miércoles, 27 de abril de 2016

Prosa en purpura.







Eras la uva madura y el vino fresco en la siesta de verano, el río manso bebiéndose la tarde, la rosa morada y el clavel bordó.
La placidez del estío y la primera luciérnaga iluminando mi cansancio.
Eran purpura tus labios, gastándose  en las flores de lavanda y perfumando el aire.
Era purpura  el viento del sur  doblando los árboles con su rito antiguo y hundiéndose en la hierba blanda de rocío.
Y era tu voz caricia y vacio en la oscuridad.
Fuiste tanto que hoy nada queda. Sólo  la evocación de un río morado que se fue alejando hasta fundirse en el mar y hoy es pasado.




jueves, 21 de abril de 2016

El tren del fin del mundo.

En el día de la tierra, homenaje a Tierra del Fuego.



A veces una imagen nos remonta a otro tiempo,  a un mundo de fantasía que creímos olvidado y que de pronto se abre en nuestra memoria como una flor en primavera, después de un largo invierno.
Los  matices de aquel  paisaje del sur patagónico se fijaron en mi mente y aún hoy  todo gira en un arco iris de luz, naturaleza, aromas y algo de misterio que no pude develar, pero que en las palabras de una mujer india se hizo realidad.





Había dejado de nevar, el frío era intenso, tan intenso que el té se enfriaba en mis manos de solo mirarlo. El tren del fin del mundo no llegaba, los pasajeros esperábamos impacientes y la ansiedad nos hacía movernos de un lado a otro.
Los ventanales del refugio, el techo a dos aguas de color celeste y el tintineo de las tazas, junto a los aromas de café y chocolate están vividos en mi memoria.
Al fin el tren llegó.
La alegría de mis compañeros de viaje no lograba quitarme de la tristeza, elegí ese viaje pensando que  estar en compañía me cambiaria el ánimo.  Los pasajeros  se sorprendían ante cada montaña besada por la nieve, ni el pitar del tren cubría sus gritos.
El Río Pipo me pareció un pañuelo de seda azul ondulado por el viento fueguino y frente a mí, una anciana acercaba su cara a la ventanilla para ver mejor, por momentos se quitaba los anteojos y se secaba los ojos; la imponente belleza la emocionaba hasta las lágrimas. Sólo yo parecía estar ausente ante tanta hermosura.
En la Macarena nos detuvimos, la nieve  cubría el paisaje, y al bajar  al andén un grupo originario se acercó a nosotros. Me sorprendió una mujer del grupo, su piel de un dorado oscuro resaltaba lo claro y sereno de sus ojos y al sonreír dejaba ven una hilera de dientes perfectos, me ofreció sus artesanías, collares de
piedras  que el río arrojaba a la playa durante  la primavera cuando las aguas del río Pipo crecían por los deshielos. No sabía cual elegir, ella tomó uno y me dijo:
—Este es para usted, llévelo, la va a ayudar a encontrar la felicidad.
Me sorprendí, tan notoria era mi amargura. Sin creer en sus palabras; lo compré. Lo coloqué en mi cuello, era liviano como una pluma.
Nos rodeaba una cadena de montañas. El viento helado me daba en la cara y me hacía estremecer a lo lejos una cascada dejaba oír su sonido musical bajo los tibios rayos del sol. El tren del fin del mundo se puso en marcha y desde el andén la mujer de los collares me saludó agitando su mano, devolví su gesto con una sonrisa.
Cruzamos un parque extraño; el cementerio de arboles. Ver el antiguo bosque talado nos enmudeció. Alguien relató la historia.
Los presos más peligrosos eran enviados a la cárcel de Ushuaia, se los consignaba allí para alejar toda posibilidad de fuga. Ellos fueron los encargados de talar los árboles que luego alimentaban las cocinas y estufas del pueblo. Un trabajo cruel e inhumano y en un clima salvaje. Hoy solo queda el cementerio de arboles,  la cárcel se cerró a mediados del siglo XX.

El regresó fue lento. Nos rodeaban  bosques increíbles de cohiues, lengas, guindos y otras especies desconocidas para mí. En un momento se  cerraron mis ojos, un sopor parecido al sueño me envolvió y en esa beatitud regresó la cara de la mujer india que me decía:
—Ya pasó lo malo, sonría que su vida recomienza.
Desperté.
Regresábamos. Nos habíamos  deteniendo en la estación de la Macarena. Bajé. Busqué a la mujer que me había vendido el collar, no la encontré. Pregunté a uno de los guías. Me escuchó en silencio y  preguntó:
—¿Cómo dijo que se llamaban los que le vendieron el collar?
—Onas… la mujer me dijo: somos  Onas…
—Debe haberlo soñado, usted se quedó  dormida, seguro lo soñó. Los Onas se extinguieron de Tierra del Fuego hace casi cien años…
—¿Y este collar? —pregunté.
El guía lo miró se encogió de hombros y me quedé sin respuesta. Es que el guía no entiende que los Onas fueron y son los dueños de esa tierra y que su espíritu sigue caminando en ella.





viernes, 15 de abril de 2016

Sucedió en la Pampa.



   

Era como si los habitantes  del pueblo se hubieran  esfumado, ni el canto de las aves se escuchaba. Kilómetros de pampa bañados de silencio rodeaban las humildes casas. Algunas golondrinas volaban en círculo, nadie sabía si anunciaban su partida o buscaban un lugar más seguro que los techos de los ranchos. En la torre de la Iglesia  los nidos de las cigüeñas  mostraban desolación, sus dueñas ya no estaban, su vuelo de alas amplias se había perdido tras las nubes.

Atardecía, el rocío cubría el campo dándole un tono dorado al pasto ralo  y salvaje y  las ramas duras de los espinillos se retorcían bajo los últimos rayos de un sol amarillento y otoñal.
Todos los vecinos se habían encerrado en sus casas, temían que algo iba a suceder, pero nadie sabía qué. Un perro sin dueño, intentaba dormir bajo un sauce  llorón, las ramas lánguidas acariciaban su lomo flaco y él, cada tanto, alzaba las orejas y oteaba el horizonte, gruñendo sordamente.

Oscureció más temprano, era como si el clima  se hubiera contagiado del temor. Las trancas de las cerraduras quebraron la quietud a un mismo tiempo y entonces sí, el silencio fue total.
Las estrellas  se habían multiplicado, eran  un cardumen de pequeños peces plateados, curioseando en la noche de aquel pueblo.

Pasada la media noche, un sonido lejano sobresaltó a los hombres y mujeres que no dormían, era una estridencia cada vez más cercana, tan cercana que aturdía; dentro de las casas algunos se abrazaron, creyendo que ese sería el final, los niños lloraban aferrados a la pollera de sus madres. Los cuadros y las cruces que colgaban de las paredes se movían inquietos, algunos cayeron al piso, las mujeres se santiguaron. Las cortinas  se elevaron, a pesar de que las ventanas estaban cerradas, y se agitaron el aire en una danza que duró  minutos. En un momento el ruido fue ensordecedor, el suelo temblaba y cuando los habitantes del pueblo, creían que su mundo de barro y adobe ya no soportaría más, el estrépito fue cediendo hasta convertirse en un zumbido lejano.
Al asomarse  los primeros rayos del sol, los vecinos abrieron sus puertas.

Las  macetas y los malvones, cada árbol, cada rosal y  hasta las mesas y sillas de los patios, aparecieron bañados de una película de polvo que los cubría con un velo gris y parejo, la mano de un artista  las había igualado en color. Alguna gota de rocío rebelde se dejaba caer en los cristales de las ventanas o sobre las enormes hojas de los plátanos formando el surco de un río diminuto. Todos creyeron que mandinga había cruzado esa noche por el pueblo.


Bajo el sauce, el perro sin dueño fue el único testigo de aquella tropilla de cientos y cientos de caballos salvajes que  había atravesado el caserío y no los habían dejado dormir.

sábado, 9 de abril de 2016

El tren de la una y veinticinco





El  tren llegaría a la estación Carranza a la una y diez.

