lunes

Aquel verano de 1820.




Una brisa con olor a menta y cedrón llegaba del río, entraba por la ventana y trepaba por las sábanas. Aún así, Antonia no lograba descansar. Dormitaba una hora o dos y volvía a despertar sofocada. Dejó la cama, decidió salir al patio y caminar por la galería, el aire fresco le haría bien. La recorrió una y otra vez, contando los ladrillos del piso, luego se sentó en la mecedora. Había cambiado el viento, un aroma a jazmines, llegó del jardín, respiró hondo, cerró los ojos y se fue adormilando. Un ladrido de perros la despertó, alguien llegaba, ¿sería su marido?
Seguro que no, deben ser los muchachos del tambo que van al primer ordeñe, se dijo.
Su esposo debe andar muy ocupado, le han contado que el congreso de Buenos Aires está que arde, van a designar a un Director sustituto del actual. Ella no le cree a su marido, sabe que se vale de su trabajo como secretario del ministro, para quedarse en la ciudad y hacer vida de soltero. El muy maldito la estará pasando muy bien con su amante de turno. Comentan las comadres, que tiene amores con la hija de un hacendado. Avergonzada de sus andanzas y devaneos, Antonia se había retirado a San Isidro, un pueblo alejado de la ciudad, que sólo en verano toma vida. Las familias importantes de Buenos Aires llegan buscando el frescor del río y de su arboleda, retirados de la colonia y sus tertulias.
La negra Jacinta, que es como su madre es su única compañía.
Buenos Aires quedó atrás, la mirada llena de conmiseración de sus amigas, la enardece, quisiera gritarles a la cara las andanzas de sus propios esposos, esas que la servidumbre le cuenta, pero se retiene. Lo mejor fue irse.
San Isidro es un caserío tranquilo, sus quintas enormes logran que pocos se conozcan. A veces en alguna cabalgata se cruza con algún vecino, pero todo se limita a un saludo.

Hacía años que Felipe se fue distanciando, buscando en mujeres jóvenes la satisfacción que no encontraba en ella. ¿Y por qué no hacía lo mismo? Se preguntó tantas veces. Ella deseaba amar, la mayoría de las noches las pasaba sentada en la galería o dando vueltas en su habitación. Nunca fue capaz de engañarlo. Era tonta o acaso demasiado decente. En Buenos Aires muchos de los amigos de su marido, la miraban con ojos cargados de malicia, ella los ignoraba. Y aquí en la quinta, está Sebastián, el capataz, es el único que cuando la mira logra estremecerla, él también está solo. La negra Jacinta que conoce la historia de todos los que viven en el pueblo, Le dijo, que la mujer de Sebastían, se fue con un turco vendedor de baratijas que paso por San Isidro. El capataz es diferente, hay algo en sus ojos que la turba…

La negra Jacinta apareció como salida de las sombras, con una jarra de limonada y un vaso. Es una mujer especial, habla poco, sólo lo indispensable y a veces la asombra, actúa como leyendo sus pensamientos. Si tiene sed, aparece con algo fresco. Si le duele la cabeza le alcanza algún té a base de yuyos, esos que sabe preparar y que la calman de inmediato. Muchas veces se preguntó si será bruja o adivina.
La limonada fresca le hizo bien, la bebió a pequeños sorbos. Cerró los ojos recordando su juventud. Los jóvenes se disputaban su cariño. Iban a la misa de once de la Iglesia del Socorro, solo por verla. Han pasado treinta años, demasiados, se dice. Hoy tiene cincuenta, ella no los siente. Sino fuera por esos calores… sigue siendo la misma mujer, más sabia…
El cielo se fue pintando de franjas rosas, comenzaba a amanecer y el calor no calmaba.
Fue a su habitación, tal vez lograra dormir. Jacinta entró tras ella, dejo sobre su tocador, una bandeja con un botellón de vino y dos copas. La miró extrañada, ¿y eso para qué? Preguntó. La otra no respondió. Sin decir palabra la desvistió tomó un frasco de agua de rosas y una toalla de mano, la mojó y le frotó el cuerpo. Le hizo bien. La miró agradecida, mientras se colocaba un camisón fresco.
Jacinta abrió la ventana, cerró las cortinas y se volvió para decirle algo, sonrió sin decir palabra. Tomó el picaporte y abrió. Parado bajo el dintel de la puerta, estaba Sebastián. La negra lo tomó del brazo y lo empujó dentro del cuarto, luego salió dejando la habitación abierta. Él dio un paso y quedó esperando. Se miraron, Antonia tembló. Su mente era un torbellino de imágenes y palabras; su madre y sus consejos morales, sus hermanas burlándose de sus calores y su recato y Felipe diciéndole que no creyera lo que comentaban de sus amoríos, que eran mentiras de las comadres. Y ella, sola, siempre sola…
Un ardor le subió a la cara, no supo si eran calores o vergüenza, no le importó.
—Cierra la puerta, por favor —dijo mientras servía las copas de vino.

Una noche.



Dejó atrás la villa con su olor a humo, sus gritos y su oscuridad. Sabiendo que regresaría a ella en pocas horas, borracho, perdido, como se vuelve al hogar o a una querida; con la cabeza gacha y pidiendo perdón.
Solo, sin esperanza buscaba en el alcohol una salida. Se ahogaba en las profundidades de su sopor y olvidaba aquel mundo ideal, que desbarrancó por su propia desidia. Vino, vodka, daba igual. Son amigos que no preguntan, y a cambio, regalan horas de paz, donde la mejor quimera se puede convertir en realidad, o hasta el momento que  se decida y con un ¡bang! ponga fin a sus días..
Entró al boliche con la garganta seca, buscando una mesa vacía donde anclar su osamenta y pedir algo para beber. Lo aturdieron las risas de esas máscaras humanas que se engañaban por una noche, creyendo que se puede ser feliz a través del alcohol. Se sentó. Iba por el tercer vodka cuando la vio. Conversaba con una amiga apoyada en la barra. Se descubrieron y él quedó prendido en sus ojos claros. Era alta, morena, llevaba un sello que la hacía diferente a las mujeres que acostumbraban entrar en ese bar. Lo atraía. Con paso inseguro, se acercó. Intentó invitarla a su mesa y la amiga con rudeza le sugirió que se alejara. La de los ojos claros lo agarró del brazo y lo acompañó. Se sentaron y comenzaron a hablar. Se olvidaron de la amiga, de los que los rodeaban. Esos, que festejaban el gozo de un sábado como si fuera el último día de sus vidas. Ella se llamaba Sandra, era hermosa, su voz suave, lo serenaba. Reía de sus bromas, lo escuchaba como si la conversación le resultara interesante. Santiago le contó su vida. Ella le habló de la tristeza de estar sola en la ciudad.
En un momento Sandra se puso de pie, me voy, le dijo, y él la acompañó. Caminaron por las calles húmedas de bruma. Prometieron verse al otro día, se encontrarían en la plaza, frente al bar. La luna fue centinela del beso del adiós. Para Santiago fue el beso más apasionado que le diera una mujer. Ella se perdió en la oscuridad, no dejo que la acompañarla. La contempló partir con el corazón apretado y deseando que ya fuera domingo por la tarde.

Llegó a la cita antes de la hora. Dio vueltas, yendo y viniendo. Sandra no apareció.
Por la noche fue al boliche. Tal vez algo le sucedió —se dijo— y regresó al bar.
Ya iban a cerrar cuando se acercó a la barra y preguntó al mozo si conocía la joven que la noche anterior estuvo con él en la mesa, la de los ojos claros y el pelo negro. ¿La recuerda?
-¿Anoche? —Dijo el joven— anoche no hubo nadie en su mesa, es más, me llamó la atención verlo hablar como si alguien lo acompañara, pero usted estaba solo.

martes

Palomitas de maíz




La emoción le cerró la garganta al ver la estación de trenes de Sauce Quemado.
Abandonada. Tierra, hojas, telarañas eran su compañía.
Cada ladrillo, cada banco, llevaba grabada una historia, una travesura de su niñez.
En ella trabajó su padre durante seis años, él rondaría los ocho, creció en la libertad de jugar trepado de los árboles, de pescar junto a sus compañeros de correrías, Lucas y Juan o descansar bajo los sauces a orilla del río. Tardes de siesta comiendo palomitas de maíz y jugando al dinenti con sus amigos.
En el ferrocarril, el viejo era el único empleado, encargado de la entrada y salida de trenes. Vivían en una humilde casa frente a la estación.

Todo lo que su memoria guardaba ya no existía, las pocas casas que se mantenían en pie, daban cuenta del paso de los años, paredes con ladrillos asomándose entre el revoque descascarado. Eran el recuerdo de algo que fue.
Se largó a caminar por la calle de arena y tierra, una suave brisa levantaba nubes de polvo que le secaron la garganta. En una de las casas, una mujer arreglaba el jardín, se acercó. Entre tanto desierto y abandono era un placer ver rosas y malvones, bañando de colores la tarde. La mujer presintió su presencia, levantó la cabeza y lo observó seria.
—Buenas Tardes —saludó.
—Hola —respondió ella— no lo conozco, ¿está de paso?
—Sí. Hace años viví aquí, los recuerdos me hicieron regresar a ver el pueblo.
Ella no le quitaba los ojos de encima, escudriñaba cada gesto.
—Mi padre fue encargado de la estación de Sauce Quemado —dijo para tranquilizarla— hace más de treinta años.
—¿Cómo se llamaba su padre?
—Suárez, Pedro Suárez. ¿Lo recuerda?
—Por supuesto —su sonrisa aflojó el gesto duro de su cara— su mamá era enfermera si no me equivoco…
—Mi madre era enfermera y se llamaba Sara —.Miró las casas vacías y preguntó— ¿Qué paso? El pueblo ya no existe.
—Y; cosas de la vida y los gobiernos. Quitaron el ferrocarril y Sauce Quemado, como otros, se fue muriendo, los tamberos que eran el fuerte del trabajo se mudaron a poblaciones cercanas a la ruta o a los grandes municipios. Quedamos dos o tres viejos que no tenemos donde ir y permanecemos acá, Sauce Quemado se murió con el tren, ya no existe.
Quedaron en silencio, él no encontraba palabras. Se despidió y regresó a la estación por la misma calle, los hombros le pesaban.
Subió los escalones que llevaban al andén y le pareció ver a su padre con el uniforme azul, esperando la llegada del tren, era un juego de la imaginación. El tiempo se lleva todo, hasta las ilusiones que guardaban los recuerdos. Regresó al auto que había dejado detrás de la estación. Un silbato conocido lo estremeció. Miró el reloj. No puede ser, se dijo, era el carguero de las cinco de la tarde, el sonido no lo engañaba, el chuqu chuqu chuqu de su máquina a vapor, entraba, cubriendo de humo el andén. Siguió de largo hacía su destino en quién sabe qué estación, sólo el vapor y el sonido pasaron frente a él, levantando las hojas secas y haciéndolas bailar en remolino por el aire. No puede ser, se dijo nuevamente y vio los rieles estremecerse sobre los durmientes, bajo el peso del carguero. Quedó deslumbrado, mirando a la distancia, el vapor que se alejaba. Un aroma a palomitas de maíz le llegó cercano y lo despertó de su ensueño. Era la vecina, con una bolsita de papel llena del blanco tesoro.
—Para el viaje —le dijo con una sonrisa.

sábado

En carne propia.





Orlando revolvió el café, movió la cabeza y sonrió estúpidamente. Sentada frente a él, Verónica no dejaba de mirarlo. Un sol sin fuerza se filtró por los ventanales de la confitería e iluminó las mesas vacías. El mozo, iba y venía del mostrador a la calle.
—Que tonto fui —dijo sin mirarla— me engrupiste como a un adolescente. Sabes, parece mentira, creí tus palabras. Yo, él gran piola, el tipo de mundo no me avive que me estabas haciendo el cuento. Te juro, hasta pensé en vivir juntos, y si la cosa iba bien, casarnos. ¡Qué boludo!
—No hables así.
— Siempre fui yo el que dejaba las minas. Esta misma situación la viví muchas veces, estando del otro lado. Era yo quien daba excusas, el que abandonaba y ahora estoy recibiendo en carne propia lo que di. Me dijiste que no amabas a tu marido, que no eras feliz, ¿no fue así? Y me venís ahora con el cuento de la culpa, de la reconciliación, de que te diste cuenta que lo seguís amando —levantó los brazos y exclamó— ¡Lo amas! ¿Y yo qué? Un año que me venís jurando amor… debe ser que me estoy poniendo viejo. ¿Será eso? ¿Te pesan mis cincuenta años? Sí, es eso.
—No, te juro que no…
—Basta, no mientas más. Comprendo, fui un tiempo de recreo en tu aburrida vida de pareja. Pero mira si seré infeliz, tanta cama, tanta mina y me vengo a enamorar de la mujer equivocada.
—Es que nuestra relación me da culpa, no puedo seguir así…
—¿Culpa? ¿Después de un año te agarró la culpa? Pone las cartas sobre la mesa…sincérate; de tu parte nunca hubo amor. Disfrutaste metiéndole los cuernos a tu dorima, esa adrenalina de la trampa, es placentera. Te comprendo, si yo lo viví. Y como disfrutaba. Se dieron vuelta los papeles…
—No quiero despedirme así, estás mal.
—Y cómo voy a estar, si te quiero.
Orlando se puso de pie, agarró el abrigo y sin mirarla le dijo:
—Me voy, el café está frío… que seas feliz.
—Orlando, no te vayas así.
Se volvió y le dijo:
—Vero me tocó perder. No te preocupes, es la primera vez que me pasa, es seguro que no me va a durar mucho el dolor…eso espero.
Se fue. Sonó el celular, ella atendió:
-Si Javier, voy para allá, me detuve en una zapatería… no, no compre nada, era un calzado bonito pero demasiado caro. Cuando llego te cuento…un beso…


En está historia hay terminos muy de Buenos Aires, los aclaro:

Engrupir: engañar.
Mina: mujer.
dorima: marido.
trampa: meter cuernos.

viernes

EL VIAJE segunda parte.


—No, no cierres, ellos no nos ven —pasaban cerca, ignorando nuestra presencia.
De pie, abrazados, creíamos contemplar una obra de teatro o una película. Las figuras se sucedían, los aromas también, transpiración, sangre. Se me aflojaron las piernas.
—Son indios y aquellos… soldados…
—Sí, pero del 1800, se están matando—exclamó Claudio.
Mi garganta estaba seca. Las imágenes se fueron espaciando, diluyendo entre la niebla del amanecer. Minutos después, de lo sucedido no quedó nada. Ni cuerpos ni marcas en la tierra. Sólo nosotros, muertos de miedo y con el pecho como una marimba. Amanecía, el campo olía a trébol y glicinas.
Me senté al borde de la cama:
—Claudio, ¿qué fue eso?
Él daba vueltas sin responder.
— ¡Claudio, por favor! —insistí.
— ¡No lo sé! Me pareció una película en vivo, fue todo tan real, que no entiendo.
— ¿Será una broma?
— ¿De quién? —Sus ojos se abrían tratando de explicarme con ellos lo que no lograba con palabras— ¿Cómo es que todo desapareció? Sucedió y no dejó marcas ni nubes de polvo ni olor, nada, todo se esfumó.
Quedamos abrazados hasta que salió el sol.

Por la mañana nos acercamos al comedor con ganas de hacer muchas preguntas.
— ¡Buen día gente! ¿Cómo amanecieron? —el saludo de Anselmo estaba pleno de energía.
—Buen día —respondimos al unísono.
—Van tomar el mejor café con leche de su vida —se acercó con una bandeja cargada— la leche es de Tuca nuestra vaca y el pan y manteca: caseros.
No sabíamos como comenzar y expresar lo vivido.
— Anselmo —dije con cautela, temía que me tomara por loca— anoche escuchamos alboroto y al asomarnos por la ventana, lo que vimos nos sorprendió.
— ¿Qué vio? —preguntó haciéndose el desentendido, por su manera de esquivar mis ojos, comprendí: sabía de qué hablábamos.
—Hombres luchando, parecía una batalla —respondió mi esposo y prosiguió— ¿Usted no escuchó?
Marta entró en ese momento.
—Sí, escuchamos. Son batallas de indios y soldados —dijo con naturalidad, la miramos sorprendidos— no es la primera vez.
— ¿Qué quiere decir? –pregunté
—Cada tanto aparecen esas vivencias de otros tiempos —dijo don Anselmo.
—Usted habla con sencillez de algo que me parece una locura —respondí, lo miré esperando una explicación
—Sabe señora, vivimos acá y ya no nos sorprende nada.
Su cara era el gesto de la resignación, me miraba con tanto abatimiento que me conmovió.
—Hace años que suceden estos misterios que no sabemos explicar, sólo lo cree el que vive la experiencia. Buscamos ayuda, fuimos a Bragado y hablamos en el municipio, presentamos firmas. No fuimos nosotros solos, nos juntamos muchos vecinos y nos tomaron por locos.
—Tal vez tendrían que buscar otro tipo de ayuda, no sé, alguien que pueda dar una explicación lógica al tema. Su hijo, ¿él estudia física, puede que el fenómeno se pueda explicar con esas teoría nuevas de las que ustedes hablaron, él no los asesoró a dónde dirigirse…?—dije impresionada.
—Sí, él nos ayudó mucho, nos guío, siempre nos guío —Marta hablaba y sus ojos se empañaban.
—Hemos golpeado muchas puertas —Anselmo se puso de pie, comenzó a caminar, movía los brazos tratando de explicar, estaba nervioso, se sentó nuevamente y continuó— Hemos hablado con científicos dedicados a estudiar la existencia de mundos paralelos y ellos nos escucharon. Se establecieron aquí, hicieron mediciones, estudios, así nos enteramos que en esta zona existe una falla natural del tiempo, donde pasado y presente se funden en uno.
— ¿Cómo? —Preguntó Claudio— ¿Eso que significa?
—Es una puerta o grieta que comunica con una dimensión desconocida. La realidad es tan diferente que escapa a los cálculos de nuestro pensamiento.
Yo escuchaba asombrada, me sorprendía el conocimiento de don Anselmo. Él notó mi cara de perplejidad y agregó:
—¿Qué sucede señora? Se asombra que un paisano de la pampa conozca de estas cosas.
—Sí, me asombra, todo es nuevo para mí. Desconocía esta realidad.
—Debido a la situación la gente fugó a otros pueblos, todos tenemos miedo a lo desconocido y la única solución para ellos es escapar.
—¿Y esa falla —preguntó Claudio— que produce?
— Esa falla hace que veamos una escena que esta sucediendo en otra dimensión, en otra época, dura minutos, la grieta se cierra y todo vuelve a la normalidad.
— ¿Nunca sucedió que de esta época pasen a otro espacio de tiempo?
Mi pregunta lo puso nervioso.
—No lo sabemos —respondió mirando a su esposa. Ella hizo un gesto, iba a decir algo, se mantuvo callada.
—¿Y por qué no buscar ayuda en los medios de comunicación? —dijo Claudio.
Nos miraron sin entender.
—¿Usted se refiere a los diarios? Lo hicimos y se nos rieron en la cara.
—¿Y la televisión o las consultas por Internet, tal vez esto, sucede en otros países y puedan intercambiar información?
Anselmo se puso de pie y fue levantando los platos del desayuno.
—Me parece que ustedes, al igual que otros se burlan de nosotros. ¿Internet? No sé qué es y la televisión sé que funciona en algunos países más adelantados que el nuestro, aquí no existe, como tampoco existe en Buenos Aires. No se burlen de nosotros. Es mucho lo que hemos perdido en estas fugas del tiempo, tanto como ustedes no se imaginan. No es justo que nos traten como a paisanos ignorantes.
Quedamos perplejos, sin saber que decir. Marta y Anselmo nos miraban con dolor, no nos entendían ni nosotros a ellos.
—Anselmo no nos burlamos de ustedes.
—Vayan a ver si su coche está listo y aléjense lo más rápido posible.
Intentamos volver a explicarles y no lo aceptaron. Se fueron a la cocina, quedamos de pie, mirándonos, sin entender su enojo.
Fuimos al taller. Encontramos al mecánico trabajando en nuestro auto.
—Es un sistema muy novedoso el de su coche, cuando regrese a Buenos Aires llévelo a controlar, me falta experiencia con estos modelos.
Claudio no respondió. Creyó que el mecánico, ironizaba por la vejes del auto.
Regresamos al negocio de ramos generales. Intentamos retomar el tema y no nos permitieron agregar una palabra más. Nos despedimos de Anselmo y Marta con una sensación de tristeza, difícil de transmitir. Seguían enojados.
Salimos para Olascoaga bajo una terrible tormenta, los rayos nos estremecían. Media hora después, un sol resplandeciente nos acompaño durante el viaje. Continuamos el viaje, comentando lo extraño del clima pampeano.

Dos semanas después de visitar Olascoaga, emprendimos el regreso.
No lograba olvidar la cara de Marta y Anselmo, su gesto dolorido, por lo que ellos creyeron una ofensa.
—¿Y si volvemos?
—Para qué —dijo Claudio.
—A mostrarles esto —Abrí varias revistas de actualidad donde se veían anuncios de venta de televisores y computadoras.
—¡Muy buena idea!
Claudio retomó la ruta por la que habíamos llegado y emprendimos el camino hacía La aparecida. Dimos vueltas y más vueltas, no logramos encontrar el pueblo. Llegamos a una estación de servicio, cargamos nafta y mientras tomábamos un café, pedimos prestado un mapa de la zona. Lo desplegamos sobre la mesa y nos dedicamos a encontrar el camino hacía; La aparecida.
—No es el primer pueblo que no figura en el mapa —me dijo Claudio al ver mi cara desilusionada.
Fuimos a devolver el plano y consultamos con la cajera.
—Buscamos un pueblo, La aparecida, no lo hallamos en el mapa, ¿conoce el camino…? —pregunté.
—¿La aparecida? no lo conozco. Espere, mi tío debe saber.
Se alejo hasta una mesa donde dos paisanos bebían su cerveza. La escucharon y nos miraron, uno por encima del hombro y el otro de frente. Con gesto de fastidio le dijeron algo a la muchacha.
La chica se acercó y nos dijo por lo bajo.
—Dice mi tío que se vayan a hacer bromas a otro lado, que esa historia ya la vinieron a contar otros porteños como ustedes y no la creen más —remarcó las últimas palabras con rabia— .Para su información, según se cuentan los más viejos, un tornado, desvaneció el pueblo en el aire -y agregó con burla- allá por el año 1949.

FIN.

lunes

EL VIAJE


Primera parte




Viajábamos rumbo a Olascoaga, cuando el coche anunció con extraños ruidos en el motor, que ya no daba más. En medio de la Pampa y sin nada más que desierto a la vista, un escalofrío me recorrió. Le dije a Claudio:
— ¿Qué hacemos si nos quedamos en esta soledad?
—Tranquila Silvia, tal vez encontremos una estación de servicio.
La tarde declinaba. Claudio permanecía mudo, su silencio me preocupaba más aún.
Un viento fuerte, comenzó a soplar, debimos detenernos. Ante nuestros ojos, se fue formando un embudo de tierra, que cargaba a su paso con cuanta planta encontraba. La tierra golpeaba los cristales del auto, formando una película que se agitaba, interrumpiendo la visión, nunca habíamos visto algo igual.
—Es un tornado, nunca escuché que sucedieran en esta zona… —dijo Claudio.
Extrañamente en pocos minutos el viento calmó, y todo volvió a la normalidad. Nos quedamos mirando como el trompo se perdía en el horizonte, respiramos aliviados.

A poco de andar divisamos un pueblo.
Llegamos. Lentamente nos detuvimos en una calle de tierra, frente a un comercio abierto, y allí nos dirigimos. Era un almacén de ramos generales, así se leía en un gastado cartel de la entrada. Un paisano vestido con camisa oscura, bombachas de campo y una boina negra, se acercó.
—Buenas —dijo con una sonrisa— me llamo Anselmo, pasen que les sirvo algo fresco. ¿Que les ha sucedido?
—El coche tiene sus años y ha surgido un desperfecto que no he logrado solucionar, necesitamos un mecánico —dijo mi esposo— ¿Hay alguno en el pueblo?
—Si, y es muy bueno, descansen, lueguito los acompaño —nos refrescamos y Anselmo nos guío al taller. Allí nos dejó y regresó a su local.
La falla del auto requería repuestos nuevos. El mecánico se ofreció ir hasta Bragado, que era el pueblo más cercano, y el único lugar posible para conseguirlo.
Salimos del taller y regresamos por las calles internas del pueblo, noté que la mayoría de las casas estaban cerradas. Un ambiente de tristeza se movía a nuestro paso.
Al llegar al negocio de Ramos Generales, una mujer nos esperaba en la puerta. Se acercó
— Soy Marta la esposa de Anselmo. ¿Qué les ha pasado? —nos preguntó.
—Nuestro auto se averío—respondí. Nos acompañó, hasta el almacén. Ella, por su vestimenta pasada de moda, aparentaba más edad, pero tendría unos cuarenta y cinco años y él pasaba generosamente los sesenta.
Viendo nuestra preocupación, los dos trataban de ser amables, nos invitaron a cenar. La sonrisa de ella y la cordialidad de Anselmo, nos hicieron olvidar las penurias del viaje.
Algo flotaba en el ambiente que yo no lograba desentrañar. La ropa de ellos, sus modismos delataban algo más que un matrimonio de campesinos alejados de la civilización.
— ¿Tendrán una habitación para que pasemos la noche? —Pregunté
Ellos se miraron. Capté una duda.
—Habitaciones no tenemos, pero el cuarto de mí hijo está vacío —dijo Anselmo—. Tendremos que poner una cucheta, hay una cama sola. Nosotros vamos a preparar la cena. Recorran el local, a los puebleros les encanta mirar, van a encontrar alforjas, polainas de cuero, hasta ruedas para tractor si necesitan, y más allá —dijo señalando la pared que daba a la calle— encontraran bolsas con garbanzos, lentejas o las legumbres que necesiten —se alejo, festejando su comentario.
—Gracias…—respondimos a dúo, Anselmo era amable, nos quedamos solos en el amplio almacén.
Algunas fotos adornaban las paredes. Paisajes de la Pampa, cuadros familiares, seguramente de los abuelos, fotos de artistas; Tita Merello, Zully Moreno, era un popurrí de imágenes. Nos parecía estar en una postal antigua.
— ¿Saben el nombre del pueblo? —nos preguntó Anselmo desde la cocina, Claudio y yo nos miramos y negamos con un movimiento de cabeza.
—“La Aparecida” —Anselmo dejo de cocinar y se acercó— cuentan que durante el Virreinato del Río de la Plata, los indios asaltaron una caravana, robaron y se fueron, extrañamente no mataron a nadie. Una joven que viajaba en el grupo rumbo a lo que es hoy Bragado, desapareció, luego de buscarla varias semanas la encontraron aquí, bajo el ombú que está en la entrada del pueblo. No recordaba nada, llevaba su ropa en orden, muy bien peinada y no parecía que había deambulado por la pampa tanto tiempo.
— ¡Que historia! —Comenté— ¿Dónde había estado?
—No recodaba nada, apretaba en sus manos una muñequita de madera como las que suelen tallar los indios.
—Que misteriosa historia —exclamé
— A la gente le gusta que les cuente ese tipo de relatos, son leyendas de la pampa…
Regresó a la cocina y yo con él, pregunté:
— ¿Por qué la mayoría de las casas están cerradas?
Anselmo y Marta quedaron en silencio, ella respondió:
—Es que en este pueblo suceden cosas raras, la gente se cansa y se va.
— ¡No digas tonterías mujer! —Repuso el pulpero— mi esposa siempre exagera. La gente se va en búsqueda de mejores oportunidades, acá no hay forma de ganarse la vida.
—¿De qué viven ustedes? —pregunté.
—De los arrieros. Vendemos accesorios para labranza, y usted habrá visto que tenemos de todo, ha… y de los que se detienen en la ruta por algún desperfecto —respondió sonriendo picadamente.
—¿Existen arrieros hoy día? —pregunté.
—Por supuesto—respondió Anselmo con un gesto de asombro ante mi pregunta.
Mientras comíamos, nuestros anfitriones nos relataron su vida: llegaron al pueblo con su hijo muy pequeño, compraron el almacén trabajando muy duro y seguían viviendo en el mismo lugar.
— ¿Y su hijo? —mi pregunta quedó en el aire, ninguno de los dos quería hablar, hasta que Anselmo respondió:
—Mi hijo se llama Manuel, él se fue. Como dice mi esposa: buscando una vida mejor.
—Siempre fue un excelente alumno —los ojos de Marta se iluminaron— se crió aquí, estudió en Bragado y luego paso a la universidad de Buenos Aires. Ha recibido muchos premios.
— ¿Por qué? —preguntó Claudio.
—Descubrió nuevas teorías sobre física.
Anselmo escuchaba a su esposa y movía la cabeza en un gesto que no comprendí. Cuando hablaban de Manuel, parecían cambiar el tono de voz. Lo hacían con lentitud.
Terminada la comida nos acompañaron para preparar las camas, el cuarto estaba impecable.
—Es el cuarto de Manuel —dijo la mujer mientras cerraba las cortinas— Lo mantengo en orden, por si un día regresa.
Algunos relojes extraños descansaban sobre una mesa. Mi esposo preguntó:
— ¿Qué estudiaba su hijo? Estos relojes son muy especiales
—Él es físico y aficionado a la astronomía.
—Es extraño que viviendo en medio del campo se interesara por la física.
—Los jóvenes piensan distinto a nosotros —Anselmo quedó mirando la pared, como si buscara algo en ella, sin hablar acarició la cabeza de su esposa y luego continuó armando la cama.
Libros y más libros estaban diseminados por los estantes, sobre muebles en cada rincón de la habitación. La mayoría eran de física y astronomía.
Marta nos entregó unas toallas, noté que estaba apurada por irse.
-— ¿Su hijo se fue a Buenos Aires? —insistí curiosa.
—Sí, como todos en busca de nuevas experiencias —lo dijo titubeando y mirando a su esposo que no hablaba.
— ¿Hace mucho?
—Dos años —respondió. En su gesto pude comprobar que aún no se había acostumbrado a la idea de no tener al muchacho en la casa. Nos desearon buenas noches y se retiraron, estábamos tan cansados que nos dormimos en seguida.

Despertamos en medio de la noche. Voces, gritos y galope de caballos, llegaban cercanos. Algo estaba sucediendo en la parte de atrás del almacén. Las cortinas se movían suavemente, dejando pasar jirones de luna. No nos animábamos a realizar ningún movimiento. Los gritos erizaban la piel, mi esposo se levantó, miró a través de los cristales, luego los abrió.
— ¡Por favor! —exclamó.
—¿Qué sucede? —pregunté al ver su cara de sorpresa. Me asomé y los dos quedamos mudos. Mirábamos sin entender. El frescor de la noche nos envolvió. Me estremecí, no supe si por el frío o por la escena. Entrevimos jinetes yendo y viniendo frente al ventanal. Gritaban, sus alaridos me estremecían.Empuñaban espadas y batallaban con ferocidad. Mis manos transpiraban ante un cuadro que no comprendía. Claudio permanecía mudo, con los ojos abiertos por el asombro. Una inmensa nube de polvo, nos dificultó la visión. Las voces y las exclamaciones por momento se alejaban, un aroma a tierra y sudor llegaba a nosotros.Los veíamos caer de sus caballos y quedar quietos, otros estremeciendose con el estertor de la muerte. Intenté cerrar los postigos y mi esposo me detuvo.
—No, no cierres, ellos no nos ven —pasaban cerca, ignorando nuestra presencia.
De pie, abrazados, creíamos contemplar una obra de teatro o una película. Las figuras se sucedían, los aromas también, transpiración, sangre. Se me aflojaron las piernas.

Continúa....

martes

La mandrágora.






Hace unos meses leyendo un texto en el blog de Antorelo, me sorprendió la historia de la mandrágora. Le prometí que escribiría un cuento basado en esa planta.
Dedicado a Antorelo, va está historia.





La lluvia era una cortina espesa. El coche del padre Damian, patinaba entre el barro, y los profundos lodazales que se formaban en la ruta.
A lo lejos, vio luces: ¿Serían de la casa de la abuela Esperanza? Se preguntó.
La anciana se estaba muriendo y quiso que Damian, su nieto, la confesara.
¡Sólo él! Le dijo a Celeste, la mujer que la cuidaba. Ella se encargó de llamarlo a Buenos Aires y transmitir el pedido. Damian dejó sus obligaciones, para viajar a la pampa.
La abuela Esperanza, siempre había sido un ser angelical, ella lo cuido, en los dificultosos días en que sus padres se divorciaron.

La separación fue terrible. Su madre lloraba todo el día. Y su padre, siempre con cara de disgusto. La convivencia era insoportable. Al fin, y pensando en su bien, tomaron la decisión de mandarlo a la casa de la abuela materna. El clima familiar no era sano para un niño. Pasaron meses, años y se fue quedando en la casa de la abuela Esperanza. Vivió con ella hasta los dieciséis años.

Y llegó el momento de elegir su propio camino. Viajó a la capital para entrar al seminario. Los encuentros con la abuela se espaciaron, hasta ser una vez al año, en vacaciones o como ahora, cuatro años que no la veía.

Las luces se acercaban, sí, era la casona familiar. Llegó en un momento en que la lluvia era un diluvio.
Subió a la vereda de césped y estacionó.
Apenas abrió la portezuela del coche, se encontró con un paraguas abierto para guarecerlo y la cara sonriente de doña Celeste.

La mujer lo hizo pasar, se deshacía en amabilidades.
—¿Querés un vino?
—No, gracias.
—¿Café, un té?
—No señora, le agradezco. ¿Cómo está mi abuela?
Celeste elevó los brazos con gesto de impotencia y le dijo:
—Cada día está peor. Ya casi no come. Sólo quiere líquido, caldo, un vasito de leche cada tanto, así se mantiene. Puede que ahora al verlo a usted se anime un poco.
—¿Puedo verla?
—Hace más de una hora que se durmió, pero acompáñeme, al menos la vera descansar.
Subieron al primer piso. Recordaba ese pasillo con habitaciones, una al lado de la otra. En la segunda puerta entraron. Celeste encendió una lámpara de luz suave. Él se acercó, la abuela dormía. Su respiración era agitada, sus manos estaban crispadas sobre la sábana. Damian se inclinó y la besó en la frente, la abuela abrió los ojos, lo miró.
—Te esperaba —dijo con voz muy baja, él le arregló un mechón de pelo que le caía sobre la frente
—Mañana hablamos —le dijo. Ella cerró los ojos nuevamente.
Quedó mirándola. La abuela había cambiado mucho. Recordaba su pelo oscuro peinado en rodete alto, su cara siempre arreglada con un toque de rubor y los labios pintados de un rosa pálido. Ahora, su pelo blanco, la cara cubierta por profundas arrugas lo impresionaron. Celeste hizo un gesto, debían salir.

Esa noche, descansó como hacía rato no lo hacía. Lo despertó el canto de un gallo. Como en los viejos tiempos, se dijo.
La habitación era la misma que ocupara siendo niño, hasta sus libros seguían en los estantes. Los fue hojeando. Sandokan, le recordaba las noches que pasó leyendo y esperando el llamado de alguno de sus padres. Robin Hood, sus tardes junto al río. Cada libro era un momento de su vida.
Bajó. En la cocina doña Celeste le sirvió el desayuno.
—Su abuela hace rato que lo espera.
Miró el reloj, las 7.30hs.
—¿A qué hora se despertó?
—Como siempre —la mujer sonreía viendo su cara sorprendida— a las seis.
Celeste salió.
La cocina estaba igual. El mantel de hule, con flores rosas y blancas parecía ser el mismo. Terminó el desayuno y fue directo a la habitación de la abuela.
Ella lo recibió con una sonrisa emocionada. No pudo evitar abrazarla y llorar.
—Demasiados años, mi querido. Contáme, por dónde anduviste.
Relató su viaje a Roma, luego su estada en Asís como asesor en un colegio. La abuela lo escuchaba rejuvenecida. En un momento, la notó agitada, hizo silencio.
Esperanza le tomo las manos.
—Debo confesarme. Por favor…quiero morir en paz.
Damian asintió, fue a su cuarto, se colocó la estola morada y regresó. Se dispuso a escuchar. La abuela hablaba en voz baja, su agitación por momentos la interrumpía, respiraba hondo y continuaba.
En un momento, el joven levantó la cabeza, abrió los ojos y dijo:
—Abuela, estás delirando, lo imaginaste…
—No mi querido es verdad. Me casé muy joven, este pueblo alejado del mundo, me enloquecía con su silencio…—reclinó la cabeza y respiró hondo— mi tiempo se dividía en leer, investigar y profundizar libros de magia negra.
Esperanza metió la mano bajo de la almohada y le entregó unos papeles amarillentos.
—Aquí esta escrito el secreto que he guardado por años. Debes destruirlos.
Damian los guardó en el bolsillo interior de su saco.
Esperanza dejo de hablar, se ahogaba. Se había puesto blanca.
Damian llamó a Celeste y salió.

Necesitaba aire, afuera el aroma de la lluvia nocturna, persistía en las plantas.
Su mente era un torbellino de palabras e imágenes. No podía creer lo que su abuela le había confesado, seguramente estaba senil y divagaba. Celeste, se acercó.
—Ya está tranquila.
—¿Mí abuela sufre demencia senil?
—Que yo sepa, no. El doctor Montes dice que tiene una lucidez envidiable para sus noventa años. Su enfermedad esta en sus arterias y en su corazón. ¿Por qué me lo pregunta?
—No se, por momentos me pareció…
Celeste sonrío.
—Déjela descasar, cuando despierte le aviso y siguen conversando.
Damian se fue caminando hasta el fondo del parque, un cerco de ligustrinas marcaba el límite. A un costado, crecían varias plantas cargadas de un fruto verde, redondo, arrancó una. ¡Sí, era una mandrágora! Su raíz era inconfundible, simulaba una figura humana. Puede ser que está inocente planta sea capaz de tanto daño, dijo en voz baja. ¿Por qué su abuela no la destruyo?
Regresó a la cocina.
—Doña Esperanza lo llama —dijo Celeste.
Subió las escaleras y entró en la habitación.
Al verlo intentó una sonrisa.
—Debes disculparme.
—No te preocupes, ¿cómo te sientes?
—Mejor, quiero seguir la confesión.

Una hora después, Damian dejo el dormitorio, la abuela descansaba tranquila.
Fue a su cuarto y leyó las hojas que le había entregado. Escritas a mano y con una tinta algo descolorida, se leía: maleficio. Abajo la explicación.
La raíz de la mandrágora debía ser preparada durante una maceración de varios días. Luego mediante un proceso de hervores, mezclas y conjuros, se lograba un té.
Ese té debía administrarse a la persona indicada, por tres noches.
Dejo los papeles sobre la cama. Es imposible, se dijo. ¿Cómo investigar si lo que su abuela había confesado era verdad o sólo delirio?

—Celeste, ¿el Padre Juan, vive aún en el pueblo?
—Si, está muy viejito. Vive en la casa de la sobrina, frente a la parroquia.
Allá fue.
Tocó timbre y al momento una señora mayor se asomó.
—Busco al Padre Juan. Soy Damian, el nieto de Esperanza.
La mujer lo hizo pasar. Lo acompañó hasta una habitación, la última de la casa. Allí sentado, con un libro en las manos estaba el padre.
Lo reconoció. Se puso de pie. Era menudo, tan delgado que al abrazarlo, sus huesos crujieron.
Fueron recordando tiempos pasados, la infancia de Damian y sus travesuras. Cuando las anécdotas se fueron agotando, Damian preguntó.
—Juan, ¿cómo murió mi abuelo?
Los ojos claros del Padre, se achinaron.
—¿Por qué esa pregunta?
—Curiosidad, nada más —respondió.
—Hace tanto, que casi lo he olvidado —dijo— creo que fue un paro cardiaco.
—¿Ese mismo día falleció alguien más?
El cura frunció el ceño, quedó en silencio, recordando…
Hablaron largo rato, al fin, Damian se levantó. El padre Juan comprendiendo que ya se retiraba, preguntó:
—¿A qué vienen tantas preguntas Damian?
—Nada, estuve recordando cosas viejas con mi abuela y ella se olvidaba, a la mitad de cada conversación.
—Es raro, tú abuela tuvo siempre una memoria envidiable…
—Deben ser los remedios que toma. Bueno, Padre Juan, me alegra haberlo visto tan bien.
Otro abrazo, esta vez con mayor cuidado.

Damian se cruzó a la Iglesia. Todo era silencio y oscuridad.
Se arrodilló ante la imagen de la Virgen. Las palabras de Esperanza y las del Padre Juan daban vueltas en su cabeza, no podía creerlo, pero…

"Tu abuelo me engañó siempre, con muchas mujeres, pero a la última la traía a nuestra casa. Se burlaban de mí. Lo peor eran su maltrato. Golpes y golpes porque si, sin motivo. Luego comenzó a golpear a tu madre que era pequeña, yo no lo iba a permitir. No quiero excusarme, no encontré otra salida, eran tiempos donde una mujer no tenía derecho a nada…y menos en este pueblo."

Sumando a las palabras de la abuela, las del Padre Juan, comprendió, la angustia le cerró la garganta.

"Ahora que lo preguntas, sí, lo había olvidado. Hubo dos muertes en ese día, tu abuelo y la prima de Esperanza, se llamaba Consuelo y estaba casada con el menor de los Terrada. Ella sufrió un paro cardiaco, igual que tu abuelo, sin explicación aparente…"

Al llegar a la casa, Celeste lo estaba esperando, con la noticia que sin escucharla, leyó en su cara. La abuela había muerto.
Antes de irse, arrancó una por una las plantas de mandrágora ni el mínimo vestigio debía quedar de ellas.

Pensó en Esperanza: ¿Para qué dejó las plantas?
¿O tal ves…?

La patrona.



1º Premio del concurso, cuentos cortos: Día Internacional de la Mujer. Marzo 2011.

Del Centro Municipal de la Mujer de la ciudad de Vicente Lopez. Provincia de Buenos Aires.








Encontró la llave debajo de la maceta. Abrió la puerta y entró. Antes de atravesar el umbral, volvió a dejar la llave en su sitio.
Cruzó la sala. Al subir la escalera, los peldaños crujieron suavemente. En el piso superior, vio una línea de luz que asomaba de la puerta entreabierta. Entró.
Don Octavio estaba sentado en la cama, leyendo. Al verla, arqueó las cejas y preguntó:
—¿Qué haces vos acá?
Ella no respondió.
—La patrona no regresa hasta mañana. Si venís a pasar la noche conmigo, nos podemos mandar una linda fiesta.
Ella se acercó cubriendo con los pliegues de la pollera lo que llevaba en la mano derecha.
—Vení, putita. Vení, que te conozco. Tanto despreciarme, y cuando te agarran las ganas sos como todas.
El viejo dejó el libro y abrió los brazos. Ella se acercó hasta quedar junto a él. Empuñó el cuchillo con las dos manos, y girando con una rapidez que le salió de las entrañas le barrió el cuello, que se abrió rojo como una sandía. La sorpresa lo tiró para atrás, se llevó las manos a la herida tratando de contener el río de sangre. Ella retrocedió. El viejo intentó bajar de la cama, perdió el equilibrio y cayó de rodillas. Estiró las manos. Sus ojos, agrandados por el horror, clamaban ayuda. Ella se aferró a un mueble y lo miró con asco.
Don Octavio boqueaba tratando de hablar. Un estremecimiento lo hizo caer de costado, se desangraba. Un estertor, luego otro… y quedó quieto, con los ojos llenos de odio, fijos en ella. Quedó de costado, como un trapo. Él, su orgullo, su fuerza, ahora estaban convertidos en nada. Un nuevo estremecimiento. Y ya no se movió más.
Ramona limpió el cuchillo con la sábana. Quedó de pie ante él, sin pena ni lástima; sólo aversión. Retrocedió sin dejar de mirarlo, llegó a la puerta y salió.
Yendo escaleras abajo, pensó en cuántas veces había soñado este momento. Y ahora, que lo había concretado, un vacío muy grande le subía desde el fondo de las tripas.
El ruido de la puerta al abrirse la alarmó: alguien entraba. Reconoció la silueta: era la señora Martina, la patrona. Al verla con la llave en la mano, ella se detuvo en seco.
—¿Qué paso que estás acá?
Ramona no respondió. Respetaba a esa mujer. La luz acusadora que leyó en sus ojos no le gustó.

Por la cabeza de la patrona cruzaron mil preguntas, pero estaba demasiado cansada para estructurarlas siquiera; esperaba una respuesta. Los comentarios de sus amigas le llegaron nuevamente: Tu marido es un sinvergüenza, se acuesta con todas las chinitas. Y, a la que no quiere, la agarra por la fuerza.
Una a una las fueron nombrando: la María, la Teresa, la Susy…
Ella escapó, no pudo aguantar tantas mentiras.
¿Mentiras?
Su cabeza batallaba entre el dolor y la rabia. Sin saber cómo, se las arregló para hablar con toda tranquilidad:
—¿Qué estás haciendo en mi casa?
—No es lo que usted piensa, patrona.
—¿Viniste a acostarte con mi marido?
—¡No!
Ramona bajó el último escalón. La señora Martina retrocedió: los brazos y la blusa de la muchacha estaban salpicados de sangre.
—Por Dios, ¿qué hiciste?
Ramona se irguió, pareció crecer. Le mostró el cuchillo, y lentamente dijo:
—Ayer don Octavio se abusó de mi hija. Trece años. La encontré tirada en el piso del galpón, llorando, con el pelo pegado a la cara, sucia de tierra. ¿Usted me entiende? Yo a usted la respeto, es muy buena. Pero no quiero que él repita en mi hija lo que hizo conmigo. ¡Basta! Se terminó, nunca más.
Martina la veía a través de las lágrimas. Corrió hacia el piso alto, entró… y el espanto se le hizo grito: Octavio yacía en el piso, blanco, muy blanco. Le tomó el pulso: no latía. Una angustia mezcla de dolor y rabia le ahogó un sollozo. Se le aflojaron las piernas, los brazos le pesaban. No podía creer que Octavio había sido tan hijo de puta. Y ahora, al verlo así… un gigante caído.
Ella siempre había cerrado los ojos a sus escapadas, a sus gestos confianzudos con las chinas del obraje. Lo que le decían era cierto, y ella era tan culpable como él. Había estado ciega.
Se apoyó contra la pared, respiró hondo, dejó correr las lágrimas. No lloraba por él, lloraba por ella. Lloraba por Ramona y por su hija.
Cuando consiguió recuperarse, bajo a la sala.
—Ábrame la puerta de calle, por favor —le suplicó Ramona.
Antes de abrir le dijo:
—Te me vas rápido a tu casa. Quema esa ropa y límpiate la sangre que tenés encima.
Martina cerró con llave, se sentó en un peldaño de la escalera. Y abrazada a la baranda sollozó.

Amanecía. Las voces de sus amigas no dejaban de taladrarle la cabeza.
Fue hasta al teléfono. Levantó el auricular y marcó el número del comisario.
Después se sentó a esperar.

domingo

La pulsera.




La India, fue un país que lo deslumbró con su encanto.
Su interés estaba en las imágenes que capturaría con su cámara. En Nueva Delhi tomó un tren a la aventura, sin ver el destino.
La gente viajaba apiñada. Rostros morenos de mirada inocente, eran el genuino exponente de una cultura milenaria. Bajó en una estación con mucho movimiento.
Se detuvo en un mercado callejero y mientras disparaba su cámara, una fusión de olores lo confundió, comidas, desechos, frutas, verduras…
Se detuvo en un baratillo donde se vendía bijouteri. Buscó algo bonito para su esposa. Lo deslumbró una pulsera con imágenes de pájaros finamente labrados. Preguntó el valor y la vendedora, con un gesto le dijo: no. Él insistió.
Desde un puesto cercano, una anciana, en un pésimo castellano, le dijo:
—La chica le dice que no se vende.
— ¿Por qué? —preguntó.
—Por su bien, es maléfica.
Se río por lo bajo.
— ¿Y por qué está a la venta?
La mujer se encogió de hombros y no respondió..
Un hombre de raro aspecto se acercó y le dijo:
— Cincuenta dólares.
Era demasiado para sus flacos bolsillos.
Se fue pensando en la pulsera.
Recorrió el pueblo y al caer la tarde regresó por el mercado. Se acercó a la vendedora, estaba sola. Le pidió que le dejara fotografiar la pulsera.
Algún joyero amigo viendo los detalles la copiaría, pensó
Tomó varias fotos y se fue.

Semanas después estaba de regreso en Buenos Aires.
Reveló las fotos. Las más interesantes eran las de aquella tarde en el tren.
Al hacer lo mismo con las fotos del baratillo, el asombró le cortó la respiración. Una opresión en el pecho lo asfixió, le temblaron las manos. No podía creer lo que veía. Amplió las imágenes buscando ver mas claro. Está vez, no fue asombro, fue un sentimiento que lo hizo ir para atrás y apoyarse en la pared, no se había equivocado la imagen era real.
Los bellos pájaros no existían. Grabado entre lenguas de fuego, un ser horrible, cuerpo de cabra y cabeza de serpiente, se movía desde la foto, con garras amenazantes tratando de alcanzarlo.

miércoles

Un día de playa




Salieron del hotel preparados para ir a la playa.Carpas, bronceador y toallones. Carlos manejaba, Luis era acompañante y Sebastian iba en el asiento de atrás.
Era la primera vez que visitaban Carilo.
Calles de arena, bosques deslumbrantes y paz. Dejaron atrás la avenida Divisadero, se internaron en un sendero que llevaba al mar. Árboles altos oscurecían el paisaje.
—Me parece que estamos perdidos —dijo Carlos al cabo de un rato.
—¿No tenés un plano?
—¡Yo tengo! —dijo Sebastian..
—¿De dónde lo sacaste? —preguntó Luis al verlo sucio de tierra y con olor a rancio.
—Estaba caído en el camino.
—Sos un cochino.
Carlos frunció la cara con repugnancia.
—Gracias a mí tienen mapa, a ustedes ni se les ocurrió traer uno.
A pesar del mapa, no hallaron la playa.
Cansados de dar vueltas, se detuvieron en un claro del bosque. Se miraron con una sonrisa de alivio, habían encontrado una plaza rodeada de casas. Bajaron. El lugar se veía solitario.
— ¿No les parece que las casas son bajas?
La pregunta de Sebastian hizo que observaran con atención el lugar. Era cierto, demasiado bajas.
Ni un pájaro se escuchaba.
Fue entonces cuando unos nubarrones ocultaron el sol. Un aire caliente les dio de pleno en la cara, las camisas sudadas se pegaron a sus cuerpos. El mediodía oscureció.
—Mejor nos vamos —dijo Carlos. Una sensación extraña le cerraba la garganta. Subió al auto y tomó el volante, Luis lo siguió. Sebastian se alejó por una callecita angosta. Algunas gotas de lluvia golpearon en el parabrisas con fuerza.
—¡¡Sebastian!! —llamó Carlos.
Sebastian no aparecía. Esperaron unos minutos y Carlos puso el motor en marcha. Sebastian llegó empapado.
La palidez de su cara los sobresaltó.
—¡¡Apúrate salgamos de aquí!! —dijo mostrando algo.
—¿Qué es eso?
—Es… un hueso humano —respondió tartamudeando.
La lluvia arrasaba con fuerza, el cielo oscureció más aún. Retomaron la calle por la que habían llegado. Minutos después dejó de llover. Un fuerte ruido los sorprendió. Algo había caído en el techo del coche. No podían creer lo que veían.
Un grupo de seres pequeños, se descolgaban de los árboles sobre el camino y los atacaban con violencia, arrojando piedras y palos contra ellos.
—¡Son enanos! —gritó Sebastian asustado.
Aparecían de todos lados. El volante resbalaba de las manos de Carlos, el pelo se le pegaba en la frente por el sudor. El calor era insoportable y el cielo seguía oscuro. Luis muerto de miedo se había convertido en un ovillo pegado el asiento.
—¡Acelera! —grito Sebastian.
Uno de los seres, cayó sobre el capó y el impulso de la caída lo arrojó al camino. El vidrio de la loneta de atrás se astilló. El coche patinaba entre el barro y la arena y los enanos no se detenían. Fueron siendo menos, hasta que al fin los dejaron atrás.
Se fueron perdiendo, hasta ser un grupo enloquecido que agitaba los brazos y gritaban en un idioma que no entendían. Se transformaron en un punto lejano.
Carlos perdió noción del tiempo. Las nubes se fueron disipando, el sol apareció nuevamente.
Iban en silencio, mirando hacía todos lados temerosos de que volvieran aparecer los raros personajes.
Al escuchar nuevamente el canto de los pájaros, comprendieron que habían salido del peligro.
Sobre la calle de tierra, grupos de personas cargando sombrillas y bolsos, caminaban rumbo a la playa, recién ahí, respiraron aliviados.
Habían llegado al centro comercial. Se detuvieron.
Carlos se reclinó en el asiento y respiró hondo, sin bajar del coche, preguntó a Sebastian:
—¿Qué viste cuando te internaste entre las casas?
Elevó el hueso que aún tenía en las manos, y dijo con voz quebrada.
—La callecita daba a un campo cubierto de pozos con huesos humanos, eran muchos, demasiados… —se estremeció—. Esos enanitos… ¡Deben ser carnívoros!
—¿Enanos carnívoros? —Repitió Carlos, con horror.
—No lo sé ni me interesa averiguarlo —Sebastian hizo silencio, luego continuó— no eran enanos, eran gnomos, iguales a esos —dijo señalando un negocio que mostraba en sus vidrieras la figura sonriente de un gnomo. ¡Eran iguales!
—¿Hacemos la denuncia? —preguntó Luis.
Lo miraron con burla.
—¿Qué vas a denunciar, que te corrieron gnomos carnívoros? Van a decir que estábamos borrachos o drogados.
—La prueba es el capó hundido, el hueso y el mapa, el nos llevó hasta ese lugar —exclamó Luis.
Buscaron el mapa.
Había desaparecido. No se sorprendieron.
—Basta. Vamos a tomar algo fresco, me muero de sed —dijo Carlos, tratando de cambiar la cara— está no me la voy a olvidar, y les ruego que no la cuenten a nadie.
—¿Secreto de estado? —preguntó Luis.
—¡Secreto de estado! —repitieron los tres.
Se acercó a ellos un agente policial, quedó mirando el auto y dijo sonriente:
—¿Chicos qué le paso al coche? Parece que le hubiera caído encima un grupo de gnomos pasados de peso.
Lo fulminaron con la mirada, y sin responder se alejaron.



