Al salir
de la ruta el paisaje cambia, ni un trecho verde que diera al campo un toqué de
color. Lo que antiguamente era un prodigio de maizales hoy no existe.
Seguramente
que el viejo cansado y con tantos años, no le interesa hacer producir la
tierra.
Pampa y
cielo. En las nubes, manchas oscuras anuncian que pronto se romperán en una
lluvia de verano, y que el sendero será un lodazal. Las quebraduras de la
tierra demuestran que es una zona muy poco transitada.
Llegó a
la estancia.
De pie en
la galería, él estaba esperándola. Tan alto como soberbio, levantó la cabeza
para mirarla desde su montaña de orgullo. El sombrero en la mano, un pañuelo de
seda al cuello y la mirada torva, le dio a entender que no se alegraba de
verla. No le importó, había terminado el tiempo en que esa mirada la hacía
temblar.
—Mira vos
quien ha llegado —dijo el viejo con un gesto ambiguo de su mano— ¿Así que venís
a tomar posesión de “La Lomada”?
—¿Hay
algún problema? —dijo y lo miró directo a los ojos demostrándole seguridad,
aunque en el fondo temblaba como una paloma.
—¡Sos una
hija de mala madre!
—Esa
madre durante años le gustó, usted le prometió matrimonio y llegado el momento
se casó con una señora de la ciudad ¿y para qué? Para quedarse solo y sin hijos
¿Para quién trabajó tanto? Para el estado…
—¡Estaba
cansado de tu madre! —exclamó con rabia.
—Ella lo
amaba —y al decirlo pasaron por su mente las noches en que la veía llorar,
esperando confiada, hechos homogéneos, noches iguales que quedaron grabados en
su memoria.
—¿Cómo se
le podía ocurrir que me iba a casar con ella? ¡Una china cualquiera!
—Usted
prometió y ella lo amaba.
—Sos
igual que ella. Me dejas en la calle de pura envidia.
Ella no
pudo contener la sonrisa.
—Usted no
queda en la calle, tiene dos estancias más, así que por favor; ¡Retírese de mi
propiedad, es mi herencia, ya los jueces dieron su veredicto!
Él se
calzó el sombrero negro, igual al que tantas veces, vio, sobre la mesa de la
cocina en la humilde casa de su infancia, el viejo subió a su camioneta y se
perdió por el mismo camino por el que ella había llegado.
Lo miró
con pena, hubiera querido ser menos dura, no pudo.
Adiós
papá, dijo por lo bajo, que Dios lo bendiga y a mí no me desampare.

3 comentarios:
Que buena historia de amor y reconres, la vida misma.
Me encantó leerte, es como haber visto la escena dura , pero necesaria.
Besos 😘😘
Una historia dura y dolorosa, sin duda...La hija había sido testigo de la tristeza de su madre y ahora, en cierto modo, la vengaba de esa espera...Lo cuentas directa y sencillamente, con tu maestría habitual, María Rosa.
Mi abrazo entrañable y feliz día del libro.
Mariarosa, este cuento tiene una fuerza serena que cala hondo. La manera en que narras el reencuentro, la herida antigua y la dignidad de la hija construye una escena que se siente verdadera, casi palpable. Qué placer ver cómo sostienes la tensión sin estridencias, dejando que el paisaje, la memoria y el dolor hagan su trabajo en silencio. Es una historia dura, pero escrita con una claridad que conmueve.
Un fuerte abrazo, Mariarosa.
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