viernes, 22 de mayo de 2015

El círculo




Siempre la encontraba en el mismo lugar, un banco de la plaza que en algún tiempo había sido verde  y  que ahora mostraba, sólo  restos de su antiguo color.
Se la veía muy anciana, su cabello cano, brillaba bajo el sol de la tarde que se iba desvaneciendo entre la enramada de los aromos. Ella lo miraba reflejarse en sus manos, jugaba con él, queriendo encerrarlo entre los dedos; tal vez, para que le diera calor.
Me descubría desde lejos, notaba  que sus ojos pequeños  se prendían a mi figura, no dejaba de mirarme y al  pasar frente a ella, me seguían, pesaban  en mi espalda. Era un extraño efecto. Una tarde levantó su mano, intentando  decirme algo, la ignoré,  seguí mi camino. Al día siguiente, repitió el gesto, entendí claramente que me quería hablar, no me detuve. ¿Qué podría decirme esa anciana? Mi apuro por llegar a casa, las tareas, la cena, eran más importantes.

El  lunes siguiente encontré el banco solitario, sólo hojas y una revista amarillenta, ocupaban su lugar. Tal vez mañana regrese, me dije. Una sensación de culpa se cerró en mi garganta. Nunca volvió.
¿Qué habrá querido decirme?

A veces quisiera preguntárselo a la gente que pasa  a mi lado con paso ligero y me mira con desgana, mientras contemplo  el sol de la tarde que se va desvaneciendo entre los aromos y  se desmaya  en mis manos, mientras torpemente intento encerrarlo entre mis dedos para que me de calor.


domingo, 17 de mayo de 2015

Luchar con la conciencia.



Extrañamente el andén de  Constitución  estaba casi vacío. Alejandra esperaba. El viento entraba curioso, azotando la fina tela de su vestido con ráfagas heladas. La hora y el frío coincidían para que pocos se animaran a viajar. El último tren del día a Mar del Plata era una aventura y encontrar vagones calefaccionados; una lotería. Alejandra controló su pasaje, minutos después el tren entró en plataforma.
Se acomodó en su asiento y dejó su bolso a su lado. Tras la ventanilla la ciudad iba quedando atrás, junto a sus recuerdos tan oscuros como el cielo que se perdía en el horizonte, con apenas un reflejo de luna
Las últimas luces, jugaban en los barrios de casas bajas, remedaban  bichos de luz, guiñando entre los árboles y entre las sombras de las calles.
Cada tanto, el silencio del vagón se interrumpía por  una risa ahogada, una tos o algún pasajero que recorría el pasillo dejando el sonido de sus pasos como un eco. Alejandra intentó dormir.
La sensación de que la observaban desde algún rincón, la perseguía. Giraba su cabeza hacía un lado y otro, sin hallar nada extraño.  Bajaron las luces. 
Le pesaban los parpados y en el vaivén de su cansancio, llegaron pasos que se arrastraban y se detuvieron cerca.
Vio a Yaco reflejado en el cristal; era imposible, él estaba muerto. Cerró los ojos con fuerza, intentando borrar con ese gesto, el temor.
Transpiraba. Le costaba respirar. Giró la cabeza  y lo volvió a ver, no había duda, era su espectro en la ventanilla. Intentó gritar, la voz se le congelaba en la garganta, era una pesadilla comprobar que  en el pasillo no había nadie. Yaco  reflejaba su miserable figura, sólo en el cristal. La miraba con los  ojos cargados de furia, igual que esa tarde. Habían discutido tanto que ni recordaba el motivo. Reflejos en rojo y negro le traian el recuerdo del revólver sobre el escritorio, lo demás eran sólo pantallazos de un video de terror.

Recordaba a Yaco tomando su cuello y ella tratando de librarse. La fuerza de él era superior, la arrojó sobre el escritorio, no lo pensó dos veces, sujetó el revólver y disparó,  y Yaco fue cayendo en cámara lenta. Al reaccionar creyó estar viviendo una pesadilla, el olor de la sangre y del miedo la paralizaban. Intentó alejarse, pero una voz interior le dijo que limpiara sus  huellas, luego guardó el arma en su bolso y se fue.
El  subterráneo había cerrado, caminó hasta llegar a la pensión.
Le pagó a la paraguaya todo el mes  y se dirigió a Constitución  Sacó un pasaje.

El traqueteo del tren la mareaba o era ese olor a desinfectante de los vagones. Le costaba respirar. No soportó más y se puso de pie, fue recorriendo el pasillo, buscando alguien con quien hablar. Todos dormían o fingían hacerlo.
Se detuvo en un descanso. Yaco no la dejaría tranquila, lo sabía,  sus últimas palabras se lo confirmaban;  “Me las vas a pagar.”


