lunes, 15 de septiembre de 2014

Una mujer diferente



Desde el primer día que te vi y a pesar de mi corta edad,  comprobé que eras  diferente. Las vecinas del barrio deben haber sentido lo mismo, porque  comenzaron a tejer historias sobre tu vida.
No soportaban tu sonrisa  a flor  de labios. Vivías como ellas en un barrio pobre,  donde la lluvia dibujaba lodazales en cada esquina y las casas bajas eran cuadradas como alguna mentalidades. Seguro que te molestaban los gritos de los chicos, que no perdonaban ni los  domingos. Sin embargo nunca protestabas, ni los corrias.
Las vecinas te espiaban escondidas tras las persianas, salías todas las mañanas y regresabas por la noche con la misma amabilidad, saludando a todos. Un día escuché a una de ellas decir:
-¿Pero a esta mujer nunca le duele la cabeza?
-Parece una muñeca, siempre sonríe –acotó otra.
-Si, pero de plástico, ¿Quién sabe a qué se dedica la mina esta? –sentenció la tercera.
Cuando el farmacéutico, el único soltero  buen  mozo que quedaba en la cuadra, comenzó a visitarte, ellas enfermaron de celos. El día que te vieron salir con él en su coche, la envidia las carcomió, esperaron hasta pasada la medianoche para verlos regresar.
Cada día, una de ellas visitaba la farmacia y dejaba su gota de veneno en los oídos del pobre hombre, inventaron historias que hasta el mismo García Márquez hubiera querido para sus novelas. Hasta que un día, él, dejó de visitarte. Cambiaste, ya no sonreías, tus ojos estaban siempre ocultos tras tus anteojos negros.
Los meses pasaron, vos te fuiste del barrio, al año siguiente, la farmacia cerró y según me contaron el farmacéutico se fue a Chile.
Ellas siguieron su vida de miseria, tan vulgares como los yuyos que crecen en el  cordón de la vereda.
Yo crecí, pero no olvide  tu cara ni tu sonrisa.

Por eso, cuando te vi paseando por la calle Florida,  con aquel  farmacéutico, me sentí muy feliz y ante la cara extrañada de los que iban y venían a mi lado, me largué a reír como una loca.



Cuento corregido y ya publicado. 


lunes, 8 de septiembre de 2014

Pequeños brotes.




 Imposible evitar el estremecimiento que  los recuerdos siguen produciendo en mí, despierto cada noche con  la ropa pegada al cuerpo y  la sensación de que la pesadilla renueva el drama.

Habíamos llegado a una  isla del Tigre, con mi amigo Sergio y dos compañeras de la facultad, Carla y Jimena, y las intenciones de divertirnos de cualquier forma.
Al recorrer  la casa de arriba abajo, llamaron mi atención dos escopetas y me dije que servirían  para nuestras aventuras; lo que nunca imaginé, fue que a partir de allí, mi vida sufriría un quiebre, y quedaría  marcada para siempre.
Era domingo y preparamos un asado que comimos a pleno sol; bebimos  como esponjas y luego nos sentamos bajo un sauce, mientras  el alcohol seguía de mano en mano. La conversación giraba de la política a los libros, las palabras brotaban en un sinsentido total, las voces subieron de tono y concluimos discutiendo. Me ofendía que no aceptaran mis conceptos, se burlaban de mí: al fin me levanté,  fui  a la casa y  regresé con una escopeta y les dije: “voy a matar conejos”. Sergio buscó la otra y con  ella al hombro  nos metimos entre los matorrales, las chicas nos siguieron. Los conejos no aparecieron, ni una miserable liebre se hizo ver, el alcohol nos hacía perder el equilibrio y cada tanto uno de nosotros caía entre los matorrales, mientras los demás festejábamos a pura risotada. Dos perros enormes  surgieron de pronto, salidos del  enmarañado bosque. A falta de conejos, apuntamos a los perros; el primero en disparar fue  Sergio, el animal cayó aullando,  el otro se nos vino encima y mis escopetazos lo hicieron saltar por el aire. Nuestra borrachera era tal, que seguíamos disparando y riendo,  mientras los animales estaban  muertos. De pronto una joven apareció frente a nosotros, miró a los perros y comenzó a gritar enloquecida, cayó de rodillas y los zamarreaba intentando darles vida. Nos miró, se puso de pie y nos grito: “Asesinos, hijos de puta” gritaba y repetía el insulto, una y otra vez. Sergio levantó el arma y disparó, Carla se fue sobre él tratando de evitar  el desastre;  demasiado tarde, la chica cayó  como una muñeca desarticulada sobre  sus perros. Jimena se acercó, le tomó el pulso y grito: “¡Está muerta!”. Sergio corrió hacia la casa y los tres lo seguimos, dejando a la piba y a los perros abandonados,  mientras el sol comenzaba a declinar en un cielo naranja y gris.
Llamé a mi viejo y nos dijo que limpiáramos la casa, para no dejar rastros de asado ni de nuestra  presencia.
La lancha del padre de Sergio nos vino a buscar.
Nuestros padres nos prohibieron  hablar del tema y nos sacaron del país, mi amigo rumbo a España y yo a Italia a casa de mis abuelos.

