viernes, 23 de enero de 2015

dimensión de sueños



Cada medio día el lugar de encuentro de las empleadas de la Casa de Modas, era la confitería del Socorro. Juncal y Suipacha. Hoy ya no existe, la piqueta de la vida se la llevó, como los sueños que se bordaron en sus mesas con los colores de la juventud y las quimeras de los tiempos felices.
Era el comienzo de los años vehementes, donde  el peso escaseaba y el hambre se calmaba con  café con leche y un tostado compartido.
Años  de desear que llegaran las cinco de la tarde para salir y esperarte, de emocionarme con sólo verte llegar, pelo largo y traje gastado, pero para mí eras el Delón de mi vida.
Leíamos a Cortázar, discutíamos por  Borges y amábamos a Silvina Ocampo. Tiempos de bohemia, entre café y cigarrillos, donde La Maga y Horacio danzaban con el Hombre de la Esquina Rosada y nosotros hacíamos el amor con la locura de los veinte años, libres y sin pensar en el mañana.
¿Qué nos pasó?
Que tren loco nos pasó por encima y nos barrió los sueños.
Creíamos que nuestro amor era verdadero. Lo fue, pero todo cambia, termina y nosotros también.
¿En qué dimensión de los sueños nos volveremos a encontrar? Existe la magia y sé que una etapa feliz no muere, queda en un túnel del tiempo; esperando el clic necesario para hacerse realidad. En qué mundo fantástico veremos la luz y regresaremos al hechizo de amarnos nuevamente como esos personajes de novela, ocultos entre las páginas de un libro, que apenas un lector abre sus páginas, se abren a la vida y renuevan su historia de amor.


jueves, 1 de enero de 2015

Cada amanecer, otra esperanza.



No había amanecido cuando Claudia cruzó  el puente de madera, abajo las aguas se veían negras y estancadas como su vida, se dijo. La villa dormía. El aire olía a tufo duro de leña y  abandono, tufo que se mete en las paredes de cartón y queda prendido, como  una pintura desteñida. Claudia caminaba  los pasillos sin levantar  sonido, desde una ventana escapaba el llanto de  un bebe, algún grito se perdía a los lejos y un gemir de mujer, unido al ladrido de los perros, era el telón de la villa que se despertaba temprano; antes que el sol repartiera su albur sobre los techos de chapas.
Entró a su casilla sin hacer ruido. La abuela dormía arropada con la manta nueva, parecía una criatura.
Puso agua en la pava y la colocó sobre el calentador y se fue quitando la ropa  despacio, la dejó caer al piso, como si desprendiera los pétalos de una flor; se envolvió en una bata. Cuantas manos la habían acariciado, cuantos olores quedaron prendidos en su piel, olores que el agua y el jabón no quitaban, están metidos en sus poros. Es su trabajo de puta lo que no puede limpiar y que por más que se bañe y se frote con furia antes de salir del boliche, lo lleva consigo, para recordarle quién es. Levantó la ropa y la acomodó sobre una silla.

Amanecía. La abuela seguía durmiendo. Pobre vieja, murmura en voz baja, mientras ceba el primer mate. Ella la crió como pudo, limpiando pisos y dándole el pecho a la adversidad que nunca la dejó levantar cabeza. La vieja está orgullosa de su nieta, de su trabajo de enfermera en un hospital; algunos en el barrio saben la verdad y ninguno la repite, son buena gente, las respetan a las dos. Un rayo de sol le da en la cara, le pesan los párpados; apaga el calentador, toma el último mate y se acuesta. Mañana será otro día, susurra en voz baja, tal vez algo mejore,  tal vez...



Me tomaré un descanso, les deseo lo mejor y hasta la vuelta.

María Rosa



jueves, 25 de diciembre de 2014

Desde un sueño.



Algo estaba sucediendo y no entendía  qué era.
Hoy ha despertado en un lecho desconocido. Una ventana  la comunica con el afuera, donde  la playa enorme se ondula en dunas interminables y a lo lejos la línea horizontal del mar, cambia de tonalidades; entre el gris y el verde jugando con el reflejo.  La ventana tiene rejas, no hay puertas y en su encierro no sirve de nada llorar, nadie responde.  Por momentos cree escuchar, y dice cree, porque al ir a buscar el sonido, que parece una respiración agitada; no encuentra su origen y lentamente desaparece. 
¿Quién la ha encerrado?  No tiene hambre ni sed. El tiempo ha cambiado su rumbo, se encuentra detenida en el.  Recorre la habitación y la sensación de no tocar el piso y de que sus pies se deslizan sobre algodón, es muy real. No recuerda nada del pasado, ni su nombre y sin embargo no se siente sola, alguien que no ve, la acompaña, una mirada parece surgir desde el mar y quedarse cerca; a veces es sólo esa respiración, en otros momentos; es una presencia.
Intenta saber quién es y qué hace allí.
Debe gritar, seguramente alguien escuchará su voz  y la liberará de su  encierro.
Su voz escapa por la ventana en un grito interminable, es una cinta sin color que se eleva buscando el mar. Vuelve a gritar  y más cintas se agitan hacía el océano.
Algo ha sucedido, se han sacudido las paredes, las ve caer, se transforman en grumos oscuros que  van palideciendo al contacto con el aire. Cierra los ojos, se cubre la cara con las manos y se deja caer de rodillas. Es una hoja en otoño, rodando sobre sí misma y estremecida de miedo.
Algo roza su hombro. Levanta la cara  y un desconocido la mira sorprendido. ¿Quién es y de dónde ha salido?  Reconoce una mezcla de asombro y temor en sus ojos. Él da un paso hacia atrás, la mira, la examina, parece conocerla y sonríe.
—Es imposible —dice— eres la mujer que hace días aparece  en mi sueños.




miércoles, 17 de diciembre de 2014

Sorpresas del amor.




Se había  quedado dormida, despertó sobresaltada y se levantó. Caminaba a tumbos por la casa tratando de quitarse los rezagos de sueño que no la dejan  ubicarse en la realidad. ¿Es domingo? Se preguntó, sí, es domingo. No encuentra café, sólo una caja de té, lo prepara y va a ducharse, jabón, toalla, champú y el acondicionador, listo; al agua. El baño caliente le ayuda a aclarar sus pensamientos.
Anoche bebió demasiado. Las situaciones vividas, al igual que instantáneas saltan  en su mente. El cumpleaños de Liliana, los amigos, la prima de Liliana que llegó con una pollera demasiado corta y era la risa de las mujeres y el deseo de los ojos masculinos. La cerveza helada, los saladitos y una sed tremenda en esa noche de verano que parecía condensar todo el calor del día en el departamento.
Ahora comenzaba a recordar. Lucas. Su ex. Apareció tan elegante como siempre, ramo de flores para la cumpleañera. Se acercó y quedó mirándola con una sonrisa que seguramente había ensayado varias veces frente al espejo.  
El muy caradura la saludó con un beso y nuevamente la simpatía desbordando por sus ojos y su sonrisa,  entendió que estaba  sorprendida, la tomó del brazo y se sentaron lejos de las voces, solos. No recordaba de qué hablaron. Salieron juntos, era tarde y él se ofreció a llevarla, le dijo que ya había pedido un taxi, no la escuchó, la tomó de la cintura y el beso llegó ante su sorpresa, se resistió y al final como siempre se quedó mansa ante su abrazo. Después… ¿Qué había pasado después? No recordaba. Cada vez que bebía de más; le sucedía lo mismo, olvidaba todo, seguramente ella se fue en el taxi. Mejor así, para qué recomenzar una historia en la que siempre el final era pésimo. ¿Cuántas veces se separaron y cuántas recomenzaron? Había perdido la cuenta, pero siempre regresaban, esta vez no, ella estaba bien segura de  sus decisiones, nunca más, está vez él siguió su camino y ella el suyo. Se amaban, pero estaban destinados al fracaso.
Un ruido suave de llave la sobresaltó, alguien intentaba entrar a su casa. Se abrió la puerta y Lucas; con una bandeja en las manos la miró sonriente desde el fondo de sus ojos de agua. “No tenías nada en la heladera, bajé y los chicos del bar  nos  prepararon un desayuno de reyes”.



jueves, 11 de diciembre de 2014

Camino a lo desconocido.


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Salieron del bar  festejando las bromas de Miguel, que caminaba detrás de ellos, abrazado a una joven desconocida.
—Vamos Miguel —Gritó Luis y tomando de la mano a Gabriela, dejó atrás a su amigo, que seguía entretenido con su compañera.
Doblaron en una esquina y se encontraron frente a  una calle angosta, con árboles muy altos, cadenas de luces como un arcoíris los  envolvían. Troncos y ramas daban una imagen de fiesta y color.
Gabriela señaló  un local pequeño, que mostraba una vidriera abarrotada de coloridos enseres.
—Vamos a ver —dijo Luis.
Al entrar se encontraron frente a  un pasaje angosto,  entre estatuas de ángeles y dioses mitológicos que parecían seguir sus movimientos con mirada curiosa. Nadie salió a recibirlos. Sobre muebles pasados de moda, había canastas con monedas antiguas, Gabriela tomó algunas  y las examinó.
—Son  muy antiguas, algunas son de oro y  deben valer mucho.
Mientras ella observaba con interés las monedas, Luis se alejaba a contemplar otra mesa con  rollos  de papiros, pilas de libros enormes y tan gastados que hubiera sido imposible averiguar su edad. Siguieron  caminando  por un pasadizo, que cada tanto se bifurcaba  en nuevas sendas. Un fuerte olor a sándalo cubría el ambiente. Corrieron una cortina de seda roja y hallaron una mesa con varios  candelabros  y velas, muchas velas de diferentes tamaños y colores y coronando la exposición, sobre la pared, pinturas con personajes tan arcaicos, como desconocidos. El olor del ambiente era sofocante y las muestras de extraños objetos se multiplicaban a cada paso. Los pasillos se fueron convirtiendo en laberintos sin salida.
—¡Alguien que nos ayude, queremos salir!  —Gritó Gabriela.
Nadie respondió, los rodeaba  el más absoluto silencio. Se encontraron nuevamente con la mesa cubierta de velas y ante su asombro se fueron encendiendo solas. Gabriela  comenzó a temblar, se aferró al brazo de Luis. El olor a cera los ahogaba, daban vueltas  y vueltas sin hallar la salida, ni encontrar alguien que los guiara. Las luces se fueron apagando, el reflejo de los cirios era la tenue y única  iluminación. Apuraban el paso, pasaban de un corredor estrecho a otro más ancho y ante su sorpresa notaron que los pasillos  se iban cerrando a sus espaldas, mientras el humo de los cirios  se extendía  y los rodeaba, ahogándolos y sin permitirles respirar. Gabriela no soportó más,  perdió  el conocimiento y cayó en los brazos de Luis, que la cargó  y continuó buscando la salida. Las fuerzas lo abandonaron, cayó de rodillas y el peso de su compañera lo empujó hacía el piso  y allí quedaron, con apenas un suspiro de respiración  y sin conocimiento.

Los encontraron desvanecidos en la calle.  Los gritos asustados de Miguel los trajeron a la realidad. Sentados en el suelo se   apoyaron  en la pared,  mientras  Miguel y su compañera los miraban con los ojos enormes, sin encontrar explicación  al momento que estaban viviendo.  Luis intentaba abrir los ojos, le pasaban los párpados y todo le daba vueltas, la calle; los tilos  de la vereda. Gabriela temblaba, se miraron, no comprendían  cómo llegaron allí.
—¿Dónde se habían metido? —la voz de Miguel los urgía a responder.
—No sé que nos pasó… —dijo Gabriela.
—Ustedes tomaron demasiada cerveza y seguro que  fumaron algún porro —les reprochó Miguel.
—No fumamos nada y apenas tomamos una cerveza cada uno.
—Entramos en un negocio de venta de artículos antiguos —dijo Luis—  y mientras recorríamos los pasillos, algo misterioso sucedió de pronto, el miedo nos paralizaba y no podíamos hallar la salida.
Luis miraba a ambos lados buscando el negocio al que habían entrado.
—Doblamos en esa esquina y el  local estaba allí… —dijo señalando un edificio de departamentos.
—¿Están seguros que fue en esta calle?
Si estaban seguros y lo peor que no les creían, Miguel seguía acusándolos de haber bebido.
Luis se levantó tambaleante, ayudó a Gabriela y dijo:
—Ya estoy dudando de mí mismo, no sé que nos pasó.
—Yo no dudo, sé que entramos en un local de cosas viejas, no entiendo porque  motivo ha desaparecido, pero estoy segura de lo que vivimos —dijo mientras mostraba en su mano extendida un puñado de monedas de oro.




jueves, 4 de diciembre de 2014

Al borde del estanque.




Mi hermana Lili decía que en el fondo del estanque,  jugaban  

ángeles. Algunos  blancos, otros negros, pero todos  muy bellos. Lili  
 juraba que los veía y  sonreían cuando ella  les hablaba. Siempre pensé que mi hermana  estaba  loca, a pesar que mi madre no me permitía decirlo, yo lo sabía y mi hermano también se había dado cuenta.

Los ángeles la esperaban por la tarde, así decía ella, les llevaba caramelos y chocolates yo la miraba desde la  ventana de la cocina. Arrojaba las golosinas sobre el agua, una a una,  algún truco realizaba; ya que cuando ella se iba, yo bajaba y no encontraba en el estanque  ningún dulce. Sólo los papeles del envoltorio, vacíos, sobre  el agua. Lili bailaba sobre el borde del estanque, parecía flotar, elevaba los brazos y su figura se mecía en un vals imaginario.
Un día mi hermana Lili, desapareció. Mi madre en su ignorancia nos  negó explicación sobre su paradero. El primo Sebastián, me dijo que la habían internado. 
Meses después mi madre se vistió de negro, durante  años fue una sombra oscura deslizándose por la casa. Nunca nos dijo que Lili había muerto. Fue Sebastián quien  confirmó lo que  presentíamos  mi hermano y yo.

Mi madre se volvió  callada, sólo la mujer que nos llevaba a la escuela y nos asistía, conversaba con nosotros. Fuimos niños tristes, casi no jugábamos ni reíamos, cuando lo hacíamos mi madre se asomaba al ventanal y pedía silencio. Mi hermano ingresó  en un colegio militar,  sólo venía los viernes por la tarde, se iba el domingo  por la noche; mi aburrimiento crecía durante la semana.

Una tarde, sin nada que hacer, me asomé al estanque y allí estaba ella. Era Lili  y sus ángeles que me saludaban.  Reclamaba caramelos para ella y sus amigos. Corrí al comedor, alcancé el frasco de golosinas. Llené mis bolsillos,  cerré el frasco y volé hasta el estanque.

Desde ese día juego con ellos. Lili me aconsejó que no lo cuente, no sea cosa que me internen como a ella.






viernes, 28 de noviembre de 2014

Algo había sucedido en Montevideo.



Primero fueron espaciándose los correos, luego el chat siempre cerrado; confirmaron su presentimiento, algo  estaba sucediendo en Montevideo, algo que ya se presagiaba y él no quiso entender.
Decidió ir a verla. Se alojaría en un hotel sin avisar de su llegada y averiguaría, qué había sucedido con Mariana
No necesitó mucho tiempo para saberlo.

Un cielo gris lo recibió en Montevideo, presagiaba tormenta, decidió salir igual. Caminaba sin rumbo, cuando la vio cruzar la Plaza Independencia y entrar a un bar de la Avenida 18 de julio, pensó en gritar su nombre, prefirió callar, fue mejor así. Ingresó  al bar y buscó una mesa en un rincón. Minutos después, un hombre joven se sentó al lado de ella, le resultó desconocido; no le gustó.  A pesar de su elegancia, llevaba un sello de vulgaridad  que su ropa fina no ocultaba. Conversaban animadamente, acercaron las sillas, los vio acariciarse, se besaron. Crispó los puños y debió contenerse para no gritar y armar un escándalo. Dejó pasar un tiempo, una vez tranquilo, salió. Caminó sin rumbo, al fin regresó al hotel y pidió que le consiguieran un pasaje de avión para el día siguiente. No cenó, un fuerte dolor de cabeza le nublaba la visión. No  lograba contener el temblor de su cuerpo, sus manos se agitaban, todo se le caía, primero fue un vaso de agua, luego la navaja, no logró afeitarse, al fin agotado; se acostó.
Despertó estremecido. Las manecillas del reloj marcaban las cinco y diez de la mañana. Se levantó, su pantalón y la campera, tirados en el suelo, lo sorprendieron, los acomodó sobre una silla. Se acercó a la ventana, estaba amaneciendo. El temblor de sus manos, el cansancio en sus miembros le daba el efecto de que había corrido alocadamente, todo es producto de la angustia vivida, pensó.

Al regresar a Buenos Aires, el departamento, la soledad le produjo un sentimiento de tristeza. El agotamiento de su cuerpo, continuaba. Se quedó dormido en el sillón. Lo despertó el celular. Una mala noticia. Habían encontrado a Mariana muerta en su departamento. Estaban investigando. Su celular cayó al suelo, mientras un aullido de dolor se ahogó en su garganta.
Voló  a Montevideo. El detective que lo recibió, lo miró con pena. “Su esposa vivía aquí con un amante –le dijo-. Un tipo peligroso, era argentino y tenía varias entradas por desfalco y robo”. Siguió explicando: “La ahorcaron con una media de nailon. No encontramos la otra media. El amante tenía  antecedentes y varias entradas en la policía.”  Él escuchaba y no entendía, la voz le llegaba lejana, las palabras resbalaban en su oído.  No le preguntaron nada de su vida, guardó silencio. La investigación giraba en torno al tramposo que había escapado.

Después de varios días, el amante fue detenido  en la frontera, tratando de cruzar a Brasil. El tipo llevaba en su prontuario demasiada oscuridad.
—Hace tiempo que lo buscábamos por una riña entre pandilleros, donde hubo dos muertos. Es un personaje de la peor calaña, siempre metido en asaltos y robos, pero bueno, aunque él niega todo, ¿por qué escapaba a la frontera si era inocente?

Regresó a Buenos Aires sin poder entender el engaño de Mariana. El temblor de sus manos no lo dejaba en paz.  No lograba concentrarse en sus planos, su mesa de trabajo, la regla de cálculo, el compás;  duermen. Intentó centralizarse en la computadora y completar desde allí los diseños; imposible. Su vida era un infierno, un laberinto sin salida, desde la tarde en que encontró en su campera, aquella con la que viajó a Montevideo, la media de nailon de Mariana…

        

Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa