De tanto leer sobre aquellos años y sus escritores, Buenos
Aires del ayer me resulta familiar.
Me parece que estuve
allí, que viví esa época en que los carros tirados por caballos cruzaban la
calle Corrientes, cuando no era avenida y era angosta. Eran los años en que
Carriego celebraba sus “Misas herejes” y
se perdía por Palermo, que era otro, con las mismas calles, pero otros
edificios y otra gente. Y Borges
recorría el barrio sur, buscando historias de cuchilleros y malevos. Nadie
soñaba con la segunda guerra mundial y en Buenos aires se paseaba en tranvía
sobre calles empedradas y aromadas por paraísos.
¿Desde que rincón de mi mente salen las leyendas de una ciudad
que no conocí?
Serán las historias que mi abuela joven había leído en el
diario Critica y que, pasados los años, ya anciana, las transformaba en cuentos
y mientras otras abuelas, relataban Blancanieves y Cenicienta, ella me hablaba
de los conventillos y su gente, de Leopoldo Lugones, sus versos y su muerte en
un hotel del Delta.
Seres que fueron y que en mi niñez ya no estaban, los había
tragado la vida, eran recuerdo, pero la abuela los rescataba de su memoria y
los hacía actuales. Y de tanto escucharlos, quedaron grabados en alguna neurona
que a veces se despierta y crea con ellos personajes que habitan relatos,
personajes sin infancia ni vejez y que llegan a vivir el tiempo justo de un
cuento.


3 comentarios:
Cuentos donde la mayoría de las veces, el villano era encarcelado y la vida se normalizada.
Hoy ya no hay héroes
, si los hay los quitan del medio.
Pero hay algo que es la memoria y en ella están los cuentos de la abuela.
Un besote grande 😘🌹
No olvidemos los cuentos, enmascaraban la realidad pero ayudaban a segur, hoy cuesta mucho, con tu manera de escribir nos ayudas a meternos en el cuento, en la historia en lo que se avecina. Abrazos
Hay textos que nos devuelven a un tiempo que no vivimos, pero que sentimos como propio. Este relato tiene esa cualidad rara: la de abrir una puerta a un Buenos Aires que ya no existe, pero que sigue respirando en la memoria de quienes lo contaron y en quienes lo escucharon.
La figura de la abuela es el verdadero corazón del cuento. Mientras otras narraban historias de princesas, ella transmitía un mundo más áspero y más real, hecho de tranvías, conventillos, poetas y vidas que se cruzaban en silencio. Ese legado, tan distinto al de los cuentos tradicionales, es el que termina modelando la sensibilidad de quien recuerda.
Lo hermoso es cómo el texto muestra que la memoria no es un archivo, sino una fuerza creadora. Lo que la abuela vivió, leyó o imaginó se transforma ahora en personajes que habitan nuevos relatos, como si la literatura fuera una forma de resurrección. Y así, entre evocaciones y calles que ya no están, el cuento nos recuerda que también nosotros somos hechos de voces que nos precedieron.
Un fuerte abrazo, María Rosa.
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