lunes, 13 de abril de 2015

Las vecinas.



Historia de la vida real.




Me pregunto si se abran puesto de acuerdo para partir juntas.  Imagino que no, debe ser obra de la casualidad, de esa casualidad que a veces es tan causal que parece tener motivo para despertar nuestro asombro con sus acciones.
Lo real es que ellas ya no están. En cuestión de meses partieron las dos y las casas, juntas, se miran aburridas, tan solas y tristes.
Pienso en sus habitaciones, en sus muebles, el silencio deambulara por ellas, arrastrando tierra y telarañas, hasta algún papel ocioso, curioseara  desde la pata  de un sillón, esperando la mano de la dueña de casa que lo levante. Eso ya no volverá a ocurrir. Las dos están de viaje, en ese viaje que todos emprenderemos algún día.

Las recuerdo cada una en su casa, barriendo la vereda o cuidando el jardín, conversando entre ellas mientras mi paso lento regresaba del trabajo. Hoy sus jardines son bosques abandonados, las veredas cubiertas de hojas y tierra solo hablan de abandono.


Han puesto carteles de venta. Al menos queda la esperanza de que nuevas risas pueblen la cuadra, que los jardines perfumen nuestro paso y que un nuevo saludo sonría a  nuestras mañanas.  Así es la vida, pero se extrañan; Celestina y Melina. Ahora me doy cuenta que sus nombres terminan igual, hasta en eso las unió el destino.

lunes, 6 de abril de 2015

Otra mirada.




Volvió a mirarse en el espejo, su cara era la misma, sólo que su mirada se veía diferente. Bah… son pavadas mías, se dijo.
Repasó mentalmente cada minuto, cada paso que había dado desde que salió del Hipódromo de San Isidro, pensó si no le convenía ir a la policía y hacer la denuncia, pero quién iba a creer que no estaba involucrado, si a él mismo, lo sucedido le resultaba una novela incomprensible.

“Salió del hipódromo,  apretando los dientes  y arrojando los boletos en la calle. La fija que iba a ser su salvación  lo hundió en la amargura, había dejado en ventanilla el dinero que tenía para llegar a fin de mes. Se detuvo en la Av.  Centenario y esperó el cambio de semáforo.
Desde un coche tocaron bocina y gritaron su nombre: ¡Fabián!
Reconoció a Tomás y se acercó. Subió. Al cambio de luz,  Tomás arrancó chirriando las ruedas, orgulloso de la potencia de su coche.
—¿Este chiche es tuyo? —Preguntó sin poder creer que ese modelo importado le perteneciera. Tomas respondió con un gesto afirmativo, sin dejar de mirar la calle.
— ¿Te gusta?
—Claro que me gusta —dijo Fabián—  parece que te va muy bien, la última vez que nos encontramos andabas con problemas económicos, sin laburo y ahora te encuentro con semejante auto…
Tomas salió de la avenida y tomó una calle con mejorado, rodeada de pinos y eucaliptus.
—Esta calle es especial para hacer carreras—dijo— nadie circula por ella, ahora vas a ver la potencia de esta joya.
Aceleró, Fabián creyó que volaban, se abrochó el cinturón de seguridad. La cara de Tomás era dura, no quitaba los ojos de la ruta, por momentos sonreía y volvía a preguntar;
—¿Te gusta mi chiche?
Desvió la mirada hacia Fabián y, en ese instante de distracción, no vio el caballo que tranquilamente avanzaba cruzando  la calle, la frenada fue inútil y al desviar,  el golpe contra un árbol  inevitable. Cuando Fabián abrió los ojos, se encontró rodeado de humo y una densa polvareda; habían caído en la cuneta, se soltó del cinturón e intentó abrir la puerta, fue imposible y salió por la ventanilla, el olor a nafta se mezclaba con el del agua estancada en que habían caído, la frente le sangraba y le dolía el brazo. Tomas había atravesado la loneta delantera y su cuerpo desarticulado, caído sobre un arbusto, parecía un maniquí roto. Quiso hacerlo reaccionar y fue imposible, no tenía pulso. Estaba muerto, no lograba entender qué había sucedido. Cómo puede cortarse una vida en un instante, susurro. Temblaba, el miedo se le hizo sudor y lo cubrió por entero, todo a su alrededor daba vueltas.
 —¿Y ahora qué hago?  —dijo en voz alta.
Pensó en llamar al 911. Buscó el celular de su amigo. No lo llevaba, fue hasta el coche y  desde la ventanilla, abrió la guantera, no sólo estaba el móvil allí, varios paquetes de dinero se apilaban unos sobre otros. Tembló. Demasiado dinero. ¿Cómo explicar a la policía, la muerte de Tomas, tanto dinero y él con un simple golpe en la frente? Lo mejor era salir de allí, lo más rápido posible.
Corrió por entre la arboleda, corrió tanto que al llegar a la ruta las piernas le temblaban. El estómago se le contraía en un impulso que no lograba contener… El sudor corría por su espalda como un río helado.
Ya en la ruta vio venir un micro, no sabía dónde iba,  pero subió igual”.

Golpearon la puerta de su pieza.
—¡Fabián!
Era la voz ronca de la dueña de la pensión, la paraguaya estaba enojada. No le abrió. Preguntó:
—¿Qué necesita doña Ofelia?
—Hablar con vos, me debés tres meses, o pagás o dejás la pieza.
—Después voy doña Ofelia y arreglamos…
Escuchó el chancleteo que se alejaba por el pasillo.
Abrió el cierre de su campera y el del bolsillo interior y  separó una cantidad  para doña Ofelia; le pagaría dos meses, no quería levantar sospechas. Envolvió los demás paquetes en papel de diario y los  colocó dentro de una caja de  zapatos,  guardó todo en el ropero y lo cerró con llave.  Se miró nuevamente en la luna del espejo, era el mismo, sí, pero algo había cambiado en su mirada.



martes, 31 de marzo de 2015

Regalo.


Queridos amigos:

Esta semana no les dejo cuentos ni poesías, sólo mi sincero deseo de que pasen unas Felices Pascuas.
Las imágenes son flores de mi jardín, las fotografié en la  primavera  pasada, y son mi regalo para ustedes.

María Rosa.






miércoles, 25 de marzo de 2015

Otoño otra vez.


Las musas parecen dormir

ni su canto me llega.

Es que Buenos Aires tiembla de frío

y en sus calles

ni el sol se asoma.

No es una postal,

ni el sueño de un poeta tanguero,

es una ciudad que evoca,

las tardes doradas bajo el jacaranda.

añora los jazmines

y las rosas encarnadas.

Hoy son dudosas imágenes

de un estío perdido.

Sólo está presente el rumor de viento

Acunado desde el río,

gélido y sin luz,

muriendo  en las esquinas.


miércoles, 18 de marzo de 2015

Bradbury tuvo la culpa.





Se conocieron  por  casualidad, por esas cosas del  destino.
¿Existirá el destino?  
Comenzaron a hablar de cualquier  tema, los había unido una desordenada  mesa de libros usados, en esos  negocios  de la calle Corrientes,  donde  la gente  mira,  revuelve y deja. Ella  había encontrado una vieja edición de “Crónicas marcianas” que la emocionó por su color  amarillo y ese aroma a tiempo y leyenda.  Él  seguía buscando algo interesante, así  dijo, mientras miraba con desprecio el libro de Bradbury.
Ella fue a la caja; pagó  y salió. De pronto lo vio caminando a su lado.
—Te invito un café —le dijo— quiero que me expliques que tiene de interesante Bradbury.
Lo dijo con un tono de burla que le dio rabia. Qué sabía este tipo de Bradbury, seguro era un tonto de esos que nunca agarraron un libro y se acerca a las librerías para hacer tiempo, le iba a explicar  por qué lo admiraba. Aceptó el café.  
Ella,  apenas una veinteañera quiso  hacerle entender a un tipo cuarentón y conocedor de la vida,  quién era Bradbury. A medida que hablaban, con el fondo musical de una trompeta que lánguidamente desgranaba una lenta melodía, café mediante, fue entendiendo que a él, lo que menos le interesaba eran  sus argumentos sobre Ciencia Ficción y Literatura Fantástica.
Él era simpático y no pudo negar  que  la atraía su sonrisa,  su voz profunda,  y su mirada; la iba encantando a medida que el café se iba perdiendo en su boca. Cuando se quiso dar cuenta y ya habían consumido el tercer café, eran las seis de la tarde y Buenos Aires corría apurada hacía la boca de los subterráneos. Intercambiaron teléfonos  y  se despidieron. Tuvo la locura de pensar que los jacarandaes se inclinaban a su paso intentando saludarla, era feliz.
Esperó impaciente varios días, hasta que se dijo; ¿Por qué no llamarlo?
Le respondió una mujer y ella preguntó  por Ramiro.
—Puede llamar en diez minutos, mi esposo está con un cliente.
El celular resbaló de su mano y cayó sobre la mesa. No lograba entender. Cómo pudo ser tan ilusa y forjarse una novela con un desconocido.
Él había visto en ella una aventura, ahora lo comprendía y ese juego de no llamarla, de dejar pasar unos días; era su protocolo organizado.  Y ella con su impaciencia,  había roto el encanto y el juego de él se había quebrado como un cristal,  al simple sonido de un celular. Pobre tonta recién desembarcada  en las lides del amor. No sabía si reír o llorar, ella se había llevado una desilusión y a él, tan vivo,  se le había derrumbado su estrategia por dejar el celular donde no debía.






jueves, 12 de marzo de 2015

Lo llamaban tordo.



En el barrio lo llamaban el Tordo, porque siempre empollaba  en nido ajeno.
Ganador en  lides amorosas de esas que no dejan recuerdo.

Hoy se encuentra tan cambiado, que no comprende que le está sucediendo.
Se perdió en una cintura del tamaño de sus manos.
Una mujer de mirada transparente, de pecho alunado y sensual andar, dominó sus arranques, se metió en sus sueños. Lo dejó sin decisiones y lo hundió en la inseguridad de no saber responder por él mismo, sin pensar en ella.
Cuanto insomnio le provoca  la curva mórbida de su cuerpo, él  sabe que se está comportando como un cobarde, negándose a otras que lo requieren, pero lo que siente va más allá de un enamoramiento. 
Nunca vivió esa sensación de caminar sobre nubes, él no es un chiquilín y sin embargo cuando ella lo mira, se pierde ante sus ojos canela. Su presencia lo hace temblar.

Comprende que su vida ha sido un sin sentido, un ir y venir en amores huecos, sin sustancia. Lo que sucede en su pecho al tenerla cerca; es nuevo. No encuentra palabras para definirlo.
No quiere perder su fuerza de macho conquistador.
Sabe que al lado de ella se disipa su cordura y  el corazón se le desboca en un galope sin riendas.
Se dijo que no podía vivir así. Él no es hombre para enamorarse, para vivir sujeto a una pollera.
Va a hablar con ella, decirle que ya basta, que no le interesa su juego de romanticona cursi, que él es un hombre y no nació para vivir sujeto a una  sola mujer, por bonita y dulce que fuera.

Pero cuando estuvo frente a ella, olvidó  todas las palabras maduradas en soledad, los conceptos sobre el amor y la fidelidad, y se dejó abrazar y se perdió en su boca como quien se pierde en el placer fresco y perfumado de un sueño.
Hoy muchos lo envidian, otros lo critican, ya no es el Tordo, hoy es un Hornero.





El tordo no construye nido, por eso la hembra pone sus huevos en nido ajeno.

El hornero es natural de Sud América. Es  un ave monógama, y generalmente las parejas de horneros comunes permanecen juntas por tiempo indefinido, incluso de por vida. Es el ave nacional de Argentina desde 1928.



jueves, 5 de marzo de 2015

Esa extraña sensación.



Celina cruzó Libertador y fue directo a la terminal de Retiro. Temblaba. En el andén  no había muchos pasajeros, sin embargo,  le cosquillaba en la nuca,  algo que no lograba detectar qué era, presentía que la observaban, comprendió que necesitaba despejarse, caminar; volvió a la calle y llegó a la plaza San Martín.
Los temblores se acentuaban,  al igual que la sensación de que las personas que cruzaban a su lado, la miraban de reojo. Caminó. Dio vueltas hasta cansarse, se sentó en un banco de la plaza, el aroma de los jacarandás le llegaba dulzón, respiró hondo, un gato gris se acercó a jugar con sus zapatos. Un niño cruzó frente a ella, zigzagueando en su bicicleta.  Había dejado de temblar. El gato se echó a su lado, la miraba  y cada tanto dejaba oír un maullido triste. Las imágenes vividas saltaban por su mente como escenas de  una película.
¿Había procedido mal?
Seguro que sí, pero no le importaba y si no le importaba, por qué se encontraba tan molesta.

Hacía  cuatro años que trabajaba con don  Jaime, siempre había tenido que discutir con él  por cuestiones de dinero. El viejo regenteaba un grupo de costureras  que le trabajaban por un mísero jornal, Celina se encargaba de preparar los recibos de pago y varias veces le dijo que debía ser más generoso, que era muy baja la paga, don Jaime la mandaba a callar, él sólo se interesaba por las partidas de póker con sus amigos, para él lo demás carecía de importancia.
Una semana atrás le había pedido a don Jaime un préstamo y se lo había negado. Su madre que vivía en  Mendoza,  necesitaba una prótesis para su cadera.  Se cansó de buscar ayuda, todos sus amigos y familiares eran pobres lauchas como ella.

Volvieron los temblores. El gato  pareció darse cuenta de su malestar porque saltó y se acomodó sobre su falda, debía tener hambre, sus maullidos eran un lamento.

Esa mañana notó que don Jaime estaba muy pálido, se lo hizo notar, son los años;  le respondió. ¿Por qué no se hace ver, insistió, el viejo  no le hizo caso.
Llegó un cliente de Córdoba, se saludaron efusivamente. Ella seguía con los ojos  en la pantalla de la PC  y cada tanto los miraba de reojo.
El cliente y el viejo hablaban en voz baja, don Jaime recibió un pequeño bulto que guardó en el bolsillo interior de su saco. Al fin se estrecharon las manos y fueron juntos hasta la puerta de salida. El viejo entró, se sentó y le pidió agua, cuando Celina regresó con el vaso, él tenía la cabeza caída sobre el pecho. Le habló  y  no respondió. Le tomó el pulso, era muy débil. Inmediatamente llamó al 107,  quince minutos después llegó la ambulancia.
Luego todo fue sucediéndose como las escenas de una película, don Jaime había sufrido un infarto. Cuando llegó la esposa, ya era tarde, antes de  subir a la ambulancia la mujer le dijo; 
—Será mejor que se vaya, voy a cerrar el local. No sé cuando voy a abrir, ya la voy a llamar.
Ella quedó en la vereda mirando a la ambulancia que se alejaba con su ulular  quejumbroso.

No era la muerte  lo que la perturbaba, era otra cosa. Era el dinero que vio asomarse del interior del saco del viejo  y que parecía decirle; "soy tuyo, llévame".  Guardó el paquete en su cartera y volvió a la computadora, el dinero no estaba asentado, no hubo recibos.  ¿Quién iba a notar su falta? Todos sabían que el viejo era un jugador  empedernido.

El gato saltó  y fue a buscar a unos niños que jugaban en un banco cercano, se puso de pie, apretó la cartera contra el pecho y a paso lento cruzó Libertador rumbo  a Retiro.



Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa