lunes, 23 de mayo de 2016

¿Quién mató a la doctora?

Les dejó un cuento policial en cuatro presentaciones, cada cuatro días. Espero les guste.







1º ENTRADA.

  La encontraron  en la calle, un tajo perfectamente ejecutado en su cuello la había desangrado. Ni la muerte había logrado ocultar  el gesto de asombro en su cara.
El detective Pedro Garmendia analizaba los datos tratando de encontrar algún detalle que lo llevara al asesino. La difunta se llamaba Camila Torres, 42 años, argentina, medica pediatra.
Habían visitado  el hospital donde trabajaba y  sus compañeros  la consideraban una persona amable, excelente profesional, no se le conocían amantes, parejas, se decía de ella que era una solitaria.

Carmona  entró en la oficina agitando un papel en su mano.
—Pedro, el fiscal  nos dio  autorización para registrar el departamento de la señora Torres.
Garmendia guardó el expediente y salieron.
En la calle el otoño barría las hojas de los plátanos  y las amontonaba en las veredas. La gente caminaba arrebujada en sus abrigos y tratando de soportar el viento.
Detective y ayudante fueron caminando por la Av. Medrano,  a pasos de Córdoba  encontraron el edificio donde había vivido la doctora Torres. Subieron  al tercer piso.
En el departamento no hallaron nada que les sirviera de pista, sólo les llamó la atención,  después de lo que habían oído sobre su carácter solitario y sobre su falta de amores, una colección de cartillas de fósforos, las que se entregan en los  hoteles alojamiento. Estaban acomodadas prolijamente en una canastita sobre la cómoda del dormitorio.
En su agenda encontraron sólo datos de trabajo, horarios de pacientes, ningún indició de amantes. 
Volvieron al Hospital. Hablaron  con los médicos del piso de pediatría  y renovaron las preguntas sobre posibles  romances  entre los compañeros.  Ninguno  conocía el tema y si lo sabían, lo disimulaban muy bien.
Al retirarse, entraron al ascensor  y  una enfermera se acercó y le entregó algo a Garmendia.
—Señor,  olvidó esta revista en la sala.
Rápidamente se  cerraron las puertas  y Garmendia quedó con la revista en la mano y sin entender.
—Se equivocó, no es mía.
Carmona se la quitó de la mano  y dijo:
—A ver dame, es una revista de chimentos, hace un montón que no leo una. Pero ché, es del verano pasado. ¿Para qué te daría una revista vieja?
Al llegar a la planta baja, Carmona miró entre las páginas y lo que su olfato le había sugerido se hizo real,  encontró un papel, y escrito  con letra  desprolija, tal vez por el apuro y un mensaje.
“La Torres y el doctor  Sardou  eran amantes”

—¿Qué  hacemos, volvemos a pediatría? —Preguntó Carmona.
—No. Vamos a hablar  con el director.
Lo encontraron en su oficina. El doctor Carranza era un tipo desagradable en su trato. Tendría unos cincuenta años, sus ojos pequeños analizaban a los dos detectives a través de sus gruesos lentes.
Repitieron   las mismas preguntas que hicieron a los  pediatras y recibieron las mismas respuestas, sólo que está vez el tono era de mal humor; la doctora era excelente pediatra, amable y buena compañera.
Al retirarse y ya en la puerta Pedro preguntó:
—¿A qué hora terminan su recorrido los pediatras?
—No hay horario, tendrían que salir a las 16 Horas, pero a veces algunos casos se complican y los horarios también.
Salieron confusos. Por los visto en el hospital no estaba el asesino.
—¿Y si fue un robo y ella conocía al ladrón, tal vez la mataron para que no hablara? —dijo Carmona.
—No le robaron nada, tarjetas, celular, dinero, todo estaba en su cartera. Hay algo que no me cierra, una persona no puede ser tan perfecta como la pintan. Algún defecto debía tener….


El 28 de mayo la segunda parte.



martes, 17 de mayo de 2016

El barrio se viste de otoño.




Las veredas de mi barrio son la inspiración de un pintor  loco, tal vez el espíritu de Van Gogh  camina por  ellas y les da ese tono naranja tan particular.

Es el otoño que las cubre de hojas. Algunas son enormes y redondas, otras fina y  alargadas, y está las reina de la forma y el matiz; la hoja del roble. Son estrellas que  van  del amarillo al rojo. Son coquetas, se saben bonitas  y para que el paseante se asombre, caen lentas, o debe ser  un ángel que con sus suspiros las eleva  en el aire y luego las deja caer suavemente.

A veces el paisaje gualdo se extiende hasta el asfalto  forma un círculo bajo el arce y parece un mantel cubierto  de naranjas maduras  bajo la luz del atardecer.

Es otoño en mi barrio, se han perdido las flores y hasta los pájaros parece que se hubieran escapado. Es otoño  y hay un hilo invisible que teje misterios  en las copas desnudas de los árboles.


miércoles, 11 de mayo de 2016

Afuera llovía fina y suavemente.











Era desconsolador  regresar cada noche y encontrar la casa vacía. Una vida de silencio que lo recibía como un fantasma brotando desde  los rincones.  Lo abrumaba la melancolía, esa enferma incurable que vivía con él y le robaba la calma.

Los bares de la Av de Mayo lo recibían como a un amigo, los visitaba a todos, cada día buscaba un ambiente diferente. Los mozos lo saludaban con una sonrisa y allí, rodeado del bullicio de las tazas y las voces, se encontraba acompañado. En ese mundo de solitarios que se unían  para exorcizar el silencio, era un poco feliz.
Desde el ventanal del bar miraba la lluvia, los coches pasaban  levantando una oleada que llevaba el agua hasta la mitad de la vereda. Pablo viajaba en ese hastío, en ese cansancio del anochecer después de un día de trabajo.

Ella entró y se sentó cerca de un ventanal. Atrajo su atención la tristeza de sus ojos claros. Debía ser otra alma en pena igual que él, se dijo. Rondaba los cuarenta, era muy delgada, la ropa mojada le sobraba por todos lados y sus ojeras hablaban del mal momento que debía estar viviendo. La escuchó pedir un café con leche. Ella tenía la mirada clavada en la mesa y sus manos jugaban con la servilleta de papel, doblándola una y otra vez.

Al momento de pagar su consumición, hurgó en la cartera, para buscar en el fondo algo que no encontraba; el empleado la miraba con un gesto ceñudo, Pablo comprendió que no tenía dinero.  El joven levantó la voz con gesto airado, a ella se le llenaron los ojos de una humedad salada que le iluminó la cara. Pablo se acercó y contuvo al mozo que ya la había tomado del brazo para sacarla a la calle. Le pagó la consumición. Cambiaron un gesto sin palabras y Pablo salió. En la calle llovía fina y suavemente,  la humedad subía por  las paredes y dejaba ese olor a viejo que como un vapor se iba elevando mansamente. Notó que lo seguían, se volvió, era la mujer del bar.
—¿Me está siguiendo? —preguntó.
—Sólo quería agradecerle, fue muy amable.
—No se preocupe, está todo bien.
Como ella continuó sin decir palabra, se sintió incómodo. Pasaron algunos minutos y ella seguía caminando a su lado.
—¿No tiene dónde ir? —le preguntó y la mujer asintió con un gesto.
La llevó a su casa. Le dio un vestido de su ex.
Al verle arreglada, se conmovió, era diferente. Ninguno de los dos hablaba, él pidió un delivery, comieron empanadas. Ella no se atrevía a mirarlo y, cuando Pablo se fue a dormir, ella quedó sentada en el sillón. Él le alcanzó una frazada y una almohada, lo miró agradecida.

Se quedó un día y otro y al fin era una necesidad encontrarla al llegar de la oficina.
Cada día encontraba una sorpresa. Jarrones con flores y ventanas abiertas. 
Él jamás había preguntado por su vida pasada y ella no había querido saber de quién eran los vestidos del placard.
Una tarde Pablo  llegó con un ramo de rosas y fue la primera vez que la vio sonreír.
Esa noche la escuchó entrar en la habitación, deslizarse en la cama y  estremecerse cuando sus manos tibias se deslizaron por su espalda.

Afuera llovía fina y suavemente.



miércoles, 4 de mayo de 2016

La palabra






Alguien había olvidado el libro abierto sobre la mesa. El viento jugaba con sus hojas, las agitaba, las hacia ondular en el aire, el sonido del papel llamó la atención de un duende travieso, que decidió divertirse dando vida y poder a una palabra. Buscó entre tantas y eligió al azar una de seis letras.


Al sentirse recorrida por una sabia nueva, la palabra comenzó a moverse, luego  saltó y abandonó la página,  y se descubrió dueña de desconocidos poderes, giró en el aire  cual una bailarina y se dejó caer sobre la espalda de una mujer que escribía inclinada sobre la mesa. Las manos de la escritora se aflojaron, su cabeza se inclinó lentamente hacía un costado y sus anteojos cayeron  sobre la  hoja de papel. La palabra la observaba extrañada, no comprendía que había sucedido. Se acercó a las gafas y se reflejó en sus cristales y leyó; etreum.




miércoles, 27 de abril de 2016

Prosa en purpura.







Eras la uva madura y el vino fresco en la siesta de verano, el río manso bebiéndose la tarde, la rosa morada y el clavel bordó.
La placidez del estío y la primera luciérnaga iluminando mi cansancio.
Eran purpura tus labios, gastándose  en las flores de lavanda y perfumando el aire.
Era purpura  el viento del sur  doblando los árboles con su rito antiguo y hundiéndose en la hierba blanda de rocío.
Y era tu voz caricia y vacio en la oscuridad.
Fuiste tanto que hoy nada queda. Sólo  la evocación de un río morado que se fue alejando hasta fundirse en el mar y hoy es pasado.




jueves, 21 de abril de 2016

El tren del fin del mundo.

En el día de la tierra, homenaje a Tierra del Fuego.



A veces una imagen nos remonta a otro tiempo,  a un mundo de fantasía que creímos olvidado y que de pronto se abre en nuestra memoria como una flor en primavera, después de un largo invierno.
Los  matices de aquel  paisaje del sur patagónico se fijaron en mi mente y aún hoy  todo gira en un arco iris de luz, naturaleza, aromas y algo de misterio que no pude develar, pero que en las palabras de una mujer india se hizo realidad.





Había dejado de nevar, el frío era intenso, tan intenso que el té se enfriaba en mis manos de solo mirarlo. El tren del fin del mundo no llegaba, los pasajeros esperábamos impacientes y la ansiedad nos hacía movernos de un lado a otro.
Los ventanales del refugio, el techo a dos aguas de color celeste y el tintineo de las tazas, junto a los aromas de café y chocolate están vividos en mi memoria.
Al fin el tren llegó.
La alegría de mis compañeros de viaje no lograba quitarme de la tristeza, elegí ese viaje pensando que  estar en compañía me cambiaria el ánimo.  Los pasajeros  se sorprendían ante cada montaña besada por la nieve, ni el pitar del tren cubría sus gritos.
El Río Pipo me pareció un pañuelo de seda azul ondulado por el viento fueguino y frente a mí, una anciana acercaba su cara a la ventanilla para ver mejor, por momentos se quitaba los anteojos y se secaba los ojos; la imponente belleza la emocionaba hasta las lágrimas. Sólo yo parecía estar ausente ante tanta hermosura.
En la Macarena nos detuvimos, la nieve  cubría el paisaje, y al bajar  al andén un grupo originario se acercó a nosotros. Me sorprendió una mujer del grupo, su piel de un dorado oscuro resaltaba lo claro y sereno de sus ojos y al sonreír dejaba ven una hilera de dientes perfectos, me ofreció sus artesanías, collares de
piedras  que el río arrojaba a la playa durante  la primavera cuando las aguas del río Pipo crecían por los deshielos. No sabía cual elegir, ella tomó uno y me dijo:
—Este es para usted, llévelo, la va a ayudar a encontrar la felicidad.
Me sorprendí, tan notoria era mi amargura. Sin creer en sus palabras; lo compré. Lo coloqué en mi cuello, era liviano como una pluma.
Nos rodeaba una cadena de montañas. El viento helado me daba en la cara y me hacía estremecer a lo lejos una cascada dejaba oír su sonido musical bajo los tibios rayos del sol. El tren del fin del mundo se puso en marcha y desde el andén la mujer de los collares me saludó agitando su mano, devolví su gesto con una sonrisa.
Cruzamos un parque extraño; el cementerio de arboles. Ver el antiguo bosque talado nos enmudeció. Alguien relató la historia.
Los presos más peligrosos eran enviados a la cárcel de Ushuaia, se los consignaba allí para alejar toda posibilidad de fuga. Ellos fueron los encargados de talar los árboles que luego alimentaban las cocinas y estufas del pueblo. Un trabajo cruel e inhumano y en un clima salvaje. Hoy solo queda el cementerio de arboles,  la cárcel se cerró a mediados del siglo XX.

El regresó fue lento. Nos rodeaban  bosques increíbles de cohiues, lengas, guindos y otras especies desconocidas para mí. En un momento se  cerraron mis ojos, un sopor parecido al sueño me envolvió y en esa beatitud regresó la cara de la mujer india que me decía:
—Ya pasó lo malo, sonría que su vida recomienza.
Desperté.
Regresábamos. Nos habíamos  deteniendo en la estación de la Macarena. Bajé. Busqué a la mujer que me había vendido el collar, no la encontré. Pregunté a uno de los guías. Me escuchó en silencio y  preguntó:
—¿Cómo dijo que se llamaban los que le vendieron el collar?
—Onas… la mujer me dijo: somos  Onas…
—Debe haberlo soñado, usted se quedó  dormida, seguro lo soñó. Los Onas se extinguieron de Tierra del Fuego hace casi cien años…
—¿Y este collar? —pregunté.
El guía lo miró se encogió de hombros y me quedé sin respuesta. Es que el guía no entiende que los Onas fueron y son los dueños de esa tierra y que su espíritu sigue caminando en ella.





viernes, 15 de abril de 2016

Sucedió en la Pampa.



   

Era como si los habitantes  del pueblo se hubieran  esfumado, ni el canto de las aves se escuchaba. Kilómetros de pampa bañados de silencio rodeaban las humildes casas. Algunas golondrinas volaban en círculo, nadie sabía si anunciaban su partida o buscaban un lugar más seguro que los techos de los ranchos. En la torre de la Iglesia  los nidos de las cigüeñas  mostraban desolación, sus dueñas ya no estaban, su vuelo de alas amplias se había perdido tras las nubes.

Atardecía, el rocío cubría el campo dándole un tono dorado al pasto ralo  y salvaje y  las ramas duras de los espinillos se retorcían bajo los últimos rayos de un sol amarillento y otoñal.
Todos los vecinos se habían encerrado en sus casas, temían que algo iba a suceder, pero nadie sabía qué. Un perro sin dueño, intentaba dormir bajo un sauce  llorón, las ramas lánguidas acariciaban su lomo flaco y él, cada tanto, alzaba las orejas y oteaba el horizonte, gruñendo sordamente.

Oscureció más temprano, era como si el clima  se hubiera contagiado del temor. Las trancas de las cerraduras quebraron la quietud a un mismo tiempo y entonces sí, el silencio fue total.
Las estrellas  se habían multiplicado, eran  un cardumen de pequeños peces plateados, curioseando en la noche de aquel pueblo.

Pasada la media noche, un sonido lejano sobresaltó a los hombres y mujeres que no dormían, era una estridencia cada vez más cercana, tan cercana que aturdía; dentro de las casas algunos se abrazaron, creyendo que ese sería el final, los niños lloraban aferrados a la pollera de sus madres. Los cuadros y las cruces que colgaban de las paredes se movían inquietos, algunos cayeron al piso, las mujeres se santiguaron. Las cortinas  se elevaron, a pesar de que las ventanas estaban cerradas, y se agitaron el aire en una danza que duró  minutos. En un momento el ruido fue ensordecedor, el suelo temblaba y cuando los habitantes del pueblo, creían que su mundo de barro y adobe ya no soportaría más, el estrépito fue cediendo hasta convertirse en un zumbido lejano.
Al asomarse  los primeros rayos del sol, los vecinos abrieron sus puertas.

Las  macetas y los malvones, cada árbol, cada rosal y  hasta las mesas y sillas de los patios, aparecieron bañados de una película de polvo que los cubría con un velo gris y parejo, la mano de un artista  las había igualado en color. Alguna gota de rocío rebelde se dejaba caer en los cristales de las ventanas o sobre las enormes hojas de los plátanos formando el surco de un río diminuto. Todos creyeron que mandinga había cruzado esa noche por el pueblo.


Bajo el sauce, el perro sin dueño fue el único testigo de aquella tropilla de cientos y cientos de caballos salvajes que  había atravesado el caserío y no los habían dejado dormir.

Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa