jueves

El último capítulo









Atardecía cuando abandonó el teclado y dejó la PC encendida. Necesitaba cambiar de aire y salir  a estirar las piernas.
Al llegar a la puerta, escuchó el teléfono y regresó a atender.
—Hola.
—No me mate… —dijo una voz desconocida.
—¿Qué?
—No me mate.
—¿Quién habla?
—……….
Cortó. Se dijo que había demasiados locos sueltos. Decidió que era mejor quedarse en casa por si llamaba su mujer.
Preparó un café, sin dejar de pensar en el  llamado. No me mate. Eso había escuchado y lo extraño era que no quedó registrado el número, sólo “llamada  privada.” Era una voz desconocida… seguramente una broma de algún  aburrido que deseaba divertirse a su costa. Bebió el café y nuevamente el teléfono. Atendió.
—Hola…
—Le dije que no me mate y usted me cortó.
—Señor, nunca he matado a nadie ni pienso hacerlo, creo que se ha equivocado de número.
—No me he equivocado. Usted es Ricardo  Zabala.
—Si, lo soy.  ¿Y usted quién es?
—Sánchez Murúa, Pedro Sánchez Murúa…
—¡Usted está loco!
Y cortó.
Dejó la tasa sobre la mesada. Se acercó al ventanal y abrió las cortinas. Hace falta regar el césped, dijo en voz baja, observando lo amarillento del parque.
¿Quién le estaba haciendo semejante broma? Se preguntó. No había hablado con nadie de su novela,  ni con sus amigos. Ni su esposa lo sabía. Él tenía por costumbre evitar ciertos comentarios, ella era consciente de eso y lo respetaba.
Regresó al escritorio.  De pie frente a la pantalla y con las manos apoyadas en el respaldo de la silla, leyó los últimos renglones que había escrito. Se sentó, archivó  el texto y apagó el sistema.

Esa noche no durmió bien.  Por la mañana despertó agotado, sin recordar qué había soñado.
No desayunó, salió a la calle. Recorrió el barrio, se detuvo en la plaza. Tomó asiento en un banco y encendió un cigarrillo. El humo retozaba frente a sus ojos, no lograba olvidar el llamado. ¿Esa voz…?  Era imposible lo que sospechaba, un juego de su imaginación, del cansancio. A veces el agotamiento físico  produce alteraciones psíquicas imposibles de creer, se dijo, y sonrió pensando de  dónde había sacado esa frase.
Del bar de la esquina llegaba un  aroma a café que lo tentó, fue para allá, antes de entrar arrojó el pucho y encendió otro.  Se sentó frente a un ventanal, hizo el pedido. Mientras esperaba, sonó su celular. “Llamada privada”, anunció la pantalla.
—Hola…
—Quiero hablar con usted.
—¿Quién es?
—Ya se lo dije ayer, ¿por qué no quiere creerme?
—Es imposible. Y si es un acertijo,  no lo adivino.
—Señor Zabala, no quiero jugar, quiero vivir y sólo usted tiene el poder de conseguirlo.
—Se da cuenta de que está conversación no tiene sentido.
El mozo llegó con el café y las medialunas. Del otro lado del celular: silencio.
—Hola…  —insistió
El tipo cortó.  Revolvió el azúcar y se preguntó, si  estaba volviéndose loco.

Al llegar a su casa nuevamente el teléfono, está vez era su esposa.  Había viajado a Córdoba  para  cuidar a su madre enferma.
—¿Cómo estás Ricardo, todo bien? —la voz sonaba cansada.
—Sí.
—¿Alguna novedad?
—Ninguna.
Escuchó a su mujer relatar el glosario de dolores y malestares de su suegra, respondió con monosílabos a cada uno de ellos.
—¿Te pasa algo querido?
—No, nada.
—Bueno te dejo. Besitos…
Cortó.

Fue al escritorio, encendió la computadora. Releyó el capitulo que había escrito el día anterior y se hundió en el argumento. Sus dedos transitaban con rapidez sobre las teclas. Apenas dos capítulos,  diecinueve y  veinte, y habría terminado.
Una corriente de aire helado lo estremeció. Siguió escribiendo.
Había llegado al final  del capítulo diecinueve,  un portazo lo sobresaltó, venía de la cocina. Se levantó y fue a ver. Nada. Todo estaba en orden, las puertas cerradas. Regresó al teclado.
Allí la sorpresa lo sacudió como un golpe. El capítulo 19 no estaba.  Al terminar lo había archivado, ¿cómo pudo haberse borrado? Debo haber tocado escape por error, se dijo. Lo escribió nuevamente, no encontró las mismas palabras. Las horas pasaron sin que se moviera de su silla, al fin leyó en voz alta.  Le gustó. Sin que lo advirtiera, la ventana  fue perdiendo la  luz natural, sólo la pantalla lo iluminaba.
Comenzó a escribir el capítulo veinte, la trama se aligeraba, la historia llegaba a su fin. Pendiente de la pantalla, vio algo por el rabillo del ojo, algo que no estaba antes en la habitación.  Dejó de escribir.  Barrió con la mirada su entorno: nada diferente.
De pronto apareció una figura sentada frente a él. Se sobresaltó, se puso de pie y retrocedió. No distinguía su cara; llevaba ropa oscura, el cuello del abrigo levantado y el ala del sombrero ladeada sobre el lado derecho. Parecía salido de una serie policial de la década del cincuenta. Ricardo cerró los ojos con fuerza y los dejó así, contó hasta diez.  Es un juego de mi imaginación, se dijo.
Al mirar, el otro seguía allí.
Transpiraba, la camisa se pegaba a su espalda, se sentó y se aferró al teclado para disimular el temblor de sus manos.
—Es imposible, no es real —su voz fue un susurro.
—Soy  Pedro Sánchez Murúa —dijo el otro.
Ricardo se puso de pie nuevamente y comenzó a dar vueltas por la habitación sin mirarlo.
—Estoy agotado, hace meses que escribo sin tener descanso ese es mi problema —dijo en voz alta— ¡Agotamiento!
—Estarás agotado. Pero yo soy tu personaje, me creaste, soy producto de tu imaginación. He venido para que arreglemos mi permanencia en la novela, estás programando que debo desaparecer, debes cambiar el final, no quiero morir.
Zabala seguía  dando vueltas, se detuvo.
—La novela no está terminada.
—Quiero vivir
Zabala cayó en la silla que crujió bajo su peso, se alisó el pelo con los dedos.
—¡Estoy  loco!
—No. Es normal que los personajes cambiemos los finales a nuestro placer. No soy el único.
Al decir esto, desapareció.
Zabala no se movió. Pensamientos  indefinidos pasaban por su cabeza. Fue hasta el baño y buscó en el botiquín un calmante, la cabeza se le partía en dos.
Regresó al escritorio y se sentó a escribir.
Percibió un ligero movimiento en el piso. Se puso de pie.  La alfombra se movía, ondulaba, como si un viento interno  la obligara a remontar vuelo. La vio elevarse con fuerza. Ricardo perdió el equilibrio y  cayó de espaldas. El ímpetu  era incontrolable,  el escritorio volcó hacia atrás, llevándose en la caída la  impresora  y la  PC  que produjeron un estruendo atroz. Se incorporó,  sin dar crédito a lo que veía. Volaban los papeles, se alineaban en un juego circular ante sus ojos despavoridos. Un nudo  en su estómago, subía y bajaba, se convertía en hiel al llegar a su  boca. Imposible gritar. La alfombra se elevaba como  un liviano papel de seda. En el equipo de música, la Primavera de Vivaldi comenzó a sonar  a todo volumen,  la alfombra se movía a su compás.  Él se puso de pie, incrédulo ante lo que estaba sucediendo. Se apoyó en la pared. Movió la cabeza de un lado a otro. Al fin, sacando fuerzas no sabía de dónde,  gritó:
—¡Basta,  hijo de puta!
Fue  un rugido. La alfombra cayó sobre piso.  Cesó el concierto y una risa burlona pareció salir de las paredes. Luego todo fue silencio.
Una sombra que cayó sobre una silla.  Alfombra, escritorio, impresora, fueron regresando a su lugar en cámara lenta, en la pantalla de la PC, el último capítulo de su novela seguía esperando la trama final.  Todo había regresado a su orden, como si nada hubiera sucedido, sólo que él seguía de pie, con el corazón a punto de explotar y la espalda apoyada en la pared. La voz pareció llegar desde el techo:
—Mi querido Zabala, ¿nos vamos a poner de acuerdo?
—¿Me queda otra opción?  —Respondió entre dientes— espero que la memoria de la computadora no haya sido afectada con el golpe…
—Todo está en orden —respondió la voz.
Silencio. Nuevamente quedó solo. Con gesto torpe salió del escritorio y fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua helada, bebió con desesperación. Había perdido el apetito,  se acostó sin comer.

Despertó cuando la luz de un bien entrado mediodía le resbaló por la cara. Se sentó en la cama, llevaba la remera sudada y olía muy mal. Al levantarse,  la habitación comenzó a dar vueltas, volvió a sentarse. Cuando se notó sereno, fue al baño. La ducha y el agua tibia, parecieron cambiarle la perspectiva de lo que estaba viviendo. ¿Era posible que el personaje  de una novela se corporizara o se estaba convirtiendo en un psicótico? Esto último debía ser lo real, se dijo.
Se miró desnudo en el espejo. Era desagradable verse tan  delgado, en los últimos meses había perdido peso, hasta llegar a ser una piltrafa, pensando  en su novela, se olvidaba  de comer.  Al fin se vistió. Debía desayunar, pero no tenía ganas, decidió que volvería a escribir.
Entró al  escritorio con temor.  Se sentía observado.  Abrió la computadora  y se calzó los anteojos.
Capítulo veinte. Había llegado el momento de escribir  el final de la historia y con ella el fin de Pedro Sánchez  Murúa. Dudó. ¿Y si lo  dejo vivo? Pensó. Una voz  llegó desde atrás:
—Es lo mejor que podés  hacer…
Se volvió, estaba solo.
—¿Ahora también leés mis pensamientos? —Se agarró la cabeza, mesándose los cabellos con furia— Y no… no Murúa, no —hablaba dirigiéndose a alguien que no veía, pero al que sabía presente— Mereces morir.  Los lectores   van a esperar tu muerte,  capítulo a capítulo, como se espera la noche de amor en una novela rosa. Te diría que con placer van a esperar tu final. 
Su voz sonaba firme, segura.
Una franja oscura brotó de las paredes, se corporizó; Murúa. Con su ridículo sobretodo negro y ese sombrero de ala ladeada al estilo Gardel, Murúa lo observaba burlón. Ricardo no pudo evitar un estremecimiento. Tenía la garganta seca y los puños cerrados. Murúa agarró una silla y se sentó muy cerca. Su rostro era desagradable, tan ojeroso y amarillento que intimidaba. Al verlo de cerca lo comparó con… no, era su imaginación.
—Te va la vida Zabalita —y mirándolo fijo agregó— te va la vida y sabes que no miento…
No podía dejar que ese estúpido personaje se tomara en serio su papel de  maligno y lo amenazara como si fuera un mafioso de película clase B.
—No me espantan tus amenazas, me cansaste.
—Yo soy la novela, los demás personajes no tienen importancia. Sin mí, tu libro se convertirá en  esas novelas aburridas que se comienzan  a leer y se dejan olvidadas  al tercer capítulo —inclinó la silla, para hablar más cerca y le dijo —  Podrías escribir una saga del asesino Murúa y sería un éxito.
— Es lo que pretendés,  que te convierta en héroe. Yo te inventé y yo te destruyo.
Las últimas palabras las remarcó con fuerza.
—¡Hijo de puta! Hay grandes escritores que dejan a sus personajes vivos, los dejan hacer su vida, aunque sean una basura.
Con un aterrador grito de furia, Murua se puso de pie, dio vueltas por la habitación, aullando como un animal enjaulado. Se detuvo y comenzó a golpear los muebles.  Ricardo lo observaba sin decir palabra. A pesar de todo lo vivido, estaba en paz.
Como si fuera una parte de la pared, Murua penetró en ella y desapareció.
Ricardo respiró  hondo, una sed terrible  le pegaba la lengua al paladar, se levantó y fue directo a la cocina. Al cruzar el pasillo se detuvo ante el espejo, su imagen era desagradable. Ojeroso, pálido, el cabello en desorden, era un hombre derrotado. Me estoy pareciendo a Murúa, se dijo.
Buscó algo fresco en la heladera y sólo encontró la botella de agua, bebió con apuro hasta la última gota.  Debía respirar aire puro. Salió a la calle, era pasado el mediodía. Un calor insoportable le dio en la cara, fue directo al bar. Pidió una ensalada, una gaseosa y esperó.
Pensó en la locura de vida que estaba llevando.  El capítulo veinte seguía allí, las palabras no nacían  en su imaginación, quedaban en  el camino sin llegar al teclado,  había escrito dos líneas, nada más, y para colmo esta locura de imaginar a un personaje apareciendo y desapareciendo con amenazas. Corporizándose con la furia de un asesino.
Desde una mesa vecina dos  hombres  lo miraban y cuchicheaban bajo. ¿Y a éstos qué les pasa? ¿Estaré hablando solo?   Dejó la comida por la mitad, le abonó al mozo  y salió a la calle. Caminó sin saber adónde ir ni qué hacer. Creyó que lo mejor era regresar y terminar de una vez el capítulo veinte.

Entró a la casa con miedo. Todo estaba en silencio, ninguna señal que demostrara que Murúa andaba cerca. Respiró hondo y fue directo al escritorio. Se sentó frente al teclado y comenzó a escribir.
Las horas pasaron sin que se diera cuenta. La voz de Murúa le llegó cercana:
—¿Qué vas a hacer conmigo?
No respondió y siguió escribiendo. El otro volvió a preguntar y él  respondió sin dejar de escribir.
—Todavía no llegué al final.
La respuesta fue una risotada.

La esposa llegó al día siguiente. La sorprendió el desorden, muebles cambiados de lugar, libros  en el piso, cuadros  caídos, cortinas rasgadas. Recorrió las habitaciones con el corazón golpeándole el pecho  y en todas se repetía  la escena. En las paredes, escritas con tinta roja se leían palabras incoherentes. ¿Y Ricardo?  No aparecía por ningún lado.
Desesperada fue al teléfono y marcó el 911.
En pocos minutos el móvil policial estaba en la casa. La escucharon. Una mujer  policía trató  de serenarla, era imposible, hablaba y lloraba al mismo tiempo; agitaba las manos tratando de explicar, sin hallar  palabras coherentes y mirando  alrededor  con ojos asombrados. La policía recorrió la casa buscando a Ricardo Zabala.

Lo hallaron en un cuarto pequeño  donde se guardaban los trastos en desuso. Sentado en el piso, rodeado de las hojas rotas de su novela.
Confundió a los policías y a su esposa,  en ese enero de cuarenta grados;  su  sobretodo de paño oscuro, el sombrero negro, ladeado sobre la derecha y mientras hablaba incoherencias;  reía y lloraba tontamente.




                                              














25 comentarios:

Maria Rosa dijo...

he regresado a mi primer amor, el cuento fantástico. espero les guste.

Un abrazo.

mariarosa

Sara O. Durán dijo...

Lo creó tan real que tomó vida para convertirse en su pesadilla. Hay que ver que lis buenos personajes tienen el derecho de dictar su destino : )
Te felicito, es muy bueno.
Un abrazo.

MaRía dijo...

Ay caramba que buen relato MaríaRosa
mira casualmente ( ya sabes que soy de anécdotas o coincidencias) hace dos días leía un artículo donde hablaban precisamente de la implicación de un escritor con su obra, de los personajes ( alias, seudónimos, etc) que llegan a adueñarse en cierta manera y a veces en gran totalidad de sus vidas...

genial siempre leerte

un abrazo

Margarita HP dijo...

María Rosa me has tenido en vilo desde el principio. Qué forma más extraordinaria de enganchar al lector y hacerlo vivir la historia. He sudado pensando en las veces que he dudado si "matar" o no a un personaje.
En serio, una maravilla y una proyección de lo que puede ser una obsesión desmedida.
Muchísimos besos y enhorabuena una vez más por esa magnífica forma de escribir. :D

Susana A dijo...

Sería una buena película. Un beso.

Mirella S. dijo...

Impecablemente desarrollado, como siempre. Cuánto del autor hay puesto en un personaje, a tal punto, que llegan a fusionarse.
¡Muy bueno, Mariarosa!
Besos.

Abuela Ciber dijo...

Que debil es el pasaje entre la cordura y la locura
Buen fin de semana
Cariños

Ernesto. dijo...

Una historia sobrecogedora y ese final inesperado como colofón!

Abrazos, Mariarosa.

Navegante dijo...

Amiga, tu cuento fantástico es realmente fantástico. Atrapante, de excelente intro, desarrollo y final. Por momentos el relato es virtuoso.
Me fascina lo que he leído de vos, no cualquiera tiene esa capacidad de mantener la atención como lo conseguís.
Un abrazo.

Mª Jesús Muñoz dijo...

María Rosa, impresionante relato que no deja de ser una crítica del escritor, que se obsesiona con los personajes de su historia y los siente vivos, cercanos...Se apoderan de su voluntad y escriben ellos mismos el relato...Esto nos hace pensar que, no hay límites entre ficción y realidad, porque ambas se complementan y conviven misteriosamente.
Mi felicitación por tu maestría y tu temple, que nos mantiene atentos en todo momento.
Mi abrazo y mi cariño, amiga.

Ana Mª Ferrin dijo...

Muchas veces, al escritor le brota un personaje rebelde que no se deja conducir.
Pero ¿qué hacer cuando ha creado un psicópata? Pues buscar ayuda médica, porque quizá ya es el autor quien la necesita.
Buen trabajo, Mª Rosa.

MuCha dijo...

Aqui esta la diferencia entre nosotras
Tú eres una escritora
Yo ...soy un blogger
Un abrazo desde la calidez maravillosa que me da Miami

José A. García dijo...

Hay que saber medir cuándo dejar de vivir y ponerse a escribir.
¿O era a la inversa? ¿Saber dejar de escribir para poder vivir? Ya no lo recuerdo.

Saludos,

J.

AdolfO ReltiH dijo...

UFFFFFFF TREMENDA HISTORIA Y DESENLACE, EXCELENTE!!!!!
ABRAZOS

Franziska dijo...

Has realizado una tarea importante y llena de interés, sostienes el relato con una enorme tensión y logras que nos mantengamos en vilo, temiendo una tragedia y casi creyendoque es verdad lo que nos vas relatando. Has encontrado una escapada final que yo, desde luego, no me esperaba. Una vez más has logrado atraparnos en tu historia.

Un abrazo. Franziska

Diego Sánchez dijo...

Feliz fin de semana.
Un abrazo.

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

Surreal. Más allá de lo fantástico. Con la credibilidad de un Cortázar y su cuento de el hombre que vomitaba conejos.

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

Un abrazo, hermosa.

Elda dijo...

Simplemente te voy a decir: ME HA ENCANTADO, no quiero enturbiar con mi comentario lo fantástico que me ha parecido este cuento, el cual me ha tenido atenta al máximo. Me ha gustado mucho como lo escribes con esa fluidez que da gusto leer.
Mis aplausos a tu obra Maria Rosa.
Un abrazo.

MaRía dijo...

Hola MariaRosa

entro a las carreras pues me extrañaba no publicaras
a la noche te comento, es raro no me llegan tus actualizaciones

un abrazo y disculpa, en este caso mi ausencia es culpa de la tecnología

en fin ... no sé si es que al cambiar la plantilla (tuya) no llegan o que

de veras corazón , me fastidia esto

:(

mariarosa dijo...

Hola a todos. Mi blog tiene problemas y bloger no me da soluciones. Y para completar el tema me he quedado sin computadora. Les estoy escribiendo desde mi celular. Espero que pronto se soluciones estos problemas. Un abrazo. mariarosa

Magdeli Valdés dijo...

saludos estimada
un gran lujo leer este relato...de los muchos buenos que he leído por aquí y que ya sabes como te he dicho antes, no soy muy buena leyendo prosa, pero esta es realmente soberbio.

Hay de mucha verdad en todo ello ,cuando el que escribe se hace tan uno con su personaje inventado que de tanto admirarlo, es capaz de transformarse en uno de ellos...Esto es intrigante, ya que al fin se convierte en un asesino...

Perder las perspectivas de las cosas sucede más que seguido
supongo es semejante a un poeta, que se va por una linea de escritura y no retrocede...no se , mucho mas de seguro podemos decir aquí .
Pero lo importante es que este texto es muy bueno.

***************

Me disculpo por no venir antes, he estado muy atareada, ahora salgo de vacaciones e igual estuve enferma y ya termino en recuperarme...y el ánimo vuelve.

Un abrazo.

Diego Sánchez dijo...

Precioso micro-relato.
Feliz fin de semana.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Tu sabes,...que yo sé,...que eres una excelente cultora del cuento fantástico. "este cuento" es un ejemplo de esa incontrastable y bienaventurada realidad....Una realidad que nos trasporta a las puertas de una construcción literaria fantástica en su contenido , misteriosa en cuanto a los pèrsonajes, y espectacular en su desarrollo. Y conste,que no lo digo por la amistad virtual que nos une de tantos años, sino por el análisis y por la crítica que surge espontáneamente...Un relato fuerte, con el poder que le da el misterio,...que atrapa hasta ese final...que no pude adivinar...Felicitaciones mi querida amiga...."Las buenas semillas, ayudan a una buena cosecha",..Y tu has estado sembrando toda una vida...Un cálido abrazo de un admirador confeso. Juan Angel Petta

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Que bueno que recuperaste el blog, algo que no pude hacer con el anterior.
Queda cierta duda sobre el cuento, ¿fue realmente un personaje que lo amenazó para no morir o estaba desquiciado el escritor? Ambas opciones son verosimiles.
Un abrazo.

Ceguera.

Anochecía y los tres amigos caminaban juntos hacía la puerta de calle. —Llegó el momento de despedirnos —dijo Raúl— que disfrutes e...