Vivo o muerto, seguía siendo su esclava. En su bolso aún guardaba el arma, esperaría llegar a Mar del Plata, volvería al barrio Constitución, del que nunca debió salir, su pequeño departamento sería su refugio y si su ser intemporal seguía persiguiéndola, ella guardaba un as ganador; el arma. Con ella pondría fin a la historia.

lunes, 11 de mayo de 2015

Todo vuelve.



Pintura de Quinquela Martín, imagen del barrio de La Boca.





Desde  cada ángulo de su oficina surgían voces con historias de crímenes y dramas,  flotaban en el aire, se olían  en sus paredes. Durante treinta años  el viento barrió la ciudad, la fue cambiando  y él, siempre  a cargo de la página de policiales. Vidas de tinta y papel,  a las que él les dejó su impronta, y ahora, listo para jubilarse todo su archivo, los muebles, el escritorio y hasta su desvencijada silla, iban a quedar en manos de Andreoli, Lucas Andreoli, si hasta tiene nombre de mafioso, dijo en voz baja.
Como respondiendo a su nombre apareció Lucas. Alto, delgado, con una calva insipiente y vestido con la elegancia de un vendedor  de joyería fina, era la antítesis de Marafioti.
—Vamos a almorzar viejo, yo invito —dijo Andreoli en forma de saludo.
—¿Qué te pasa, acertaste la quínela?
—No, la tercera de Palermo, agarré una fija que me dio el gordo Núñez.

Entraron a la cantina saludando a varios compañeros del diario que se hallaban almorzando, el aroma a  fritura y pizas deambulaba entre las voces y el ruido de los cubiertos. Eligieron una mesa  alejada.
Mientras esperaban,  Andreoli preguntó:
—¿Cuál fue el primer caso policial que cubriste?
—El caso del panadero Martínez,  lo catalogaron de robo y muerte, pero nunca hallaron al  culpable, fue un caso que no olvidé.
—¿Qué te impacto tanto?
—Es que yo tuve mis sospechas,  pero como era un novato nadie me dio bola. El tipo aparece muerto en su negocio.  Le habían pegado dos tiros  justo en la nuca. El arma había sido una 22, nunca la encontraron.
—¿Y  vos que sospechaste?
—A mi me resultó poco creíble el tema del  robo, según dijo la viuda  habían robado mucho dinero, a mi me extrañó, si  recién abrían. Aparte en el barrio de la Boca, siempre hay movimiento de gente, nadie vio nada. Nosotros llegamos a las nueve y dijeron que sucedió una hora antes, pero claro, quién me iba a dar bola. Me impresionó el  ambiente, el personal  en un rincón, eran tres; una vendedora y dos pasteleros, miraban  recelosos para todos lados, no abrían la boca. Luego apareció la esposa, ni una lágrima, ni un gesto de desesperación, al menos para disimular. La viuda era  joven,  el finado le había dejado varias casas y la mejor panadería del barrio. Era bonita, pero algo en ella no me gustaba, tal vez sus ojos escurridizos o su gesto hosco, no recuerdo haberla visto sonreír. Ese crimen me quedó entre ceja y ceja, estaba seguro que  no había sido un robo. Cada tanto visitaba la panadería, iba a comprar algo y hablaba con la viuda, mi olfato me aseguraba que allí había algo raro, pero no lo descubría.  Investigué tanto  la vida de Martínez, sus amigos, sus hermanos, sus costumbres, que casi  lo consideraba un tipo conocido.
—¿Y de tanto investigar  no encontraste nada sospechoso?
—Nada  importante,  simples conjeturas, corazonadas, siempre caía en dudar de la viuda.
—¿No lo tiraste en el diario, al menos para revolver el avispero?
—No me dejaron.
—¿Y la viuda, no se volvió a casar? tal vez por ahí encontraras un poco de luz, un enamorado convertido en asesino por amor —Lucas dijo esto último poniendo voz de actor dramático.
—Nada. Resultó ser una viuda impecable, hasta que por pura casualidad encontré lo que creo fue el motivo del crimen, pero  no tenía  pruebas…
—¿Qué descubriste?
—Después del crimen, entró a trabajar en la panadería una nueva empleada, eso no tenía  nada de raro, sólo que como yo seguí con mi costumbre de pasar por el local;  en una de esas visitas, me llevé una sorpresa. Un atardecer  de julio, llovía  como si las nubes se derritieran todas juntas sobre la ciudad, un día de mierda, el frío calaba hasta los huesos. Entré. Habían modernizado el local y agregado una cafetería,  pedí un café, la nueva empleada estaba en la caja, la viuda no estaba y la chica que me atendió, era muy locuaz y al pedirle otro café, me dijo por lo bajo:
—Que día tan feo y hoy debo trabajar hasta las diez de la noche, menos mal que la dueña hoy no está, así la cajera me lleva hasta mi casa.
—¿La dueña es celosa? —Pregunté con picardía.
—¿Y qué le parece? las trolas son peores que los tipos.
Quedé mudo.
A partir de ese día me dediqué a investigar a la cajera. Había sido policía. La habían  retirado de la fuerza por violenta  y por un dudoso caso de gatillo fácil. Pero hasta ahí llegué, no pude descubrir nada más, su presencia en la panadería fue posterior al crimen.
Marafioti dejo de hablar y pidió más vino. La comida de Lucas estaba helada,  escuchaba a su compañero,  como en misa.
—Muchos  años después vendieron el local y la viuda y su cajera se fueron  juntas al sur, allí les perdí la pista. Hace poco volví a pasar por la panadería y vi que la estaban tirando abajo. Miré con nostalgia  cada pared que se estrellaba contra el piso. Sueños y vida de un hombre convertido en escombros y pensé; pobre tipo el panadero, tanto sacrificio para un final tan cruel. Me acerqué a conversar con los albañiles, me dijeron que iban a levantar una sucursal del Banco Río y yo les conté la historia, ninguno la conocía,  me hizo bien, fue como cerrar el caso. Marafioti levanto su copa y exclamó:
—Brindo por mi jubilación y por el panadero Martínez.
—Salud —respondió Andreoli.
—Sabes Lucas, está historia no terminó todavía.
—¿Qué querés decir?
—Días después de aquella charla con los albañiles,  me llaman al diario, era uno de ellos, habían encontrado,  amurada en una de las paredes de la cocina; una Bersa 22.
—¿Y qué paso?
—Les dije que hicieran la denuncia y escuché que van a abrir  el caso, parece que en un primer análisis las balas que mataron al panadero y las del arma encontrada son iguales, así que de ahora en más, el caso es tuyo, ya sabes por dónde comenzar…



Tercera de Palermo: carrera de caballos.
Fija: dato para las carreras.



Caminito- La Boca.

lunes, 4 de mayo de 2015

Conjuro


                                                         

Desde la ventana del primer piso, el río y el monte de las piedras, eran las únicas presencias que recordaba. El tiempo se había detenido en esa cima con forma de pirámide que siempre me resultó un misterio.
Mirando la serenidad del agua, caí en  un estado de sueño, de viaje al pasado y regresó la voz de Joaquina, su imagen  fue real. Su piel negra brilló al acercarse para besar mi mejilla, y su voz me acunó como en la infancia:
“En ese monte mis antepasados realizaban sus  conjuros que a veces cambiaban realidades.”
No entendí el significado de sus palabras.
Vi el reflejo de un fuego, lenguas rojas y amarillas, abriéndose  alrededor de la pirámide. Sombras que danzaban, dando cabriolas en el aire. Joaquina de pie frente a la ventana, miraba hacia el monte y cantaba, casi susurrando,  en mi memoria quedó el estribillo; “Dios del fuego dame eternidad, dios del fuego, fuego, fuego, fuego…”

Pero el viento del tiempo sopla y remonta en su vuelo recuerdos que se creían perdidos. Hace unas noches vi una luna enorme que dejaba caer su luz como un beso sobre  el monte de las piedras y volví a ver,  altas lenguas de fuego que pintaban la escena de un rojo sangre.
Decidí que debía saber qué era aquello.

La noche era fresca. Subí el escarpado sendero que llevaba al monte, un aroma indefinido, cercano al sándalo, perfumaba el aire, mi corazón latía excitado, era la emoción que provoca lo desconocido. Escuché  la canción de Joaquina, las voces me guiaron.
Al llegar, el monte estaba desnudo, la brisa era helada. No encontré rastros de personas,  ni huellas del fuego, apoyé mis manos sobre la pirámide; quemaba. Era una brasa sin llama y desde su interior, la voz  del tiempo susurró: “Dios del fuego dame eternidad, dios del fuego, fuego, fuego, fuego…”.

Presentí  la mirada y a la distancia las vi; desde una ventana, una niña y una mujer de piel negra, sonreían.




miércoles, 22 de abril de 2015

Desde otra dimensión.



El viaje se había transformado en una tortura, me había extraviado   y  la refrigeración del auto no funcionaba. La  blusa  se   pegaba a mi espalda y en mi afán de respirar frescor, abrí las ventanillas. Un viento caliente cargado de arena y plumillas, golpeó  mi cara y automáticamente cerré. 
Había dejado atrás Bahía Blanca y luego de dar varias vueltas comprendí que  la maraña de rutas de tierra por las que había transitado, llevaban a cualquier parte.  A lo lejos descubrí  la estación de un ferrocarril en desuso.  Bajo unos sauces, dejé el coche. Era fuego el campo, trepando, alucinando espejismos sobre los techos de chapas. Los cardos silvestres se inclinaban de cualquier forma sobre el piso de cemento del andén.
El desánimo era un fantasma creciendo a cada paso y la orfandad se respiraba con el olor a menta y lavanda creciendo entre los rieles. La calle principal, terminaba en una capilla, única edificación en pie.
Caminé hacía ella. Ni un banco, ni la mesa del altar quedaban en el salón. Sobre  la nave central,  el sello de lo que había sido una enorme cruz marcaba la pared.  La rotura de los vitro dejaba entrar  los rayos de un abanico iluminando las paredes. Una escalera destruida mostraba su esqueleto de hierro y escombros. No había escalones ni  paredes, y arriba, como sostenida en el aire, una campana. Me estremecí al pensar que ese pesado bronce  cayera sobre mí. Escapé de allí.

Regresé a la estación de trenes. La campana comenzó a sonar, me detuve y al volverme, la vi hamacarse suavemente. No podía creer lo que veía y escuchaba. Una nube oscura cubrió el sol y una brisa helada llegó hasta mi cuerpo estremecido de miedo.  En la estación, me aguardaba  otra sorpresa.
Un empleado del ferrocarril, vestido con un impecable  uniforme azul, me sonreía de pie en el andén. Se acercó.
—Señora  en diez minutos llega el tren que va a Puelches —dijo haciendo un saludo.
—No espero el tren. Estoy de paso deje mi auto bajo los sauces. ¿Por qué suenan las campanas? —dije tartamudeando.
El hombre miró su reloj y respondió:
—El Padre Domingo llama a misa.
Iba a decirle que la capilla estaba abandonada y casi reducida a escombro, cuando el silbato de un tren  me sobresaltó.
Sobre una nube de vapor, divise una máquina seguida de vagones, que  con un chirrido de frenos entró en  la estación. Tras  las ventanillas, de un gris descolorido  se adivinaban sombras quieta. El silbato dio señal de salida y el tren lentamente se fue alejando, las hojas se elevaron aleteando en el aire como aves multicolores. Sólo quedó una nube de humo igual a un pañuelo que se fue desvaneciendo en el horizonte.
Cuando reaccioné, el empleado se había esfumado, como unos instantes antes; el tren.  Regresé al automóvil y rápidamente me alejé. No había cubierto cien metros cuando al mirar por el espejo retrovisor y ante mi asombro, la estación del ferrocarril y el pueblo,  habían desaparecido.








sábado, 18 de abril de 2015

Cierra la ventana.

Cierra la ventana,

 el sol me quema los ojos.

 Ven a mi lado

y cuéntame  una historia de amor,

esas que cuando era pequeña me hacían soñar.

El mundo cambia rápidamente,

los días, los meses,

las personas, todo cambia.

Dónde quedaron aquellos relatos

de princesas  y  caballeros,

de guerreros valientes y brujas

vencidas por el amor.

Hoy las princesas, son las de Disney

y los caballeros valientes

se perdieron en la nebulosa,

 los únicos que quedan

se han convertido en súper  héroes 3D.

Por favor,

Ven a mi lado

y cuéntame  una historia de amor.


lunes, 13 de abril de 2015

Las vecinas.



Historia de la vida real.




Me pregunto si se abran puesto de acuerdo para partir juntas.  Imagino que no, debe ser obra de la casualidad, de esa casualidad que a veces es tan causal que parece tener motivo para despertar nuestro asombro con sus acciones.
Lo real es que ellas ya no están. En cuestión de meses partieron las dos y las casas, juntas, se miran aburridas, tan solas y tristes.
Pienso en sus habitaciones, en sus muebles, el silencio deambulara por ellas, arrastrando tierra y telarañas, hasta algún papel ocioso, curioseara  desde la pata  de un sillón, esperando la mano de la dueña de casa que lo levante. Eso ya no volverá a ocurrir. Las dos están de viaje, en ese viaje que todos emprenderemos algún día.

Las recuerdo cada una en su casa, barriendo la vereda o cuidando el jardín, conversando entre ellas mientras mi paso lento regresaba del trabajo. Hoy sus jardines son bosques abandonados, las veredas cubiertas de hojas y tierra solo hablan de abandono.


Han puesto carteles de venta. Al menos queda la esperanza de que nuevas risas pueblen la cuadra, que los jardines perfumen nuestro paso y que un nuevo saludo sonría a  nuestras mañanas.  Así es la vida, pero se extrañan; Celestina y Melina. Ahora me doy cuenta que sus nombres terminan igual, hasta en eso las unió el destino.

Gracias por pasar....

Cada palabra es el eslabón de un rosario que va enlazando cuentos y poemas, historias que alguna vez imaginé y hoy nacen para ustedes.
Gracias por acompañarme en esta dicha de escribir.

María Rosa