martes, 14 de octubre de 2014

¿Quién es esa mujer?




El espejo reflejó mi imagen, me miré largamente, como quien busca en un viejo cajón, algún tesoro olvidado, alguna carta que lo rescate del aburrimiento. Qué razones me llevaban a pararme frente al espejo, analizando el arcano de la vida y la muerte escondidos
en el cristal. 
Me sorprendió la sonrisa de la mujer,  sus ojos pequeños, era yo, pero era otra. ¿Y la que yo tengo en mi mente dónde está? Le pregunté. La mujer del espejo, lentamente, llevó su mano al rostro y quitó una piel, una máscara. Nuevamente es mi imagen, pero  de hacía varios años, menos arrugas, las primeras canas se asoman curiosas, no es la que recuerdo le dije. La imagen repitió el gesto y volvió a quitar otra máscara. Apareció mi cara, el pelo oscuro y sin tintes, el óvalo de mi rostro era otro, la piel fresca, sin embargo no era la que yo esperaba. Se lo dije y la mujer del espejo quedó pensativa; al fin pareció recordar algo, sonrió y renovó el gesto anterior. Un juego de colores como un calidoscopio apareció en el espejo, di un paso atrás y ante mi asombro, apareció la que mi memoria  recordaba,  la que fue el principio de la de hoy.

La que creía que la vida era un juego y que recorría el patio a los saltos en un solo pie; la que le contaba  sueños a la luna, para que  los hiciera realidad, aquella a las que las mariposas le caminaban por la mano, la que imaginaba que el fondo de su casa era una selva y los conejos leones y los gorriones,  cóndores al acecho. La del flequillo y la melena corta, la de los ojos grandes y los dientes torcidos. ¿Dónde estás?, le pregunté. No respondió, pero antes de esfumarse como una voluta de humo, sin palabras, me señaló.

domingo, 5 de octubre de 2014

La del noveno B


La policía  llamó varias veces a mi departamento. Les expliqué que tengo sueño pesado, que no escuché nada y que debo ir a trabajar.
Nos convocaron a los inquilinos del noveno piso  en el salón  de la planta baja. El comisario repetía las preguntas, primero a uno, luego a otro, era molesto. Me miraba e insistía, al fin me cansé y dije: ¿Por qué no preguntan a los demás inquilinos del edificio?

Yo no conocía a la chica, era nueva y no se daba con nadie. Alguien comentó que salía temprano y regresaba tarde, pasadas las 23hs y los viernes llegaba  acompañada de un señor mayor y agregó, seguramente su padre. La viuda del noveno sonrió burlona, ¿Padre? No salían del departamento hasta el domingo a la noche y por los grititos y corridas, lo pasaban muy bien. Todos la miramos, y no dijo nada más. Nos separaron por grupos y comenzaron a interrogarnos, ¿dónde, a qué hora, ruidos, qué clase de persona era? Qué sé yo  y qué me importa, respondí con rabia. Medina mi jefe me va colgar, ya llevo una hora de atraso. 

Al fin me dejaron salir, directo a escuchar a Medina y sus gritos.
La avenida era un caos, hora en que las madres llevan sus hijos a la escuela, todos con el tiempo justo y la mayoría,  como yo, con el yugo de sus jefes en la espalda.
Qué pretenden los investigadores, que les aclare el crimen de una joven desconocida, están locos si piensan que voy a decir algo. 

Laura, Laura Ordoñez, así se llamaba, recién me entero.
A Laura la había conocido unos meses atrás, en un restaurante, estábamos festejando el cumpleaños de mi hermano Javier, ella se acercó y lo saludó con un beso, “es una compañera de la facultad”, dijo Javier. Ella se fue sin mirarnos. Nunca más la volví a ver, hasta este verano en que la encontré bajando del ascensor y la vi entrar al noveno B. Ella no me reconoció, y yo seguí, sin darme a conocer. Días después le comenté a Javier, se encogió  de hombros y dejó caer un calificativo que no me gustó. “Vamos hermanito, ésa no es forma de hablar de una mujer”, le dije. Se lo merece, respondió.  Intenté hurgar cuál era el motivo de su enojo y su respuesta me inquietó; “Éramos algo más que amigos, manteníamos nuestra relación en secreto, hasta que pudiéramos irnos a vivir juntos, hace unos meses se  despidió de mí con algo que no esperaba, dijo que estaba saliendo con un amigo de su padre, un empresario que le había alquilado un departamento y que no me iba a decir la dirección para que no  hiciera un escándalo.” Que ironía, alquilaron en tu mismo edificio y piso. Lo noté tan apenado que sólo me animé  a decirle; “dejá que haga su vida, es mejor  no seguir pensando en quien no te ama.” No volvimos a hablar de ella.

¿Y ahora qué?
¿Cómo  le explicaré a mi conciencia que esa noche, vi salir a Javier del departamento de Laura?


domingo, 28 de septiembre de 2014

Mi abuela y sus historias.






A veces  me parece que estuve allí, que viví esa época en que los carros tirados por caballos cruzaban la calle Corrientes, cuando no  era avenida y era angosta. Eran los años en que Carriego  escribía las “Misas herejes” y recorría  Palermo, que era otro y eran  las mismas calles, pero otros edificios.  En ese entonces Borges  visitaba  el barrio sur, buscando historias de cuchilleros y malevos. Nadie soñaba con la segunda guerra mundial y en Buenos Aires se paseaba en tranvía sobre calles empedradas y aromadas de paraísos.
Cuando mi madre era joven y espigada y caminaba por la calle  Iberá  y mi viejo la seguía de lejos, buscando las palabras justas para  declararle  su amor.
¿Desde que rincón de mi mente salen las leyendas  de una ciudad que no conocí?
Serán las historias que mi abuela joven había leído en el diario Crítica y que,  pasados los años y ya anciana, las transformaba en cuentos;  mientras otras abuelas  relataban  Blancanieves  y Cenicienta, ella me hablaba de los conventillos y su gente,  de Leopoldo Lugones, sus versos y su muerte  en un hotel del Delta.

Seres que fueron y que en mi niñez ya no estaban, los había tragado la vida, eran recuerdo; pero la abuela los rescataba  y los hacía actuales. Y de tanto escucharlos, quedaron grabados en  alguna neurona que a veces se despierta  y  crea con ellos personajes que  habitan  relatos, personajes sin infancia ni vejez y que llegan a vivir el tiempo justo de un cuento. 

lunes, 22 de septiembre de 2014

Dos poemas


Juntos.

Derribando murallas,
tren que embiste y sigue,
velero sin vela, ni viento,
de pie, con tu beso en el alma,
siempre de pie.


Realidad

Media luna  dibujada en rojo sobre blanco
máscara de clon que quiere vender  otra realidad.

Invento cada día una sonrisa de payaso
y el espejo me devuelve,
las agujas del reloj,
una copia real, sin afeites ni máscara
es el polvo de la vida que cae,
cambia
y muestra su verdad.


lunes, 15 de septiembre de 2014

Una mujer diferente



Desde el primer día que te vi y a pesar de mi corta edad,  comprobé que eras  diferente. Las vecinas del barrio deben haber sentido lo mismo, porque  comenzaron a tejer historias sobre tu vida.
No soportaban tu sonrisa  a flor  de labios. Vivías como ellas en un barrio pobre,  donde la lluvia dibujaba lodazales en cada esquina y las casas bajas eran cuadradas como alguna mentalidades. Seguro que te molestaban los gritos de los chicos, que no perdonaban ni los  domingos. Sin embargo nunca protestabas, ni los corrias.
Las vecinas te espiaban escondidas tras las persianas, salías todas las mañanas y regresabas por la noche con la misma amabilidad, saludando a todos. Un día escuché a una de ellas decir:
-¿Pero a esta mujer nunca le duele la cabeza?
-Parece una muñeca, siempre sonríe –acotó otra.
-Si, pero de plástico, ¿Quién sabe a qué se dedica la mina esta? –sentenció la tercera.
Cuando el farmacéutico, el único soltero  buen  mozo que quedaba en la cuadra, comenzó a visitarte, ellas enfermaron de celos. El día que te vieron salir con él en su coche, la envidia las carcomió, esperaron hasta pasada la medianoche para verlos regresar.
Cada día, una de ellas visitaba la farmacia y dejaba su gota de veneno en los oídos del pobre hombre, inventaron historias que hasta el mismo García Márquez hubiera querido para sus novelas. Hasta que un día, él, dejó de visitarte. Cambiaste, ya no sonreías, tus ojos estaban siempre ocultos tras tus anteojos negros.
Los meses pasaron, vos te fuiste del barrio, al año siguiente, la farmacia cerró y según me contaron el farmacéutico se fue a Chile.
Ellas siguieron su vida de miseria, tan vulgares como los yuyos que crecen en el  cordón de la vereda.
Yo crecí, pero no olvide  tu cara ni tu sonrisa.

Por eso, cuando te vi paseando por la calle Florida,  con aquel  farmacéutico, me sentí muy feliz y ante la cara extrañada de los que iban y venían a mi lado, me largué a reír como una loca.



Cuento corregido y ya publicado. 


lunes, 8 de septiembre de 2014

Pequeños brotes.




 Imposible evitar el estremecimiento que  los recuerdos siguen produciendo en mí, despierto cada noche con  la ropa pegada al cuerpo y  la sensación de que la pesadilla renueva el drama.

Habíamos llegado a una  isla del Tigre, con mi amigo Sergio y dos compañeras de la facultad, Carla y Jimena, y las intenciones de divertirnos de cualquier forma.
Al recorrer  la casa de arriba abajo, llamaron mi atención dos escopetas y me dije que servirían  para nuestras aventuras; lo que nunca imaginé, fue que a partir de allí, mi vida sufriría un quiebre, y quedaría  marcada para siempre.
Era domingo y preparamos un asado que comimos a pleno sol; bebimos  como esponjas y luego nos sentamos bajo un sauce, mientras  el alcohol seguía de mano en mano. La conversación giraba de la política a los libros, las palabras brotaban en un sinsentido total, las voces subieron de tono y concluimos discutiendo. Me ofendía que no aceptaran mis conceptos, se burlaban de mí: al fin me levanté,  fui  a la casa y  regresé con una escopeta y les dije: “voy a matar conejos”. Sergio buscó la otra y con  ella al hombro  nos metimos entre los matorrales, las chicas nos siguieron. Los conejos no aparecieron, ni una miserable liebre se hizo ver, el alcohol nos hacía perder el equilibrio y cada tanto uno de nosotros caía entre los matorrales, mientras los demás festejábamos a pura risotada. Dos perros enormes  surgieron de pronto, salidos del  enmarañado bosque. A falta de conejos, apuntamos a los perros; el primero en disparar fue  Sergio, el animal cayó aullando,  el otro se nos vino encima y mis escopetazos lo hicieron saltar por el aire. Nuestra borrachera era tal, que seguíamos disparando y riendo,  mientras los animales estaban  muertos. De pronto una joven apareció frente a nosotros, miró a los perros y comenzó a gritar enloquecida, cayó de rodillas y los zamarreaba intentando darles vida. Nos miró, se puso de pie y nos grito: “Asesinos, hijos de puta” gritaba y repetía el insulto, una y otra vez. Sergio levantó el arma y disparó, Carla se fue sobre él tratando de evitar  el desastre;  demasiado tarde, la chica cayó  como una muñeca desarticulada sobre  sus perros. Jimena se acercó, le tomó el pulso y grito: “¡Está muerta!”. Sergio corrió hacia la casa y los tres lo seguimos, dejando a la piba y a los perros abandonados,  mientras el sol comenzaba a declinar en un cielo naranja y gris.
Llamé a mi viejo y nos dijo que limpiáramos la casa, para no dejar rastros de asado ni de nuestra  presencia.
La lancha del padre de Sergio nos vino a buscar.
Nuestros padres nos prohibieron  hablar del tema y nos sacaron del país, mi amigo rumbo a España y yo a Italia a casa de mis abuelos.

No he olvidado la cara de aquella chica, ni el espanto de sus ojos que me persiguen  cada noche; nada logra sacarme de la oscuridad, ni de las pesadillas, los siquiátricos en los que pasé buena parte de mis años, nada aportaron para darme luz. 
Aquella ilusión de llevar a término  la carrera de Letras se perdió como otras quimeras que intenté realizar.
Sergio abandonó  estudio, familia, su vida fue una sucesión de errores,  vencido por la droga y el alcohol. Carla y Jimena se esfumaron, a Carla me pareció verla hace unos años,  caminando por la Av Corrientes, traté de alcanzarla, su figura aparecía y se ocultaba entre el gentío que salía de la boca del subte; corrí, pero fue en vano, se evaporó ante mis ojos, como lo no vivido, como la juventud.




lunes, 1 de septiembre de 2014

El teatro.




No me hacía feliz la tarea que me habían encomendado, visitar  el teatro  Riera, encallado en un  pueblo de la provincia de  Buenos Aires.  Debía  sacarlo de circulación, según me habían dicho, era oneroso para la municipalidad.  La gobernación  intentaba recortar gastos  no quería hacerse cargo de él. Demasiado antiguo y demasiados problemas edilicios, así lo había declarado el Concejo Deliberante provincial en su última sección.
Sólo el intendente me recibió con una sonrisa, los empleados de la oficina municipal, me observaron con  gesto desdeñoso, yo era el monstruo que llegaba para devorar la joya antigua del pueblo.
El intendente me dejó en la puerta del teatro,  alegando una reunión muy importante, comprendí que no deseaba encontrarse con la directora, que sería la encargada de llevarme a recorrer las instalaciones.
La fachada  gris del Riera me predispuso mal, puertas remendadas,  veredas rotas y una nostalgia que se adivinaba en cada detalle. En el hall de entrada, una mujer de unos sesenta años  me esperaba me tendió la mano con gesto adusto.
—Soy Sarita Bermúdez Prieto, la directora del teatro.
Hizo una seña para que la siguiera; Sarita vestía con elegancia, estaba preparada para una noche de gala. En las paredes, los afiches descoloridos mostraban los rostros  de muchos actores del viejo cine: Tita Merello,  Sandrini, Sarita Montiel,  Aurora Bautista…. y otros arrumbados en la memoria del tiempo.
Mantenido con esfuerzo, el edificio del teatro no daba más,  el techo de chapa y sus molduras quebradas admitían que los días de lluvia el salón principal se convertía en un lago. Los camarines hacía tiempo no se usaban, en sus espejos manchados por la infiltración de agua,  nuestra imagen pareció retorcerse, salimos a los pasillos y allí las paredes descascaradas mostraban la triste sonrisa de sus ladrillos originales, el olor a humedad brotaba de ellos y me cerraba el estómago.
—El teatro tiene más de cien años, fue diseñado por un arquitecto alemán y construido con los mejores materiales del momento, su acústica es perfecta; El gobernador debería ayudarnos a mantenerlo…
La voz de la directora se quebró,  caminaba unos pasos adelante y trataba de ocultar su emoción, su figura por momentos se desdibujaba, mi estado nervioso  me afectaba la visión.
—Señora —le dije— mi tarea no es grata pero en mi informe dejaré constancia de sus palabras.
—Aquí actuaron grandes actores del cine nacional y del extranjero,  María Callas cantó en este escenario, también Beniamino  Gigli; el teatro Riera fue la vida de nuestra ciudad y con mucho esfuerzo lo mantuvimos en pie, pero ya no podemos más y por lo visto al estado provincial sólo le interesa el valor que puede redituarle el predio.
Íbamos recorriendo los pasillos que  llevaban al escenario, entre cortinados de terciopelo rojo con un olor agrio e indefinido, y en un momento me perdí.
—¿Señora…dónde está? —dije en voz alta.
No respondió.
Las luces comenzaron a titilar hasta apagarse. No me gustó, comprendí  que intentaban asustarme.
—Aquí estoy —dijo  la directora.
—Por lo visto la instalación eléctrica  funciona mal —le dije.
—No, la instalación es nueva, la que juega con las luces es Mariana, nuestro fantasma.
—¿Fantasma? —No me había equivocado, intentaba asustarme.
—En todo teatro  existen fantasmas, los actores no abandonan el lugar donde fueron felices,  existe una carga emocional muy fuerte, no sólo Mariana lo habita, hay tardes en que se escuchan murmullos de voces y risas que han quedado entre estas paredes.
—Señora yo no creo en esas cosas.
—Debería creerlas… — y su voz sonó burlona.
Volvió la luz. Seguimos recorriendo el teatro.
 —Los techos son un peligro —dije observando las chapas que asomaban— La mampostería no llega a sostener su peso.
La cara de la señora Sarita era de piedra, le pedí ver la parte de atrás del escenario, me di cuenta de que lo había omitido y quería saber el por qué.
Allí, las sogas que pendían entre los cortinados eran antiquísimas; maderas  arrumbadas y restos de butacas  dibujaban un paisaje de vejez y desidia. Una rata cruzó frente a nosotras, grité y di un paso atrás, tropecé con un listón   y caí pesadamente al suelo; me levanté y al intentar preguntarle a la directora por qué estaba tan abandonada esa parte del teatro,  nuevamente se había esfumado.
—Definitivamente, está mujer pretende espantarme —me dije.
Intenté salir de allí y no lo logré. Alguien me observaba entre bambalinas, intuí su presencia, el movimiento de los lienzos que colgaban del techo  me estaban asustando. Me perdí entre cucarachas, ratones y telarañas que daban al lugar un ambiente de terror.
—Señora Sarita —dije en voz alta. Su voz me llegó lejana.
—Siga adelante y doble a la derecha.
Obedecí y, sin saber cómo, me encontré en el escenario. Desde allí, las butacas vacías daban tristeza.
En la entrada a la sala, una mujer alta de cabello canoso me hizo señas con la mano.
—¡Hola! —me dijo y se acercó.
Bajé por una escalera del costado y me acerqué a ella, era tan delgada que murmuré entre dientes: Lo único que me falta es que sea el fantasma del teatro. La mujer llevaba un equipo de gimnasia Adidas, demasiado moderna para ser un espectro.
Sonriente, extendió su mano y me dijo:
—Hola, usted se adelantó a la cita, me dijeron que llegaría a las diez de la mañana…soy Juana Calvo de Aranguren, la directora.
Creí que me desmayaría en ese mismo momento.
¿Con quién  había recorrido el teatro?
No dije nada de lo sucedido, la directora se burlaría de mí y en tono casual comenté:
—Tenía entendido que la directora se llamaba Sarita Bermúdez Prieto…es el nombre que me dieron en la gobernación.
—Ah  cómo  se nota que en la gobernación no nos tienen en cuenta — expresó sonriente—   seguramente ni han renovado nuestro historial,  Sarita fue  directora hace sesenta  años…




Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa