domingo

Los Recuerdos.



Una enfermera abrió la puerta y lo miró interrogándolo con la mirada,  él dijo simplemente. “Antonio Carbonato”. La joven sonrió y lo hizo pasar.
La casa de descanso daba  la apariencia de ser un lugar acogedor. Un amplio parque con pinos y jazmineros que  daban frescor y  perfumaban a los abuelos, algunos tomaban sol recostados en sillones, otros descansaban en las galerías. Recorrieron un  pasillo y llegaron a un  salón, la enfermera le pidió que esperara. Minutos después regresó acompañada de don Antonio, hacía varios años que no lo veía y se sorprendió al verlo tan cambiado, había envejecido y mucho. La piel de la cara era una suma de líneas, un mapa de vida e historia.
Se sentaron  cerca de un ventanal. El viejo lo miraba con  ojos curiosos, comprendió, que él tampoco lo había reconocido. Entró otra mujer de uniforme azul, les  acercó una mesita y dejó en ella dos tazas  y un termo con té.
—Don Antonio ya casi no habla —le dijo— pero usted converse, que le hace bien escuchar.
Mientras servía el té, preguntó:
—¿Cómo se siente Antonio?
El viejo no respondió. Ignoró su silencio y siguió  hablando.
—Estuve de visita en Porto Recanati, su pueblo, ¿lo recuerda…?
—Italia —dijo con voz ronca.
—Sí, Italia y le traje una foto de allí.
La  dejó en la mesa, el viejo se inclinó para mirarla y la fue acariciando; su mano huesuda temblaba, mientras  su dedo índice recorría lentamente los detalles.
—Recanati —dijo— tengo muchos amigos acá —y marcó una calle.
Pedro asintió con  la cabeza y dejó que siguiera hablando.
 —Yo iba a misa todos los días —quedó con la mirada prendida en el color beige de la cortina, luego volvió a la foto.
De un rincón de su memoria, escapó aquel chiquilín de pantalones cortos que corría por las angostas veredas.
—La mama me levantaba antes que el sol  se asomara por mi ventana y yo iba a la iglesia, recorría  la calle solitaria donde  había un solo farol y mucho silencio, todos dormían en el pueblo, —volvió a observar la imagen y a encontrarse quién sabe con qué recuerdo, continuó— despertaba al padre Giuseppe y luego subía la escalera oscura y yo no tenía miedo, en el campanario hacía volar  y cantar a las campanas que despertaban al pueblo —quedó en silencio, evocando sus recuerdos—.La Nona Elvira me esperaba en el primer asiento de la nave principal, juntos escuchamos la misa…
Antonio estaba viviendo en sus nueve años, ovillaba las nostalgias y  caminaba de la mano de la nona.
La enfermera lo regresó a la realidad.
—Antonio tiene que tomar una pastilla.
Obediente la llevó a su boca y la bajó con un sorbo de té.
—Estoy admirada Antonio, qué conversador está hoy —le dijo  la joven.
Él la miró y dibujó una sonrisa.
Volvió  a acariciar la foto, su nostalgia caminaba  por las veredas del pasado…
—¿Qué recuerda Antonio?
—La nona —y la niebla del pasado se aclaró en su recuerdo.
Cierra los ojos y se recuesta en el respaldo del sillón. Pedro le cuenta los cambios en el pueblo y Antonio escucha y sonríe con los ojos cerrados.
Se acerca la enfermera y le dice que es hora de dormir su siesta. El viejo se pone de pie se toma del brazo de la joven y le pregunta:
—¿Vamos a misa? —ella sonrió, sin entender.
Pedro los miró alejarse y vio la foto que había quedado olvidada sobre la mesa; la calle, la Iglesia y su torre, el campanario.
Escuchó  campanas, sabía que era  producto de su imaginación. Le entregó la foto a la mujer del uniforme azul  y le pidió que la dejara en el cuarto de Antonio.
Algo sucedió en su pecho  y mientras se alejaba, tuvo ganas de llorar, sabía el motivo.





viernes

Mi mamá me ama.






MI MAMA ME AMA.

Ayer fui al hospital con la tía Sara. 
Mi mamá está mejor, su sonrisa es triste, pero los médicos dicen que pronto podrá regresar a casa, al principio tendrá que usar silla de ruedas y si persevera con la Kinesiología, volverá a ser la mujer que era antes del accidente.

Esa noche desperté sobresaltada, desde mi cuarto, en la planta baja, escuché los gritos de  Matías, mi padrastro. Le recriminaba a mamá, cosas que yo no entendía y ella lloraba. Esas disputas eran continuas, él, por cualquier cosa, la insultaba.
Me asomé, Matías la había tomado por los hombros y la  zamarreaba. Grité  para que la dejara y él la soltó con furia y diciendo  palabras muy feas. Mami, perdió el equilibrio, intentó asirse de la baranda y no pudo,  rodó por la escalera. Aullé enloquecida.  Temblando de miedo, la vi caer, intentó levantarse y cayó,  quedó en el piso sin conocimiento, parecía una muñeca rota.
Matías llamó  a la ambulancia y mientras esperábamos me hizo jurar que no diría que él había sido el culpable de la caída. Yo no respondía, lloraba y me tragaba los mocos, no podía hablar.
—Obedece porque te mato —me dijo y me miró con ojos de loco.
Días después los médicos dijeron que mi mamá se salvó por milagro.

Mientras estábamos en el hospital, apareció otra vez la mujer policía, ella y mamá se quedaron a solas. Luego me llamaron y mami me pidió que le refiriera a la detective, qué le sucedió a mi padrastro.
No me gustaba la mirada  de esa señora, sus ojos me daban miedo,  hizo preguntas y me dijo que la escuchara  con calma para entenderla bien, creo que es ella la que no entiende; que yo tengo once años y sus  interrogatorios me asustan.
Le expliqué   nuevamente lo que viví esa mañana de  un mes atrás.
Yo dormía en mi cuarto.  Desperté y vi en el reloj que eran las seis. Me levanté, comencé a vestirme para ir a la escuela y escuché un ruido muy fuerte.  Me asusté. Al asomarme, lo vi a Matías caído al pie de la escalera, no se movía. Me acerqué y lo llamé:
—Matías… Matías…
No respondió. Recordé que mi mami se había caído igual.  Busqué el teléfono y marque el 911, no recordaba el número de la ambulancia, por eso llamé a la policía y luego  a la Tía Sara. En diez minutos llegaron todos. Los policías observaban el esfuerzo de  los médicos para hacer reaccionar a Matías, escuché que uno dijo:
—Se rompió el cuello.
Eso es todo lo que sé, cuando se dieron cuenta de que yo estaba presente, le dijeron a la tía que me quitara de allí.

La mujer policía volvió a mirarme de esa forma que no me gustaba.
—¿Con qué tropezó tu padrastro?  ¿No habrás dejado algún juguete en la escalera?
—Tengo once años, no uso juguetes.
—¿Con qué jugas?
—Hago los deberes, y luego voy a  la computadora.
La mujer quedó en silencio, volvió a mirarme de esa manera que me hacía estremecer y dijo:
—Sos muy inteligente —me dijo— se te nota en la mirada.
Saludó a mi mama y se fue.
—¿Le ocultaste algo? —me preguntó mi mamá.
—No.
—Por favor no la tortures más —dijo mi tía Sara mientras me abrazaba—  la detective quiere encontrar un culpable de la muerte de Matías, sino hubieras estado internada te culpaba a vos.

Luego seis meses, mamá regresó a casa y la tía se quedó a vivir con nosotras, a mami le cuesta moverse por la casa con la silla de ruedas.
A veces descubro a mami llorando. Extraña a Matías. Él nunca fue bueno con ella,  pero lo amaba y sufrió su muerte, mucho sufrió, por eso nunca le voy a contar la verdad. No podría decirle que coloqué un tornillo chiquito en el costado de la escalera y lo ajusté con un destornillador, como lo vi hacer al carpintero cuando arreglaba las sillas de la cocina,  le até un hilo de nailon, de esos que se usan para pescar y la otra punta la até al barrote.
Matías bajo medio dormido, tropezó y cayó, cayó igual que mami, dando vueltas y golpeándose varias veces la cabeza.
Luego quité el tornillo y el nailon.  Cubrí la marca con plastilina marrón, igual a la madera, guardé  todo en mi mochila del colegio y luego llamé al 911.
No le puedo contar la verdad a mi mamá. ¿Para qué? Mi mami me ama y no me gusta  hacerla sufrir.  Al fin,  así estamos más tranquilas…








 Es un viejo cuento que he vuelto a publicar corregido y remozado.Un abrazo.



miércoles

Tarjeta de Navidad.












Dejó atrás la estación del ferrocarril y avanzó por la avenida principal. La encontró asfaltada. Años atrás, había llegado a ese pueblo costero con su esposa, estaban recién casados y eran felices. Hoy, ella se encontraba lejos  y en brazos de un abogado, rico y joven, mientras él, Javier Saporiti, era un desventurado, uno más de los muchos que circulan por Buenos Aires. Solo y sin tener en quién pensar, caminaba sin apuro, nadie lo esperaba. Entró a un kiosco y compró varias tarjetas navideñas, se dijo que era una antigüedad enviarlas, pero a él le gustaban y no le importaban las modas.

Buscó el hotel en el que habían pasado su luna de miel, estaba al final de la avenida; a partir de allí, la calle se convertía en un sendero de  tierra y arena, que  bajaba hasta la playa. A los costados, los arbustos, retorcidos por la sal y el iodo del mar, se fundían con las enredaderas de pequeñas flores celestes.
Se detuvo en la puerta del hotel, lo encontró diferente, modernizado; sin embargo, seguía teniendo ese aire mediocre que suelen tener los edificios que se construyen por etapas y sin gusto para el diseño. Entró.
Un señor sonriente se acercó y dijo ser el encargado. Saporiti le  dijo que se iba a quedar unos días y el hombre tomó sus datos, luego cargó la maleta  y lo acompañó. Las habitaciones  se extendían hacia atrás y a los costados en forma de cruz. El encargado le entregó un papel con los horarios del desayuno y cena, él no le prestó atención. Cerró y guardó la llave.
El cuarto aparentaba estar limpio; pero un olor a humedad, a cosas guardadas, flotaba en el aire; se dejó caer en la cama, le dolía todo el cuerpo.
Despertó entrada la noche, le estallaba la cabeza, se quitó la ropa y fue al baño, pensó que una ducha le haría bien. Se quedó bajo el agua, disfrutando del placer, sin pensar en el tiempo; de pronto, la cara de su mujer apareció frente a él y regresó al momento en que ella le dijo que se iba, volvió a escuchar sus gritos, sus insultos…

Junto a la ventana que daba a un jardín, había una mesa pequeña y una silla. Buscó las postales y se sentó a escribir. Eligió una que mostraba a un Papá Noel subiendo a una chimenea. Primero pensó en su madre. ¿Qué le iba a decir?  ¿Que estaba feliz y vacacionando? No, mejor no. Tal vez no le iba a interesar recibir sus deseos navideños, ella siempre estaba ocupada con sus amigas y sus mesas de bingo. Le escribiría a su hermano. El muy hijo de perra sólo pensaba en el dinero, en el valor del dólar y en sus viajes. ¿Y a su ex? Mejor no acordarse, ni sabía dónde estaba, sí sabía con quién. De pronto, su memoria recordó el cariño y la fidelidad de unos ojos casi dorados y un nombre; Heidi, sí, ella  lo amaba, le escribiría una postal.
A la mañana siguiente no bajó a desayunar. Al mediodía no almorzó. Por la noche el encargado llamó a su puerta, no obtuvo respuesta, insistió; sólo recibió  silencio.
Preocupado fue a buscar las llaves de la habitación.
Halló a Saporiti sobre la cama con un frasco de barbitúricos vacío  a su lado y una tarjeta navideña sobre su pecho, leyó el contenido: “Hola Heidi, mi perrita querida; te deseo Feliz Navidad.” Y murmuró en voz baja: “Pobre tipo, debía de estar loco, escribirle a su perra…




viernes

El mar verde.





Me gusta caminar entre la alfalfa, el aroma de su savia es un perfume que  podría reconocer con los ojos cerrados. Hay una explosión de luz sobre mi cabeza y, a pesar de la ropa pegada a mi cuerpo, soy feliz con el calor y entre las briznas que voy dejando a mi paso; me acompaña el lila de las flores, son pequeños capullos elevándose al sol.
Todo el paisaje me remonta a otro tiempo, los recuerdos se desprenden de mi memoria como una fruta madura y van cayendo uno a uno.

Éramos criaturas enamoradas del amor, había entre los dos un flujo magnético; nos atraíamos y nos separábamos, con la misma fuerza.
Y el alfalfar era igual  al que ahora ven mis ojos, sin embargo; no es el mismo. Lo imaginábamos un mar, moviéndose con el juego del viento, dibujando olas libres e inquietas, sobre las que nos dejábamos caer y nos hundíamos en su frescor.
Llegabas saltando sobre el verde, con la camisa flameando al aire, los ojos y la sonrisa abiertos a la vida. Me estremecías, sólo con tu voz, cuando recitabas los versos de Buesa:

No, yo no diré nunca qué en noche de verano
me estremeció la fiebre de tu mano en mi mano.
No diré que esa noche que sólo a ti te digo
se me encendió en la sangre lo que soñé contigo.

Era el comienzo de la adolescencia y todo comienzo tiene final. Algo había en vos, algo que no entendí en aquel momento.  Veía nacer tus palabras y ellas brotaban en  colores, ibas del rosa al rojo cuando hablabas de amor y cuando te enfurecías, el gris y el negro surgían  como burbujas de tu boca.
Un día te fuiste.
Alguien,  de quien no recuerdo el nombre, te llevó de mi lado. Mi dolor fue hondo, lloré sin descanso, fue un río de tristeza que expulsé de mi cuerpo. Lo viví como una gran  tormenta, esas que cuando llegan arrasan todo a su paso y luego  dejan el jardín más verde; basta con limpiar las hojas y los pétalos caídos y todo vuelve a brillar bajo el sol.
Nunca supe  qué fue de vos; pero en ciertas tardes, al mirar el campo  me parece ver tu figura cruzando  los canteros, con la camisa flotando y los versos de Buesa en los labios. Tardes en que el viento dibuja olas verdes y el reflejo hace brillar la alfalfa.








lunes

Maldición gitana




Doña Jacinta hacía girar la cucharita en el café, sin responder a mi pregunta. Sus ojos negros seguían el ir y venir del mozo, creo que lo miraba sin ver.
—¿A qué viene tu pregunta? —dijo de pronto, y me miró hurgando en mi de una forma desconocida en ella.
—Debo hacer una monografía sobre las maldiciones gitanas,  y mi madre me dijo que usted me podría asesorar.
—La vida de los gitanos… es un recuerdo del  que no me gusta  hablarr.
La miré con curiosidad, entendió  mi gesto y dijo:
—Yo soy gitana.
Sonreí  creyendo que era una broma, su seriedad me dijo lo contario.
— Soy gitana, siempre lo seré.  Hace cincuenta años, me echaron de la tribu,  en ese tiempo estaba prometida a un gitano,  yo no lo amaba ni siquiera me gustaba. Era pendenciero y le gustaba el alcohol. Yo tenía dieciocho años cuando conocí a un criollo. Me enamoré perdidamente —Hizo silencio, inclinó la cabeza,  luego retomó la conversación —él era cristiano, me escapé con él y nunca me arrepentí, pero no me lo perdonaron. ¿Cuál es tu curiosidad?
—¿Las  maldiciones… son ciertas?
Juntó las manos y las acercó a su cara como si estuviera rezando.
—Es muy difícil ser objetivo en la respuesta. Existen  maldiciones, pero no cualquier gitano  puede realizarlas, sólo un gran jefe, un patriarca tiene ese poder, aun así, debe tocarte, con que te roce uno de sus dedos la maldición se cumplirá. Están las otras —sonrió—  las que se dicen de la boca para afuera, generalmente son  para asustar. Nuestra raza es muy antigua,  somos un pueblo de fuertes tradiciones y si nos hemos mantenido  a pesar de las persecuciones es por vivir en comunidades cerradas —sonrió con tristeza, se quitó un mechón de pelo gris que caía rebelde sobre su frente—. Mi abuelo era un patriarca, me adoraba, pero no aceptó que me fuera con un criollo.
La voz de Jacinta se quebró, comprendí que había tocado una fibra muy íntima y dolorosa.
—Yo recibí una maldición de mi abuelo —dijo mirándome a los ojos.
Bajó la cabeza y  prosiguió:
—Cuando le dije que me iba con un criollo y que sólo con él me casaría, creo que admiró mi coraje y me dijo; vete, si tanto lo amas, vete y nunca regreses —puso sus manos en mis hombros—  que seas feliz pero por varias generaciones no nacerán hombres en tu familia.

Las dos quedamos en silencio.
Pedí más café, los anteriores ya estaban fríos.
Me tomó las manos, las acarició y me dijo:
—No fue una maldición, fue un… escarmiento, para que recuerde  y haga recordar a mis descendientes que con las tradiciones  no se juega.

De más está decir que Jacinta ha tenido cuatro hijas  y ya va por la sexta nieta…






jueves

El Beso.




Cuantas emociones puede despertar una simple foto. Recuerdos que no me pertenecen, pero que imagino y que son parte de mi historia.

La abuela María en  tardes de siesta solía desgranar sus remembranzas. Yo preguntaba y ella iba sacando el hilo de su memoria, como de  un tejido que se deshace, y  ovillaba en  palabras y las imágenes de otros tiempos.
—¿Quién fue tu gran amor? —pregunté un día en que nos habíamos sentado a tomar el té y mirábamos las primeras hojas del otoño caer lentas sobre el césped.
 —Se llamaba Gabriel —me dijo— y la guerra me lo robó. Era el año 1939 y una tarde, él llegó con una carta, le temblaban las manos y la voz al decirme que debía presentarse en el cuartel militar, sabíamos que la guerra ya estaba asolando algunos países, no queríamos separarnos, pero a nadie le importaban nuestros sentimientos, sólo la guerra funcionaba en el corazón de los gobernantes en ese momento. Decidimos que el último día lo pasaríamos juntos, como locos enamorados y partimos a la ciudad, dejando atrás el pueblo y los gritos de mi madre y sus amenazas. Aquel día recorrimos las calles de Roma, almorzamos en un viejo bodegón y seguimos andando. Nos besábamos en cada esquina, en cada plaza, en una de ellas, un fotógrafo,  sin decirnos nada nos sacó una foto y nos la regalo. La guardé como a un tesoro.

La abuela se emocionó, la historia aun le dolía, comprendí que le hacía mal tantas evocaciones.
—Basta abuela, otro día la seguimos…
—No, es mejor que te cuente. Al día siguiente Gabriel partió. Y luego la espera, los años, el final de la guerra y ninguna noticia de mi Gabriel. Desaparecido en acción, así rezaba la carta que me entregó su madre y que había enviado el ejército. La misiva temblaba en mis manos, las piernas no me sostenían y no recuerdo más…cuando desperté mi madre estaba a mi lado llorando y acariciando mi cara. Igual seguí esperando, pero nunca más tuve noticias, luego mis padres emigraron y yo con ellos.

Muchas veces le pedí a mi abuela, ver la foto de aquel beso en la plaza de Roma, y ella respondía que en alguna de las tantas  mudanzas se había perdido. Mentía. Era su tesoro, de ella y de nadie más. 

Hoy ella no está a mi lado, y arreglando  sus documentos encontré la fotografía, recordé su relato y mi emoción no tuvo límites al descubrir el parecido de Gabriel con mi padre...
Historia de la guerra, que como  tantas, no tiene retorno.



lunes

La señorita Isabel.





El tren se detuvo  en la estación Belgrano. Ella bajó. El perfume de los árboles de la calle Echeverria le llegó dulzón, le gustaban esas veredas sombreadas, tan quietas. Sonrió ante su pensamiento: ¿Cómo es una vereda quieta? se preguntó.  
La valija  pesaba y la obligaba a caminar lento.
Al pasar por la panadería del gallego Juan, el olor  a pan recién horneado le recordó que no había desayunado. Su reloj marcaba las diez de la mañana.  Sólo las hojas le hacían compañía. Era extraño, por momentos una  bruma se desprendía de las paredes y  caminaba a su lado.
Cruzó  Cramer y siguió acompañada por el barullo de los gorriones.
¡Volver!
La casa de sus tías estaba sobre la calle Echeverria, cerca de la Avenida Cabildo. Soñó tanto con irse de allí, y ahora llegaba extrañando el hogar y ese olor a café con leche, tan lejano y querido.    
Al fin casi sin darse cuenta,  se encontró frente a la casona.
Tocó timbre. Tras la entrada de rejas, un pasillo corto llevaba a la puerta principal. Escuchó la llave que giraba con un sonido a óxido y trabazón.
Clarita se asomó. Era la más joven de las tías. Gritó de alegría al verla, intentó correr arrastrando las ojotas gastadas, daba risa verla. Abrió la reja y se abrazaron. La cubrió de besos, la pinchó con sus bigotes de mujerona sin coquetería.
Entraron. La casa estaba sumida en un celaje. Las paredes, las puertas desdibujadas, sólo Clarita era real en aquel  patio de baldosas negras y blancas. Las macetas con alegría del hogar y helechos, como si los años no hubieran pasado.  Nada había cambiado. Sólo ella era diferente. Fue hilando recuerdos, sensaciones.
Desde la cocina llegaba un olor a galletas recién horneadas. La tía Clarita sonreía feliz, los años no habían pasado por ella, debía tener cerca de setenta y no lo parecía.
—¿Y las tías Pepa y Lola? —preguntó asombrada de no verlas.
—Salieron. ¿Querés tomar mate?
Aceptó.
Siempre amable, Clarita la miraba feliz de tenerla de nuevo en la casa, le reían los ojos chiquitos y achinados. Fue a preparar el mate. 
Isabel quedó sola, desde la pared del comedor, la luna del espejo le devolvía una imagen joven, su imagen. La tía regresó con una bandeja,  y  galletas con perfume a vainilla. Al darle el primer mate le acarició las manos, brotaban lágrimas de sus ojos.
Les llegó el sonido de  la puerta que se abría. Las otras,  habían regresado. El taconeo de sus zapatos, anunció que seguían siendo dos sargentos que marchaban al unísono en un desfile imaginario.
Al verla se detuvieron. Ni una pizca de alegría. La miraron con el seño fruncido.  La niebla regresó, pareció cubrir el comedor.
—¿Qué haces vos por acá? —preguntó la tía Lola.
Frías, lejanas. Esa pregunta dijo más que cien palabras,  la examinaban tratando de ver hasta lo recóndito de sus entrañas. Los ojos de Isabel se enturbiaron. De pronto le pareció que lo que deseaba hacer era dar media vuelta y echar a correr. Las voces y los rostros parecieron salir de su campo visual.
Las veía a través de una película de niebla. Tratando de ser amable dijo:
—Vine a visitarlas, ¿Hay algún problema?
—No querida ningún problema, es un gusto verte —respondió la tía Clarita antes, que una de sus hermanas abriera la boca—  vamos, te muestro tu cuarto, lo mantengo igual…
—Sí, gracias —y la siguió.
— Isabel: ¿Te vas a quedar? —la voz de la tía Lola sonó seca a sus espaldas. Se volvió y la miró desafiante.
— Sí, ¿por?
—Por la valija. ¿Te quedás mucho tiempo?
No respondió, salió acompañada por  Clarita. El pasillo, los muebles todo era confuso.
Su habitación estaba igual.
Clarita la abrazó con ganas, le acariciaba la cabeza, se notaba que estaba feliz.
—Ponete cómoda, descansá —le dijo y se quedó de pie frente a ella, sus ojos expresaban un inmenso cariño— luego te llamó para almorzar.

Al morir su madre, Isabel tenía nueve años. Clarita fue su segunda mamá. Cariñosa,  le regalaba los mimos que las otras dos  le negaban.
 Recorrió el cuarto, las fotografías danzaban un baile de nostalgia. La abuela Margarita. Evocaba a aquella anciana doblada, que caminaba con bastón, Tac tac, tac tac, lenta y suave en sus gestos. La tía Clarita se parecía a ella.
En otra fotografía la imagen de su madre le arrancó una  sonrisa. Un porta retrato mostraba a las tías Lola y Pepa, se las veía jóvenes. Ya  llevaban en su cara un sello de acritud. Fue difícil vivir con ellas. Eran viejas de corazón, antes de serlo cronológicamente. Tenía veinte años cuando tomó la decisión de irse. Prefirió partir, antes de asimilarse a ellas.
Soñaba con vivir. ¡Vivir! Como si fuera tan fácil protagonizar  sueños, darles vida…
Otra vez la niebla, debía ser su vista.
Cerró la puerta. La cama era una invitación a su cansancio. El viaje había sido largo. Dejo que su cuerpo se aflojara y se cubrió con una manta.

Lily escuchó una voz entrecortada  que gemía.
Entreabrió la puerta del dormitorio. Allí, dormía profundamente la anciana. Entre sueños sus manos abanicaban el aire, espantando  moscas invisibles.
Pobre señorita Isabel, otra vez sus pesadillas, pensó Lily. Se acercó.
— ¡Señorita!  ¡Despierte! —Acarició el brazo de la anciana— ¡Isabel despierte que me asusta verla así!
Corrió las cortinas, la luz  avanzó y cubrió los muebles. Isabel abrió los ojos. Estaba empapada de sudor, sumida en un sopor del que no logra reaccionar.
Lily la mira con ternura.
—La escuché gritar y me asusté —le dice mientras le acomoda las sábanas—  ¿le pasaba algo grave?
—Otra maldita pesadilla —respondió.
Isabel se sienta en la  cama tratando de regresar de ese mundo del pasado donde las imágenes se vuelven tan reales que espantan.  Mira a su alrededor, todo  parece desconocido, no logra entrar en  la realidad. Tiene la boca seca como de ceniza y arena.
—¿Quiere que le traiga un tecito? —la voz de Lily le llega como a través de un túnel.
—No, es temprano, no tengo ganas. Anda a seguir con tus cosas, en un momento se me va  a pasar el aturdimiento e iré a la cocina.
La joven se aleja y ella queda tratando de interpretar su sueño. Acaricia con la mirada los muebles, los cuadros con las cara queridas que ya no están, y va tomando conciencia de su mundo actual.
¿Cómo puedo soñar con tanta fidelidad el pasado —se pregunta—  ver el barrio, la casa… las tías?  
Toma el bastón y  se acerca a la ventana. Sobre la calle Echeverria, cerca de la Avenida  Cabildo, el sol ilumina  el jardín y los jazmines comienzan a perfumar la mañana.

                                                                                                         






Los Recuerdos.

Una enfermera abrió la puerta y lo miró interrogándolo con la mirada,  él dijo simplemente. “Antonio Carbonato”. La joven sonrió y lo h...