miércoles

El Adiós.


Ilustración de Fabian Perez. "La música, la soledad y el silencio".




 "Hay hechos de vida con los que no se puede escribir un cuento. Se pueden relatar tal cual sucedieron, cambiando nombres solamente. "El adiós" es uno de ellos, lo viví muy de cerca con un buen amigo".


El adiós.


                                                  
La familia y los amigos, arrojaban flores sobre la tierra recién removida, la vi llegar a Laura, tan rubia y tan bonita como siempre.
Fue una muerte inesperada, dijo uno de los vecinos  de Carlos al verla, los demás asintieron y yo pensé; “¿Inesperada? ¡Cómo pueden opinar  así!”
Que sabían ellos de sus noches en vela, de su falta de apetito, que algunos tratábamos de palear con invitaciones a almorzar o cenar. No escucharon el llanto de sus hijos al sentirse tan solos y que él intentaba calmar y terminaban llorando juntos. La vida lo encerró en una cárcel invisible de la que no pudo salir.
Algunos decían: “Fue el corazón.” Otros argumentaban que fue “Algo al cerebro.” Todos juzgaban su vida desordenada, ninguno sabía la verdad, ni los médicos o la sabían a medias.
Me fui. Un tumulto en mi pecho me obligó a salir del grupo, habrán sido las voces que se elevaban en un discurso estúpido o el aroma de las flores, no sé, sólo quise escapar de allí.  Mientras caminaba despacio, las piernas me pesaban, y una voz conocida me cantaba en el oído: “No es que este arrepentido de haberte querido tanto, lo que me apena es tu olvido y tu traición me sume  en amargo llanto.”
Subí a mi coche y me alejé. La Panamericana ya era una caravana de vehículos con choferes apurados por llegar quién sabe adónde.
Laura lo había abandonado hacía siete años, años en que Carlos vivió mal y esperando que ella regresara. ¡Cuánto  la amaba, Dios mío!
Cuando se conocieron ella tenía veinte  y Carlos cuarenta, demasiada diferencia de edad, pero a ninguno de los dos le importó. Se casaron. Llegaron los hijos, y la vida y el amor parecían sonreírles.
Los años no pasan en vano, algo en la pareja se fue gastando, la economía comenzó a flaquear, las discusiones crecieron y la pasión de ella se fue convirtiendo en hielo. Carlos no lograba hacerla entender que los problemas en una pareja se pueden solucionar con amor y buena voluntad. Una mañana, Laura dijo:
—Me voy.
De nada sirvieron las palabras de cariño, las promesas, el amor gritado entre lágrimas, suplicado de rodillas. Laura se fue.
Desde ese día, la angustia se fue metiendo en el cuerpo de Carlos, y malgastando  su salud. Detrás de cada sonrisa, de aquellos tangos cantados en voz baja, el dolor crecía. Solía llamarme a cualquier hora de la noche o de la madrugada, para decirme:
—Hoy recordé ese tango que  dice: “Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida, dejándome el alma herida y espinas en el corazón…sabiendo que te quería, que vos eras mi alegría….” Te das cuenta que parece escrito para mi, estoy sufriendo por Laura, como si fuera la única mujer sobre la tierra.
Siempre encontraba un tango que definía su penar. Era un hombre sin consuelo que intentaba despojarse de su vida pasada y le era imposible.
Los dos hijos mayores no quisieron abandonarlo, se quedaron con él, pero esa prueba de cariño no le alcanzó.
El golpe de gracia, le llegó como un viento helado sobre un cuerpo sin abrigo, alguien le dijo; que ella vivía con un hombre joven. Laura cumplió los cuarenta en brazos de otro.
Recuerdo que cuando me encontraba con Carlos, regresaba siempre  al tema de Laura y terminaba cantando  tangos que hablaba del amor y el abandono.

Por eso, cuando la vi llegar al cementerio, pálida y con los ojos enrojecidos, me tuve que ir. Estoy segura de que no era una pose, Laura sufría,  pero en mi memoria regresaba la voz de Carlos y sus lágrimas al cantar: “Igual que golondrina volaste a otro nido, sin preocuparte nada de lo que atrás quedó…”
Por eso me fui, no soportaba verla llorar y escuchar a los que livianamente hablaban de Carlos sin haberlo conocido, y no estuvieron en sus días de amargura, oírlos juzgar que no se había cuidado, que no se alimentaba bien y cuantas pavadas más, que me hacían mal. Qué sabían ellos de su insomnio, mirando tras el ventanal la noche que lentamente se iba metiendo en su cuerpo, con un abrazo sin retorno. Otras veces me hablaba de una luna amarilla contra un cielo nacarado que sólo él veía.
Carlos buscaba a su Laura, hurgaba en cada nube, en la arena de la playa, en los lejanos horizontes de su amor perdido.
A Carlos le robaron la vida y el ladrón fue el amor.
                                                                                                                                                                                                           


18 comentarios:

Auroratris dijo...

Tan emotivo que al llegar al final solté todo el aire contenido. Una historia tan triste como bien narrada, una historia donde una vez más podemos comprobar los estragos del sufrimiento por amor, y no es que el amor mate... nos matamos nosotros por él.

Un lujo leerte, bonita.

Mil besitos con cariño y feliz día ♥

A. Javier dijo...

Una historia con muchos matices
que atrapan al lector
el final es precioso.

Un besote.

Sara O. Durán dijo...

Muy triste. Perdió con Laura, su sentido de la vida y él solo, no pudo seguir.
Un abrazo.

Lia dijo...

Hermoso y triste relato, tan frecuente desgraciadamente. Un beso

Sandra Figueroa dijo...

Muy triste y hermoso texto amiga. Muchos dicen que de amor nadie de muere pero yo digo que si cuando el amor es sincero y eterno. Saludos y abrazo.

Mari-Pi-R dijo...

Está lleno de emociones.
Cuando empiezan los problemas económicos o otros salen los desacuerdos. No todos tienen el mismo aguante y amor.
Un abrazo.

Ester dijo...

Siempre hay un tango para una historia de amor y dolor. Abrazos

Mirella S. dijo...

La historia es muy triste y vos la contaste estupendamente. A mí los tangos me bajonean porque tienen letras tremendas, llenas de dolor, traición, desesperanza. Si alguien te dejó y seguís enamorado, cantarlos te acrecienta la angustia.
Besos, Mariarosa.

Joaquín Galán dijo...

Un relato triste y,por desgracia,bastante frecuente.Tú lo contaste tan bien que al leerlo nos hiciste participar de esa angustia terrible y duradera (a veces eterna),en ese vacío que nos deja la ausencia de un amor.

Abrazos Mariarosa

Marinela dijo...

Querida Maríarosa: un cuento realidad. La barrera de los años que al principio no se nota, al cabo del tiempo se convierte en muralla.
Muy triste pero verdadero.
Un abrazo.

Margarita HP dijo...

Qué historia más triste amiga mía. Pero eso sí, triste, pero pasa más de lo que imaginamos. Yo también conozco algún caso así. Tú además lo cuentas con una sensibilidad tan hermosa... Muchos besos amiga : D

J.P. Alexander dijo...

que triste historia te mando un beso

VENTANA DE FOTO dijo...

Triste historia de amor. Los sentimientos afloran en el relato y te hacen pensar ..¿ Como personas que se hayan querido tanto hayan caído en un sin fin de desencuentros, hasta provocar la separación total?
Ahora ya no hay posibilidad de ningún encuentro, la muerte se encargó de separarlos definitivamente.

Besos

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

Tienes razón: el amor también roba la vida, cuando en el otro no hay correspondencia. UN abrazo desde mi cubil colombiano. Un abrazo. Carlos

Jova dijo...

Hola, que encanto de narrativa, me tenías omaginando cada palabra. El caso de Carlos demuestra que en.una relación con tanta diferencia de edad, el viejo siempre pierde. Y al parecer, si se puede morir de amor. Saludos.

José A. García dijo...

Maldito sea el amor.

Saludos,

J.

Ernesto. dijo...

En tu relato destaca la belleza de una historia triste, real, que se fragua tras las vicisitudes de la vida. No hay culpables, como bien reconoces, solo destinos diferentes!

Abrazo Mariarosa.

Mª Jesús Muñoz dijo...

Una historia impresionante, sufrida y dolida. La madurez frente a la juventud casquivana e inmadura. La vida evoluciona y nos cambia a todos. Me encantó cómo la has contado, detalladamente y haciéndonos sentir el dolor de Carlos.
Mi felicitación y mi abrazo, María Rosa.

Pedro, el cartonero.

Caminaba lento, empujando un carro de supermercado cargado con cartones, botellas y trapos. Cubierto en pleno enero, por lo q...