sábado, 22 de noviembre de 2014

Monólogo interior de una mujer.





¿Y ahora qué?
Él me mira e intenta decirme algo, al fin queda  mudo y suspira. El bar está silencioso, hay poca gente. Espero  que comience, vine sólo a escuchar.  Está nervioso. Tantos años sin vernos y después de nuestro fracaso como pareja, hace difícil una conversación. ¿Por qué le habré aceptado tomar un café? Dobla la servilleta, la estira, la vuelve a doblar, mira tras el cristal a la gente que pasa por la calle. No habla. ¿Para qué me invitó? Si  piensa que soy la misma  que conoció hace años, la que lloraba ante sus arranques de histeria; está equivocado. Quiero irme. Me doy cuenta que  está inseguro o finge estarlo.  Me acomodo en la silla y lo miró, bebe su café lentamente. Seguramente está armando un rollo sobre el amor. ¡Si lo conoceré! Ahora me mira. Intenta poner cara de sufrimiento.  Esas caritas ya no me convencen, vos no me convences.
Al fin, impostando la voz, me dice;
—No te he  podido olvidar.
No respondo. Dejo que hable. Yo tampoco lo olvide, pero por motivos diferentes. ¿Cómo olvidar lo que pasé a su lado? Sus celos, sus gritos, su constante mal humor.
Ahora habla y habla, me quiere  convencer y  pinta un mundo nuevo color esperanza, igualito a la canción, mientras mi mente va reviviendo las imágenes  de la vieja película de nuestra convivencia. Basta. Soy una tonta si  sigo escuchando su discurso, va a terminar convenciéndome que nadie me ha amado como él y que sólo yo, soy la culpable de nuestro fracaso. ¡Me aburrió!  Me pongo de pie, lo saludo y  dejo sobre la mesa, los veinte pesos del café. Recordé que también era tacaño.


domingo, 16 de noviembre de 2014

El viejo guerrero.



El patio de baldosas amarillas era tan arcaico como don Resti. 
Por las tardes el viejo se sentaba  en su sillón de mimbre, fumaba su pipa y con los ojos entrecerrados parecía soñar. Desde mi silla y con el libro de lectura, que no leía, lo observaba. Mis pies que no llegaban al suelo, se balanceaban sin producir sonido. En aquellos momentos se producía entre él y yo, un cruce, digamos telepático, yo podía ver sus  pensamientos o los imaginaba; los valles escandalosamente verdes de su tierra gallega, sus hermanos; la imagen de sus padres.
El humo de su pipa se elevaba lento, abría el aire y lo perfumaba. Parecía una estatua, un viejo guerrero viajando en sueños a su campo de batalla, a su mundo perdido. Una tarde no regresó.

No entendí por qué lloraban sus hijos, no había motivo para estar triste.  Don Resti seguramente sonreía,  al fin había regresado  a su tierra de vides y mar.



domingo, 9 de noviembre de 2014

Homenaje a Julio Cortazar.


Al cumplirse el centenario del nacimiento de Julio Cortazar, la Municipalidad de Gral San Martín organizó un concurso de relatos breves, basados en la novela "Rayuela".
Mi cuento resulto finalista, se los presento:




“Ese efecto de vuelo cansado”


Hoy regresé a París crucé su niebla gris 
lo encontré tan cambiado,
las lilas ya no están 
ni suben al desván
 moradas de pasión soñando como ayer…

“La Boheme”   de Charles Aznavour.


Había conocido a Oliveira en una reunión de jóvenes idealistas que soñaban con cambiar el mundo,  en aquellos años él llegaba siempre con una joven a la que llamaba la Maga. Se los notaba enamorados, al menos ella lo miraba con tanta ternura que emocionaba. Me invitaron varias veces a sus reuniones del Club de la Serpiente, las discusiones filosóficas terminaban siempre en disputas en especial cuando el vodka  nublaba  los ojos y nos trababa la lengua y nuestras mejores ideas se perdían adormecidas con la voz de Satchmo. Me fui haciendo habitué de esos encuentros, hasta que debí viajar a Buenos Aires, al regresar meses después, el grupo ya no existía.  Horacio Oliveira vivía solo en una bohardilla de La rue Rivoli.  Lo encontré extraño, no era el mismo, vegetaba obsesionado por encontrar a la maga, solía salir a caminar, se perdía en los  laberintos de las  calles parisinas, que irremediablemente lo llevaban hasta el Sena y allí quedaba mirando las aguas oscuras. A veces lo acompañaba tratando de distraerlo, pero su mente no estaba allí, ni él sabía por dónde vagaba.
Tiempo después me dijo que  regresaba a Buenos Aires, con la idea de viajar a Montevideo y buscar a la Maga. “¿Dónde la vas encontrar?” le pregunté. “Nunca nos citamos  y siempre nos encontramos”, me respondió.
Oliveira se fue y perdí todo contacto con él. Mi vida se fue integrando a la ciudad, sin embargo nunca pude olvidar a la Maga y a Horacio.

Creo que fue allá por el 68, yo lo recuerdo porque París era un desorden de manifestaciones y algarabía juvenil.  Creí verla pasar.
Podría haberme equivocado, pero era imposible que me  confundiera, conocía muy bien ese caminar tan suyo, como si las veredas fueran de algodón, ninguna otra mujer lograba ese efecto de vuelo cansado, parecía un pájaro en medio de una tormenta. Estaba seguro de que era ella, aunque en ese momento surgió la duda, tal vez era una mujer que se le parecía; ninguna se le  podía  parecer, ella era única, todas las mujeres estaban en ella, pero ella no estaba en ninguna.
La alcancé en la Rue de la Harpe, pero los estudiantes que iban y venían abrazados y cantando, me retuvieron; en un momento, ella dobló en el boulevard Saint Germaine, la vi entrar a un café, la seguí, demasiado bullicio, me aturdieron las voces elevándose en una música de discusiones y risas, el tintineo de la vajilla y yo perdido en el medio  de tanta algarabía ciudadana, no la encontré. ¿Dónde se había metido? Sentí ganas de llorar.  Necesitaba un café bien cargado, busqué una mesa vacía. Imposible.  Hasta que  un grupo se levantó, salieron cantando  una canción de Aznavour, qué locura.  Y recordé a Discépolo; Cambalache, la biblia y el calefón, que bien venia en este momento.
Miraba tras los cristales esos jóvenes que intentaban cambiar el mundo o al menos a Francia, este mayo va a quedar en la historia, me dije. El aroma del café era un bálsamo. Fue entonces cuando la vi detenerse en la calle y acercarse al ventanal, me miró,  apoyó la mano en el cristal y sonrió, quise levantarme e ir a su encuentro, con un gesto me detuvo, apoyé mi mano junto a la de ella y nos quedamos así. Las manos unidas, el cristal nos separaba, pude recibir su calor, me regaló su sonrisa, tan única, no había cambiado, me arrojó un beso y se fue. El grupo de manifestantes cruzaban cantando, no  imaginaban que estaban cambiando el mundo.…



lunes, 3 de noviembre de 2014

Secreto de mujeres.





La orquesta  desgranaba los acordes de un tango. Las mascaritas  danzaban en la pista, arrullados por  el compás  del dos por cuatro. Era  noche de carnaval y mis doce años se asomaban  por primera vez a la aventura de ver las parejas que parecían adormilarse,  fundidas en un abrazo sensual, sus pies  rayaban con sus giros  el piso de mosaicos del club del barrio.

El salón de fiestas del club terminaba en un patio de tierra, más allá, el paisaje se dividía entre el salón de actividades, la cancha de futbol y un alambrado  ruinoso que frenaba a los que  observamos la fiesta desde afuera.
Los menores solos no entran, vociferó  don Pancho, el portero, cuando intenté colarme por la entrada principal, me agarró de un brazo y me sacó afuera.

Algunos chicos con más suerte que yo, habían entrado, zigzagueaban  entre los danzarines arrojando papel picado y serpentina multicolor.  Desde mi puesto de observación seguía con envidia sus juegos.
Sabía que mi prima  Juanita estaba en el club, la había visto salir de casa, con los ojos muy pintados,  y  disfrazada  de colombina.  Quería estar con ella, sentarme a su lado  y  disfrutar del carnaval entre su grupo de amigas.  Ver los bailarines  entregados a ese juego de cerrar los ojos  y soñar que son felices, oyendo el gemir del bandoneón.
El problema  era entrar.
Pasada la medianoche, don Pancho abandonó la puerta y fue a la mesa  de sus amigos a tomar unos vinos. Entré. Busqué a Juanita. No estaba, o sí,   con tanta gente, quién la iba a encontrar. Pregunté a  sus amigas y me señalaron el bar.

La orquesta típica se retiró a descansar  y comenzaron los  paso dobles,  corridos y tarantelas.
En el bar Juanita no estaba. Crucé la cancha de fútbol,  la vi entrar en el salón de actividades, no estaba sola, la acompañaba un muchacho.
¿Qué hacían allí? 
Entré tras ellos, no me vieron. Casi no había luz.  Por la ventana se filtraban  reflejos de las luces del baile. Me escondí detrás de un mueble. El muchacho  abrazaba a mi prima. ¿Será un nuevo novio? Me pregunté.  Reconocí a Jorge, el hijo del almacenero. La sujetaba  contra la pared. La besaba una y otra vez, jadeando como un perro  asmático, ella no  decía nada, lo dejaba hacer, hasta que de pronto, algo la enojó  y comenzó a gritar,  decía que no, que la soltara. Escuché el sonido de un cachetazo y un grito de Juanita. Él muy  hijo de puta le había pegado. El miedo me paralizó,  quise ir a decirle a ese tipo  que dejara a mi prima y no pude, mis piernas parecían de cartón, temblaba. Jorge no la soltaba y yo me sentía culpable de ser tan cobarde. Lo único que logré hacer fue subir la perilla de la luz, el salón se iluminó y los dos quedaron descubiertos, me vieron. Jorge tardó en reaccionar. Al intentar salir, se enredó con  los pantalones que llevaba por las rodillas y se fue al suelo. Se puso de pie, se acomodó la ropa, saco pecho y escapó diciendo groserías contra mí prima. Juanita  quedó apoyada en la pared, con los brazos caídos y una cara que me dio pena.  Me acerqué y me abrazó. No sé cuánto tiempo estuvimos así, sin decir palabra. La ayudé a arreglarse el vestido,  noté un hilo de sangre que bajaba  por sus piernas, le di mi pañuelo y  se limpió. Se le había corrido el maquillaje de los ojos, ya no era una colombina, parecía un payaso descolorido.   Fuimos hasta  el alambrado del fondo, lo bajamos y  escapamos por la calle de tierra, nadie nos vio. 
Cuando llegamos a  casa me hizo jurar que no le contaría a la tía lo que había sucedido en el club. Crucé los dedos  y juré. 
—Será  nuestro secreto —me dijo— secreto de mujeres.









domingo, 26 de octubre de 2014

Cordura.





Se abrió la puerta  y una mujer sonriente salió a recibirla, la abrazó y emocionada le dijo:
—Mi querida Ana cuanto me alegra verla de vuelta, se la ve muy bien. Abrí la casa para que el sol se adueñe de los rincones.
La tomó del brazo y entraron juntas, recorrieron las habitaciones, todo estaba igual, minutos después la mujer dijo:
—Vendré todas las mañanas para ayudarla en los quehaceres…
Le entregó las llaves y continúo hablando, pero Ana no escuchaba. Al fin se fue y Ana quedó sola.
Fue hasta su cuarto y al entrar, el espejo le devolvió una imagen desconocida, la de una mujer extremadamente delgada, con ojos tristes, que parecían vacíos.
Se sentó en la cama y recién allí se dio cuenta que la mujer de la limpieza se había retirado. Estaba sola.
Fue a la cocina y se preparó un té, no tenía apetito. El ruido de una silla, la obligó a mirar detrás de ella, sonrió.
—¡Cuánto los extrañé! —dijo— sé que ustedes también. Un año es demasiado tiempo. No saben que frío hace por las noches en ese hospital, los gritos de los internados retumban en el silencio. Me alojaron en una celda con paredes acolchadas, los médicos, varias veces al día me inyectaban, hacían preguntas y pastillas, siempre pastillas, verde a la mañana, roja por la tarde y dos rosas por la noche.
Se largó a llorar, una mano suave como de nieve, le acarició el pelo. Continúo hablando:
—Fue un infierno, hasta que comprendí cuál era la solución para salir de allí.  Decir mi verdad ofendía los patrones de conducta   que ellos crearon y a lo que llaman cordura. Cambié de política, respondía a  los especialistas, lo ellos querían escuchar, por eso estoy aquí. Han aceptado que viva sola, vendrán a visitarme y seguiré repitiendo las mismas respuestas. Los negaré, no lloren, los tengo que negar, es la única forma de poder estar juntos. ¡No lloren! ¡Yo los amo!  Pero, los psiquiatras nunca van a entender, que  dos fantasmas sean mis amigas…


lunes, 20 de octubre de 2014

Domingo de mañana.





Amanece en la ciudad,
el cielo es una llama
que lentamente se va estirando
sobre umbrales y veredas.
Desde un semáforo en rojo
una paloma alza vuelo
hasta un balcón sin flores.
Un vendedor cruza la avenida
cargando una canasta y ofreciendo;
¡Churros crocantes y sabrosos!
El grito se va alejando, hasta ser un susurro,
se pierde.
Un perfume de glicinas
llega como una caricia.
La ciudad va cambiando de color,
se suman las voces,
un anciano pasa silbando un tango,
los aromas se ensamblan
las bocinas aturden
y yo sigo buscando la salida
a este laberinto que es mi vida.

martes, 14 de octubre de 2014

¿Quién es esa mujer?




El espejo reflejó mi imagen, me miré largamente, como quien busca en un viejo cajón, algún tesoro olvidado, alguna carta que lo rescate del aburrimiento. Qué razones me llevaban a pararme frente al espejo, analizando el arcano de la vida y la muerte escondidos
en el cristal. 
Me sorprendió la sonrisa de la mujer,  sus ojos pequeños, era yo, pero era otra. ¿Y la que yo tengo en mi mente dónde está? Le pregunté. La mujer del espejo, lentamente, llevó su mano al rostro y quitó una piel, una máscara. Nuevamente es mi imagen, pero  de hacía varios años, menos arrugas, las primeras canas se asoman curiosas, no es la que recuerdo le dije. La imagen repitió el gesto y volvió a quitar otra máscara. Apareció mi cara, el pelo oscuro y sin tintes, el óvalo de mi rostro era otro, la piel fresca, sin embargo no era la que yo esperaba. Se lo dije y la mujer del espejo quedó pensativa; al fin pareció recordar algo, sonrió y renovó el gesto anterior. Un juego de colores como un calidoscopio apareció en el espejo, di un paso atrás y ante mi asombro, apareció la que mi memoria  recordaba,  la que fue el principio de la de hoy.

La que creía que la vida era un juego y que recorría el patio a los saltos en un solo pie; la que le contaba  sueños a la luna, para que  los hiciera realidad, aquella a las que las mariposas le caminaban por la mano, la que imaginaba que el fondo de su casa era una selva y los conejos leones y los gorriones,  cóndores al acecho. La del flequillo y la melena corta, la de los ojos grandes y los dientes torcidos. ¿Dónde estás?, le pregunté. No respondió, pero antes de esfumarse como una voluta de humo, sin palabras, me señaló.

Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa