Dina
era para sus compañeros de trabajo; un misterio. Federico descubrió en ella un
ser extraño, le recordaba a alguien, no lograba dilucidar a quién. Algo había
en Dina que despertaba pasión y temor a la vez.
Vestida
siempre de negro, rubia, sensual, trajes ajustados que realzaban sus curvas, era
hermosa, solo mirarla enamoraba.
Federico
perdía la concentración cada vez que Dina lo miraba, sutilmente se fue
acercando a ella, la invitaba a una exposición, a ver una película y cada noche
la dejaba en la puerta de su casa, un beso en la mejilla y cada uno a su hogar.
No encontraba las palabras para romper el cerco de su timidez.
Cuando
ella lo invitó a cenar, creyó tocar el cielo con las manos.
Esa
noche Federico llegó con un ramo de flores y una cara de baboso total.
Cenaron,
luego el café, música, bailaron y se fueron poniendo románticos. Descubrió que
los ojos de Dina cobraban un destello azulado al mirarlo.
Ella
fue a ponerse algo liviano y Federico, nervioso dio vueltas por el cuarto,
escuchó un canto… ¿Un pájaro, a esa hora…?
Se sentó en un sillón de pana negro. Era cómodo, demasiado cómodo, tan
placentero que comenzó a hundirse en los mullidos almohadones, se hundía más y
más. Intentó salir, no pudo, intentó gritar fue imposible, llamaba a Dina y la
voz se ahogaba en su garganta, la pana lo abrazó hasta quitarle el aire. No
entendía que pasaba, un aleteo le llegó cercano, luchaba por desprenderse del
abrazo del sillón, transpiraba, el aire no llegaba a sus pulmones y como en un
sueño la vio…
Allí
comprendió Federico el misterio de Dina, lo último que escuchó fue el canto de
aquel pájaro, que no lograba recordar, hasta que se hizo la luz y la reconoció,
ante sus ojos aterrorizados, estaba ella; Black Canary.

2 comentarios:
Leer tus cuentos es tan agradable que a veces vuelvo para repetir lectura. Tienes arte y calidad como escritora y eso ilusiona venir a tu blog. Un abrazuco
Què susto. Un beso
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