jueves, 23 de julio de 2015

Tonta re tonta.




Lo vi entrar acompañado por una mujer desconocida. Era hermosa, algo mayor que él, bien vestida, con un nivel de elegancia exquisito. El restaurante y sus mesas parecieron girar ante mis ojos, las voces  se perdieron en un murmullo lejano e incomprensible. Cerré los ojos y traté de tranquilizarme. Desde mi mesa los observaba con el celo de la loba que ve como le devoran su gacela.
Había esperado muchos meses y aunque Julio nunca me había dicho; te amo. Sus miradas, sus gestos y aquellas palabras de la despedida, mientras los  amigos brindaban, forjaron la ilusión: “este viaje es muy importante —había dicho—  cuando regrese en diciembre vamos a hablar de lo que siento por vos” Y el beso dejo mi mejilla ardiendo.

Miré al mozo y se acercó, liquidé mi cuenta y salí. Julio estaba de espaldas, no me vio. La calle me abrazó con un dorado caliente que me llegó hasta el alma, me movía enceguecida por el sol o la tristeza, no lo sé. Busqué la sombra de los tilos y caminé invadida por el aroma de sus flores que parecían serenar mi ánimo.

Tonta, re tonta,  dije en voz alta, no se puede tener cuarenta años y seguir ilusionándose como una criatura. Dos señoras mayores cruzaron por mi lado y me miraron con pena.
Sin pensarlo me encontré en la puerta de mi casa, entré y el ambiente estaba frío, a pesar del verano. Me recosté en el sillón y me arrope con una manta. Me dormí.

Me despertó el celular, era Julio, no atendí. En pocos minutos llamó varias veces. Me dejó un mensaje de texto: “Llegué esta mañana, quiero verte.” Respondí: “No me siento bien, mejor mañana”.
“Te amo”, fue su nuevo mensaje.
No respondí.
“Te amo”. Por segunda vez.
Se cerraba mi garganta, me dolía el pecho y me temblaban las manos.
Dificultosamente escribí: “No te burles de mí.”
Entró una nueva llamada, atendí.
“Cari jamás me burlaría de vos, Cari…te amo —su voz temblaba—. Mi hermana ha viajado conmigo desde Ginebra, es mi única familia…   Quiere conocerte”.







viernes, 17 de julio de 2015

Hermanas.


Te escuchaba, pero estaba cerrada a tu voz. Tus palabras caían, saltaban en la mesa de aquel bar y rodaban hasta el suelo. Se desarmaban y las letras giraban por el piso como hojas  secas y livianas y yo  imaginaba que bailaban entre las baldosas rojas mientras vos seguías  hablando.
No me interesaban tus explicaciones. Eras mi hermana y sin embargo en ese momento te sentí tan  lejana y tan  desconocida. La muerte de mamá nos había reunido, pero ni ese dolor lograba que te entendiera, en realidad éramos dos extrañas.  No quería seguir escuchándote.
Qué me ibas a explicar, que mi marido fue tu gran amor, no hacía falta, lo supe el día en que me abandono  y los vi irse abrazados y me quedé de pie, sostenida por una puerta que parecía abrazarme para darme fuerzas.
¿No fuiste feliz con él?  Lo siento, la vida es así, te da y te quita.
De nuevo tus palabras resbalaban por mis oídos, intentaba escucharte y no lo lograba, hasta que como un viento me llegó tú pregunta:
 ¿Por qué estuvimos separadas tantos años?  
Te miré a los ojos y no respondí.
Me levanté y ante tu asombró me fui del bar.


viernes, 10 de julio de 2015

El caso del gitano.




El detective Garmendia se miró al espejo, la navaja iba y venía por su cara sin apuro, mientras pensaba: “en que baile estás metido Garmendia…”
Se secó la cara  y fue a la cocina.
Desde que su esposa lo había abandonado, hacía dos años, vivía solo.
Preparó el café. No dejaba de pensar en el caso que tenía entre manos y que se complicaba cada día más. José Montoya había sido asesinado, en una casilla de un barrio poco recomendable en las afueras de Pilar. Había recibido una  puñalada en el estómago, tan profunda que se desangró. Aferraba en su mano una rosa roja.
El único vecino vivía a cien metros y no vio nada, no tenían amistad, lo definió como un gitano raro y poco amable.
Se sirvió el café y fue meditando  los detalles del caso.
Montoya  era dueño de un pésimo carácter, lo dijeron sus familiares, se había separado de su tribu por discrepancias con ellos, no se le conocía pareja, ni amigos. Compraba coches usados o robados, los arreglaba y los vendía. En un primer momento se pensó en la mafia que se encargaba de robo de autos, fue descartado, ninguno de los conocidos trabajaba para él.
Garmendia no hallaba un hilo conductor que le aclarará el crimen. Terminó el café, se puso la campera, salió a la calle.
Era viernes y la mañana despertó soleada, pero  la ciudad era un caos, embotellamiento en cada semáforo y mal humor en los peatones que cruzaban por cualquier lado. Al llegar a su oficina, su asistente Carmona, lo esperaba con novedades.
El vecino de Montoya había llamado esa mañana, recordó haber visto una mujer que llegaba en un Ford Fiesta azul, siempre a finales de mes; entraba a la casa y diez o quince minutos después salía muy apurada. Por la forma de vestir, pollera larga color naranja, blusa blanca y cabello sujeto con un pañuelo de colores, dedujo que era  gitana, una vez se cruzó con ella y le quedó grabado lo blanco de su piel.
Otra novedad fue hallar en casa de Montoya, pegado con un imán en la puerta de la heladera, el número telefónico de Soledad Benitez y su dirección.  Averiguaron y coincidían con la esposa del secretario de Comercio Exterior; Vicente Benitez.
—Esto se está enredando cada día más —dijo Garmendia— ¿Qué amistad podía tener la esposa de un tipo tan importante con un vendedor de autos robados?
—Tal vez le compró  o le llevó su coche para arreglar…
— ¿Te imaginas a una señora como ella en semejante barrio?
Era difícil  imaginarlo, pero en el celular de Montoya aparecieron demasiadas llamadas al teléfono fijo de la señora Benitez.
Soledad Benitez  resultó una bella mujer de unos cuarenta años, muy elegante. Ella manifestó de que no  conocía a Montoya, pero  que desde hacía un tiempo recibía llamadas obscenas, a tal punto que había pedido el cambio de número telefónico. Al salir, Garmendia preguntó a su asistente:
— ¿Algo te llamó la atención?
—Dos cosas —dijo Carmona— el nerviosismo de la señora Benitez y la blancura de su piel…

Juan Heredia era primo de Montoya y lo definió como un mal tipo.
—Sabía que algún día iba a terminar así —dijo sin apenarse.
La oficina de Heredia  lucia pulcra, él se notaba una persona agradable. Era dueño de una inmobiliaria en Derqui y se había comunicado con el detective.
—He recordado que mi primo hace poco más de un año, estuvo en mi oficina, ese día vino a pedirme dinero, cosa usual en él. Estaba sentado en ese rincón —señaló una silla de espaldas al ventanal que daba a la calle— mientras yo atendía a un cliente. Entró una señora muy elegante y lo vi mirarla y sorprenderse, ella no había reparado en su presencia, él se acercó y recuerdo el gesto de desagrado de la mujer. Le hablaba muy despacio, no logré escuchar, pero ella dio media vuelta y salió. Mi primo la siguió y quedaron hablando en la vereda. Entendí por los gestos que discutían, ella subió a su coche y se fue. Él anotó la patente y entró  de nuevo. Le pregunté quién era y respondió; “una antigua amiga que regresa del más allá”. No le entendí y agregó, “con semejante ropa cara, debe haber pelechado bastante en la vida, esta me va a salvar”. Le di algo de dinero y se fue. No lo volví a ver.
— ¿Recuerda quién era esa mujer?
—Nunca la había visto. Ella se fue y no volvió.
— ¿Y la marca y color del auto?
—Era un Audi blanco.
Al salir Garmendia le pidió a Carmona que averiguara el historial de la señora Benitez.
— ¿Te parece necesario?
—Pensá que no siempre fue la esposa de un secretario de Comercio Exterior. Quiero que averigües lo que puedas de su pasado.

Siguieron preguntando a los vecinos del gitano, y otro repitió la historia de la gitana en un auto azul, que llevaba una rosa roja en el pelo y, agregó que la patente terminaba en 15, lo recordaba porque lo había jugado a la quínela y había acertado.  Investigaron y en casa de los Benítez no había un auto azul.
— ¿Tal vez lo pidió prestado a una amiga?
—Sera mejor que lo averigües —respondió Garmendia— este caso se complica y sin embargo creo que la solución está frente a nosotros y no la vemos.

