El tren
fue aminorando la marcha, entró en la estación y pude leer; Los Trigales, era
mi lugar de llegada. Cargué la mochila y descendí.
Quedé en
el andén mirando el tren que como un gusano ondeante se fue perdiendo en la
distancia, viento, polvo y algunos plumerillos fueron mi compañía, hacía calor,
miré a un lado y a otro, la soledad era total, la tía Calixta se había olvidado
de venir a buscarme. Caminé unos metros y solo campo seco rodeaba la estación,
algunos eucaliptus altos y de generoso follaje, ofrecían sombra al bajar del
andén, fui hasta ellos y en un tronco caído me senté. El cansancio y el hambre
me pusieron de mal humor.
La tía
Calixta no aparecía y yo no sabía para donde arrancar, una hora después, una
polvareda a lo lejos me avisaba que alguien se acercaba. Un coche, un Fiat 1500
de la década del 60, cubierto de polvo, pero fuerte para andar en semejante
ruta de tierra se detuvo a mi lado. Era Calixta. De un salto bajó y sin que
pudiera reponerme de la sorpresa, me abrazó riendo a carcajadas.
Durante el viaje mi imaginación volaba,
creyendo que un rancho de adobe me estaría esperando, no fue así, una casa de
apariencia agradable, de paredes blancas, apareció encallada en medio del
campo.
Atardecía,
el frescor de la vivienda y mi cansancio, lograron que después de una cena
liviana, me quedara dormida en un sillón. Amanecí cubierta con una manta suave
y abrigada.
La tía
dormía, recorrí la casa, un extraño ambiente flotaba en el aire, me di cuenta
que poco y nada sabía de Calixta, mi padre, nunca hablaba de ella y para mí,
resultaba una desconocida. ¿Por qué me había invitado a su casa? Mirando
cuadros con fotos del paisaje que nos rodeaba, me recorrió la sensación de
haber llegado a un lugar lleno de preguntas y misterio.
Días
después, llamó mi atención una araucaria, rodeada de una reja formando un
cuadrado perfecto, los demás árboles no tenían ese resguardo, le pregunté el
motivo:
-Tiempo
al tiempo – fue su respuesta.
Nada más.
Demasiado secreto rodeaba la vida de Calixta, por las noches la casa se
estremecía, cuando le preguntaba el motivo, su respuesta era ambigua, respondía
que era una zona con fallas geológicas, eso producía movimientos de tierra. Una
noche comenzó el movimiento y varios cuadros cayeron al suelo, luego todo fue
paz, pero no pude dormir, ella nunca me daba una explicación lógica a mis
insistentes preguntas.
Una
mañana en que la lluvia se desató con fuerza y nos obligó a quedarnos en la
casa, sin televisión, ni internet, mi teléfono mudo de nada servía en ese contexto,
aburrida, intenté buscar un libro en su biblioteca, pero nada atrajo mi
atención.
Viendo mi
cara que delataba fastidio, la tía se sentó en una silla de la cocina, apoyó
los brazos sobre la mesa, me invitó con un café y comenzó a contarme su vida:
-Tu padre
nunca perdonó que me haya casado con un extranjero – me dijo- no sabíamos de
dónde venía y no conocía su origen.
- ¿Cómo
que no conocías su origen, no tenía documentos?
-No.
-bajó la cabeza en silencio.
-Pero…
pudo ser un asesino, escapando de algún grave problema en su país.
-Diste en
el clavo -dijo con tranquilidad y mirándome burlona, pero en el fondo de sus
ojos una tristeza enorme la mostraba diferente.
- ¿Qué querés
decir? -pregunté.
Se removió
en su silla, afuera la tormenta había calmado, solo el viento seguía como un
lamento golpeando las ventanas, la tía intentó sonreír, pero no pudo, solo
dijo:
-Era un
asesino, Jael era su nombre, escapó de un país de medio oriente y llegó acá en
algún barco de carga, polizonte o esclavo, no sé, pero llegó.
-¿De qué
forma te conectaste con semejante personaje?
Ella se
encogió de hombros, sonrió con tristeza y dijo:
-Me
gustaba participar en ciertas reuniones políticas, me creía inteligente, él me
resultó atractivo, hablaba un español raro y me pareció que sería importante
ayudarlo a conocer mejor el idioma y así comenzamos.
-¿Cómo te
enteraste que era un asesino?
-Él intentó
matarme varias veces… pero yo lo maté a él.
Su voz
era fría, pausada, tranquila, como si rezara una oración.
-En una
discusión de las muchas que tuvimos, Jael sacó su cuchillo, siempre lo llevaba
en la cintura, intentó atacarme -Calixta se levantó la camisa y me mostro las
marcas en el costado de su cuerpo, en la espalda, en el muslo…-esa noche él estaba
fuera de si, como siempre que algo lo contradecía.
Mientras
hablaba, la tía comenzó a transpirar, su respiración era entrecortada, creí que
iba a perder el conocimiento, pero continúo diciendo:
-Era un
ser endemoniado, Jael no era normal, había jurado que me mataría antes de fin
de año, se quedaría con todo mi dinero, tu padre me dio parte de la herencia
familiar, con ella, compré esta casa lo demás lo guardé en un lugar secreto.
Calixta
quedó en silencio, se puso de pie y comenzó a dar vueltas por la cocina, se
sentó nuevamente y noté su respiración entrecortada y su cara estaba roja.
-No sigas
-le dije- en otro momento me terminas de contar, tengo miedo que te de un
ataque.
-Sobreviví
a esa fiera -exclamó- nada me va a pasar, debo contarte toda la verdad, estoy
enferma, tengo poco tiempo de vida y ahora es tiempo de que sepas cuál es tu
misión. Jael esta enterrado en el patio, yo misma cave la fosa, a los que
preguntaban por él, les decía que estaba en Entre Ríos por tramites, pronto se
olvidaron y se corrió la voz que me había abandonado por otra mujer, yo
guardaba silencio.
Calixta
fue hasta un mueble, sacó una botella de vino tinto y sirvió dos vasos, le
agradecí, me estaba haciendo falta algo fuerte.
-Creo que
Jael era un ser poseído – dijo con voz temblorosa-
-¿Poseído
por quién?
-Por
fuerzas oscuras, era pura maldad, así que es necesario que cuando yo muera, debes
dejar mi cuerpo en mi habitación y prender fuego a esta casa, con cuidado, no
debe quedar nada en pie… ¿entendido?
La
escuchaba con terror, miedo y sin entender del todo sus palabras.
-¿Por qué
el fuego?-pregunté.
-Es la
única forma de purificar, de quitar tanta maldad, algo de Jael sigue habitando
en la casa, él está enterrado bajo la araucaria, que es un árbol sagrado y la
reja es el símbolo de su cárcel, de ahí no puede escapar, los temblores de la
tierra bajo la casa son la prueba de que algo o alguien sigue aquí.
Toda su
explicación me resultaba parte de una novela de Alan Poe. Tenía ganas de salir corriendo, por mis venas
corría una sensación extraña de no saber si estaba frente a una loca o toda su
historia era real. Me quedé, algo vi en sus ojos que me hizo creerle aún sin
entenderla.
Semanas
después y según me había dicho, ella murió, se sintió mal, se acostó y sin una
queja; expiró. Su corazón ya no daba más ella lo sabía y por eso me había
llamado.
Cumplí
con su pedido, el fuego dominó la casa con llamas altas que chispeaban en la
oscuridad de la noche, pero antes resguarde el Fiat 1500, sería la única forma
de regresar al mundo casi normal, luego me senté en la tierra mirando el
espectáculo que duro varias horas, a dos kilómetros estaba el pueblo más
cercano y extrañamente nadie se acercó, mirando el espectáculo me quedé dormida
sobre la tierra.
Al
despertar, el sol estaba alto, me dolía todo el cuerpo, era bien avanzada la
mañana, me acerqué y para mi sorpresa, encontré la tierra limpia sin rastros de
madera quemada ni hollín, solo se mantenía en pie el árbol sagrado de araucaria
y la reja que lo contenía, como fiel testigo de lo acontecido.
¿Qué
había sucedido?
Nada
quedaba que diera fe de la casa y su habitante, nada de su mundo, su
sufrimiento o su locura, en un momento dudé que lo vivido fue real, pero allí
estaba el árbol sagrado, de pie, custodiando que la maldad no volviera a la
vida y el viejo auto que lentamente pero seguro me devolvería a la
civilización. Mientras trataba de escapar de ese pueblo y sus demonios, busqué
en el coche un mapa, lo encontré y al fondo de la guantera hallé un sobre de
papel madera con lo que seguramente la tía había dicho era su tesoro. Un fajo
de dólares y una carta, en ella, me decía:
“Querida
sobrina:
Imagino
que si estás leyendo esta carta, ya saliste del pueblo y que como mujer
inteligente resguardaste el Fiat del fuego, perdón por haberte dejado semejante
tarea, eras la única que podría cumplirla, gracias.” Calixta.
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