
Una brisa con olor a menta y cedrón llegaba del río, entraba por la ventana y trepaba por las sábanas. Aún así, Antonia no lograba descansar. Dormitaba una hora o dos y volvía a despertar sofocada. Dejó la cama, decidió salir al patio y caminar por la galería, el aire fresco le haría bien. La recorrió una y otra vez, contando los ladrillos del piso, luego se sentó en la mecedora. Había cambiado el viento, un aroma a jazmines, llegó del jardín, respiró hondo, cerró los ojos y se fue adormilando. Un ladrido de perros la despertó, alguien llegaba, ¿sería su marido?
Seguro que no, deben ser los muchachos del tambo que van al primer ordeñe, se dijo.
Su esposo debe andar muy ocupado, le han contado que el congreso de Buenos Aires está que arde, van a designar a un Director sustituto del actual. Ella no le cree a su marido, sabe que se vale de su trabajo como secretario del ministro, para quedarse en la ciudad y hacer vida de soltero. El muy maldito la estará pasando muy bien con su amante de turno. Comentan las comadres, que tiene amores con la hija de un hacendado. Avergonzada de sus andanzas y devaneos, Antonia se había retirado a San Isidro, un pueblo alejado de la ciudad, que sólo en verano toma vida. Las familias importantes de Buenos Aires llegan buscando el frescor del río y de su arboleda, retirados de la colonia y sus tertulias.
La negra Jacinta, que es como su madre es su única compañía.
Buenos Aires quedó atrás, la mirada llena de conmiseración de sus amigas, la enardece, quisiera gritarles a la cara las andanzas de sus propios esposos, esas que la servidumbre le cuenta, pero se retiene. Lo mejor fue irse.
San Isidro es un caserío tranquilo, sus quintas enormes logran que pocos se conozcan. A veces en alguna cabalgata se cruza con algún vecino, pero todo se limita a un saludo.
Hacía años que Felipe se fue distanciando, buscando en mujeres jóvenes la satisfacción que no encontraba en ella. ¿Y por qué no hacía lo mismo? Se preguntó tantas veces. Ella deseaba amar, la mayoría de las noches las pasaba sentada en la galería o dando vueltas en su habitación. Nunca fue capaz de engañarlo. Era tonta o acaso demasiado decente. En Buenos Aires muchos de los amigos de su marido, la miraban con ojos cargados de malicia, ella los ignoraba. Y aquí en la quinta, está Sebastián, el capataz, es el único que cuando la mira logra estremecerla, él también está solo. La negra Jacinta que conoce la historia de todos los que viven en el pueblo, Le dijo, que la mujer de Sebastían, se fue con un turco vendedor de baratijas que paso por San Isidro. El capataz es diferente, hay algo en sus ojos que la turba…
La negra Jacinta apareció como salida de las sombras, con una jarra de limonada y un vaso. Es una mujer especial, habla poco, sólo lo indispensable y a veces la asombra, actúa como leyendo sus pensamientos. Si tiene sed, aparece con algo fresco. Si le duele la cabeza le alcanza algún té a base de yuyos, esos que sabe preparar y que la calman de inmediato. Muchas veces se preguntó si será bruja o adivina.
La limonada fresca le hizo bien, la bebió a pequeños sorbos. Cerró los ojos recordando su juventud. Los jóvenes se disputaban su cariño. Iban a la misa de once de la Iglesia del Socorro, solo por verla. Han pasado treinta años, demasiados, se dice. Hoy tiene cincuenta, ella no los siente. Sino fuera por esos calores… sigue siendo la misma mujer, más sabia…
El cielo se fue pintando de franjas rosas, comenzaba a amanecer y el calor no calmaba.
Fue a su habitación, tal vez lograra dormir. Jacinta entró tras ella, dejo sobre su tocador, una bandeja con un botellón de vino y dos copas. La miró extrañada, ¿y eso para qué? Preguntó. La otra no respondió. Sin decir palabra la desvistió tomó un frasco de agua de rosas y una toalla de mano, la mojó y le frotó el cuerpo. Le hizo bien. La miró agradecida, mientras se colocaba un camisón fresco.
Jacinta abrió la ventana, cerró las cortinas y se volvió para decirle algo, sonrió sin decir palabra. Tomó el picaporte y abrió. Parado bajo el dintel de la puerta, estaba Sebastián. La negra lo tomó del brazo y lo empujó dentro del cuarto, luego salió dejando la habitación abierta. Él dio un paso y quedó esperando. Se miraron, Antonia tembló. Su mente era un torbellino de imágenes y palabras; su madre y sus consejos morales, sus hermanas burlándose de sus calores y su recato y Felipe diciéndole que no creyera lo que comentaban de sus amoríos, que eran mentiras de las comadres. Y ella, sola, siempre sola…
Un ardor le subió a la cara, no supo si eran calores o vergüenza, no le importó.
—Cierra la puerta, por favor —dijo mientras servía las copas de vino.














.jpg)