En el pasado de la señora Benitez, sólo hallaron su tiempo de actriz del under. Sus viejos compañeros la recordaban como una chica encantadora y muy buena actriz. Nada anormal.
Carmona llegó a la oficina de Garmendia con la novedad que en el entorno de la señora Benitez, nadie tenía un auto azul.
—Creo que estamos poniendo los ojos en la mujer equivocada. La gitana que iba a ver a Montoya a finales de mes, ¿Quién era? ¿a qué iba? A hacer el amor, no lo creo en tan corto tiempo no se puede hacer nada. ¿Para qué visitarlo mensualmente? 
—Puede que fuera a pagar la cuota de un coche… —Garmendia no estaba convencido — o una deuda.
—O un chantaje.
El detective saltó de su silla y comenzó a dar vueltas.
—Eso me parece creíble y cercano a una verdad y al tipo de persona que era Montoya. ¿Pero dónde encontrar a esa  gitana?
—Hay que averiguar si hay comunidades gitanas o familias en la zona cercana a Pilar y si conocían a Montoya.

Mientras Carmona investigaba, Garmendia  volvió a la casa del gitano. Revisó cajones, estantes, ya la policía científica había pasado por todos los escondites, pero él esperaba encontrar algo, ese algo que le diera una pista.  Cuando ya desistía de su reconocimiento, comenzó a sacar unos diarios apilados en un estante contra la pared. Nada. Hasta que apareció un  álbum de fotos.  Varias fotografías habían sido quitadas, la cartulina más oscura demostraba que había sido recientemente. Se llevó el álbum.
No se había equivocado, los especialistas corroboraron su primera idea. Tal vez no tuviera que ver con el crimen, tal vez sí.
Varios días después Carmona trajo la novedad, ninguno de los gitanos de Pilar se conectaba con Montoya, pero, y eso si fue una novedad; la madre de Soledad Benitez tenía un Ford fiesta azul y la patente terminaba en 15. La citaron.

Cecilia Sepúlveda se mostró sorprendida  al verse frente al detective Garmendia. Tendría unos sesenta años, muy bien vestida y con una sonrisa simpática, lo contrario de su hija. Cecilia no entendía por qué  estaban interesados en  su coche. Presentó sobre la mesa de trabajo del detective los papeles de su auto.
—Como ve señor Garmendia tengo  los documentos de mi coche al día.
El detective sonrió.
—Señora no es mi intención controlar sus papeles, simplemente quiero preguntarle si usted fue alguna vez hasta Pilar a ver a un vendedor de autos usados, un tal José Montoya.
—No  hago viajes largos, solo me muevo en la capital y a ese no lo conozco.
— ¿Acostumbra a prestar su auto a alguna amiga?
—No. ¿Por qué tantas preguntas?
—Tenemos un caso policial y debemos investigar detalles, su auto, marca y color combina con el que estamos buscando. Nada más que eso. ¿Está segura que nunca presto su coche?
—Solo a mi hija cuando lleva el de ella a lavar o al taller…
La sonrisa de Cecilia Sepúlveda se convirtió en una mueca de hielo al decirlo, pareció arrepentirse.
—No se preocupe debemos estar equivocados —dijo Carmona mientras la acompañaba hasta la salida.
Al entrar, el detective  le dijo a su compañero:
—Vamos a ver a la señora Benitez.

La palidez de Soledad Benitez acentuaba la blancura de su piel.
Los invitó a tomar asiento y escuchó  a Garmendia sin interrumpirlo. En un momento entró Vicente Benitez, saludó y quedó de pie, mientras Garmendia explicaba los pormenores del caso. Al terminar su exposición el detective, ella intentó hablar y la voz se le ahogo, fue el esposo quien dijo:
—Montoya fue pareja de mi esposa, él  era tan mala persona que ella lo abandonó y permaneció escondida en casa de una amiga por meses. Él la buscó, la consideraba su propiedad. En ese tiempo la conocí, la ayudé a cambiar su nombre y nos fuimos juntos,  yo estudiaba fuera del país. Habían pasado veinte años, cuando ese delincuente la encontró. No sé cómo consiguió nuestro número telefónico y comenzó a amenazarla con hacer públicas algunas fotos comprometedoras de aquellos años en que vivieron juntos. Mi esposa por temor a perjudicar mi carrera aceptó pagarle una cuota mensual exorbitante, hasta que ya no pudo más y le dijo que no  podía seguir así. Fue a verlo, Montoya intentó llevarla a la cama, ella se negó y él la amenazó con una navaja…
Soledad hizo un gesto con la mano para que callara, se puso de pie y dijo:
—Quiso seducirme, me arrancó la rosa que llevaba en el pelo,  me negué a sus requerimientos y se ofendió, sacó una navaja e intentó  matarme y en el forcejeo él mismo se clavó el arma, cayó al suelo y me pidió ayuda, y yo salí corriendo, lo dejé herido y escapé. Mi crimen fue abandonarlo, tenía tanto miedo que temblaba entera, no sé como llegué  manejando sin tener un accidente, la Ruta Panamericana era un caos.
— ¿Se vestía de gitana? —Preguntó Carmona.
—Si era una forma de que algún vecino curioso pensara que era un familiar o una amiga.
-Lo siento señora Benitez, mi misión de investigador terminó, ahora un juez debe analizar su caso. Debo detenerla.
















viernes, 3 de julio de 2015

El ayer en sombras



        Todo me fue dilucidado aquel día. Desde su desdentada sonrisa, la vieja se enredaba con las palabras, por momentos hablaba un idioma que yo no podía entender, se burlaba, estoy segura de que lo hacía.  Sus manos, de dedos largos y huesudos, jugaban con una cinta ajada y sucia, ya sin color. La habitación olía a humedad, todo era desorden; desde la mesa cubierta con botellas y vasos, hasta las cajas apiladas en el piso conteniendo quién sabe qué.
Volví a preguntarle por mi madre, sus ojos opacos de pestañas ralas se fundieron en los míos, leí en ellos cansancio. Se afirmó en la mesa y se puso de pie. Caminó por la habitación apoyada en su bastón, se acercó al  brasero, guardó la cinta en el bolsillo y quedó de pie, hipnotizada frente a las llamas. “Tengo frío” dijo y calló lo que yo esperaba oír. Creí que lo mejor era salir de ahí, la vieja no me comprendía o no quería hablar. Me calcé el bolso en el hombro, iba a levantarme cuando  me detuvo con un gesto. Ella observaba el fuego que chispeaba con lenguas  rojas y amarillas. Debió adivinar mi intención de irme y sin moverse, preguntó: “Para qué querés revolver el pasado, tu madre hace años está muerta.” “¿Qué le sucedió?” Pregunté. La vieja movió la boca en un gesto de asco y me dijo; “Eres cabeza dura igual que ella.” Dejó el bastón sobre una silla y estiró las manos para recibir  calor. A lo lejos el ladrido de un perro acompañó sus  palabras; “tu madre era muy bella y le gustaba coquetear con los mozos del pueblo, no te ofendas, pero con todos tuvo amorios. Al morir tu abuela, ella vino a vivir a mi casa, yo la aconsejaba, pero no entendía razones, iba con uno y al otro día con otro. Cuando se casó con Ramón, mejor dicho, la casé, a ver si asentaba cabeza, creí que iba a cambiar, pero no fue así. Siguió su vida alocada, hasta que conoció al hijo de los Bender, Karl Bender, y se enamoró perdidamente.
El padre Iván Bender y Karl eran dueños de todo el pueblo y de las curtiembres que estaban en las afuera, esas hoy están abandonadas.
Ramón era un buen muchacho, pero al saber que su mujer se veía con el hijo del patrón en una casa del pueblo enloqueció. Una noche la siguió. Llevaba un puñal, con la intención de matar a Bender, de un golpe abrió la puerta y se abalanzó sobre ellos e intentó matarlos, pobre estúpido, el hijo de los Bender estaba armado y disparó sobre  Ramón, que cayó muerto  sin decir un ay.
Acusaron a tu madre del crimen y  le redujeron la pena, porque declaró que fue en defensa propia y que estaba embarazada. Estaba tan enamorada que obedeció todo lo que Karl le dijo. Vos naciste en la cárcel, te criaste a su lado hasta que al año, ella enfermó, creo que de tristeza. El sinvergüenza de Karl nunca la fue a visitar, ni una carta le escribió.  Desapareció del pueblo.
Al morir tu madre me mandaron a llamar y te traje a esta casa. Te cuidé hasta los cinco años en que vino el viejo Bender tal vez por remordimiento, o porque creyó que era tu abuelo, me entregó  la orden de un juez, y te llevó con él. Lo demás ya lo sabes, te criaron en un colegio pupila… ¿no?”
¿Quién fue mi padre?
La vieja hizo un gesto ambiguo y dijo:
“No lo sé, pudo ser cualquiera, seguramente ni ella lo supo”. 

sábado, 27 de junio de 2015

Historias de vida




           

   Era una mañana de otoño, el teléfono agitó el aire con su sonido y al atender mi madre pareció paralizarse. Mi padre había sufrido un accidente estaba internado en el hospital  y muy grave. 
Llegamos en un auto de alquiler que parecía volar sobre el gris del asfalto.

La puerta de terapia era un muro que nos separaba de él  y en nuestra angustia, caminábamos de un lado a otro, el movernos nos ayudaba a serenarnos. Se nos había hecho noche en pleno día.
Las horas se estiraban, la angustia nos desbordaba. Al fin se abrió una puerta y nos llamaron.
 Lo habían operado, los cirujanos habían realizado  lo posible, sólo quedaba esperar.

Al día siguiente; lo inexplicable. Una presencia cambió mi vida y digo mi vida, porque mi madre nunca se enteró de lo sucedido. Esperábamos en la puerta de terapia el informe médico, cuando una joven se acercó a una enfermera  y  preguntó por Salvador Martín. Le respondió que debía esperar, ya iban a llamar para dar el informe.
Me acerqué y le dije que yo era la hija de Salvador, ella sonrió y me dijo; soy Alma Rodríguez, su novia. El piso se estremeció bajo mis pies, mi madre ajena a nuestra conversación, seguía a un costado de la sala de espera y abrazada a la desesperación que produce el miedo; su mirada no se movía  del piso.
—¿Qué novia? Mi padre está casado con mi madre, desde hace veinte años.
Ella abrió los ojos enormes, tan claros que parecían de agua y cielo, leí en ellos la sorpresa. Tendría unos treinta años, tal vez algo más, pero era tan frágil que pensé que se quebraría ante mis palabras.
—¿Qué me estás diciendo? —Se apoyó en mi brazo, temí que fuera a caerse — ¿Es una broma?
La tomé de la mano y la llevé por el pasillo, hasta un ambiente amplio y calmo.
—¿Estamos hablando de la misma persona? —pregunté—. Mi padre trabaja en la agencia de seguros de Gorriti y Hermann, tiene cuarenta y tres años, es alto, muy delgado y tiene una cicatriz en la frente.
Hablé de corrido y tan rápido que me quedé sin aliento.
Ella no respondió, asintió con un movimiento de cabeza. Temblaba, lloraba igual que una nena, hipando y sin emitir sonido. Las lágrimas rodaban por su cara y no sabía cómo calmarla.
—Por favor no llores y explícame desde cuando están en pareja.
Ella es empleada de un banco, allí se conocieron y  hacía un año que salían. Él le había dicho que era viudo y ella le creyó. Me miraba con tanto miedo, que sentí pena. Le di mi número de celular y le pedí que se comunicara conmigo.

Minutos después desde la puerta de terapia nos llamaban para darnos el informe más terrible; mi padre había muerto. Mi madre lloraba desconsolada, nos abrazamos, vi que Alma se había sentado en la escalera y se cubría la cara con las manos. Ni una lágrima brotaba de mis ojos.
No podía llorar, una mezcla de pena y bronca me apretaba la garganta. Nos hicieron pasar a  terapia.

Un fuego rojo giraba en torno a nosotras, creí verme flotando, fue mi madre quien me tomó del brazo y me llevó a la sala de espera.
Al salir, Alma ya no estaba. Semanas después la busqué en el banco en que trabajaba, me dijeron que  había renunciado.

Pasaron ocho años en los que no la volví a ver, hasta que ayer al bajar del tren en Retiro, la vi. Llevaba de la mano a un niño. La llamé por su nombre, se volvió y al mirarme descubrí  miedo en sus ojos, el mismo de aquel día lejano en el hospital; “perdón no la conozco”, me dijo y se alejo. Iba a correr tras ella, comprendí que debía dejarla, tal vez algún día cambiara de opinión y se animará a decirme que tengo un medio hermano con los  mismos rasgos y la mirada azul  de mi padre.


domingo, 21 de junio de 2015

Los ojos de Frodo



Frodo había sido mi compañero, mi amigo, crecimos juntos, fue parte de mi niñez y adolescencia. Su muerte me llenó de pena y creí que una buena forma de que siguiera a mi lado era embalsamarlo.
Él  y yo seguiríamos juntos como antes. No a todos les pareció buena mi idea. Mi madre se horrorizó. 
Tiempo después,  al  verlo  sentado al costado de la chimenea, decía que estaba vivo y que sus ojos la seguían. Le dije que los ojos  de vidrio, no se movían, ella no entendía y como no quise ceder a sus caprichos,  dejó de venir a visitarme. No me importó, yo no quitaría a Frodo de mi casa.
Luego apareció en mi vida Rodrigo, un encanto de hombre, no llegamos a vivir juntos, éramos novios con cama afuera. Él decía que trabajar en el centro y vivir en las afueras de Buenos Aires era muy molesto, que debía madrugar demasiado, simple argumento para no vivir en casa. Hasta que descubrí  que la presencia de Frodo lo inquietaba. “Me mira, sus ojos me siguen”  Repetía las mismas pavadas que decía mi madre, seguro que se lo había escuchado a ella y entre los dos quisieron chantajearme. No cedí. Frodo seguiría en su lugar. Al fin Rodrigo también se fue.

Era una alegría llegar del trabajo cada tarde y verlo allí, parecía estar esperándome, lo saludaba y le hablaba como si estuviera vivo.

Un sábado a la medianoche, desperté sobresaltada, escuché un tumulto en el cuarto contiguo.  Alguien gritaba. El ruido de una silla al caer y el sonido de cristales rotos, me confirmaron que  un ladrón, había entrado. Llamé  al 911, en pocos minutos varios hombres armados irrumpieron  en el living.  El cuadro era impresionante,  un hombre ensangrentado, nos miraba despavorido.  Lo esposaron,  mientras gritaba enloquecido: “Fue el perro, ese maldito perro  me atacó”.   El oficial observó a Frodo, luego a mí  y  salió murmurando algo que no entendí…





domingo, 14 de junio de 2015

Todo parecía haber terminado.


Todo parecía haber terminado.
La muerte de Soledad fue un duro golpe para Gina. Nunca iba a  creer que había sido un accidente callejero, ella sabía que la mano de Ignacia Murray, la madrastra de Soledad,  había  dibujado los detalles de ese crimen.
Dejó el escritorio en orden, le iba a pedir al Dr.  Zardas que le depositara su dinero, no quería  volver y encontrarse con Ignacia. Él llegó  cuando estaba preparada para salir.
—No sé qué va a hacer Ignacia sin usted –le dijo a forma de saludo.
—Pronto encontrará una nueva secretaria.
—Seguro que sí. Ignacia ha pagado una fianza  y va a salir en unos días.
—Por suerte no nos cruzaremos, le entrego en mano las llaves.
Zardas las guardó en el escritorio y juntos abandonaron la casa.
Una semana después La señora Ignacia Murray estaba en libertad. Su dinero y sus influencias lo habían logrado.
Los días en prisión la habían consumido, su rostro estaba marcado por profundas ojeras. No era la misma, el odio que antes la impulsaba, ahora la consumía. Sus viejos dolores de estómago se  renovaron.
Entró al escritorio y observó que Gina había  dejado todo en orden. Y mientras controlaba los detalles, murmuraba: “La muy estúpida  no quiere verme y es mejor así, esa tortilla  intuye la verdad, pero las únicas pruebas que tiene son los email que envié al turco Amed y el dinero que deposité  en  su cuenta. Ningún juez le va a prestar atención”.
Fue hasta el baño, en el botiquín encontró el calmante que le medicara su medico. No soportaba el malestar, su estómago se contraía con espasmos que  la agotaban. Se miró en el espejo, se vio mal y para colmo, el silencio de la casa la deprimía.
Todos  la habían abandonado, hasta Zardas que había sido su amigovio  por años,  se limitaba a su tarea de administrador de sus bienes.

Semanas después.
La voz de Zardas en el teléfono sonó diferente.
—Gina, me acaban de informar que hallaron muerta a Ignacia Murray.
No obtuvo respuesta.
—¿Gina, me escucha?
—Sí doctor…es que me ha sorprendido  
—El personal de limpieza la encontró esta mañana; apenas tenga más información, la llamo. Ahora voy a lo  de los Murray.
Gina  colgó el auricular y quedó mirando el vacío.  Al lado del teléfono; Soledad sonreía desde un retrato, eran tiempos  de alegría y felicidad.
Se preparó un té. Iba a esperar el llamado.
Se asomó al ventanal, la calle era un ir y venir de  gente que regresaba  a sus hogares. Había comenzado el otoño, dando a la ciudad un tono de melancolía; el ocre y el gris pintaban las calles. Terminó su té. Se  movía de un lado a otro, no lograba serenarse.
Una hora después, escuchó el llamado y corrió al teléfono.
—Hola…
—Gina parece que lo de Ignacia fue un infarto. ¿En unos días puede pasar por mi estudio?
— ¿Le parece bien el jueves?
—Sí, por favor.

El jueves  por la tarde pidió un coche. Ya en el ascensor sus pensamientos eran una sucesión de palabras e imágenes, Ignacia y su mal carácter, Ignacia y su soberbia. Entre tanta nota oscura; Soledad tan dulce y aquel día terrible del accidente...
Llegó al estudio.
Zardas la hizo pasar a su oficina privada y cerró la puerta.
—Siéntese –la miraba sin saber por dónde comenzar.
—Gina, el doctor Méndez me dijo que  no está seguro de cuál fue el motivo de la muerte de Ignacia, pero sospecha que fue envenenada, seguramente el forense aclarará las cosas.
Los ojos de Gina se abrían a medida que el abogado hablaba.
Zardas abrió un cajón de su escritorio y sacó un pequeño frasco oscuro.
 —Esto lo encontré en la cartera de Ignacia.
Gina se puso pálida, quería mantenerse calma, pero no podía, sus manos estaban en permanente movimiento. Zardas siguió hablando:
—El doctor Méndez me comentó sus dudas: algunos venenos, en especial el cianuro, dejan un peculiar aroma en la boca; Ignacia despedía ese olor. Lo acompañé hasta la  oficina de Ignacia, mientras él realizaba el informe. Si se confirmaba su teoría, los de la policía científica iban a dar vuelta la casa, así que fui al baño y revisé el botiquín; pero  no hallé nada, fui al dormitorio y encontré este frasco en su cartera, últimamente ella sufría dolores de estomago —hizo silencio, y prosiguió—. Lo guardé, sin decirle nada al doctor Méndez, no sé por qué lo hice, tal vez un presentimiento, inmediatamente lo hice analizar. Contiene la droga que tomaba Ignacia y cianuro.
—¿Está seguro?
—Sí. Esas pequeñas dosis diarias provocaron el infarto. ¿Gina, usted colocó el cianuro en el remedio de Ignacia?
—¿Cómo se le ocurre?
—No se asuste, sé lo que usted sentía por Soledad, no voy a hacer denuncia alguna, el bioquímico que hizo el análisis es amigo mío, él me explicó cómo funciona ese veneno en pequeñas dosis,  por favor dígame la verdad.
—Doctor, usted está loco. ¿Cómo me puede creer capaz de algo así?
—Por años soportó la maldad de Ignacia, y luego la muerte  de Soledad.
Al escuchar el nombre querido, pareció transformarse.
—¡Ella la mandó a matar! —Gina se puso  de pie, daba vueltas por la oficina— Soledad era un ángel, no merecía esa muerte  y todo por el maldito dinero, el viejo Murray dejó una herencia  para que  pudieran vivir como reinas, no hacía falta…— se largo a llorar.
Parecía que soltaba todo el llanto contenido…
—La única persona conocedora de las costumbres de la señora Murray, era usted. Yo creo que antes de retirarse de la casa, colocó en el botiquín  el remedio adulterado;  sucedió ahora, porque al salir de la cárcel, regresaron sus dolores.
Gina se recompuso, se puso de pie, lo miró de frente y le dijo:
—Si quiere hacer la denuncia, hágala; pero voy a negar sus acusaciones.
—Usted no me ha entendido, yo no la voy a acusar de nada, haré desaparecer este frasco y nada podrá inculparla. ¿Me entiende?
—¿Por qué haría algo así?
—Porque sé que ha sufrido mucho y seguirá sufriendo con la muerte de Soledad, hace tiempo me di cuenta de que la amaba. No soy ciego ni tonto y tengo buena memoria. Hice tantas cosas malas en mi vida, que bien vale que alguna vez haga algo bueno.
La tomó por los hombros y la acompañó hasta la puerta.
Gina se arrebujó en su abrigo, se alejó lentamente, mientras observaba; que el otoño había llegado  con demasiado frío este año.






Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa