viernes, 17 de mayo de 2013

El tranvía.




Amanecía  domingo, ni un transeúnte  bajo la llovizna,  el barrio disfrutaba su modorra  de día de fiesta. Un coche cruzó  salpicando el asfalto y a lo lejos resonó un ladrido de perros que  pareció sacudir mi andar cansino.
El tintinear de una campanilla me llegó lejano. Se fue acercando, hasta escucharlo a pocos metros. Me volví y la sorpresa se me hizo nudo en la garganta. Era un tranvía que con  su amarillo descolorido avanzaba sobre los rieles que brillaban en la calle mojada.
Se detuvo en la esquina. El guarda me hizo señas. No lo pensé y de un salto estuve arriba. Al sentarme las maderas del asiento crujieron, miré a mi alrededor,  era el único pasajero. Me emocionó volver a viajar en él y recordé mis primeros años, en los que mi madre y yo subíamos en el tranvía 56, que venía por Ayacucho y pasaba por la puerta de mi casa. En Las Heras y Uriburu, saludábamos al agente de policía que desde su garita nos sonreía. El recuerdo fue tan nítido que hasta el perfume a rosas de mi madre pareció acompañarme.
La lentitud del tranvía  lograba que las calles parecieran  otras. La avenida  Triunvirato se iba anchando, hasta que llegamos a la subida de la estación Urquiza.  Cruzamos las vías, me puse de pie y avisé mi descenso, el guarda se llevó la mano a la visera a modo de saludo y  bajé. Se había largado a llover.
Quedé de pie observando cómo se alejaba, hasta que el sonido de su campanilla no se oyó más.
Le comenté a mi hermano y su respuesta me dolió.
—Seguro que te emborrachaste y viste visiones,  a ver decime ¿por qué  riel venía el tranvía? si ya no existen en las calles de la ciudad. ¿No entraste  en la dimensión desconocida?
No le respondí.
Desde otro cuarto mi madre me llamó:
—Nachito…
Me acerqué, la vi tan viejita, tan diferente a mí recuerdo...
—¿Estaban hablando de tranvías? —preguntó.
Asentí con la cabeza.
—Qué casualidad, anoche soné que viajábamos juntos, vos y yo en el tranvía 56, el que pasaba por casa y que nos llevaba hasta tu escuela  y al pasar por la garita del policía, que estaba en la esquina lo saludamos desde la ventanilla, luego nos bajamos y corrimos  porque llovía… fue tan real que al despertarme, no me vas a creer…o vas a pensar que son cosas de vieja… encontré  mi pelo  mojado… 






viernes, 10 de mayo de 2013

Poema sin nombre.





Ella pasa  cada  tarde

cargando la mirada impía de los vecinos.

Retazo de vida que se va deshilachando,

burbujeando  en la prisión de una copa,

o en las manos húmedas

del último cliente.

Fluye la dulzura en su mirada triste,

la ilusoria suerte, le borró las quimeras

y sus sueños quedaron  rotos,

cristales de luna que se llevó el tiempo.

Sin embargo, alguna ilusión le queda,

de su vano destino,

mujercita  oscura, menuda y frágil.

Una esperanza chiquita,

juega en su  memoria,

aquella  historia  de la abuela tana,

de la Violetta que se redime por el amor de Alfredo,

la carga en la mochila de los sueños

y quién sabe,

si en el laberinto  de sus noches

entre esos rostros vacios  acierte  el amor.

Y cambiara la historia,

y Violetta y Alfredo

se salvarán los dos, salvando la esperanza.




martes, 7 de mayo de 2013

La señorita Herminia


Muy pocos vecinos conocen  a la señorita Herminia. La anciana vive encerrada, sus días circulan en una casona  rodeada de jardines. Sólo Tomasa, su empleada, una mujer flaca de ojos tristes  es su compañía.
Todo parece un misterio a su alrededor, algunos vecinos se asoman sobre la tapia para fisgonear sus movimientos y solo ven una bruma gris que la aísla  del vecindario.  Muchos suponen que su misteriosa vida se compone de secretos oscuros, otros  la consideran una bruja, todas son imaginaciones del populacho.

Al atardecer cuando los rayos de luz se duermen en el horizonte, Tomasa cierra puertas y ventanas, todas, menos una, para que el aire de la noche riegue la casa con su aroma de pinos y romero.
Herminia sube a su cuarto, se quita la ropa, se pone un camisón y espera sentada en la cama, que Tomasa llegué con su libro y  lea  alguna historia de príncipes  y damiselas encantadas, que pierden zapatitos de cristal en cualquier calle o escalera. Cuando los ojos de Herminia se cargan de sueño,  se desliza suavemente,  hasta quedar dormida y su mundo  de relatos sigue viviendo en su mente con la fuerza de su imaginación.
Tomasa sube a su habitación del altillo y agotada se duerme.

Una hora más tarde, algo sucede.
Estrellas chispeantes entran  por la única ventana abierta, luces de varios matices remontan la escalera  en total silencio. Asaltan  las cortinas que elevan  vuelo sin que brisa alguna transite por allí  y dibujan colores  entre los vetustos muebles  que parecen rejuvenecer a su paso.
Lentamente se abre la puerta de entrada, escapaban las luces  y con ellas,  sale una joven mujer vestida con un vestido rojo  y tacos  altos, llega hasta  la calle y avanza hacía la avenida moviendo sus caderas mientras su larga melena  oscura  oscila con su movimiento.  A su paso, su  perfume francés  despierta  a  las rosas que   palidecen  de envidia.

Antes que salga  el sol, ella regresa, se quita los zapatos, los deja en la puerta y en puntas de pie entra en la casa.

Por la mañana al salir a buscar el diario, Tomasa se pregunta  ¿quién será  el bromista que cada mañana deja un par de calabazas  en la puerta de entrada?

martes, 30 de abril de 2013

El reflejo.




Esa mujer otra vez.
Me observa desde la puerta del bar. Hay algo en ella que me confunde, deben ser sus ojos, me resultan conocidos, pero no sé de dónde me llega el recuerdo.
 Desde hace varias semanas, cada noche, parece vigilarme. A veces se  acerca murmurando palabras sin  sonido, sólo veo su boca moverse.  Su aspecto es el de una mujer perturbada. Será  su ropa o ese olor a humo que se desprende de ella, pero  con sólo verla me repugna.
Hoy su audacia llegó al límite de mi paciencia. Yo estaba en el bar, esperando buena compañía y ella se sentó a mi lado.  Desde una de las mesas, el morocho de la otra noche me hizo señas para que lo acompañara. Me puse de pie para  acercarme  cuando la vieja,  en el colmo de su estupidez,  me agarró del brazo y me dijo: “No bebas más, ya no te mantenés en pié.” Mis hombros y mi cabeza se irguieron con furia y le dije: “¿Y a usted qué le importa?” Intenté  zafar de su mano y ella siguió: “Estás muy borracha,” dijo. No me soltaba. Levanté el brazo y en el impulso por desprenderme de su garra, trastabillé  y caí redonda al suelo. Todos me miraron, se reían, el morocho avergonzado se levantó y se fue. Alguien me ayudó y me acompañó  hasta la puerta. Recorrí una cuadra o dos, no sé. Me senté en el cordón de la vereda. Las lágrimas rodaban por mi cara, no lograba vencer el río de furia y alcohol que me subía desde el pecho y se desarrollaba en un llanto inagotable.
Perdí la  noción del tiempo. Al reaccionar la vi parada frente a mí, tan andrajosa y maloliente como siempre.  “¿Qué querés perra de mierda?” exclamé.  No respondió, sólo me miraba. ¿Quién sos vieja sucia? La rabia se hacía dolor en mi  pecho y ella seguía imperturbable con  su mirada acusadora.  Por tu culpa me perdí al morocho, le dije,  sabés, la última vez, por dos horas me dio quinientos pesos. Ella  no se movió, le pregunté: “¿Qué querés de mí?”  Se acercó y con una voz que me pareció conocida,  habló suavemente: “Quiero que dejes la vida que llevás, no sólo sos una alcohólica, ahora sos puta”. Me puse de pie, con intenciones de romperle la cara de una trompada… y algo me detuvo, sus ojos claros  y esa cicatriz en la barbilla. Me toqué la cara era mi cicatriz, eran mis ojos celestes. “¿Quién sos, vieja podrida?” Pregunté.  ¿No lo adivinás?  Me miró con lastima.
Soy tu reflejo, respondió.

lunes, 22 de abril de 2013

A orillas del lago.

Lago Lacar. Prov de Neuquen.





De pie frente al ventanal Valeria observa la nieve, el viento juega con ella formando remolinos, la eleva y la deja caer. Es un paisaje hermoso,  los pinos con sus ramas dobladas por el peso de los copos, y más allá, el lago Lacar, es una seda celeste, lo mira y sonríe recordando la leyenda que Mario le había relatado. “Un cacique indio había sido condenado por sus maldades a navegar  el lago, por siempre sobre un tronco, con nieve o con sol”.

La cabaña guarda en cada rincón, imágenes, recuerdos, al despedirse  juraron encontrarse cada 1º de  agosto en el mismo lugar. Ella cumplió,  él no ha llegado. Ningún aviso  que explique su ausencia, nada, como si lo hubiera tragado la tierra. Valeria  recorre  la casa, observando que todo esté en orden. Sus pensamientos la inquietan,  en el último tiempo, su vida ha sido  como la nieve a merced del viento, vuelos vertiginosos para al fin caer de nuevo.
¿Le habrá sucedido lo mismo a él?
Enciende un cigarrillo. Se sirve una copa de licor, piensa que  debe olvidar y rehacer su vida; sabe que esos argumentos ya los ha meditado muchas veces  y no causan en ella la menor convicción. Sentada en el sillón se duerme, la imaginación la lleva, vuela sobre los campos  blancos y al descender a orillas del lago  el remoto grito de un ave le anuncia que alguien ha llegado a la casa. Corre…
Todo es un sueño y al despertar  sigue sola.
No va a esperar más. Cerrará la casa y regresará a Buenos Aires. El próximo año al llegar agosto volverá, como siempre en los últimos diez  años…


martes, 16 de abril de 2013

Corre amor, corre.


Qué miraran tus ojos tan lejos de los míos,

tal vez sin temor al sufrimiento,

buscarás otro amor.

No te culpo,

ya no hay palabras que nos unan

sólo recuerdos,

y arcano, 

cada tanto aparece, 

juega y nos deja una lágrima,

escondida en el bolsillo de la camisa.

Qué mirarán tus ojos,

desde que tren azul,

te asombrarás,

frente a pueblos blancos

bordados en la punta de un pañuelo.

Corre amor, corre

y no regreses,

tengo miedo que al verte

tu sed y la mía, se encuentren

y el oasis pierda su verdor.


martes, 9 de abril de 2013

El vuelo de la mariposa.



El día despierta  reflejando su luz sobre las hojas de los  ficus y  se filtra por la ventana de la cocina. El agua para el té hace minutos que hierve  y ninguno de los dos, ni Marcos ni su madre se han  dado cuenta.Marcos respira hondo...
El  dolor  late desde el centro de su  espalda, y trepa como una raíz  hasta su nuca.
—Por Dios ya no lo soporto  —la voz  suena  pastosa—  ha vuelto a resonar,  tam tam tam rataplam…
Sus ojos  se cierran acosados  por  la fiebre y si intenta abrirlos, todo a su alrededor  cambia, hasta la imagen de su madre se ve distorsionada.
Ella prepara el té y dice tímidamente:
—Debemos hacer lo que dijo el doctor Racedo, pedir turno con  el neurólogo que nos recomendó.
—Mamá vos no entendés, hace seis meses que vivo en esta locura—Marcos se agarra la cabeza con las dos manos, apoya los codos en la mesa, como si con ese gesto se aliviara—  ya pasamos por varios médicos y ninguno encuentra solución.
—Pero tiene que haberla —dice su madre con fuerza.
—¿Dónde mamá… dónde…en las velas que encendés cada mañana?


Las cinco de la tarde.  
Cai-yan regresa del colegio.
Las calles angostas de Ningbo parecen estrecharse más aún  al llegar al final  del empedrado. La casa rodeada de cañas de bambú, es la primera sobre ruta de tierra y arena que desciende ondulante y  termina en el río.
Cai-yan deja sus cuadernos sobre la mesa, saluda a su madre con un beso y va en busca de su tambor.  No lo encuentra.  Llama a su mamá y  pregunta, ella no responde, mira al perro. Cai-yan  comprende, corre hasta el fondo de la casa. Allí están los  restos de su tambor.  Por qué, pregunta y la cola en movimiento de su Cuzco le da la respuesta.  


El  día  amanece con sol, el otoño parece haberse quedado dormido, Marcos mira a su madre que prepara el té y le dice:
—No puedo creerlo, la primera mañana en meses sin el  tam tam… en mi cabeza, hasta tengo ganas de cantar.



El aleteo de las alas de una mariposa  puede provocar una tormenta  al otro lado del mundo.
Proverbio  Chino.







Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa