jueves, 26 de febrero de 2015

Tanto amor.




“Ha llegado tu recuerdo a desarmar mis horas,
aprendí que en el silencio habita la verdad
Sólo vivir no me vale la pena si la vivo a solas,
ya no sé qué decir.
Todo por igual, debería estar compartido el ardor de este frío
¿Cómo tanto amor, pudo hacernos tanto mal?”
(“Tanto amor” de Abel pintoswww.youtube.com/watch?v=ossZ44Zr3H4




La tarde se ha puesto triste, parece un día de invierno y sin embargo es verano. Me siento tan sola.
Llega  música desde tu  ventana, es nuestra melodía, aquella que desgranaba tu guitarra y cantábamos a media voz, pero no, no puede ser real, tu casa está vacía como mi corazón. Es mi imaginación que vuela, la única realidad es que te has ido lejos y un océano me separa de aquel lejano país donde la nieve comienza cubrir tu ventana al  anochecer.
La casa está cerrada, el jardín se ha convertido en un macizo frondoso y entre tanto verde atrevido, las rosas han querido mostrar su belleza, se han elevado sobre los arbustos y chisporrotean su rojo, y más allá; el jazmín del país se enreda en las ramas del aromo y perfuma mi esperanza, la eleva y mientras camino, alguien pasa a mi lado silbando aquella canción. ¿Ironía, casualidad? No lo sé, es tu presencia que no me abandona.


viernes, 20 de febrero de 2015

La señorita Isabel.

Pintura de Marinela. http://marinelaysuspinturas.blogspot.com.ar/







El tren se detuvo  en la estación Belgrano R. Ella bajó. El perfume de los paraísos de la calle Echeverria le llegó dulzón, le gustaban esas veredas sombreadas, tan detenidas en el tiempo.
La panadería del gallego Juan, regalaba aroma  a pan recién horneado, le recordó que no había desayunado.
Su reloj marcaba las diez de la mañana.  Sólo las hojas le hacían compañía, bailando ante su paso. Era extraño, por momentos una  bruma se desprendía de las paredes y  caminaba a su lado.
Cruzó la calle  Cramer.
¡Volver! 
La casa de las tías quedaba cerca.
Regresaba como un ave sin rumbo, sin darse cuenta se encontró frente a su nido.
Tocó timbre. Tras las rejas negras, un pasillo corto llevaba a la puerta principal. Escuchó la llave que giraba con un sonido a óxido y trabazón.
Clarita se asomó. Gritó de alegría al verla, intentó correr arrastrando las ojotas gastadas, daba risa verla. Abrió la reja y se abrazaron. La cubrió de besos, la pinchó con sus bigotes de mujerona sin coquetería.
Entraron. La casa estaba sumida en un celaje. Las paredes, las puertas desdibujadas, sólo Clarita era real en aquel  patio ajedrezado. Las macetas cantaban al verde de las alegría del hogar y helechos, como si la vida no hubiera pasado o a pesar de ella las plantas fueran las mismas.  Nada había cambiado. Sólo ella era diferente. Desde la cocina llegaba un olor a galleta recién horneada. La tía Clarita sonreía feliz.
—¿Y las tías Pepa y Lola? —preguntó asombrada de no verlas.
—Salieron. ¿Querés tomar mate?
Siempre amable, Clarita la miraba encantada de tenerla de nuevo en la casa, le reían los ojos chiquitos y achinados.  Fue a la cocina.
Isabel quedó sola, desde la pared del comedor, la luna del espejo le devolvía una imagen joven, su imagen.
La tía regresó con una bandeja,  y  galletas con perfume a vainilla. Al darle el primer mate le acarició las manos, brotaban lágrimas de sus ojos.
Llegó el sonido de  la puerta que se abría, las otras  habían regresado. El taconeo de sus zapatos, anunció que seguían siendo dos milicos que marchaban al unísono en un desfile imaginario.
Al verla se detuvieron. Ni una pizca de alegría y unificaron su mirada de escarcha.  La niebla regresó, pareció cubrir el comedor.
—¿Qué haces vos por acá? —preguntó la tía Lola.
Frías, lejanas.  Las dos la miraban desde su muralla. Esa pregunta dijo más que cien palabras,  la examinaban tratando de ver hasta lo recóndito de sus entrañas. Los ojos de Isabel se enturbiaron. De pronto, le pareció que  deseaba  dar media vuelta y echar a correr, como cuando era chica y ellas la retaban. Las voces y los rostros se esfumaron de su campo visual.
Las veía a través de una niebla gris. Tratando de ser amable respondió:
—Vine a visitarlas, ¿Hay algún problema?
—No querida ningún problema, es un gusto verte —respondió la tía Clarita, antes que una de sus hermanas abriera la boca—  vamos, te muestro tu cuarto, lo mantengo igual. La siguió.
— Isabel: ¿Te vas a quedar? —la voz de la tía Lola sonó agria a sus espaldas. Se volvió y la miró desafiante.
— Sí, ¿por?
—Por la valija. ¿Te quedás mucho tiempo?
No respondió, salió acompañada por  Clarita. El pasillo, los muebles; todo era confuso.
Su habitación estaba igual.
Clarita la abrazó con ganas, le acariciaba la cabeza; se notaba que estaba feliz.
—Descansa —le dijo y se quedó frente a ella, le expresaba su cariño por los ojos— luego te llamo a almorzar.

Al morir su madre, Isabel tenía nueve años. Clarita fue  mamá y tía. Cariñosa,  le regalaba los mimos que las otras dos  le negaban.
 Recorrió el cuarto, las fotografías danzaban un baile de nostalgia. La abuela Margarita. Evocaba a aquella anciana doblada, que caminaba con bastón, Tac tac, tac tac, lenta y suave en sus gestos. La tía Clarita se parecía a ella.
En otra fotografía la imagen de su madre le arrancó una  sonrisa mojada. Un porta retrato mostraba a las tías Lola y Pepa, se las veía jóvenes. Llevaban en su cara un sello de acritud. Fue difícil vivir con ellas. Eran viejas de corazón, antes de serlo por edad.
Tenía veinte años cuando tomó la decisión de irse. Prefirió partir, antes de terminar pareciéndose  a ellas.
Soñaba  vivir. ¡Vivir! Como si fuera tan fácil protagonizar  sueños, darles vida…
Otra vez la niebla le cerraba la visión, debía ser su vista.
Cerró la puerta. La cama era una invitación a su cansancio. El viaje había sido largo, demasiado largo. Dejó que su cuerpo se aflojara y se cubrió con una manta.

Lily escuchó una voz entrecortada que  gemía.
Entreabrió la puerta del dormitorio. La anciana  dormía profundamente, sus manos abanicaban el aire, espantando  moscas invisibles.
Lily se acercó, la miró con cariño. Otra vez sus pesadillas
— ¡Señorita!  ¡Despierte! —Acarició el brazo de la anciana— ¡despierte que me asusta verla así!
Corrió las cortinas, la luz  avanzó iluminando la habitación. La anciana abrió los ojos. Estaba empapada y en un sopor del que no lograba reaccionar. Se sentó en la  cama tratando de regresar de ese mundo del pasado donde las imágenes se vuelven tan reales que espantan.  Miró a su alrededor, todo le  parece desconocido, no logra entrar en  la realidad. Tiene la boca seca como de ceniza y arena.
—Otra maldita pesadilla —murmuró.
—¿Quiere que le traiga un tecito? —la voz de Lily le llegaba  lejana.
—No, es temprano, no tengo ganas. Anda, seguí con tus cosas, en un momento se me va  a pasar el aturdimiento e iré a la cocina.
La joven se aleja e Isabel queda sola intentando entender ¿dónde está? Recorre con su mirada los cuadros,  las imágenes familiares. Reconoce los rincones se ubica en el tiempo y sonríe.
Sobre la calle Echeverria, el sol ilumina  el jardín y los jazmines comienzan a perfumar la mañana.








sábado, 14 de febrero de 2015

Parodia de una separación.



"En el día de los enamorados, el amor, visto desde otro ángulo."



¿Cómo no se había dado cuenta?
Era cierto que últimamente él estaba frío, algo distraído,  pero lo atribuyó a sus problemas de trabajo en el banco. Juliana no logró evitar la sorpresa ante las palabras de Raúl: “Estoy enamorado de otra, me voy de casa”
Quedó muda. La seriedad de él, confirmó que sus palabras no eran broma. Raúl fue a preparar una maleta y ella quedó de pie sin poder moverse, con los brazos pesándole como plomo y escuchando el eco final de las palabras de Raúl…”Me voy de casa.”
Luego fueron llegando las noticias que viajaron de boca en boca de sus amigas.
“La amante es una compañera de trabajo.”
“Tiene veinticinco años.”
“Es rubia y muy bonita.”
Cada vez que Raúl aparecía en la casa, buscando algún documento o algo de ropa que había olvidado, Juliana lo notaba eufórico, era un hombre feliz, en realidad, lo notaba tan bien, que su risa o sus bromas le dolían. Nunca había sido así, se  nota que está muy enamorado, pensaba Juliana.
Una vez terminados los papeleos del divorcio, Juliana cambió la cerradura de la casa, sería mejor no verlo, él se comunicaría con su abogado y ella quedaría libre de su presencia.
Pero no fue así. Raúl y la rubia, aparecían en el restaurante, el cine, el shopping. No lograba explicarse cómo, pero  ella llegaba a un lugar y al momento entraban ellos dos; su ex y la hermosa. Lo peor eran sus risas, la saludaban y agitaban sus manos en un saludo burlón,  con total descaro. Cambió de Restaurante, ellos también. La invitaban a una fiesta, ellos aparecían allí, risueños y felices vendiendo sus arrumacos lo más cerca posible de ella. Juliana comenzó a dudar de las casualidades. Descubrió que sólo comentaba sus salidas con su amiga Lola, allí estaba el fin del misterio. El esposo de Lola era amigo de Raúl.
Comprendió que todo era un plan armado por los dos, su ex y la rubia. ¿Por qué? No lo sabía. Seguramente intentaban gritarle su felicidad…
Debía hacer algo para librase de ellos. Les iba a dar un escarmiento.
Un domingo le comentó a Lola que al medio día, iba  conocer un nuevo lugar de comida China, que llegaría temprano para luego ir al cine, lo comentó al pasar y dejó la semilla sembrada.
A las doce llegó al local Chino y tomó asiento cerca de una ventana que daba a la calle, era temprano, había pocos comensales. Diez minutos después los vio llegar, bellos y radiantes, tomaron asiento a pocas mesas de distancia. Al verla repitieron la ceremonia de siempre, risas saludos;
“¡Hola Juliana!”
“¡Cómo estás!”
Juliana abrió la cartera, saco una Bersa 22, se puso de pie  y con una sonrisa desquiciada, apuntó hacia la mesa de Raúl y disparó dos veces.
Las balas dieron en el espejo que adornaba la pared, los trozos cayeron al suelo con un tintinear  de cristales; por un momento todos quedaron quietos en una escena suspendida por el asombro. Las caras de Raúl y la rubia se pintaron de una palidez cercana a la transparencia, los ojos como monedas y las bocas abiertas al espanto.  Tan mudas y tan lejanas de aquellas sonrisas de unos minutos atrás.
Guardó el arma en la cartera, saco la tarjeta de crédito y le dijo al mozo que aun temblaba mirando el desastre
“No se asuste, era un problema familiar que ya quedó solucionado. ¿Cuánto les debo?

El ex y la rubia desaparecieron de su vida.




lunes, 9 de febrero de 2015

Don Eustaquio.



Don Eustaquio está solo. Una vela gastada deja  caer  su cera en el piso de tierra y otra se apagó a medio consumir. Mira a su alrededor y no entiende; ¿por qué está tan solo?
¿Qué  sucede?
Quiere pensar y no puede, se le mezclan las ideas, los recuerdos, no logra desentrañar el silencio que gira en torno a él.
¿Dónde está mi mujer? Se pregunta.
Catalina.  
Intenta  llamarla, la voz se le queda a mitad de camino. Recorre la casilla humilde  y comprende: se han ido, todos se han ido.
Desde la pared  a la cómoda,  una telaraña  se mueve con la brisa que entra por los resquicios de la ventana. Flores cadavéricas se desmayan en un florero de vidrio verde. Sobre los pocos muebles, el polvo parece una capa de fina seda que cubre hasta las sillas. Desde un rincón sus zapatos lo miran, torcidos y viejos.  

Abre la puerta, la luz del sol lo ciega, intenta salir a la calle y no puede.  No logra hacer pie, flota. Se eleva.
¿Qué está sucediendo? se pregunta. Entra de nuevo a la casa. Sigue flotando, va al dormitorio y se deja caer en la cama, igual a una bolsa vacía, no tiene peso. Sin intertarlo, vuelve a flotar y se ve sobre el lecho;  nívea la cara, la barba crecida igual que el pelo, la quietud del cuerpo es un trozo de hielo. Y comprende. Los demás ya se han ido. Ahora le ha tocado a él.
Flota liviano en un gran panal de luz, mientras se aleja, una paz infinita lo envuelve.





sábado, 31 de enero de 2015

La gallega.






Sentada  en el piso de la cocina la miraba  planchar, ella  hablaba de su tierra y yo curiosa preguntaba:
—¿Abuela cómo era tu pueblo?
—Hermoso. Con una fuente en la plaza central y verde, mucho verde, La Coruña es verde por donde la mires.
Sus relatos me llevaban por  calles  angostas que subían y bajaban y  casas de piedra con horno de barro donde se cocinaba el pan que luego se vendía.  Hablaba del molino, de la fuente a la que iba buscar agua. De sus amigas, de sus primos a los que fui conociendo por el álbum familiar, donde las fotos de España, se unían con nuestras  fotos de   bautismos, de primera comunión.  Me encantaba mirar el álbum enorme de tapas marrones.
—¿Quién es? —pregunté, señalando la foto de una joven-cita hermosa.
—Es Joaquina, mi hermana menor, murió meses después de llegar a Buenos Aires, los médicos le dieron un tratamiento equivocado y no lo resistió.
Y a pesar de los años, al nombrarla se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Y este quién es?
—Un ex novio mío.
—¿También murió?
—No,  quedó en el pueblo. Él dejo de escribirme, luego conocí a tu abuelo y me casé con él.
—¿Por qué no te casaste con tu novio, es más lindo que el abuelo...?
No respondía.
Una sola foto del abuelo, había en la casa, lo mostraba serio, con ojos enormes, posiblemente claros, igual que el pelo.
Y ella seguía planchando la ropa de sus clientas. Le gustaba contar historias y a mí escucharla. Cuando relataba su llegada a la Argentina lo hacía con orgullo. Llegó sola, con apenas quince años. Fue a vivir con una tía. Rápidamente comenzó a trabajar en casas de familias ricas. 
Decía que las patronas se peleaban por tenerla. Si una le pagaba diez pesos, otra le ofrecía quince y así recorrió las más encumbradas familias de aquel Buenos Aires del año veinte. Le decían que era una gallega de oro.
Yo la cansaba a preguntas.
—¿Tanto te gustaba trabajar…? —le decía.
—Era necesario —respondía— debía ahorrar para comprar una casa y traer a miña nai.
—¿Abuela, no te cansaba limpiar casas y cuidar  chicos ajenos?
—No. En España cortaba leña, amasaba para la panadería, atendía a mis hermanos menores, eso era trabajar, nunca había descanso. En mi pueblo había mucha miseria. Miña nai y yo éramos la cabeza de la casa, por que mi hermana mayor, siempre estaba enferma. Mi padre había muerto hacía muchos años, por eso vine a este país, para hacer plata y traer a mi madre.
Y la trajo. Y a sus hermanos menores. Sólo la mayor, ya casada, quedó en el pueblo.


Del abuelo casi no hablaba. Se separaron siendo los hijos pequeños.  Ella preparó sus valijas, tomó a sus tres niños y se fue. Puso a sus pequeños en una escuela y se dedicó a trabajar día y noche.
—¿Por qué te separaste del abuelo?
—Éramos agua y aceite.  Él, acostumbraba  ir  al bar con sus paisanos a cantar y a darle al vino  hasta tarde. Regresaba alegre y sin decir palabra se iba a dormir.
—Le gustaba divertirse ¿Qué tenía de malo?
—Lo malo, era que había que mantener tres hijos, pagar el alquiler de la casa y la carnicería. Y dar buen ejemplo. No entendía razones. Se le caía el techo y se corría, no intentaba sostenerlo.
Esa era su frase habitual.
De sus amores no hablaba. Años después de su separación conoció a un hombre que la enamoró, convivió con él varios años, pero nuevamente la mala suerte o su mal carácter los separaron. Ella contaba que le soportó un engaño, luego otro, al tercero, lo echó de la casa.  Una de sus amigas me  dijo que él volvió muchas veces pidiendo perdón y jurando que iba a cambiar, siempre lo rechazó.

Por esas cosas de la vida, nunca logró comprar su casa. Con  mucho sacrificio logró  juntar el dinero, no consultó con nadie, quiso sorprender a la familia y la sorprendida fue ella;  un sinvergüenza la estafó.  Nunca más, intentó pensar en la casa propia.

Mi abuela era de fuerte carácter. Sí se enojaba y temblaban las paredes. Y a pesar de que sus hijos eran ya adultos, solía regañarles como si fueran pequeños.
La recuerdo con sus sesenta años, cabello blanco  y cuerpo ágil, seguir trabajando. Cuidaba los niños de una vecina. La jubilación no alcanza decía, pero no aceptaba ayuda de los hijos.

La vi ponerse viejita y gastarse como se gasta una vela. Me dejó sus historias, las de cada vecino del barrio, las que trajo de España  o las que había leído en el diario  Critica y  guardado en su memoria prodigiosa, era una narradora estupenda.  Yo la escuchaba y mis ojos  asombrados, seguían cada gesto de aquella abuela que nunca había ido a la escuela, que aprendió a leer y escribir sola y  dejó su ejemplo de mujer valiente y luchadora. Se llamaba María del Carmen y fue mi abuela.


Critica: era un diario de la década del treinta, que ya no se publica, donde las noticias policiales se presentaban noveladas.




viernes, 23 de enero de 2015

dimensión de sueños



Cada medio día el lugar de encuentro de las empleadas de la Casa de Modas, era la confitería del Socorro. Juncal y Suipacha. Hoy ya no existe, la piqueta de la vida se la llevó, como los sueños que se bordaron en sus mesas con los colores de la juventud y las quimeras de los tiempos felices.
Era el comienzo de los años vehementes, donde  el peso escaseaba y el hambre se calmaba con  café con leche y un tostado compartido.
Años  de desear que llegaran las cinco de la tarde para salir y esperarte, de emocionarme con sólo verte llegar, pelo largo y traje gastado, pero para mí eras el Delón de mi vida.
Leíamos a Cortázar, discutíamos por  Borges y amábamos a Silvina Ocampo. Tiempos de bohemia, entre café y cigarrillos, donde La Maga y Horacio danzaban con el Hombre de la Esquina Rosada y nosotros hacíamos el amor con la locura de los veinte años, libres y sin pensar en el mañana.
¿Qué nos pasó?
Que tren loco nos pasó por encima y nos barrió los sueños.
Creíamos que nuestro amor era verdadero. Lo fue, pero todo cambia, termina y nosotros también.
¿En qué dimensión de los sueños nos volveremos a encontrar? Existe la magia y sé que una etapa feliz no muere, queda en un túnel del tiempo; esperando el clic necesario para hacerse realidad. En qué mundo fantástico veremos la luz y regresaremos al hechizo de amarnos nuevamente como esos personajes de novela, ocultos entre las páginas de un libro, que apenas un lector abre sus páginas, se abren a la vida y renuevan su historia de amor.


jueves, 1 de enero de 2015

Cada amanecer, otra esperanza.



No había amanecido cuando Claudia cruzó  el puente de madera, abajo las aguas se veían negras y estancadas como su vida, se dijo. La villa dormía. El aire olía a tufo duro de leña y  abandono, tufo que se mete en las paredes de cartón y queda prendido, como  una pintura desteñida. Claudia caminaba  los pasillos sin levantar  sonido, desde una ventana escapaba el llanto de  un bebe, algún grito se perdía a los lejos y un gemir de mujer, unido al ladrido de los perros, era el telón de la villa que se despertaba temprano; antes que el sol repartiera su albur sobre los techos de chapas.
Entró a su casilla sin hacer ruido. La abuela dormía arropada con la manta nueva, parecía una criatura.
Puso agua en la pava y la colocó sobre el calentador y se fue quitando la ropa  despacio, la dejó caer al piso, como si desprendiera los pétalos de una flor; se envolvió en una bata. Cuantas manos la habían acariciado, cuantos olores quedaron prendidos en su piel, olores que el agua y el jabón no quitaban, están metidos en sus poros. Es su trabajo de puta lo que no puede limpiar y que por más que se bañe y se frote con furia antes de salir del boliche, lo lleva consigo, para recordarle quién es. Levantó la ropa y la acomodó sobre una silla.

Amanecía. La abuela seguía durmiendo. Pobre vieja, murmura en voz baja, mientras ceba el primer mate. Ella la crió como pudo, limpiando pisos y dándole el pecho a la adversidad que nunca la dejó levantar cabeza. La vieja está orgullosa de su nieta, de su trabajo de enfermera en un hospital; algunos en el barrio saben la verdad y ninguno la repite, son buena gente, las respetan a las dos. Un rayo de sol le da en la cara, le pesan los párpados; apaga el calentador, toma el último mate y se acuesta. Mañana será otro día, susurra en voz baja, tal vez algo mejore,  tal vez...



Me tomaré un descanso, les deseo lo mejor y hasta la vuelta.

María Rosa



Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa