martes

Palomitas de maiz.


 

 

 

La emoción le cerró la garganta al volver a ver la estación de trenes de Sauce Quemado. 

Abandonada. Sólo las telarañas la habitaban.

Allí había trabajado su padre durante años.

Javier había crecido en la libertad de jugar trepado a los árboles, de pescar junto a sus compañeros de correrías, Lucas y Juan o descansar bajo los sauces a la orilla del río. Tardes de siesta comiendo palomitas de maíz y jugando a las cartas con sus amigos. Cada calle, cada banco de la plaza, llevaba grabada una historia, una travesura de su niñez. Lo que su memoria había guardado; ya no existía. Las pocas casas que se mantenían daban cuenta del paso de los años, paredes con ladrill os asomándose entre el revoque descascarado, restos de techo que hoy se hamacaban movidos por el viento, eran la presencia de algo que fue.

Recorrió el pueblo, una suave brisa levantaba nubes de polvo que le secaron la garganta. En una casa, una de las pocas que quedaron, una mujer arreglaba el jardín, se acercó. Entre tanto desierto y abandono era un placer ver rosas y malvones, bañando de colores la tarde. La mujer presintió su presencia, levantó la cabeza y lo observó seria, con desconfianza.

—Buenas Tardes —saludó.

—Hola —respondió ella— no lo conozco, ¿está de paso?

—Sí. Hace años viví aquí, la nostalgia me hizo regresar.

Ella no le quitaba los ojos de encima, escudriñaba cada gesto.

—Mi padre fue el encargado de la estación de Sauce Quemado —dijo para tranquilizarla— hace más de treinta años.

—¿Cómo se llamaba su padre?

—Suárez, Estanislao Suárez. ¿Lo recuerda?

—Por supuesto —su sonrisa aflojó el gesto duro de su cara— su mamá era enfermera si no me equivoco…

—Mi madre era enfermera, si, y se llamaba Sara —. Miró las casas vacías y preguntó— ¿Qué paso?  El pueblo ya no existe.

—Y; cosas de la vida y los gobiernos. Quitaron el ferrocarril y Sauce Quemado, como otros pueblos, se fue muriendo, los tamberos que eran el fuerte del trabajo se mudaron a poblaciones cercanas a la ruta, hoy todo se manejan con camiones, quedamos dos o tres viejos que no tenemos donde ir y permanecemos acá, Sauce Quemado se murió con el tren.

Quedaron en silencio, él no encontraba palabras. Se despidió y regresó a la estación por la misma calle, los hombros le pesaban.

Subió los escalones que llevaban al andén y le pareció ver a su padre con su uniforme azul, esperando la llegada del tren, pura imaginación.

Regresó al auto que había dejado bajo una arboleda de acacias.

Un silbato conocido lo estremeció, miró el reloj.  No puede ser, se dijo, era el carguero de las cinco de la tarde, el sonido de la máquina a vapor entraba cubriendo de bruma el andén, sólo el vapor y el sonido pasaron frente a él, levantando las hojas secas y haciéndolas bailar en el aire, los rieles se estremecieron sobre los durmientes, bajo el peso de un carguero invisible, rumbo quién sabe a qué dimensión... La emoción le paralizó las piernas, creyó que se estaba volviendo loco.

A la distancia, la nube de vapor se alejaba, se iba perdiendo entre el cielo rosado y gris del atardecer.

Un aroma a palomitas de maíz le llegó cercano y lo despertó del ensueño, era la mujer con la que había conversado; le entregaba una bolsita de papel llena del dulce tesoro.

—Para el viaje —le dijo.

Y él quedó de pie, con sus palomitas de maíz en la mano, mirando los ojos claros de la mujer que sonreía. Y mientras murmuraba un gracias apenas audible y sincero, la vio alejarse por la calle de tierra…

 


 

 



 

 

1 comentario:

Brurata dijo...

¡Qué relato más bonito y a la vez triste! Me da mucha pena ver como van desapareciendo los pueblecitos y las cosas que en otros tiempos eran tan importantes. La vida cambia y todo se transforma pero no se puede evitar la nostalgia que da todo lo que se marchó para no volver.
Un abrazo

Palomitas de maiz.

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