Marcos, bajó del subte y trepó a los saltos  la escalera, pero  no tuvo suerte, las puertas se cerraron y el tren se alejó en la noche como un cimbreante pájaro oscuro. El viento frío de otoño cubría el andén con hojas amarillas y papeles olvidados.
¿Y ahora?
Debía esperar hasta las cinco de la mañana.  Se sentó en un banco, el cansancio lo venció con un sueño entrecortado por las bocinas de las calles vecinas. Un traqueteo lejano le anunció que llegaba otro tren. Marcos dudó. Eran una y veinticinco, en ese horario no salía servicios de la central de Retiro, el grito del guarda lo convenció: ¡A Suárez!
Los vagones iban vacios. Subió. 
Le quedaba un rato largo hasta la última estación. Cerró los ojos. Un grito lo sobresaltó.  Se acercó a la puerta que comunicaba con el otro vagón, quedó de costado, sólo asomó la cabeza. Un hombre  golpeaba  a una mujer y la amenazaba con un arma. El sonido de un tiro lo paralizó.  Habían llegado a la estación de Belgrano R, el tren se detuvo, se abrieron las puertas, quiso correr y  ayudar a  la desconocida y no pudo sus piernas parecían de cartón, ni una voz de alerta logró expresar, el miedo lo había paralizado.
El hombre sostenía por la fuerza a la mujer,  la obligó a bajar. Su vestido celeste y su pelo rubio, manchados de sangre lo impresionaron.  Las puertas se cerraron y el tren arrancó. Hombre y mujer quedaron en el andén. Marcos temblaba, un sudor frío le empapó la camisa, no lograba reaccionar.

Lo despertó el silbato de un tren. Se encontró sentado en un banco de la estación Carranza. A duras penas se puso de pie, le dolían las extremidades. La camisa pegada a su pecho lo sorprendió.
¿Y el viaje y la mujer herida, fueron un sueño?

Miró el reloj, las cinco y diez, era el primer tren del día. Las puertas del vagón se abrieron,  subió. Quedó de pie en el descanso observando a los pasajeros. Dos muchachos  conversaban en voz baja, más allá, cabeceaba una señora mayor cargada de bolsos y junto a ella, un policía, de mirada osca,  observaba cada movimiento del grupo.

El tren entró  en Belgrano R, vio un grupo de personas en el andén, demasiadas para esa hora de la mañana. Varios policías dispersaban a los curiosos.  Se estremeció  recordando el sueño. Algunos pasajeros se  bajaron a observar, el policía fue el primero en acercarse  al grupo. Marcos miraba sin abandonar el vagón. Sin saber por qué comenzó a temblar.
En el piso del andén,  como una muñeca desarticulada, yacía una mujer rubia con un  vestido celeste manchado de sangre.





lunes, 4 de abril de 2016

Borges




Encontré esta perlita sobre Borges que me pareció interesante y quise compartirla con ustedes. Al menos para conocerlo un poco más.

BORGES

“El coraje fue una de las constantes en la vida de Borges. En la década de los sesenta lo llamaban por teléfono a menudo y voces anónimas lo amenazaban de muerte. Un día, harto de esas amenazas, contestó: “Mire, yo vivo en tal calle, en tal número, en el sexto piso y en la puerta hay una chapa que dice Borges: usted no se puede equivocar. Casi siempre estoy en casa y cuando tocan el timbre suelo abrir yo mismo la puerta; matarme es bastante fácil. Si usted lo hace, me favorece. Nada hay que favorezca más a un escritor o a un artista que una muerte violenta; Lugones y Gardel son una prueba de lo que digo. Venga nomás, no pierda más tiempo, lo estoy esperando”. Los llamados se interrumpieron definitivamente.



Cuando era todavía profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, una mañana irrumpió un muchacho en su aula y lo interpeló: 
—Profesor, tiene que interrumpir la clase.
—¿Por qué? —preguntó Borges.
—Porque una asamblea estudiantil ha decidido que no se den más clases hoy para rendir homenaje al Che Guevara.
—Ríndanle homenaje después de la clase —agregó Borges.
—No. Tiene que ser ahora y usted se va.
—Yo no me voy, y si usted es tan guapo, venga a sacarme del escritorio.
—Vamos a cortar la luz —prosiguió el otro.
—Yo he tomado la precaución de ser ciego. Corte la luz, nomás.
Borges se quedó, habló a oscuras, fue el único profesor que dio su clase hasta el final y sus alumnos, impresionados, no se movieron del aula.”


María Esther Vázquez. Borges, sus días y su tiempo.



martes, 29 de marzo de 2016

El cambio.

"Mujer frente al espejo" Picasso.




No recuerdo cuando comenzó el cambio, había llegado a creer  que eran mis ojos los que estaban perdiendo claridad.
Luego comprendí que no era yo, era algo diferente que sucedía entre el espejo y la imagen. Una noche en que Rodrigo estaba frente él, ajustándose la corbata, me acerqué para comentarle lo elegante que estaba, allí comenzó mi asombro. La imagen que reflejaba el cristal no era él. Rodrigo sonrió sin decir palabra, no veía lo mismo que yo. Había dos hombres, uno, el que estaba a mi lado, el que yo amaba, otro, el que reflejaba el cristal; avejentado, pálido, no lo reconocí.
Sólo en ese espejo sucedía el cambio, en los demás cristales de la casa, todo era normal… ¿o lo normal era ese ser desconocido?  ¿Me estaría  volviendo loca?
Mi intuición me decía que el hombre que yo amaba, me estaba engañando, ese era el cambio que mostraba el espejo. Sufría y no me animaba a enfrentarlo,  él seguía  amable, cariñoso, nuestras noches de amor eran tan apasionadas como al principio de conocernos, sin embargo, ese ser descompuesto que se asomaba desde el cristal, significaba algo, algo que no entendí en ese momento.
La tristeza entraba y salía de mí, como un aroma que me rodeaba e invadía mi cuerpo, vivía en permanente depresión.
Hasta que descubrí la verdad.  Me acerqué al espejo, apoyé mi mano en la luna fría, buscando  que  me explicara su poder o su magia y  entonces,  sucedió aquello; Rodrigo se aproximó,  se detuvo a mi lado y su sonrisa se transformó en un gesto de sorpresa, y comprendí; él se espantó ante mi imagen, cada uno de nosotros,  veía lo negativo del otro, reflejábamos nuestras miserias, éramos  el Dr  Jekill y el señor Hyde, frente a un misterioso  espejo.



Inspirado en “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, obra de Robert L Stevenson


miércoles, 23 de marzo de 2016

Casa vieja.






El olor a humedad, flotaba como un fantasma, se me nublaban los ojos, no sé si fue el ambiente o  las ganas de llorar.
Ya no estaban los muebles.
La ventana cerrada, dejaba pasar un rayo de sol por una grieta. En el piso, un  zapato negro, avergonzado de su vejez ruinosa, me espiaba detrás de un libro sin tapas. Restos de un florero que conoció mejores tiempos, se esparcían por el piso y más allá,  la silla que había pertenecido a mi madre; eran los únicos habitantes de lo que en mi niñez, me había parecido  un castillo de cuentos de hadas. 
Llegué hasta la escalera, los  peldaños que daban a los dormitorios, estaban rotos, me senté en el primero,  cerré los ojos y le di permiso al pasado para que me acompañara. Llegaron las voces queridas  de mis hermanos y con ellas, el aroma conocido del arroz con leche con vainilla y canela, flotó, llenándome el alma, me acerqué al antiguo lugar de reunión familiar; la cocina.
Nada quedaba en ese habitáculo de dos por dos, donde  crecimos y  aprendimos a vivir, ni la mesa, ni el horno, solo un sartén,  negro e inservible como mis recuerdos colgaba de la pared.

Era hora de irme, al día siguiente la casa sería un montón de escombros, los camiones se llevarían ladrillos, maderas y algún secreto escondido en un zócalo, junto con las voces y las risas de ayer.
Dejé atrás la casa y los recuerdos.
Aquel pasado, fue la raíz de este presente, una cepa que me alimenta el alma y me dio la sabia para ser hoy; una mujer  que sonríe sin   entender, por qué  el olor a vainilla y canela sigue flotando a su lado.




Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa