Las
discusiones afloraban ante cualquier tema, la ropa o las zapatillas fuera de lugar,
todo era motivo para las quejas de Renata, y lo peor, era no dejarlo escuchar
su música preferida, le molestaba la ópera, no soportaba a Pavarotti, ni a
Bochelli y sin mediar palabra, apagaba su viejo y querido tocadiscos y él
quedaba mudo de rabia, mudo porque no quería llegar a las discusiones que a
ella le encantaba provocar, y que a él no le hacían bien.
Santiago
abría las ventanas, le encantaba el sol y el aire fresco, Renata las cerraba
por el polvo y el ruido de la calle.
Ella
había cambiado en estos diez años juntos ¿o era él? No lo sabía, pero convivir resultaba
insoportable.
Santiago
le reprochaba ver las jaulas con pájaros, los canarios de todos colores
saltaban de un lado a otro buscando algo que ya habían olvidado que era,
pobrecitos, tan bonitos y no poder volar. Habían discutido ese tema, las aves
enjauladas sufren, pero a ella no le importaba, amaba escucharlos cantar.
¿Sería un canto o un lamento de dolor?
No te
entiendo le decía Santiago, no te gusta Pavarotti y te gusta escuchar el canto
de las aves encerradas…
Ella se
encogía de hombros y se iba.
Todo era
una contrariedad, los altercados se sumaban cada día.
Esa tarde
al llegar de su trabajo, a Santiago le resultó extraño encontrar la casa
cerrada, abrió con su llave.
El papel
sobre la mesa era una hoja de la agenda de Renata, solo decía:
“No te
soporto más, me voy de casa. No me busques ni me llames. Renata”.
Respiró
hondo, no sabía si llorar o reír, un fuego le subió del pecho a la garganta, el
recuerdo de los sueños pasados, las ilusiones todo quedaba enterrado en un
momento, por una decisión, que, aunque era dolorosa, comprendía, era lo mejor. ¿Así
pueden terminar diez años de vida juntos…?
¿Y el
amor, qué pasó con el…?
Se dejó
caer en el sillón del cuarto de estar, la opresión al pecho continuaba. Renata
fue siempre más valiente, él, nunca hubiera sido capaz de dejarla así, sin
aviso y con una carta de pocas palabras, como si lo que habían vivido, bueno o
malo, no le importara... entrecerró los ojos y se quedó dormido.
Despertó
más tranquilo.
Lo
primero que hizo fue abrir las ventanas, respirar el perfume a fresias que
llegaba del jardín, en la vereda de enfrente el vecino cortaba el pasto y cantaba
una canción tan vieja como él.
Se cambió
la ropa de trabajo que todavía llevaba puesta, y la dejó junto a las zapatillas
en la silla de la cocina, se vistió con ropa vieja y cómoda.
Fue al
patio y abrió las jaulas y disfrutó ver las aves sacudir sus alas y volar, al
principio con temor se detuvieron en el limonero, saltaron con vuelos cortos de
rama en rama, al fin las vio alejarse.
Buscó sus
viejos discos de pasta y se dejó caer en el sillón, escuchó “La Boheme” a todo
volumen y pensó que Pavarotti cada día cantaba mejor.

1 comentario:
Esta es una historia muy real. Refleja una situación que se vive en muchas parejas. Has dado en el clavo y lo has expresado muy bien.
Me gustó mucho leerte.
Un abrazo
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