sábado

Nosotros y el ayer.




Me alegró volver a verte y descubrir  la emoción que  brilló en tus ojos. Se reavivaron las migajas de ternura que habían quedado dormidas en algún rincón de nuestra memoria. Y fuimos repasando aquellos días, sin ver que la tarde agonizaba en las calles y mi té y tu café estaban helados, nuestras manos, se unían tratando  aferrar   el ayer perdido.  
De pronto, despertamos a  la realidad, justo para darnos cuenta que  nada era igual, los dos habíamos cambiado, nuestra vidas eran diferentes y en ellas, los sueños  blandos de nuestra juventud  no cabían. Nos despedimos con un beso profundo, nos costaba separarnos. Al fin me besaste las manos y me dijiste un adiós  ronco, sin fuerzas.  Caminé unos pasos y al volverme  a saludarte, seguías mirándome, desde la misma esquina donde años atrás  nos  habíamos despedimos.








martes

Las vueltas de la vida.







—¿María, te acordás del Rulo? Ese que vivía en los departamentos de la calle Garibaldi, el flaco, que tenía los ojos  tristes, claro que te acordás, si estaba enamorado de vos y te seguía a todos lados.
María sigue en la máquina de coser, sin mirar a Lola.
— Cuando íbamos  al club, ustedes bailaban, él estaba loco por vos, al principio lo aceptaste, luego apareció  Pedro, y  claro,  Pedro era el hijo del doctor Garmendia y se vestía elegante…
María no responde, cose, da vueltas la camisa que está pespunteando y escucha sin decir palabra. Lola sigue:
—¿Querés que te cebe mate?
Su amiga sigue parloteando sin darse cuenta que María está muy callada.
—Ayer fui a tribunales y  encontré al Rulo, estaba elegante con un traje oscuro, no parecía el mismo, no me animé a hablarle.
María deja de coser, mira por la ventana los árboles que se agitan con el viento de otoño. Escucha a Lola y recuerda: los bailes del club, su primer beso y aquel juramento que ella no cumplió.
Lola sigue con su charla:
—Como te decía, encontré a Rulo en tribunales, se le acercó un muchacho y le dijo: “Doctor Ramírez, el juez Molinero necesita hablar con usted” ¡Doctor Ramírez!  Si parece mentira, el Rulo doctor.
Lola le acerca un mate. María lo toma sin mirarla, tiene los ojos vidriosos.
—Hace más de diez años que se fue del barrio y, ahora resulta que es  doctor, mirá las vueltas de la vida. ¡Vos lo querías! Sí, no me mientas,  tu vieja te lleno la cabeza con el Pedro y le hiciste caso a ella.  
María le devuelve el mate y le dice que no cebe más, Lola lo deja y  regresa con el tema sin darse cuenta las lágrimas de María.
—Tu vieja era una interesada y vos una tonta que le hacía caso en todo, tal vez si te hubieras casado con el Rulo… hoy no estarías sentada en esa máquina, cosiendo todo el día, ni tendrías  moretones en los brazos.
María da vuelta la cara para ocultar el llanto.
—¡Basta! —grita con voz ronca.
—Bueno… ya sé…está bien,  mejor me callo. Debe estar por llegar Pedro y si viene borracho, mejor no quiero verlo. María, ¿lloras, por lo del Rulo? Si sabía no te contaba nada, dale, te cebo otro matecito bien dulce  y se te pasa, no te quiero ver así…la puta madre, si sabía no te decía nada…





viernes

La camisa azul.






Olvidé tu nombre, ojos de cielo y camisa azul.
Fuiste un viento que arrolló mis conceptos sobre el amor y me dejó sin fuerzas, sin ganas de luchar contra ese sentimiento que crecía con cada palabra tuya, con cada sonrisa y con ese gesto de torcer la boca y alzar  la comisura del lado izquierdo, cada vez que ibas a decir una broma; allí me perdí. Escucharte contar historias, fue  descubrir un país donde todo era nuevo. Y fui feliz, con la alegría de una niña al salir  de la escuela y abrir los brazos a la libertad.
Para quedarme a tu lado  encontré el lugar ideal, el bolsillo de tu camisa azul, junto a tu corazón y abrigada al calorcito de tu pecho.
Hoy  ha sido diferente. 
Descubrí que no estabas, te habías ido, ¿te habías ido? Tal vez nunca fuiste real, sólo una invención de mi soledad.
Recorrí la casa, cuarto por cuarto y nada hacía referencia a tu presencia. Me senté en el piso y desahogué el río de tristeza que me habitaba, como quien desteje un saco viejo, y cuando ya no tuve más lágrimas, la vi; desde  un rincón, abandonada y triste; me miraba la camisa azul.





lunes

La empleada.






 La palabra empleada puede abarcar muchos oficios; vendedora, secretaria, oficinista. Lucía Iriarte  era  empleada. Los que solicitaban sus servicios, la conocían simplemente por el nombre: la empleada.  Aceptaba un trabajo, por  recomendaciones. Al revés de lo que sucede en la mayoría de los casos, ella admitía al empleador  que  presentaba el mejor legajo y seriedad. Hasta ahora, nunca se había equivocado,  en sus elecciones.
En todos los contratos, existía una  comunicación telefónica, una palabra clave, una cita y si aceptaba,  desde ese momento  pasaba a estar al servicio de la persona que había efectuado la llamada.
En el encuentro, sólo uno, Lucía recibía una carpeta con datos y fotos de un X personaje, el 50% del dinero convenido y al terminar la tarea,  el resto sería depositado en un banco a su nombre.
Hacía varios años que su trabajo era rentable y sin problemas, por eso la elegían y la recomendaban. Aparentaba  ser una  bella e inocente mujer, jamás despertaría una sospecha.

Recibió la carpeta, leyó el informe y miró las fotos. Parecía sencillo.
El hombre era joven, cerca de treinta años. Buen mozo. Sabía en qué bar lo encontraría, día y hora. Era un tipo  metódico.
Se vistió con su mejor vestido, se maquilló muy suave y antes de salir controló su bolso; si, la Bersa 22 estaba allí.
 
Él estaba en la barra, ella se acercó  y pidió algo de beber. Cruzaron miradas, los dos sabían qué venían a buscar. Él la invitó a una copa. Me llamó Marcos, le dijo. Yo soy Lucía. Fueron a una mesa y por primera vez, Lucía odió su trabajo. Marcos era amable, le gustaron sus ojos, la dulzura  con la que acariciaba sus manos. Charlaron, y las mentiras de los dos, jugaban entre el humo de los cigarrillos.
Salieron juntos. Caminaron las calles dormidas de la madrugada. Se detuvieron en un edificio de departamentos. ¿Subimos? Dijo Marcos, ella nunca aceptaba esas invitaciones, pero esta vez, un deseo oscuro le caminaba por la piel y aceptó.
El ambiente era acogedor. Bailaron y discretamente la fue llevando al dormitorio. Marcos fue al baño, ella abrió su bolso, escondió la Bersa 22  bajo la almohada y se quitó el vestido.

Marcos bajó por la escalera, se dijo que era más seguro, a esa hora pocos se movían en el edificio y casi todos lo hacían por el ascensor. Recibió una llamada en su celular:
—Todo en orden —respondió.
—¿Cuidaste los detalles? —preguntó una voz femenina.
   Claro que sí, soy un profesional. ¿Hicieron mi depósito en el banco?
   Tal como lo acordamos. Destruí la carpeta.
   Ya lo hice.

Salió a la calle, se quitó los guantes  y se alejó silbando.




jueves

La niña del vestido blanco.










No puedo explicarme, cómo me vi envuelta en una historia tan extraña y difícil de creer y que  a nadie he contado, porque creo que me considerarían loca o una vulgar embustera.
Hoy después de varios años recién me atrevo a escribirla, muchos creerán que es un cuento, yo les aseguro que fue real.

La primera vez que la vi, ella caminaba sola por el borde del arroyo Burgueños; me asombró que a una niña tan pequeña, tendría unos cinco años, la dejaran sola por un paraje desolado y resbaladizo. El arroyo, en algunos de sus tramos, solía ser profundo y su lecho barroso actuaba como una ciénaga de apariencia inocente, pero que tragaba cuanto caía en él.
La chiquilla llevaba un vestido blanco y un sombrero de tela del mismo color,  cintas celestes  caían en su espalda  agitándose de un lado a otro. La seguí un tramo, luego la perdí de vista, su figura  se esfumó entre la arboleda y los arbustos.
Olvidé a la niña del vestido blanco, hasta que un domingo por la tarde la volví a ver en la plaza; jugaba con otros chicos, corría y saltaba mientras las cintas de su sombrero bailaban al viento. Busqué entre las madres que observaban a sus pequeños y me pregunté cuál sería la mamá de tan bella criatura. Al volver la mirada, la niña del vestido blanco había desaparecido.
A partir de ese día, la busqué como una obsesa, regresé al Burgueños, a la plaza y ella no aparecía.
Tiempo después la volví a ver, caminaba por los senderos del parque que rodeaban la Iglesia.  La seguí a distancia y a pesar de que fui cuidadosa, ella presintió que la seguía. Deseaba hablar con sus padres y preguntarles por qué dejaban sola a una niña tan pequeña.
Ella entró en un elegante bazar de antigüedades.
Mientras miraba las vidrieras ensayaba qué les iba a decir a sus mayores. Entré. Fui deleitándome con las obras de arte que  estaban a la venta, nadie  se acercó. Seguramente habría cámaras vigilando mi presencia, me detuve ante una bailarina de cristal, tan bella como perfecta, demostré interés en la pieza y no tardó en  acercarse una señora mayor.
—Tiene usted buen gusto, es de cristal de roca —me dijo.
—Sí, veo que todas las obras son muy finas, pero he venido por otro motivo…
Lentamente le fui explicando el caso de la niña del vestido blanco. La mujer negó con su cabeza; mientras me escuchaba, noté que mis palabras la habían sorprendido.
—Aquí no vive, ni ha entrado ninguna niña.
Lo expresó tan calma y  segura que dudé.
—La vi entrar hace apenas unos minutos.
—Sígame —dijo.
Entramos a una sala con varias pantallas. Hizo retroceder la filmación y las imágenes fueron pasando en cámara lenta. La puerta solo se abrió para mi entrada. Me sentí ridícula, los ojos de la vendedora parecían escudriñar mi mente. Al regresar al local y  mirar a la derecha, descubrí un cuadro con la imagen de la niña que yo había seguido por la calle.
—¡Esa es la pequeña que vi! —exclamé.
La mujer me miró  de una forma que no supe definir, hasta noté que se estremecía aunque  trató de disimularlo.
—¿Está segura?—dijo con un hilo de voz.
—¡Muy segura!
Hizo una seña para que la siguiera y volvimos a la sala de las pantallas. Me ofreció un asiento y ella quedó de pie apoyada en un mueble.
—Esa pintura la realizó mi padre, él era un excelente artista y esa niña fue mi hermana mayor, hoy tendría casi 80 años. Mis padres la adoraban;  un día, ella escapó  a la calle a jugar y, cuando ellos se dieron cuenta, salieron a buscarla. Dieron vuelta cielo y tierra, pero Marina, que así se llamaba, nunca apareció.
Yo la escuchaba muda, no encontraba palabras, ella siguió hablando:
—Durante años el cuadro con la imagen de Marina estuvo en la vidriera del bazar de antigüedades, él quería que no la olvidaran. Varios años después de la pérdida de Marina, nací yo; sin embargo ellos la nombraban en tiempo presente y  desgranaban su historia en todo momento, siempre confiaron en que su niña regresaría. Mi padre en sus últimos años, solía hablar solo y cuando me acercaba, quedaba en silencio. Sólo una vez  le pregunté con quién conversaba y me dijo: con Marina.
La mujer quedó en silencio. Respiraba profundo y miraba al techo como buscando las palabras para seguir hablando.
—Señora, si la molesto… me voy —le dije al ver que la emoción la sofocaba.
—No, por favor, al menos escúcheme, necesito desahogarme. Para mis padres y a pesar del tiempo transcurrido, mi hermana estaba viva, seguía siendo su nena de cinco años. Siempre creí que su pérdida los había trastornado, hoy entiendo que ellos la veían, como usted la vio.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, su cuerpo se agitaba apenas, en un llanto contenido quién sabe por cuánto tiempo.
Al verla serenarse, comprendí que debía irme, deseaba escapar; algo de esa historia me daba miedo y muchas preguntas sin respuesta giraban por mi cabeza, ya nada me mantenía en ese lugar. La saludé, ella sólo me dijo: Gracias.
Llegué a la plaza, recuerdo que la encontré vacía, nadie circulaba por sus veredas ni sus juegos. Abatida y sin saber qué pensar me senté en uno de los bancos. Perdí la noción del tiempo, una llovizna fría me volvió a la realidad, hubiera necesitado alguien con quien hablar, a quién confiarle mi desconcierto; pero, como explicar lo que ni yo misma entendía, ni aun hoy entiendo.




"La niña del vestido Blanco."
4º premio en el concurso "Vivencias Literarias, Narrativa" de La sociedad Argentina de Letras, Artes y Ciencias. Provincia de Córdoba, Argentina.



Comparto con ustedes este cuento que fue premiado en el mes de abril 2019.








domingo

Doña China.







   La casa de doña China era muy humilde. Encallada entre dos terrenos baldíos, mostraba sus paredes manchadas de humedad, y un techo  que era una colección de chapas oxidadas,  un pasillo que en algún tiempo fue de baldosas, ahora lucia como una boca desdentada. Sólo el jardín era una belleza, las flores de tacos de reina, las había  en todos los colores, se destacaban como un placer a los ojos.
   Quedé parada en la puerta, sin animarme a entrar. Todas mis convicciones caían al suelo como hojas secas. ¿Cómo iba a llevar a mi beba para que una curandera la vea? Al fin, tomé coraje y empujé el cochecito, Camila me miraba con los ojos llorosos, y me dije; adelante. Los pediatras, no habían logrado calmar en llanto ni la fiebre de Camila.
   Apenas crucé el portoncito de madera, apareció doña China  secándose las manos en el delantal, era de baja estatura, vestía humildemente y descubrí en su mirada una paz que me animó a llegar a su lado. Me saludó y los pelos hirsutos de su pera que parecían  alfileres, se hicieron notar en mi cara. Entramos. El interior era pequeño  y  se veía  limpio. Sillas de desiguales estilos y una mesa de madera que conoció mejores tiempos eran todo el mobiliario. En la pared colgaban cuernitos rojos de plástico, de madera y de  diferentes tamaños y en el ambiente flotaba un olor a incienso que me irritaba la garganta.
Dejó el delantal sobre el asta de una silla y me preguntó:
—¿Qué le pasa a tu nena?
—¿Cómo sabe qué vengo por ella?
Sonrió y no dijo nada. Proseguí:
—Hace varias semanas que no come bien, vomita, le sube y baja la fiebre, el pediatra que la está tratando no encuentra solución, me dijo que si sigue así la va a internar…
   Mi chiquita comenzó a llorar. Doña China buscó una frazada, la extendió sobre la mesa y colocó sobre ella, una tela  de algodón blanco. Se fue a lavar las manos y me dijo:
—Quítale la ropa y acóstala sobre la mesa.  
La revisó como lo hace un medico. Frunció la cara en un gesto que no me gustó.
—¿Qué pasa?
—Tiene fiebre por un empacho terrible.
—¿Un empacho? —Pregunté preocupada por su gesto — ¿Eso es malo?
—No.  Hay que curarla, ya voy a comenzar. Sujétala, voy a buscar algo.
Me asaltaron  ganas de salir corriendo. Presentí  un movimiento cercano, era un gato que  desde la ventana se movía y no dejaba de mirarme.
Como no me gustan los gatos, su presencia aumentó mi nerviosismo.
¿Qué hacía yo  en esa casa?
Abracé a la beba que comenzó a llorar, doña China   regresó con una cinta roja.
—¿Qué va a hacer con eso?
Pregunté y ella hizo un gesto con sus manos tratando de serenarme.
—Quédate  tranquila que no le voy a hacer daño.
Fue midiendo  con la cinta sobre la espaldita de Camila y murmurando en voz baja, palabras que yo no entendía. Luego lo repitió  en la pancita. Cuando terminó me dijo:
—Ya está curada, aunque vos no lo creas.
Se había dado cuenta de mi poca fe en ella. Me dije que doña China era un fraude,  y yo la tonta que había venido  a buscar soluciones que un pediatra no había encontrado. ¿Cómo iba  a curar a una bebe con una cinta roja y  palabras que nadie entendía?
Le pregunté cuánto era y me respondió: que las curaciones no se cobran, se hacen en el nombre de Dios. Al salir  de la casa, miré las flores del jardín y me parecieron más bellas y hasta sus colores me resultaron un claro arco iris.
Esa noche por primera vez en varios días, Camila durmió toda la noche.

La fiebre no volvió y yo aprendí a respetar a Doña China. 



martes

Una moneda de diez céntimos.




Fue  el padre de Marisa  Casenave,  él que me regaló la moneda  acuñada  en España allá por la década del cuarenta o  cincuenta.
De un lado llevaba un jinete armado con una lanza  y del otro un escudo y su valor era de diez céntimos. La importancia del regalo estaba en  lo que me dijo: “Guardá está moneda, es de buena suerte, procura  que te acompañe siempre. No se la doy a mi hija porque no cree en  los amuletos, mejor dicho no cree en nada. Sé que la vas a cuidar, yo escapé de muchas y hasta me salvó de una bala que la dejó algo deforme, la llevaba en el bolsillo del saco, sobre mi pecho.  Es leal con quién la cuida.  Me la dio una gitana y me vaticinó que con ella lograría escapar  de España, me la tenían jurada por haber intervenido en la crisis universitaria del 56”.
Acepté la moneda y la guardé  bajo la mirada burlona de Marisa, quien al salir a la calle me dijo; “Vos y mi viejo son tal para cual, creen en cualquier verdura”. Creo que estaba algo celosa.
Pasaron los años y la moneda como una reliquia  me acompañó siempre. En la década  del 70, bajo la turbulencia de nuestro país en llamas, siempre fue mi compañera.
Durante las requisas  callejeras que  nos sorprendían al salir de la facultad y,  mientras la autoridad  revisaba mis documentos y me miraba con desconfianza, yo acariciaba la moneda en mi  bolsillo, rogando que no descubrieran mis originales para las proclamas, o algún comprometido mensaje que bien escondido en mis carpetas, jamás las encontraron.
Una noche, al bajar de mi coche,  un ladrón, arma en mano, me arrancó la cartera, en ella iba mi moneda.  Durante más de veinte años me había acompañado, sentí su pérdida como se siente perder una parte de la propia historia.
Meses después al comprar en la calle un ramo de jazmines, entre las monedas del vuelto, recibí la querida  moneda española de diez céntimos, era la misma, con la torcedura que la bala le había dejado. El florista, un hombre mayor, no entendió mi reacción ni mi grito. Se quedó perplejo y me preguntó: ¿Le di mal el vuelto? Negué  con la cabeza y me fui emocionada, un humilde ramo de jazmines había sido el motivo para que la moneda regresara a mis manos.
Recordé las palabras del papá de Marisa  “Es leal con quien que la cuida.”


Nosotros y el ayer.

Me alegró volver a verte y descubrir  la emoción que  brilló en tus ojos. Se reavivaron las migajas de ternura que habían quedado do...