No he olvidado la cara de aquella chica, ni el espanto de sus ojos que me persiguen  cada noche; nada logra sacarme de la oscuridad, ni de las pesadillas, los siquiátricos en los que pasé buena parte de mis años, nada aportaron para darme luz. 
Aquella ilusión de llevar a término  la carrera de Letras se perdió como otras quimeras que intenté realizar.
Sergio abandonó  estudio, familia, su vida fue una sucesión de errores,  vencido por la droga y el alcohol. Carla y Jimena se esfumaron, a Carla me pareció verla hace unos años,  caminando por la Av Corrientes, traté de alcanzarla, su figura aparecía y se ocultaba entre el gentío que salía de la boca del subte; corrí, pero fue en vano, se evaporó ante mis ojos, como lo no vivido, como la juventud.




lunes, 1 de septiembre de 2014

El teatro.




No me hacía feliz la tarea que me habían encomendado, visitar  el teatro  Riera, encallado en un  pueblo de la provincia de  Buenos Aires.  Debía  sacarlo de circulación, según me habían dicho, era oneroso para la municipalidad.  La gobernación  intentaba recortar gastos  no quería hacerse cargo de él. Demasiado antiguo y demasiados problemas edilicios, así lo había declarado el Concejo Deliberante provincial en su última sección.
Sólo el intendente me recibió con una sonrisa, los empleados de la oficina municipal, me observaron con  gesto desdeñoso, yo era el monstruo que llegaba para devorar la joya antigua del pueblo.
El intendente me dejó en la puerta del teatro,  alegando una reunión muy importante, comprendí que no deseaba encontrarse con la directora, que sería la encargada de llevarme a recorrer las instalaciones.
La fachada  gris del Riera me predispuso mal, puertas remendadas,  veredas rotas y una nostalgia que se adivinaba en cada detalle. En el hall de entrada, una mujer de unos sesenta años  me esperaba me tendió la mano con gesto adusto.
—Soy Sarita Bermúdez Prieto, la directora del teatro.
Hizo una seña para que la siguiera; Sarita vestía con elegancia, estaba preparada para una noche de gala. En las paredes, los afiches descoloridos mostraban los rostros  de muchos actores del viejo cine: Tita Merello,  Sandrini, Sarita Montiel,  Aurora Bautista…. y otros arrumbados en la memoria del tiempo.
Mantenido con esfuerzo, el edificio del teatro no daba más,  el techo de chapa y sus molduras quebradas admitían que los días de lluvia el salón principal se convertía en un lago. Los camarines hacía tiempo no se usaban, en sus espejos manchados por la infiltración de agua,  nuestra imagen pareció retorcerse, salimos a los pasillos y allí las paredes descascaradas mostraban la triste sonrisa de sus ladrillos originales, el olor a humedad brotaba de ellos y me cerraba el estómago.
—El teatro tiene más de cien años, fue diseñado por un arquitecto alemán y construido con los mejores materiales del momento, su acústica es perfecta; El gobernador debería ayudarnos a mantenerlo…
La voz de la directora se quebró,  caminaba unos pasos adelante y trataba de ocultar su emoción, su figura por momentos se desdibujaba, mi estado nervioso  me afectaba la visión.
—Señora —le dije— mi tarea no es grata pero en mi informe dejaré constancia de sus palabras.
—Aquí actuaron grandes actores del cine nacional y del extranjero,  María Callas cantó en este escenario, también Beniamino  Gigli; el teatro Riera fue la vida de nuestra ciudad y con mucho esfuerzo lo mantuvimos en pie, pero ya no podemos más y por lo visto al estado provincial sólo le interesa el valor que puede redituarle el predio.
Íbamos recorriendo los pasillos que  llevaban al escenario, entre cortinados de terciopelo rojo con un olor agrio e indefinido, y en un momento me perdí.
—¿Señora…dónde está? —dije en voz alta.
No respondió.
Las luces comenzaron a titilar hasta apagarse. No me gustó, comprendí  que intentaban asustarme.
—Aquí estoy —dijo  la directora.
—Por lo visto la instalación eléctrica  funciona mal —le dije.
—No, la instalación es nueva, la que juega con las luces es Mariana, nuestro fantasma.
—¿Fantasma? —No me había equivocado, intentaba asustarme.
—En todo teatro  existen fantasmas, los actores no abandonan el lugar donde fueron felices,  existe una carga emocional muy fuerte, no sólo Mariana lo habita, hay tardes en que se escuchan murmullos de voces y risas que han quedado entre estas paredes.
—Señora yo no creo en esas cosas.
—Debería creerlas… — y su voz sonó burlona.
Volvió la luz. Seguimos recorriendo el teatro.
 —Los techos son un peligro —dije observando las chapas que asomaban— La mampostería no llega a sostener su peso.
La cara de la señora Sarita era de piedra, le pedí ver la parte de atrás del escenario, me di cuenta de que lo había omitido y quería saber el por qué.
Allí, las sogas que pendían entre los cortinados eran antiquísimas; maderas  arrumbadas y restos de butacas  dibujaban un paisaje de vejez y desidia. Una rata cruzó frente a nosotras, grité y di un paso atrás, tropecé con un listón   y caí pesadamente al suelo; me levanté y al intentar preguntarle a la directora por qué estaba tan abandonada esa parte del teatro,  nuevamente se había esfumado.
—Definitivamente, está mujer pretende espantarme —me dije.
Intenté salir de allí y no lo logré. Alguien me observaba entre bambalinas, intuí su presencia, el movimiento de los lienzos que colgaban del techo  me estaban asustando. Me perdí entre cucarachas, ratones y telarañas que daban al lugar un ambiente de terror.
—Señora Sarita —dije en voz alta. Su voz me llegó lejana.
—Siga adelante y doble a la derecha.
Obedecí y, sin saber cómo, me encontré en el escenario. Desde allí, las butacas vacías daban tristeza.
En la entrada a la sala, una mujer alta de cabello canoso me hizo señas con la mano.
—¡Hola! —me dijo y se acercó.
Bajé por una escalera del costado y me acerqué a ella, era tan delgada que murmuré entre dientes: Lo único que me falta es que sea el fantasma del teatro. La mujer llevaba un equipo de gimnasia Adidas, demasiado moderna para ser un espectro.
Sonriente, extendió su mano y me dijo:
—Hola, usted se adelantó a la cita, me dijeron que llegaría a las diez de la mañana…soy Juana Calvo de Aranguren, la directora.
Creí que me desmayaría en ese mismo momento.
¿Con quién  había recorrido el teatro?
No dije nada de lo sucedido, la directora se burlaría de mí y en tono casual comenté:
—Tenía entendido que la directora se llamaba Sarita Bermúdez Prieto…es el nombre que me dieron en la gobernación.
—Ah  cómo  se nota que en la gobernación no nos tienen en cuenta — expresó sonriente—   seguramente ni han renovado nuestro historial,  Sarita fue  directora hace sesenta  años…




martes, 26 de agosto de 2014

Un viejo amigo





Un libro viejo, viejo por edad de impresión, pero el interior, a pesar de haberlo leído hace muchos años, sigue actual. Cuánto nos dice cada palabra, cada situación que se narra. Historias, costumbres y vida, siempre la vida deambulando entre las páginas de los libros, con su carga de alegrías, tristeza y sentimientos. Hoy no les dejo un cuento, les regalo cuatro frases del libro de Ray Bradbury, “El vino del estío” el primer libro en que este autor no habla del futuro, recuerda su pasado, es de esos libros que no se olvidan y a los que como a un viejo amor, siempre se regresa.


“Alzó una cucharada de helado coloreado por la luna, como si fuese a saborear cuidadosamente el máximo secreto del universo.”

“Si uno cerraba los ojos y apoyaba la cabeza contra el piso, podía oír esas voces antiguas como un terremoto distante, incesante”.

“Había tanto silencio en el pueblo, que los arboles con su copa sostenían las estrellas y sólo se oía el chirrido de los grillos.”

“Esa senda era una enorme serpiente de polvo que llegaba al invernadero, donde vivía un invierno de días amarillos.”




martes, 19 de agosto de 2014

Historia de un puñal.




La historia me la debe haber contado alguna de mis tías, de las que heredé  la imaginación y el placer  por el misterio. No la creí realmente, la consideré  otra de esas leyendas que se inventan en las familias  en alguna noche de frío y lluvia, propia de los tiempo en que no existía la televisión, ni facebook  y  que los años van  guardando en el fondo de nuestra memoria y allí quedó, hasta hace unos días.
“Un  lejano  pariente, fue protagonista  del suceso. Ramón llegó de España allá por 1920,  con diecisiete  años y muchos sueños.  Entró a trabajar como peón en uno de los stud del bajo Belgrano.
Se enamoró de la esposa de su patrón, llamada; Joaquina,  ella era muy bella y nunca sospechó la pasión que desató en el joven. Él la miraba de lejos cada vez que ella llegaba  a las oficinas de su esposo, Ramón admiraba su andar lento, su elegancia. Y entre tantos dones, había una mancha que afeaba los ojos de la mujer; era  muy celosa y tenía  motivos. Loyola, el marido,  era un pirata al que le gustaban las mujeres del bajo fondo. Era un tipo inteligente para los negocios y tonto en  cuestión de polleras, las mujerzuelas lo  visitaban en el stud, y con solo verlas,  ya se sabía a que venían. Una tarde Joaquina llegó sin avisar, el cochero la dejó en la puerta y esperó, como siempre. Ramón que sabía lo que estaba sucediendo en la oficina del patrón e intentó  detenerla, mostrándole el nuevo potrillo que habían traído esa mañana, no lo logró, ella algo presentía, ya que  siguió su camino  sin escuchar a Ramón.
Entró en la oficina.  Ramón observaba desde lejos y presintiendo el drama que se avecinaba. Vio salir a la  prostituta con el cabello en desorden  y  el  paso apurado, su figura  se perdió  por el pasaje  Blandengues. En la oficina, durante  unos minutos se escucharon gritos,  luego silencio.
Ramón temeroso, se acercó.  Por la  puerta entreabierta,  vio a Joaquina de pie con un puñal corto en la mano, entró. Ella parecía atontada, sollozaba muy quedó, la tomó del brazo, le quitó el puñal, lo limpió con  la camisa de Loyola que se retorcía en el piso y  lo guardó  dentro de la ancha y negra faja, sólo el mango de plata labrado con círculos, asomaba en la parte de atrás de su cintura. Empujó a la mujer  hacía afuera y la llevó hasta el coche. Regresó a la oficina, Loyola ya no se movía  y dio aviso a los demás peones. Dijo que lo encontró solo y mal herido. Horas más tarde,  Loyola fallecía en el Hospital Pirovano.
Nunca se encontró el arma y por el comentario de los integrantes del stud, varias prostitutas fueron detenidas  y al no hallar pruebas quedaron en libertad”.  

Hasta allí la historia  que  fue transitando por varias generaciones de mi familia y  a la que creí un cuento chino, según me dijeron, los descendientes de Ramón, ocultaron el puñal durante generaciones, hasta que al fin se perdió su rastro.
Hace unas semanas al vaciar la casona de los abuelos, que iba a ser derruida, la  historia renació.
En el fondo de un baúl apolillado por la humedad y los años,  encontré una caja con un puñal corto, en el brillo de la hoja pude ver mis ojos asombrados, mientras mis manos acariciaban los círculos labrados del mango de plata.



martes, 12 de agosto de 2014

Lluvia en la ventana.



Se cumplen cien años del nacimiento de Julio Cortázar y cincuenta de su mayor obra; “Rayuela”.
“Lluvia sobre la ventana” intenta ser un humilde homenaje a su autor y a tan bella obra.





El tiempo ha pasado y de París y de Horacio Oliveira, me ha quedado sólo  el recuerdo de su paso por mi vida, años locos, vividos con intensidad. Lo conocí en una de las tantas reuniones que se realizaban en el bar del griego, un local con intenciones de confitería fina, que nunca llegó a serlo. Se armaban mesas de discusión sobre cualquier tema, la independencia de Argelia era casi un hecho y nosotros  dejábamos caer opiniones con la inconsciencia del que no vive en la opresión y habla por hablar. Sartre era una utopía con sus frases memorables que deshilábamos,  palabra a palabra, letra a letra y entre esa locura, ella, La Maga, estaba siempre presente,  pegada a Oliveira, mirándolo con la adoración de una mujer enamorada.
Algo sucedió entre ellos de lo que no me enteré. Debí viajar a Buenos Aires y al regresar, La Maga ya no estaba con Horacio, había desaparecido de su vida.

Las calles parisinas se convirtieron en una pasión para Horacio, las recorría buscando a su amor, era un loco más  en el camino a  la felicidad.
Alguna tarde al encontrarlo, sólo hablaba de ella:
” ¿Y por qué no, por qué no voy a  buscar a la Maga? La lluvia en la ventana parece decir su nombre  con el repiqueteo del agua sobre  el vidrio y entonces me desespero y salgo a recorrer las calles y grito su nombre y sólo escucho la lluvia. Tantas veces me había bastado asomarme  por la rue de Seine y llegar al arco que da al Quai de Conti, para ver  la luz de ceniza y oliva que flota sobre el río, y desde allí la veía llegar,  su silueta delgada se destacaba en el Pont des Arts y nos íbamos por ahí, a la caza de sombras, a comer papas fritas, a besarnos junto a las barcazas del canal Saint-Martin. Con ella yo sentía crecer un aire nuevo, los signos fabulosos del atardecer o esa manera como las cosas se dibujaban cuando ella iluminaba todo con su sonrisa”.

Pero La Maga nunca apareció y  Horacio  se transformó en una sucesión de quimeras rotas e ilusiones pedidas.  Como La Maga, él  se perdió de los bares parisinos, quién sabe en qué ruta o tal vez, sin que nosotros lo supiéramos, ellos, sí,  se encontraron y son seguramente  alguna de esas parejas, que eternamente jóvenes  pasean  todas las tardes a orillas del Sena.



martes, 5 de agosto de 2014

La escalera.



No es que la casa de la abuela Lola me diera miedo, lo que despertaba mi inquietud  era  la oscura escalera y ese crujir de la madera que igual  a un gemido anunciaba mi paso.
Cada vez  que a escondidas de los mayores intentaba  subir al primer piso, algo sucedía, la voz de la abuela quebraba el silencio  y no dejaba que llegara  ni al quinto  escalón. 
Alguna vez lo logré. Sin que me vieran escalé esa montaña misteriosa, y fueron mis piernas las que temblaron  cuando la puerta del primer piso se abrió sola  y una luz descolorida se asomó como un rayo de abanico. Temblé. Una enorme sombra apareció  reflejada en el pasillo y allí quedó mi coraje de explorador, bajé temblando  y  con la camisa pegada a mi pecho.
Cuando  preguntaba; ¿Qué hay en el cuarto de arriba? La respuesta de los abuelos  era la misma: “Eres muy curioso.”
¿Quién o qué era esa sombra? ¿Por qué tanto misterio?
No volví a preguntar.

Una tarde mi madre y la abuela salieron. Mi padre y mi hermano habían ido con el abuelo a ver un picadito de futbol en la cancha del barrio. Un  dolor de cabeza y algunas líneas de fiebre me obligaron a quedarme en cama.
No había olvidado mi instinto  expedicionario de misterios ocultos. Cuando todos  salieron emprendí la tarea. Los peldaños crujieron  uno a uno,  los dos últimos  fueron difíciles de ascender,  mis piernas parecían de piedra. Nuevamente la puerta se abrió y la sombra se proyectó en el pasillo. Entré.
Una voz grave  me saludó:
—Hola Santiago.
El espanto me hizo retroceder, sólo atiné a bajar los escalones de  dos en dos. Entré  a mi cuarto, cerré  con llave, no podía dejar de temblar;  en un principio de  terror  me metí en la cama y me cubrí hasta la cabeza.
Cuando desperté, mi madre estaba a mi lado, muy pálida.
Intenté contarle lo que había visto en la habitación del piso superior  y no pude, las  imágenes  con resplandores de sueño  se cruzaban y algo siniestro  que no sabía definir flotaba en mi mente.
Cuando al fin pude expresarme, nadie me creyó. Dijeron que había sido producto de la fiebre. Para tranquilizarme mi padre fue al piso superior y no encontró nada que se pudiera presumir como extraño. Sólo los abuelos me miraron diferente y en ese momento un frío glacial me heló la sangre.

Días después regresamos a Buenos Aires, al despedirnos en el parque no pude evitar  que mi ojos volaran hacía  la ventana  de aquel cuarto. Y entonces confirmé  que mi terror no lo había causado  la fiebre.








Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa