domingo, 26 de junio de 2016

Más allá de la memoria.




La vida nos va llevando por diferentes caminos y quién sabe por qué, hace algunos años conocí a  Delfina Duraven.
¿Quién era?
Una idealista, un ser firme en sus convicciones políticas, de las que yo nada entendía.
Militante de Perón y fiel a la causa. Se ganó el respeto de sus compañeros, y en la época en que la conocí, ya anciana, pasaba los ochenta y cinco, intentaba sobrevivir dignamente.

La dureza de su mirada, que me intimidó al conocerla, se fue aflojando pasados los primeros días. Resultó un ser tierno, aunque trataba de ocultarlo.

Su casa era antigua y amplia. Algo llamó mi atención; en todas las habitaciones, había retratos de una joven. Siempre fui  reservada, así que nunca pregunté quién era. Un día ella  me descubrió mirándolos.
—Es mi hija —dijo.
—Es muy bonita —fue lo único que atiné a decir.
—Falleció hace muchos años —al decirlo frunció la boca en un gesto que no comprendí—. Otra mártir de la política argentina.
No dijo nada más.

Una  mañana de lluvia y mientras le cebaba mate, me dijo:
“Durante los primeros años de la década del 50, fui secretaria y algo más, de un ministro de Perón, del cual no voy a decir su nombre. Al caer el gobierno en el 55 debimos escapar, él, con su esposa viajó al Uruguay, y yo, embarazada, me refugié en Pilar en casa de una tía. Allí nació Claudia. Pasados unos años, las dos regresamos a la ciudad. La vida no fue fácil, pero mis compañeros del partido me consiguieron trabajo, me dediqué a criar a mi hija y a trabajar duro”.
Hizo silencio y no volvió a hablar del tema, hasta que una tarde mientras caminábamos bajo un sol cansado que se iba perdiendo tras los árboles del parque, volvió como la vez anterior a leer en  el libro de su memoria. Entramos  en la casa, la noté muy pálida, pero al ir narrando trozos de su vida, pareció renovarse y los colores volvieron a su cara.
—“En la década del setenta, Claudia integraba un grupo que se oponía al gobierno. Los amigos de ella, buscados por la policía, estaban escondidos en una vieja casa en las afueras de Villa Ballester. Ella hacía guardia, cuando vio detenerse un coche Falcón. Los habían cercado. Claudia hizo frente a los del comando, disparaba para contenerlos,  mientras sus compañeros escapaban por los terrenos del fondo. Mi hija murió en ese enfrentamiento, tenia veintitrés años”.
No supe que responder. Delfina quedó en silencio y de pronto, como sacudiendo los recuerdos dolorosos, me dijo:
—Anda hacer un café bien caliente que tengo frío.

Delfina era muy personal, cuando la acompañaba al médico, quería entrar sola. Yo quedaba en la salita de espera. Un día, mientras aguardaba,  la secretaria del doctor, comentó:
—Que personaje es la señora Duraven,  ¿verdad?
—Si —respondí— en el corto tiempo que la conozco he aprendido a quererla, es muy valiente con todo lo que ha sufrido.
—Es cierto, no se merecía la hija que tuvo.
Quedé muda. Algo no estaba bien en el comentario.
—¿Habla de Claudia? —pregunté.
—Sí, su única hija. Defina nunca supo la verdad, pero hace pocos años, uno de sus camaradas dejó testimonio en su libro de memorias de la traición de Claudia Duraven. Ella vendió  a sus compañeros, por eso logró escapar a Europa. La vieja sigue creyendo que su hija fue una mártir y ella ha sido tan digna, que ninguno se ha animado a decirle la verdad.
Las palabras de la secretaria y lo que Delfina me había contado no tenían ninguna analogía.
—¿Dónde vive Claudia actualmente —pregunté.
—Está radicada en Francia.
En ese momento se abrió la puerta del consultorio y apoyada en su bastón apareció Delfina. Debió notar algo raro en mi cara porque me preguntó:
—¿Y a vos que te pasa, estás más blanca que un papel?

No volví a tratar el tema de la hija y si ella intentaba dialogar, cambiaba de conversación, temía traicionarme con algún gesto.
Una tarde se descompuso y mientras esperábamos al médico y ante mi asombro me dijo:
—De ésta no me salvo y no quiero que le avisen a mi hija.
Quedé boquiabierta como una tonta, ella me palmeó la mano y dijo en un suspiro:
—Yo sé la verdad, fingía, para sobrevivir a tanto sufrimiento y vergüenza. Quiero que mañana juntes las fotos de Claudia, hagas un pozo en el parque  y les prendas fuego, luego los cubrís con tierra, así quedará definitivamente enterrada.
Esa noche Delfina murió.

La misión fue cumplida. Sobre los restos de los retratos planté un rosal, para que el perfume de sus flores y su belleza, borren tanto padecimiento.



domingo, 19 de junio de 2016

ROJO ATARDECER.






Era un rojo atardecer. El muelle vacío denunciaba que el viento helado imponía  su soberbia en el ambiente.
Junio y el invierno  palpitaban en la piel del mar, cumpliendo  su ciclo  de crecer y golpear los muros de la escollera hasta hacerlos temblar.
Y llegaron ellos; los pájaros.
Tan elegantes y quietos que el gris de su plumaje brillaba con un tono morado por el reflejo de la luz.
Permanecían imperturbables ante el frío y  el rugido de las olas. Sobre los troncos  que sostienen el embarcadero,  se mantenían quietos observando el horizonte que iba abriendo su bermellón con vetas amarillas.
Al fin levantaron vuelo, todos a un mismo tiempo, como si una consigna los hubiera despertado de su calma y los llamara a regalar su belleza en  otro lugar.
El muelle quedó vació, una extraña sensación de soledad flotaba en el ambiente, las aves al partir habían logrado  desnudar de belleza el paisaje, el rojo del cielo se fue transformando en un rosa pálido mientras las nubes oscuras iban cubriendo el horizonte y el rojo atardecer se transformó en noche.

lunes, 13 de junio de 2016

Poemas



Quimera

Quise leer y no conocía las letras
reír y mi lengua estaba muda.
Reconocerte  entre la gente no podía
estaba ciega y era primavera.


Casi un suspiro

¡Basta ya!
Quiero silencio,
me aturden las voces
que no dicen nada.
Solo un pájaro lejano,
me salva de la venerable tristeza,
es un trino dulce, casi de miel,
que acompaña  este  día
como un beso,
como una caricia.
Llega suave,
casi un suspiro.

Una hoja.

Un manto celeste
cubre el agua  del río.
Una hoja,  en círculos
cae hasta mis manos,
me acaricia y se aleja,
navegando en el cauce;
como un barco,
sin rumbo se va.





sábado, 4 de junio de 2016

¿Quién mató a la doctora? 4



4º ENTRADA.

El último informe del forense  los sorprendió,  Camila Torres estaba embarazada.
Garmendia daba vueltas en la oficina, tratando de ordenar sus ideas, a su lado Carmona lo miraba sin decir palabra.
—Que caso raro, una mujer en apariencia solitaria, con un amante  que la adoraba y la  esposa de él que seguramente  aceptaba  la relación,  colegas que dicen que era excelente profesional y muy seria con su vida privada. Nadie la conocía o mintieron. Un joven desconocido que juega a ser un amante apasionado y que la enloquece de amor y un embarazo que aparece como gran novedad. Creo que si encontramos al padre de ese bebe, encontramos al asesino. Hay que hablar con el doctor Sardou, necesitamos una muestra  de su sangre. Encárgate  vos Carmona.
Lo interrumpió el celular de Carmona. Hablaba en voz baja, fueron pocas palabras y cortó.
—Era Paula, dice que  una compañera le aseguró que la doctora Camila y  Miguens eran algo más que compañeros de trabajo…
—¡¡Bingo!! Dios mío, necesitamos otra una muestra de sangre de Miguens.
Garmendia quedó pensativo, de pronto preguntó:
—¿Cómo es que Paula tiene tu celular…?
Carmona no respondió y Garmendia no insistió, ya conocía demasiado a su ayudante.

Días después llegó el resultado de los análisis. Ni Sardou, ni Miguens eran los padres del hijo que esperaba la Doctora Torres.
—Entonces hay un tercero  que no conocemos —dijo Garmendia—Habrá que comenzar todo  de nuevo,  volvamos al departamento.

El encargado les dio las llaves y mientras el ascensor los llevaba al tercer piso, Garmendia  comentó:
—Tendríamos que haber preguntado al portero, ellos conocen a cada uno de los habitantes del edificio, se nos pasó por alto.
Carmona asintió.  Fueron directo al departamento.
Volvieron a revisar cajones, estantes y en un mueble del baño encontraron una caja con espuma de afeitar y una navaja. Las colocaron en una bolsa y la llevaron como prueba. La agenda seguía junto al teléfono, la hojearon nuevamente sin encontrar nada interesante, hasta que Carmona desarmó el plástico que la cubría y debajo encontró una tarjeta  escrita con tinta roja: “Basta de juegos, mañana te espero a las 18 en el bar de Pocho”
Garmendia quedó mirando la nota.
—Esta letra la conozco, ¿qué decís Carmona, no te parece conocida?
Rápido como una luz, respondió:
—La tarjeta que nos dio el director  con el teléfono del sobrino, es la misma letra.
En la cartera del detective los papeles se unían unos dentro de otros, al fin encontró la tarjeta de Carranza y la agitó en el aire.
—Acá está.
Compararon la letra, los números y el papel, eran iguales.
Al bajar, fueron directamente a ver al encargado del edificio. Repitieron las preguntas de siempre, si la visitaban amigos, familiares. 
—La Dra. Torres era una mujer muy agradable —respondió el portero—. La visitaba un caballero que se quedaba algunos  fines de semana en los que ella no tenia guardia, los domingos por la tarde, él se iba. Últimamente se los escuchaba discutir mucho, menos mal que el departamento de al lado estaba desocupado.
—¿Cómo era el señor que la visitaba?
—Unos cincuenta años, no muy alto y calvo, vestía siempre de traje.
—Gracias, ¿algún dato más?
—No recuerdo…ah sí… su auto era un Chevrolet ónix  gris. Hace unos días, después de fallecida la doctora, él, intentó ingresar al departamento con su llave y no pudo, ya  habíamos  cambiado la cerradura; me pidió entrar y no se lo permití.
—Hizo bien, gracias.
Se despidieron con la seguridad de tener al autor del crimen ya localizado.

Días después las huellas dactilares anunciaron el nombre de Carranza como el visitante  al  departamento de Camila. El grafólogo confirmó que la letra de las tarjetas era de la misma persona  y solo faltaba el ADN que semanas más tarde se reafirmó; Carranza era el padre de la criatura que esperaba Camila.
El director los recibió en su oficina sin escándalos y aceptó tranquilamente la imputación y cuando  le preguntaron  ¿por qué la había matado?  Respondió:
—Era imposible para mí vivir sin ella y más terrible soportar sus engaños. Su relación con el doctor Sardou ya era normal, pero al enterarme lo de mi sobrino, creí enloquecer. Camila me pedía dinero, dinero, no sé que hacía con él,  me chantajeaba  con provocar un escándalo ante las autoridades del Hospital.  Aquel día discutimos en la calle, iba a arruinar mi carrera  profesional como lo  había hecho con mi vida privada y en un acceso de locura  la maté.
—¿Un ataque de locura? Pero usted iba preparado con una navaja, fue premeditado.
Miró a Garmendia con una mirada extraviada, sólo dijo:
—No puedo olvidar su cara de terror cuando vio la navaja en mi mano…


 FIN.


martes, 31 de mayo de 2016

¿Quién mato a la doctora? 3






3º ENTRADA.

Al día siguiente los dos detectives regresaron al hospital. Fueron a ver al director Carranza. No los atendió, alegando que estaba ocupado.
—Tengo la sensación de que no somos bienvenidos —dijo Carmona—.Quiero encontrar a la enfermera que nos dio aquel mensaje. Vamos por diferentes  pisos, tal vez la encontremos.
Garmendia  se alejó recorriendo la planta baja, mientras Carmona esperaba el ascensor.
Las manos en los bolsillos, el pantalón de jean gastado y la campera  más gastada aún, Carmona no parecía un policía. Observaba a cada enfermera que pasaba a su lado. La recodaba bien, joven de unos veintitantos años, cabello castaño  muy corto y una linda sonrisa.
Garmendia  no encontró nada, subió por la escalera hasta el primer piso. Estaban limpiando algunas salas y su presencia era mirada con fastidio por las mucamas. Al fin la vio salir de una sala.
—¡Enfermera! —Exclamó el detective, ella se detuvo —necesito hablar con usted.
Ella miró alrededor  y le dijo por lo bajo.
—En una hora salgo, espéreme en el bar de enfrente.
Rápidamente se esfumó tras una puerta vaivén.

Esperaron en el bar más de una hora, al fin la vieron llegar. Sin el uniforme se veía distinta, era muy bonita, Carmona susurro por lo bajo al verla.
—¡Que camión!
Garmendia lo miró serio, no era el momento de levantar programas.
La enfermera dijo llamarse Paula Santander, hacía tres años trabajaba en el hospital.  Había descubierto  al Dr Sardou y a Camila en una situación muy romántica, ellos estaban tan ocupados que no advirtieron su presencia, ella se retiró  y no lo había  comentado con sus compañeras. Hablaba sin necesidad que le preguntaran.
La Torres  —dijo— era malhumorada, a mí, no me trataba bien. Sólo era amable con los médicos  jóvenes, para ellos siempre tenía una sonrisa, en especial al doctor Miguens.
—¿Quién es el doctor Miguens? no lo tengo en la lista de Pediatras que me dio el director —dijo Garmendia.
—Es  sobrino de Carranza  y cubre sólo guardias pediátricas  de fin de semana.
—Cree que la relación de Torres y Miguens podría haber sido…algo más.
—No sé —se encogió de hombros—  en los fines de semana que me tocó  hacer guardia, nunca vi nada raro, lo que si recuerdo es que ella era pura sonrisa con él y siempre le traía regalos importantes.
Paula quedó en silencio.
—Recuerda algo más… —preguntó Garmendia.
Ella negó con la cabeza, había dicho más que los entrevistados anteriormente. Le dio su número telefónico a Carmona.
—Si me necesitan por alguna duda me llaman.
Se alejó tras la mirada cariñosa de Carmona que se guardó el número  telefónico en el bolsillo de la camisa.

Encontrar a Miguens no fue fácil. Nadie conocía su dirección, ni su teléfono. Recurrieron nuevamente al director, está vez los atendió.
—Qué tiene que ver mi sobrino con la muerte de la doctora Torres.
—Nada señor, nada, sólo estamos buscando información y como ellos compartieron varias guardias de fin de semana, es posible que nos pueda ayudar.
Anotó el nombre y un teléfono, y se lo entregó a Garmendia. Agradecieron y se retiraron bajo la mirada hosca de Carranza.
Se conectaron con Miguens y se encontraron en un bar cercano al departamento en que vivía. Cuando llegaron, desde una mesa un hombre joven les hizo seña con la mano, era él.
—¿Cómo nos reconoció´—Preguntó Garmendia.
—Mi tío me dio las señas, en especial de la apariencia y el pelo con coleta de Carmona —dijo Miguens.
Era un tipo simpático. Respondía con amabilidad a las preguntas  y la sonrisa no se borraba de su cara en ningún momento.
Como era de esperar el joven doctor Miguens, dijo no tener conocimiento de la vida personal de la doctora Torres, apenas la conocía, agregó que se enteró de su muerte por los diarios. La sonrisa no ocultaba su frialdad al expresarse y no convenció  a los detectives.

Al día siguiente recibieron el último informe del forense que  los sorprendió,  Camila Torres estaba embarazada.


El final llega el 5 de junio.


viernes, 27 de mayo de 2016

¿Quién mato a la doctora? 2




2º ENTRADA.


Desde las 15 hs esperaron a  Sardou en el estacionamiento del hospital. 
Se sorprendió al verlos.
Negó toda relación. Al hablar  no los miraba a la cara, se  notaba nervioso; abrió la puerta de su coche con intención de retirarse y al decirle  que tenían un testigo que conocía su relación  con Camila Torres,  y estaba   dispuesto a declarar, bajó la cabeza y quedó en silencio, al fin suspiro y dijo:
—Vamos al bar de enfrente. Estoy cansado y esta charla va a llevar tiempo.

Pidieron  café. Garmendia y su ayudante guardaban  silencio. Sardou  también, se movía en la silla sin lograr acomodarse. Miraba a un lado y otro, buscando que apareciera algún conocido que lo arrancara de tan densa situación. Pero en el bar todo  era tranquilidad, algunas parejas hablaban muy bajo, sólo se escuchaba el tintinear de la vajilla y lejana, la voz de Vicentico cantando;
Tú… no podrás faltarme cuando falte todo a mi alrededor 
Tú… aire que respiro en aquel paisaje donde vivo yo
”.
Al fin dijo:
—Camila y yo nos conocíamos desde nuestra adolescencia, fuimos novios, cuando nos recibimos ella recibió una beca y se fue a Estados  Unidos, regresó hace unos  años, nos encontramos nuevamente  en el hospital  y renovamos nuestra relación. Era muy fuerte lo nuestro, al menos para mí. No me importaba ni mi mujer ni mi hija y si por mi hubiera sido, abandonaba todo y me iba con ella. Pero Camila decía que no era el momento, que debíamos esperar, acepté. Últimamente ella  estaba rara, algo le sucedía.
Sardou hizo silencio. Bebió el café y dijo con rabia:
—Había otro hombre en su vida.
Garmendia saltó en la silla, Carmona miró fijo al doctor.
—¿Quiere decir  que lo engañaba?
—Eso le pregunté y me dijo que si, había otro hombre y era una relación sin importancia, lo confesó tan naturalmente, con tanta frialdad que no la reconocí.
Pidió otro café y ahora sí miró a Garmendia a los ojos.
—No sé quién era él. Posiblemente alguien joven, ella me confesó ciertas cosas de la relación, que de solo recordarlas me pone loco, encontraba en él la pasión que no vivía conmigo, esas fueron sus palabras.
Quedaron los tres en silencio, de pronto Garmendia peguntó:
—¿Usted la mató?
El doctor  se cubrió la cara con las manos, se puso de pie y volvió a sentarse, apretando las mandíbulas, dijo:
—Lo hubiera querido hacer, pero no fui yo. A pesar de todo la amaba, ella era mi vida, mi juventud, los sueños compartidos; era mi sentido de vivir. Les juro que hoy no sé cómo vivir sin ella.
—¿Y su familia?
—Ya le dije que Camila era todo, mi mujer  sospecha que hay alguien más en mi vida, pero no sabe quién es. Ellas se conocían, trabajaron hasta hace un año en la clínica de mi suegro, mi esposa es cirujana infantil.  Camila  se retiró alegando cansancio.
—¿Cirujana? Eso  podría aclarar la perfección del corte que desangró a la doctora —dijo Carmona.
Sardou se exaltó.
—¿Ustedes están locos, mi esposa es incapaz  de una cosa así?
—Entiendo que la doctora Torres le robó el marido y la paz en su familia, bien pudo matarla.
—Por favor no vaya a  hablar con ella, le aseguro que no sabe nada.
Se levantó, hizo un gesto a modo de saludo y se fue. Garmendia y Carmona  miraban el café ya frío y no lograban articular palabra. El detective sabía que tenía que hablar con la esposa del doctor Sardou, no sabía cómo, pero ya iba a encontrar la vuelta. Pidió más café.

La casa del doctor Sardou estaba sobre la calle Entre Ríos en Olivos. Ya se habían  conectado telefónicamente con la doctora Carmen Molinari  de Sardou, ella los esperaba.
Los recibió sonriente. Café de por medio, fue ella quien preguntó:
—En minutos debo atender a mis pacientes. Entiendo que la visita es por la muerte de Camila, pero no entiendo que datos les puedo dar.
—Todo es importante para nosotros, ustedes fueron compañeras de trabajo o también amigas.
—No, amigas no, hablábamos  sobre temas de trabajo, pero nada más. Ella era muy reservada.
—¿Romances? —Preguntó Garmendia— ¿nunca le habló de sus parejas?
La doctora hizo un gesto de fastidio.
—No hablábamos de temas personales, ya le dije era reservada conmigo y con los demás compañeros.
—No recuerda algo sobre la doctora Torres que pueda ser de interés.
La cara de la señora de Sardou se crispó, iba a decir algo y se contuvo. De pronto dijo:
—Pregunten a mi esposo ellos eran muy amigos.
Remarcó, muy amigos y se puso de pie.
—Detective tengo pacientes esperando.
Los acompañó hasta la puerta y volvió a decir:
—Recuerde que mi esposo les puede dar mejores datos.
Sin  un saludo, cerró la puerta y los dos, Garmendia  y Carmona tuvieron la sensación de que los hubiera empujado a la calle.


El 1º de junio va la tercera entrada.


lunes, 23 de mayo de 2016

¿Quién mató a la doctora?

Les dejó un cuento policial en cuatro presentaciones, cada cuatro días. Espero les guste.







1º ENTRADA.

  La encontraron  en la calle, un tajo perfectamente ejecutado en su cuello la había desangrado. Ni la muerte había logrado ocultar  el gesto de asombro en su cara.
El detective Pedro Garmendia analizaba los datos tratando de encontrar algún detalle que lo llevara al asesino. La difunta se llamaba Camila Torres, 42 años, argentina, medica pediatra.
Habían visitado  el hospital donde trabajaba y  sus compañeros  la consideraban una persona amable, excelente profesional, no se le conocían amantes, parejas, se decía de ella que era una solitaria.

Carmona  entró en la oficina agitando un papel en su mano.
—Pedro, el fiscal  nos dio  autorización para registrar el departamento de la señora Torres.
Garmendia guardó el expediente y salieron.
En la calle el otoño barría las hojas de los plátanos  y las amontonaba en las veredas. La gente caminaba arrebujada en sus abrigos y tratando de soportar el viento.
Detective y ayudante fueron caminando por la Av. Medrano,  a pasos de Córdoba  encontraron el edificio donde había vivido la doctora Torres. Subieron  al tercer piso.
En el departamento no hallaron nada que les sirviera de pista, sólo les llamó la atención,  después de lo que habían oído sobre su carácter solitario y sobre su falta de amores, una colección de cartillas de fósforos, las que se entregan en los  hoteles alojamiento. Estaban acomodadas prolijamente en una canastita sobre la cómoda del dormitorio.
En su agenda encontraron sólo datos de trabajo, horarios de pacientes, ningún indició de amantes. 
Volvieron al Hospital. Hablaron  con los médicos del piso de pediatría  y renovaron las preguntas sobre posibles  romances  entre los compañeros.  Ninguno  conocía el tema y si lo sabían, lo disimulaban muy bien.
Al retirarse, entraron al ascensor  y  una enfermera se acercó y le entregó algo a Garmendia.
—Señor,  olvidó esta revista en la sala.
Rápidamente se  cerraron las puertas  y Garmendia quedó con la revista en la mano y sin entender.
—Se equivocó, no es mía.
Carmona se la quitó de la mano  y dijo:
—A ver dame, es una revista de chimentos, hace un montón que no leo una. Pero ché, es del verano pasado. ¿Para qué te daría una revista vieja?
Al llegar a la planta baja, Carmona miró entre las páginas y lo que su olfato le había sugerido se hizo real,  encontró un papel, y escrito  con letra  desprolija, tal vez por el apuro y un mensaje.
“La Torres y el doctor  Sardou  eran amantes”

—¿Qué  hacemos, volvemos a pediatría? —Preguntó Carmona.
—No. Vamos a hablar  con el director.
Lo encontraron en su oficina. El doctor Carranza era un tipo desagradable en su trato. Tendría unos cincuenta años, sus ojos pequeños analizaban a los dos detectives a través de sus gruesos lentes.
Repitieron   las mismas preguntas que hicieron a los  pediatras y recibieron las mismas respuestas, sólo que está vez el tono era de mal humor; la doctora era excelente pediatra, amable y buena compañera.
Al retirarse y ya en la puerta Pedro preguntó:
—¿A qué hora terminan su recorrido los pediatras?
—No hay horario, tendrían que salir a las 16 Horas, pero a veces algunos casos se complican y los horarios también.
Salieron confusos. Por los visto en el hospital no estaba el asesino.
—¿Y si fue un robo y ella conocía al ladrón, tal vez la mataron para que no hablara? —dijo Carmona.
—No le robaron nada, tarjetas, celular, dinero, todo estaba en su cartera. Hay algo que no me cierra, una persona no puede ser tan perfecta como la pintan. Algún defecto debía tener….


El 28 de mayo la segunda parte.



Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa