No sé si los que leen esta
historia la van a creer, ya que también a mí se me hace difícil de entender.
Todo comenzó un sábado,
visitábamos con mi amiga Elvira, el Museo de Arte decorativo, mientras la guía
nos conducía por los diferentes salones, yo me detuve frente a un cuadro que
llamó mi atención por la realidad que expresaba. El autor Jan Griffier. La
escena un grupo de personas caminando en una ciudad cubierta de hielo con un
cielo oscuro que amenazaba tormenta, quedé abstraída mirando, la sensación que
me invadió en ese momento fue de estar allí, patinando junto a esos niños y
adultos a los que el frío no parecía afectarlos y disfrutaban de un día normal
de paseo.
El río, estaba
congelado, los árboles que rodeaban el paisaje eran fantasmas que extendían sus
brazos al cielo. Toda la escena impresionaba por su realidad, los niños
jugando, los mayores deslizándose por la piel del rio convertida en pista de
patinaje y otros caminando y disfrutando el momento.
De pronto me vi allí, bajé la
escalinata y comencé a deslizarme sobre el hielo con la mayor naturalidad, sin
temor, nadie me prestaba atención, cada uno estaba en su mundo disfrutando y yo
respiraba hondo tratando que el frío no me afectara. Me acerqué a un grupo de
niños uno de ellos me tomó de la mano y me hizo girar, perdí estabilidad, caí
sentada y resbalé sobre el hielo entre mi risa y la del pequeño.
Algo me arrancó de mi momento
feliz.
Fue una voz;
-Señora, no se aleje del grupo por favor.
Era la guía del museo que desde una puerta me hacía señas. Tarde
unos minutos en volver a la realidad. ¿Qué me había sucedido?
¿Había dejado volar mi
imaginación a tal punto que me eleve a otro lugar?
¿O fue solo una ilusión?
No lo supe a ciencia cierta, me alejé
unos pasos, volví a mirar la pintura, y ya no era un cuadro, era una realidad,
había estado allí, estaba segura, pero ¿quién me iba a creer, si yo misma
dudaba?
Mientras abandonaba el salón y
las dudas me asaltaban creyendo que lo vivido había sido un delirio, sentí el
frío húmedo de mi vestido en mi espalda, en mis piernas, la caída en el hielo
había sido real, me convencí que no fue una alucinación, pero tampoco pude
darle nombre a lo vivido.

14 comentarios:
María Rosa, tu relato tiene esa capacidad tuya de convertir una escena en una experiencia sensorial completa. En La pintura no solo describís un cuadro: lo habitás. La manera en que pasás de la contemplación a la vivencia —esa escalinata, el hielo, los niños, la caída, la risa— está narrada con una naturalidad que hace que el lector también cruce ese umbral. Y cuando la guía te llama y volvés al museo, dejás abierta la pregunta justa: ¿ilusión, imaginación o un instante real que no admite explicación? El detalle final del vestido húmedo es tu mejor golpe narrativo, el que confirma que lo vivido no fue solo un pensamiento.
Un fuerte abrazo, María Rosa.
Una historia entre la realidad y el sueño, que nos acerca a otra dimensión...La mente es mágica y cuando nos centramos en una imagen, sin darnos cuenta la sentimos y la vivimos, como le pasó a la protagonista de tu historia...Lo contaste con gran maestría y nos deja una duda, que es pregunta y trremenda curiosidad, porque dentro de nuestra realidad pueden darse otras dimensiones, que no las vemos, pero ahí están...Muy bueno, amiga escritora.
Mi abrazo entrañable.
Me gusto el relato. Te mando un beso.
Hay cosas inexplicables que seguro a veces nos sorprende
imaginación y realidad se unen para hacer un relato muy singular
en este tiempo de frío, aquí se observa la nieva desde las montañas.
Un abrazo.
Hola mi generosa amiga, gracias por la mencion! muy misterioso y hermoso tu relato; me atrapo esa idea de que una pintura pueda abrir una puerta hacia otro tiempo y otro lugar. Me identifico con esa sensacion. El final es buenisimo, todo fue imaginacion... o por un instante, el arte hizo un pequeño milagro..? me encanto 🎨❄️✨ Bacione.
Esas cosas que pasan en los museos y son difíciles de explicar. Por suerte, siempre te queda algo para confirmar que lo vivido es cierto, aunque para no meternos en líos lo callamos. Pero ir con la parte trasera mojada se ve mucho. ;)
Saludos.
Un relato muy original. Un beso
Los museos tienen esa magia donde el soñar y la realidad se transforman en fantasías, y puede suceder todo.
Un precioso relato.
Besotes y muy feliz jueves.
Magistral texto. Todo me lleva a suponer que la protagonista ha imaginado lo sucedido debido a la motivación que le brindó esa pintura que tanto le ha fascinado.
Todo bien hasta que llega el punto final de tu relato...¡las ropas mojadas!
¡Excelente!
Va mi abrazo ¡buen fin de semana!
A veces una obra de arte te hace sentir unas sensaciones tan intensas que parece que estás metida dentro de la obra. El relato es magnífico y el giro final es genial.
Un abrazo
Excelente relato donde la realidad y la fantasía van de la mano. Un abrazo
ESte relato me llevó a una de las películas del japonés Kurosawa, que tenía tres historias. Entre ellas, la que se acerca a tu cuento, de un tipo que entra a un museo y se queda mirando un campo de girasoles, con una casa al fondo. ES tanta la fascinación por ese espacio de girasoles, de parte de este espectador, que se adentra en el cuadro y se desplaza entre la magia de los dorados girasoles Van Gohnianos. Un abrazo. Carlos
Amiga, está muy bien redactado pero lo que está excelente es el sentido que le diste. Porque creo que nos estás diciendo que, más allá de la aventura con misterio, una obra de arte puede absorbernos a tal punto que es posible se disuelva lo real y el límite con lo fantástico sea muy fino.
Nos diste un momento en que la obra en vez de ser una representación se convierte en experiencia.
Muy imaginativo, felicito.
Un abrazo.
Hola guapa.
Estoy segura que si mirabas fijamente el cuadro, te ibas a encontrar allí dentro.
Aún después de irte tu imagen quedo grabada allí para la posteridad.
Un beso
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