—Vamos Mari que son las siete y
cinco…la escuela espera…
El sol mañanero entraba por la
ventana y doraba con su luz el comedor.
Sirvió el café con leche, las
tostadas y la mermelada, las llevó a la mesa.
Fue al dormitorio se terminó de
vestir y volvió al comedor. Retiró la taza, el plato, los llevó a la cocina y
exclamó:
—Vamos Mari que se hace tarde.
Tomó la mochila, abrió el portón
del garaje, acomodó la mochila en el asiento del acompañante y abrió la puerta
de atrás del auto.
—Mari hoy llegamos tarde, espero
no te pongan media falta —su voz sonó preocupada.
Llegó al colegio, bajó, saludó a
las mamás conocidas y se quedó de pie mirando el grupo de niños apurados que
entraban charlando y riendo. Cuando el bullicio de entrada se volvió silencio, regresó
al auto y se fue.
Desde una ventana, la directora y la vice la observaban.
—Pobre señora Galíndez, sigue
repitiendo la rutina de traer su hija a clase…
—¿Está loca? —preguntó la vice.
—No, simplemente no acepta su muerte….

3 comentarios:
Qué triste. Un beso
¡Qué relato más triste! La muerte de un hijo es el golpe más duro que puede dar la vida. Muy difícil de sumir.
Un abrazo
Si es doloroso no concluir el duelo, esto ya es desgarrador: no es solo negación, sino que afecta a la salud mental. Un relato hábilmente conducido para no desvelar su golpe final. Te encoge el corazón.
Saludos Insolentes!!
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