viernes, 3 de julio de 2015

El ayer en sombras



        Todo me fue dilucidado aquel día. Desde su desdentada sonrisa, la vieja se enredaba con las palabras, por momentos hablaba un idioma que yo no podía entender, se burlaba, estoy segura de que lo hacía.  Sus manos, de dedos largos y huesudos, jugaban con una cinta ajada y sucia, ya sin color. La habitación olía a humedad, todo era desorden; desde la mesa cubierta con botellas y vasos, hasta las cajas apiladas en el piso conteniendo quién sabe qué.
Volví a preguntarle por mi madre, sus ojos opacos de pestañas ralas se fundieron en los míos, leí en ellos cansancio. Se afirmó en la mesa y se puso de pie. Caminó por la habitación apoyada en su bastón, se acercó al  brasero, guardó la cinta en el bolsillo y quedó de pie, hipnotizada frente a las llamas. “Tengo frío” dijo y calló lo que yo esperaba oír. Creí que lo mejor era salir de ahí, la vieja no me comprendía o no quería hablar. Me calcé el bolso en el hombro, iba a levantarme cuando  me detuvo con un gesto. Ella observaba el fuego que chispeaba con lenguas  rojas y amarillas. Debió adivinar mi intención de irme y sin moverse, preguntó: “Para qué querés revolver el pasado, tu madre hace años está muerta.” “¿Qué le sucedió?” Pregunté. La vieja movió la boca en un gesto de asco y me dijo; “Eres cabeza dura igual que ella.” Dejó el bastón sobre una silla y estiró las manos para recibir  calor. A lo lejos el ladrido de un perro acompañó sus  palabras; “tu madre era muy bella y le gustaba coquetear con los mozos del pueblo, no te ofendas, pero con todos tuvo amorios. Al morir tu abuela, ella vino a vivir a mi casa, yo la aconsejaba, pero no entendía razones, iba con uno y al otro día con otro. Cuando se casó con Ramón, mejor dicho, la casé, a ver si asentaba cabeza, creí que iba a cambiar, pero no fue así. Siguió su vida alocada, hasta que conoció al hijo de los Bender, Karl Bender, y se enamoró perdidamente.
El padre Iván Bender y Karl eran dueños de todo el pueblo y de las curtiembres que estaban en las afuera, esas hoy están abandonadas.
Ramón era un buen muchacho, pero al saber que su mujer se veía con el hijo del patrón en una casa del pueblo enloqueció. Una noche la siguió. Llevaba un puñal, con la intención de matar a Bender, de un golpe abrió la puerta y se abalanzó sobre ellos e intentó matarlos, pobre estúpido, el hijo de los Bender estaba armado y disparó sobre  Ramón, que cayó muerto  sin decir un ay.
Acusaron a tu madre del crimen y  le redujeron la pena, porque declaró que fue en defensa propia y que estaba embarazada. Estaba tan enamorada que obedeció todo lo que Karl le dijo. Vos naciste en la cárcel, te criaste a su lado hasta que al año, ella enfermó, creo que de tristeza. El sinvergüenza de Karl nunca la fue a visitar, ni una carta le escribió.  Desapareció del pueblo.
Al morir tu madre me mandaron a llamar y te traje a esta casa. Te cuidé hasta los cinco años en que vino el viejo Bender tal vez por remordimiento, o porque creyó que era tu abuelo, me entregó  la orden de un juez, y te llevó con él. Lo demás ya lo sabes, te criaron en un colegio pupila… ¿no?”
¿Quién fue mi padre?
La vieja hizo un gesto ambiguo y dijo:
“No lo sé, pudo ser cualquiera, seguramente ni ella lo supo”. 

sábado, 27 de junio de 2015

Historias de vida




           

   Era una mañana de otoño, el teléfono agitó el aire con su sonido y al atender mi madre pareció paralizarse. Mi padre había sufrido un accidente estaba internado en el hospital  y muy grave. 
Llegamos en un auto de alquiler que parecía volar sobre el gris del asfalto.

La puerta de terapia era un muro que nos separaba de él  y en nuestra angustia, caminábamos de un lado a otro, el movernos nos ayudaba a serenarnos. Se nos había hecho noche en pleno día.
Las horas se estiraban, la angustia nos desbordaba. Al fin se abrió una puerta y nos llamaron.
 Lo habían operado, los cirujanos habían realizado  lo posible, sólo quedaba esperar.

Al día siguiente; lo inexplicable. Una presencia cambió mi vida y digo mi vida, porque mi madre nunca se enteró de lo sucedido. Esperábamos en la puerta de terapia el informe médico, cuando una joven se acercó a una enfermera  y  preguntó por Salvador Martín. Le respondió que debía esperar, ya iban a llamar para dar el informe.
Me acerqué y le dije que yo era la hija de Salvador, ella sonrió y me dijo; soy Alma Rodríguez, su novia. El piso se estremeció bajo mis pies, mi madre ajena a nuestra conversación, seguía a un costado de la sala de espera y abrazada a la desesperación que produce el miedo; su mirada no se movía  del piso.
—¿Qué novia? Mi padre está casado con mi madre, desde hace veinte años.
Ella abrió los ojos enormes, tan claros que parecían de agua y cielo, leí en ellos la sorpresa. Tendría unos treinta años, tal vez algo más, pero era tan frágil que pensé que se quebraría ante mis palabras.
—¿Qué me estás diciendo? —Se apoyó en mi brazo, temí que fuera a caerse — ¿Es una broma?
La tomé de la mano y la llevé por el pasillo, hasta un ambiente amplio y calmo.
—¿Estamos hablando de la misma persona? —pregunté—. Mi padre trabaja en la agencia de seguros de Gorriti y Hermann, tiene cuarenta y tres años, es alto, muy delgado y tiene una cicatriz en la frente.
Hablé de corrido y tan rápido que me quedé sin aliento.
Ella no respondió, asintió con un movimiento de cabeza. Temblaba, lloraba igual que una nena, hipando y sin emitir sonido. Las lágrimas rodaban por su cara y no sabía cómo calmarla.
—Por favor no llores y explícame desde cuando están en pareja.
Ella es empleada de un banco, allí se conocieron y  hacía un año que salían. Él le había dicho que era viudo y ella le creyó. Me miraba con tanto miedo, que sentí pena. Le di mi número de celular y le pedí que se comunicara conmigo.

Minutos después desde la puerta de terapia nos llamaban para darnos el informe más terrible; mi padre había muerto. Mi madre lloraba desconsolada, nos abrazamos, vi que Alma se había sentado en la escalera y se cubría la cara con las manos. Ni una lágrima brotaba de mis ojos.
No podía llorar, una mezcla de pena y bronca me apretaba la garganta. Nos hicieron pasar a  terapia.

Un fuego rojo giraba en torno a nosotras, creí verme flotando, fue mi madre quien me tomó del brazo y me llevó a la sala de espera.
Al salir, Alma ya no estaba. Semanas después la busqué en el banco en que trabajaba, me dijeron que  había renunciado.

Pasaron ocho años en los que no la volví a ver, hasta que ayer al bajar del tren en Retiro, la vi. Llevaba de la mano a un niño. La llamé por su nombre, se volvió y al mirarme descubrí  miedo en sus ojos, el mismo de aquel día lejano en el hospital; “perdón no la conozco”, me dijo y se alejo. Iba a correr tras ella, comprendí que debía dejarla, tal vez algún día cambiara de opinión y se animará a decirme que tengo un medio hermano con los  mismos rasgos y la mirada azul  de mi padre.


domingo, 21 de junio de 2015

Los ojos de Frodo



Frodo había sido mi compañero, mi amigo, crecimos juntos, fue parte de mi niñez y adolescencia. Su muerte me llenó de pena y creí que una buena forma de que siguiera a mi lado era embalsamarlo.
Él  y yo seguiríamos juntos como antes. No a todos les pareció buena mi idea. Mi madre se horrorizó. 
Tiempo después,  al  verlo  sentado al costado de la chimenea, decía que estaba vivo y que sus ojos la seguían. Le dije que los ojos  de vidrio, no se movían, ella no entendía y como no quise ceder a sus caprichos,  dejó de venir a visitarme. No me importó, yo no quitaría a Frodo de mi casa.
Luego apareció en mi vida Rodrigo, un encanto de hombre, no llegamos a vivir juntos, éramos novios con cama afuera. Él decía que trabajar en el centro y vivir en las afueras de Buenos Aires era muy molesto, que debía madrugar demasiado, simple argumento para no vivir en casa. Hasta que descubrí  que la presencia de Frodo lo inquietaba. “Me mira, sus ojos me siguen”  Repetía las mismas pavadas que decía mi madre, seguro que se lo había escuchado a ella y entre los dos quisieron chantajearme. No cedí. Frodo seguiría en su lugar. Al fin Rodrigo también se fue.

Era una alegría llegar del trabajo cada tarde y verlo allí, parecía estar esperándome, lo saludaba y le hablaba como si estuviera vivo.

Un sábado a la medianoche, desperté sobresaltada, escuché un tumulto en el cuarto contiguo.  Alguien gritaba. El ruido de una silla al caer y el sonido de cristales rotos, me confirmaron que  un ladrón, había entrado. Llamé  al 911, en pocos minutos varios hombres armados irrumpieron  en el living.  El cuadro era impresionante,  un hombre ensangrentado, nos miraba despavorido.  Lo esposaron,  mientras gritaba enloquecido: “Fue el perro, ese maldito perro  me atacó”.   El oficial observó a Frodo, luego a mí  y  salió murmurando algo que no entendí…





domingo, 14 de junio de 2015

Todo parecía haber terminado.


Todo parecía haber terminado.
La muerte de Soledad fue un duro golpe para Gina. Nunca iba a  creer que había sido un accidente callejero, ella sabía que la mano de Ignacia Murray, la madrastra de Soledad,  había  dibujado los detalles de ese crimen.
Dejó el escritorio en orden, le iba a pedir al Dr.  Zardas que le depositara su dinero, no quería  volver y encontrarse con Ignacia. Él llegó  cuando estaba preparada para salir.
—No sé qué va a hacer Ignacia sin usted –le dijo a forma de saludo.
—Pronto encontrará una nueva secretaria.
—Seguro que sí. Ignacia ha pagado una fianza  y va a salir en unos días.
—Por suerte no nos cruzaremos, le entrego en mano las llaves.
Zardas las guardó en el escritorio y juntos abandonaron la casa.
Una semana después La señora Ignacia Murray estaba en libertad. Su dinero y sus influencias lo habían logrado.
Los días en prisión la habían consumido, su rostro estaba marcado por profundas ojeras. No era la misma, el odio que antes la impulsaba, ahora la consumía. Sus viejos dolores de estómago se  renovaron.
Entró al escritorio y observó que Gina había  dejado todo en orden. Y mientras controlaba los detalles, murmuraba: “La muy estúpida  no quiere verme y es mejor así, esa tortilla  intuye la verdad, pero las únicas pruebas que tiene son los email que envié al turco Amed y el dinero que deposité  en  su cuenta. Ningún juez le va a prestar atención”.
Fue hasta el baño, en el botiquín encontró el calmante que le medicara su medico. No soportaba el malestar, su estómago se contraía con espasmos que  la agotaban. Se miró en el espejo, se vio mal y para colmo, el silencio de la casa la deprimía.
Todos  la habían abandonado, hasta Zardas que había sido su amigovio  por años,  se limitaba a su tarea de administrador de sus bienes.

Semanas después.
La voz de Zardas en el teléfono sonó diferente.
—Gina, me acaban de informar que hallaron muerta a Ignacia Murray.
No obtuvo respuesta.
—¿Gina, me escucha?
—Sí doctor…es que me ha sorprendido  
—El personal de limpieza la encontró esta mañana; apenas tenga más información, la llamo. Ahora voy a lo  de los Murray.
Gina  colgó el auricular y quedó mirando el vacío.  Al lado del teléfono; Soledad sonreía desde un retrato, eran tiempos  de alegría y felicidad.
Se preparó un té. Iba a esperar el llamado.
Se asomó al ventanal, la calle era un ir y venir de  gente que regresaba  a sus hogares. Había comenzado el otoño, dando a la ciudad un tono de melancolía; el ocre y el gris pintaban las calles. Terminó su té. Se  movía de un lado a otro, no lograba serenarse.
Una hora después, escuchó el llamado y corrió al teléfono.
—Hola…
—Gina parece que lo de Ignacia fue un infarto. ¿En unos días puede pasar por mi estudio?
— ¿Le parece bien el jueves?
—Sí, por favor.

El jueves  por la tarde pidió un coche. Ya en el ascensor sus pensamientos eran una sucesión de palabras e imágenes, Ignacia y su mal carácter, Ignacia y su soberbia. Entre tanta nota oscura; Soledad tan dulce y aquel día terrible del accidente...
Llegó al estudio.
Zardas la hizo pasar a su oficina privada y cerró la puerta.
—Siéntese –la miraba sin saber por dónde comenzar.
—Gina, el doctor Méndez me dijo que  no está seguro de cuál fue el motivo de la muerte de Ignacia, pero sospecha que fue envenenada, seguramente el forense aclarará las cosas.
Los ojos de Gina se abrían a medida que el abogado hablaba.
Zardas abrió un cajón de su escritorio y sacó un pequeño frasco oscuro.
 —Esto lo encontré en la cartera de Ignacia.
Gina se puso pálida, quería mantenerse calma, pero no podía, sus manos estaban en permanente movimiento. Zardas siguió hablando:
—El doctor Méndez me comentó sus dudas: algunos venenos, en especial el cianuro, dejan un peculiar aroma en la boca; Ignacia despedía ese olor. Lo acompañé hasta la  oficina de Ignacia, mientras él realizaba el informe. Si se confirmaba su teoría, los de la policía científica iban a dar vuelta la casa, así que fui al baño y revisé el botiquín; pero  no hallé nada, fui al dormitorio y encontré este frasco en su cartera, últimamente ella sufría dolores de estomago —hizo silencio, y prosiguió—. Lo guardé, sin decirle nada al doctor Méndez, no sé por qué lo hice, tal vez un presentimiento, inmediatamente lo hice analizar. Contiene la droga que tomaba Ignacia y cianuro.
—¿Está seguro?
—Sí. Esas pequeñas dosis diarias provocaron el infarto. ¿Gina, usted colocó el cianuro en el remedio de Ignacia?
—¿Cómo se le ocurre?
—No se asuste, sé lo que usted sentía por Soledad, no voy a hacer denuncia alguna, el bioquímico que hizo el análisis es amigo mío, él me explicó cómo funciona ese veneno en pequeñas dosis,  por favor dígame la verdad.
—Doctor, usted está loco. ¿Cómo me puede creer capaz de algo así?
—Por años soportó la maldad de Ignacia, y luego la muerte  de Soledad.
Al escuchar el nombre querido, pareció transformarse.
—¡Ella la mandó a matar! —Gina se puso  de pie, daba vueltas por la oficina— Soledad era un ángel, no merecía esa muerte  y todo por el maldito dinero, el viejo Murray dejó una herencia  para que  pudieran vivir como reinas, no hacía falta…— se largo a llorar.
Parecía que soltaba todo el llanto contenido…
—La única persona conocedora de las costumbres de la señora Murray, era usted. Yo creo que antes de retirarse de la casa, colocó en el botiquín  el remedio adulterado;  sucedió ahora, porque al salir de la cárcel, regresaron sus dolores.
Gina se recompuso, se puso de pie, lo miró de frente y le dijo:
—Si quiere hacer la denuncia, hágala; pero voy a negar sus acusaciones.
—Usted no me ha entendido, yo no la voy a acusar de nada, haré desaparecer este frasco y nada podrá inculparla. ¿Me entiende?
—¿Por qué haría algo así?
—Porque sé que ha sufrido mucho y seguirá sufriendo con la muerte de Soledad, hace tiempo me di cuenta de que la amaba. No soy ciego ni tonto y tengo buena memoria. Hice tantas cosas malas en mi vida, que bien vale que alguna vez haga algo bueno.
La tomó por los hombros y la acompañó hasta la puerta.
Gina se arrebujó en su abrigo, se alejó lentamente, mientras observaba; que el otoño había llegado  con demasiado frío este año.






lunes, 8 de junio de 2015

Colores




Las hojas tiemblan y yo con ellas en ese empuje que me da el viento de junio que quiere jugar y lo único que consigue es estremecerme, aunque se pinte de dorado y perfume levemente el aire con su aroma  a flores de lavanda. Algo similar a un tentáculo invisible me cierra la garganta y se hace rojo fuego entre las hojas y amarillo en el aire.

No hay hierba en el parque, sólo mis pasos apagados  entre el reflejo que me regala un sol tibio  que me besa por momentos, se aleja y juega a la escondida con mi frío.

Los gorriones picotean un cementerio de semillas que les ha dejado la helada y arañan la tierra de  un color gris  ceniza, sus patitas de cristal, avanzan, saltan y levantan vuelo rizando el aire y buscando en algún patio, alguna miga, están hambrientos de verde y huérfanos de calor.

Mi cuerpo resiste el viento por calles solitarias, la gente se ha encerrado en sus casas blancas con  aroma a café y ternura de domingo y yo sigo caminando hasta que las sombras cierren mi senda, con sus reflejos oscuros y me anuncien que es hora del regreso.



miércoles, 3 de junio de 2015

Zapatos negros.




Si un hombre atravesara el paraíso en un sueño
y le dieran una flor como prueba de que había
estado allí, y si al despertar encontrara esa flor
en su mano…¿entonces qué?

“La flor de Coleridge” del libro: “Otras Inquisiciones” J. L. Borges.



A veces el cuentista sale a buscar una historia y otras veces ella lo encuentra a él. De manera simple, como el juego del duende que desea conceder un regalo y  elige a un mortal cualquiera.

La fiesta estaba aburrida, daba vueltas y vueltas sin encontrar un amigo para conversar. Una mujer  se acercó con dos copas, me ofreció una, le dije que no bebía y ella respondió:
—Es suave y lo va a necesitar.
—Por qué —pregunté.
—Le voy a contar algo que me sucedió y la va a sorprender.
Esperé su relato sin mucho interés.
“Me gusta vestirme elegante —dijo— y más aún el calzado fino, que no puedo comprarme. Soy asistente de un cirujano plástico, comprenderá que mi sueldo, aunque es bueno, no me permite lujos de ese tipo. Mi trabajo es  aburrido y me distraigo ideando cómo adueñarme de lo que me gusta. Sólo juego con mi imaginación, digamos que es un entretenimiento. Algunos sueñan con viajar, yo con robar. Hace unos meses descubrí en un Shopping un par de zapatos de cabritilla negra, adornados con  estrás, eran hermosos. Cada tarde al salir del consultorio, me detenía en la zapatería  y los miraba  enamorada. Era tal mi obsesión que una noche soñé que los robaba, seguramente realizaba en mi sueño  las aventuras que imagino en el día. Al día siguiente había olvidado mi aventura de maleante nocturna, pero al pasar frente al local, me sorprendió, que el motivo de mi deseo, ya no estaba  luciendo su elegancia sobre el estante de la vidriera. Entré a preguntar por ellos y el vendedor me dijo:
—Se vendieron ayer, una actriz los compró.
Y  susurró por lo bajo el nombre; Susana Legran.
Dejé de pensar en los zapatos, eso creí yo.


Días después,  acomodando un viejo mueble en el lavadero de mi casa, arrumbada en un rincón, hallé la caja con los zapatos.
No podía dar crédito a mis ojos. ¿Entonces aquel sueño había sido real? Y si no lo fue… ¿cómo llegaron los zapatos de cabritilla negra a ese mueble casi en desuso?”

La mujer guardó silencio esperando mi opinión, nada dije, sinceramente no le creí. Me preguntó:
—¿Usted cree que cuando el deseo de poseer algo es muy fuerte, se puede hacer realidad?
—No lo creo —respondí.
—Hace bien, si no lo hubiera vivido, tampoco lo creería.
Bajé mis ojos y comprobé que lucía zapatos muy finos, negros y con adornos de estrás. Respondiendo a mi mirada, se levantó la falda para que los viera mejor y me dijo:
—¿Son bellos verdad?”
Se alejó sonriente y creo que burlándose de mí.

Pero aún me esperaba otra sorpresa. Y fue leer en una revista de actualidad, un reportaje a Susana Legran; quien relataba que habían robado  en su epartamento y, extrañamente, sólo  se llevaron sus  zapatos  negros con estrás, que no había llegado a estrenar.



jueves, 28 de mayo de 2015

Las nueve musas





Una idea  emerge en la imaginación de un escritor, nace voluntariamente, se abre como una flor y de pronto alguien interrumpe  ese instante, lo quiebra  con un tema trivial, y al intentar remontar el texto, la idea se ha desvanecido, la memoria no logra rescatar la imagen  y la hoja sigue en blanco. Las musas han abandonado al literato.

Dice la mitología griega que la diosa de la memoria era  Mnemósine y que sus hijas eran las nueve musas protectoras del arte y las letras. Cuenta la leyenda que Dante las invocaba en sus momentos de embotamiento, en que las palabras se convertían  en mariposas  juguetonas y se alejaban  llevando en sus alas la creatividad  de sus ideas.

Las nueve musas eran las  hijas de Zeus y de Mnemósine,  que protegían las artes, las ciencias y las letras. Se dice que nacieron en Pieria, al pie del monte Olimpo, pero moraron en Beocia y Babilonia.
En su condición de inspiradoras de toda clase de arte, son invocadas por los poetas al comienzo de sus obras para que les proporcionen las palabras adecuadas y les muestren los hechos verdaderos. Homero, Virgilio y Dante son algunos de los que en la antigüedad invocaron a las musas pidiendo inspiración  y más tarde también lo hizo Shakespeare.

Platón dijo de ellas que eran “Un regalo de la misericordia divina, dado a los hombres como compañeras de fiesta y remedio contra la tendencia al embotamiento y embrutecimiento a que estamos sujetos”.
Si Platón lo dijo, así debe ser.

Lo encontré en Internet y me pareció interesante compartirlo con ustedes. La próxima semana regresaran los cuentos, siempre y cuando las musas me inspiren.

María Rosa


Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa