No sé si los que leen esta
historia la van a creer, ya que también a mí se me hace difícil de entender.
Todo comenzó un sábado,
visitábamos con mi amiga Elvira, el Museo de Arte decorativo, mientras la guía
nos conducía por los diferentes salones, yo me detuve frente a un cuadro que
llamó mi atención por la realidad que expresaba. El autor Jan Griffier. La
escena un grupo de personas caminando en una ciudad cubierta de hielo con un
cielo oscuro que amenazaba tormenta, quedé abstraída mirando, la sensación que
me invadió en ese momento fue de estar allí, patinando junto a esos niños y
adultos a los que el frío no parecía afectarlos y disfrutaban de un día normal
de paseo.
El río, estaba
congelado, los árboles que rodeaban el paisaje eran fantasmas que extendían sus
brazos al cielo. Toda la escena impresionaba por su realidad, los niños
jugando, los mayores deslizándose por la piel del rio convertida en pista de
patinaje y otros caminando y disfrutando el momento.
De pronto me vi allí, bajé la
escalinata y comencé a deslizarme sobre el hielo con la mayor naturalidad, sin
temor, nadie me prestaba atención, cada uno estaba en su mundo disfrutando y yo
respiraba hondo tratando que el frío no me afectara. Me acerqué a un grupo de
niños uno de ellos me tomó de la mano y me hizo girar, perdí estabilidad, caí
sentada y resbalé sobre el hielo entre mi risa y la del pequeño.
Algo me arrancó de mi momento
feliz.
Una voz; Señora, no se aleje del
grupo por favor. Era la guía del museo que desde una puerta me hacía señas. Tarde
unos minutos en volver a la realidad. ¿Qué me había sucedido?
¿Había dejado volar mi
imaginación a tal punto que me eleve a otro lugar?
¿O fue solo una ilusión?
No lo supe a ciencia cierta, me alejé
unos pasos, volví a mirar la pintura, y ya no era un cuadro, era una realidad,
había estado allí, estaba segura, pero ¿quién me iba a creer, si yo misma
dudaba?
Mientras abandonaba el salón y
las dudas me asaltaban creyendo que lo vivido había sido un delirio, sentí el
frío húmedo de mi vestido en mi espalda, en mis piernas, la caída en el hielo
había sido real, me convencí que no fue una alucinación, pero tampoco pude
darle nombre a lo vivido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario