Mi pueblo es chico,
encallado entre montañas que cambian de color según el día y las ganas que
tenga el sol de asomarse. Hay un río que baja de los deshielos y se
desliza susurrante. Pocos nos animamos a vivir tan alejados del mundo y sin
conocer el verano. Las lluvias se suceden casi a diario, eso le da al verde un
brillo y tonalidad que no existe en otra zona del país, al menos de las que yo
conozco.
Mi pueblo tiene sus historias
y entre las que recuerdo, está la de una mujer; Ingrid.
El inglés apareció en
una mañana de sol, sobre una Harley Davidson, buscaba una casa o habitación
para pasar unos días. Le habían hablado del tamaño de las truchas que se
pescaban en nuestro río y quiso saber si era real la historia, se llamaba
Ángel, nombre que no le cabía a su apariencia de linyera elegante, siempre
vestido de negro y pelo sujeto en una trenza rubia.
La viuda del sargento
Villa, le dio albergue. Ingrid vivía en nuestro pueblo esperando que su esposo regresara.
No sé si estaba loca o trataba de conformarse mintiéndose en una espera infructuosa
que llevaba casi quince años.
La viuda le alquiló una
habitación separada de la casa que en un tiempo había ocupado un hippy que se mudó
al Bolsón.
Ángel acostumbraba a
pescar de día y visitar la taberna de noche, allí nos juntábamos a tomar unas
cañas y a escuchar las noticias que se repartían entre los vecinos y cuando no
había novedades, escuchábamos la radio, otro medio de comunicación no había,
los celulares e Internet aún no habían llegado al pueblo. En el tiempo que él
vivió con nosotros, sus conversaciones ocupaban nuestras noches, salíamos de la
taberna analizando sus relatos y dudando si habían sido reales. Había un
misterio en el inglés, algo que no sabíamos precisar, que emanaba de su lenta
forma de hablar, su acento que no parecía el de su tierra, o era su forma de
decir; dando a cada palabra un sentido e importancia que nos dejaba mudos. Nunca
discutía y sus comentarios tenían una sabiduría que no congeniaba con su
apariencia extraña.
No recuerdo a quién se
le ocurrió la idea, creo que fue al chileno Miranda, que dijo;
–Ángel podría
acomodarse con Ingrid, hace tanto que está sola, que bien le vendría un hombre
a su lado. Ángel no respondió, se quedó masticando la oferta, bajó de un trago
su vaso de caña y saludó agitando la mano al salir.
Varias veces al pasar
por la casa de la viuda, observé que el motoquero o estaba hablando con ella en
la puerta o estaba arreglando algún detalle de la casa.
Una noche en la taberna
me acerqué a la mesa en que cenaba Ángel.
–¿Y cómo va su relación
con la viuda?
–No hay ninguna
relación, simplemente hablamos y trato de ayudarla en lo que puedo, esa mujer sigue
enamorada de su esposo y le dije que presiento que pronto va a regresar.
–No le haga hacerse
ilusiones, el sargento murió en Puerto Argentino, se lo dijo por carta un
compañero de armas.
–Uno nunca sabe, en mi
país muchos regresaron después de varios años de terminada la guerra de
Malvinas.
–Pero quince años…¿le
parece posible?
–Todo es posible.
Lo dijo de una forma
tan misteriosa que me dejó intrigado.
Había terminado de
cenar, se puso de pie y como era su costumbre se despidió sin palabras, sólo
agitando la mano como un aleteo.
El motoquero se fue una
mañana, pasó por la casa de cada uno, nos dio un abrazo y nos deseó buena
suerte. Lo acompañé hasta la ruta, hablábamos de Buenos Aires y de los días que
le llevaría llegar. Al despedirse me dijo;
–Dele mis saludos al
sargento Villa.
Y se fue sin esperar mi
respuesta.
Un mes después llegó una
carta para Ingrid. Era de un Instituto psiquiátrico de la ciudad de Rosario y
decía que allí habían alojado durante varios años a un soldado de Malvinas que
apareció en Rio gallegos, fue reconocido por su uniforme, sus manos quemadas no
permitían identificarlo, no llevaba documentos y sufría de amnesia. El muchacho
paso por varios hospitales, hasta que al fin llegó a Rosario. Allí se recobró
psíquicamente, pero nunca recobró la memoria, hasta hoy. Dice llamarse Lucas
Villa y ser esposo de Ingrid Salomone y vivir en el Valle de las garzas.
Actualmente se aloja en mi casa, soy el doctor Anibal Lindman. Comuníquese
conmigo
al teléfono…. y la dirección….
Y la carta seguía con
más explicaciones.
Dos vecinos del valle
acompañamos a Ingrid a la ciudad de Rosario. Y era nomas el sargento Villa,
canoso, con anteojos, pero el mismo. Nuestras lágrimas fueron un río emocionado
al verlos abrazarse apasionadamente. En ese momento la imagen de Ángel y su
sonrisa picara al despedirse, cruzó por mí mente y no puedo evitar que hasta
hoy al recordar la historia me siga preguntando; si había pasado un ángel por
nuestro pueblo.

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