martes

El hombre y su amigo.

 


Los veía pasar todas las tardes, recorrían la plaza, luego el hombre se sentaba en el bar de la esquina y pedía un aperitivo, pasaban horas, hasta que hombre y perro se retiraban.

Cierta tarde estábamos en mesas cercanas, me animé y le comenté al señor:

—Siempre los veo pasear, hombre y perro se hacen buena compañía.

—Este pichicho me salvó la vida —dijo con una sonrisa apenas esbozada— yo no quería vivir más desde la muerte de mi esposa, había caído en una tristeza, que me ahogaba, cuando uno de mis nietos apareció con un regalo, así me dijo, era un perro abandonado, protesté, me enojé y ya ve, al llevarlo a caminar, camino yo, al cocinar para él, cocino para mí, la rutina de mi vida hoy tiene un motivo, y tengo con quien hablar...nos salvamos mutuamente.

Se levantó, hombre y perro se alejaron a paso tranquilo, se fueron perdiendo de mis ojos hasta ser apenas dos sombras al final de la avenida.


Foto de Robert Doisneau.

 

 


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