No era
inglesa, pero a las cinco de la tarde, la tía Ana, servía el té, masitas secas
amasadas por ella, scones comprados y mermelada de frutilla casera.
Rodeada
de muebles oscuros, techos altos y ventanas con cortinas tejidas al crochet, mi
infancia se deslizó tranquila y feliz, junto a ella.
La tía
me llevaba y traía de la escuela con paso lento y aferrada de mi mano, siempre
en silencio, al llegar comenzaba con las preguntas. ¿Aprendiste algo nuevo?
¿Jugaste en los recreos? Revisaba mis carpetas y el cuaderno de notas sin
faltar un solo día.
Controlaba
mis tareas y una vez concluidas me daba libertad, la casa y el parque eran míos,
sólo debía guardar silencio en la hora de la siesta, que era sagrada para la Ana.
Cuando
le preguntaba por mis padres, la tía respondía que era una historia muy triste,
que más adelante, al ser mayor me la iba a contar.
Al
cumplir doce años, mi pasado apareció en la puerta, vestía un trajecito blanco
y una sonrisa pintada de rojo. Era mi madre. La tía palideció al verla.
Se
reunieron en el living y hablaron en voz baja, pero igual escuché desde mi
escondite tras las pesadas cortinas que me ocultaban, solo la punta de mis
zapatos marrones se asomaban. No me vieron. Mi madre venía a buscarme.
Habló
de radicarse en España, su novio no quería dejar su país y ella era muy feliz con él.
“Tú
nunca llevaras una vida equilibrada, te conozco— dijo la tía —cambiarás de
pareja cada año y la niña ira de mano en mano, Sara de aquí no se mueve.” La frase fue un
grito. Ana se levantó, abrió la puerta de calle y le pidió que se fuera. “Iré a
la justicia” dijo mi madre antes de salir. “Con tus antecedentes no te
conviene” —fue la respuesta. Un día llegó una llamada urgente, un juez de
menores quería verme. La incertidumbre caminó por mi espalda con un
estremecimiento, ese no entender qué me iba a suceder y por qué un juez quería
hablar conmigo; me producía miedo. Me vi sentada en el banquillo de los
acusados y escenas de películas con
jueces, abogados defensores y fiscales se fueron forjando en mi cabeza, la tía
Ana me serenó, me dijo que me tranquilizara y que debía responder lo que me
preguntarán, que nadie me iba a poner presa.
Al día
siguiente y las nueve en punto llegamos, la tía demostraba serenidad, pero yo
que la conocía, me di cuenta de su nerviosismo.
Un juez
y una sicóloga me estaban esperando en una habitación con un ventanal enorme
donde el sol entraba e iluminaba cada rincón, una mesa con refresco, vasos y
rodeada por varias sillas, me hicieron sentir bien.
Me preguntaron
por qué vivía con Ana y desde que edad: “Desde los siete años” —les dije. Fui
respondiendo a su cuestionario, recordando
mi vida con mi madre, las noches sin cenar, el abandono de los fines de semana
en que ella desaparecía y cuando les dije que pisé una escuela por primera vez
a los siete años, el juez hizo un gesto que me asustó y no entendí.
Regresamos
a casa en silencio, tía Ana no me preguntó nada y yo nada dije.
Por
orden del juez, quedé con la tía Ana, y su té de las cinco de la tarde.
Mi
madre no volvió, sólo recuerdo que cada cumpleaños recibía una tarjeta de
felicitación, al principio desde España, años después desde Portugal y al fin
dejaron de llegar.
Ella
nunca regresó a la Argentina o al menos no me enteré.
Necesito escribir, es más fuerte que yo, los personajes y las ideas rondan mi cabeza durante la noche y quieren salir. Un abrazo.
María Rosa..
23 comentarios:
Aquí estamos para leerte y nos encanta tus historias verdaderas o inventadas nos ayudan a reflexionar ..Una historia que se da de vez en cuando pero siempre que haya una tía Ana no hay problemas el cariño siempre lo tendrá ese niñ@ ..Abrazos y 😘😘
Cuánto dejas ver la conducta humana, en el caso de esta madre sin puerto alguno, queriendo arrastrar a su hija, a esta vida de incertidumbres. Un abrazo. Carlos
Otro bonito relato que nos dejas. Felicidades por el trabajo.
Un abrazo.
Que bien que necesites escribir, a nosotros nos alimenta poder leerte, hoy una historia que cierta o no es una razón para reflexionar. Abrazosss
Era lo mejor para la niña, no le convenía una vida tan convulsionada como la que llevaba su madre, aunque como dice el refrán: "Madre sólo hay una".
Abrazos.
Hay demasiados niños abandonados por sus madres, a las que un día se les despierta el amor maternal, alguna culpa o la curiosidad y aparecen, sin pensar en cuánto le costará a su hija/o insertarse en otro ambiente, dejar atrás lo que conocen.
Muy bueno tu relato y me alegra mucho que tengas ganas de escribir, ojalá me las contagies.
Un abrazo.
Una historia profunda en la que se demuestra que siempre hay quien nos puede dar el afecto que nos nieguan.
Me gustó. Saludos.
Una historia como muchas en la vida real. Los hijos siempre son los que sufren por los errores de los padres. Un gusto leerte amiga, saludos y cuídate.
Que no se te escapen las ideas y escribirlas todas, ésta es preciosa.
Todos estamos en el mismo bote, un abrazo y cuídate.
Preciosa historia con un final bien bonito que has escrito, y como siempre con toda la pericia que tienes de escritora estupenda.
Si tienes ganas de escribir no veo el por qué no lo vas hacer, no es ningún pecado procurar seguir con la vida que se tenía antes de todo esto, lo bueno es tener el privilegio de virvirla.
Un abrazo María Rosa.
Triste historia con un buen final. Un beso
María Rosa, tu historia nos dice que la tia Ana tenía razón,el tiempo todo lo pone en su lugar.Cuántos niños sufrirán abandono...La niña de tu historia tuvo suerte, mucha suerte.
Me alegro mucho de que vuelvas a escribir. El espíritu necesita seguir practicando la imaginación y los sueños para seguir vivo, amiga.
Mi felicitación, mi abrazo y feliz domingo.
Suerte que estaba la tía Ana, al menos, esa criatura tenía a alguien que se preocupaba por ella de verdad. Besos cariño, me ha encantado :D
bellos recuerdos tengo los mismos nacimos en la misma época
Una joya de relato. Me cuesta escribir un comentario, porque no me sale nada coherente que pueda trasmitir este sentimiento que me ha dejado conmovido y no sé ni siquiera como describirlo, solo sé que tengo un nudo en la garganta (madre no es la que pare, madre es la que cría).
Pd: Deja la puerta abierta a tu inspiración (aunque sea de noche), recíbela con honores, porque ha demostrado ser una visitante de lujo.
Buena historia aunque una realidad muy triste por lo menos la niña se quedo con alguien que la cuide y ame.
Una historia triste quizas, pero para la niña no fue así, me encanto, gracias.
Abrazo
Una historia triste y dura narrada magistralmente. Por desgracia, estas historias son tan reales como la vida misma y los niños siempre son la moneda de cambio.
Muchos besos
Una historia triste .Pero me ha encantado y emocionado. Sobre todo está muy bien escrita.
Un beso virtual. Que por lo que veo son los únicos que podremos dar hasta que tengamos una vacuna.
Otro vesito.
Hermosa mujer que rescató a la niñez y en ello la vida ...el amor muestra su camino en diferentes formas que mas grande amor divino demostrado ahi cuando una persona adopta y cría a un niño ajeno antes que otra cosa y pone todo su empeño de vida en ello.
Ojalá existan muchas tías que sepan darse sin temor .
Un abrazo.
Estimada y Dios nos dio dones...no debemos dejar de fluir en ello, eso es también oración y gratitud por todo lo dado y El lo reconoce como esa fuente de vida que fluye del que le dio el.don de enlazar la palabra y unirla hoy más que nunca a esa fuente de esperanza y de su infinito AMOR.
Te dejo un abrazo.
Querida mientras tomo mi té con leche fria
te leo
admiro
Me gusta lo que sale de tu mente
maravilloso texto
sea verdad o mentira...
No importa!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Pero sí importa lo que se vive en el momento de leerlo
Te fui imaginando el mismo te
la misma leche
no tuve tias
que valieran la pena
pero si momentos de escuela
Un aplauso por tu entrada
Con el corazón encogido he llegado al respiro del final. Menos mal que dejan a la niña con la tía Ana y su té de las cinco. Una historia estupenda porque haces doble lectura, ves lo que pudo ser de esa niña y gracias a su tía no llegó a ser.
¡Felicidades, Rosa!
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