viernes

La señorita Isabel.

Pintura de Marinela. http://marinelaysuspinturas.blogspot.com.ar/







El tren se detuvo  en la estación Belgrano R. Ella bajó. El perfume de los paraísos de la calle Echeverria le llegó dulzón, le gustaban esas veredas sombreadas, tan detenidas en el tiempo.
La panadería del gallego Juan, regalaba aroma  a pan recién horneado, le recordó que no había desayunado.
Su reloj marcaba las diez de la mañana.  Sólo las hojas le hacían compañía, bailando ante su paso. Era extraño, por momentos una  bruma se desprendía de las paredes y  caminaba a su lado.
Cruzó la calle  Cramer.
¡Volver! 
La casa de las tías quedaba cerca.
Regresaba como un ave sin rumbo, sin darse cuenta se encontró frente a su nido.
Tocó timbre. Tras las rejas negras, un pasillo corto llevaba a la puerta principal. Escuchó la llave que giraba con un sonido a óxido y trabazón.
Clarita se asomó. Gritó de alegría al verla, intentó correr arrastrando las ojotas gastadas, daba risa verla. Abrió la reja y se abrazaron. La cubrió de besos, la pinchó con sus bigotes de mujerona sin coquetería.
Entraron. La casa estaba sumida en un celaje. Las paredes, las puertas desdibujadas, sólo Clarita era real en aquel  patio ajedrezado. Las macetas cantaban al verde de las alegría del hogar y helechos, como si la vida no hubiera pasado o a pesar de ella las plantas fueran las mismas.  Nada había cambiado. Sólo ella era diferente. Desde la cocina llegaba un olor a galleta recién horneada. La tía Clarita sonreía feliz.
—¿Y las tías Pepa y Lola? —preguntó asombrada de no verlas.
—Salieron. ¿Querés tomar mate?
Siempre amable, Clarita la miraba encantada de tenerla de nuevo en la casa, le reían los ojos chiquitos y achinados.  Fue a la cocina.
Isabel quedó sola, desde la pared del comedor, la luna del espejo le devolvía una imagen joven, su imagen.
La tía regresó con una bandeja,  y  galletas con perfume a vainilla. Al darle el primer mate le acarició las manos, brotaban lágrimas de sus ojos.
Llegó el sonido de  la puerta que se abría, las otras  habían regresado. El taconeo de sus zapatos, anunció que seguían siendo dos milicos que marchaban al unísono en un desfile imaginario.
Al verla se detuvieron. Ni una pizca de alegría y unificaron su mirada de escarcha.  La niebla regresó, pareció cubrir el comedor.
—¿Qué haces vos por acá? —preguntó la tía Lola.
Frías, lejanas.  Las dos la miraban desde su muralla. Esa pregunta dijo más que cien palabras,  la examinaban tratando de ver hasta lo recóndito de sus entrañas. Los ojos de Isabel se enturbiaron. De pronto, le pareció que  deseaba  dar media vuelta y echar a correr, como cuando era chica y ellas la retaban. Las voces y los rostros se esfumaron de su campo visual.
Las veía a través de una niebla gris. Tratando de ser amable respondió:
—Vine a visitarlas, ¿Hay algún problema?
—No querida ningún problema, es un gusto verte —respondió la tía Clarita, antes que una de sus hermanas abriera la boca—  vamos, te muestro tu cuarto, lo mantengo igual. La siguió.
— Isabel: ¿Te vas a quedar? —la voz de la tía Lola sonó agria a sus espaldas. Se volvió y la miró desafiante.
— Sí, ¿por?
—Por la valija. ¿Te quedás mucho tiempo?
No respondió, salió acompañada por  Clarita. El pasillo, los muebles; todo era confuso.
Su habitación estaba igual.
Clarita la abrazó con ganas, le acariciaba la cabeza; se notaba que estaba feliz.
—Descansa —le dijo y se quedó frente a ella, le expresaba su cariño por los ojos— luego te llamo a almorzar.

Al morir su madre, Isabel tenía nueve años. Clarita fue  mamá y tía. Cariñosa,  le regalaba los mimos que las otras dos  le negaban.
 Recorrió el cuarto, las fotografías danzaban un baile de nostalgia. La abuela Margarita. Evocaba a aquella anciana doblada, que caminaba con bastón, Tac tac, tac tac, lenta y suave en sus gestos. La tía Clarita se parecía a ella.
En otra fotografía la imagen de su madre le arrancó una  sonrisa mojada. Un porta retrato mostraba a las tías Lola y Pepa, se las veía jóvenes. Llevaban en su cara un sello de acritud. Fue difícil vivir con ellas. Eran viejas de corazón, antes de serlo por edad.
Tenía veinte años cuando tomó la decisión de irse. Prefirió partir, antes de terminar pareciéndose  a ellas.
Soñaba  vivir. ¡Vivir! Como si fuera tan fácil protagonizar  sueños, darles vida…
Otra vez la niebla le cerraba la visión, debía ser su vista.
Cerró la puerta. La cama era una invitación a su cansancio. El viaje había sido largo, demasiado largo. Dejó que su cuerpo se aflojara y se cubrió con una manta.

Lily escuchó una voz entrecortada que  gemía.
Entreabrió la puerta del dormitorio. La anciana  dormía profundamente, sus manos abanicaban el aire, espantando  moscas invisibles.
Lily se acercó, la miró con cariño. Otra vez sus pesadillas
— ¡Señorita!  ¡Despierte! —Acarició el brazo de la anciana— ¡despierte que me asusta verla así!
Corrió las cortinas, la luz  avanzó iluminando la habitación. La anciana abrió los ojos. Estaba empapada y en un sopor del que no lograba reaccionar. Se sentó en la  cama tratando de regresar de ese mundo del pasado donde las imágenes se vuelven tan reales que espantan.  Miró a su alrededor, todo le  parece desconocido, no logra entrar en  la realidad. Tiene la boca seca como de ceniza y arena.
—Otra maldita pesadilla —murmuró.
—¿Quiere que le traiga un tecito? —la voz de Lily le llegaba  lejana.
—No, es temprano, no tengo ganas. Anda, seguí con tus cosas, en un momento se me va  a pasar el aturdimiento e iré a la cocina.
La joven se aleja e Isabel queda sola intentando entender ¿dónde está? Recorre con su mirada los cuadros,  las imágenes familiares. Reconoce los rincones se ubica en el tiempo y sonríe.
Sobre la calle Echeverria, el sol ilumina  el jardín y los jazmines comienzan a perfumar la mañana.








22 comentarios:

Rosa Mª Villalta dijo...

Maria Rosa, me gusta muchísimo tanto la pintura como su texto. Es muy, muy bueno. Me ha gustado mucho.
Abrazos.

Marinela dijo...

Gracias por tus cuentos.

Abrazos

Rafael dijo...

Has dibujado unos recuerdos en tu relato.
Un abrazo y feliz fin de semana.

maria del carmen nazer dijo...

Una preciosura María Rosa ! tus cuentos son re re re lindos. Yo me "engancho" y vivo todo lo que vas contando. Te creo todo, a pie juntillas.
Un texto hermoso, muy tierno con el agregado de hacer que quien te lee va VIENDO todo lo que cuentas.
¡Me encantó !
Mil besos.
¡Feliz finde !

Bertha dijo...

Sus vivencias y su recuerdos:con razón le cuesta ubicarse en la realidad.

Un relato muy entrañable estos recuerdos que siempre vuelven en los sueños.

Una pintura muy bonita y que mejor para acompañar este bello relato.

Un abrazo MªRosa.

Julio Dìaz-Escamilla dijo...

Interesante cómo en tu relato describes el paso de la protagonista con su atmósfera, la luz, los objetos y los olores, ésto, invaluable para un lector. Gracias por ello.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Creo, querida amiga, que este es una de los mejores relatos que he leído de tu frondosa producción. Tienes el don de hacer ver en imágenes tus palabras, , como bien dice María del Carmen Nazer. e compungía interiormente la situación . Y de repente, me cambiarte el escenario.
De vuelta al baúl de los recuerdos. Eres una maestra. María Rosa. Tu si estás condenada al ÉXITO Un abrazo Juan Angel Petta

Diana de Méridor dijo...

Qué bonito relato, madame. Yo también opino que es uno de los que más me han gustado. Me mata cuando saca usted toda esa ternura.

Feliz domingo

Bisous

Mª Jesús Muñoz dijo...

Ese paso del tiempo que no perdona...Esa joven de espíritu, que se quedó anclada en un pasado, que aún sigue latente en su alma, aunque ahora sea ya una viejecita...Impresionante, cómo nos llega su espíritu y su emoción, amiga...Mi felicitación y mi abrazo grande por tu buen hacer, Maria Rosa.
m.Jesús

Mirella S. dijo...

Tus descripciones son una delicia y sabés meterte -y meternos- en los personajes, siempre con una mirada piadosa o de ternura.
Me gustó mucho, Mariarosa.
No te pude visitar con la frecuencia que hubiese querido porque este año viene bastante complicado para mí.

Un abrazo.

Joaquín Galán (Jerónimo) dijo...

Un viaje hacia atrás en el tiempo muy bien narrado.Con los años,todos nuestros sueños nos llevan al ayer,es ley de vida.

Un placer leerte de nuevo María Rosa.

Abrazos.

TIGUAZ dijo...

El texto, como siempre, ciertamente bello, la pintura, no necesita ningún comentario. Desde tu otra casa mi cariño, me alegra saber que estas bien. Un abrazo.

Mercedes Ares dijo...

Hola Maria Rosa: Te debía hace tiempo una visita a tu espacio, me encanta tu forma de presentarnos los cuentos, con relatos detallados y hermosas sensaciones que mientras lo leemos vamos palpitando su desenlace. Hermosísimos!!!
Agradezco también tus bellas palabras en mi blog. Felicitaciones y Un abrazo!!!

Magdeli Valdés dijo...

saludos estimada
buen cuento de vida...
estas historias siempre me dejan pensando...

Manrique dijo...

Excelente narración. Siempre los cuentos atraen cierta curiosidad, por saber el final
Muy bueno.
Abrazos

Karima Zouine García dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Karima Zouine García dijo...

Qué gozada leer tus letras, querida amiga. Una maravilla de texto. Eres grande, Maríarosa.
Un fuerte abrazo.

María Socorro Luis dijo...

Que buena atmósfera sabes crear en tus relatos. Eres una excelente narradora.

Te abrazo.

Diego Sánchez dijo...

La verdad, consigues meterme entre los personajes fotografiados en tus relatos. Es tanto el realismo de tus narraciones y lo imprevisible del final.
Un abrazo.

Cristina A dijo...

Es un bello relato. Que captura la atención y el interés de comienzo a fin. Muy bien caracterizados los personajes donde sus sentimientos están a flor de piel ...
Me encantó leerlo y "vivirlo"
Fuerte abrazo con afecto
Cristina

Monica dijo...

Hola, me parecio estar caminando por la calle Echeveria y entrar a la casa. Vivi cada una de las palabras. EXCELENTE.

Boris Estebitan dijo...

Se me hizo un relato tierno, muy bien plasmados los personajes.

Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé, que me han contado o que escuché el un micro de viaje y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa