lunes

Retazos.







Nací en un barrio-campo, entre el verde de la alfalfa y calles de tierra, con mariposas mañaneras y luciérnagas nocturnas, donde dormir la siesta era un castigo, que me obligaba a escapar en silencio y buscar la sombra del nogal, llevando un libro  de Brontë o de Alcott, amigas fieles de esos días, en que desmigaba bizcochos de vainilla o rosquitas de miel, donde el miedo no existía y hasta la avispas zumbonas eran amigas.
Tiempo de  infancia, con la cara al cielo, perdida en los atardeceres, bebiendo  nubes creadoras de pájaros o perfiles extraños que jugaban con mi asombro. Y cuando el sol incendiaba el horizonte, fantaseaba con plasmar la imagen en la mejor pintura de mi vida.
Hoy pinto con palabras, lo que veo y sueño, entre retazos que la vida me dejó para el recuerdo y rescato imágenes del país de las ilusiones perdidas, donde viven  duendes de ojos enormes y largos sombreros; que me siguen habitando a pesar de los años. 

¿Qué haba sido de aquel granado de frutos rojos que destilaba sangre en cada bocado? ¿O aquel  damasco de enormes frutas, doradas como el sol y pulpa de miel sedosa como un beso?
Creo que los momentos vividos, son más importantes al evocarlos, que lo que  fueron en la realidad de su instante.
Si cierro los ojos, los veo, pero al abrirlos el sonido de los telares me dice que ya no están, y que una  fábrica ha cubierto todo el paisaje, que sólo queda la memoria de la felicidad vivida y que la vida es un círculo que sigue rodando y  no hay vuelta atrás.




martes

Cristal roto.









Te escuchaba, pero estaba cerrada a tu voz. Tus palabras caían, saltaban en la mesa de aquel bar y rodaban hasta el suelo, se desarmaban y las letras giraban por el piso como hojas  secas y livianas y yo,  imaginaba que bailaban entre las baldosas rojas mientras vos seguías  hablando.
No me interesaban tus explicaciones. Eras mi hermana  y sin embargo en ese momento te consideré  tan  lejana, una  desconocida. La muerte de mamá nos había reunido, pero ni ese dolor lograba que te entendiera, en realidad,  éramos dos extrañas.  Qué me ibas a explicar, que mi marido fue tu gran amor, no hacía falta, lo supe el día en que me abandono  y los vi irse abrazados y me quedé de pie, sostenida por una puerta que parecía abrazarme para darme fuerzas.
¿No fuiste feliz con él?  Lo siento, la vida es así, te da y te quita.
De nuevo tus palabras resbalaban por mis oídos, intentaba escucharte  y no lo lograba, hasta que como un viento me llegó tú pregunta:
 ¿Por qué estuvimos separadas tantos años?  
Te miré a los ojos y no respondí. Creí que si respondía a tu pregunta me iba a largar a llorar. No sé si eras tonta o la tonta era yo por escucharte.
Me levanté y ante tu asombro,  me fui del bar.






lunes

¡¡He recuperado mi blog!!





¡¡¡Gracias Lujan Fraix!!

He recuperado mi blog, gracias a lujan que me mando por correo los pasos a seguir para poder entrar a mi querido blog; "Cuentos y Poesías".

Es emocionante que Lujan a quien conozco de Facebook y Nuestros Blogs y nunca vi personalmente, se haya molestado y enviado los pasos a seguir y aquí esta el resultado: he logrado entrar a mi blog. 

Con el corazón en la mano te digo nuevamente: ¡¡Gracias Lujan!!






María Rosa.




jueves

El último capítulo









Atardecía cuando abandonó el teclado y dejó la PC encendida. Necesitaba cambiar de aire y salir  a estirar las piernas.
Al llegar a la puerta, escuchó el teléfono y regresó a atender.
—Hola.
—No me mate… —dijo una voz desconocida.
—¿Qué?
—No me mate.
—¿Quién habla?
—……….
Cortó. Se dijo que había demasiados locos sueltos. Decidió que era mejor quedarse en casa por si llamaba su mujer.
Preparó un café, sin dejar de pensar en el  llamado. No me mate. Eso había escuchado y lo extraño era que no quedó registrado el número, sólo “llamada  privada.” Era una voz desconocida… seguramente una broma de algún  aburrido que deseaba divertirse a su costa. Bebió el café y nuevamente el teléfono. Atendió.
—Hola…
—Le dije que no me mate y usted me cortó.
—Señor, nunca he matado a nadie ni pienso hacerlo, creo que se ha equivocado de número.
—No me he equivocado. Usted es Ricardo  Zabala.
—Si, lo soy.  ¿Y usted quién es?
—Sánchez Murúa, Pedro Sánchez Murúa…
—¡Usted está loco!
Y cortó.
Dejó la tasa sobre la mesada. Se acercó al ventanal y abrió las cortinas. Hace falta regar el césped, dijo en voz baja, observando lo amarillento del parque.
¿Quién le estaba haciendo semejante broma? Se preguntó. No había hablado con nadie de su novela,  ni con sus amigos. Ni su esposa lo sabía. Él tenía por costumbre evitar ciertos comentarios, ella era consciente de eso y lo respetaba.
Regresó al escritorio.  De pie frente a la pantalla y con las manos apoyadas en el respaldo de la silla, leyó los últimos renglones que había escrito. Se sentó, archivó  el texto y apagó el sistema.

Esa noche no durmió bien.  Por la mañana despertó agotado, sin recordar qué había soñado.
No desayunó, salió a la calle. Recorrió el barrio, se detuvo en la plaza. Tomó asiento en un banco y encendió un cigarrillo. El humo retozaba frente a sus ojos, no lograba olvidar el llamado. ¿Esa voz…?  Era imposible lo que sospechaba, un juego de su imaginación, del cansancio. A veces el agotamiento físico  produce alteraciones psíquicas imposibles de creer, se dijo, y sonrió pensando de  dónde había sacado esa frase.
Del bar de la esquina llegaba un  aroma a café que lo tentó, fue para allá, antes de entrar arrojó el pucho y encendió otro.  Se sentó frente a un ventanal, hizo el pedido. Mientras esperaba, sonó su celular. “Llamada privada”, anunció la pantalla.
—Hola…
—Quiero hablar con usted.
—¿Quién es?
—Ya se lo dije ayer, ¿por qué no quiere creerme?
—Es imposible. Y si es un acertijo,  no lo adivino.
—Señor Zabala, no quiero jugar, quiero vivir y sólo usted tiene el poder de conseguirlo.
—Se da cuenta de que está conversación no tiene sentido.
El mozo llegó con el café y las medialunas. Del otro lado del celular: silencio.
—Hola…  —insistió
El tipo cortó.  Revolvió el azúcar y se preguntó, si  estaba volviéndose loco.

Al llegar a su casa nuevamente el teléfono, está vez era su esposa.  Había viajado a Córdoba  para  cuidar a su madre enferma.
—¿Cómo estás Ricardo, todo bien? —la voz sonaba cansada.
—Sí.
—¿Alguna novedad?
—Ninguna.
Escuchó a su mujer relatar el glosario de dolores y malestares de su suegra, respondió con monosílabos a cada uno de ellos.
—¿Te pasa algo querido?
—No, nada.
—Bueno te dejo. Besitos…
Cortó.

Fue al escritorio, encendió la computadora. Releyó el capitulo que había escrito el día anterior y se hundió en el argumento. Sus dedos transitaban con rapidez sobre las teclas. Apenas dos capítulos,  diecinueve y  veinte, y habría terminado.
Una corriente de aire helado lo estremeció. Siguió escribiendo.
Había llegado al final  del capítulo diecinueve,  un portazo lo sobresaltó, venía de la cocina. Se levantó y fue a ver. Nada. Todo estaba en orden, las puertas cerradas. Regresó al teclado.
Allí la sorpresa lo sacudió como un golpe. El capítulo 19 no estaba.  Al terminar lo había archivado, ¿cómo pudo haberse borrado? Debo haber tocado escape por error, se dijo. Lo escribió nuevamente, no encontró las mismas palabras. Las horas pasaron sin que se moviera de su silla, al fin leyó en voz alta.  Le gustó. Sin que lo advirtiera, la ventana  fue perdiendo la  luz natural, sólo la pantalla lo iluminaba.
Comenzó a escribir el capítulo veinte, la trama se aligeraba, la historia llegaba a su fin. Pendiente de la pantalla, vio algo por el rabillo del ojo, algo que no estaba antes en la habitación.  Dejó de escribir.  Barrió con la mirada su entorno: nada diferente.
De pronto apareció una figura sentada frente a él. Se sobresaltó, se puso de pie y retrocedió. No distinguía su cara; llevaba ropa oscura, el cuello del abrigo levantado y el ala del sombrero ladeada sobre el lado derecho. Parecía salido de una serie policial de la década del cincuenta. Ricardo cerró los ojos con fuerza y los dejó así, contó hasta diez.  Es un juego de mi imaginación, se dijo.
Al mirar, el otro seguía allí.
Transpiraba, la camisa se pegaba a su espalda, se sentó y se aferró al teclado para disimular el temblor de sus manos.
—Es imposible, no es real —su voz fue un susurro.
—Soy  Pedro Sánchez Murúa —dijo el otro.
Ricardo se puso de pie nuevamente y comenzó a dar vueltas por la habitación sin mirarlo.
—Estoy agotado, hace meses que escribo sin tener descanso ese es mi problema —dijo en voz alta— ¡Agotamiento!
—Estarás agotado. Pero yo soy tu personaje, me creaste, soy producto de tu imaginación. He venido para que arreglemos mi permanencia en la novela, estás programando que debo desaparecer, debes cambiar el final, no quiero morir.
Zabala seguía  dando vueltas, se detuvo.
—La novela no está terminada.
—Quiero vivir
Zabala cayó en la silla que crujió bajo su peso, se alisó el pelo con los dedos.
—¡Estoy  loco!
—No. Es normal que los personajes cambiemos los finales a nuestro placer. No soy el único.
Al decir esto, desapareció.
Zabala no se movió. Pensamientos  indefinidos pasaban por su cabeza. Fue hasta el baño y buscó en el botiquín un calmante, la cabeza se le partía en dos.
Regresó al escritorio y se sentó a escribir.
Percibió un ligero movimiento en el piso. Se puso de pie.  La alfombra se movía, ondulaba, como si un viento interno  la obligara a remontar vuelo. La vio elevarse con fuerza. Ricardo perdió el equilibrio y  cayó de espaldas. El ímpetu  era incontrolable,  el escritorio volcó hacia atrás, llevándose en la caída la  impresora  y la  PC  que produjeron un estruendo atroz. Se incorporó,  sin dar crédito a lo que veía. Volaban los papeles, se alineaban en un juego circular ante sus ojos despavoridos. Un nudo  en su estómago, subía y bajaba, se convertía en hiel al llegar a su  boca. Imposible gritar. La alfombra se elevaba como  un liviano papel de seda. En el equipo de música, la Primavera de Vivaldi comenzó a sonar  a todo volumen,  la alfombra se movía a su compás.  Él se puso de pie, incrédulo ante lo que estaba sucediendo. Se apoyó en la pared. Movió la cabeza de un lado a otro. Al fin, sacando fuerzas no sabía de dónde,  gritó:
—¡Basta,  hijo de puta!
Fue  un rugido. La alfombra cayó sobre piso.  Cesó el concierto y una risa burlona pareció salir de las paredes. Luego todo fue silencio.
Una sombra que cayó sobre una silla.  Alfombra, escritorio, impresora, fueron regresando a su lugar en cámara lenta, en la pantalla de la PC, el último capítulo de su novela seguía esperando la trama final.  Todo había regresado a su orden, como si nada hubiera sucedido, sólo que él seguía de pie, con el corazón a punto de explotar y la espalda apoyada en la pared. La voz pareció llegar desde el techo:
—Mi querido Zabala, ¿nos vamos a poner de acuerdo?
—¿Me queda otra opción?  —Respondió entre dientes— espero que la memoria de la computadora no haya sido afectada con el golpe…
—Todo está en orden —respondió la voz.
Silencio. Nuevamente quedó solo. Con gesto torpe salió del escritorio y fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua helada, bebió con desesperación. Había perdido el apetito,  se acostó sin comer.

Despertó cuando la luz de un bien entrado mediodía le resbaló por la cara. Se sentó en la cama, llevaba la remera sudada y olía muy mal. Al levantarse,  la habitación comenzó a dar vueltas, volvió a sentarse. Cuando se notó sereno, fue al baño. La ducha y el agua tibia, parecieron cambiarle la perspectiva de lo que estaba viviendo. ¿Era posible que el personaje  de una novela se corporizara o se estaba convirtiendo en un psicótico? Esto último debía ser lo real, se dijo.
Se miró desnudo en el espejo. Era desagradable verse tan  delgado, en los últimos meses había perdido peso, hasta llegar a ser una piltrafa, pensando  en su novela, se olvidaba  de comer.  Al fin se vistió. Debía desayunar, pero no tenía ganas, decidió que volvería a escribir.
Entró al  escritorio con temor.  Se sentía observado.  Abrió la computadora  y se calzó los anteojos.
Capítulo veinte. Había llegado el momento de escribir  el final de la historia y con ella el fin de Pedro Sánchez  Murúa. Dudó. ¿Y si lo  dejo vivo? Pensó. Una voz  llegó desde atrás:
—Es lo mejor que podés  hacer…
Se volvió, estaba solo.
—¿Ahora también leés mis pensamientos? —Se agarró la cabeza, mesándose los cabellos con furia— Y no… no Murúa, no —hablaba dirigiéndose a alguien que no veía, pero al que sabía presente— Mereces morir.  Los lectores   van a esperar tu muerte,  capítulo a capítulo, como se espera la noche de amor en una novela rosa. Te diría que con placer van a esperar tu final. 
Su voz sonaba firme, segura.
Una franja oscura brotó de las paredes, se corporizó; Murúa. Con su ridículo sobretodo negro y ese sombrero de ala ladeada al estilo Gardel, Murúa lo observaba burlón. Ricardo no pudo evitar un estremecimiento. Tenía la garganta seca y los puños cerrados. Murúa agarró una silla y se sentó muy cerca. Su rostro era desagradable, tan ojeroso y amarillento que intimidaba. Al verlo de cerca lo comparó con… no, era su imaginación.
—Te va la vida Zabalita —y mirándolo fijo agregó— te va la vida y sabes que no miento…
No podía dejar que ese estúpido personaje se tomara en serio su papel de  maligno y lo amenazara como si fuera un mafioso de película clase B.
—No me espantan tus amenazas, me cansaste.
—Yo soy la novela, los demás personajes no tienen importancia. Sin mí, tu libro se convertirá en  esas novelas aburridas que se comienzan  a leer y se dejan olvidadas  al tercer capítulo —inclinó la silla, para hablar más cerca y le dijo —  Podrías escribir una saga del asesino Murúa y sería un éxito.
— Es lo que pretendés,  que te convierta en héroe. Yo te inventé y yo te destruyo.
Las últimas palabras las remarcó con fuerza.
—¡Hijo de puta! Hay grandes escritores que dejan a sus personajes vivos, los dejan hacer su vida, aunque sean una basura.
Con un aterrador grito de furia, Murua se puso de pie, dio vueltas por la habitación, aullando como un animal enjaulado. Se detuvo y comenzó a golpear los muebles.  Ricardo lo observaba sin decir palabra. A pesar de todo lo vivido, estaba en paz.
Como si fuera una parte de la pared, Murua penetró en ella y desapareció.
Ricardo respiró  hondo, una sed terrible  le pegaba la lengua al paladar, se levantó y fue directo a la cocina. Al cruzar el pasillo se detuvo ante el espejo, su imagen era desagradable. Ojeroso, pálido, el cabello en desorden, era un hombre derrotado. Me estoy pareciendo a Murúa, se dijo.
Buscó algo fresco en la heladera y sólo encontró la botella de agua, bebió con apuro hasta la última gota.  Debía respirar aire puro. Salió a la calle, era pasado el mediodía. Un calor insoportable le dio en la cara, fue directo al bar. Pidió una ensalada, una gaseosa y esperó.
Pensó en la locura de vida que estaba llevando.  El capítulo veinte seguía allí, las palabras no nacían  en su imaginación, quedaban en  el camino sin llegar al teclado,  había escrito dos líneas, nada más, y para colmo esta locura de imaginar a un personaje apareciendo y desapareciendo con amenazas. Corporizándose con la furia de un asesino.
Desde una mesa vecina dos  hombres  lo miraban y cuchicheaban bajo. ¿Y a éstos qué les pasa? ¿Estaré hablando solo?   Dejó la comida por la mitad, le abonó al mozo  y salió a la calle. Caminó sin saber adónde ir ni qué hacer. Creyó que lo mejor era regresar y terminar de una vez el capítulo veinte.

Entró a la casa con miedo. Todo estaba en silencio, ninguna señal que demostrara que Murúa andaba cerca. Respiró hondo y fue directo al escritorio. Se sentó frente al teclado y comenzó a escribir.
Las horas pasaron sin que se diera cuenta. La voz de Murúa le llegó cercana:
—¿Qué vas a hacer conmigo?
No respondió y siguió escribiendo. El otro volvió a preguntar y él  respondió sin dejar de escribir.
—Todavía no llegué al final.
La respuesta fue una risotada.

La esposa llegó al día siguiente. La sorprendió el desorden, muebles cambiados de lugar, libros  en el piso, cuadros  caídos, cortinas rasgadas. Recorrió las habitaciones con el corazón golpeándole el pecho  y en todas se repetía  la escena. En las paredes, escritas con tinta roja se leían palabras incoherentes. ¿Y Ricardo?  No aparecía por ningún lado.
Desesperada fue al teléfono y marcó el 911.
En pocos minutos el móvil policial estaba en la casa. La escucharon. Una mujer  policía trató  de serenarla, era imposible, hablaba y lloraba al mismo tiempo; agitaba las manos tratando de explicar, sin hallar  palabras coherentes y mirando  alrededor  con ojos asombrados. La policía recorrió la casa buscando a Ricardo Zabala.

Lo hallaron en un cuarto pequeño  donde se guardaban los trastos en desuso. Sentado en el piso, rodeado de las hojas rotas de su novela.
Confundió a los policías y a su esposa,  en ese enero de cuarenta grados;  su  sobretodo de paño oscuro, el sombrero negro, ladeado sobre la derecha y mientras hablaba incoherencias;  reía y lloraba tontamente.




                                              














viernes

Final.





He quedado sola. El frío pasa bostezando por mis cuartos, armado con cien cuchillos que me atraviesan, sólo soy un despojo por donde asoman  ladrillos color sangre.
Se ha perdido lo que  fuera  mi añejo señorío, han levantado mis pisos y entre las piedras los arbustos han crecido atravesando los huecos del techo.

Hoy mis habitaciones están desnudas, lloran su pobreza y hasta las estatuas que alegraban el jardín han sido retiradas. Antiguamente mis paredes estaban vestidas con cuadros y  tapices famosos, ya ni el revoque va quedando.
Los que me ven dicen: es una casa vieja. Los frisos adornados con ángeles desaparecieron y lo poco que  queda de aquella belleza va cayendo bajo el golpe de las herramientas.

Dónde están las damas que se reunían a tomar el té a las cinco de la tarde y dejaban sobre el mantel de hilo, jirones de vida ajena, relatos de amantes y trampas de fin de semana.
Y  qué fue de aquellos señores encerrados en la biblioteca, discutiendo de política, mujeres y escapadas a París, mientras el vino francés circulaba en  fino cristal.

Todo pasó. Demasiados años han circulado bajo la lluvia, hasta la ciudad es otra, nadie recuerda aquellos años. Sólo yo quedó, testigo mudo de lo irrecuperable.
Me llevó  a la tumba de los escombros, sus fiestas, sus amores, sus sueños y mi orgullo seguirá sus huellas, soy un despojo de aquel ayer, el  fin de una familia y de una época.
Una  casa que espera la destrucción total, y no falta mucho…los fantasmas de los seres que he amado están aquí, se van esfumando  con cada pared que cae, sólo percibo una niebla gris que me va llevando…y el ruido de la piqueta…nada…más…



Inspirado en la novela: LA CASA, de Manuel Mujica Laínez.







Regreso al hogar.





Se le van los bueyes a la noche, las nubes cierran sus párpados oscuros apurando las tinieblas. La ciudad se duerme con la nana de un saxo lejano, que suena dulce como un beso.

Las calles  la reciben como a una amiga, el viento se hace brisa para acariciar su espalda y calmar el dolor que sube y se extiende por sus hombros.
Como tantas otras, Mimí es un drama, toda ella es un drama gris como la niebla que esta noche  parece   brotar desde el asfalto.
“Estoy cansada, a veces me pregunto: qué hice con mi vida, con mis sueños.”
Camina sin saber adónde ir, quiere encontrar su casa,  su mundo perdido; aún guarda remembranzas de aquel hogar tibio y  lejano, hasta el perfume a rosas de su madre deambula por  su memoria, es el arcano de su alma que siempre encuentra un motivo para brotar y elevarse.
“Hoy sentí miedo, todo sucedió tan rápido, un arma y el sonido fue un trueno, corrí, corrí  sin mirar atrás.”

Reconoce una avenida, presiente que está cerca. Cruza una plaza, el aroma de la dama de noche la embriaga, una alfombra de flores amarillas la recibe con la ternura de un abrazo. Respira profundo y  el dolor en la espalda sube y detona en su cabeza.
“No doy más, el suelo es suave,  quiero dormir, cerrar los ojos y olvidar.”  
La blandura de unos brazos ampara sus huesos cansados, un perfume a rosas la rodea, se duerme, la búsqueda ha terminado.


Recuerdos enmarañados.











Compré por pocos pesos  un antiguo baúl cargado de libros, pensando encontrar en ellos alguna  edición interesante, los fui hojeando uno a uno. En una enciclopedia española del siglo XIX, hallé una carta amarillenta, no  llevaba encabezado,destinatario, ni firma, sólo una fecha; Junio de 1899. Me pareció un hallazgo, una historia misteriosa y casi increíble, la transcribo tal cual la encontré, sin agregar ni quitar palabra.

“A veces creo que la memoria es un hilo que si lo mantengo tenso deja correr por el mis recuerdos. Otras veces,  ellos se pierden sin hallar su lugar. La historia que viví y quiero relatar se disipa por momentos y no sé en qué camino o desde que maraña del pensamiento intenta llegar a mí.

Yo era  pescador en un pueblo costero al sur de Tierra del Fuego.
El faro de la historia que me obsesiona fue construido en un recodo de esa isla. Dicen  que una tormenta, lo había destruido. Sólo quedaron  ruinas y una historia difícil de creer.  

Una noche en que varias lanchas salieron a pescar, el grumete de un barco del que no ha quedado su nombre, divisó nuevamente el faro. Allí estaba. Surgiendo desde no se qué mundo, la visión duró menos de una hora, muchos la vimos. De pronto desapareció y  volvió ser una costa brava y desnuda.
El comentario de lo sucedido rodó por  las casas, bares y prostíbulos de la isla. Algunos no lo creyeron. Era imposible que un faro destruido ochenta y tantos  años atrás, apareciera de la nada, iluminando el horizonte y luego se esfumara ante los ojos azorados de los pescadores.

— ¡Que me cuelguen! Es imposible —dijo mi padre— ¿estabas sobrio?
La pregunta me fastidió, en especial que mi propio padre retomara mi problema con el alcohol, era tema del pasado que yo quería olvidar.
    —No fui sólo yo, en las otras embarcaciones también lo vieron.
    —¡Pescadores supersticiosos!—. Exclamó,  y se alejó moviendo la cabeza.
Semanas después,  todo fue olvidado. Nadie hablaba del tema, creo que se  encerraban  en la  ignorancia;  motivada el miedo.
Yo no lo olvidé. Algo que no lograba explicar,  me llevaba a  investigar  sobre las antiguas tradiciones de la isla.  Los más viejos recordaban relatos de su niñez. Hablaban de aparecidos y fantasmas  relacionados con el faro, leyendas cubiertas  con un manto de silencio.
Alguien me habló de la mujer más vieja de la isla, doña Encarnación.  
Tenía noventa y nueve años. Su memoria le jugaba malas pasadas, pero evocaba  con detalles la historia del faro.
Su casa estaba en las afueras del pueblo y fui a verla.
Sin preguntar ni mi nombre me hizo entrar, parecía saber a qué iba.
— ¿Así que estás averiguando los misterios del faro?
Me sorprendí.
— ¿Cómo lo sabe?
—Tengo amigos que me cuentan todo lo que pasa en el caserío.
Me extrañó su respuesta. Me habían dicho que era  una mujer solitaria y sin amigos. Los vecinos se alejaban de ella, en realidad, no la querían.
El interior de la casa era muy humilde, apenas dos sillas y una mesa, a un costado una cocina a leña y una pava negra de hollín. Me invitó a sentarme.
—El faro desapareció hace muchos años —le dije—  pero hace algunas semanas salimos de pesca y lo vimos.
—No me extraña —al decirlo me miró fijo—. ¿Y qué pensaste al verlo?
—No sé. Lo vi y desde entonces no puedo dormir, recordarlo me estremece, me da miedo.
—Haces bien en tenerle miedo —mientras hablaba sus manos huesudas apoyadas sobre la mesa, doblaban un pañuelo—. Mi esposo murió en ese faro. Él  había dicho que algo secreto  lo habitaba. Todos sus amigos se rieron de él, los malditos habitantes del pueblo se burlaron por meses diciendo que era un embaucador, quiso demostrar que no mentía y una noche de luna llena fue al faro: nunca regresó.
Hizo silencio, ante el recuerdo su mirada cambió, se volvió dura, cargada odio.  Quedó en silencio unos minutos y luego prosiguió:
—Nada se supo de él, hasta llegaron a decir que se había ido del pueblo con otra mujer. Yo sabía que era  mentira. Él lo había dicho, en el faro habítaban fuerzas oscuras.
Repetí como un eco:
— ¿Fuerzas oscuras?
—Sí, vampiros.
Creí que la anciana deliraba. Hice un  gesto inconsciente, que  puso en evidencia mis pensamientos, ya que en seguida dijo:
—No pienses que estoy loca muchacho, es  verdad, ellos me lo dijeron. Existen mundos desconocidos para los mortales, no te burles.
—No me burlo. Simplemente me sorprendo. Usted dice que ellos se lo dijeron ¿Quiénes son ellos?
—Los guardianes del faro.
A esta altura estaba seguro que la anciana no estaba en su sano juicio. Me puse de pie con intención de irme.
—No te vayas todavía, ellos me confiaron algo: el faro perteneció siempre a los vampiros. Luego de su destrucción, los guardianes protegen el lugar, cada tantos años, la visión regresa, siempre en luna llena, hasta que sus antiguos dueños y los guardianes  luchen en una batalla final.
Salí de la casa con una extraña sensación, mezcla de miedo y descreimiento.
La noche en que los pescadores  vimos la visión y cuando murió el esposo de Encarnación, había luna llena, una secreta curiosidad, me decía que fuera al faro en la próxima luna.

Cada luna llena regresaba a la playa, mi espera no fue en vano, el faro apareció y me dirigí a el.
Cargaba una mochila con  herramientas, entre ellas un arma y una linterna.
Sabía que el encantamiento duraba un tiempo, no sabía cuánto. Debía apurarme. No sabía que iba a buscar, pero una fuerza interior me empujaba al faro. La puerta estaba entreabierta. Subí  los peldaños. Doscientos cincuenta escalones me dejaron sin aire.
El gran foco estaba apagado. Caminé por el balcón que lo bordeaba, todo era silencio.  El mar lucia como una seda gris bajo la luz lunar. Un ruido me sobresaltó. Alguien subía la escalera. Me puse en guardia, la 22 en mi mano me daba seguridad.
— ¿Quién anda ahí? —pregunté temblando.
Dos hombres desconocidos aparecieron.  Sus ojos centellaban. No hablaban.  Los amenacé con mi arma. Rieron.
Uno de ellos me arrojó una cadena que traía en la mano. La esquivé.  Retrocedí.  Avanzaban mudos.  Me latían las sienes y el arma resbalaba en mis manos por la transpiración y el temblor.
— ¿Quienes son?
No respondían.
—No quiero disparar váyanse —seguían avanzando— ¡Voy a disparar!
Apreté el gatillo, el sonido  resonaba en mi cabeza. Las balas penetraban en sus cuerpos y ni una gota de sangre brotaba de las heridas.
Sus risotadas sonaban  como un eco.
Mis piernas parecían de cartón, me costaba moverme y ellos no hablaban, sólo reían.
El pánico nublaba mi vista, me sentía tan mal que no lograba moverme. Mi cabeza era un batallar de pensamientos y preguntas. ¿Quiénes eran esos tipos y por qué me había metido en semejante problema?
—Eres muy curioso pescador —una voz a mis espaldas me hizo volver la cabeza. Una  hermosa mujer morena, vestida enteramente de negro me  miraba con burla.
Quedé entre ella y los hombres.
—¿Quiénes son ustedes?
—Los dueños del faro —respondió ella
Se acercó. Su piel era blanca, transparente. El sólo mirarla me había paralizado.
Uno de los hombres me agarró por atrás sujetando mis brazos, me debatía  sin lograr soltarme. La mujer observaba el cielo, se movía inquieta, al fin pareció decidirse y bajó las escaleras.
A lo lejos un rayo iluminó el cielo, inmediatamente el trueno sonó con furia. Los rayos se multiplicaron, la noche parecía estar iluminada por destellos de colores. Algo que no entendí los inquietó, me empujaron a la escalera. Bajé tambaleando con uno de ellos a mi espalda y otro delante.
Un ruido muy fuerte pareció mover las paredes, se miraron y bajaron rápidamente olvidándose de mí. Los truenos aturdían. El piso se abrió. Los escalones desaparecieron y me vi impulsado por una fuerza superior que me llevaba a través de las paredes. Lo último que vieron mis ojos fueron las llamas, cayendo del cielo.  Espadas rojas que salían de distintos ángulos  y caían en un mismo punto: el faro.
Debo de haber perdido el conocimiento, al abrir los ojos, el fuego había arrasado  con todo, la tierra estaba humeante sin rastros de lo que allí había  sucedido. La furia dio paso una calma celestial, bajo una luna de seda.
Ni un miserable ladrillo, daba testimonio del  faro.

No puedo seguir escribiendo. Me diluyo, mi esencia se pierde, no tengo más fuerzas. Se me ha dado este tiempo de gracia con una misión, dejar testimonio de lo sucedido aquella noche. Las fuerzas del bien y el mal, libraron una batalla. Una más, nadie dude que sus ejércitos están entre nosotros y la lucha sigue.”







Retazos.

Nací en un barrio-campo, entre el verde de la alfalfa y calles de tierra, con mariposas mañaneras y luciérnagas nocturnas, dond...