Este cuento nació de una tarde en que verdaderamente encontré un plano, que en vez de llevarnos a recorrer la playa nos hizo perder. Del miedo entre semejante arboleda y algún agregado mío, surgió: Un día de playa.

viernes

El pastor y la Navidad.





El pastor anda y desanda
la tierra reseca
camino de piedra,
cada día igual.
Su casa es una cueva
de sucios colores
que acoge sus huesos
cansados, vencidos
despojo de añadas
que ya no dan más.
Un asno y un buey, buscando reparo
duermen a su lado y le dan calor.
Pastor, de rostro curtido
no tienes ni un nido
para dormitar.
Llora solitario,
lo inhumano del mundo,
su quimera perdida
aún sueña alcanzar.
Le llega la noche,
poblada de estrellas
se duerme abrazado.
a su duro zurrón.

El albor despierta su cansancio viejo
su cueva no es cueva,
¿Qué es lo que ha pasado?
algo ha cambiado
en ese amanecer.
Borraron las sombras, trémulos matices
que llegan del fondo del tiempo
y visten la piedra
de colores nuevos.
El llanto de un niño
le llega cercano,
el frío en su arcano
lo hace estremecer.
¿Quién es esa madre?
Bella y luminosa,
que acuna a su hijo con tanto placer,
sonríe la gracia en sus ojos mansos
él tiende su mano callosa, gastada
cae de rodillas,
no encuentra palabras.
Diáfano es el aire en la casa de Dios.

miércoles

¿Te acordás Ivone?






El pueblo amaneció alborotado. Había muerto Madame Ivone. Entre la pena de sus chicas y la sonrisa maliciosa de las señoras del lugar, la noticia no pasó inadvertida. Muchos se acercaron a la antigua casa, la que llamaban: El rincón florido. Reunidos en la esquina, los curiosos seguían cada movimiento, quién entraba, quién salía.
La velaron en el burdel, rodeada de los lamentos de sus putas queridas. Ivone descansaba entre blancas puntillas, su última sonrisa sin rouge se dibujaba apenas en su cara.
La escena era patética, dos rubias, plenas de carnes y años, se abrazaban llorando desconsoladas. Otras mujeres, rodeaban el cajón acariciando las manos de la muerta. En un rincón, el loco Juan, gemía palabras incomprensibles. Ivone había sido la madre que nunca tuvo. Era una corte de desahuciados, que había perdido a su reina madre.
Inés entró al burdel, se acercó al cajón, las mujeres se corrieron, algunas la reconocieron y la miraron con asombro.
¿Qué hacía la doctora Arrieta en el velatorio de Madame Ivone?
Inés acarició la cara fría, sus dedos siguieron el curso de las arrugas, la línea tan marcada en la frente, le acomodó el pelo.
¿Cuántos años, verdad Ivone? le dijo en voz baja. Los recuerdos se presentaron como en una película: escenas de su vida. Yo era tan joven, ¿te acordás? Vos me cambiaste la vida, me enseñaste a vivir y a amar.


Los lunes, el burdel de la calle Olavarría permanecía cerrado. Todas descansaban. Ese día, Madame Ivone caminaba de un lado a otro del salón, cada tanto sacaba un papel que guardaba en el bolsillo de su bata, lo leía y lo volvía a guardar.
El timbre de la puerta de calle, hizo que mirara el reloj, las cinco, pensó: ¡Que piba puntual!
Abrió la puerta cancel, una mujer, casi adolescente, entró.
—Soy Inés Arrieta —dijo con un hilo de voz.
Ivone, sin hablar, caminó adelante, la otra la seguía. Pasaron a un cuarto pequeño.
Tomaron asiento y sin decir palabra, Ivone le dirigió una mirada que era una pregunta. La joven dijo:
—Estoy aquí… para pedirle… —le costaba hablar— me está pasando algo… estoy embarazada.
Estaba roja y cada tanto se secaba el sudor de la cara con un pañuelo. Ivone le dijo:
—¿Y yo que tengo que ver… qué pretendes de mí?
—Que me ayude.
Se largo a llorar sin poder contenerse.
—¿Vos pensás que esto es una Iglesia, nena?
La joven lloraba con desesperación. Ivone le acarició la cabeza.
—¿Por qué te tengo que ayudar? No te conozco ni se quién sos. Me parece una locura que recurras a mí. ¿Y tus padres, tu familia… no sé,… alguien que se haga cargo de vos y tu crío?
—Mis padres me echaron, mis hermanos mayores están de acuerdo con ellos. Y mi novio me abandono. Usted ayudó a Graciela cuando quedó embarazada, por eso vine.
—Graciela es hija de una de las mujeres del burdel.
—Por favor…
Ivone no podía creer lo que le estaba pasando, daba vueltas en la habitación, se detenía y la miraba, seguía andando. La situación la desbordaba, era una cosa de locos, se preguntó si no sería un sueño.
—Yo puedo trabajar…
—¡Ni se te ocurra, no sos mina de burdel! —le dijo muy seria y con voz de mando— te quedás por hoy, voy pensar el asunto y mañana hablamos.

La mañana se presentó lluviosa, Inés esperaba en el salón. Retorcía en sus manos un pañuelo. La madame entró seria, se sentó frente a ella.
—Te vas quedar. Doña Luisa, la cocinera está vieja, necesita ayuda, esa será tu obligación, luego tendrás que estudiar, si aceptas las condiciones, bien. Sino te vas.
—¡Acepto!




—Y acepté, te acordás Ivone.
El olor de las flores le daba vueltas la cabeza. Le costaba respirar. Inés se aferró al cajón.
—¿Señora quiere un café? —La voz de la rubia le llegó como a través de un túnel.
Le respondió con un gesto. No quería café, sólo quería despedirse de la única mujer que le había enseñado algo en la vida, sin libros, sin profesores ni exámenes ni gritos. Quería despedirse de su amiga, de su amiga Ivone.
A los dieciocho años, tuve por primera vez una mamá, fuiste vos.
Volvió a acariciar la cara blanca. La beso en la frente.
—Que descanses en paz —le dijo entre lágrimas.
Saludo a las chicas que seguían sin entender su presencia en el lugar y salió.

Varias señoras del pueblo, reunidas en la acera de enfrente, la miraron con asombro, intentaron acercarse, ella saludo con un movimiento de cabeza y con gesto soberbio cruzó sin mirarlas.
Debía llegar temprano, su hija viajaba esa noche desde Mendoza, y quería recibirla con una cena especial, para algo era doctora y cocinera.

viernes

Viento travieso.



Sopla enojado,
el céfiro furioso,
mientras bailan en las escaleras 
las hojas, que el otoño
arrancó tempranas.
Se cuela en el museo
abre habitaciones
estruja ventanas
asustando a la dama de organdí
que en su cuadro
no logra dormir.
Las cortinas de damasco
se mueven coquetas
se inflan a su paso
pero el no las mira.
Desde un marco gris,
otra dama elegante
la del vestido oscuro
y el amplio sombrero,
se queja del soplo
que mueve su velo.
La reina de España
en bello tapiz
se agita y pregunta,
quién el grosero,
que quiebra mi paz
y eriza mi pelo.
Alguien cerró las ventanas,
del este y oeste
del norte y del sur.
Las pinturas se aquietan
los personajes
vuelven a su mundo
de paz y quietud.
Tras de los cristales,
el mira burló;
ya verán mañana
les dice sonriente
volaré cual bandera
besaré sus caras
y tras de los oleos
vuestro corazones
gemirán de amor.

jueves

La calesita



La monotonía de un viejo vals acompaña el girar del carrusel. El hombre del saco gris se detiene, se aferra al alambrado y observa a los chicos que disfrutaban felices en sus caballos de madera pintada.
Los mira y añora su infancia.
¡Está tan solo!
De pronto, todo parece detenerse.
Los niños quietos en un gesto, sus bocas abiertas y mudas. El calesitero con su mano en alto sujetando la sortija. Una mujer de piel de jazmín detiene su andar, su pierna en el aire parece bailar un minué.
¿Qué está pasando?
Todos quedan paralizados, hasta el gorrión que cantaba en el aromo de la plaza.
El hombre de saco gris se siente confuso, no comprende que sucede.
¿Será un juego de su imaginación? Se pregunta.
Quiere moverse, no lo consigue. Su cuerpo está rígido como una roca, sólo sus ojos siguen la escena. Reina un silencio que aturde.

Lo ve llegar. Es su hermano que regresa del fondo del tiempo. Tan joven, como lo vio partir una mañana en un viaje sin retorno. Se detiene a su lado envuelto en la niebla del tiempo. Juntos presencian la calesita, la misma que los vio jugar en sus caballos azules y rojos, hace muchos años. Le palmea el hombro, y le susurra al oído: “Te quiero mucho hermano”
Se va. Quiere correr tras él y no puede.
La figura querida se aleja hasta terminar en un punto, al final de la calle.
Recomienza el vals, los niños sonríen, intentando sacar la sortija tan esquiva.
La mujer de piel blanca termina su minué y cruza la calle. La calesita gira, y su musiquita alegra la tarde.
El gorrión canta feliz en el aromo. La vida continúa y el hombre del saco gris se siente un poco menos solo y se aleja pensando que la vida es parecida a la sortija.

viernes

El velorio.




Ofelia caminaba y gemía, las plantas de sus pies se iban abriendo a cada paso. Se secó el sudor de la cara y siguió más lenta en su andar. Faltaban tres cuadras para llegar a la casa del compadre Montero.
—¡Buen día doña Ofelia!
La voz de la carancha resonó en la calle y la saco de sus pensamientos. Siempre andrajosa, la carancha, era la curandera del pueblo. Especialista en curar la pata de cabra y mal de ojo. Su casa era un ir y venir de vecinos enfermos y acongojados. Ella sabía curar con la palabra y a veces hasta con algún tecito.
—Camina despacio ¿Qué le pasa? —pregunto mirándole los pies con curiosidad.
—Me duelen —se saco la alpargata y le mostró las llagas. La otra frunció la cara.
—A la tarde, después del velorio voy para su casa y la curo —siguió andando.
Pasaron la panadera y doña carmen, saludaron y siguieron. Doña Ofelia se iba quedando atrás. Hasta la vieja Deolinda con sus noventa años, cruzó a su lado y se adelantó. Parecía que todos estaban apurados para ir a una fiesta, no a un velorio.
En la esquina como un poste esperando la nada, estaba el José. Tan borracho como siempre. Sin palabras, se saco el sombrero, inclinó la cabeza y volvió a su posición de estaca. Pensar que de joven me arrastraba el ala, se dijo Ofelia, de buena me he salvado. Bah… mi marido no fue una joya, no era bebedor, pero era mujeriego, dicen las vecinas que debe haber dejado hijos guachos por ahí. Que cosas tiene la vida, y conmigo ninguno. Pero era bueno, siempre regresaba a mí lado. Ofelia se conformaba con pensar que regresaba porque la quería., en verdad nunca creyó que dejara mujeres preñadas y se mandará a mudar como contaban las chusmas del pueblo.
Ya el sol daba de pleno con fuerza sobre su cabeza. Ofelia bufaba, el cansancio se le licuaba en el cuerpo. Faltaban dos cuadras.
Vio llegar por la calle del río, a don Soler, el que fuera patrón de su marido. Buen hijo de perra es este también, dijo en voz baja. Él hizo como que no la vio y siguió por la vereda de enfrente. Las veces que lo habré mandado a la mierda, siguió hablando sola. Se me venía al rancho cuando el Gaspar salía a entregar reses al matadero, siempre ofreciendo regalos, previo paso por la cama del señor patrón, claro está.
Ella era leal a su marido, aunque él a veces desaparecía por semanas, a veces meses. Nunca se le cruzó por la cabeza engañarlo. A veces de reojo lo miraba al patrón. Era buen mozo, siempre de punta en blanco. Pero ella no se dejaba tentar. Aunque las escapadas de Gaspar la sumían en la soledad y la carne le reclamaba amor, ella se daba una ducha de agua fría y borraba los malos pensamientos.
El viejo Soler cruzó a su vereda. ¿Y ahora que quiere? Nada. No dijo nada, la miró con ojos libidinosos y adelanto su paso.

La muerte de su compadre la tomó por sorpresa ni sabía que estaba enfermo. Que hombre extraño, pensó, siempre solo, sin hembra al lado, hasta aquella tarde que se apareció en el pueblo con la Jacinta embarazada. Todos nos sorprendimos, ella era tan joven. Jacinta tenía dieciocho y el pasaba con holgura los treinta, aunque aparentaba más.
Era tan parco, siempre evitando a la gente. Su mujer resultó igual, encerrada en su casa, hasta al bebe mezquinaba cuando nació. Los vecinos, todos fuimos a visitarla con alguna chuchería para el crío. Ella agradecía y decía que el chiquito dormía, no lo mostraba.
Cuando el chico cumplió trece años lo mando a la casa de su madre, a la capital, para que estudie y se haga un hombre de bien, así decía. Ahora debe tener unos veinte años.
Sentía la boca salada, menos mal ya faltaba poco.
La casa del compadre estaba de puertas abiertas. Un coro de sollozos y el olor a flores salió a recibirla. Al entrar se apoyo en la puerta, no daba más. Detrás de ella entraron las hermanas del compadre, se santiguaron, entre gemidos y gritos que se notaban fingidos. Ella esbozó un apenas audible: Buenos días y buscó con la mirada a la Jacinta, no la encontró. Se acercó al cajón. Un coro de mujeres rezaba. El humo de los cirios cubría el ambiente con un celaje gris. Se estremeció, había algo en el aire o era ese maldito dolor en sus pies. Se apoyó en la pared, alguien le acercó una silla.
Qué está pasando, se preguntó, todos la miraban a ella. Sus miradas eran diferentes, algunas eran de conmiseración, otras de burla, tuvo ganas de gritarles: ¡Oigan, no es mi marido el que está ahí! ¿Por qué me observan así?
Las velas dejaban caer su cera formando en el piso un charco blanco. Los ojos de Soler la seguían raros, descubrió en ellos una mezcla de ternura y pena.
¡Qué mierda está pasando!
Y de golpe, como si una mano fuerte le hubiera dado vuelta la cara de un sopapo: entendió.
En el marco de la puerta que daba a la cocina, estaba la Jacinta de pie, abrazada a un muchacho de unos veinte años. Tembló, intento ponerse de pie y no lo consiguió. Soler la tomó del brazo, la sostuvo.
Se acercó al joven, sin dejar de mirarlo. No lo podía creer. Era la figura, el porte, la mirada de su Gaspar.

sábado

La gran obra.



Cuando la humanidad quedó estéril, la ilusión se borró de la vida de los hombres.

Con esta frase, puso punto final a su gran obra: Julián Amendola.
El gran escritor contemporáneo de ciencia ficción. Pero todo gran artista suele no ser reconocido en su ambiente.
Los que lo rodean, no lo comprenden. Mientras escribía su obra, fueron sucediendo situaciones ajenas a su mundo de escritor.
Su esposa, furiosa porque no le prestaba atención, preparó sus valijas y lo abandonó.
Su madre cansada de llamarlo constantemente a su celular y encontrarlo apagado, decidió casarse con un joven que prometió cuidarla y amarla hasta el fin de sus días.

Cuando Julián finalizó su libro, y quiso retomar la vida familiar. Surgieron problemas.
No encontraba a su esposa ni a su madre. Sus amigos lo habían abandonado.
Nadie había comprendido la profundidad de sus letras ni su investigación. Su tema era la soledad del hombre. Él no podía inventar, tenía que escribir con fundamento, así que estudio con seriedad e investigó con los mejores referentes en el tema. El tiempo fue pasando sin que él se diera cuenta.

Ahora, el desamparo había venido a instalarse en su casa, se siente enfermo en el silencio, sin teléfono, sin voces queridas. Sus amigos no lo llaman como antes a tomar un café y charlar de bueyes perdidos.
¡Solo, igual a un perro callejero! Así se siente.
Decidió que sería bueno que él tomara la iniciativa. El primero que llamó para invitarlo a comer, fue a García.
Luego de hablar con la hija, su corazón comenzó a golpear como una marimba y cayó sentado en la silla; ¡García había muerto!
Cuando se repuso, llamó José Filiberti, su compañero de toda la vida. Habían estudiado juntos desde la primaria hasta a la universidad. Nadie respondió.
Llamó a Bermúdez, su vecino del cuarto B, acostumbraban a tomar juntos el café de la tarde. Atendió la esposa y le dijo que estaba internado en un geriátrico con demencia senil.
-¿Demencia senil? pero es muy joven- respondió
-Tiene ochenta y nueve años- aclaró la esposa.
Colgó.
¡Ochenta y nueve años!
Pero si teniamos la misma edad –exclamó en voz alta— mientras desde el espejo del living, la cara apergaminada de un anciano desconocido lo miraba.

martes

Villerito






Carita chata, ojos achinados
boquita que jura: ¡Me bua portar bien!
Naciste olvidado, sin cuna, con frío
y una manta vieja que no ofrecía abrigo
te cubrió la piel.
Tu casa es un rancho con piso de tierra
y un techo de chapas que calienta el sol.
Que destino espera
tus sueños chiquitos
con remera vieja
y hambre de ayer.
Un estado ciego se lava las manos
gente indiferente cruza y no te ve.
Pero vas andando, sin saber qué pasa
¿Por qué mamá llora y papá se fue?
Te duele la vida, tus manos vacías
y un mundo apurado que mira sin ver.

Estafadora, estafada.

—Es amable, encantador, creo que Charlie va a ser el amor de mi vida…—Sandra hablaba revoleando los ojos. Laura miró a su amiga, su sonrisa ...