miércoles, 17 de diciembre de 2014

Sorpresas del amor.




Se había  quedado dormida, despertó sobresaltada y se levantó. Caminaba a tumbos por la casa tratando de quitarse los rezagos de sueño que no la dejan  ubicarse en la realidad. ¿Es domingo? Se preguntó, sí, es domingo. No encuentra café, sólo una caja de té, lo prepara y va a ducharse, jabón, toalla, champú y el acondicionador, listo; al agua. El baño caliente le ayuda a aclarar sus pensamientos.
Anoche bebió demasiado. Las situaciones vividas, al igual que instantáneas saltan  en su mente. El cumpleaños de Liliana, los amigos, la prima de Liliana que llegó con una pollera demasiado corta y era la risa de las mujeres y el deseo de los ojos masculinos. La cerveza helada, los saladitos y una sed tremenda en esa noche de verano que parecía condensar todo el calor del día en el departamento.
Ahora comenzaba a recordar. Lucas. Su ex. Apareció tan elegante como siempre, ramo de flores para la cumpleañera. Se acercó y quedó mirándola con una sonrisa que seguramente había ensayado varias veces frente al espejo.  
El muy caradura la saludó con un beso y nuevamente la simpatía desbordando por sus ojos y su sonrisa,  entendió que estaba  sorprendida, la tomó del brazo y se sentaron lejos de las voces, solos. No recordaba de qué hablaron. Salieron juntos, era tarde y él se ofreció a llevarla, le dijo que ya había pedido un taxi, no la escuchó, la tomó de la cintura y el beso llegó ante su sorpresa, se resistió y al final como siempre se quedó mansa ante su abrazo. Después… ¿Qué había pasado después? No recordaba. Cada vez que bebía de más; le sucedía lo mismo, olvidaba todo, seguramente ella se fue en el taxi. Mejor así, para qué recomenzar una historia en la que siempre el final era pésimo. ¿Cuántas veces se separaron y cuántas recomenzaron? Había perdido la cuenta, pero siempre regresaban, esta vez no, ella estaba bien segura de  sus decisiones, nunca más, está vez él siguió su camino y ella el suyo. Se amaban, pero estaban destinados al fracaso.
Un ruido suave de llave la sobresaltó, alguien intentaba entrar a su casa. Se abrió la puerta y Lucas; con una bandeja en las manos la miró sonriente desde el fondo de sus ojos de agua. “No tenías nada en la heladera, bajé y los chicos del bar  nos  prepararon un desayuno de reyes”.



jueves, 11 de diciembre de 2014

Camino a lo desconocido.


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Salieron del bar  festejando las bromas de Miguel, que caminaba detrás de ellos, abrazado a una joven desconocida.
—Vamos Miguel —Gritó Luis y tomando de la mano a Gabriela, dejó atrás a su amigo, que seguía entretenido con su compañera.
Doblaron en una esquina y se encontraron frente a  una calle angosta, con árboles muy altos, cadenas de luces como un arcoíris los  envolvían. Troncos y ramas daban una imagen de fiesta y color.
Gabriela señaló  un local pequeño, que mostraba una vidriera abarrotada de coloridos enseres.
—Vamos a ver —dijo Luis.
Al entrar se encontraron frente a  un pasaje angosto,  entre estatuas de ángeles y dioses mitológicos que parecían seguir sus movimientos con mirada curiosa. Nadie salió a recibirlos. Sobre muebles pasados de moda, había canastas con monedas antiguas, Gabriela tomó algunas  y las examinó.
—Son  muy antiguas, algunas son de oro y  deben valer mucho.
Mientras ella observaba con interés las monedas, Luis se alejaba a contemplar otra mesa con  rollos  de papiros, pilas de libros enormes y tan gastados que hubiera sido imposible averiguar su edad. Siguieron  caminando  por un pasadizo, que cada tanto se bifurcaba  en nuevas sendas. Un fuerte olor a sándalo cubría el ambiente. Corrieron una cortina de seda roja y hallaron una mesa con varios  candelabros  y velas, muchas velas de diferentes tamaños y colores y coronando la exposición, sobre la pared, pinturas con personajes tan arcaicos, como desconocidos. El olor del ambiente era sofocante y las muestras de extraños objetos se multiplicaban a cada paso. Los pasillos se fueron convirtiendo en laberintos sin salida.
—¡Alguien que nos ayude, queremos salir!  —Gritó Gabriela.
Nadie respondió, los rodeaba  el más absoluto silencio. Se encontraron nuevamente con la mesa cubierta de velas y ante su asombro se fueron encendiendo solas. Gabriela  comenzó a temblar, se aferró al brazo de Luis. El olor a cera los ahogaba, daban vueltas  y vueltas sin hallar la salida, ni encontrar alguien que los guiara. Las luces se fueron apagando, el reflejo de los cirios era la tenue y única  iluminación. Apuraban el paso, pasaban de un corredor estrecho a otro más ancho y ante su sorpresa notaron que los pasillos  se iban cerrando a sus espaldas, mientras el humo de los cirios  se extendía  y los rodeaba, ahogándolos y sin permitirles respirar. Gabriela no soportó más,  perdió  el conocimiento y cayó en los brazos de Luis, que la cargó  y continuó buscando la salida. Las fuerzas lo abandonaron, cayó de rodillas y el peso de su compañera lo empujó hacía el piso  y allí quedaron, con apenas un suspiro de respiración  y sin conocimiento.

Los encontraron desvanecidos en la calle.  Los gritos asustados de Miguel los trajeron a la realidad. Sentados en el suelo se   apoyaron  en la pared,  mientras  Miguel y su compañera los miraban con los ojos enormes, sin encontrar explicación  al momento que estaban viviendo.  Luis intentaba abrir los ojos, le pasaban los párpados y todo le daba vueltas, la calle; los tilos  de la vereda. Gabriela temblaba, se miraron, no comprendían  cómo llegaron allí.
—¿Dónde se habían metido? —la voz de Miguel los urgía a responder.
—No sé que nos pasó… —dijo Gabriela.
—Ustedes tomaron demasiada cerveza y seguro que  fumaron algún porro —les reprochó Miguel.
—No fumamos nada y apenas tomamos una cerveza cada uno.
—Entramos en un negocio de venta de artículos antiguos —dijo Luis—  y mientras recorríamos los pasillos, algo misterioso sucedió de pronto, el miedo nos paralizaba y no podíamos hallar la salida.
Luis miraba a ambos lados buscando el negocio al que habían entrado.
—Doblamos en esa esquina y el  local estaba allí… —dijo señalando un edificio de departamentos.
—¿Están seguros que fue en esta calle?
Si estaban seguros y lo peor que no les creían, Miguel seguía acusándolos de haber bebido.
Luis se levantó tambaleante, ayudó a Gabriela y dijo:
—Ya estoy dudando de mí mismo, no sé que nos pasó.
—Yo no dudo, sé que entramos en un local de cosas viejas, no entiendo porque  motivo ha desaparecido, pero estoy segura de lo que vivimos —dijo mientras mostraba en su mano extendida un puñado de monedas de oro.




jueves, 4 de diciembre de 2014

Al borde del estanque.




Mi hermana Lili decía que en el fondo del estanque,  jugaban  

ángeles. Algunos  blancos, otros negros, pero todos  muy bellos. Lili  
 juraba que los veía y  sonreían cuando ella  les hablaba. Siempre pensé que mi hermana  estaba  loca, a pesar que mi madre no me permitía decirlo, yo lo sabía y mi hermano también se había dado cuenta.

Los ángeles la esperaban por la tarde, así decía ella, les llevaba caramelos y chocolates yo la miraba desde la  ventana de la cocina. Arrojaba las golosinas sobre el agua, una a una,  algún truco realizaba; ya que cuando ella se iba, yo bajaba y no encontraba en el estanque  ningún dulce. Sólo los papeles del envoltorio, vacíos, sobre  el agua. Lili bailaba sobre el borde del estanque, parecía flotar, elevaba los brazos y su figura se mecía en un vals imaginario.
Un día mi hermana Lili, desapareció. Mi madre en su ignorancia nos  negó explicación sobre su paradero. El primo Sebastián, me dijo que la habían internado. 
Meses después mi madre se vistió de negro, durante  años fue una sombra oscura deslizándose por la casa. Nunca nos dijo que Lili había muerto. Fue Sebastián quien  confirmó lo que  presentíamos  mi hermano y yo.

Mi madre se volvió  callada, sólo la mujer que nos llevaba a la escuela y nos asistía, conversaba con nosotros. Fuimos niños tristes, casi no jugábamos ni reíamos, cuando lo hacíamos mi madre se asomaba al ventanal y pedía silencio. Mi hermano ingresó  en un colegio militar,  sólo venía los viernes por la tarde, se iba el domingo  por la noche; mi aburrimiento crecía durante la semana.

Una tarde, sin nada que hacer, me asomé al estanque y allí estaba ella. Era Lili  y sus ángeles que me saludaban.  Reclamaba caramelos para ella y sus amigos. Corrí al comedor, alcancé el frasco de golosinas. Llené mis bolsillos,  cerré el frasco y volé hasta el estanque.

Desde ese día juego con ellos. Lili me aconsejó que no lo cuente, no sea cosa que me internen como a ella.






viernes, 28 de noviembre de 2014

Algo había sucedido en Montevideo.



Primero fueron espaciándose los correos, luego el chat siempre cerrado; confirmaron su presentimiento, algo  estaba sucediendo en Montevideo, algo que ya se presagiaba y él no quiso entender.
Decidió ir a verla. Se alojaría en un hotel sin avisar de su llegada y averiguaría, qué había sucedido con Mariana
No necesitó mucho tiempo para saberlo.

Un cielo gris lo recibió en Montevideo, presagiaba tormenta, decidió salir igual. Caminaba sin rumbo, cuando la vio cruzar la Plaza Independencia y entrar a un bar de la Avenida 18 de julio, pensó en gritar su nombre, prefirió callar, fue mejor así. Ingresó  al bar y buscó una mesa en un rincón. Minutos después, un hombre joven se sentó al lado de ella, le resultó desconocido; no le gustó.  A pesar de su elegancia, llevaba un sello de vulgaridad  que su ropa fina no ocultaba. Conversaban animadamente, acercaron las sillas, los vio acariciarse, se besaron. Crispó los puños y debió contenerse para no gritar y armar un escándalo. Dejó pasar un tiempo, una vez tranquilo, salió. Caminó sin rumbo, al fin regresó al hotel y pidió que le consiguieran un pasaje de avión para el día siguiente. No cenó, un fuerte dolor de cabeza le nublaba la visión. No  lograba contener el temblor de su cuerpo, sus manos se agitaban, todo se le caía, primero fue un vaso de agua, luego la navaja, no logró afeitarse, al fin agotado; se acostó.
Despertó estremecido. Las manecillas del reloj marcaban las cinco y diez de la mañana. Se levantó, su pantalón y la campera, tirados en el suelo, lo sorprendieron, los acomodó sobre una silla. Se acercó a la ventana, estaba amaneciendo. El temblor de sus manos, el cansancio en sus miembros le daba el efecto de que había corrido alocadamente, todo es producto de la angustia vivida, pensó.

Al regresar a Buenos Aires, el departamento, la soledad le produjo un sentimiento de tristeza. El agotamiento de su cuerpo, continuaba. Se quedó dormido en el sillón. Lo despertó el celular. Una mala noticia. Habían encontrado a Mariana muerta en su departamento. Estaban investigando. Su celular cayó al suelo, mientras un aullido de dolor se ahogó en su garganta.
Voló  a Montevideo. El detective que lo recibió, lo miró con pena. “Su esposa vivía aquí con un amante –le dijo-. Un tipo peligroso, era argentino y tenía varias entradas por desfalco y robo”. Siguió explicando: “La ahorcaron con una media de nailon. No encontramos la otra media. El amante tenía  antecedentes y varias entradas en la policía.”  Él escuchaba y no entendía, la voz le llegaba lejana, las palabras resbalaban en su oído.  No le preguntaron nada de su vida, guardó silencio. La investigación giraba en torno al tramposo que había escapado.

Después de varios días, el amante fue detenido  en la frontera, tratando de cruzar a Brasil. El tipo llevaba en su prontuario demasiada oscuridad.
—Hace tiempo que lo buscábamos por una riña entre pandilleros, donde hubo dos muertos. Es un personaje de la peor calaña, siempre metido en asaltos y robos, pero bueno, aunque él niega todo, ¿por qué escapaba a la frontera si era inocente?

Regresó a Buenos Aires sin poder entender el engaño de Mariana. El temblor de sus manos no lo dejaba en paz.  No lograba concentrarse en sus planos, su mesa de trabajo, la regla de cálculo, el compás;  duermen. Intentó centralizarse en la computadora y completar desde allí los diseños; imposible. Su vida era un infierno, un laberinto sin salida, desde la tarde en que encontró en su campera, aquella con la que viajó a Montevideo, la media de nailon de Mariana…

        

sábado, 22 de noviembre de 2014

Monólogo interior de una mujer.





¿Y ahora qué?
Él me mira e intenta decirme algo, al fin queda  mudo y suspira. El bar está silencioso, hay poca gente. Espero  que comience, vine sólo a escuchar.  Está nervioso. Tantos años sin vernos y después de nuestro fracaso como pareja, hace difícil una conversación. ¿Por qué le habré aceptado tomar un café? Dobla la servilleta, la estira, la vuelve a doblar, mira tras el cristal a la gente que pasa por la calle. No habla. ¿Para qué me invitó? Si  piensa que soy la misma  que conoció hace años, la que lloraba ante sus arranques de histeria; está equivocado. Quiero irme. Me doy cuenta que  está inseguro o finge estarlo.  Me acomodo en la silla y lo miró, bebe su café lentamente. Seguramente está armando un rollo sobre el amor. ¡Si lo conoceré! Ahora me mira. Intenta poner cara de sufrimiento.  Esas caritas ya no me convencen, vos no me convences.
Al fin, impostando la voz, me dice;
—No te he  podido olvidar.
No respondo. Dejo que hable. Yo tampoco lo olvide, pero por motivos diferentes. ¿Cómo olvidar lo que pasé a su lado? Sus celos, sus gritos, su constante mal humor.
Ahora habla y habla, me quiere  convencer y  pinta un mundo nuevo color esperanza, igualito a la canción, mientras mi mente va reviviendo las imágenes  de la vieja película de nuestra convivencia. Basta. Soy una tonta si  sigo escuchando su discurso, va a terminar convenciéndome que nadie me ha amado como él y que sólo yo, soy la culpable de nuestro fracaso. ¡Me aburrió!  Me pongo de pie, lo saludo y  dejo sobre la mesa, los veinte pesos del café. Recordé que también era tacaño.


domingo, 16 de noviembre de 2014

El viejo guerrero.



El patio de baldosas amarillas era tan arcaico como don Resti. 
Por las tardes el viejo se sentaba  en su sillón de mimbre, fumaba su pipa y con los ojos entrecerrados parecía soñar. Desde mi silla y con el libro de lectura, que no leía, lo observaba. Mis pies que no llegaban al suelo, se balanceaban sin producir sonido. En aquellos momentos se producía entre él y yo, un cruce, digamos telepático, yo podía ver sus  pensamientos o los imaginaba; los valles escandalosamente verdes de su tierra gallega, sus hermanos; la imagen de sus padres.
El humo de su pipa se elevaba lento, abría el aire y lo perfumaba. Parecía una estatua, un viejo guerrero viajando en sueños a su campo de batalla, a su mundo perdido. Una tarde no regresó.

No entendí por qué lloraban sus hijos, no había motivo para estar triste.  Don Resti seguramente sonreía,  al fin había regresado  a su tierra de vides y mar.



domingo, 9 de noviembre de 2014

Homenaje a Julio Cortazar.


Al cumplirse el centenario del nacimiento de Julio Cortazar, la Municipalidad de Gral San Martín organizó un concurso de relatos breves, basados en la novela "Rayuela".
Mi cuento resulto finalista, se los presento:




“Ese efecto de vuelo cansado”


Hoy regresé a París crucé su niebla gris 
lo encontré tan cambiado,
las lilas ya no están 
ni suben al desván
 moradas de pasión soñando como ayer…

“La Boheme”   de Charles Aznavour.


Había conocido a Oliveira en una reunión de jóvenes idealistas que soñaban con cambiar el mundo,  en aquellos años él llegaba siempre con una joven a la que llamaba la Maga. Se los notaba enamorados, al menos ella lo miraba con tanta ternura que emocionaba. Me invitaron varias veces a sus reuniones del Club de la Serpiente, las discusiones filosóficas terminaban siempre en disputas en especial cuando el vodka  nublaba  los ojos y nos trababa la lengua y nuestras mejores ideas se perdían adormecidas con la voz de Satchmo. Me fui haciendo habitué de esos encuentros, hasta que debí viajar a Buenos Aires, al regresar meses después, el grupo ya no existía.  Horacio Oliveira vivía solo en una bohardilla de La rue Rivoli.  Lo encontré extraño, no era el mismo, vegetaba obsesionado por encontrar a la maga, solía salir a caminar, se perdía en los  laberintos de las  calles parisinas, que irremediablemente lo llevaban hasta el Sena y allí quedaba mirando las aguas oscuras. A veces lo acompañaba tratando de distraerlo, pero su mente no estaba allí, ni él sabía por dónde vagaba.
Tiempo después me dijo que  regresaba a Buenos Aires, con la idea de viajar a Montevideo y buscar a la Maga. “¿Dónde la vas encontrar?” le pregunté. “Nunca nos citamos  y siempre nos encontramos”, me respondió.
Oliveira se fue y perdí todo contacto con él. Mi vida se fue integrando a la ciudad, sin embargo nunca pude olvidar a la Maga y a Horacio.

Creo que fue allá por el 68, yo lo recuerdo porque París era un desorden de manifestaciones y algarabía juvenil.  Creí verla pasar.
Podría haberme equivocado, pero era imposible que me  confundiera, conocía muy bien ese caminar tan suyo, como si las veredas fueran de algodón, ninguna otra mujer lograba ese efecto de vuelo cansado, parecía un pájaro en medio de una tormenta. Estaba seguro de que era ella, aunque en ese momento surgió la duda, tal vez era una mujer que se le parecía; ninguna se le  podía  parecer, ella era única, todas las mujeres estaban en ella, pero ella no estaba en ninguna.
La alcancé en la Rue de la Harpe, pero los estudiantes que iban y venían abrazados y cantando, me retuvieron; en un momento, ella dobló en el boulevard Saint Germaine, la vi entrar a un café, la seguí, demasiado bullicio, me aturdieron las voces elevándose en una música de discusiones y risas, el tintineo de la vajilla y yo perdido en el medio  de tanta algarabía ciudadana, no la encontré. ¿Dónde se había metido? Sentí ganas de llorar.  Necesitaba un café bien cargado, busqué una mesa vacía. Imposible.  Hasta que  un grupo se levantó, salieron cantando  una canción de Aznavour, qué locura.  Y recordé a Discépolo; Cambalache, la biblia y el calefón, que bien venia en este momento.
Miraba tras los cristales esos jóvenes que intentaban cambiar el mundo o al menos a Francia, este mayo va a quedar en la historia, me dije. El aroma del café era un bálsamo. Fue entonces cuando la vi detenerse en la calle y acercarse al ventanal, me miró,  apoyó la mano en el cristal y sonrió, quise levantarme e ir a su encuentro, con un gesto me detuvo, apoyé mi mano junto a la de ella y nos quedamos así. Las manos unidas, el cristal nos separaba, pude recibir su calor, me regaló su sonrisa, tan única, no había cambiado, me arrojó un beso y se fue. El grupo de manifestantes cruzaban cantando, no  imaginaban que estaban cambiando el mundo.…



Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa