martes

La niña del subte.





Los ojos negros, las pestañas lacias y esa mirada de animalito asustado; llamaron mi atención.
Subió al subte, cargando un chango descolorido, miró a los pasajeros, uno a uno y luego se sentó a mi lado. Tendría unos diez años y pertenecía a ese grupo de chicos  que llevaban marcada la villa en la piel, en la ropa, en el olor peculiar que deja el humo y la humedad. Intenté una conversación, y ella apenas hilvanaba alguna respuesta con frases cortas, como si las meditara, mientras el movimiento del vagón la iba acurrucando a mi lado.

Me dijo que iba todas las noches a una panadería del centro a buscar el pan y las facturas que sobraban. Sentí pena, tan chica y tan sola buscando el sustento para ella y sus hermanos.

Me bajé en Plaza Italia y mientras caminaba por la calle  Borges, me dije que necesitaba una café.
La noche recién apuntaba sus sombras y desde el ventanal del bar contemplaba el ir y venir humano que cruzaba sin apuro buscando quizá el encuentro con amigos o simplemente una copa que alivie el cansancio del día.


No dejaba de pensar en la pequeña. El café me revitalizó el cuerpo y al  llamar al mozo, noté que no tenía la billetera. Siempre la dejaba en el bolsillo de mi abrigo, el bolsillo al que la mano pequeña de una futura actriz de telenovela, había visitado, mientras el vaivén del subte la acercaba a mi lado.




Subte; es el tren subterraneo que en algunos países se llama metro.

miércoles

Volar.






Lo ví llegar a la playa vestido con un   traje gris, era un personaje fuera de lugar, cruzando las dunas en aquella  tarde calurosa de enero. El viento lo empujaba dándole formas ridículas a su saco, hasta que al fin  lo dejó a mi lado.
Cargaba una silla plegable y una sombrilla que clavó con furia en la arena.
Comenzó por tirar la ropa, los zapatos, medias, hasta quedar con una bermuda azul. Abandonó todo  en la silla y se fue al agua, corriendo con  desesperación, soltando en la carrera todo el cansancio  de un tórrido día de trabajo.

Un vendedor de globos apareció flotando bajo su carga de colores, la ató a  un parasol abandonado y desapareció también él, buscando el frescor del mar.
Él  hombre de la bermuda azul, regresó. Me regaló una mirada de sus ojos negro, se acostó sobre la arena y pareció quedarse dormido.
Se me ocurrió que sería hermoso agarrar los globos en una mano y en la otra al morocho de la bermuda azul, y echarnos a volar, convertirnos en gaviotas, planeando sobre el océano. Uní el deseo a la acción, y  sujetando los globos y al bello durmiente, dejé que el viento nos elevara. Al verse flotando sobre las sombrillas y escuchando las voces sorprendidas de los que nos miraban, sonrió.  Nos alejamos  volando sobre las olas, riendo como niños y disfrutando como adultos que descubren la felicidad.

De pronto, el calor del sol hizo explotar un globo, luego otro y otro, él despertó con una exclamación y yo volví a la realidad, el sueño se había quebrado, el morocho miró los globos, luego a mí y sonriendo se acercó.
—Me ha pasado algo curioso —me dijo— soñé que volaba con vos y esos globos….

Desde esa tarde, seguimos volando.


Morocho/a: persona de piel morena y cabello negro.



martes

La tía Mimí.





No quería volver,  pero la muerte de la abuela Clara resultó un motivo obligado.  La primera en aparecer fue la tía Eugenia, más vieja, con los mismos anteojos de marco negro que endurecían su expresión y esa cara de vinagre que de pequeña me asustaba. Vestida de negro como correspondía a la ocasión, me miró de arriba abajo  y frunció la boca en un típico gesto, algo en mí no le gustaba.  La besé por obligación  y busqué  un rincón donde nadie me viera y donde yo pudiera verlos a todos.
El aroma de las flores y las voces monótonas me mareaban, hubiera querido escapar, refugiarme bajo  la mesa como hacía de pequeña; pero era imposible.
Quedé  detrás de una maceta y su enorme helecho, que con su amplitud  cubría mi pequeña figura. Era el lugar ideal.

Duró poco mi tranquilidad, con un café en una mano y un cigarrillo en la otra se acercó  Jaime. Tan sensual como siempre, la sonrisa burlona y la mirada  atravesando la tela fina de mi vestido; los años no habían pasado para él. Lindo primo para un fin de semana –me dije. Me ofreció el café y  sonrió pícaramente, este desgraciado  se está acordando de las siestas  de verano bajo los sauces del parque. Sin palabras me envió un beso con el dedo índice y se fue, respiré aliviada.
Fueron desfilando parientes, vecinos, duraban pocos minutos y se iban. 
Me acerqué a la cocina, dejé la taza en la pileta y un sollozo quedo me hizo volver la cabeza. En un rincón, entre un mueble y la mesada, sentada en el piso estaba  Mimí, la más chica de mis tías, apenas unos años mayor  que yo. Se había quedado soltera cuidando a su madre. Nadie reparaba en ella, nadie la consolaba, era  la única que lamentaba verdaderamente la muerte de la vieja.  La ayudé a levantarse y  a sentarse, era tan liviana y frágil que me pareció de cristal. Su cabeza inclinada no me dejaba ver su rostro, la tomé del mentón y alcé su cara, le sequé las lágrimas. Era bonita, pero en sus ojos la tristeza se había quedado a vivir. No encontré palabras para consolarla.  Ella dejó de llorar, retorcía entre sus dedos mi pañuelo y entre hipos me dijo:
–Gracias por venir, mamá siempre  hablaba de vos, te quería mucho.
Sonreí avergonzada, en los últimos años casi no había visitado a la abuela. Mis ojos se perdieron entre las sillas de madera, la mesa, el hule floreado y la frutera con manzanas de plástico. Pobre Mimí, habían logrado  que fuera un ser sin voz ni voto, una esclava de la familia. Tuve ganas de llorar, no por la abuela, sí por Mimí; ella se levantó y cerró las cortinas que daban al parque del fondo donde el sol de verano retozaba, entre el limonero y  las ramas de los sauces  que llegaban hasta el  césped,  y donde seguramente Mimí nunca había jugado al amor.



lunes

El viento en la ventana.

Plaza San Martín. Buenos Aires.






A veces me preguntaba adónde fue aquel tiempo tan feliz, juventud vivida en metódica aventura permanente.
Los queridos amigos ya no estaban en Buenos Aires y la vida era otra, pero yo seguía soñando con revivir aquel tiempo.

De  mi amigo Pablo Estrada me ha quedado sólo el recuerdo de su paso por mi vida; fueron años locos, vividos con intensidad. Lo conocí en una de las tantas reuniones que se realizaban en el bar del griego, un local con intenciones de confitería fina, que nunca llegó a serlo. Se armaban mesas de discusión sobre cualquier tema, dejábamos caer opiniones con la inconsciencia del que  habla por hablar. Soñábamos con parecernos a Borges, con sus frases memorables que deshilábamos,  palabra a palabra, letra a letra. Y entre tanta locura, Marga. Ella siempre presente, junto a Estrada, mirándolo con la adoración de una mujer enamorada.

Algo sucedió entre ellos de lo que no me enteré. Debí viajar a Montevideo y, al regresar, Marga ya no estaba con Pablo, había desaparecido de su vida.

Seguí frecuentándolo. Algunas veces nos encontrábamos en el bar  frente a la Iglesia del Socorro. Me hablaba de tango o de filosofía y yo lo escuchaba en silencio. Siempre resultaban sabias sus reflexiones, sobre la vida; sabiduría de libros y de la calle al mismo tiempo. Pero ya no era el mismo. Aquel que hablaba de los peligros metafísicos,  entre sorbos de ginebra, ya no estaba allí.
Una parte importante de él se había ido con Marga.


Las calles de Buenos Aires se convirtieron en una pasión para Pablo, las recorría buscando a su amor, era un loco más caminando tras  la felicidad. A veces deliraba hablando de ella y me decía:
“El viento en la ventana  parece decir su nombre  y entonces salgo a recorrer las calles y sólo escucho a la gente que cruza apurada. Si hasta los pájaros enmudecen al verme. Tantas veces me había bastado caminar hasta la plaza,  para ver  la luz de la luna alumbrando las calles vacías y desde allí verla llegar;  su silueta  era inconfundible y nos íbamos caminando por la plaza San Martín, abrazados y cantando la última canción de Fito. Con ella la vida era una fiesta, iluminaba todo con su sonrisa”.


Ella  nunca regresó. Pablo  se transformó en una sucesión de quimeras sin sentido e ilusiones rotas, y como ella, él también se perdió de la ciudad, quién sabe en qué ruta. O tal vez, sin que yo lo supiera,  ellos  se encontraron y son  alguna de esas parejas que, eternamente jóvenes, pasean todas las tardes, abrazados y felices, recorriendo Buenos Aires.

Retazos.

Nací en un barrio-campo, entre el verde de la alfalfa y calles de tierra, con mariposas mañaneras y luciérnagas nocturnas, dond...