jueves

Mar.




Hay algo en el mar esta tarde, algo que me obliga a quedarme en su orilla y admirar sus colores que cambian  con el vaivén de las nubes y las  sombran que ellas dibujan, y a pesar del viento que intenta llevarme lejos, escucho que alguien me habla, es el océano, son las olas traviesas que envuelven mis pies y socavan la arena y me hunden, sin moverme.
El mar no puede hablar, ¿por qué lo escucho? Tal vez no son las olas, si ellas hablaran sus palabras serían un rugido de león enfurecido, sin embargo, las voces llegan claras, repiten nombres; que quisiera olvidar. 

El océano crece, la espuma simula cientos de copos de azúcar bailando  a mi lado y el murmullo de las voces se va con ellos. Regreso a otros veranos, con atardeceres como este,  en los que él céfiro enojado levantaba lenguas  de  arena y golpeaba  mi cara, enredaba mi pelo e igual me quedaba venerando al mar, entonces, el  era mi amigo, mi confidente.
Hoy  el mar es una serpiente que me envuelve, traga mis piernas que son espadas clavadas en la playa, no puedo ni quiero moverme. Adónde me llevara tanta quietud.
Una gaviota pasa rasante sobre mi cabeza, su grito me aturde y su vuelo se pierde, su imagen blanca se recorta en el horizonte rojo y gris de la tarde, que se va perdiendo. Yo no puedo irme, sigo hundida con estacas de  arena, tal vez el océano me lleve con él y  su murmullo de caracoles y algas me canten una canción de cuna.





lunes

UNA VIEJA LEYENDA

Cuenta una vieja leyenda del pueblo hebreo, que un peregrino llegó desde muy lejanas tierras a las ruinas de lo que en un tiempo fueron los jardines colgantes de Babilonia.
Lo acompañaba un sirviente, el peregrino era un hombre muy viejo y ciego.
Al llegar, pidió al joven:
-Josué, cuéntame que ven tus ojos.
El muchacho miró y le dijo:
-Nada Señor, solo piedras, rocas, ladrillos esmaltado, pero todo destruido por la guerra.
El anciano volvió a pedir:
-Dime que ves, cuéntame detalladamente que ven tus ojos…
-Solo destrucción señor, pero algo de la antigua belleza del lugar sigue viviendo.
El anciano intrigado preguntó:
-¿Qué es eso tan bello?
El joven mirando a su alrededor le explicó:
-A pesar de tanta pérdida, entre las ruinas han renacido y florecido las rosas del gran jardín, hay también otras plantas y flores desconocidas para mí, pero dan color y luz a tanta tristeza.
Así es- dijo el anciano- Dios hace nacer belleza en medio del caos.

Cuando regresaban, se sentaron a descansar, entonces el joven intrigado preguntó:
- Señor, si tú sabías, que todo era destrucción… por qué viajaste tanto ¿Para ver ruinas?
-No Josué, lo que quise ver con tus ojos fue la destrucción de un rey, de un hombre soberbio y codicioso que destruyó a su paso cuanto pueblo encontró. En su maldad llegó a destruir el templo de Jerusalén que era la octava maravilla por su hermosura. Ese rey fue Nabucodonosor y mi pueblo no solo fue arrasado por él, sino que fue llevado a Babilonia y esclavizado. Yo viví ese cautiverio en carne propia. Viví mis años pensando en una venganza y creí que al estar frente a las ruinas de su ciudad, me iba a sentir reconfortado, al ver que otro monarca había hecho  justicia al vencer a su hijo Nabólico y destruir lo que Nabucodonosor amaba; sus Jardines.  Pero no fue así, sentí una gran pena y comprendí que la venganza es como la guerra, solo una consecuencia del horror que hay en el corazón del hombre, sin embargo, la naturaleza es más elevada, se renueva y todo lo bello en ella; resurge.
















viernes

Renovar las ilusiones






Dejó atrás el hotel y se fue caminando por Corrientes, iba a bajar  la escalera del subte y se arrepintió, pensó que sería bueno entrar a una cafetería, tenía hambre.
Mientras hacía girar la cucharita en el café con leche, la voz ronca de su marido y sus palabras flotaban por su cabeza.
 “No naciste para la cama.” “No calentás a nadie”. “Sos una frígida, una inútil.”
Pedro sabía ofenderla con las peores palabras, después se arrepentía y la invitaba al cine, a cenar,  se transformaba en un tipo amable, pero sólo duraba el tiempo de una salida, una cena y jamás le preguntaba si era eso lo que ella quería.
Diez años juntos los gastaron a los dos y el mal carácter de Pedro, logró que la paciencia de Laura se disipara como un helado al sol. Convivir  era difícil, Pedro no aceptaba un error, nada le parecía bien, nada lo satisfacía.
¿Tendría razón, ella era una frígida y si era así, por qué no la abandonaba?
En el trabajo le habían llamado la atención varias veces por sus equivocaciones, estaba dispersa, su mente divagaba buscando “ese algo” que los ayudara  a superar el mal momento que estaban viviendo, cuando le hablaba a Pedro de visitar a un psicólogo especializado en problemas matrimoniales, él se burlaba y respondía alguna barbaridad.
Tendría que buscar una solución, no podía seguir viviendo así.

Por la tarde al salir de la oficina, un desconocido se le acercó con la escusa  de preguntarle  por una calle, le ofreció ir a tomar algo, ni le miró la cara, aceptó la invitación y subió al coche.
Al salir del hotel, el fulano, insistía con volver a verla.
—Te pago lo que quieres, pero por favor, quiero volver a estar  con vos…
Se fue sin mirar atrás.
Decidió volver a probar. Cruzó la Plaza San Martín,  Florida era un ir y venir de seres apurados. Entró en una confitería, todas las mesas ocupadas, buscó una con un hombre solo. La encontró. Le pidió permiso para compartirla. Fue sencillo. El caballero en cuestión tenía el sí fácil y en poco más de  media hora estaban en un alojamiento.
Igual que el anterior, insistió en volver a verla. Le ofreció dinero, una tarjeta a su nombre y viendo que no aceptaba le dio el número de su teléfono privado.
—Para vos siempre voy a estar —le dijo con voz grave.
¿Qué estaba pasando, era una tonta para la cama o el tonto era su marido? ¿Y si probaba otra vez? Sería la vencida. No le resultó difícil, ya estaba práctica para tender el anzuelo.
El tercero fue un tigre, la dejó agotada y hambrienta. Igual que los anteriores sugirió un nuevo  encuentro. Dijo que no.
¿Y ahora que iba  a hacer?
El juego había terminado y no tenía intención de seguirlo.
Pidió dos medias lunas de manteca.

Cerró la valija, buscó sus documentos y al salir encontró a Pedro que llegaba.
Él quedó apoyado en la pared, mirándola y sin entender que sucedía.
—¿Qué haces con esa valija?
—Me voy.
—¿No seas infeliz, a dónde vas a ir?
—Vos terminas de darte la respuesta, soy infeliz, no tengo felicidad, por eso me voy… me cansé de tus insultos. Lo que falta de mi ropa lo va a pasar a buscar mi hermana.
Pedro se reía a carcajadas.
—Estás loca, no cambias más…
Los insultos le cayeron sobre los hombros, como golpes. Dejo la valija en el piso, se volvió y lo miró directo a los ojos.
— Voy a hablar con un abogado, él se va a comunicar con vos.  No quiero verte más, y te recuerdo algo: el 15 vence el alquiler y las expensas, no te olvides de acercarte a la inmobiliaria, está vez, yo no voy a estar para pagarlo.
Cargó la valija y se fue.


lunes

El espejo.








El espejo reflejó su imagen, se miró largamente, como quien busca en un viejo cajón, algún tesoro olvidado, que lo rescate del aburrimiento.
Le sorprendió la sonrisa de la mujer en el cristal y  sus ojos pequeños, era ella, pero era otra. ¿Y la que yo tengo en mi mente dónde está? Preguntó. La mujer del espejo, lentamente, llevó su mano al rostro y quitó una piel, una máscara. Nuevamente era su imagen, pero  de hace varios años, menos arrugas, las primeras canas se asomaban curiosas, no es la que recuerdo, le dijo. La mujer repitió el gesto y volvió a quitar otra máscara. Apareció otra cara,  pelo oscuro y sin tintes, el ovalo de su rostro era otro, la piel fresca, sin embargo no era la que ella esperaba. Realizó un movimiento negativo con la cabeza  y la mujer del espejo quedó pensativa, de pronto sonrió y 
renovó el gesto anterior. Un juego de colores como un calidoscopio apareció en el espejo, ella dio un paso atrás y ante su asombro, apareció la que ella  recordaba,  la que fue el principio de la que es hoy.
La que creía que la vida era un juego y  recorría el patio a los saltos en un solo pie, la que le contaba  sueños a la luna, para que  los hiciera realidad, aquella a las que las mariposas le caminaban por la mano, la que imaginaba que el parque de su casa era una selva y los conejos leones y los gorriones,  cóndores al acecho. La del flequillo y la melena corta, la de los ojos grandes y los dientes torcidos. ¿Dónde estás?, le preguntó. No respondió, pero antes de esfumarse como una voluta de humo, sonrió fresca y feliz y la señaló.


martes

Cordura.










Se abrió la puerta  y una mujer sonriente salió a recibirla, la abrazó y emocionada le dijo:
—Mi querida Ana cuanto me alegra verla de vuelta, se la ve muy bien. Abrí la casa para que el sol alegre los ambientes.
La tomó del brazo y entraron juntas, recorrieron las habitaciones, todo estaba igual, minutos después la mujer dijo:
—Vendré todas las mañanas para ayudarla en los quehaceres…
Le entregó las llaves y continúo hablando, pero Ana no la escuchaba. Al fin se fue.
Fue hasta su cuarto y al entrar, el espejo le devolvió una imagen desconocida, la de una mujer extremadamente delgada, con ojos tristes y demasiadas arrugas.
Se sentó en el borde de la cama y recién allí se dio cuenta que la mujer de la limpieza se había retirado. Estaba sola.
Fue a la cocina y se preparó un té, no tenía apetito. El ruido de una silla, la obligó a mirar detrás de ella, dibujo una sonrisa y dijo:
—¡Cuánto los extrañé!  Un año es demasiado tiempo. No saben que frío hace por las noches en ese hospital, los gritos de los internados retumban en el silencio. Me alojaron en una celda con paredes acolchadas, varias veces al día me inyectaban, los psiquiatras hacían preguntas y me daban pastillas, siempre pastillas, verde a la mañana, roja por la tarde y dos rosas por la noche.
Se largó a llorar, una mano suave como de nieve, le acarició el pelo. Continúo hablando:
—Fue un infierno, hasta que comprendí cuál era la solución para salir de allí; ¡Debía mentir!   Decir la verdad ofendía lo que ellos consideraban normales patrones de conducta,   que ellos crearon y a lo que llaman cordura. Comencé a responder  lo ellos querían escuchar, por eso estoy aquí. Han aceptado que viva sola, vendrán a visitarme y seguiré repitiendo las mismas respuestas. Los negaré, no lloren,  es la única forma de poder estar juntos. ¡No lloren! ¡Yo los amo!  Pero, los psiquiatras nunca van a entender, que  dos fantasmas sean mis amigas…






viernes

Sandro.

Roberto Sánchez, apodado Sandro, y luego llamado también Sandro de América  fue un cantautoractormúsico y compositor argentino de canción melódica, música rock and roll y pop en castellano. Incursionó varias veces en el cine, como actor e incluso como director.

Con todo respeto, este cuento intenta recordar con una sonrisa al que fue un gran cantante y dueño de un sano humor y buen caracter..







Aparecía en mis sueños. Su fantasma se corporizaba y  avasallante de alegría, me invitaba a cantar  y bailar con él.
—Esto no es para mí — le explicaba, pero él no se detenía.
Cuando se cansaba de saltar por toda la casa con su júbilo exuberante, se recostaba en el sillón del living y se quedaba dormido, era el momento en que yo me iba a la cama, agotada de tanto baile. Por las mañanas, Sandro, había desaparecido.
Una noche,  le dije:
—Gitano, no vengas más.
Me miro ofendido.
—Yo la considero  una amiga, una de mis nenas, pero si  molesto, me voy.
—No te enojes,  prefiero  la música lenta.
Me miró muy serio, asintió con la cabeza y se disolvió en el aire como la bruma bajo el sol.
No volvió. Al fin volví dormir todas las noches.
Duro poco mi descanso.
Una madrugada, escuché música y risas, me levanté y me acerqué en puntas de pie.
Un grupo de personas cantaba un bolero antiguo;  “Ansiedad.”
Al verme, uno de ellos me dijo:
—Venimos de parte de Sandro.
Me desplomé sobre una silla, sin saber que decir, ellos parecían tan felices... Reconocí a varios fantasmas conocidos;  Nat King Cole, a Javier Solis, al trio Los Panchos…hasta me pareció ver a Sinatra…
Me puse de pie y sin que se dieran cuenta, estaban tan entretenidos cantando, que no me vieron escapar por la ventana.
Corrí por las calles mojadas de rocío, el sol comenzaba a reflejarse en los edificios altos.  Agotada, me senté en el cordón de la vereda,  me faltaba el aire. Un móvil policial que estaba de ronda, se acercó  y les relaté que me había sucedido. Me llevaron a mi casa y para mi seguridad, entraron conmigo. Cuando vieron el desorden que allí reinaba, botellas vacías, vasos sucios, algunas guitarras y hasta la bata roja de Sandro, arrumbada en un sillón. Me preguntaron:
—¿Señora qué sucedió en esta casa?
Les expliqué y no me creyeron. Consideraron que era mejor llevarme a un hospital.
A partir de ese momento, nadie ha creído mi relato, ni los médicos, ni las enfermeras.
Y acá estoy, como el protagonista de aquella canción de Serrat, encerrada entre cuatro paredes blancas, donde los únicos que me visitan son Sandro y sus amigos, que  llegan de mes en mes, de dos en dos y de seis a siete.



https://www.youtube.com/watch?v=fRMY-L0JmOE




domingo

La curandera.



Entre el humo del incienso, la voz de Jacinta parecía llegar del más allá, sus palabras tomaban forma, eran figuras indefinidas, cayendo en mágico movimiento.
Todos en el pueblo decían  que  Jacinta era algo más que una curandera, comentaban que tenía trato con los espíritus…
El Roco le explicaba por qué estaba allí;  un año atrás, se había caído del caballo y con tal mala suerte, que debieron amputarle el brazo, y  a pesar de no tenerlo,  le picaba la mano  y  en el codo un dolor agudo le quitaba el sueño por las noches. ¿Cómo podía ser?
Jacinta lo escuchaba en silencio, sus ojos negros se metían en los de Roco, lo penetraban, hurgaba en su cerebro, esa mirada le producía al hombre un miedo húmedo que bajaba por su espalda y lo hacía temblar.
—¿Qué hiciste con esa mano? —le preguntó.
Roco no entendía o no quería entender. Ella prosiguió, mientras por la ventana abierta, el frío del atardecer sembraba una niebla espesa entre los dos; las imágenes habían desaparecido.
—Nada —respondió— sólo he trabajado con ellas.
—¿Mataste?
—¡Está loca! A quién voy a matar, soy un pobre gaucho encargado de la limpieza de los galpones.
Ella extrajo de su pecho un trapo rojo, lo abrió y aparecieron unas hojas secas, comenzó a hablar con ellas. Por momentos la brisa helada  le llegaba al Roco hasta el tuétano. Perdió la noción del tiempo, la Jacinta movía las hojas automáticamente, luego lo observaba, esos ojos eran un idioma difícil de entender, comprendió que estaba en trance, su pecho subía y bajaba emitiendo  un sonido gutural.
—¡Algo hiciste! —volvió a insistir.       
—Le juro que no.
—Entonces te vas, no te puedo curar, hay algo en vos que me rechaza.
Él no se movió de la silla, el brazo ausente le causaba tanto dolor que no pudo evitar las lágrimas. Fue un ramalazo de debilidad que ella aprovechó para doblegar su resistencia y entrar en su mente. Daba vueltas por su cabeza,   recorría sus venas, estrujaba su corazón con una fuerza que creyó que se  moría.  
—¿Por qué me mira así…? —le preguntó.
Jacinta se dejó caer contra el respaldo de la silla, cerró los párpados y respiró hondo durante algunos minutos. Volvió a mirarlo.
Desde sus acuosos ojos negros, la Jacinta leía sus pensamientos, él se rebelaba; pero  ya no había nada que pudiera ocultarle,  el desprecio en su mirada, lo confirmo, al decirle: 
—No tengo nada que te cure… ándate…




Mar.

Hay algo en el mar esta tarde, algo que me obliga a quedarme en su orilla y admirar sus colores que cambian  con el vaivén de las n...