lunes

Cosas de mi padre.



Como si sacara un tesoro del bolsillo trasero de su pantalón, mi padre extraía una libretita de tapas negras y un pequeño lápiz de punta fina  y allí anotaba lo que debía comprar en el supermercado. Los días flotaban a su lado plácidamente, el apuro no existía para él y el sol mañanero era un amigo, cuando la voz de mi madre se elevaba desde el jardín:
—Juan anota azúcar.

De mañana bien temprano, con el aleteo de las hojas otoñales, empujadas por el viento que llegaba del mar; él salía a sus quehaceres. Las  cajeras del supermercado Toledo, al verlo llegar sonreían. Siempre rezongaba por algo. Habían subido los precios o  las naranjas no eran de buena calidad. El tema, era una forma de entablar una conversación, la empleada lo sabía y preguntaba:
—¿Qué dice su libreta don Juan, hoy gastó más que ayer?

¿Por qué la memoria, esa curiosa de la vida, trajo  el recuerdo del abuelo y aquellos detalles?    
Las calles zigzagueantes del barrio Constitución en Mar del Plata, el brillante aroma del mar y los pinos bordeando las veredas.
Hace  tantos años que el abuelo ya no está a mi lado y sin embargo, fue abrir una caja que dormía su sueño de tierra y telarañas en el altillo, encontrar algunas de sus cosas; el viejo reloj  pulsera, sus cuadernos con las letras de sus tangos preferidos y la libretita donde su letra prolija y alargada había detallado mercadería y precio.   

¡Qué  personaje fue mi padre! Seguramente el paso de los años, amplió su figura y sus pequeñas hazañas se multiplicaron con el cariño. Suele suceder que algunos momentos, se perdieron de mi memoria, como por ejemplo el día en que murió, pocas cosas de ese momento recuerdo  y otras regresan solas, como amigas que me visitan para despertar mi sonrisa.


El ladrón.






Digámoslo así: las mujeres que hablan, piensan y actúan como usted son raras.
-¡OH! –Dijo ella seriamente- no espere que las muchachas hablen como yo. Eso viene más tarde. Son demasiado jóvenes ante todo. Y luego el hombre común echa a correr cuando descubre rudimentos de cerebro en una dama.
                                                          Ray Bradbury    “El vino del estío”




El silencio era rey en la oscuridad del viejo comedor. Los muebles, simulaban rígidas figuras reunidas alrededor de la mesa.  Apenas un rayo de luna se filtraba por los postigos cerrados, los cristales abiertos daban paso a la brisa que elevaba las  cortinas y el ambiente parecía habitado de un toque fantasmal. La puerta se abrió suavemente y una nube oscura se deslizó al interior. Recorrió el cuarto hurgo en los cajones,  en el último se detuvo, sacó un cofre, lo abrió: perlas y cristales destellaron bajo el hilo de luz que entraba curioso. Guardó todo en una bolsa, siguió su búsqueda.  

Alguien encendió una lámpara.
Se incorporo sorprendido.
Desde un sillón, una anciana lo miraba. La amenazó con una navaja, la movió en círculos para despertar miedo, no lo consiguió, ella lo miraba impertérrita.
    —¿Dónde hay dinero? –preguntó
    —Allí en la cocina, dentro del tarro de las galletas. El hombre guardó la navaja.
Regresó con un puñado de billetes.
    —¿Sólo esto?
    —¿Qué pretendes de una jubilada?
La tranquilidad de la anciana lo irritaba.
    —¿Por qué me mira así?
    —Me sorprende que me hayas elegido para robar, ¿qué puedes encontrar en mi casa? sólo cosas viejas. ¿Por qué no vas a robar a los ricos? —preguntó.
    — Gracias por el consejo. Los ricos tienen casas  vigiladas y  alarmas, no estoy preparado para eso. Soy un simple ratero—. Ella  lo miraba pacíficamente.
   —Tengo frío, alcánzame esa manta  —dijo la mujer señalando  un silla. Él le alcanzó una frazada. Observó el ambiente, no guardaba nada de importancia.
   —Usted cobra una pensión de Italia —al decirlo la miró fijo a los ojos— le pagan en euros. ¿Dónde los guarda? 
   La situación lo había puesto nervioso, transpiraba, su frente estaba húmeda.
   —Te pasaron mal el dato —la anciana disfrutaba con la conversación, sonreía— la pensión de Italia la cobran mis hijas, dicen que esa plata en mi casa es un peligro, que yo soy vieja para manejar tanto dinero, así que ellas se hacen cargo.
    —Ja…! ¡Lindas sus hijas,  tan ladronas como yo!  ¿Por qué no le cambian la alfombra o la  cortina que se ven tan viejas?
   —Ocúpate de tus cosas y  vos  ¿Por qué no trabajas?
   — ¿Qué le importa? ustedes los viejos se creen sabios ¿verdad?
   —No, no lo somos, es una máscara que usamos para disimular lo indefensos que somos.
   — ¿Una máscara cómo en el  teatro?
   —Claro. ¿Acaso la vida no es una actuación? –se quedó mirándolo con una sonrisa.
El hombre comenzó a dar vueltas sin dejar de mirarla.
   —Me hubiera gustado conocerla de joven. –el ladrón se sentó en una silla frente a ella.
   — ¿Por qué?
   — Porque es inteligente y si a eso le agregamos juventud, debe haber sido maravillosa.
   —A los veinte años no tenía la sabiduría de hoy. Los años, las equivocaciones, enseñan a vivir—  la vieja lo miraba sin miedo.
   —Debe haber sido muy linda.
   —¿Qué sabes de mi?  Hoy no quedan rastros de la que fui, en realidad soy una vaca que se tragó a una princesa, ella sigue en mí, pero mi exterior es la vaca.
   —Ja…!  Usted tiene humor, dígame qué hay de importante en su casa, para llevarme.
   —Lo que ves, desde que murió mi esposo no cambie nada y de eso  hace muchos años.
   —¿Cuánto hace que murió?
   —No sé, perdí la cuenta  —la vio ponerse triste—  con él se fueron mis ganas de vivir.
   —Esa lámpara es de bronce  —dijo señalándola—  parece de calidad, me la llevo.
Abrió la puerta de calle, iba a salir con la lámpara y se volvió.
   —No la quiero robar…  necesito dinero ¿comprende?
   —Ya te dije, el dinero se gana trabajando.
Él se volvió y cerró la puerta.
   —¿Trabajando en qué? Un tipo como yo, mal vestido, con la piel oscura y mis rasgos, es mal visto en todos lados. Si me contratan me pagan menos que ha otros, ya pasé por todo eso —mientras hablaba regresó la lámpara a su lugar.
   —Llévate las joyas, es lo único de valor que tengo.
   —¿Qué le va a decir a sus hijas?
   —No te preocupes, no se van a dar cuenta hasta que me muera.
Él se detuvo frente a ella, inclinó la cabeza para mirarla mejor.
   —¿No la visitan? ¿Quién se ocupa de usted?
   —Yo misma, y mi vecina que es tan vieja como yo, pero camina mejor.
   —Cuando sus hijas se den cuenta, de que faltan las joyas ni usted ni yo vamos a estar aquí –dijo sonriendo.
   —Desde ya comienzo a disfrutar la cara de desesperación de las dos, van a desconfiar una de la otra y se van a echar en cara el escamoteo. Vete, antes que me arrepienta.
   El ladrón abrió la puerta, se volvió hacía  la anciana  mirándola muy largamente.
   El  ambiente pareció iluminarse, todo desapareció repentinamente, sólo quedaron dos seres heridos por la vida, duró apenas unos segundos, fue una luz,  un relámpago, ellos comprendieron: fue un tiempo mágico.
   —¿Por qué me miras así? —preguntó la anciana.
   —Es que de pronto, algo sucedió, la vi distinta… era una joven princesa.
Ella sonrió.
   —…Y tú no eras un ladrón…



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La estatua




Qué suerte la de la estatua, su mente no piensa, sus ojos no lloran y el dolor pasa a su lado sin detenerse en su cuerpo. Creo que mis ojos, como los de ella, permanecieron mucho tiempo abiertos sin ver.
A veces me pregunto por qué me enamoré  de alguien tan diferente, pero claro, el amor no surge por decreto ni conveniencia, surge y está ahí; en la carne y duele como una espina y uno se pregunta ¿cómo quitarla?

Te perdiste de mi vida, pero no fue de golpe, fue lento el desamor, sólo que  no quise verlo. Por eso no te culpo,  vos dejaste de querer y yo tan ciega no te comprendí.
Tu voz era un conjunto de palabras que no decían nada y yo seguía aferrada al amor sin ver que no era de a dos, era yo sola la que amaba, mientras vos seguías alejándote cada día más. Hoy ya te perdí definitivamente.

Sigo pensando en la estatua y en su suerte, nada le hace mal, no sufre, el dolor no la agobia, su corazón de piedra no conoce el amor.

El contrato






Se hizo un clic en su cabeza, noche en sus sentimientos, y se dio cuenta de que estaba sola  y que sólo ella era la culpable.

Salió al parque del Hotel Casino, respiró hondo un aroma a pinos y césped recién segado. Los árboles se recortaban negros contra un cielo claro de verano.
− ¡Negro el diecisiete! −la voz del crupier sonaba aún en su cabeza, fue su última apuesta de la noche.  No tenía un centavo más.
−Buenas noches  −un señor mayor elegantemente vestido de blanco la miraba sonriente
−Hola  −respondió.
− ¿Qué tal le fue?
Ella negó con un movimiento de cabeza.
El hombre tintineaba fichas en el  bolsillo de su saco.

La invitó al bar. Conversaron, la voz del anciano era monótona. En un momento él  se retiró. Advirtió que había dejado olvidadas algunas fichas. Las tomó para devolverlas.
Preguntó al mozo la habitación del señor que estuvo en la mesa con ella.
–No vi a nadie con usted –respondió. Al retirarse reparó que los mozos la miraban murmurando entre ellos.
Se levantó para ir a su cuarto.
Se detuvo… ¿Y si jugaba las fichas?  Algo me dice que voy a quebrar mi mala racha −pensó.
Volvió a entrar al salón, el deseo de jugar era más fuerte que su razonamiento.
Eran fichas grandes. Jugó. ¡En poco tiempo perdió todo!

Regresó a su habitación, se miró al espejo y se dijo con pena:
− ¡Mónica, sólo te faltaba robar! −Se  bañó y se tiró en la cama.

Despertó tarde, pasado el mediodía.  Salió a la calle, buscó un cajero y retiró sus últimos pesos.

Al atardecer el deseo de jugar comenzó a rondarla. Fue al casino. Su mala racha continuaba. Arrojó su última esperanza en una apuesta. Perdió.

El anciano vestido de blanco  se acercó sonriente, la saludó y no hizo ninguna referencia a las fichas olvidadas, ella tampoco.
Él la invitó a tomar algo.
Se sentaron, Mónica se preguntó en voz alta ¿Cuál es el motivo de mi mala suerte?
El anciano exclamó sonriente:
− ¿Quiere ganar?
−¿Para qué estoy acá? ¡Para jugar y ganar!
−Puedo ayudarla, sería algo así como un negocio. ¿Acepta?
Mónica lo miraba sin entender.
−¿Qué me propone? −Preguntó pensando que el hombre planeaba unas horas de sexo.
−No piense mal −dijo mientras se ponía de pie− vayamos a la mesa de juego y veamos que sucede, tome mis fichas y apueste.

La ruleta ejercía fascinación en ella. En pocos minutos había duplicado la cantidad de dinero. Era un sueño largamente acariciado, vivir esa sensación placentera de jugar y ganar. Ella, el crupier y nadie más.
Miró al anciano que seguía sonriente a su lado. Volvió a la realidad.
− ¿Qué sucede? −Preguntó con la felicidad dibujada en su cara− ¿Usted tiene algún talismán con poderes?
El hombre la tomó del brazo y la llevó nuevamente a la mesa.
−Le dije que era un trato.
La miraba fijo a los ojos.
−No le entiendo ¿de qué trato me habla?
-¿No  comprende  quién soy?
Lo miraba. ¿Sería un ángel? Estaba vestido de blanco, él lanzó una risa burlona como si hubiera leído sus pensamientos.
− ¿Cree que soy un ángel?  Soy un ángel caído, al fin es lo mismo. Tengo la fórmula para acertar en la ruleta, nos tenemos que poner de acuerdo en unas cláusulas.
− ¿Qué quiere a cambio? −preguntó Mónica.
−Necesito un anzuelo. Usted es hermosa, cualquier hombre perdería la cabeza si le da sexo y el poder de ganar. ¿Qué le parece?
La cara del anciano era mueca maligna.
− ¿Entendí bien…? usted quiere que sea una puta del diablo que gana almas para sus dominios  −
Él asintió con la cabeza.
Mónica no respondió.
−Usted por el juego dejó a su marido en la calle, a su hermana le hipotecó la casa y por dinero se acostó con su jefe. ¿Qué responde?
Sabía todo sobre ella, era en verdad el demonio. ¡Que bajo había caído!
− ¿Y si no aceptó? −El anciano la miró burlón jugando con un encendedor.
−Ya aceptó el día que se jugó mis fichas, si dice que no… perderá el único bien que le queda…
−Déjeme pensarlo, mañana le respondo.

Al otro día por la tarde, la mucama cansada de golpear entró a la habitación.
¡El cuadro la paralizó!
La señora Mónica yacía sobre un escritorio, la llamó varias veces y no obtuvo respuesta, al tocarla se estremeció: estaba helada.

Llegó  un detective acompañado por dos agentes, revisaron la alcoba,  uno de ellos dijo:
−Que extraño olor ¿Qué es?
−No sé, parece azufre−Respondió el detective y agregó:
−Habrán las ventanas es irrespirable el aire de este lugar.
Sobre el escritorio  una hoja de color amarillento llamó la atención de los policías. Uno de ellos intentó leerlo.
−Parece un contrato –el detective pidió a sus compañeros que lo llevaran como prueba.
Al tomarlo con una pinza para guardarlo se convirtió en una llama…comenzó a girar  ante los ojos asombrados de los policías. Papel y cenizas se perdieron por el hueco de la ventana.






Noche de miedo.





   Despertó sobresaltado. La habitación estaba en penumbras.Escuchó nuevamente el aullido.
Se levantó. Bajó a la cocina y se preparó un vaso de leche. Sus pesadillas cada vez más frecuentes, no le permitían dormir una noche entera. Desde que no visitaba al Doctor Donaldson su malestar crecía. Él le explicaba que ese mundo de terror no existía ni los aullidos ni los seres extraños. Todo estaba en su mente. Nadie quería matarlo.
  Su remera pegada al cuerpo y un ácido olor a transpiración le decían que el miedo se escapaba por su piel. Regresó a su cuarto. Desde el ventanal observaba el parque, todo era silencio y oscuridad. ¿Qué lo había despertado?
  Regresó a la cama y quedó dormido. Aparecieron nuevamente los habi­tantes de sus pesadillas.
Esta vez el ser vestía un sobretodo largo y negro, no lograba ver su rostro, sólo divisaba el amarillo de su piel. Se largo a correr, ente lo seguía.  Árboles y más árboles lo rodeaban, creía sentir el jadeo del otro a su espalda, el bosque se hacía más tupido ni un rayo de luna se filtraba entre las ramas. Cada golpe que su pie daba en la tierra repercutía en su cabeza con un sonido de martillo en sus sienes.
A pesar del frío transpiraba, las gotas resbalaban por su cara. Los tendones de sus piernas eran de acero. Tropezó con una raíz. Voló como un pájaro con el im­pulso de la caída y se estrelló contra un colchón de hojas que rasparon su cara.
Intentó levantarse y lo vio caer sobre él con los brazos abiertos como un enorme murciélago. Su grito de terror lo despertó.
  Se sentó al borde de la cama jadeando. Se levantó. Daba vueltas por el cuarto,  estaba agotado.
Un ruido apenas perceptible, lo puso en alerta. Venía de la cocina.
  Recor­dó el arma. ¿Dónde la había guardado? La encontró en el ropero, estaba en su caja lista para actuar.
Sigilosamente bajó la escalera, contra el ventanal una sombra se movía, él apuntó y disparó. Los cristales salieron disparados como un vomito de vi­drios, quebrando el silencio. Un aullido de fiera herida lo estremeció. ¡Le había dado!
Más aullidos hasta que todo fue silencio. El último cristal cayó con un sonido de campanilla. No se animó a bajar, quedó en los escalones tratando de recobrar la cordura. El tic tac del reloj del comedor lo sobresaltó, eran las tres  de la mañana y una mudez total daba vueltas por la casa.
Con la luz del día bajaría la escalera.
Quedó sentado en los escalones con el arma a su lado.
  Tomó coraje y fue a la cocina. Al bajar comenzó a transpirar, le temblaban las piernas, de un rápido vistazo vio que todo estaba en orden: la ventana, los cristales. Nada que demostrara lo sucedido la noche anterior.
  Una furia rabiosa brotó de su garganta con forma de grito, golpeó la mesa, levantó una silla y la descargó con rabia contra los muebles, giró henchido de irritación y en la fuerza del movimiento resbaló sobre un líquido viscoso. Cayó cuan lago era, su cabeza golpeó contra el filo de la mesa. Se escuchó un ruido seco como de nuez gigante al romperse. Quedó en el suelo, no se movió más. Se fue poniendo lívido, frío, en un charco de sangre que no era suya.


Cosas de la vida y el amor.





El alboroto en la casa de la abuela había comenzado con la visita de una señora desconocida. 
Yo atendí la puerta.  
—Abuela, hay una señora que te busca, dice llamarse María Elisa…
La abuela me incrustó  una mirada que me sacudió,  por unos instantes quedó rígida, luego se puso roja.
—Repetí el nombre —exclamó, como si yo tuviera la culpa de algo.
—María Elisa.
Dejó el pincel y sin quitarse la camisola manchada de pintura, fue directo a la puerta, conocía muy bien a mi abuela y supe que la impulsaba una furia loca, capaz de quitar a empellones a quien se colocara en su camino.  Caminé tras ella y traté de escuchar la conversación, fue imposible, Betina hablaba muy rápido y entrecortado  y la otra mujer;  muy bajo. La abuela la hizo pasar. Entraron  al comedor y quedaron a puertas cerradas.

A partir de ese momento,  el ambiente  de la casa fue otro. Teléfonos que sonaban continuamente, llamadas de larga distancia, discusiones, unos tíos protestaban, otros lloraban y la abuela discutiendo con todos sus hijos,  hasta que en un momento pareció cansarse y elevando la voz dijo:
—¡Es mi casa y es  mi decisión, basta! Él que quiere venir a verlo, viene y el que no, es dueño de hacer lo que le da la gana.

Acondicionaron una habitación con una cama ortopédica, quitaron muebles, cambiaron las cortinas grises por otras blancas. Yo no entendía y cuando preguntaba que estaba sucediendo me mandaban a callar y un martes por la tarde se detuvo una ambulancia en la puerta de calle, bajaron una camilla con un hombre y lo llevaron al cuarto remozado. Luego me enteré que era mi abuelo Ignacio, él que yo creía muerto. Yo me había hecho la película de su muerte al ver que no lo nombraban, ni una fotografía suya  circulaba por los  cajones de los añejos muebles de la casa de la abuela.
El esposo pródigo había regresado al hogar. ¿Qué había sucedido en todos estos años en los que crecí sin saber de él? 

Todas las mañanas llegaba María Elisa, ayudaba a Betina a curar al abuelo, preparaba su comida y luego se iba. La casa era un  ir y venir de hijos, nueras  y yernos, conversaciones en voz baja y yo sin entender nada.

Una de mis primas, con algunos años más,  me aclaró la situación:
“El abuelo abandonó a Betina, hace   quince años. Se enamoró de María Elisa, perdió la cabeza y se fue con ella a Viedma. Los primeros tiempos creímos que la abuela se iba a morir de tristeza, pero salió adelante con ayuda de una psicóloga, fue aceptando la realidad; el abuelo Ignacio se había enamorado  de otra mujer y contra eso no hay nada que hacerle. Ahora estaba enfermo, había sido  operado varias veces, pero no hubo cura. Estaba en su fase terminal, se moría y quería hacerlo entre sus hijos.
María Elisa vino a pedirle a la abuela, que lo dejara cumplir su última voluntad. Al principio Betina no quería saber nada y los hijos tampoco. Ella fue a verlo al hospital para cantarle unas cuantas, pero al verlo tan mal, no se animó y aceptó que se quedara en la casa. María Elisa viene y ayuda a la abuela, así que ahora tenemos un abuelo con dos mujeres”.
Esto último lo dijo riendo, a mi no me causó gracia.

Cuando el abuelo Ignacio murió, vi algo que me hizo crecer de golpe, mi abuela y María Elisa se abrazaron llorando como dos criaturas. Al principio no pude entender, luego  intuí que las dos lo habían amado mucho y  olvidaron los celos, las angustias, eran dos mujeres a las que se les había muerto el corazón y un tiempo de vida.



domingo

Maldad.


Para algunos la maldad es inherente al ser humano
Nace con él y “el contrato social” actúa como un freno.
Para otros, el hombre no nace ni bueno  ni malo y son las condiciones de crianza y desarrollo en sus primeros años las que determinan su origen.
DR Norberto Abdala. Doctor en Medicina Psiquiatrica. Docente Universitario.


MALDAD.
Yo dudaba de que existía la maldad, no comprendía que algunos seres tuvieran capacidad de  hacer daño a otro.

Sus arranques de celos eran violentos. Había  llegado a pensar que  ella  disfrutaba al ver mi agotamiento  luego de cada pelea.  Vigilaba  mi celular, mis bolsillos  y  a pesar de que nunca encontró nada, insistía en dar vuelta mi escritorio y mis archivos.  La vida a su lado era casi una tortura.
La llevé a varias consultas médicas, pero fue en vano. Creía que los psicólogos y psiquiatras  eran enemigos que se confabulaban conmigo para hacerle daño. Ellos decían que su enfermedad era un exceso de amor hacía mí. Yo lo dudaba.
Intenté varias veces abandonarla, pero mi intención moría al verla  llorando y jurando que iba a cambiar, me parecía tan indefensa.
Nos mudamos a un  barrio tranquilo, en la afueras del gran Buenos Aires.  Creí que en aquella paz estaría mejor.  Cercana a nuestra casa, estaba la  estación del ferrocarril. Allí encontró una nueva muletilla. En cada  discusión,  me decía; ¡Me voy a tirar bajo el tren!
Realmente  no le creía. La parodia del tren me fue cansando,  la dejaba irse  y luego con tranquilidad iba tras ella y la encontraba en alguna esquina, sentada en el cordón de la vereda, con los ojos enrojecidos y balbuceando palabras incoherentes.
Llegó un momento en que mi cansancio era tal, que ansiaba que  tomara la decisión y cumpliera su amenaza.  
El último escándalo fue con una  empleada del banco,  en una ciudad pequeña, todos  se conocen y  se saludan por su  nombre.
Un  día  mi esposa me acompañó y al escuchar a la cajera decir:
—Buenos días Santiago ¿cómo estás?
Los celos le cambiaron la mirada y su cara enrojeció. Me insultó y le dijo a la empleada tantas barbaridades, que la joven quedó en silencio, mirándola asombrada. Sin dejar de gritar, salió a la calle. No la seguí. Quedé de pie en la escalinata del banco, respirando profundo y tratando de serenarme.
Horas después, recorrí el barrio buscándola  y al fin la hallé en la estación de trenes.
Caminaba por el andén, al verme comenzó a gritar  palabras desordenadas, se frotaba las manos  con gesto nervios, se alejaba, volvía la cabeza y me insultaba. Me acerqué,  estaba fuera de sus cabales. Una voz por el alto parlante,  anunció que un tren entraba a la estación. Era el rápido a Retiro.  Ella se acercó al  borde del andén, se balanceaba y me miraba  con una furia que estremecía. La tomé del brazo, intenté llevarla hacia atrás, faltaban segundos y el tren estaría a nuestro lado. En esa pequeña fracción de tiempo, y riendo como una desquiciada, intentó  empujarme  a las vías,  me solté de sus manos y caí de rodillas sobre el piso del andén,  en el impulso, perdió el equilibrio y fue ella la que  cayó a las vías y el tren cruzó frente a mí. Me cubrí la cara desesperado mientras el traqueteo de los vagones me aturdía. Un minuto, dos,  no sé cuanto fue el tiempo,  alguien gritó: ¡Avisen a una ambulancia, está viva!
Me acerqué. El odio de sus ojos me espantó y con el último aliento  me dijo: ¡Maldito seas... yo quería matarte!

Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé, que me han contado o que escuché el un micro de viaje y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa