viernes

Ella, cada noche.


 

 

 

Escuchó el sonido de una  puerta, sabía que en segundos, ella   iba a entrar a su cuarto.

Su perfume a rosas, inundó el ambiente, la escuchó tararear la misma canción de siempre, un bolero viejo y pegadizo. Nunca encendía la luz, él sólo veía su figura que como una  sombra daba vueltas, el brillo de la tela de su camisón blanco, se movía con ella, cerraba la ventana, luego se deslizaba en su cama. Palpitaba su presencia, su aliento tibio rozaba su mejilla y cuando extendía el brazo para rodearla; encontraba el vacío. Cada noche igual, el sonido de una puerta y después, la misma decepción.

Se levantaba, recorría la casa buscándola, encendía las luces y comprendía que estaba solo, que todo era un juego de su fantasía.

Está vez sería la última, ya se había cansado de su propia locura, de los fantasmas que creaba su mente. ¿Y si fuera un verdadero fantasma?

Tal vez la casa vieja guardaba visiones que se entretenían burlándose de su soledad. Decidió cerrar todas las habitaciones con llave, ya no soportaba la burla de quién sabe, que loca utopía, creada por su imaginación. Puso las llaves bajo de su almohada y se durmió. Por la madrugada, volvieron los sonidos, se levantó furioso, encendió las luces y ante su mirada asombrada escuchó que se abría una puerta, nadie entró. Quedó  hipnotizado viendo que se cerraba la ventana  y el mismo perfume a rosas de cada noche, inundaba el aire. Se dejó caer en una silla, pensó que estaba sufriendo alucinaciones, una transpiración helada, bajaba por su espalda. La luz se apagó sola. Se estremeció al recibir una caricia en su cara, no había nadie en el cuarto, ¿o sí? Pero la sensación de una mano pequeña y suave, fue real; como el abrazo que lo alzó de la silla y lo llevó a su cama y fue real la mujer que durmió con él y  esta vez, el amor que se prodigaron también fue real.

Despertó avanzada la mañana, estaba solo.

Recordó lo vivido y creyó estar volviéndose loco. Pediría turno con un psicólogo, con un psiquiatra, no sabía a quién consultar primero, pero algo debía hacer, antes de terminar convirtiéndose en un chiflado.

Al bajar de la cama, sus pies se enredaron con algo y cayó al piso,  era un camisón de seda blanca, lo tomó en sus manos y un perfume a rosas le dijo que no estaba desequilibrado, simplemente, estaba viviendo la aventura más bella y loca de su vida. ¿Sería un fantasma, alguien que abría la puerta  de otra dimensión, o de un mundo paralelo? A quién le importaba, si ella era real en sus brazos y él, tan  feliz como nunca lo había sido.

 


jueves

Volvió una tarde.


 


 

Regresaste sin que nadie te hubiera llamado. Regresaste sola, como te fuiste. La verja semiabierta te estaba esperando, solo ella, los demás ya se habían ido.

¿Qué viniste a buscar? Te preguntan los rosales que han trepado hasta cubrir las ventanas. No los escuchás, pero ellos sí, oyen tus pasos, te observan. Desde el limonero te miran los azahares, los mismos que cada primavera prendías en tu pelo.

Recorrés el pasillo y la galería te abre los brazos, con sus viejos sillones de mimbre. Todo está igual, abandonado, pero igual, un velo de polvo cubre cada recuerdo, un viento desconocido surge desde el fondo del tiempo y gime, agita tu pelo y al cerrar los ojos, volvés a escuchar las voces lejanas que te hablan, te rodean los besos que no diste, los abrazos que negaste, el amor que dejaste arrumbado en un rincón. Cuantas cosas perdiste. ¿Habrá valido la pena?  Sólo vos, tenés la respuesta.

Abrís la puerta, suena a oxido la llave, huele a humedad  la casa, te estremece el frío de años, que reina en los ambientes.

¿Por qué nos abandonaste Raquel? Te preguntan los fantasmas del ayer, que abren la puerta, te van empujando y te llevan sobre una alfombra de hojas acumuladas,  y te dejan en la puerta de calle, y la verja se cierra y el sonido enmohecido de una llave invisible, te dice que ya, ya no volverás a entrar.

 



martes

La hija del jardinero.


 

 

La espiaba desde la ventana de su dormitorio, envidiaba a esa niña que corría entre los canteros de flores, sus trenzas se movían como alas de mariposas al compás de sus saltos.  

Malena deseaba estar allí y jugar con ella, le pidió permiso a su madre,  pero ella con el dedo índice en alto repetía con voz chillona:

—¡Ni se te ocurra salir, debe ser una niña  sucia y es seguro que hasta tiene piojos!

—Pero si no la conoces, nunca la has visto —suplicaba llorando.

—¡Seguro es la hija del jardinero! No vas a salir, no quiero pasarme toda la noche detrás de tu tos y tus ahogos.

Su madre no entendía nada. Pretendía que estuviera siempre encerrada, temía sus resfríos, o la fiebre que subía ante el menor cambio de temperatura. La había convertido en una muñeca, encerrada en una caja de cristal: su habitación.

Pobre Malena, no le importaban los piojos de esa niña,  ni su ropa vieja, envidiaba su felicidad, la libertad de correr  y saltar sin que nadie le dijera que hacer y qué no hacer.

Una tarde, su madre recibió a sus amigas y mientras ellas tomaban el té en el salón, escapó y se acercó a la niña.

—Me llamo Malena. ¿Cómo te llamás?

—Tina.

La pequeña la miraba de arriba abajo.

—Vivo en la casa grande, ¿puedo jugar con vos?

Y jugaron hasta que el sol se fue ocultando tras los pinos, Malena escuchó los bocinazos de despedida de las amigas de su mamá, y comprendió que era hora de volver a su casa, Saludó a Tina y entró por la puerta de la cocina.

Cada día encontraba  un motivo para escapar de su encierro, las siestas de su madre, las películas que veía arrobada creyendo que Malena estudiaba. Aprendió a reír  con las morisquetas de Tina, su amistad la hacía feliz.

Sus mejillas se volvieron rosadas, eran iguales a los pétalos de las rosas. Corría y no se fatigaba, no volvió a tener fiebre ni tos. Pasaron los meses de primavera y al comenzar el verano, su madre descubrió sus escapadas y le prohibió salir de su cuarto. Llamó al pediatra  y le contó lo sucedido. Luego de revisarla, el doctor sonrió y dijo que la veía muy bien, y que no era peligroso jugar y tener una amiguita, que debía seguir jugando. A regañadientes su madre aceptó su amistad con Tina y sus juegos en el parque.

 

Pero una tarde, Tini no llegó corriendo y con sus trenzas como alas de mariposas, agitándose al viento. ¿Dónde encontrarla?

Se acercó al jardinero que arreglaba las petunias.

—¿Señor dónde está Tini?

Por señas respondió que no podía oír ni hablar, no entendía sus preguntas.

Decidida a encontrarla, fue por el sendero rodeado de álamos,  por el que su amiga llegaba cada día. Encontró una casa rodeada de paraísos y flores.

Una joven mujer la reconoció.

—Hola, tú debes ser Malena, yo te cuidaba cuando eras bebe, pasa, ¿quieres un té?

—No, gracias, busco a Tina…

—¿Quién es Tina?

—Mi amiga, creí que vivía aquí.

—No conozco a ninguna Tina, yo soy Olga, lavo y plancho en tu casa, mi esposo es el jardinero y no tenemos hijos.

Regresó por el sendero de álamos, le parecieron grises y feos, hasta creyó que se burlaban de ella.

Recorrió los canteros interminables de Clavelinas y rosales, no  encontró a su amiga, el jardinero la miraba desde lejos apoyado con sus manos sobre  el mango de la pala, si él pudiera hablar, le explicaría los misterios que rodean al jardín, y que conoce desde pequeño cuando el bisabuelo de Malena, don Joaquín,  construyó la casona  del bosque, pero es imposible, él no puede hablar, si puede oír, pero eso nadie lo sabe, sólo su esposa.

Cómo explicarle a la niña que él es un duende, que puede convertir a las flores en mariposas y a las mariposas en niñas y que cada flor se convierte para cumplir una misión que ya se había alcanzado.

 

lunes

Pequeña trampa.


 

El día de trabajo había terminado, Carmona y el detective Garmendia entraron al boliche de García a tomar algo. A primera vista no hallaron una mesa vacía,  al fin, divisaron una  en el fondo del salón. Pidieron dos cervezas. Garmendia  estiró las piernas con un profundo suspiro. Entre el ruido de  los pocillos y las voces, Carmona carraspeaba, intentando  decir algo, el detective sonrió y preguntó:

—¿Qué  te pasa viejo?

—Quiero hacerte una pregunta…

Garmendia frunció el ceño, no entendía a donde quería llegar su compañero.

—Estoy cansado Carmona, cuando termine mi cerveza me voy.

Llegó el mozo, y con él la birra, les acomodó los platitos con maníes y papitas saladas, y se fue. Carmona no hablaba.

—No debe ser muy importante lo que querés preguntar, sino ya te hubieras despachado.

—Es sobre el caso de la denuncia a la viuda de Cortés. Ella cuidó durante quince años a una anciana, quien al morir le dejó un frasco con agua del río Jordán, nada más, ni siquiera un poco de dinero ya que la viuda es una mujer muy humilde y la señora Maneti, estaba en muy buena posición económica. Las hijas de la finada denuncian a la viuda  por robo. Allanamos la casa de Cortes y no encontramos nada. Tiempo después, la viuda se compra un departamento. ¿Hasta ahí voy bien?

—Perfecto —responde Garmendia.

—Las hijas de la señora Maneti están nerviosas. Las joyas de la madre no aparecen, tampoco  el dinero que la anciana recibía  de sus departamentos  y vuelven a acusar a  Cortez. Ayer  aparece en el departamento de policía un señor, pide hablar con vos y luego de una hora de charla a puertas cerradas, se despiden con un apretón de manos. Se anula la denuncia por robo contra la viuda Cortes, y todo parece volver a la normalidad, pero no sabe que sucedió con las joyas y el dinero de la anciana. ¿Qué es lo que está pasando?

Garmendia se reacomodó en la silla y respondió:

—Las joyas no fueron robadas, están en poder del abogado y albacea de la difunta señora Maneti y es el hombre que viste ayer en mi oficina. Por orden de la anciana, esas joyas son para sus nietas, hasta que cumplan la mayoría de edad, por ahora las hijas no las pueden ni oler. El motivo;  el abandono en que dejaron a su madre durante los últimos años. Y el albacea me  aclaró;   por qué la viuda se pudo comprar el departamento.

Garmendia comenzó a reírse Y Carmona lo miraba sin entender.

—Es una historia de película. La señora Maneti debería haberse dedicado a escribir novelas  policiales. La difunta dejó a sus hijas varios departamentos, pero, ellas buscaban el producto de esos alquileres, ya que en la cuenta bancaria de la anciana,  no encontraron más que unos pocos miles de pesos, dieron vuelta la casa sin hallar lo que buscaban, estaban desesperadas.

Carmona dijo:

—La señora los habrá gastado en su propio beneficio.

—Posiblemente —dijo Garmendia— y como la madre las conocía a las dos granujas que tenía por hijas, organizó legalmente todo, para que  se desarrollara en orden, y ese dinero que ellas no lograron encontrar  fuera a las manos de quien  la cuidó en sus últimos años.

—Que misterioso estás.

—En nuestro país la herencia pasa directamente a los hijos, si en un testamento se dona algo material, tiene que ser aceptado y firmado  por los demás herederos. Hay demasiados artilugios que manejan los abogados para lograr que una donación, no llegue a personas que no son de la familia.

—¿Y entonces?

Garmendia volvió a reír.

—Como en una película, hubo un caballo de Troya que ofició de transportador.  El albacea solo les dijo a las hijas, que  las joyas están en una caja  del Banco Río, me presentó los certificados que  acreditan  el depósito y lo demás  fue un secreto entre el abogado y la anciana, la viuda lo conoció después de muerta la señora Maneti.

—¿Dónde está ese caballo de Troya?

—Lo tuviste en tus manos cuando fuimos a la casa de la viuda…. ¿nada te llamó la atención en esa casa?

Carmona movía la cabeza a ambos lados sin entender.

—Que mal detective. ¿Te parece posible  que el agua de un rio, aunque sea del Jordán, pueda ser tan límpida como la del frasco que vimos en casa de la viuda?

—Nunca había visto agua del río Jordán, conozco mucha gente que la considera milagrosa porque allí se bautizó Jesús y sé que algunos la encargan a los que viajan a Israel, pero nada más…

—En esa agua límpida había gemas del gran valor y con ellas la viuda Cortes pudo comprar un departamento y vivirá el resto de sus días sin problemas.

—¿¡Gemas¡?

—El diamante es una gema transparente y nada mejor para esconderla que el agua.

Pidieron otras cervezas mientras reían a carcajadas.


(Cuento reeditado)

  

 

sábado

La pregunta.

Jorge Frasca. Pintor realista, argentino, contemporáneo.
 



        Todo me fue dilucidado aquel día. Desde su desdentada sonrisa, la vieja se enredaba con las palabras, por momentos hablaba un idioma que yo no podía entender, se burlaba de mi, estoy segura de que lo hacía.  Sus manos, de dedos largos y huesudos, jugaban con una cinta ajada y sucia, ya sin color. La habitación olía a humedad, todo era desorden; desde la mesa cubierta con botellas y vasos, hasta las cajas apiladas en el piso conteniendo quién sabe qué.

Volví a preguntarle por mi madre, sus ojos opacos de pestañas ralas se fundieron en los míos, leí en ellos cansancio. Se afirmó en la mesa y se puso de pie. Caminó por la habitación apoyada en su bastón, se acercó al  brasero, guardó la cinta en el bolsillo y quedó de pie, hipnotizada frente a las llamas. “Tengo frío” dijo y calló lo que yo esperaba oír. Creí que lo mejor era salir de ahí, la vieja no me comprendía o no quería hablar. Me calcé el bolso en el hombro, iba a levantarme cuando  me detuvo con un gesto. Ella observaba el fuego que chispeaba con lenguas  rojas y amarillas. Debió adivinar mi intención de irme y sin moverse, preguntó: “Para qué querés revolver el pasado, tu madre hace años está muerta.” “¿Qué le sucedió?” Pregunté. La vieja movió la boca en un gesto de asco y me dijo; “Eres cabeza dura igual que ella.” Dejó el bastón sobre una silla y estiró las manos para recibir  calor. A lo lejos el ladrido de un perro acompañó sus  palabras; “tu madre era muy bella y le gustaba coquetear con los mozos del pueblo, no te ofendas, pero con todos tuvo amoríos. Al morir tu abuela, ella vino a vivir a mi casa, yo la aconsejaba, pero no entendía razones, iba con uno y al otro día con otro. Cuando se casó con Ramón, mejor dicho, la casé, a ver si asentaba cabeza, creí que iba a cambiar, pero no fue así. Siguió su vida alocada, hasta que conoció al hijo de los Bender. Karl Bender, y se enamoró perdidamente.

El padre Iván Bender y Karl eran dueños de todo el pueblo y de las curtiembres que estaban en las afuera, esas que hoy están abandonadas.

Ramón era un buen muchacho, pero al saber que su mujer se veía con el hijo del patrón en una casa del pueblo enloqueció. Una noche la siguió. Llevaba un puñal, de un golpe abrió la puerta y se abalanzó sobre ellos e intentó matarlos, pobre estúpido, el hijo de los Bender estaba armado y disparó sobre  Ramón, que cayó muerto  sin decir un ay.

Acusaron a tu madre del crimen y  le redujeron la pena, porque declaró que fue en defensa propia y que estaba embarazada. Estaba tan enamorada que obedeció todo lo que Karl le dijo. Vos naciste en la cárcel, te criaste a su lado hasta los dos años, ella enfermó, creo que de tristeza. El sinvergüenza de Karl nunca la fue a visitar, ni una carta le escribió.  Desapareció del pueblo.

Al morir tu madre me mandaron a llamar y te traje a esta casa. Te cuidé hasta los cinco años en que vino el viejo Bender, tal vez por remordimiento, o porque creyó que era tu abuelo, me entregó  la orden de un juez, y te llevó con él. Lo demás ya lo sabes, te criaron en un colegio pupila… ¿no?”

¿Quién fue mi padre? ---pregunté.

La vieja hizo un gesto ambiguo y dijo:

“No lo sé, pudo ser cualquiera, seguramente ni ella lo supo”.


miércoles

Extraño despertar.


 


 

Desperté asustada.

La cama estaba desecha, húmeda de transpiración.

Sentí una flojedad en el cuerpo que me hacía dificultosos los movimientos. Me senté en el borde del lecho y te miré, recién ahí me di cuenta,  dormías  abrazado a otra mujer. Grité furiosa:

¿Carlos quién es esa?

¡Fuera de aquí!

La voz se ahogaba en mi garganta, era un ronquido. Dormían tan profundamente que no  escucharon.

Los observé, se los veía relajados y casi sonrientes.

Me levanté con intención de zamarrearlos,  un frío extraño me envolvió. Mis piernas, no me sostenían, tuve la sensación de flotar.

Me acerqué, tus sienes blancas, lograban que tu perfil fuera distinto.

¿Qué había sucedido?

Quise acariciarte y no pude hacerlo, mi mano se hundía en tu pelo sin moverlo. Lágrimas frías mojaron mi cara, no comprendía que estaba sucediendo.

Como una espada un rayo de luna entró en la habitación.  En el espejo se reflejó la cama, abrazados tú y esa mujer.

Yo no estaba.


(cuento reeditado)

 

 


domingo

Una lágrima de cemento.


 

Una bruma irreal cubre la casa. El pasado ha tomado vida y los relatos de mi madre, guardados en mi memoria, regresan, se hacen carne en mi garganta y la cierran con una tenaza de recuerdos lejanos.

Está frente a mí, es una digna señora destruida por los años, manteniéndose a pesar del tiempo y las tormentas. Mis ojos la recorren y los detalles de los que mi madre hablaba, surgen arañados por los años. En la terraza, las cortas columnas, desde donde miraba la calle, esa calle que le estaba vedada por la autoridad de un padre rígido, eran su ventana al mundo. Prohibida la calle, las amigas y las salidas a la plaza. Un castigo que nunca entendió ni de niña, ni de adulta, cuando con dolor me relataba su vida en la casa de Belgrano.

Hoy la casona es una lágrima, que se quiebra en las paredes ennegrecidas por el tiempo y el abandono. Mi imaginación vuela, trae rumores de voces que ya no están, y la brisa las lleva como a hojas secas, sin rumbo ni norte a dónde llegar.

Sin embargo, entre tanta tristeza, una nota de luz la da una planta que ha nacido sola, entre las grietas de la pared, y entre sus hojas, bella y luminosa; sus flores. Ante tanto desconsuelo, esa pequeña luz de vida, me descubrió una sonrisa y el pesar que surgió con la remembranza, se diluye, se apaga, ante la vida que continúa.

Comprendí que no vale la pena quedarse añorando aquel pasado que no me pertenece y que los muertos no lloran, lo que no tienen es remedio, ni retorno.

 




 

 


 

Ella, cada noche.

      Escuchó el sonido de una   puerta, sabía que en segundos, ella     iba a entrar a su cuarto. Su perfume a rosas, inundó el ambie...