domingo, 30 de agosto de 2015

Sin final posible.



El móvil vibró en el bolsillo de su abrigo, lo había programado para que anunciara minutos antes  la media noche. La luna  se ocultaba por momentos. El pueblo  era todo silencio,  una luz plateada vestía  las veredas. Hacía frío, un frío que se metía como aguja entre la ropa y le llegaba a los huesos.
Apretó el paquete  contra su pecho. Le había puesto tanto papel que había duplicado su volumen. 
Cada tanto creía escuchar pasos,  giraba la cabeza presintiendo que alguien la seguía y comprobaba que era su imaginación.  Al cruzar una calle, vio una sombra  que se acercaba.  Era un hombre que caminaba  pegado a la pared y silbaba bajito un tango,  cruzó frente a ella y siguió de largo sin mirarla. Respiró aliviada. 
El paquete era liviano, pero los brazos le dolían, era la tensión con que lo estrujaba.
Faltaba poco para llegar. El cielo se fue cubriendo de nubarrones, la luna quedó oculta y las calles se perdieron tras una bruma gris.  Dios quiera que no llueva, dijo entre dientes. Cruzó la avenida del puerto.  No había nadie en la costanera, caminó por el muelle que se adentraba entre olas furiosas. Gotas finas le mojaron la cara.  Es su celular, faltaban cinco minutos para la medianoche. Espero. Un minuto más… otro…ya era la hora. Respiró hondo. Alzó el paquete y con fuerza lo arrojó,  las aguas  se abrieron  con un chapoteo apenas visible. Lo vio flotar hasta que las olas lo envolvieron y desapareció de su vista. Un alivio infinito le aflojó el cuerpo.
Retomó las mismas calles, sin apuro. La tensión había dejado sus miembros doloridos, sin explicarse por qué, comenzó a llorar. ¡Qué tonta que era!  ¿Por qué lo hacía?  Si al fin se había librado de ella y sus maleficios. Demasiadas desgracias para tan corto tiempo.  Un sonido agudo le llegó lejano, luego más cerca, se detuvo. Lo volvió a oír, ¿una risa? Miró a todos lados. Nada. Una sombra se elevó en una esquina. Seguro son las ramas de los árboles que se agitan, se dijo,  y la luz de la calle les da formas inquietantes.
Su madre decía que ella era muy imaginativa. Pobre mamá, pensó,  es tan inocente nunca se da cuenta de nada.
Ella sabía que  las extrañas vivencias del último año, no fueron obra  de  su imaginación. Su mundo pequeño, esa familia de juguete que eran su madre y ella, había cambiado desde que esa muñeca de trapo entró en la casa. Intentó apurar el paso, el viento era helado y una llovizna fina comenzó a caer, se arrebujó en el abrigo. 
Abrió la puerta de calle, el pasillo  estaba a oscuras.  De su habitación  se filtraba un rayo de luz por la puerta entreabierta.  Encontró a su madre sentada en su mecedora,  se movía rítmicamente.
—¿Mamá qué haces levantada?
—Escuché llorar a Pepona y vine a acunarla —dijo mientras levantaba en sus brazos  a la muñeca de trapo.







domingo, 23 de agosto de 2015

El día menos esperado.


La mujer policía me puso las esposas, me tomó del brazo y expresó con voz ronca:
—Vamos a dar un paseo  Martínez.
 En una oficina, la oficial firmó algunos  papeles y salimos. Se nos acercó una agente de civil. Subimos a un móvil policial y vi que otro nos seguía de cerca. Un día radiante me abrió los brazos y el calor del sol me besó la cara.
La calle era una marea de personas y árboles que caminaban apurados, me mareaba su visión  y bocinazos, muchos bocinazos.
Llegamos a una casa antigua. La policía  no me soltaba el brazo, cruzamos  un pasillo de baldosas acanaladas, tan viejas que el  color se había fugado con los años y el sol.
Entramos a  un salón amplio, un escalofrío me recorrió la espalda, dos señores y una mujer nos esperaban. Uno de ellos se adelantó, destacando su  figura imponente.
—Soy el fiscal Malabia  —dijo.
Señaló a la mujer y al otro hombre.
—La doctora French y el detective Garmendia.
Ellos no hablaron, ni  sonrieron,  recibí de sus ojos, una caricia fría como un tempano.
—¿Reconoce la casa Martínez? —preguntó el detective, un tic en el ojo derecho le daba un gesto burlón.
Negué con la cabeza. La policía  que me llevaba del brazo me soltó, pero no me quitó las esposas. El fiscal me dijo  que recorriera la casa. Atravesé una puerta, era la cocina.  Había desorden,  platos con restos de comida en la pileta. La mesada cubierta de servilletas y botellas.
—¿Qué le parece? —preguntó la doctora French.
—Me da asco —respondí.
Intenté salir y el fiscal cerraba con su amplia figura la puerta. Se corrió.
Subí al primer piso, ellos detrás.  Entré  a un dormitorio.
—Observe  Martínez —dijo French— ¿Reconoce algo?
Garmendia  no me quitaba los ojos de encima.
Al piso de madera lo cubría un polvo gris y sobre la cómoda una sucesión de frascos se amontonaba sin orden. La cama deshecha, dejaba imaginar que alguien había vivido una pesadilla entre sus sábanas, una almohada asomaba por debajo del lecho. En la pared de la cabecera, la pintura de una mujer  desnuda recostada en un sillón, sonreía sin pudor ofreciendo su morena belleza a los ojos de los visitantes. A un costado, otro desnudo, esta vez  una mujer rubia, de espaldas y  junto a una ventana.
—Esa mujer es usted Martínez. —afirmó el fiscal.
Lo miré incomoda  y pregunté fastidiada:
—¿Qué dice?
—Esa pintura de la mujer frente a la ventana; es usted.
—Esa no soy yo. ¿Usted me vio alguna vez, desnuda y de espalda para afirmar que soy yo?
Las policías sonrieron y Garmendia miró para otro lado. La doctora French exclamó:
—No sea  soberbia Martínez que no está en posición de serlo. Esa mujer tiene su altura,  el mismo corte y color de cabello  y la contextura física es igual y no se olvide que uno de los vecinos la vio entrar el día de la muerte de Petriel y dentro del horario en que los forenses calculan su muerte.
Volví mirar detenidamente el cuadro.
—Doctora esa mujer tiene caderas mas  redondeadas que las mías, digamos que hasta tiene algunos kilos más y hay otro detalle…
Hice silencio para crear expectativa. Todos me miraron.
—Yo no sé quién era Hans Petriel, lo conocía de vista ya que vivo a dos casas de aquí.  Por lo que puedo observar era muy buen pintor.  La rosa en el pelo de la mujer morena es tan real que se reconoce el terciopelo de los pétalos. ¿Usted cree que un pintor tan observador dejaría olvidado un detalle importante?   
—¿Qué quiere decir’ —exclamó el fiscal que  comenzaba a moverse muy inquieto.
—Debajo de mi cintura del lado derecho tengo dos lunares muy  visibles… ¿Si yo soy esa mujer, por qué Hans Petriel no los pintó? Ustedes se han dejado llevar por el comentario de un viejo aburrido que vive imaginando  y hablando mal del vecindario. Nunca he tenido trato con el señor de esta casa, ni sé quién lo mató.
La doctora French se acercó, me levantó la camisa y bajó la cintura del pantalón. Como dos monedas de cinco centavos aparecieron los lunares.

