jueves 16 de febrero de 2012

Me queda el recuerdo.



Me queda el recuerdo
De largas caminatas
por la playa de Acevedo,
tiritando  de frío
estremecidas por el viento
que llegaba del mar.
El aroma de tus comidas
que nadie igualó.


Extraño tu paciencia
La  llamada de los sábados
a las cinco, en punto,
para contarnos  la semana.


En que cofre guardaré
tus rosas, tu tejido,
tu amor de madre
siempre dispuesta a servir.
Arcano se llevó todo
ni tu casa queda
ni tu sillón.


Otras risas pueblan la casa
que hoy es diferente
Otras historias
Comienzan una vida
Como vos, ayer.


Te extraño,
Necesito tus consejos,
Tu abrazo y no estas.

viernes 10 de febrero de 2012

El adiós.



Está solo. Una vela gastada dejó  caer  su cera en el piso de tierra y otra se apagó a medio consumir.
¿Qué  sucede?
Quiere pensar y no puede, se le mezclan las ideas, los recuerdos, no logra entender esa soledad que se mueve en torno a él.
¿Dónde está mi mujer? Se pregunta.
Catalina.   Intenta  llamarla, la voz se le queda a mitad de camino. Recorre el rancho y comprende lo que ya se había palpitado: se han ido, todos se han ido.
Hasta su mujer.
Desde la pared a la cómoda,  una telaraña  se mueve con la brisa que entra por los resquicios de la ventana. Flores cadavéricas se desmayan en un florero de vidrio verde. Sobre los pocos muebles,  la tierra parece una capa de fina tela que cubre hasta las sillas. En un rincón sus viejos zapatos aparecen abandonados y sucios de tierra.  
Este ya no es su lugar, no se puede vivir tan solo. Abre la puerta, la luz del sol lo ciega, intenta salir y no puede.  No logra hacer pie, flota. Se eleva. ¿Qué le sucede? Entra de nuevo a la casa. Sigue flotando, va al dormitorio y se ve en la cama. Blanca la cara, la barba crecida igual que el pelo, se mira en la quietud del cuerpo. Y comprende. Los demás ya se han ido. Ahora es su turno.
Sale y se deja llevar. Flota liviano en un gran panal de luz, mientras se aleja, una paz infinita lo envuelve.

domingo 5 de febrero de 2012

Tormenta




La tormenta se enrosca
en los cuernos de la luna.
Una bestia enloquecida
remonta  el cielo
iluminando el campo.
Se arremolinan las primeras gotas
el viento juega con ellas,
la tierra las  bebe.
Nubes  enloquecidas
huyen.
Se reencarna
una gárgola en movimiento,
se aleja a la carrera,
se pierde tragándose la noche.
Y el  aguacero,
con ruido sordo
bendice la vida.




miércoles 1 de febrero de 2012

La empleada perfecta.




Me enteré que andas diciendo que soy una buena  mina, pero  algo  rara.
¿Por qué decís eso de mí?
No te equivoques, no soy lo que vos imaginas, soy peor.

Hace diez años cuando comencé a trabajar en la empresa, de la que  eras el gerente general, te acercaste con sonrisa y modos  de conquistador,  ¿te acordás?  Tu conversación  de galán experto del corazón femenino me envolvió. Yo era demasiado joven,  te creí y me enamoré de vos. Fuiste mi primer hombre. Te juro que fui a tus brazos, convencida  que serías el amor de mi vida. Pero el sueño no  duro mucho.
Teresa la recepcionista,  fue la que me abrió los ojos y me dijo; -Nena el gerente  es casado. Se me vino el corazón al suelo. Yo  había creído tu juego de amor. Quise estar segura y te pregunté,  me dijiste que sí. Y que nunca te ibas a separar. Esas últimas palabras las recalcaste con firmeza y leí en tus ojos una burla que no me gustó. Si querés joder sin ataduras, seguimos, o acá se termina.  Y terminamos ahí.
Pronto me olvidaste.
Comenzaste una relación con Mónica, la rubia del departamento de ventas. Era muy bonita y ya estaba de vuelta de los romances y los ideales del amor.
Alguien le mandó a tu esposa,  fotos de tu flirteo. Se volvió loca. Estuviste separado casi un año.  Luego te reconciliaste, tu mujercita creyó tus juramentos de amor y fidelidad y te aceptó de nuevo en la casa. Parecían dos adolescentes enamorados, ella te venía buscar a la empresa y se iban abrazados, sonrientes y mirándose a los ojos.

Yo no volví a enamorarme.  Cada hombre que se acercaba a mi vida se parecía a vos. El miedo de  ser engañada, burlada,  se manifestaba  con temores, hasta me parecía escuchar voces que me susurraban: ¡Es un mentiroso hijo de puta!
No me duraba ningún enamorado, a la semana los espantaba con cualquier pretexto.
La promesa de fidelidad matrimonial, te duro muy poco. Cuando entró  Claudia en la empresa, la invitaste a salir. Era la nueva contadora. Turnabas tu corazón, entre tu mujer y Claudia.
Me dolía tu desparpajo, verte tan feliz. ¿Por qué no lograba olvidarte? Me preguntaba. Y vos seguías tu carrera de Casanova, las minas te aceptaban, ninguna te decía que no, no sé, si por tu pinta o por tu dinero.
Cuando te cansaste de la contadora, descubriste a Marión, la cadete de compras. Una pendeja de veinte años que te comiste como el mejor bombón de chocolate. Creo que fue tu último romance.
Tu esposa recibió un sobre con las imágenes de tus amiguitas, salidas,  fechas y horas. Escándalo que terminó en separación. Ya no hubo arreglo, tu esposa no aceptó explicaciones de ningún tipo. La división de bienes te dejó en la calle. Y yo no podía disimular mi felicidad.
Una mañana me preguntaste que me pasaba que estaba tan feliz,  respondí: estoy enamorada.  ¿De mi? Preguntaste mirándome meloso. No, de un tipo joven, respondí.  Me fulminaste con esos ojos grises que seguían volviéndome loca cada vez que me miraban. Te alejaste. Por mi cara rodó una lágrima, no entendí si de tristeza o risa.

En el archivo de mi cámara digital están a buen resguardo las fotos de tus romances. Por el momento te veo solo, apenas te encuentre con una nueva conquista, las viejas fotos volverán a salir de mi cámara para cumplir su misión: arruinarte la vida.


miércoles 18 de enero de 2012

La mujer maorí.


Terminada la guerra de 1860, los ingleses invadieron Nueva Zelanda. El pueblo maorí se replegó, avasallado, pero no vencido.

En la colonia de New Plymouth, el poder y las decisiones pertenecen Sir Francis Scott.

Orgulloso de su grandeza económica, considera propias las tierras que ha invadido. Su casa es una réplica de la que tiene en Londres, intenta demostrar fuerza entre los indígenas, los maltrata hasta el punto de negarles la mínima libertad.

Hace poco ha llegado su nueva esposa, la anterior murió de viruela, era una mujer amable, generosa con la servidumbre de la casa. La esposa actual es joven, Mery Ann, demasiado bella y frágil para el bruto Sir Francis Scott.

Los maorí que sirven en la casa, cuentan que luego de cenar, Mery Ann estimula a su marido con buenos vinos y whisky hasta emborracharlo. Los sirvientes lo llevan al lecho matrimonial, mientras ella duerme tranquila en otra habitación.



Varios incendios han destruido plantaciones y silos. Los colonos defendiendo sus propiedades, se han organizado y velan por grupos durante la noche. El fuego se propaga misteriosamente, avanzado sobre todo lo que encuentra a su paso.

Los maoríes entienden que algo superior provoca las llamas, su conocimiento antiguo de la hechicería les anuncia algo oscuro, tiemblan ante el poder desconocido. Y Sir Francis ríe del temor maorí. Los obliga a cuidar por las noches los sembrados. Muy pocos lo hacen, la mayoría escapa o se paraliza ante el fuego. Y cuando solo algunas briznas rojas se mueven entre las columnas de humo, aparece ella. Ya algunos la han visto, otros juran que es una aparición: La mujer maorí.

Camina acompañada por una jauría de perros salvajes, ellos atacan el ganado y la mujer cruza por las brasas, sin sentirlo. Su cara totalmente tatuada le da un aspecto bravío. Viste de negro, lleva el cabello suelto que parece platearse con el reflejo lunar.

Los ingleses escuchan a sus sirvientes cuchichear sus historias y no las creen.



Hace unas semanas ha llegado el sobrino de Sir Francis. Él va a descubrir quién es la mujer fantasma y el motivo de los incendios. El joven ríe cuando la servidumbre le habla de apariciones.

Cuentan que es una mujer asesinada por los ingleses durante la guerra, ha regresado para vengarse.

Algunos colonos han pensado en regresar a Londres, imposible seguir en una lucha desigual, no logran parar los incendios y también ellos la han visto. Sus armas no logran herir a nadie ni a los perros y la servidumbre escapa a las montañas. Han perdido las cosechas y el ganado.

Sir Francis trata de convencerlos, deben esperar el resultado de los estudios del joven ingles.



Una inmensa luz se extiende hacia a los sembrados.

Sir Francis duerme profundamente su sueño de alcohol, un estruendo lo despierta; sus silos. Grita clamando ayuda, nadie responde, los maoríes han desaparecido. Sólo el crepitar de las llamas se escucha. Con el mosquete cargado sale a los campos buscando al promotor de semejante locura. Desde un galpón abandonado le llegan voces susurrantes. Lentamente se acerca. La vieja puerta está entornada, entra arrastrándose. Ve sombras moverse. Susurros y gemidos están cerca, sin pensarlo más, dispara. Gritos de dolor, vuelve a cargar el arma y dispara, lamentos y luego silencio. Espera. Se pone de pie. Se acerca. Terror. Corre a la puerta, la abre y regresa a confirmar lo que vislumbró entre sombras. El fuego ilumina la escena. No se ha equivocado, son ellos; su sobrino y su esposa. Bañados en sangre, caídos como muñecos desarticulados, muertos por sus balas. Se le aflojan las rodillas, cae. Una mano helada baja por su espalda provocándole un escalofrío.

El dolor lo quiebra, aúlla como un animal herido. El fuego se acerca, a menos de cincuenta metros se elevan las llamas.

Entre las lágrimas de rabia la ve. Recortados por la luminosidad, la mujer maorí y sus perros, lo observan. Tras de cada línea de esa cara sin expresión, no hay triunfo ni dolor, hay años de esclavitud.

Enfurecido Sir Francis, dispara, una y otra vez. Inútil. La mujer se aleja, digna. Las balas cruzan sin verla.




lunes 9 de enero de 2012

Una de malevos







Las historias que don Braulio relataba entre mate y mate eran para Pedro, parte de su vida, se compenetraba en cada palabra del viejo. Creía estar viviendo en un Buenos Aires perdido en el tiempo. Mundo de taitas y malevos.

Su barrio, actualmente tranquilo, había sido en otros años, ya lejanos, elegido por los guapos. Acostumbraban a solucionar sus querellas con duelos a cuchillo. En esas mismas veredas por las que él transitaba, muchos dejaron su vida en un encontronazo. Las leyendas quedaron grabadas en algunos viejos habitantes, entre ellos don Braulio, quien sabía relatar la vida de los taitas y malevos con el suspenso que a los jóvenes les encantaba escuchar, pero ninguno tan fanático de esos relatos como Pedro.

En aquellas épocas el barrio lucía otra apariencia, explicaba don Braulio, las casas eran chatas, los patios cubiertos por glicinas o parras. En las esquinas, los faroles nocturnos parpadeaban dando a las sombras apariencias casi humanas, jugando a la escondida.



El celular, la notebook, mantenían a Pedro actualizado durante el día, pero llegaba la noche y algo superior lo empujaba a la esquina de Congreso y Mariano Acha. Ella lo atraía, como si fuera una mujer suave y perfumada. Lo transportaba hacía ese mundo paralelo y misterioso en el que sólo él, lograba penetrar y donde el pasado cobraba actualidad.

Por eso no le asombraba, cruzarse cada noche con algún guapo de sombrero reclinado, no comprendía que su fanatismo lo alejaba de la realidad y que esas personas que veía en sus caminatas eran seres llegados desde otra dimensión a los cuales su fuerza mental atraía hasta un mundo que no les pertenecía.

Al que reconocía entre todos, era al malevo Funes, el más valiente de todos los guapos del barrio. Cargaba una mochila de duelos y muertes, que exaltaban su fama, siempre salía triunfante. Ninguno lo igualaba en valor y coraje. Don Braulio lo describía tan bien en sus relatos, que era fácil reconocerlo; alto, de traje oscuro y cruzado, lengue blanco al pecho y el puñal, sugerente, levantaba el saco del lado izquierdo. Funes era zurdo y no cruzaba el brazo por detrás para retirar su hoja, corta y filosa. Detalles que lo hacían rápido al momento de medirse a duelo.

Una de esas noches en que Pedro atravesaba la dimensión de la fantasía, el malevo se detuvo cerca de él, emocionado, no pudo evitar saludarlo.

—Buenas Malevo Funes, ¿cómo anda?

El otro lo miró de arriba abajo con desprecio y siguió su camino sin responder el saludo.

Pedro avergonzado, bajo la cabeza. Su admirado Malevo le había negado el saludo, a él, que lo consideraba el mayor exponente de los cuchilleros porteños. A él, que lo creía su ídolo. Pedro no admiraba a Maradona en futbol ni a Ginobili en básquet ni a Del potro en tenis, sólo admiraba al malevo Funes el más guapo de todos los guapos.

Ofendido se volvió para encararlo y preguntarle el motivo de su gesto desdeñoso y lo que vio le cortó la respiración.

Las manos del malevo estaban apoyadas en la cintura de un joven de cabello ensortijado, Funes le soplaba una basurita del ojo. Hasta allí, podría ser normal, lo que desencantó a Pedro, fue el largo beso con que el malevo le partió la boca al joven de pelo ensortijado.

Pedro se alejó por la calle Congreso, con una lágrima rodando por su cara…

miércoles 4 de enero de 2012

Aquel misterio de la infancia...




Desde pequeña había escuchado a mi madre y a mis tías hablar entre susurros del caserón vecino. Sus voces, cuchicheando secretos despertaban mi interés. Nunca descubrí entre sus ventanales siempre cerrados, la menor muestra de encanto: era una enorme casa abandonada.
El jardín que la rodeaba era quien le daba imagen de película de terror. Pinos,  cipreses  y esa hiedra casi blanca que trepaba por ellos, con su  aire enigmático y  cerraba la visión a los curiosos. Sólo algunos huecos entre sus ramas,  dejaban ver rincones de la casa. La naturaleza tejió una maraña preservando la vivienda de los ojos indiscretos.
Los años fueron hilando  una  leyenda que ha rodado como pucho viejo. 

A mediados del siglo pasado se inició su historia.
Habitaban la casa, un matrimonio y su hija Cecilia. Ella estudiaba abogacía,  se enamoró de un compañero de facultad, Raúl.  Todo fue normal hasta que los padres se enteraron. No estuvieron de acuerdo. Raúl  no era lo que pretendían para su hija. Los Suárez Mejía guardan un recato de aristocracia que en verdad no tenían. Los enamorados intentaron escapar juntos, fue inútil. Don Suárez Mejía, asociado con un ministro del gobierno de turno, fue más rápido.  Logró que la policía detuviera a Raúl por sospechoso y además le agregaron: comunista, que en esos tiempos los militares en el poder tenían entre ojos.  A la hija la enclaustraron en el altillo de la casona. Los viejos vecinos que recuerdan esos días, relatan que por las noches se escuchaba a Cecilia llorar. Era un lamento que ponía la piel de gallina. Luego de estar encerrada durante casi un año, logró escapar.
Desapareció.
Nunca más la vieron.
Intentaron rastrear sus pasos, imposible. No se encontraron datos ni información de su paradero.
Alguien dijo que la vio  en el sur, en la ciudad de Bariloche con una tribu de gitanos. Otro aseguró que se dedicaba a vender chucherías en las plazas de San Telmo. Todas conjeturas que no llegaron a ser reales.
Con el paso de los años los padres  se mudaron a Italia. La casa quedó abandonada. Intentaron varias veces venderla, no lo consiguieron. Se corrió la voz que era una casa maldita, un tapiz de miedo la fue envolviendo junto con la hiedra.  El alto portón de la entrada, cerrado con cadena y candado terminó por convertirla en un museo de cosas viejas y ratas.

Hoy día es un caserón que produce aprensión de sólo verlo.
Allí donde los cipreses y los pinos afinan sus copas apuntando  al cielo, suele verse la ventana del altillo. Aquella falta de encanto que descubrí en mi niñez, sea transformado, tal vez,  producto de mi  imaginación. Impresiona observar en las noches de luna llena, los cristales abiertos de par en par y entre sus cortinas raídas, la luz de una vela que titila. No hay explicación posible para el prodigio… ¿o sí?



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María Rosa