrazando  su lata de durazno ya  sin forma.
—¿Qué tenés Pedro, por qué lloras si no te pasó nada…?
—El Chicho, mi perrito, lo mató el colectivo.
Lloraba desconsolado mientras abrazaba lo que quedaba de su lata de duraznos vacía.




miércoles

El Adiós.


Ilustración de Fabian Perez. "La música, la soledad y el silencio".




 "Hay hechos de vida con los que no se puede escribir un cuento. Se pueden relatar tal cual sucedieron, cambiando nombres solamente. "El adiós" es uno de ellos, lo viví muy de cerca con un buen amigo".


El adiós.


                                                  
La familia y los amigos, arrojaban flores sobre la tierra recién removida, la vi llegar a Laura, tan rubia y tan bonita como siempre.
Fue una muerte inesperada, dijo uno de los vecinos  de Carlos al verla, los demás asintieron y yo pensé; “¿Inesperada? ¡Cómo pueden opinar  así!”
Que sabían ellos de sus noches en vela, de su falta de apetito, que algunos tratábamos de palear con invitaciones a almorzar o cenar. No escucharon el llanto de sus hijos al sentirse tan solos y que él intentaba calmar y terminaban llorando juntos. La vida lo encerró en una cárcel invisible de la que no pudo salir.
Algunos decían: “Fue el corazón.” Otros argumentaban que fue “Algo al cerebro.” Todos juzgaban su vida desordenada, ninguno sabía la verdad, ni los médicos o la sabían a medias.
Me fui. Un tumulto en mi pecho me obligó a salir del grupo, habrán sido las voces que se elevaban en un discurso estúpido o el aroma de las flores, no sé, sólo quise escapar de allí.  Mientras caminaba despacio, las piernas me pesaban, y una voz conocida me cantaba en el oído: “No es que este arrepentido de haberte querido tanto, lo que me apena es tu olvido y tu traición me sume  en amargo llanto.”
Subí a mi coche y me alejé. La Panamericana ya era una caravana de vehículos con choferes apurados por llegar quién sabe adónde.
Laura lo había abandonado hacía siete años, años en que Carlos vivió mal y esperando que ella regresara. ¡Cuánto  la amaba, Dios mío!
Cuando se conocieron ella tenía veinte  y Carlos cuarenta, demasiada diferencia de edad, pero a ninguno de los dos le importó. Se casaron. Llegaron los hijos, y la vida y el amor parecían sonreírles.
Los años no pasan en vano, algo en la pareja se fue gastando, la economía comenzó a flaquear, las discusiones crecieron y la pasión de ella se fue convirtiendo en hielo. Carlos no lograba hacerla entender que los problemas en una pareja se pueden solucionar con amor y buena voluntad. Una mañana, Laura dijo:
—Me voy.
De nada sirvieron las palabras de cariño, las promesas, el amor gritado entre lágrimas, suplicado de rodillas. Laura se fue.
Desde ese día, la angustia se fue metiendo en el cuerpo de Carlos, y malgastando  su salud. Detrás de cada sonrisa, de aquellos tangos cantados en voz baja, el dolor crecía. Solía llamarme a cualquier hora de la noche o de la madrugada, para decirme:
—Hoy recordé ese tango que  dice: “Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida, dejándome el alma herida y espinas en el corazón…sabiendo que te quería, que vos eras mi alegría….” Te das cuenta que parece escrito para mi, estoy sufriendo por Laura, como si fuera la única mujer sobre la tierra.
Siempre encontraba un tango que definía su penar. Era un hombre sin consuelo que intentaba despojarse de su vida pasada y le era imposible.
Los dos hijos mayores no quisieron abandonarlo, se quedaron con él, pero esa prueba de cariño no le alcanzó.
El golpe de gracia, le llegó como un viento helado sobre un cuerpo sin abrigo, alguien le dijo; que ella vivía con un hombre joven. Laura cumplió los cuarenta en brazos de otro.
Recuerdo que cuando me encontraba con Carlos, regresaba siempre  al tema de Laura y terminaba cantando  tangos que hablaba del amor y el abandono.

Por eso, cuando la vi llegar al cementerio, pálida y con los ojos enrojecidos, me tuve que ir. Estoy segura de que no era una pose, Laura sufría,  pero en mi memoria regresaba la voz de Carlos y sus lágrimas al cantar: “Igual que golondrina volaste a otro nido, sin preocuparte nada de lo que atrás quedó…”
Por eso me fui, no soportaba verla llorar y escuchar a los que livianamente hablaban de Carlos sin haberlo conocido, y no estuvieron en sus días de amargura, oírlos juzgar que no se había cuidado, que no se alimentaba bien y cuantas pavadas más, que me hacían mal. Qué sabían ellos de su insomnio, mirando tras el ventanal la noche que lentamente se iba metiendo en su cuerpo, con un abrazo sin retorno. Otras veces me hablaba de una luna amarilla contra un cielo nacarado que sólo él veía.
Carlos buscaba a su Laura, hurgaba en cada nube, en la arena de la playa, en los lejanos horizontes de su amor perdido.
A Carlos le robaron la vida y el ladrón fue el amor.
                                                                                                                                                                                                           


domingo

Afuera llovía.

Pintura de Leonid  Afremov.


Era desconsolador  regresar cada noche y encontrar la casa vacía. Una vida de silencio que lo recibía como un fantasma brotando desde  los rincones.  Lo abrumaba la melancolía, esa enferma incurable que vivía con él y le robaba la calma.

Los bares de la Av de Mayo lo recibían como a un amigo, los visitaba a todos, cada día buscaba un ambiente diferente. Los mozos lo saludaban con una sonrisa y allí, rodeado del bullicio de las tazas y  voces, se encontraba acompañado. En ese mundo de solitarios que se unían  para exorcizar el silencio, era un poco feliz.
Desde el ventanal del bar miraba la lluvia, los coches pasaban  levantando una oleada que llevaba el agua hasta la mitad de la vereda. Pablo viajaba en ese hastío, en ese cansancio del anochecer después de un día de trabajo.
Ella entró y se sentó cerca de un ventanal. Atrajo su atención la tristeza de sus ojos claros. “Debe ser otra alma en pena igual que yo”, se dijo. Rondaba los cuarenta, era muy delgada, la ropa mojada le sobraba por todos lados y sus ojeras hablaban del mal momento que debía estar viviendo. La escuchó pedir un café con leche. Ella tenía la mirada clavada en la mesa y sus manos jugaban con la servilleta de papel, doblándola una y otra vez.

Al momento de pagar su consumición, hurgó en la cartera, para buscar en el fondo algo que no encontraba; el empleado la miraba con un gesto ceñudo, Pablo comprendió que no tenía dinero.  El joven levantó la voz con gesto airado, a ella se le llenaron los ojos de una humedad salada que le iluminó la cara. Pablo se acercó y contuvo al mozo que ya la había tomado del brazo para sacarla a la calle. Le pagó la consumición y el  se retiró. Cambiaron un gesto sin palabras y Pablo salió. En la calle llovía fina y suavemente,  la humedad subía por  las paredes y dejaba ese olor a viejo que como un vapor se iba elevando mansamente. Notó que lo seguían, se volvió, era la mujer del bar.
—¿Me está siguiendo? —preguntó.
—Sólo quería agradecerle, fue muy amable.
—No se preocupe, está todo bien.
Ella continuó caminando a su lado, sin decir palabra, se sintió incómodo. Pasaron algunos minutos.
—¿No tiene dónde ir? —le preguntó y la mujer asintió con un gesto.
La llevó a su casa. Le dio un vestido de su ex.
Al verle arreglada, se conmovió, era diferente. Ninguno de los dos hablaba, él pidió un delivery, comieron empanadas. Ella no se atrevía a mirarlo y, cuando Pablo se fue a dormir, ella quedó sentada en el sillón. Él le alcanzó una frazada y una almohada, lo miró agradecida.

Se quedó un día y otro y al fin era una necesidad encontrarla al llegar de la oficina.
Cada día encontraba una sorpresa. Jarrones con flores y ventanas abiertas. Él jamás había preguntado por su vida pasada y ella no había querido saber de quién eran los vestidos del placar.
Una tarde, Pablo  llegó con un ramo de rosas y fue la primera vez que la vio sonreír.
Esa noche la escuchó entrar en la habitación, deslizarse en la cama y  estremecerse cuando sus manos tibias se deslizaron por su espalda.
Afuera llovía fina y suavemente.



 Cuento reeditado y corregido.

jueves

La herencia de la tía Eulalia.




Algo lo  despertó. Fue un ruido que se volvió a repetir, eran pasos; alguien caminaba por el pasillo. Otro sonido,  que reconoció al instante lo puso en guardia, el intruso había  cruzado la galería y tropezado con el sillón de mimbre.
Aguardó unos segundos y escuchó que intentaban colocar una llave en la cerradura, ¿o sería una ganzúa? Apurado se bajó de la cama y fue directo al cuarto de los trastos, donde su madre solía amontonar los muebles que quedaban en desuso, ahora ella ya no estaba y él continuaba con la misma costumbre. Manuel entró y quedó atisbando por la puerta apenas entreabierta. El Peke lo miraba desde un rincón. La luz del farol de la calle se filtraba a través de la cortina e iluminaba parte de la habitación donde había estado durmiendo.
Desde que cometió el error de confiar a su amigo Paco, que la tía Eulalia  lo llamaba  para entregarle su herencia, la noticia corrió como el viento Pampero, y la curiosidad hizo que amigos y vecinos le preguntaran continuamente; ¿cuánto dinero había heredado?
Al regresar  de Córdoba un viernes por la noche, después  del entierro de su tía, su llegada fue transmitida por las comadres  y todo el vecindario fue rápido en llegar a visitarlo y  preguntarle  a una voz:
¿Te dejó dólares o Euros? ¿Te dejó  joyas?
—Nada, no me dejó nada —manifestaba y ellos no le creían.
—Sos un avaro, si no te vamos a pedir, debe ser mucho y tenés miedo  que te roben… ¿No?
Al fin, cansado de tener que dar explicaciones, les dijo que sí, que era mucho dinero y no deseaba que algún ladrón, entrara una noche y se robara lo que había heredado. Cuando les dijo eso, se quedaron tranquilos, no  preguntaron nunca más sobre la tía Eulalia y su dinero.
Allí comenzaron los robos. Primero fue un desconocido, seguramente enviado por alguno de sus vecinos, días después entró  Gerónimo el marido de la curandera del pueblo y ahora un tonto, que  seguramente era la primera vez que entraba a robar en una casa, ya que vino calzado con zapatos que hacían ruido y se llevó por delante el sillón de mimbre.
El delincuente entró, y se paró en medio del cuarto, miraba hacía todos lados, buscando por dónde comenzar. Lo reconoció y un grito de sorpresa se le ahogó en la garganta, era su amigo Cacho, nunca lo hubiera creído capaz de una cosa así. ¿Tan importante era para todos el dinero? 
Si conocieran la verdad se reirían de él. Cacho recorrió el cuarto, abrió el ropero, los cajones de la cómoda, miró debajo de la cama, fue a la cocina y regresó sin nada. Lo escuchó putear, estaba rabioso, no había encontrado ni un peso.  
Manuel  acariciaba al Peke que se había acercado a su lado y seguía el andar de Cacho, sus ojos se movían a un lado y a otro, como si la puerta fuera traslucida. Cacho se acercó muy  lentamente al cuarto de los trastos, Manuel se corrió a un costado,  el otro abrió de golpe y sin entrar gritó:
—Dale cagón, salí…
Manuel hizo  solo un gesto y el Peke saltó sobre  Cacho y fue directo a su yugular.
Cuando terminó de limpiar el desastre que había dejado el Peke, le dijo:

—Vas a tener comida para varias semanas Peke, este era más gordito que los otros dos, te tenía bien educado la tía Eulalia…



Su mejor novela.

Algo se movía en el fondo de la librería, debe ser el viejo Françoise que anda dando vueltas pensó Mariana mientras acomodaba  varios...