jueves

La chica del subte B


 

La chica del subte B

La pequeña tenía unos diez u once años, subía al subte B en la estación Medrano, sonreía con carita angelical vendiendo ramitos de flores, todos los días entonaba su cantito: “Flores, florcitas, para las chicas bonitas”. Era simpática, miraba a todos y seguía…

Un día al llegar a Malabia, no llevaba ramitos de flores, seguramente las había vendido, se sentó a mi lado y comenzó a hablar, tenía en los ojos y en la voz, la viveza de los chicos de la calle, que parecen no tener miedo a nada. Cada tanto se recostaba a mi lado como si estuviera cansada, me dijo que su mamá cosía ropa para los negocios de la calle Avellaneda, que sus dos hermanitos eran pequeños y llorones, y de cómo les costaba pagar el alquiler de la pieza en que vivián, no paraba de hablar, las palabras salían de su boca como mariposas abriéndose en primavera hasta que llegamos a la estación Echeverría, allí bajó.

Al llegar a Rosas, bajé, salí a la calle y fui a comprar unas golosinas, allí me di cuenta; no tenía la billetera que guardaba en el bolsillo de mi abrigo, primero me dio rabia, luego sonreí, la muy picara se recostaba con los vaivenes del vagón para sacarme la billetera, se llevó algo de dinero, no era mucho y rápidamente con el celular di de baja la tarjeta de débito, fue justo a tiempo, un rato más y hubiera vaciado mi cuenta.  

No la vi más en el subte B, pero la casualidad nos volvió a encontrar meses después, fue un domingo, necesitaba unos recibos, me acerqué hasta mi negocio, me reconoció, fui hasta ella; intentó bajar, la tomé del brazo y le dije:

—Es muy bueno que ayudes a tu mamá vendiendo flores, pero robar es muy feo, a tu mamá no le gustaría.

Se encogió de hombros y me respondió:

—Ella está presa, no se va a enterar.

Se abrieron las puertas del vagón y se alejó corriendo.

 


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