Duermen
los gorriones a la hora de la siesta, todo el jardín enmudece con ellos.
Hace
calor, pero en mi corazón reina el frío desde aquella mañana en que te alejaste
buscando una utopía. Fue mejor así, tus palabras eran de cristal, traslucían
tus engaños y ya nada nos unía, ni el deseo, que se fue perdiendo abrazado al
silencio y a la orfandad del amor, la mentira fue ahuecando la ilusión que un
día nos unió.
Me
hundo en mi sillón y evito pensar; frente a mí, tu madre cose e hilvana un ilusorio
vestido entre un revoltijo de trapos que intentan parecerse a la seda, es lo único
que me ha quedado de vos, la pobre es un manojito de suspiros que nada entiende
y me mira con sus ojos acuosos esperando que le diga algo y yo no sé qué decirle,
le sonrió y ella suspira. Ante cada sonido que llega de la calle, levanta los
ojos y mira hacia la puerta, espera y al ver que nada sucede; continúa
cosiendo. Ella no pierde la esperanza de verte regresar, observa una imagen
religiosa que está sobre un mueble, mueve los labios en un rezo mudo y regresa
a la aguja y al dedal.
El
claroscuro del atardecer avanza entre los rosales y dibuja reflejos sobre el
piso de largas maderas opacas. Una sombra, quizá una cortina, se desliza por el
comedor y mueve el aire, debe ser el aliento del verano que deambula por los
rincones.
Ya
es hora de cenar; pero no tengo hambre,
sólo sed y en mi vaso, el vino juega con las notas musicales de un saxo lejano.
Tu madre sigue cosiendo el mismo vestido que intenta parecerse a la seda y ya
está húmedo de sal.

No hay comentarios:
Publicar un comentario