Aquella
mañana, la noticia corrió como agua de manantial bajando una montaña. “La Marita,
la mujer del Chelo había desaparecido.”
Todos
comentaban.
Todos
opinaban.
“Seguro
se fue con algún tipo, el Chelo la trataba mal” dijo la vecina de enfrente. “
“¿Mal?
Peor, la mataba a golpes” comentó la viuda de al lado.
Intervino
la policía, investigaron y la sospecha cayó sobre el esposo. Llevaron perros
entrenados a la casa, los canes olfatearon el jardín, el parque y nada
encontraron, el juez detuvo al Chelo y en las investigaciones todo era confuso.
“Salimos
juntos en la mañana – declaró Chelo - ella fue a su trabajo y yo al mío, no
supe nada más de ella.”
Revisaron
las casas de sus amigas, vecinos y familiares. El rastro se perdía al bajar del
tren, entre el gentío de la estación de Retiro…
Las
investigaciones dieron prueba de que el Chelo era diabólico, la golpeaba
estando borracho o sobrio. Las entradas en el hospital fueron el testimonio
principal del mal trato, en los últimos ocho años, el historial que quedó en el
legajo de Marita Martínez eran los mismo; golpes, esguinces, roturas. “Chelo es
una bestia” repetían las vecinas. “Seguro la mató y enterró en algún basural o
bañado”. Chelo quedó detenido varios meses, hasta que su abogado logró su
libertad, al no haber cuerpo, no había crimen.
El tiempo
pasó, la investigación quedó en blanco y nuevas historias fueron suplantando el
caso de Marita Martínez.
La
certeza de todos era que Chelo la había matado, pero nadie sabía cómo, ni
dónde.
Marita
también buscó olvidó. Aquella mañana había tomado un micro, luego otro, viajó
al azar, nada la retenía en su casa, sin hijos, sin amor, su esposo era solo
una mala palabra que le dolía en los huesos, un mal recuerdo que deseaba
olvidar.
Retiró su
dinero del banco, hizo desaparecer su tarjeta de crédito y el celular, dejó atrás todo lo que pudiera ser
motivo de que la encontraran, se cortó el pelo, cambió el color y se vistió
como una abuela; vestido largo, zapatillas y un pequeño bolso. Viajó al sur, llegó
a Rio Negro.
Bajó del
micro en un pueblo del camino, se quedó mirando ese mundo diferente que olía a
menta y yuyo salvaje, el cielo era celeste, recorrió una calle ancha, la
importante del lugar, la gente la miraba y sonreía. Un hombre de a caballo la
saludó tocando el ala de su sombrero, había amabilidad en cada mirada. Llegó a
un hotel simple sin lujos, ni brillo. Se estableció allí, se enamoró de ese
mundo tranquilo, de su río, de su paz. Pronto halló trabajo en la cosecha de
peras, alquiló una casa pequeña, luego fue modista y hasta cocinera.
Pasaron
años.
Marita es
feliz, la nombraron jefa de una casa de comidas, ya no recuerda al Chelo, pero
él, no puede olvidarla, arrepentido, sigue llorando por la pérdida de la única
mujer que amó en su vida.
Hay tipos
así, no saben amar.

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