martes, 31 de marzo de 2015

Regalo.


Queridos amigos:

Esta semana no les dejo cuentos ni poesías, sólo mi sincero deseo de que pasen unas Felices Pascuas.
Las imágenes son flores de mi jardín, las fotografié en la  primavera  pasada, y son mi regalo para ustedes.

María Rosa.






miércoles, 25 de marzo de 2015

Otoño otra vez.


Las musas parecen dormir

ni su canto me llega.

Es que Buenos Aires tiembla de frío

y en sus calles

ni el sol se asoma.

No es una postal,

ni el sueño de un poeta tanguero,

es una ciudad que evoca,

las tardes doradas bajo el jacaranda.

añora los jazmines

y las rosas encarnadas.

Hoy son dudosas imágenes

de un estío perdido.

Sólo está presente el rumor de viento

Acunado desde el río,

gélido y sin luz,

muriendo  en las esquinas.


miércoles, 18 de marzo de 2015

Bradbury tuvo la culpa.





Se conocieron  por  casualidad, por esas cosas del  destino.
¿Existirá el destino?  
Comenzaron a hablar de cualquier  tema, los había unido una desordenada  mesa de libros usados, en esos  negocios  de la calle Corrientes,  donde  la gente  mira,  revuelve y deja. Ella  había encontrado una vieja edición de “Crónicas marcianas” que la emocionó por su color  amarillo y ese aroma a tiempo y leyenda.  Él  seguía buscando algo interesante, así  dijo, mientras miraba con desprecio el libro de Bradbury.
Ella fue a la caja; pagó  y salió. De pronto lo vio caminando a su lado.
—Te invito un café —le dijo— quiero que me expliques que tiene de interesante Bradbury.
Lo dijo con un tono de burla que le dio rabia. Qué sabía este tipo de Bradbury, seguro era un tonto de esos que nunca agarraron un libro y se acerca a las librerías para hacer tiempo, le iba a explicar  por qué lo admiraba. Aceptó el café.  
Ella,  apenas una veinteañera quiso  hacerle entender a un tipo cuarentón y conocedor de la vida,  quién era Bradbury. A medida que hablaban, con el fondo musical de una trompeta que lánguidamente desgranaba una lenta melodía, café mediante, fue entendiendo que a él, lo que menos le interesaba eran  sus argumentos sobre Ciencia Ficción y Literatura Fantástica.
Él era simpático y no pudo negar  que  la atraía su sonrisa,  su voz profunda,  y su mirada; la iba encantando a medida que el café se iba perdiendo en su boca. Cuando se quiso dar cuenta y ya habían consumido el tercer café, eran las seis de la tarde y Buenos Aires corría apurada hacía la boca de los subterráneos. Intercambiaron teléfonos  y  se despidieron. Tuvo la locura de pensar que los jacarandaes se inclinaban a su paso intentando saludarla, era feliz.
Esperó impaciente varios días, hasta que se dijo; ¿Por qué no llamarlo?
Le respondió una mujer y ella preguntó  por Ramiro.
—Puede llamar en diez minutos, mi esposo está con un cliente.
El celular resbaló de su mano y cayó sobre la mesa. No lograba entender. Cómo pudo ser tan ilusa y forjarse una novela con un desconocido.
Él había visto en ella una aventura, ahora lo comprendía y ese juego de no llamarla, de dejar pasar unos días; era su protocolo organizado.  Y ella con su impaciencia,  había roto el encanto y el juego de él se había quebrado como un cristal,  al simple sonido de un celular. Pobre tonta recién desembarcada  en las lides del amor. No sabía si reír o llorar, ella se había llevado una desilusión y a él, tan vivo,  se le había derrumbado su estrategia por dejar el celular donde no debía.






jueves, 12 de marzo de 2015

Lo llamaban tordo.



En el barrio lo llamaban el Tordo, porque siempre empollaba  en nido ajeno.
Ganador en  lides amorosas de esas que no dejan recuerdo.

Hoy se encuentra tan cambiado, que no comprende que le está sucediendo.
Se perdió en una cintura del tamaño de sus manos.
Una mujer de mirada transparente, de pecho alunado y sensual andar, dominó sus arranques, se metió en sus sueños. Lo dejó sin decisiones y lo hundió en la inseguridad de no saber responder por él mismo, sin pensar en ella.
Cuanto insomnio le provoca  la curva mórbida de su cuerpo, él  sabe que se está comportando como un cobarde, negándose a otras que lo requieren, pero lo que siente va más allá de un enamoramiento. 
Nunca vivió esa sensación de caminar sobre nubes, él no es un chiquilín y sin embargo cuando ella lo mira, se pierde ante sus ojos canela. Su presencia lo hace temblar.