Días después el detective Garmendia pidió hablar conmigo en la hora de visita.
—Va a quedar en libertad señorita Martínez, no tenemos pruebas en su contra, sólo las palabras del anciano. El fiscal comprobó que a la hora en que él la vio entrar; ya era de noche y que el hombre  tiene mala visión. Cualquier abogado defensor tiraría nuestra hipótesis por el suelo. Va a quedar libre  Martínez, pero un pálpito me dice que fue usted. La delató su gesto al mirar la cama en desorden, su cara se crispó y volvió a crisparse al mirar la pintura de la cabecera, usted sabia que esa mujer morena era la esposa de Petriel —se puso de pie y dijo— No me voy a quedar tranquilo, siempre alguna prueba surge en el lugar menos esperado, ese día iré a buscarla, estoy  seguro que fue usted.
No dijo una palabra más, su ojo derecho me saludo con su guiño burlón y se fue.
Dos semanas más tarde regresé a mi  hogar.
La casa me resultaba enorme, varios meses  lejos de mis rincones, de mis libros, hasta de las plantas que sufrieron mi ausencia, la mayoría se secaron  y todo por el comentario de un octogenario que sólo sabe espiar detrás de los visillos. La policía científica dio vuelta  mi casa, gracias a Dios no revisaron dentro de la chimenea.
Desde un hueco interior quité la caja de madera, la abrí, una a una las cartas temblaron en mis manos. Encendí  el fuego y las fui reduciendo a cenizas.  De un sobre, cayó una foto de Hans sonriente.  En la blanca hoja, su letra de garabato me decía; “No me mandes email, ni me visites, cualquier detalle puede hacer que los conflictos con mi ex mujer se agraven, vigila mis mínimos movimientos.”  Sonreí, nuestros encuentros  terminaban siempre en algún hotel perdido, eras temeroso  de que alguien te reconociera. Miré la imagen.
“Aquel día fui por primera vez a tu casa, necesitaba explicaciones, te había visto pasar abrazado con tu ex y me habías jurado que nada había entre ustedes, fue otra de tus mentiras. Esperé la noche. La puerta estaba sin llave, entré y te sorprendiste al verme. Me pediste que me fuera, no me dejabas hablar. Mañana nos encontramos en el barcito frente al río, me convenciste. Al llegar a la puerta una  duda me hizo coquillas en la piel. Había nerviosismo en tus ojos y mirabas con insistencia al piso superior, imaginé que allí estaba ella. Subí. En el dormitorio encontré una nueva sorpresa, no era tu ex, era otra, una desconocida.  Dormía profundamente, tan bella y tan joven que sentí pena por ella y por mí. Respiré hondo e intenté bajar la escalera, te pusiste delante diciendo que debíamos hablar, que las cosas no eran como yo las veía. Rabiosa de celos, y sin rumiar las consecuencias, te empujé. Caíste de espaldas por la escalera, en el descanso tu cuerpo dio una vuelta y rodó hasta el primer escalón y con tal mala suerte; tu cabeza se estrelló contra la maceta.  Escapé”.
Recordé a Garmendia y sus palabras que sonaron como una amenaza, no me extrañaría verlo aparecer el día menos esperado... 
Arrojé la última carta y la foto, vi como la cara se distorsionaba al calor de las llamas.
 “Adiós mi querido amor. Eras un perfecto mentiroso y un gran pintor, sin embargo, tu error en aquel  lienzo en el  que me  pintaste de  memoria me salvó la vida.”
Me acerqué a la ventana, la cerré, del río comenzaba a llegar un viento helado.




domingo, 16 de agosto de 2015

Desde el piano.




La lluvia de aquella tarde me obligó a  refugiarme en  un bar, cuya fachada poco atrayente me intimidó; pero afuera llovía a cantaros y era el único lugar abierto en aquel domingo destemplado. Tomé asiento y en seguida llegó el mozo. Había varios parroquianos que me observaban indiscretos y con mirada torva.  El café era bueno, lentamente lo fui saboreando, mientras observaba a los personajes que habitaban aquel lugar salido de una película de misterio. Las paredes oscuras mostraban fotos de Italia, puertos, montañas; era el único decorado a la vista.

Cerca de la puerta de entrada, tres hombres  discutían sobre fútbol, sus voces se elevaban con palabras soeces y risotadas. En otra mesa un joven bebía en silencio  su cerveza, y no quitaba sus  ojos de la mujer rubia que atendía la caja. En  el otro extremo del bar, un piano y un hombre vestido con un traje azul,  en el cual la mano del tiempo había dejado el sello de su paso. Llamó mi atención su inmovilidad; el cabello largo y descuidado  le caía sobre la cara y no me permitía ver sus facciones. Buscaba algo en el fondo de un vaso de vino que bebía a pequeños sorbos y por momentos murmuraba palabras  en un dialecto italiano e  incomprensible. No podía dejar de mirarlo. El humo de los cigarros fue dando al bar un color ilusorio, afuera había oscurecido, adentro la poca luz, acentuaba un ambiente  irreal. El hombre del vaso de vino movió sus manos, masajeó sus dedos y comenzó a acariciar las teclas. Surgieron  las notas de “Caruso,” Mientras el silencio fue cubriendo el bar, estábamos atentos al pianista. Era el dolor de la música que se alzaba desde el piano; ni el sonido de un suspiro quebraba el aire, cuando la voz se elevó con un tono emocionado.

“Te voglio bene assaire
ma tanto tanto bene sai
è una catena ormai,
che scioglie il sangue dint` vene  sai…”

Piano y cantante flotaban amalgamados entre la bruma del bar, rebosaba tanto sentimiento en esa voz que pude ver el mar reluciendo bajo la luna, las luces de los barcos que se aproximaban a la playa y la ciudad de Sorrento esfumándose como un sueño ante mis ojos entrecerrados.  Me conmovió, no sé cuánto duró la canción, había logrado que todos los presentes estuviéramos pendientes de ella. Terminó de cantar y el hombre  volvió a su vaso de vino y quedó con la cabeza inclinada sobre el pecho.
El silencio deambulaba entre las mesas. Todo era diferente; lo pude ver en los ojos de los parroquianos y en el brillo  húmedo de sus miradas.

Al salir  la noche reinaba en  la calle; había dejado de llover  y hasta el frío de julio se había transformado en primavera.



Fragmento de "Caruso"
de Lucio Dalla.

"Aquí donde el mar reluce
y sopla fuerte el viento
sobre una vieja terraza
frente al golfo de Sorrento
un hombre abraza a una muchacha
después de que había llorado
luego se aclara la voz
y vuelve a dar comienzo al canto.

Te quiero mucho,
pero mucho, mucho, sabes...
es un cadena ahora
que funde la sangre en las venas, sabes..."




domingo, 9 de agosto de 2015

Renacer



¿Nos podemos volver locos de golpe?
No lo sé. Tal vez, lo que algunos consideran locura, para otros significa; vivir.               

Durante años don Facundo  condujo su bote desde un muelle de  la Boca a la otra orilla; la Isla Maciel. Un viaje corto que realizaban los vecinos de ambas márgenes, era barato, unas pocas monedas y se evitaban cruzar el puente Pueyrredón que consumía más tiempo y resultaba más caro. Las horas de Facundo transcurrían en el bote, iba y venía tantas veces al día que  perdía la cuenta de cuantos viajes efectuaba. Facundo conversaba con los pasajeros, los conocía uno a uno y sabía  de sus dramas y alegrías. Con la música del agua que chapoteaba en el remo, todos le contaban sus historias, pero nadie sabía quién era en realidad don Facundo, nadie le preguntaba por su vida. Años y años, de un ir y venir, mañana y tarde en su destartalado bote.

Hasta que una tarde iluminada de rojo, dejó a los pasajeros en el muelle y se alejó hacía el  Río de la Plata. El grupo que lo había esperado, quedó observando cómo se alejaba. En poco tiempo desapareció entre el agua oscura y el cielo claro de verano.

Pasaron días, semanas y meses, y  don Facundo y su bote, no aparecieron. Los vecinos  se fueron olvidando de él, hasta se tejieron historias sobre su desaparición. Alguien contó que el bote había naufragado, sin embargo no se encontraron  los restos.
Otro juró verlo en Uruguay caminando por las empedradas calles de Colonia y muy bien acompañado.
Juan el diarero, que había sido su único amigo, me dijo que lo vio sentado en un muelle  del Delta, pescando. Llevaba el mismo sombrero de paja que usaba en verano para cruzar el Riachuelo. Juan hizo detener la lancha en que viajaba, bajó y caminó hasta el  muelle donde lo vio pescando, el viejo ya no estaba, pero como prueba de su presencia, halló el sombrero de paja y un papel que decía; “treinta años son demasiados”. Juan entendió el mensaje, miró el paisaje verde, aspiró el perfume de los sauces y aromos, la primavera se palpaba en el aire, el sol era una caricia tibia y se fue pensando, cada uno vive su vida y su libertad como quiere y puede.
Y se alejó.

jueves, 23 de julio de 2015

Tonta re tonta.




Lo vi entrar acompañado por una mujer desconocida. Era hermosa, algo mayor que él, bien vestida, con un nivel de elegancia exquisito. El restaurante y sus mesas parecieron girar ante mis ojos, las voces  se perdieron en un murmullo lejano e incomprensible. Cerré los ojos y traté de tranquilizarme. Desde mi mesa los observaba con el celo de la loba que ve como le devoran su gacela.
Había esperado muchos meses y aunque Julio nunca me había dicho; te amo. Sus miradas, sus gestos y aquellas palabras de la despedida, mientras los  amigos brindaban, forjaron la ilusión: “este viaje es muy importante —había dicho—  cuando regrese en diciembre vamos a hablar de lo que siento por vos” Y el beso dejo mi mejilla ardiendo.

Miré al mozo y se acercó, liquidé mi cuenta y salí. Julio estaba de espaldas, no me vio. La calle me abrazó con un dorado caliente que me llegó hasta el alma, me movía enceguecida por el sol o la tristeza, no lo sé. Busqué la sombra de los tilos y caminé invadida por el aroma de sus flores que parecían serenar mi ánimo.

Tonta, re tonta,  dije en voz alta, no se puede tener cuarenta años y seguir ilusionándose como una criatura. Dos señoras mayores cruzaron por mi lado y me miraron con pena.
Sin pensarlo me encontré en la puerta de mi casa, entré y el ambiente estaba frío, a pesar del verano. Me recosté en el sillón y me arrope con una manta. Me dormí.

Me despertó el celular, era Julio, no atendí. En pocos minutos llamó varias veces. Me dejó un mensaje de texto: “Llegué esta mañana, quiero verte.” Respondí: “No me siento bien, mejor mañana”.
“Te amo”, fue su nuevo mensaje.
No respondí.
“Te amo”. Por segunda vez.
Se cerraba mi garganta, me dolía el pecho y me temblaban las manos.
Dificultosamente escribí: “No te burles de mí.”
Entró una nueva llamada, atendí.
“Cari jamás me burlaría de vos, Cari…te amo —su voz temblaba—. Mi hermana ha viajado conmigo desde Ginebra, es mi única familia…   Quiere conocerte”.







viernes, 17 de julio de 2015

Hermanas.


Te escuchaba, pero estaba cerrada a tu voz. Tus palabras caían, saltaban en la mesa de aquel bar y rodaban hasta el suelo. Se desarmaban y las letras giraban por el piso como hojas  secas y livianas y yo  imaginaba que bailaban entre las baldosas rojas mientras vos seguías  hablando.
No me interesaban tus explicaciones. Eras mi hermana y sin embargo en ese momento te sentí tan  lejana y tan  desconocida. La muerte de mamá nos había reunido, pero ni ese dolor lograba que te entendiera, en realidad éramos dos extrañas.  No quería seguir escuchándote.
Qué me ibas a explicar, que mi marido fue tu gran amor, no hacía falta, lo supe el día en que me abandono  y los vi irse abrazados y me quedé de pie, sostenida por una puerta que parecía abrazarme para darme fuerzas.
¿No fuiste feliz con él?  Lo siento, la vida es así, te da y te quita.
De nuevo tus palabras resbalaban por mis oídos, intentaba escucharte y no lo lograba, hasta que como un viento me llegó tú pregunta:
 ¿Por qué estuvimos separadas tantos años?  
Te miré a los ojos y no respondí.
Me levanté y ante tu asombró me fui del bar.


viernes, 10 de julio de 2015

El caso del gitano.




El detective Garmendia se miró al espejo, la navaja iba y venía por su cara sin apuro, mientras pensaba: “en que baile estás metido Garmendia…”
Se secó la cara  y fue a la cocina.
Desde que su esposa lo había abandonado, hacía dos años, vivía solo.
Preparó el café. No dejaba de pensar en el caso que tenía entre manos y que se complicaba cada día más. José Montoya había sido asesinado, en una casilla de un barrio poco recomendable en las afueras de Pilar. Había recibido una  puñalada en el estómago, tan profunda que se desangró. Aferraba en su mano una rosa roja.
El único vecino vivía a cien metros y no vio nada, no tenían amistad, lo definió como un gitano raro y poco amable.
Se sirvió el café y fue meditando  los detalles del caso.
Montoya  era dueño de un pésimo carácter, lo dijeron sus familiares, se había separado de su tribu por discrepancias con ellos, no se le conocía pareja, ni amigos. Compraba coches usados o robados, los arreglaba y los vendía. En un primer momento se pensó en la mafia que se encargaba de robo de autos, fue descartado, ninguno de los conocidos trabajaba para él.
Garmendia no hallaba un hilo conductor que le aclarará el crimen. Terminó el café, se puso la campera, salió a la calle.
Era viernes y la mañana despertó soleada, pero  la ciudad era un caos, embotellamiento en cada semáforo y mal humor en los peatones que cruzaban por cualquier lado. Al llegar a su oficina, su asistente Carmona, lo esperaba con novedades.
El vecino de Montoya había llamado esa mañana, recordó haber visto una mujer que llegaba en un Ford Fiesta azul, siempre a finales de mes; entraba a la casa y diez o quince minutos después salía muy apurada. Por la forma de vestir, pollera larga color naranja, blusa blanca y cabello sujeto con un pañuelo de colores, dedujo que era  gitana, una vez se cruzó con ella y le quedó grabado lo blanco de su piel.
Otra novedad fue hallar en casa de Montoya, pegado con un imán en la puerta de la heladera, el número telefónico de Soledad Benitez y su dirección.  Averiguaron y coincidían con la esposa del secretario de Comercio Exterior; Vicente Benitez.
—Esto se está enredando cada día más —dijo Garmendia— ¿Qué amistad podía tener la esposa de un tipo tan importante con un vendedor de autos robados?
—Tal vez le compró  o le llevó su coche para arreglar…
— ¿Te imaginas a una señora como ella en semejante barrio?
Era difícil  imaginarlo, pero en el celular de Montoya aparecieron demasiadas llamadas al teléfono fijo de la señora Benitez.
Soledad Benitez  resultó una bella mujer de unos cuarenta años, muy elegante. Ella manifestó de que no  conocía a Montoya, pero  que desde hacía un tiempo recibía llamadas obscenas, a tal punto que había pedido el cambio de número telefónico. Al salir, Garmendia preguntó a su asistente:
— ¿Algo te llamó la atención?
—Dos cosas —dijo Carmona— el nerviosismo de la señora Benitez y la blancura de su piel…

Juan Heredia era primo de Montoya y lo definió como un mal tipo.
—Sabía que algún día iba a terminar así —dijo sin apenarse.
La oficina de Heredia  lucia pulcra, él se notaba una persona agradable. Era dueño de una inmobiliaria en Derqui y se había comunicado con el detective.
—He recordado que mi primo hace poco más de un año, estuvo en mi oficina, ese día vino a pedirme dinero, cosa usual en él. Estaba sentado en ese rincón —señaló una silla de espaldas al ventanal que daba a la calle— mientras yo atendía a un cliente. Entró una señora muy elegante y lo vi mirarla y sorprenderse, ella no había reparado en su presencia, él se acercó y recuerdo el gesto de desagrado de la mujer. Le hablaba muy despacio, no logré escuchar, pero ella dio media vuelta y salió. Mi primo la siguió y quedaron hablando en la vereda. Entendí por los gestos que discutían, ella subió a su coche y se fue. Él anotó la patente y entró  de nuevo. Le pregunté quién era y respondió; “una antigua amiga que regresa del más allá”. No le entendí y agregó, “con semejante ropa cara, debe haber pelechado bastante en la vida, esta me va a salvar”. Le di algo de dinero y se fue. No lo volví a ver.
— ¿Recuerda quién era esa mujer?
—Nunca la había visto. Ella se fue y no volvió.
— ¿Y la marca y color del auto?
—Era un Audi blanco.
Al salir Garmendia le pidió a Carmona que averiguara el historial de la señora Benitez.
— ¿Te parece necesario?
—Pensá que no siempre fue la esposa de un secretario de Comercio Exterior. Quiero que averigües lo que puedas de su pasado.

Siguieron preguntando a los vecinos del gitano, y otro repitió la historia de la gitana en un auto azul, que llevaba una rosa roja en el pelo y, agregó que la patente terminaba en 15, lo recordaba porque lo había jugado a la quínela y había acertado.  Investigaron y en casa de los Benítez no había un auto azul.
— ¿Tal vez lo pidió prestado a una amiga?
—Sera mejor que lo averigües —respondió Garmendia— este caso se complica y sin embargo creo que la solución está frente a nosotros y no la vemos.

En el pasado de la señora Benitez, sólo hallaron su tiempo de actriz del under. Sus viejos compañeros la recordaban como una chica encantadora y muy buena actriz. Nada anormal.
Carmona llegó a la oficina de Garmendia con la novedad que en el entorno de la señora Benitez, nadie tenía un auto azul.
—Creo que estamos poniendo los ojos en la mujer equivocada. La gitana que iba a ver a Montoya a finales de mes, ¿Quién era? ¿a qué iba? A hacer el amor, no lo creo en tan corto tiempo no se puede hacer nada. ¿Para qué visitarlo mensualmente? 
—Puede que fuera a pagar la cuota de un coche… —Garmendia no estaba convencido — o una deuda.
—O un chantaje.
El detective saltó de su silla y comenzó a dar vueltas.
—Eso me parece creíble y cercano a una verdad y al tipo de persona que era Montoya. ¿Pero dónde encontrar a esa  gitana?
—Hay que averiguar si hay comunidades gitanas o familias en la zona cercana a Pilar y si conocían a Montoya.

Mientras Carmona investigaba, Garmendia  volvió a la casa del gitano. Revisó cajones, estantes, ya la policía científica había pasado por todos los escondites, pero él esperaba encontrar algo, ese algo que le diera una pista.  Cuando ya desistía de su reconocimiento, comenzó a sacar unos diarios apilados en un estante contra la pared. Nada. Hasta que apareció un  álbum de fotos.  Varias fotografías habían sido quitadas, la cartulina más oscura demostraba que había sido recientemente. Se llevó el álbum.
No se había equivocado, los especialistas corroboraron su primera idea. Tal vez no tuviera que ver con el crimen, tal vez sí.
Varios días después Carmona trajo la novedad, ninguno de los gitanos de Pilar se conectaba con Montoya, pero, y eso si fue una novedad; la madre de Soledad Benitez tenía un Ford fiesta azul y la patente terminaba en 15. La citaron.

Cecilia Sepúlveda se mostró sorprendida  al verse frente al detective Garmendia. Tendría unos sesenta años, muy bien vestida y con una sonrisa simpática, lo contrario de su hija. Cecilia no entendía por qué  estaban interesados en  su coche. Presentó sobre la mesa de trabajo del detective los papeles de su auto.
—Como ve señor Garmendia tengo  los documentos de mi coche al día.
El detective sonrió.
—Señora no es mi intención controlar sus papeles, simplemente quiero preguntarle si usted fue alguna vez hasta Pilar a ver a un vendedor de autos usados, un tal José Montoya.
—No  hago viajes largos, solo me muevo en la capital y a ese no lo conozco.
— ¿Acostumbra a prestar su auto a alguna amiga?
—No. ¿Por qué tantas preguntas?
—Tenemos un caso policial y debemos investigar detalles, su auto, marca y color combina con el que estamos buscando. Nada más que eso. ¿Está segura que nunca presto su coche?
—Solo a mi hija cuando lleva el de ella a lavar o al taller…
La sonrisa de Cecilia Sepúlveda se convirtió en una mueca de hielo al decirlo, pareció arrepentirse.
—No se preocupe debemos estar equivocados —dijo Carmona mientras la acompañaba hasta la salida.
Al entrar, el detective  le dijo a su compañero:
—Vamos a ver a la señora Benitez.

La palidez de Soledad Benitez acentuaba la blancura de su piel.
Los invitó a tomar asiento y escuchó  a Garmendia sin interrumpirlo. En un momento entró Vicente Benitez, saludó y quedó de pie, mientras Garmendia explicaba los pormenores del caso. Al terminar su exposición el detective, ella intentó hablar y la voz se le ahogo, fue el esposo quien dijo:
—Montoya fue pareja de mi esposa, él  era tan mala persona que ella lo abandonó y permaneció escondida en casa de una amiga por meses. Él la buscó, la consideraba su propiedad. En ese tiempo la conocí, la ayudé a cambiar su nombre y nos fuimos juntos,  yo estudiaba fuera del país. Habían pasado veinte años, cuando ese delincuente la encontró. No sé cómo consiguió nuestro número telefónico y comenzó a amenazarla con hacer públicas algunas fotos comprometedoras de aquellos años en que vivieron juntos. Mi esposa por temor a perjudicar mi carrera aceptó pagarle una cuota mensual exorbitante, hasta que ya no pudo más y le dijo que no  podía seguir así. Fue a verlo, Montoya intentó llevarla a la cama, ella se negó y él la amenazó con una navaja…
Soledad hizo un gesto con la mano para que callara, se puso de pie y dijo:
—Quiso seducirme, me arrancó la rosa que llevaba en el pelo,  me negué a sus requerimientos y se ofendió, sacó una navaja e intentó  matarme y en el forcejeo él mismo se clavó el arma, cayó al suelo y me pidió ayuda, y yo salí corriendo, lo dejé herido y escapé. Mi crimen fue abandonarlo, tenía tanto miedo que temblaba entera, no sé como llegué  manejando sin tener un accidente, la Ruta Panamericana era un caos.
— ¿Se vestía de gitana? —Preguntó Carmona.
—Si era una forma de que algún vecino curioso pensara que era un familiar o una amiga.
-Lo siento señora Benitez, mi misión de investigador terminó, ahora un juez debe analizar su caso. Debo detenerla.
















Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa