Me alegró
volver a verte y descubrir la emoción que brilló en tus ojos.
Se
reavivaron las migajas de ternura que habían quedado dormidas en algún rincón
de nuestra memoria. Y fuimos repasando aquellos días, sin ver que la tarde
agonizaba en las calles y mi té y tu café estaban helados, nuestras manos, se
unían tratando aferrar el ayer perdido.
De
pronto, despertamos a la realidad, justo para darnos cuenta de que los dos
habíamos cambiado, nuestra vida era diferente y en ella, los
sueños blandos de nuestra juventud no cabían. ¿No cabían…?
Nos
despedimos con un beso profundo, nos costaba separarnos. Al fin me besaste las
manos y me dijiste un adiós ronco, sin fuerzas. Caminé unos pasos y al
volverme a saludarte, seguías de pie, mirándome con una angustia que me congeló
el alma y despertó en mí una pequeña esperanza y no sé qué me sucedió, volví
sobre mis pasos y olvidando todo lo que habíamos dicho, llegué a tu lado y nos
abrazamos, habíamos perdido años, por miedo, por inseguridad, era tiempo de
arriesgar y comprobar hasta donde éramos capaces de renovar nuestro amor.

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