-A veces creo que usted se ríe de
mí.
-Por qué pienso eso.
-Por la forma que me mira cuando
le hablo café mediante.
-Yo sé que soy algo mayor, que un
hombre de cincuenta años no puede pretender que una mujer de treinta se enamore
de él.
-En este momento sus labios están
serios, pero sus ojos ríen, no me diga que no, usted se burla.
-Beba su café, se va a enfriar.
-Como le decía, me enamoré de
usted, sé que está separada, que su esposo la engaño varias veces en tres años
de matrimonio y sé que después de tanto desengaño no cree en el amor, mejor dicho,
no cree en los hombres.
- ¿Qué cómo sé tanto de usted? La
vi y la escuché hablando en este mismo bar con su amiga Rosalía, la que trabaja
en la recepción de la empresa.
-Voy a pedirle otro café, usted
me mira y no habla, ni bebe.
- ¿Está llorando?
-No por favor, no es mi intención
hacerla llorar, solo intento decirle que tome su tiempo, y si mi propuesta de
amor le interesa me responda…
- ¿Por qué llora?
- ¿Soy tan ridículo a sus ojos?
-No la entiendo, primero me
pareció que se burlaba de mí, ahora llora… no sé qué pensar.
-Yo nunca me casé, en un tiempo
tuve una pareja, casi diez años y yo creí que éramos felices, hasta que se fue,
dijo que estaba cansada, que se iba a vivir con una compañera de trabajo… y se
fue…
-Me gusta cuando sonríe, tienen
luz sus ojos cuando lo hace.
-Somos dos desengañados del amor…
tal vez…
--¿Vernos mañana? ¿A qué hora?
Claro que voy a ir. ¿Quiere que lleve el postre…?

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