Comprende que su vida ha sido un sin sentido, un ir y venir en amores huecos, sin sustancia. Lo que sucede en su pecho al tenerla cerca; es nuevo. No encuentra palabras para definirlo.
No quiere perder su fuerza de macho conquistador.
Sabe que al lado de ella se disipa su cordura y  el corazón se le desboca en un galope sin riendas.
Se dijo que no podía vivir así. Él no es hombre para enamorarse, para vivir sujeto a una pollera.
Va a hablar con ella, decirle que ya basta, que no le interesa su juego de romanticona cursi, que él es un hombre y no nació para vivir sujeto a una  sola mujer, por bonita y dulce que fuera.

Pero cuando estuvo frente a ella, olvidó  todas las palabras maduradas en soledad, los conceptos sobre el amor y la fidelidad, y se dejó abrazar y se perdió en su boca como quien se pierde en el placer fresco y perfumado de un sueño.
Hoy muchos lo envidian, otros lo critican, ya no es el Tordo, hoy es un Hornero.





El tordo no construye nido, por eso la hembra pone sus huevos en nido ajeno.

El hornero es natural de Sud América. Es  un ave monógama, y generalmente las parejas de horneros comunes permanecen juntas por tiempo indefinido, incluso de por vida. Es el ave nacional de Argentina desde 1928.



jueves, 5 de marzo de 2015

Esa extraña sensación.



Celina cruzó Libertador y fue directo a la terminal de Retiro. Temblaba. En el andén  no había muchos pasajeros, sin embargo,  le cosquillaba en la nuca,  algo que no lograba detectar qué era, presentía que la observaban, comprendió que necesitaba despejarse, caminar; volvió a la calle y llegó a la plaza San Martín.
Los temblores se acentuaban,  al igual que la sensación de que las personas que cruzaban a su lado, la miraban de reojo. Caminó. Dio vueltas hasta cansarse, se sentó en un banco de la plaza, el aroma de los jacarandás le llegaba dulzón, respiró hondo, un gato gris se acercó a jugar con sus zapatos. Un niño cruzó frente a ella, zigzagueando en su bicicleta.  Había dejado de temblar. El gato se echó a su lado, la miraba  y cada tanto dejaba oír un maullido triste. Las imágenes vividas saltaban por su mente como escenas de  una película.
¿Había procedido mal?
Seguro que sí, pero no le importaba y si no le importaba, por qué se encontraba tan molesta.

Hacía  cuatro años que trabajaba con don  Jaime, siempre había tenido que discutir con él  por cuestiones de dinero. El viejo regenteaba un grupo de costureras  que le trabajaban por un mísero jornal, Celina se encargaba de preparar los recibos de pago y varias veces le dijo que debía ser más generoso, que era muy baja la paga, don Jaime la mandaba a callar, él sólo se interesaba por las partidas de póker con sus amigos, para él lo demás carecía de importancia.
Una semana atrás le había pedido a don Jaime un préstamo y se lo había negado. Su madre que vivía en  Mendoza,  necesitaba una prótesis para su cadera.  Se cansó de buscar ayuda, todos sus amigos y familiares eran pobres lauchas como ella.

Volvieron los temblores. El gato  pareció darse cuenta de su malestar porque saltó y se acomodó sobre su falda, debía tener hambre, sus maullidos eran un lamento.

Esa mañana notó que don Jaime estaba muy pálido, se lo hizo notar, son los años;  le respondió. ¿Por qué no se hace ver, insistió, el viejo  no le hizo caso.
Llegó un cliente de Córdoba, se saludaron efusivamente. Ella seguía con los ojos  en la pantalla de la PC  y cada tanto los miraba de reojo.
El cliente y el viejo hablaban en voz baja, don Jaime recibió un pequeño bulto que guardó en el bolsillo interior de su saco. Al fin se estrecharon las manos y fueron juntos hasta la puerta de salida. El viejo entró, se sentó y le pidió agua, cuando Celina regresó con el vaso, él tenía la cabeza caída sobre el pecho. Le habló  y  no respondió. Le tomó el pulso, era muy débil. Inmediatamente llamó al 107,  quince minutos después llegó la ambulancia.
Luego todo fue sucediéndose como las escenas de una película, don Jaime había sufrido un infarto. Cuando llegó la esposa, ya era tarde, antes de  subir a la ambulancia la mujer le dijo; 
—Será mejor que se vaya, voy a cerrar el local. No sé cuando voy a abrir, ya la voy a llamar.
Ella quedó en la vereda mirando a la ambulancia que se alejaba con su ulular  quejumbroso.

No era la muerte  lo que la perturbaba, era otra cosa. Era el dinero que vio asomarse del interior del saco del viejo  y que parecía decirle; "soy tuyo, llévame".  Guardó el paquete en su cartera y volvió a la computadora, el dinero no estaba asentado, no hubo recibos.  ¿Quién iba a notar su falta? Todos sabían que el viejo era un jugador  empedernido.

El gato saltó  y fue a buscar a unos niños que jugaban en un banco cercano, se puso de pie, apretó la cartera contra el pecho y a paso lento cruzó Libertador rumbo  a Retiro.



jueves, 26 de febrero de 2015

Tanto amor.




“Ha llegado tu recuerdo a desarmar mis horas,
aprendí que en el silencio habita la verdad
Sólo vivir no me vale la pena si la vivo a solas,
ya no sé qué decir.
Todo por igual, debería estar compartido el ardor de este frío
¿Cómo tanto amor, pudo hacernos tanto mal?”
(“Tanto amor” de Abel pintoswww.youtube.com/watch?v=ossZ44Zr3H4




La tarde se ha puesto triste, parece un día de invierno y sin embargo es verano. Me siento tan sola.
Llega  música desde tu  ventana, es nuestra melodía, aquella que desgranaba tu guitarra y cantábamos a media voz, pero no, no puede ser real, tu casa está vacía como mi corazón. Es mi imaginación que vuela, la única realidad es que te has ido lejos y un océano me separa de aquel lejano país donde la nieve comienza cubrir tu ventana al  anochecer.
La casa está cerrada, el jardín se ha convertido en un macizo frondoso y entre tanto verde atrevido, las rosas han querido mostrar su belleza, se han elevado sobre los arbustos y chisporrotean su rojo, y más allá; el jazmín del país se enreda en las ramas del aromo y perfuma mi esperanza, la eleva y mientras camino, alguien pasa a mi lado silbando aquella canción. ¿Ironía, casualidad? No lo sé, es tu presencia que no me abandona.


viernes, 20 de febrero de 2015

La señorita Isabel.

Pintura de Marinela. http://marinelaysuspinturas.blogspot.com.ar/







El tren se detuvo  en la estación Belgrano R. Ella bajó. El perfume de los paraísos de la calle Echeverria le llegó dulzón, le gustaban esas veredas sombreadas, tan detenidas en el tiempo.
La panadería del gallego Juan, regalaba aroma  a pan recién horneado, le recordó que no había desayunado.
Su reloj marcaba las diez de la mañana.  Sólo las hojas le hacían compañía, bailando ante su paso. Era extraño, por momentos una  bruma se desprendía de las paredes y  caminaba a su lado.
Cruzó la calle  Cramer.
¡Volver! 
La casa de las tías quedaba cerca.
Regresaba como un ave sin rumbo, sin darse cuenta se encontró frente a su nido.
Tocó timbre. Tras las rejas negras, un pasillo corto llevaba a la puerta principal. Escuchó la llave que giraba con un sonido a óxido y trabazón.
Clarita se asomó. Gritó de alegría al verla, intentó correr arrastrando las ojotas gastadas, daba risa verla. Abrió la reja y se abrazaron. La cubrió de besos, la pinchó con sus bigotes de mujerona sin coquetería.
Entraron. La casa estaba sumida en un celaje. Las paredes, las puertas desdibujadas, sólo Clarita era real en aquel  patio ajedrezado. Las macetas cantaban al verde de las alegría del hogar y helechos, como si la vida no hubiera pasado o a pesar de ella las plantas fueran las mismas.  Nada había cambiado. Sólo ella era diferente. Desde la cocina llegaba un olor a galleta recién horneada. La tía Clarita sonreía feliz.
—¿Y las tías Pepa y Lola? —preguntó asombrada de no verlas.
—Salieron. ¿Querés tomar mate?
Siempre amable, Clarita la miraba encantada de tenerla de nuevo en la casa, le reían los ojos chiquitos y achinados.  Fue a la cocina.
Isabel quedó sola, desde la pared del comedor, la luna del espejo le devolvía una imagen joven, su imagen.
La tía regresó con una bandeja,  y  galletas con perfume a vainilla. Al darle el primer mate le acarició las manos, brotaban lágrimas de sus ojos.
Llegó el sonido de  la puerta que se abría, las otras  habían regresado. El taconeo de sus zapatos, anunció que seguían siendo dos milicos que marchaban al unísono en un desfile imaginario.
Al verla se detuvieron. Ni una pizca de alegría y unificaron su mirada de escarcha.  La niebla regresó, pareció cubrir el comedor.
—¿Qué haces vos por acá? —preguntó la tía Lola.
Frías, lejanas.  Las dos la miraban desde su muralla. Esa pregunta dijo más que cien palabras,  la examinaban tratando de ver hasta lo recóndito de sus entrañas. Los ojos de Isabel se enturbiaron. De pronto, le pareció que  deseaba  dar media vuelta y echar a correr, como cuando era chica y ellas la retaban. Las voces y los rostros se esfumaron de su campo visual.
Las veía a través de una niebla gris. Tratando de ser amable respondió:
—Vine a visitarlas, ¿Hay algún problema?
—No querida ningún problema, es un gusto verte —respondió la tía Clarita, antes que una de sus hermanas abriera la boca—  vamos, te muestro tu cuarto, lo mantengo igual. La siguió.
— Isabel: ¿Te vas a quedar? —la voz de la tía Lola sonó agria a sus espaldas. Se volvió y la miró desafiante.
— Sí, ¿por?
—Por la valija. ¿Te quedás mucho tiempo?
No respondió, salió acompañada por  Clarita. El pasillo, los muebles; todo era confuso.
Su habitación estaba igual.
Clarita la abrazó con ganas, le acariciaba la cabeza; se notaba que estaba feliz.
—Descansa —le dijo y se quedó frente a ella, le expresaba su cariño por los ojos— luego te llamo a almorzar.

Al morir su madre, Isabel tenía nueve años. Clarita fue  mamá y tía. Cariñosa,  le regalaba los mimos que las otras dos  le negaban.
 Recorrió el cuarto, las fotografías danzaban un baile de nostalgia. La abuela Margarita. Evocaba a aquella anciana doblada, que caminaba con bastón, Tac tac, tac tac, lenta y suave en sus gestos. La tía Clarita se parecía a ella.
En otra fotografía la imagen de su madre le arrancó una  sonrisa mojada. Un porta retrato mostraba a las tías Lola y Pepa, se las veía jóvenes. Llevaban en su cara un sello de acritud. Fue difícil vivir con ellas. Eran viejas de corazón, antes de serlo por edad.
Tenía veinte años cuando tomó la decisión de irse. Prefirió partir, antes de terminar pareciéndose  a ellas.
Soñaba  vivir. ¡Vivir! Como si fuera tan fácil protagonizar  sueños, darles vida…
Otra vez la niebla le cerraba la visión, debía ser su vista.
Cerró la puerta. La cama era una invitación a su cansancio. El viaje había sido largo, demasiado largo. Dejó que su cuerpo se aflojara y se cubrió con una manta.

Lily escuchó una voz entrecortada que  gemía.
Entreabrió la puerta del dormitorio. La anciana  dormía profundamente, sus manos abanicaban el aire, espantando  moscas invisibles.
Lily se acercó, la miró con cariño. Otra vez sus pesadillas
— ¡Señorita!  ¡Despierte! —Acarició el brazo de la anciana— ¡despierte que me asusta verla así!
Corrió las cortinas, la luz  avanzó iluminando la habitación. La anciana abrió los ojos. Estaba empapada y en un sopor del que no lograba reaccionar. Se sentó en la  cama tratando de regresar de ese mundo del pasado donde las imágenes se vuelven tan reales que espantan.  Miró a su alrededor, todo le  parece desconocido, no logra entrar en  la realidad. Tiene la boca seca como de ceniza y arena.
—Otra maldita pesadilla —murmuró.
—¿Quiere que le traiga un tecito? —la voz de Lily le llegaba  lejana.
—No, es temprano, no tengo ganas. Anda, seguí con tus cosas, en un momento se me va  a pasar el aturdimiento e iré a la cocina.
La joven se aleja e Isabel queda sola intentando entender ¿dónde está? Recorre con su mirada los cuadros,  las imágenes familiares. Reconoce los rincones se ubica en el tiempo y sonríe.
Sobre la calle Echeverria, el sol ilumina  el jardín y los jazmines comienzan a perfumar la mañana.








Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa