Hay
momentos que el olvido abre sus puertas y se remonta con imágenes de personas
que pasaron por nuestra vida y ya no están, las perdimos por que partieron a
otro país, a otra ciudad y la comunicación se cortó como un hilo frágil de
algodón, pero quedaron en nosotros sus confidencias, su vida desgranada en los
momentos de tranquilidad que puede producir un trabajo o un café compartido.
Se
llamaba Conce, en esos años rondaba los cuarenta y cinco o cincuenta años,
nunca decía su edad. Me había elegido de confidente. Por tu edad podés ser mi
hija, me decía, y sin embargo sos la única que me entiende y escucha. Es que,
eran interesantes sus confidencias, hablaba despacio, con un dejo español que
había heredado de sus padres madrileños, ella era argentina, sin embargo, esa
forma de hablar era natural en ella.
Todo
comenzó cuando me escuchó susurrar el bolero; “Nosotros”. ¿Lo conoces? Me
preguntó sonriendo. Es parte de mi vida, dijo suspirando y me acompañó cantando
suavecito.
“Por ese
bolero me enamoré —me dijo— lo conocí en esas tardes de viernes que íbamos con
las chicas de la casa de modas a tomar algo al hotel Crillón que estaba sobre
la Av. Santa Fe, en ese entonces se bailaba y él vino a la mesa a invitarme,
era amable y esa música fue lo que selló primero una amistad, luego fue algo
más”.
Quedó
callada, como recordando, luego su voz se hizo más suave:
“Él era
casado, comenzamos con confidencias, así pronto nos dimos cuenta de que éramos
afines en muchas cosas, nos gustaba bailar, leer a Cortazar y los poemas de Alejandra
Pizarnik. Cada viernes, yo iba con el deseo de verlo, entre tantas revelaciones,
me habló de su esposa, enferma psiquiátrica, internada en una clínica y que
esos encuentros de los viernes eran su vía de escape a tantos problemas. Yo me
enamoré. Él no lo sé, pero cada viernes nos encontrábamos, parece una locura,
pero fue real”.
¿Y el bolero
qué tuvo que ver? —pregunté.
“Era
nuestra historia, en esa letra estábamos los dos viviendo un amor destinado al
fracaso, cada viernes lo pedíamos y bailábamos muy abrazados”
Nunca más
habló de ese tema y cuando le pregunté si se habían vuelto a ver, me dijo que
no, que duraron apenas dos años, luego cartas, hasta que ella le pidió que no
le escribiera más, pero cada vez que escuchaba ese bolero la herida volvía a
abrirse. Ella me dijo que dejó de ir al Crillón, cuando volvió tiempo después,
él ya no estaba.
Historias
de vida, personas que pasaron y dejaron su impronta de amores que hoy al
recordar me siguen emocionando.

1 comentario:
María Rosa, este recuerdo que rescatas tiene la delicadeza de lo vivido en voz baja: una mujer que confía, un bolero que abre una historia y la sostiene, y esos viernes en el Crillón donde la música, la lectura compartida y la necesidad de compañía crearon un vínculo tan intenso como imposible. Contás la herida sin dramatismo, con esa ternura tuya que entiende que algunos amores duran poco pero dejan una marca que vuelve cada vez que suena una canción.
Un fuerte abrazo, Mariarosa.
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