domingo, 6 de julio de 2014

No mentirás...





A Marcos le gustaban las reuniones en casa de  Gonzalito. Había llegado las primeras veces acompañando al ruso Mauricio, pero cuando el ruso se fue a vivir a Uruguay, él llegaba solo, se hizo parte del grupo.  Saboreaba las discusiones literarias que se armaban entre mate y mate y las disputas sobre fútbol que eran una constante y las mil y una cabreada  que se armaba cuando el tema era la política.
Todos nos dimos cuenta  y Jorge también, que el interés de Marcos estaba en Lucia la novia de Jorge. Al principio era un  cambio de miradas  inocente, le alababa el peinado, lo bien que cebaba el mate y cosas así. Nos caía mal ese juego, Jorge era un buen tipo, a todos nos había ayudado alguna vez por una u otra cuestión.  Una tarde en que Martina, la mujer de Gonzalito y Lucía  quedaron solas en la cocina, Martina le preguntó qué onda curtía el tal Marcos. La otra suspiró y se encogió de hombros, desinteresándose del tema y salió, sin responderle.
Pero la cosa se fue haciendo muy evidente, Marcos  le tomaba la mano al recibir el mate, le susurraba canciones románticas y ella sonreía con esa sonrisa boba que tan bien le quedaba. Hasta que Jorge y Lucia dejaron de venir al grupo y al poco tiempo Marcos desapareció con la misma rapidez con que había llegado. Meses después, alguien nos dijo que Jorge y Lucia se habían separado, ella volvió con sus padres y Jorge había viajado a Brasil con un contrato de trabajo. Nos apenamos por  él, era un buen tipo y estaba realmente enamorado de  Lucia.
Nuestras reuniones continuaron. No supimos más de ellos.
Una tarde, fue durante el mundial de fútbol, nos habíamos reunido para ver un partido, llamaron a la puerta, era la policía.
Gonzalito los hizo pasar, eran dos morochos de cara fiera y mirada de esas que parecen calarte hasta el caracú. Preguntaron por Jorge, vida y obra. Respondimos hasta dónde sabíamos; que no tenía familia y que hacía  un año, más o menos se había radicado en Brasil. La mujer de Luis, inquirió, “Qué sucedía con Jorge para que hicieran tantas preguntas” y la respuesta nos dejo helados. “Marcos Garvín fue asesinado de varios tiros cuando salía de la casa de su novia y ella acusa a Jorge Molinos, lo acusa de ser el asesino  y cómo no hay testigos y el tal Jorge tiene pruebas de que estaba en Brasil, queríamos consultar otras fuentes. ¿Ustedes aseguran que  no lo vieron en la última semana, verdad?”  Respondimos a coro que no. Los policías se fueron  y nos quedamos de pie mirándonos, sabiéndonos culpables  de haber mentido, mientras en la tele Argentina ganaba a Irán, en el último minuto, con un gol que ninguno de nosotros  vio, ni aplaudió.




Queridos amigos me despido por un tiempo, trataré de visitarlos y dejarles mis saludos.

Un abrazo.

María Rosa
  


lunes, 30 de junio de 2014

Las hermanas.







A lo largo de la calle
ellas marchan lentamente.
Un viento de ausencia les seca la cara
se enreda en sus faldas
y flamea en su pelo.

El aroma del café de la tarde
escapa  de las casas pueblerinas,
la brisa lo lleva hasta el río
donde el olor de los maderos viejos,
lo toma de la mano y escapan
bordeando la costa
y allí  quedan
arrumbados en la orilla oscura

Las mujeres caminan  en silencio;
una lleva  en la mano una flor,
la pena del mundo en su espalda
y en los ojos la huella salada del dolor.
La otra es de mármol, 
imagen del rencor sin sueño
pájaro ciego que perdió las alas.
hembra sin dueño.

El camposanto quedó atrás,
con sus altos cipreses
y su perfume a flores secas.
En la memoria de las dos,
los recuerdos arañan,
la pasión hierve en las venas
y la imagen del hombre querido se agranda

No importaba compartirlo.
Importaba tenerlo.
Y ahora sólo queda
el silencio de su voz,
ya no beberán de su boca, de su cuerpo moreno
no escucharan su risa 
que besaba el aire y alegraba las noches.
Van mudas, como campanas quietas.

Al llegan a la casa
las recibe la afonía del aire
que  cruza  el dintel de la puerta.
El hogar vacío  abre los brazos y envuelve
a tanto deseo,  seco de llorar.



domingo, 22 de junio de 2014

Aquel perfume a rosas.





La recuerda en  la casa de Ballester, corriendo tras ella  entre los pinos del ancho parque. Las fiestas de cumpleaños, los globos de colores.
Aquella tarde,  ayudó a su madre a preparar las valijas, luego  el aeropuerto y su mano agitándose en el adiós.
Y su madre no regresó. Luego todo se pierde, una bruma confunde su memoria.

Carina quedó a cargo de la  abuela materna. Creció con ella, en el caserón  familiar, que parece desmayarse  entre las viejas calles de Belgrano, con sus veredas oscuras sembradas de plátanos y paraísos.
Cada vez que entra al living, la pintura con la imagen de su madre atrae su mirada. Admira su belleza y el gesto tierno de su boca.
No sabe si es su imaginación, pero desde hace un tiempo  el cuadro de su madre, está diferente. Parece sonreír. Sus ojos  la siguen, decidió  sentarse frente a  ella  y esperar un milagro.  Cerró los ojos y al abrirlos algo fantástico inundó el ambiente, penetró en un mundo mágico, su deseo era al fin una realidad.  Su madre se sentó a su lado, sus besos cubrieron  su cara y su voz la envolvió como una caricia. Desde el fondo del tiempo regresaron los recuerdos, el calor de sus manos, su perfume.  No lo comentará con la abuela ni con la tía Mariana. No quiere que  Mariana haga con ella lo que hizo con su padre. Su padre… él no soportó la pérdida de su esposa. Eran tan felices, que nunca entendió el final de ese amor. Se hundió en una depresión profunda y  la tía Mariana creyó que lo mejor era internarlo. 
De la mano de la abuela, Carina va a visitarlo, él la espera sentado en el parque, ella corre a sus brazos. Él la acaricia, pasa su dedo índice por su cara y sonríe, nunca habla. Luego la toma de la mano y pasean por el sendero de tierra que se pierde entre sauces y acacias. Carina le habla del colegio, de la abuela y él escucha y sonríe. La niña regresa con un montón de preguntas que su abuela responde siempre igual, no sé.

Cada tarde, la abuela sube al primer piso, ceden sus flacos huesos a una siesta merecida. Carina toma asiento en el sillón del living. La pintura toma vida, un perfume a rosas crece en el ambiente y arcano diseña lo irreal. Su mamá se sienta a su lado, le habla, sonríe,  acaricia su pelo y la besa.  El misterio teje una vida diferente y las dos bailan tomadas de las manos. Y se abren solos los pesados cortinado, y la luz de la tarde entra, iluminando cada rincón.
El sonido de los pasos  en la escalera, quiebra el encanto. Al llegar al vigésimo quinto escalón, todo  regresa a la normalidad y la magia se deshace  cuando  la voz de la abuela, la llama a merendar. El encanto dura el tiempo de  una siesta.

Escondida detrás de la puerta de la cocina, Carina escucha,  hablan de  ella, y la abuela llora. La voz de la tía Mariana es casi un susurro. Logró escuchar frases sueltas: no puede vivir aquí…  necesita otra cosa… es un colegio… pupila…
Comprendió que quieren a cambiar su mundo, la van a encerrar en un internado y ya no volverá a estar con su madre, no bailaran juntas, no volverá a estar entre sus brazos. Nunca más su perfume a rosas.
Esa noche su sueño fue inquieto, despertó varias veces rodeada de una negrura que sólo quebraba  las dentelladas de luz del foco de la calle, moviéndose con el viento y entrando curiosa por la ventana.

A la hora de la siesta, la escuchó subir los peldaños, más lenta que otras tardes.
En la planta baja, Carina tomó asiento en el sillón, cerró los ojos y esperó. Comenzó la magia. Las manos oliendo a rosas acariciaron su cara, abrió los ojos y se abrazó a su mamá, repitiendo entrecortadamente las palabras que escuchó de la tía Mariana. Su madre sonrió y tomándola de la mano la hizo girar. Carina olvidó sus temores y se dejo llevar, bailaron flotando en el aire. Eran dos mariposas disfrutando la primavera. Las cortinas se abrieron, la luz de la tarde barrió la vejes de los muebles. Se abrieron las ventanas, las rejas cayeron como espadas sobre la tierra del jardín  y la voz de su madre surgió clara:
—Es hora de volar mi niña.
Y volaron.

La abuela fue a la cocina y preparó la merienda. Llamó a Carina y no tuvo respuesta. Fue al living. La ventana abierta de par en par, la sorprende, descubre el cuadro en el suelo, la imagen se ha quebrado. La niña no está. La busca, la llama… no aparece.
Ha salido a la calle, murmura. Se asoma a la ventana, imposible, las rejas son fuertes, las puertas están cerradas. No  ha podido  salir. Vuelve a llamarla.  Silencio.
Recorre nuevamente cada habitación, los rincones, grita su nombre. Carina no está en la casa. Cae pesadamente en el sillón. El perfume a rosas  la sorprende, lo reconoce, se pone de pie, sin verla la presiente.
Comprende. 
Nuevamente en un último esfuerzo grita el nombre de su nieta. Le responde el silencio.
Llama a la tía Mariana y se sienta  a esperar.

lunes, 16 de junio de 2014

El viejo ciruelo.




El viejo ciruelo
ya no es el mismo.
Sus hojas,
son un circulo  amarillo,
cansancio de otoño
sobre el césped.
A veces el viento 
las eleva  en un vuelo corto,
el sol las besa y en el reflejo
imitan el sol
y vuelven a caer.

Los años lo vencieron,
y tal vez el verano lo encuentre
sin aquel fruto tierno y rojo,
afrontará el final,
como un antiguo patriarca
que muere de pie.


lunes, 9 de junio de 2014

El viejo y la barca.

  
Nunca había contado está historia, sinceramente no le di importancia hasta hoy, en que decidí recorrer el puerto y no encontré la barca, ni al viejo, y regresó a mi memoria aquella tarde de fines del verano pasado.

“Temblaba de frío y no quería  alejarme del murallón,  los  barcos pescadores ejercen sobre mí un embrujo, siento que me hipnotizan, puedo estar horas  caminando por el muelle. El viento se cosía a  mi  cara formando una capa helada, sin embargo algo me mantenía en ese lugar  contemplando las naves  que se hamacaban  rítmicamente al son de una música inaudible para mí.
El viejo sentado sobre un pilote parecía parte del paisaje. No se movía, miraba los lobos marinos que se estiraban bajo el sol y daban vueltas unos sobre otros, jugando como niños. Notó mi presencia y me miró, lo saludé admirando su piel que era un pergamino de color verdoso, nunca había visto un rostro tan surcado de arrugas. Él pareció leer mi pensamiento porque dijo:
—No soy una estatua, soy real, el sol y el iodo del mar  me dejaron esta piel.
No respondí. Siguió hablando.
—Ve esa barca en la punta del espigón, allí trabajé por cuarenta años, hoy está abandonada, el patrón murió y los hijos no quieren hacerse cargo. Ella  va agonizando de a poco, enferma de oxido y vejez…
Alejada del grupo mayor de barcos, la que él me señalaba era la personificación del abandono. Cubierta de herrumbre y sin color, sólo hacía notar su presencia el golpe de una puerta que se abría y cerraba con el vaivén del mar, ni el nombre había quedado visible, apenas  una huella de letras rojas  anunciaba que allí había estado.
—Sólo yo y  las ratas le hacemos compañía —me dijo—  cada tarde me quedó  esperando el milagro de verla partir como antes. Pero es imposible.  Jamás  volverá  a zarpar, nos parecemos, somos náufragos de la vida, que siguen soñando con un nuevo viaje… tal vez un día le suelte las amarras y nos larguemos a la mar, como antes… jajá … sería imposible, pero en mis sueños muchas veces me veo  de pie en la cabina del barco, alejándome del muelle ondeando con las olas y la espuma, como antes y atrás voy dejando la bruma del amanecer  —y volvió a reír.”

Aquella tarde la cara del viejo y su risa me impresionaron  y no entendí  el motivo, sé que me fui sin decir  palabra, hoy  viendo el puerto vacio, creo que barco y marinero cumplieron su último sueño, tal vez el mar los cobije en un abrazo final o alguna playa perdida los haya encallado en su arena.



lunes, 2 de junio de 2014

El velorio de Funes.





Le dolían los pies. Las piedritas  del camino penetraban  en las alpargatas y le hacía ver las estrellas.  El sol caía como un manto caliente.
La blusa se pegaba a su espalda y cada tanto, gotas de sudor, bajaban hasta su cuello y rodaban por la curva de  su espalda produciéndole un cosquilleo.
Pobre compadre Funes, pensó, venir a morirse en pleno verano.
La calle de tierra no tenía ni un miserable árbol donde guarecerse.  A los costados sólo un alambrado, más allá, campos y más campos sembrados.
Un carro pasó destartalándose en el surco de la senda polvorienta,  la voz de don Natalio surgió ronca:
—Buenas tardes doña Sabrina.
—Buenas tardes —respondió.
Él siguió sin ofrecerle llevarla hasta el pueblo, negro bruto, dijo entre dientes.
Ya estaba cerca de las primeras casas, las veredas ofrecían la sombra de una hilera de sauces y por momentos la brisa suave dejaba llegar su alivio con aromas de menta y lavanda. El cielo había cambiado, las nubes tapaban la furia de ese verano tórrido.
Al fin llegó al velorio de Funes. Un grupo de paisanos conversaban en la puerta de calle. Le dieron paso respetuosamente.
Entró.  Fue  a saludar a la viuda, doña Remigia  se derramó en lágrimas al verla,  el escote del vestido de la  mujer era demasiado provocativo para ese momento, los senos que se le escapaban sin pudor. Sabrina la abrazó y luego se acercó al finado. Hizo la señal de la cruz.
Funes era una bolsa de huesos. La impresionó la blancura de la piel y el pelo. ¡Cuánto había cambiado!
Sobre una mesita varias imágenes religiosas presidian una asamblea de santos.  No sabía que el compadre fuera tan creyente, se dijo.  Varias velas rojas  de diferente tamaño daban al ambiente un olor a cera e incienso,  que mareaba.  A un costado del cajón dos cirios de pie flameaban su llama amarillenta.
Rezó un ave María.
Funes pareció mover las manos. Ella se inquietó. Sumida en una alucinación lo vio revolverse en la caja, luego elevarse.  Sabrina se apoyó en una silla y buscó a la viuda con  los ojos, no estaba. Los vecinos seguían en la puerta. Intentó gritar y no pudo. Retrocedió, el olor de  los cirios era más potente  ahora. El finado,  de pie, se elevó hasta una ventanita que estaba en lo alto de la pared y espío. Maldijo en voz baja.
Las velas se apagaron, dejando caer lagrimones de cera sobre el piso de cemento, sólo las rojas permanecían encendidas. Un espesor de niebla invadió la habitación. Sabrina quiso escapar y sus piernas no respondieron. Transpiraba y no era culpa del calor. Estiró el brazo y con el pañuelo apagó las velas rojas.
Don Funes se estremeció y descendió lentamente. Se sentó en el cajón. Le sonrió con su boca desdentada, se acostó y quedó con un rictus amargo en la cara.  La niebla escapó por la ventana. Sabrina temblaba.  Estaba sola frente al finado que cruzó las manos sobre el pecho y así quedó.
Sabrina fue a la habitación de al lado, la puerta estaba apenas entreabierta. ¿Qué había visto el finado? Se asomó y los vio: la viuda y el capataz de los Martínez, estaban abrazados, se tocaban, se besaban con tantas ganas que no advirtieron su presencia.
Cerró y  fue a la cocina. Dos vecinas preparaban el mate, les quiso hablar, contarles lo que le había sucedido y no pudo, su lengua era un trozo de cartón.
Entró doña Remigia arreglándose el pelo. Un resto de sonrisa le bailaba en la boca, se sentó y rompió a llorar.  Sabrina no aguantó el teatro que la Remigia  fingía  y sin decir palabra salió de la cocina, llevándose una silla por delante, ante los ojos asombrados de la viuda que seguía gimiendo su pena.




miércoles, 28 de mayo de 2014

Con trenzas y flequillo.




Cada tarde repetía el mismo ritual, subir la escalera, cruzar el puente de hierro con piso de madera hasta la mitad y allí esperar que su figura  de metal  se anunciara a lo lejos con su  música de rieles  y durmientes estremecidos por la velocidad. Me pregunto qué me llevaba hasta él, a ese temor que su imagen representaba, sería un anunció de lo que la vida traería en su devenir, no lo sé.
A medida que se acercaba, me asomaba para verlo, primero tímidamente, ya que el miedo me conmovía, su soplo me pegaba en la cara con sus manos de tierra, despeinaba mis trenzas y dejaba mi flequillo en posición de remolino. Y cuando nuestro encuentro ya era inminente, el ruido era ensordecedor, me sujetaba con fuerza al borde de hierro del puente y tenía el sobresalto de que el viento me iba a llevar en su vuelo.  El piso de  madera gemía con el impulso  del tren, miles de voces unidas en un grito, era extraordinario. Duraba pocos segundos, hasta que al alejarse se llevaba en su viaje mis estremecidas sensaciones y su música de acero se perdía  lentamente hasta ser sólo un  murmullo. Le gritaba adiós y me iba pensando en regresar al día siguiente.
Hoy lo espero aferrada al borde de mi balcón, cierro los ojos, me llega el crepitar de los vagones al cruzar la estación y a pesar de la distancia  el viento me vuelve a golpear la cara y mi melena  vuelve a ser un remolino enloquecido.

Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa