Qué habrá sido de aquellas
tardes en que la lluvia aburría mis sentidos en este mismo patio, al que el
agua, dejaba brillante cual espejo, y donde la higuera se reflejaba, poblada de
hojas enormes escondiendo la miel roja del fruto abierto.
Regresan
imágenes que no he llamado, me acompañan y la sonrisa se renueva entre las
deshiladas gotas que lavan las baldosas que ya no son las mismas, ni yo soy
igual.
Dicen
que desde el pasado, los duendes nos llaman y cuando están aburridos juegan
con nosotros, nos convierten en piezas en un tablero de ajedrez y buscan en un
jaque mate hacernos llorar y perder la partida.
Dicen
que dicen, o son mentiras que la imaginación de algún loco soñó, tras una noche
de alcohol y mala yerba, y que alguien me contó.
Pero
algo sucede en tardes de lluvia, mientras las pesadas hojas que dejó el otoño
se van fundiendo entre el césped y la tierra, acunadas por la armonía que las
chispas hilvanan en el pentagrama de la tarde, algo sucede, llegan voces que
cuentan historias, vidas ajenas que quedaron escritas con tinta invisible en
las viejas paredes de la casa, casa que según me contaron levantó mi bisabuelo
al llegar de Italia. Había dejado atrás su ciudad: Verona y una historia
difícil. Él era un pobre trabajador, enamorado de una niña rica, que, en su
locura de amor, dejó todo y se embarcó con él, rumbo a un país desconocido y
lejano del hemisferio sur. Atrás se cerraron todas las puertas y aquí hubieron
de comenzar de cero. La tierra nueva fue generosa con ellos, les regaló
trabajo, hijos y amor, que los acompañaron hasta sus últimos días.
Los
duendes saben y cuentan esas leyendas que fueron pasando de padres a hijos, se
escudan en la lluvia y el sonido de las gotas les da resonancia musical.
Mi
madre me contaba que los duendes no existen, que esas voces que se escuchan y
las pequeñas luces que circulan por el patio cuando llueve, son los fantasmas
de la casa, ellos siguen aquí, nos acompañan, nos protegen, no se dan por
vencidos ante la realidad.
Y
como decía Borges: “Ajedrez misterioso es la vida, cuyo tablero y cuyas piezas
cambian como en un sueño y sobre el cual me inclinaré después de haber muerto”.
3 comentarios:
Serán duende o fantasmas, algo hay de misterio en esas luces, y esa vocecita que alguna vez oímos dentro oído, y las cosas que nos esconden y aparecen en otros lugares, quien sea no lo sé, pero segura que alguien es. Un besote, y muy bien hecho de volverle a traer.
Cerrar los ojos ante la lluvia, tras los cristales, y evocar el "ajedrez" de Borges...Gracias.
Un abrazo.
Me gusto mucho tu relato y me encantó la frase de Borges. Te mando un beso.
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