Miraba
el triciclo y pensaba: “No puede ser, alguien está jugando conmigo” Era extraño
lo que estaba sucediendo…
Todo
comenzó con la compra de una antigua casa y al vaciar el altillo entre baúles
con ropa vieja, cuadros y demás trastos, apareció un triciclo, estaba en buen
estado, sucio de tierra y telarañas, pero con ruedas casi nuevas, lo limpié y
lo dejé en el patio.
Por
la tarde llegó Luisa, la vecina y al verlo quedó mirándolo con un gesto que me
sorprendió, estaba atónita frente al juguete.
“¡El
triciclo de Santi!” Exclamó. La miré, luego pregunté quién era Santi, allí
comenzó la historia.
Luisa
de unos sesenta años y siempre vivió en el barrio. Santi era su amigo de la
primera infancia —me dijo— tendrían unos siete años cuando salían a la vereda,
y hacían carreras con sus triciclos. Desgraciadamente Santi enfermó y tiempo
después murió. Ella no salió más a jugar, durante mucho tiempo vivió encerrada,
una criatura tan pequeña no lograba entender la muerte, ni un adulto a veces la
comprende.
Y
ahora al ver el juguete de su amigo no pudo contener la sorpresa primero y
luego la emoción.
“¿Qué
vas a hacer con el?”— Me preguntó.
“No
sé, tal vez lo llevé a un hogar de niños de la calle” respondí.
Guardé
el juguete en el garaje hasta decidir qué hacer con él.
Allí
comenzó el extraño juego.
Al
día siguiente lo encontré en el fondo bajo el árbol de olivo. Sin pensar mucho
lo volví a llevar a su lugar. Cada mañana aparecía bajo el olivo como una
plantita nueva. Lo guardé bajo llave y candado en el lavadero, de nada sirvió,
por la mañana estaba en su lugar de siempre.
Había
comenzado a tenerle miedo.
Hablé
del tema con Luisa, no se sorprendió. “En ese lugar donde aparece —me dijo—
antiguamente había una casita de madera, allí jugábamos con Santi y dejaba por
la noche su triciclo”.
Le
dije que había decidido llevarlo a un hogar de niños.
Desde
ese día el triciclo, me consideró su enemiga, aparecía de golpe y se cruzaba a
mi paso, varias veces me hizo trastabillar, resultaba un problema.
¿Qué
poder demoniaco guardaba ese triciclo?
¡¡No
quería que lo sacara de la casa!!
Como
era yo la que decidió la idea, me castigaba. Decidí abandonarlo en algún campo
lo más lejano posible.
Sin
pensarlo demasiado, lo puse en el asiento de atrás y subí a mi coche, los
nervios me hacían transpirar, elegí la ruta Panamericana y por ella me fui
alejando de la ciudad, buscaba algún campo abandonado, de pronto comenzó a
moverse… sus ruedas giraron a un lado, luego a otro, aceleré, se elevó y se
lanzó sobre el volante, perdí el control, mi auto zigzagueaba en la ruta, hasta
que me fui a la banquina, seguí avanzando hasta que en un momento no pude
controlarlo más y caí en una zanja. Perdí el conocimiento.
Cuando
desperté, el fuego trepaba desde el asiento de atrás, con esfuerzo, salí por la
ventanilla, el triciclo no estaba, mis pies se hundían en el agua sucia de la
zanja, lentamente me fui alejando hasta un claro.
Desde
allí contemplé la explosión de mi auto, una transpiración helada me recorrió
entera, temblaba, por unos minutos había salvado mi vida.
¿Y
el maldito triciclo, qué había sucedido con él?
Pronto
tuve la respuesta, mientras caminaba tratando de encontrar alguna gasolinera,
lo vi, un niño de unos seis años pedaleaba feliz, sobre una calle de tierra y
gritaba:
—¡¡Mamá
los reyes me trajeron un regalo!!
Estábamos
en marzo, pero, para ese pequeño el tesoro que había encontrado solo podía
venir de los Reyes Magos. El triciclo rojo había encontrado a un nuevo amigo,
algo en mi interior me dijo que, así como había sido tan cruel conmigo, así
sería de cuidadoso y fiel con su elegido.






